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Victor Juan Carlovich

 
 

El hombre que enseña todod los días que " el que afloja pierde"

El "Vitrolita" que soñaba con ser "La Voz" de la radio. Hijo de un croata "bueno" y de una gringa gitana, supo de la gloria de los escenarios y el reconocimiento de una ilustre empresa estatal. Las monedas de un noviazgo imperecedero y su inalterable sentido común con el que sigue "Haciendo Calle".

Quién escribe “Haciendo Calle”: Esta vez Noticias de la Costa quiere que sus lectores conozcan al hombre que todos los días convoca a la sensibilidad desde su columna "Haciendo Calle", que no es otro que el mismo que cada domingo rescata desde la memoria colectiva de nuestra región el testimonio de los silenciosos héroes que contribuyeron y contribuyen al más genuino sentido de pertenencia en nuestra patria chica.

Víctor Juan Carlovich se llama este vecino viedmense por adopción y santafesino fanático de alma. Tanguero, poeta, autor, perito en granos, excelente administrador pero, fundamentalmente, padre ejemplar y abuelo ideal.

Confesando que no resulta tarea sencilla resumir la vida de un hombre al que nada le vino de regalo y que a cada paso sorprendió con actividades tan disímiles como sensibles, intentaremos en este reportaje resumir la vida de quien siempre manifiesta un mensaje optimista y conciliador ante cualquier circunstancia.

Hombre de respeto al ser y palabra de oro, cuentan que nunca pudo resistir irse a dormir sin escuchar un tango y, mucho menos, cerrar el día con una palabra soez o una pelea con Mirna, su inseparable compañera desde hace más de cuarenta años.

Por ese amor dejó las luces de neón de Buenos Aires cuando su voz ya brillaba en Radio El Mundo en los años gloriosos de la radiofonía vernácula. Así se dedicó a formar su familia y su vida en la para él "gloriosa Junta Nacional de Granos".

Luego, cuando los nuevos tiempos demolieron el orgullo de una empresa estatal inigualable y soberana, el destino lo desembarcó en Viedma y Patagones cuando la década de los noventa asomaba. Y aquí está, para orgullo de sus hijos y para deleite de sus nietos, el hombre que enseña que "el que afloja, pierde..."

La historia de amor del locutor y la costurera: "Había presentado a la orquesta que debía amenizar la segunda parte de la noche y, como era de rigor, comencé a recorrer el salón del Club con el aire canchero que me daba ser el locutor de la noche", recuerda a menudo en la mesa familiar. Ya entonces en su pueblo se lo conocía como "Vitrolita", un raro sobrenombre que mezclaba su físico de flaco esmirriado y su apego a cuanto micrófono daba vueltas por su pueblo y pueblos vecinos.

"En una de esas vueltas veo a un tipo que estaba borracho y le tiraba del brazo a una rubia despampanante que se negaba a bailar", continúa. El "locutor", luciendo su mejor traje gris y unos zapatos charolados que le había regalado su tío Lavié, un francés elegante y de paladar exquisito, se acercó al lugar y lo tomó del hombro al beodo.

-"Vení conmigo, macho, no hagas papelones... la rubia no quiere bailar... te invito un trago".

A la vuelta por el mismo salón, "Vitrolita" caminaba jugando una especie de payana imaginaria con una moneda de cinco guitas que le habían dado de vuelto en la barra cuando pagó el trago del fracasado bailarín, y la rubia del "salvataje" le cortó el paso.

-"Qué lindas monedas... ¿Me regalás algunas?".

Y ese fue todo el motivo que originó el amor entre Víctor y Mirna Carmen de Sisto de Carlovich. "Ella trabajaba en Casa Tavani, una fábrica de sweters y prendas de lana. Siempre fue hermosa, con esos ojos que varían su color de acuerdo al estado del clima. Son grises cuando llueve, azules ante el sol y verde perla cuando se emociona. En 39 años de matrimonio jamás nos acostamos enojados o peleados y yo siempre le agradezco a Dios por tenerla.

Tuvimos tres hijos: Claudio, Ricardo y Pablito, que ya nos han dado siete nietos (Maia, Tomás, Melany, Costanza, Iván, Agustina y Ulises) más uno que viene en camino. Si pasa un día sin verlos me muero, tanto que Pablo vive con su esposa e hija en Mar del Plata y voy a realizar lo imposible para que se vengan con nosotros".

Don Víctor, la Juana y el Alberto: El personaje del reportaje de hoy nació un 3 de noviembre de 1938 en Santa Isabel, provincia de Santa Fe. Hijo de Víctor Tomás Carlovich, un inmigrante croata que llegó como polizón en un barco escapando de los convulsionados Balcanes de principios del siglo anterior.

Don Víctor se ganó siempre la vida a puro trabajo y esfuerzo. Hizo de todo. Fue cosechador de maíz a mano, fue camionero, mozo y changarín. Pero, por sobre todo, fue un tipo tan bueno como el pan y aún hoy, si usted visita Santa Isabel y pregunta por él, todos le van a contestar que "el polaco fue el tipo más bueno del mundo".

"Mi viejo era inigualable. Nunca lo vi enojado, salvo una vez que me pegaron un patadón en un partido de fútbol y no lo podían tener ni entre doce personas", recuerda siempre. Su madre se llamaba Juana Bélgica Severini, hija de un italiano con sangre gitana que recorría el país como empresario y todo lo que emprendía terminaba fundiéndose.

"Mamá era hermosa. Tenía su tez bien blanca y el pelo negro como azabache. Pero además era un personaje. Siempre se disfrazaba. Una vez se disfrazó de croto y salió por el mismo barrio donde vivíamos a pedir. Ningún vecino la reconoció y volvió a casa con harina, fideos, aceite, azúcar. Papá se enojó tanto que le hizo devolver todo".

Y tuvo un hermano. Su entrañable Alberto, que dejó su vida en el entretiempo de una final siendo técnico de fútbol. "Mi hermano era especial. Contaba cuentos como ninguno y de joven era un jugador de fútbol fenomenal. Era tan fanático de Boca que un día le propusieron ir a jugar a River y dijo: "Yo antes de jugar en las gallinas, dejo el fútbol".

El asegura que don Víctor y "la Juana" lo aconsejan desde el cielo. Y que su hermano lo alienta a no bajar los brazos desde una tribuna o un camión lleno de guirnaldas y fotos. Y, creáme amigo lector, que es absolutamente cierto.

El hombre con un millón de amigos: Tanto Mirna, su esposa, como sus tres hijos, aseguran que viajar con Víctor por cualquier ruta del país se transforma en una aventura. Siempre se preocupó por "pasar en familia las vacaciones y aprovechar cada viaje". Pero a su mujer y a sus hijos no les molestaba tanto que detuviera el andar de su auto para adentrarse en cualquier camino o huella. "Ya que estamos, hay que conocer", decía en Córdoba, Mar del Plata o la Patagonia.

Lo insólito era que en cada pueblo, villa, estación o ciudad, siempre hay un amigo. "Acá vive tal... vamos a entrar a saludarlo"... Así, un viaje de diez horas promedio entre Stroeder y Santa Fe podía durar dos días con invitaciones incluidas. Jamás reprochó nada de nadie. Y siempre recuerda anécdotas y momentos vividos con sus amigos.

"El Flaco Enrico", que era mayor que yo y sin embargo me enseñó a transitar la vida... de día y de noche". O su primo, Orlando Carlovich, tan parecido a su padre en lo físico como en el carácter. "Orlando era un dandy al que la vida lo golpeó duro. Pero escucharlo era como verlo jugar a la pelota paleta o al billar, donde no tenía contra".

Y están también sus amigos del sur. El querido y respetado José "Pocho" Lebed que le abrió su corazón cuando llegó a Stroeder en la década del ’70 y con quien compartió el crecimiento de sus hijos. "Pocho es un ser excepcional... si hubiera dos como él en cada pueblo, este país sería muy distinto", suele repetir a manera de adagio.

Y el hombre, que de amistad sabe y mucho, ahora anda medio tristón porque su amigo comarcal, Miguel Sitanor, decidió irse a vivir a Brasil. "Chichín me dio tanto que él no se imagina. Hasta me permitió reencontrarme con la prosa y la presentación de un tango con el Cuarteto Amanecer", repite asiduamente.

La riqueza de una medalla: Víctor Juan Carlovich trabajó más de cuarenta años en la otrora ilustre Junta Nacional de Granos. Ingresó en su pueblo en el Elevador Rastreador Fournier como cadete y ascendió de acuerdo a las normas. "El nombramiento me lo dio en mano Antonio Cafiero, en el primer gobierno de Perón. Me preguntó qué hacía allí y el jefe y los demás hablaron maravillas", contó una vez en un encuentro.

En 1963 fue trasladado a General Arenales, en el noroeste de la provincia de Buenos Aires como secretario administrativo. Allí nacieron sus dos hijos mayores y amplió sus conocimientos hasta que en 1970 es nombrado jefe de la Unidad Stroeder de la Junta Nacional de Granos.

Fueron 22 años de conducta y labor intachables, lo que le valió una calificación 10 en toda su gestión y una Medalla de Honor a la trayectoria. Sentado a la mesa familliar, un domingo cualquiera les contó a sus hijos y nietos:

"En 22 años pasaron frente a mí más de 50 millones de dólares. Alguno siempre hay que hable pavadas, pero sepan ustedes que si yo hubiese separado una bolsita de 500 gramos de cada camión, hoy tendría 6 millones de dólares y seguramente no tendría que tener dos trabajos para poder comer".

No hacía falta que lo dijese, pero como imbéciles hay hasta en frente de algún micrófono, es bueno testimoniarlo. A sus hijos los hacía trabajar en cada temporada de cosecha entre administrativos y paleadores de trigo "porque sólo así sabrán lo que significa ganarse el pan de cada día".

Negrito, ¿qué hacés acá?: Víctor Carlovich es uno de los pocos exponentes que aún perduran de esa clase de locutor animador que domina un escenario tanto que es capaz de hacer reír o hacer llorar en un solo vocablo. Comenzó en su pueblo presentando orquestas y siendo la voz de las tradicionales "Propaladoras" con las que se amenizaba "la vuelta del perro".

A los 16 años ya era el locutor oficial del gobernador santafesino Silvestre Begnis y es memorable la vez que le hizo contar un cuento "verde" al obispo. "Estábamos en un pueblo para inaugurar una obra y se habían olvidado de poner los chorizos. El gobernador, su gabinete, el intendente y el obispo, ya estaban sentados a la mesa esperando el almuerzo. "Llená, Negro", me dijo el de protocolo y empecé a recitar, a hablar de la provincia y hasta le pedí al obispo que se contara un cuento... Imaginate eso en los años ’50", narra.

Luego, al tener que cumplir con el servicio militar en Buenos Aires, tentó suerte en la radio y llegó a ocupar un sitio en aquella fantástica pléyade de locutores como Antonio Carrizo, Brizuela Méndez, Rina Morán, Franco, Sofovich, Galán y tantos otros.

Comenta que "gracias a eso me pusieron de administrativo en Campo de Mayo y el entonces capitan Julio Alsogaray me recomendaba. Así hice de locutor en el Campeonato Mundial de Polo de 1958, participé de la noche porteña y hasta me di el lujo de presentar a Troilo cuando se reinauguró Spadavecchia luego de su incendio".

Hizo giras por todo el país con Pugliese, Los Trovadores, Los Fronterizos, Virginia Luque y presentó a muchísimas figuras. Hace dos años, compartiendo con su hijo la espera en el escenario de la Fiesta del 7 de Marzo, alguien le gritó "¡Ey, Negrito!, ¿qué estás haciendo vos acá?"... Era Juan Carlos Saravia, de Los Chalchaleros.

El homenaje a los nietos: Cuando usted hable con este señor notará que siempre estarán sus nietos en la conversación. No lo hace por cumplido. No pasa día donde alguno de esos siete capullitos no estén con él y su esposa en alguna tarea.

Son ellos, sus nietos, sus principales compinches en cada tramo de la jornada. Excepto en la imposible tarea de eludir la vigilancia de Mirna para deglutir algún dulce prohibido por la macabra diabetes. Todos, desde la mayor hasta el menor de los nietos, están bien adiestrados en eso de "¡abuelo... no comás dulce...!". La heladera delata desde su luz las incursiones en plena madrugada.

Maia es el sol de la primera niña de la familia, que él no pudo encontrar como padre. Tomás e Iván son el alboroto necesario de cada domingo. Mélany es la dulzura personificada y Costanza es la reina de su Estado único e irrepetible. A Ulises ya le enseñó a bailar el tango y el chiquitín no quiere dejarlo ni bien lo ve. Agustina, a 700 kilómetros, lo estremece en cada "abu... te amo" y vaya a saber uno qué le deparará el que viene en camino.

"Yo a mis hijos los crié... a mis nietos los disfruto", asegura con fuerza de ley para eludir los reproches de madres no tan perniciosas.

“El que afloja, pierde...” : Dalmiro Sáenz dice que escribir sobre uno mismo es muy difícil porque se corre el riesgo de que la letra salga movida. Más allá del sentido humorístico de la frase, el riesgo es cierto en este caso porque, como también decía Sara Bernard, el hombre es esclavo de la emoción.

Confieso que nunca pude adivinar de dónde mi padre saca tanta sabiduría y cómo hace para tener la cultura general que tiene porque rara vez lo vi con un libro en la mano. Sin embargo, siempre fue un libro abierto. Tanto que una vez la directora del Colegio Secundario de Stroeder citó a mi madre para que le pidiera que no nos ayude en las tareas porque debíamos adquirir conocimientos por cuenta propia.

Quedó mucho en el tintero. Quedaron miles de historias de un hombre comprometido con lo social que "inventó" la fiesta de los 15 años para chicas sin recursos. O su participación en Comisiones e Instituciones en cada lugar donde vivió.

Quedaron por narrar sus experiencias como autor y director de Teatro y quedó mucho por decir sobre cómo, a los 63 años, se levanta a las seis de la mañana para cumplir con sus dos trabajos y quedarle tiempo para atender, educar y disfrutar a sus nietos.

Quedó contar cómo sembró y regó los pinos y eucaliptus que sirven de parador al cansado viajero en el kilómetro 860 de la Ruta Nacional 3. Y en La Plata, allí donde bancó el porvenir de sus hijos, quedó colgado en el ropero de una humilde casa de pensión un cartel de su puño y letra que dice: "El que afloja, pierde...".

Ricardo Carlovich (hijo)

Fuente: Victor J. Carlovich - Noticias de la Costa

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