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Yo soy la hija del jefe de la escuadrilla del río Negro
Nació en donde
ahora está la Subprefectura de Patagones. De chiquita la
llevaron a vivir a Buenos Aires. No quiso estudiar para ayudarle
a su mamá. Sus largas vacaciones de verano en Patagones y Viedma.
La llegada de sus hijos y el recuerdo afectivo de Emma Nozzi. Los
paseos y los bailes de un pasado romántico y familiar. Un tranvía
y una tajada de sandía. Un reportaje con sabor a otro reportaje.
Esta muchacha es la dueña de la historia de hoy
En la casa de la calle Alvear, casi en su cruce con el Boulevard Contín de Viedma, sería el lugar propuesto para el encuentro con Noemí, la vecina que hace pocos días acaba de cumplir 90 años de edad y que trae consigo notables apellidos de la historia familiar de la Comarca... y que según me habían dicho Ðy lo comprobé fielmente-, mantiene una frescura maravillosa, que hace que recuerde con lujo de detalles las ricas vivencias de su vida, una vida que se iniciara a muy pocos metros del río Negro, en donde actualmente está la Subprefectura de Patagones y en donde antes actuaba la escuadrilla del río Negro, de la que su padre fuera uno de sus jefes. El, precisamente, llegó a estos pagos siendo soltero y para hacerse cargo de esas funciones.
Extendí mi carpeta de apuntes sobre la mesa y me dispuse a escucharla con atención. Estaba seguro de que doña Noemí Contal Crespo me contaría cosas interesantísimas de su vida y de su familia de apellidos sumamente ligados a la historia comarcal.
Fueron casi dos horas de charla, en la que afloraron los recuerdos de sus años de estancia en Buenos Aires con sus padres y sus hermanos, donde se habían radicado por un expreso pedido de don Hipólito Irigoyen; de sus regresos todos los veranos para vacacionar en casa de los Crespo en Patagones y disfrutar días de playa de mar y río, para encontrarse en una de esas ocasiones con el gran amor de su vida y con el casamiento que la llevó a vivir a un campo de Guardia Mitre.
Estimado lector, vamos a dar vuelta la página, y juntos nos meteremos en esta historia de vida de doña Noemí Contal Crespo de Martini, la simpática abuela de 90 años, que dice con mucho orgullo y nostalgia: "Yo soy Noemí, la hija del jefe de la escuadrilla del río Negro". De chiquita me llevaron a vivir a Buenos Aires
Mi papá, que se llamaba Alejandro J. Contal, era un marino que llegó desde Buenos Aires a esta zona, siendo muy joven y soltero, para hacerse cargo de la jefatura de la escuadrilla del río Negro y estando en esas funciones conoció a mi mamá, una maragata de nombre Amelia J. Crespo, hija de Pedro Crespo e Irinea Martínez. El amor nacido entre ellos, los llevó a formar matrimonio e instalar su casa en el lugar de asiento de la escuadrilla, que era el mismo que actualmente ocupa la Subprefectura de Patagones.
Allí nacimos tres de sus ocho hijos: Ciro Edmundo, Carlos Alberto y Noemí (yo). ¡Nunca digo cuál es mi segundo nombre de pila porque no me gusta! Mis otros cinco hermanos son: Alejandro Bismar, Blanca Amelia, Oscar César, Héctor Julio y Raquel Teresa. ¡De tantos hermanos que fuimos hoy sólo quedamos Oscar, con sus 96, y yo, con mis 90 recién cumplidos!
Empecé yendo al Colegio María Auxiliadora de Patagones, antes de tener edad para el primario pero una circunstancia muy especial hizo que toda la familia debiéramos mudarnos a la Capital Federal.
Resulta que un día, papá recibió un telegrama de su gran amigo don Hipólito Irigoyen (se habían conocido casualmente en Montevideo en el año 1890 y desde allí entablaron una estrecha amistad). En ese telegrama, Irigoyen le decía:
-"Bajá urgente a Buenos Aires. Te espero."
Al regresar mi padre de ese encuentro, reunió a su gran familia y nos dijo:
-"Embalamos todo. ¡Nos vamos a vivir a Buenos Aires, debo ocupar el puesto de Vista General de Aduanas que me ofreció Hipólito!".
Como en ese entonces el tren sólo llegaba y partía desde Stroeder, nosotros fuimos hasta allá con el auto grande con transportines con el cual Alejandro Diluchi hacía el transporte de pasajeros desde Patagones a Stroeder y desde Stroeder a Patagones. En Buenos Aires nos esperaba nuestro primer domicilio, que era una casa amplia en la calle Acevedo."
Mis hermanos estudiaban y yo le ayudaba a mi mamá. Al principio me sentía extraña viviendo en Buenos Aires, pero el comenzar mi escolaridad primaria en una escuela de la calle Caning del barrio de Palermo y el cariño que me brindaba mi maestra, la señorita Amelia, me fui acostumbrando al ruido, al tránsito y a todo lo nuevo que representaba el haber dejado la tranquilidad de mi vida junto al río Negro, en la paz pueblerina de Patagones y Viedma para entrar en aquel loquero en Buenos Aires, que no paraba nunca. Más adelante nos mudamos a una casa sobre la avenida Díaz Vélez y después a otra ubicada en la calle Francisco Acuña de Figueroa.
Se produce entonces la muerte de mi papá, lo que nos llenó de congoja e hizo que buscáramos la retención que daba un departamento sobre Díaz Vélez y allá fuimos a vivir.
Cada verano, volvíamos a Carmen de Patagones para pasar los tres meses de vacaciones junto a mi abuelo materno, Pedro Crespo y mi recordada abuela, Irinea Martínez.
Un día íbamos al río y al otro día nos llegábamos hasta La Boca, el incipiente balneario de mar, que atraía a viedmenses y maragatos. Salíamos a la mañana para allá y regresábamos bien de noche. Al otro día, empezaba otra rotación: una jornada de río, otra de mar.
Cuando volvíamos a nuestra casa de Buenos Aires, mis hermanos iban a estudiar. Héctor (fallecido) en la Marina, Oscar, en el Colegio Militar, hoy tiene 96 años de edad y goza su retiro efectivo como coronel del Ejército Argentino. Ciro (fallecido) se recibió de Contador Público Nacional y Carlos (fallecido) de Ingeniero Agrónomo.
Yo nunca quise estudiar por eso me dediqué siempre a acompañar a mi mamá y ayudarla en los quehaceres domésticos que ella compartía con el personal de servicio."
Los veranos, el río, el mar y el amor: En uno de aquellos veranos de nuestras largas vacaciones en estos pagos, se produjo el anunciado noviazgo que me llevaría al esperado casamiento. Los Crespo eran muy amigos de los Martini y compartían paseos y visitas prolongadas.
Rubén Mario, hijo del maragato Armiño Serapio Martini y de Marcelina Ocampo, que había nacido en Guardia Mitre era uno de mis preferidos para las charlas y los gratos momentos en el río y en el mar. Y bueno, por eso, digo que se produjo nuestro anunciado noviazgo, y por eso digo que se produjo también nuestro esperado casamiento, el día 22 de septiembre de 1945, luego de aquel nos arreglamos que ocurriera el 7 de marzo del 43, un año y medio antes.
Tuvimos dos hijos maravillosos: Alejandro Rubén y Mario Oscar, ellos transformaron en mis nueras a dos muy buenas chicas: Mabel y Liliana, y entre todos ellos me regalaron cinco nietos incomparables: Manuela Alejandra, Andrea Xeneize, Matías Rubén, Candela Noemí y Alfonsina Belén.
Y ya tengo un bisnieto, que se llama Santiago Alejandro, ¡y que es el más lindo del mundo! Con mis nietas, hay un hecho muy especial. Xeneize y Candela tienen esos nombres por Boca Juniors, el club de los amores de mis hijos, y Alfonsina es por Alfonsín, ¿qué le parece?
Cuando fueron a bautizar a Xeneize el cura no quería aceptar ese nombre aludiendo su carácter deportivo, pero mi hijo se puso firme:
-"Si no me aceptan ese nombre me voy a bautizarla a otra iglesia. Finalmente el sacerdote dijo que sí. ¡Qué otra cosa le quedaba por hacer!".
La llegada de mis hijos y el recuerdo de Emma Nozzi: "Mi marido (Rubén Mario Martini) era un conocido hacendado que tenía su campo en producción a dos leguas de distancia de Guardia Mitre. Apenas casados, nos fuimos a vivir a ese campo. Nuestra vida de casados se desarrollaba sin mayores inconvenientes salvo los propios tropiezos que acarreaban los altibajos climáticos que suelen afectar a las pasturas, etc.
Y llegó a cristalizarse el maravilloso sueño de tener nuestro primer hijo. Días antes del parto, viajé a la Capital Federal para tener al bebé o la beba allá, ya que el vivir hasta mi casamiento en Buenos Aires me había dado la oportunidad de conocer a médicos y maternidades que me daban la confianza necesaria para asumir el trascendental momento de mi vida.
Simplemente por eso, mi hijo Alejandro nacería en el porteño Sanatorio Otamendi. Cuando regresé con él en brazos mis suegros me pidieron que me quedase a vivir con ellos en la casa de la calle 7 de Marzo Nº 122 de Carmen de Patagones.
Debieron pasar siete años desde entonces, para que yo volviera a quedar de encargue y trajera al mundo a mi segundo hijo, Mario Oscar.
El tiempo regala cosas y lógicamente quita otras cosas; por un lado me regalaba la alegría de ir armando mi propia familia junto a Rubén, mi buen esposo, y por el otro lado, el tiempo se asociaba con la inefable ley de la vida y me quitaba a papá y mamá, los dos a los 70 años de edad.
Vivir aquí me permitió ayudar a mi querida amiga Emmita Nozzi, en su hermosa gestión en el Museo Histórico de Carmen de Patagones.
Dentro de mi modesta participación, traté siempre de aportar en lo que podía en la organización del museo y quizá por ello, cuando el mismo cumplió 50 años, me entregaron un presente muy lindo, que por supuesto lo guardo con mucho amor muy cerca de m corazón.
Mis hermanos también se acercaron en su momento a nuestro lindo museo y le obsequiaron para quede su testimonio para siempre, una foto de mi papá, por haber sido él integrante de la escuadrilla del río Negro, con fondo de terciopelo rojo y que fuera bordado por mi mamá, con sus propias manos".
Las fiestas, los paseos y los bailes en mi juventud: Guardo hermosos recuerdos del Patagones de antaño, cuando en mi juventud venía desde Buenos Aires, donde yo vivía, a pasar los tres meses del verano en casa de mis abuelos y podía compartir las reuniones de familia que siempre me resultaban apasionantes, por ejemplo las que se hacían en lo de mi tía Ema Crespo, casada con Eduardo Crespo. ¡No, no es ningún error, los dos eran Crespo!, que tenían su casa en la calle Olivera, frente a la plaza 7 de Marzo y en diagonal a la Escuela Nº 2.
Allí se juntaba la familia para escuchar a mi hermana Blanca que era concertista de piano, todos nosotros nos sentábamos en la gran sala y se abrían las ventanas que daban a la calle. Blanca no solo interpretaba música clásica, sino que además incluía en su repertorio tangos, valses, milongas, zambas, cielitos y todo género popular. ¡Tocaba tan bien que la gente paseaba por la plaza y se detenían allí para oírla! ¡Ello resultaba todo un acontecimiento de la noche maragata!
A mí me encantaba bailar y con mi marido éramos fanáticos concurrentes a las fiestas que se hacían en el Club Social de Patagones, armábamos una linda barra con Julián y Tita Luengo y con Guillermo y Nelly Ricca, ¡no parábamos de bailar!
Los paseos de la vuelta del perro eran el hecho obligado para el encuentro y los permanentes saludos, charlas y sonrisas entre las chicas y los muchachos maragatos y viedmenses, que allí nos encontrábamos.
El tango me enloquecía y lo he bailado en muchas ocasiones con excelentes bailarines, como ser entre otros, con Rodolfo Ferreyra y con Julio Gironde, un marino tanguero."
Un tranvía y una tajada de sandía: "Cuando de muy niña nos mudamos a Buenos Aires, tuve forzosamente que cambiar de costumbres ya que la libertad y la paz que gozaba en Patagones por vivir en la Prefectura con todo el río y el paisaje a mi disposición se trastocaba por todas las limitaciones propias en ese sentido que imponía la gran Capital Federal. Mi mamá se gastaba en recomendaciones:
-"Ahora vamos a salir en el tranvía, te quedás sentadita en tu asiento y no hablás con ningún desconocido!"
Pero, al momento de subir al para mí asombroso tranvía, me la pasaba recorriendo el pasillo y preguntándole a los otros pasajeros:
-"¿Vos quién sos? ¿Cómo te llamás? ¿Adónde vas?"
Lo que obligaba a que mi mamá se levantara, me devolviera a mi asiento con un bien disimulado coscorrón, y ella, que no quería hablar con gente que no conocía, tenía que pedirles disculpas a cada uno por las impertinencias de su nena. Recuerdo que una vez, vestida de punta en blanco para salir a pasear con mis padres, me dijeron:
-"Podés ir a esperarnos en la puerta de calle pero no te muevas de allí".
Allí fui, pero justo se le dio por pasar por la vereda a un chico vendiendo sandías. Sin que yo lo viera, me gritó en el oído:
-"¡Diez centavos la tajada!"
Me asusté y pegué el manotazo. Le hice saltar la tajada que cayó sobre mi ropa blanca. Me quedé sin paseo y encima ¡todo el fin de semana encerrada en casa!"
Un reportaje con sabor a otro reportaje: Tendré que pedirle disculpas a doña Noemí por no haber transcripto por falta de espacio el artículo del diario La Nueva Provincia en ocasión de su casamiento con Rubén Mario Martini el 22 de septiembre de 1945, hecho social que el matutino bahiense destacó con una hermosa fotografía de la también muy hermosa Noemí y un título que decía: "Boda Contal Crespo-Martini". En este sentido, ella me aclaró con una pícara sonrisa:
-"¡Como para no salir en el diario si mi hermano Alejandro estaba casado con Lía Ester Julio, la hija de Enrique Julio y Vicenta Calvento, los dueños de La Nueva Provincia.
También tendré que pedirle disculpas por todas las anécdotas y cosas lindas que ella me contó en esta sabrosa charla en la casa de la calle Alvear de Viedma y en este frío mes de agosto del año 2002. Hubiera sido muy interesante que me quedara lugar disponible para escribir sobre cómo su papá amaba la buena mesa y cómo reunía los sábados a sus amigos para almorzar en su acogedora casa del barrio de Palermo, y cómo Noemí se prendía a la empleada cocinera, para ayudarla en la preparación de esos exquisitos platos, lo que le ha permitido a ella en el tiempo, convertirse en una cocinera de primer nivel, algo que sigue demostrando en sus 90 para bien de sus hijos, de sus nueras, de sus nietos y por supuesto para ir enseñándole lo que es bueno al paladar muy nuevito de Santiaguito, su primer bisnieto.
Pero qué le vamos a hacer, doña Noemí Contal Crespo viuda de Martini, el espacio es tirano y solo pudimos llegar hasta aquí. El resto lo contaremos la próxima vez.
Este periodista ha quedado conforme igual porque, aunque resumidamente, tuvo la oportunidad de escribir su linda historia, que es nada más y nada menos que la historia de "Noemí, la hija del jefe de la escuadrilla del río Negro.
Fuente: Victor J. Carlovich - Noticias de la Costa
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