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Carlos Malcheff

 
 

Soy hijo de un búlgaro bohemio, que además era sastre y "perdicero": La historia comienza en Bulgaria. Por qué vino el papá a la Argentina y a General Conesa. Cómo hacer propaganda política en las islas y en las chacras de la costa. Los búlgaros 'perdiceros'. Un sastre bohemio y muy especial. El mismo oficio de su padre, que él le enseñó. Sus vivencias en la escuela primaria y cómo conoció a su novia y esposa. Un reportaje que es igual y diferente a los anteriores.

Todo empezó en Bulgaria: Me pasaron el dato de que vive en el barrio Bicentenario de Patagones y apunté para la calle Gómez de la Pinta de ese lindo sector habitacional de los maragatos.

- "Busco a Carlos Malcheff, quiero hacerle un reportaje para que me hable de su papá y de su oficio. Me contaron que..."

Me franqueó la puerta de su casa y no fue para nada difícil ponernos de acuerdo.

- "Yo soy sastre, como era él, pero mi viejo más allá de su profesión, que desempeñó con calidad en General Conesa era un búlgaro bien bohemio, uno de esos tipos que andan por la vida sin atarse definitivamente a una sola cosa, y tanto le daba por estar o no estar. Por ello, no tenía ningún problema en cerrar su sastrería en General Conesa por un día, una semana o un mes, e irse a las chacras con sus paisanos a laburar la tierra o a cazar martinetas y perdices".

Ese solo adelanto de lo que me podría contar fue suficiente para convencerme de que andaba bien orientado en mi intento de armar mi próximo reportaje y mucho más, cuando Carlos me dijo:

- "Mi papá había venido a la Argentina desde Bulgaria con varios de sus paisanos, escapándole a la política de su país, pues sus ideas comunistas se tornaban demasiado peligrosas allá... Y un día se rajaron para aquí, en busca de paz y de nuevos horizontes".

Con esos adelantos a mano, abrí mi carpeta dispuesto a escucharlo. Esta vez no sería una historia totalmente localista, en razón de que si bien nuestro protagonista vive actualmente en Patagones, y por muchos años fue integrante de la sastrería de la Policía de Río Negro en Viedma, el comienzo y gran parte de esta historia tuvo su epicentro en General Conesa y su calmo valle, y eso no dejaba de ser sumamente atractivo para este periodista.

Luego de anotar sus vivencias y los recuerdos de la atrapante personalidad de su papá, encontré en una de sus frases el título que considero más apropiado para esta nota realizada a Carlos Malcheff. Y esa frase fue aquella de: "Soy hijo de un búlgaro bohemio, que además era sastre y 'perdicero'".

Lo que seguiría mas adelante, está a vuestra consideración, querido lector.

Por qué vino mi papá a la Argentina: Mi viejo era un verdadero bohemio, muy fiel a sus ideas políticas y precisamente por ello, por ser 'comunista' de alma, debió huir de Bulgaria, su país de nacimiento, junto a otros ocho o diez paisanos para disparar de las persecuciones políticas del régimen que los gobernaba varios años antes de que se desatara la Segunda Guerra Mundial y que traía a Hitler y al nazismo.

El ser un perseguido político hizo que mi papá, de nombre Pedro Malcheff, viniera a la Argentina en busca de paz y nuevos horizontes a este país y en una época en que los extranjeros eran recibidos con los brazos abiertos y con la posibilidad de tener un trabajo digno.

Los 'comunistas' de Buenos Aires lo ayudaron en su llegada y tiempo después, con aquellos otros búlgaros con los que había viajado en el mismo barco, se vino para General Conesa, en la provincia de Río Negro.

El había aprendido en su tierra natal el oficio de sastre y fue por ese motivo que al radicarse en esta zona conoció y entabló una fuerte amistad con su colega de profesión de Viedma, Manuel Linares.

Yo no sé bien cómo ocurrió, pero seguramente que esa amistad le valió para sentar sus bases laborales en Conesa e instalar allí su propia y modesta sastrería.

Ese negocio se ubicaría detrás del edificio del Correo conesino y frente a la plaza. Todo se limitaba a una sola pieza grandota y prontamente, dado a que era un excelente sastre, fue consiguiendo una buena clientela que aumentaba día a día.

Pero su juventud necesitaba una mujer a su lado y la encontró en una muchacha de la zona que se llamaba Juana Canale, nacida en la cercana Colonia General Frías, con quien rápidamente formó pareja, de la que nacimos sus dos hijos, mi hermano Nicolás Lenín y yo. ¡Fíjese las entrañas 'comunistas' de mi viejo que a su hijo mayor le puso 'Lenín' de nombre!".

La manera de hacer propaganda política: "En su humilde sastrería de Conesa y con su familia en marcha, mi viejo armaba su nueva vida. Esos resultaban tiempos duros y difíciles, especialmente para él, un búlgaro soñador y bohemio al máximo, que no podía olvidar sus convicciones políticas nacidas en su tierra y que las seguía ejerciendo en su nuevo país de residencia.

El recibía varios ejemplares de un diario 'comunista' y cuando yo era chico, me mandaba a venderlo a 15 centavos por el pueblo, pero la gente, por las notas y noticias que traía, no me lo quería comprar. Por lo tanto, papá a costa de perder plata, lo empezó a repartir gratis y por eso logró meterlo en la población.

Pero la cosa no terminaba allí. Aprovechando los lanchones que recorrían las islas y la costa de las proximidades, mi padre se embarcaba en ellas y distribuía su diario partidista entre sus paisanos diseminados que vivían por esos lugares, pero en razón de que 'el partido' no era muy bien visto por las autoridades gobernantes de entonces, ponía especial cuidado en no hacer esa actividad abiertamente, para evitar las consecuencias que ello le acarrearía.

Su sastrería en Conesa sufría las incomodidades propias de la sencillez con que estaba instalada y, por ejemplo en el invierno, la 'pieza' que ocupaba parecía un témpano de hielo. ¿Sabe cómo la calentaba mi papá? Se iba hasta el correo cercano con una lata de aceite de 20 litros vacía y les pedía a los muchachos que trabajaban allí que le regalaran las brasas que le sobraban de la estufa a leña que ellos tenían. ¡Así mi viejo calentaba el ambiente!

Claro que él no se limitaba a tener abierto su negocio, ¡y a lo mejor en algún momento se le daba por irse con sus paisanos a trabajar por varios días a las chacras de la zona!".

Los búlgaros "perdiceros": "La bohemia metida en la original personalidad de mi papá lo llevaba a ser inconstante en su laburo sastreril, y no era raro que de cuando en cuando se ausentara de General Conesa por varios días para irse con sus paisanos tanto a trabajar en las chacras de sus 'otros connacionales' o para 'perdiciar' con fines comerciales.

El y sus amigos habían descubierto un negocito que les daba buenos dividendos y ese era el de vender martinetas y perdices en la misma Capital Federal, y por ello se convirtieron en experimentados 'perdiceros'.

Se habían armado de grandes 'buchones' (trampas de alambre tejido para atrapar a esas aves silvestres, que por entonces sobraban en los campos y en las islas) y ese grupo de paisanos búlgaros salían de caza por períodos de una semana o mas días de duración.

Primero ubicaban dónde se asentaban las bandadas que en ningún caso eran inferiores a 30 ó 40 martinetas 'batarazas' y perdices chicas, y allí instalaban esos impresionantes 'buchones'. Cuando los animalitos en su tranquilidad venían de día a comer en ese sector, caminando y sin hacer mucho ruido, de manera de no asustarlas, mi viejo y sus amigos las arriaban lentamente hacia el buchón, donde las martinetas y las perdices quedaban apresadas.

De noche era distinto. Munidos de pequeños y potentes faroles que ellos mismos fabricaban, las aves eran encandiladas y 'cazadas a palos'.

Luego las despanzaban y sin sacarles las plumas, las ponían en grandes cajas de cartón y las llevaban hasta Viedma y las despachaban por ferrocarril a Buenos Aires, donde estaban los compradores de la mercadería. ¡El asunto, además de resultarles una linda y repetida aventura, les ocasionaba un buen ingreso de dinero!".

Mi padre, un sastre muy especial: "El particular corte que aprendió mi viejo en Bulgaria y que implementó en su sastrería de Conesa, le trajo muchos clientes de la zona, como ser, la familia González, los García, el 'Turco' Echén -me parece que el apellido se escribe así-, y también Rodríguez y toda la gente 'importante' del pueblo y la región.

Hay que tener en cuenta que papá fue en ese tiempo, si no el único, por lo menos uno de los primeros sastres que se instaló en aquella localidad. Claro que la clientela tenía que tener paciencia y 'aguantarlo en su bohemia'. A él le gustaba salir y cuando se decidía a hacerlo ¡nada ni nadie lo paraba!

No quiero mencionar quién fue para no herir o que le caiga mal al protagonista de lo que voy a contarle. En una oportunidad, un muchacho de Conesa que se casaba, le encargó a papá y con mucho tiempo de anticipación la confección de su traje de casamiento. El hombre eligió la tela y el color y, como corresponde, fue a tomarse las medidas primero y luego a medirse el traje las dos o tres veces que era citado mientras avanzaba la confección.

Llegó el día del 'casorio' y ¡pobre, por la sorpresa que recibió! La mañana previa a la noche de la boda fue a retirar la prenda tal como le indicara mi padre, ¡pero la sastrería estaba cerrada y el sastre se había ausentado del pueblo y nadie sabía indicar dónde podía estar! En resumen, el desesperado novio tuvo que viajar urgente a Viedma y comprarse un traje de confección y regresar a Conesa con el tiempo justo para ir a la iglesia, ante la desesperación de la novia. Me contaron tiempo después que ese muchacho, si esa noche lo llegaba a encontrar a su 'desaparecido sastre', ¡directamente lo mataba!".

En lo que respecta a mis gustos, yo quería ser peluquero e intenté ir a aprender el oficio y por ello acudí a Jesús González, un muy respetado peluquero del pueblo, y cuando le pregunté si me podía enseñar, me dijo:

- "No pibe, yo tengo muchos hijos para enseñarle mi oficio".

Entonces, sin otra alternativa a la vista, recurrí a mi viejo para que me hiciera conocer los secretos de 'sastre' y así empezó mi vida en esa profesión, que con el pasar de los años y por la ropa que viene de fábrica y por las costumbres que impusiera la 'moda sport', lamentablemente fue desapareciendo del mercado laboral".

Yo soy sastre igual que mi viejo: "Trabajé muchos años en la sastrería de papá y seguí en ella incluso cuando él se retiró y se la alquiló a Salvador Raschella, con quien permanecí trabajando hasta un poco más allá de cumplir mis 16 años, que fue cuando ese patrón me llevó con él a su sastrería de Choele Choel.

Tenía ya 23 años cuando me vine para Viedma y Patagones. En estos pagos y en este querido oficio que aprendí con el 'viejo', trabajé con Manuel Linares, en la Sastrería Sangari, con Guido Bergandi, con Antonio Panetta y con Serafín Perrota. Con todos ellos fui sumando conocimientos y experiencias que me han valido muchísimo.

En el año 1970 hice gestiones para ingresar en la 'Sastrería de la Policía de Río Negro', pero en un principio sólo logré el ingreso a la repartición, pero el destino no fue la sastrería, sino algo muy distinto: ¡me asignaron a la infantería de la fuerza!

Fuera de las horas de servicio en la policía, continué siendo sastre y para ello instalé mi propio taller de costura en la calle Schieroni de Viedma. Pasaron dos años y la repartición me dio el pase y entonces sí, a partir de ese momento fui un integrante de la Sastrería de la Policía de Río Negro.

Fueron más de 20 años en ese lugar, compartiendo trabajo y relaciones de amistad con grandes compañeros y con excelentes jefes.

En 1993 me retiré de la fuerza con el grado de suboficial principal ¡y aquí se terminó la 'historia oficial' de mi vida sastreril! A partir de allí, despunto el vicio haciendo algunos 'arreglitos' en las pilchas de mis amigos. Para eso tengo un pequeño tallercito en mi casa. ¡Ahhh!... además ahora le hago los mandados a mi mujer".

Yo, el alumno y el novio: "De mis años de la escuela primaria tengo un montón de gratos recuerdos y a veces me pongo demasiado nostálgico al acordarme de mis compañeritos de grado de la Escuela Nº 9 de General Conesa. Entre ellos Héctor Volpi, José Carabajal, Eloy Vega, María Barbieri, Gladys Aramburú y Esmil Espinoza, entre otros muchos que hoy escapan a mi frágil memoria. Y no le digo menos de mis queridas maestras Ema Módenes y la señorita Monte Oliva, cuyos padres tenían panadería en Conesa.

Eso es en referencia a mi niñez. En cuanto a la otra parte importante de la vida de un hombre, cual es el amor y la familia, tengo que ajustar la mira a otro tiempo pasado y que transcurría en la primera bajada al río, al lado de la Prefectura de Patagones.

Allí vivía con su familia una piba que me tenía medio loco de la cabeza. Ella, de nombre María del Carmen Rubio, tenía por ese tiempo sólo 15 florecidos años y yo andaba por los 24, más o menos. La veía siempre en la costa, pero a pesar de mis 'mandadas' ella no me daba ni cinco de corte. Entonces pensé: "si en tierra firme no consigo nada, lo voy a intentar por el agua".

Mis 'ataques' amorosos los empecé a mandar en el río, cuando coincidíamos en nuestros baños y nadadas en ese lugar. El resultado final fue una pareja macanuda que hemos formado y de la cual nació nuestra hija Gloria del Carmen, que prolonga la alegría de tener tres nietos hermosos: Gastón (16), Marianela (8) y Carla Belén (6), que viven aquí cerquita nomás, en el barrio de las '268 Viviendas' de nuestro Carmen de Patagones".

Un reportaje igual y diferente a los otros: Había terminado mi reportaje en la calle Gómez de la Pinta al 100 del barrio Bicentenario de Carmen de Patagones y me retiraba de esa casa de gente amable y muy simpática, con una historia diferente, o quizá igual a las otras.

Podría ser distinta, porque en la mayor parte de la charla el reporteado se dedicó a hablar casi con exclusividad de su papá, un búlgaro 'comunista', sastre de oficio, muy bohemio y encima, para mayor asombro, 'perdicero'. O sea, cazador mayorista de martinetas y perdices en las chacras, la costa y las islas de General Conesa, el lindo pago rionegrino.

Pero que resulta una historia también igual a las que venimos contando todos los domingos desde hace más de seis años, porque es nada más y nada menos que la historia simple de un personaje que vive aquí nomás, a la vuelta de la esquina. El entrevistado cuenta en el resto de la nota algunas vivencias de su propia vida, que a mi entender son sumamente interesantes para conocer.

Los hijos de inmigrantes que viven y vivimos en este maravilloso país, el país que a ellos les abrió sus puertas de par en par para que vinieran a anidar aquí a sus esperanzas e ilusiones, nos sentimos tocados cuando alguien habla con tanta pasión de aquellos que llegaron sin saber qué les depararía el destino, ¿verdad?

Hoy es una de esas ocasiones precisamente, una ocasión en la que Carlos Malcheff, nacido en General Conesa (Río Negro) hace un poco más de 64 años, nos dice con emoción y admiración: "Soy hijo de un búlgaro bohemio, que además era sastre y perdicero".

Fuente: Víctor Carlovich - Noticias de la Costa

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