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Fulgencio Goyenola

 
 

Esta vez la cosa es distinta. El protagonista de nuestra historia de hoy no es una persona que está presente. En estos momentos no palpita ni convive con los vecinos de Viedma y Patagones, recorriendo sus calles y cambiando saludos con los vecinos y sus amigos de siempre.

Esta vez es una nieta la que quiere contar cosas de la vida de su abuelo, de su abuelo que ya no está entre nosotros, pero que, por haber vivido circunstancias especiales de una época que ya pasó, seguramente ha marcado en ella aristas fundamentales de su propia existencia y quiere contarlas como homenaje a su antepasado que, por lo visto, lleva muy adentro en su corazón.

Hace unos días hizo lle­gar varias fotografías y algunas de ellas hablan por sí solas de un oficio que ya no existe y que parece de novelas y de películas de indios, gauchos y aventuras: “Conductor de la Galera de Mora”, aquélla que era el único medio de comunicación y transpone de pasajeros, correspondencia y encomiendas desde Patagones a Pedro Luro, de ida y vuelta. Su nieta rescata anécdotas del abuelo y sus ansias de agrupar a los productores agropecuarios del extremo sur de la provincia de Buenos Aires para la formación de una Cooperativa que sirviera para mancomunar esfuerzos en busca de una mejor calidad de vida.

Esta nieta se llama Haydée Melchora Goyenola y en la escritura de una moderna computadora vuelca reflexiones sobre un hombre de campo y una concepción de vida antigua... ¿antigua...? de su abuelo ausente... de don Fulgencio Goyenola... un campesino de pura cepa que vivió siempre en la zona rural del partido de Patagones.

Una cocina, una mesa grande y el Himno Nacional: Cuando Haydée habla de su abuelo lo describe tal como lo conoció y como se lo contaron, pero ella expresa sus propias convicciones y así lo manifiesta: “Simplemente “Don Fulgencio”. Así se lo conocía y así se lo nombra­ba al abuelo. Nacido en La Vizcaya, Provincia de Bilbao, fue adoptado más tarde por esta tierra áspera y acogedora... ¿Qué pensaría el abuelo con sus dieciséis años recién estrenados cuando se encontré con ella...?

Tuvo veintidós días de viaje en barco para pensar... para imaginar.., para soñar hacia adelante, no para dudar, no para abrigar temores ni arrepentimientos por haber dejado la tierra natal e intentar la gran aventura en la promocionada “América de la esperanza”.

Cuando partió en este viaje sabía que ponía un mar de distancia entre su pueblo natal y la prometedora “Argentina”. Vasco duro, si los hay, que amé este pueblo...( me consta), porque Patagones, desde que pisé el polvo de sus caminos y de sus campos, pasó a ser como su propia sangre y ya no pudo prescindir de él nunca más. Tengo un recuerdo entre tantos, que marca el cariño que e] abuelo sentía por esta patria que lo recibió con los brazos abiertos, sin pedirle nada y ofreciéndole todo... Fueron muchas las veces que sentados a la mesa, en ocasión de alguna fiesta patria, en el momento en que por L.U 15, Radio Viedma se emitía el Himno Nacional Argentino, la familia entera se ponía de pie por indicación de él, y todos juntos y a viva voz entonaban sus estrofas, que por otra parte fueron una de las primeras cosas que el abuelo Fulgencio aprendió apenas llegó.

Unirse para luchar juntos: Continúa contando de su abuelo: “Según cuenta el tío José, el mayor de los once hijos, al poco tiempo de llegar a la Argentina se empleó como peón rural en un pueblo llamado Navarro, en la provincia de Buenos Aires. Su patrón, Don Angel Vélaz, tuvo mucho que ver con su radicación definitiva en Patagones. Pero él tenía una idea fija:“independizarse”. Antes de llegar, y en viaje hacia el sur, se detuvo en Pigué y allí trabajó en un horno de ladrillos. Su estada en esta localidad sólo fue una breve circunstancia en la vida de un hombre que parecía “tenerla bien clara”.

Tras su arribo a Patagones, consiguió emplearse como conductor de la “Galera de Mora”, históricamente reconocida por ser el medio de transporte de pasajeros, correspondencia y encomiendas, que hacía el trayecto Pedro Luro Carmen de Patagones y, por supuesto, la misma ruta de regreso.

¿Cuántas anécdotas sabrán esas huellas polvorientas...? No sé por qué, pero intuyo que mi abuelo no estaría de acuerdo con esta época, con el concepto de la globalización de la economía que va en detrimento de la dignidad del hombre, que no lo tiene en cuenta, que lo reduce a un número dentro de la estadística. El creía en la capacidad de los hombres para unirse y luchar por el bien común y en defensa de sus derechos... así prendió en su alma la idea del cooperativismo.

Fue en los tiempos en que la defensa de la comercialización de los frutos de la tierra por parte de los chacareros se hacía muy difícil, por ejemplo, la venta del trigo consistía en un trueque en el que el productor salía siempre perdiendo, porque dejaba su cosecha a cambio de algunos vicios, que podían ser bolsas de harina, azúcar, yerba, alpargatas y otras pequeñas cosas... como si su sudor no tuviera valor... El abuelo en definitiva un soñador, construyo ladrillo a ladrillo la Cooperativa Agrícola de Patagones y Viedma.. Cada ladrillo representaba a los productores, a quien día a día se les iba haciendo carne el proyecto. Seria injusto de mi parte no mencionar a personas que fueron muy caras a los sentimientos de mi abuelo. El tiempo pasado me confunde las ideas, pero tengo la sensación que todos ellos los conocío tal vez no...pero en esta confusión surgen claros los nombres de don Jaime Sarandon, de quien salió la idea cooperativa de don Francisco Krohn, quien sucedió a mi abuelo en la presidencia del directorio de don José Zabaleta, a quien recuerdo como un hombre sensible y con dulzura infinita del gerente don Daniel Sánchez y de tantos otros hombres que compartieron jugosas y apasionadas charlas en la cocina de “ El Fiscal” o Sacs piraz Bat (7en1)”, el campo de propiedad del abuelo.

La mucama del viejo Hotel Pércaz: “Seguramente que más de uno de los pasajeros de aquella “Galera de Mora” la vieron inclinarse peligrosamente entre los montes y las huellas difusas y polvorientas del último tramo del recorrido. Dejado el Puesto de Querencia, con caballos frescos, el mayoral Fulgencio Goyenola hacía sonar en el aire el chasquido inconfundible de su largo látigo, pidiéndoles a sus pingos velocidad a sus esfuerzos...Por qué tanto apuro, mayoral la respuesta la encontrarían al arribo a Carmen de Patagones, cuando bajaban frente a las puertas del antiguo Hotel Pércaz, allí lo esperaba el amor a Fulgencio, lo esperaba una linda mucama de nombre Nemesia Rosales, que primero escuchaba de él las incidencias del viaje y después lo fue oyendo en proyectos de amor y familia.

Fulgencio y Nemesia se casaron y tuvieron once hijos, siete varones y cuatro mujeres: José Fulgencio. Nemesia, Melchor Lino (mi papá). Clemente Constantino, Bernardo Justo. María Magdalena, Máxima. Plácida, Argentino Aniceto, Angel, Basiliano Aniceto (sin darse cuenta de que tenía otro hijo que también se llamaba Aniceto). Diecinueve nietos somos los que vinimos a este mundo para recordar a los abuelos.”

“El Fiscal”:Tras su llegada a Patagones, fue peón rural; luego trabajó en sociedad en un campo de la zona de “El Barrancoso”; más tarde en esa misma zona le ofrecieron otro para trabajar. Allí, junto a sus hijos mayores, construyó un rancho de adobes y luché para hacer un profundo pozo buscando la ansiada agua dulce.

Más tarde alquilé, primero, y más tarde compró otro campo llamado “Laguna del Caballero”. En esa época, principios de la década del cuarenta, había muchas tierras de propiedad del Estado y fue así que al abuelo le asignaron parte de ellas a cuarenta kilómetros de Patagones, para que siembre pastoreo. Poco tiempo después, en el 45, se la adjudicaron en propiedad.

Llamó a este campo “El Fiscal” o “Sacs piraz Bat” (7 en 1)” y lo eligió para instalar definitivamente su vivienda. En la vida del abuelo Fulgencio en Patagones tuvo muchísimo que ver Angel Vélaz y Cía., dueños de una Barraca muy grande en Buenos Aires, donde él había trabajado como peón. Ellos lo ayudaron a que comprara tres mil hectáreas, desde el río hacia el norte.

No podía ser de otra manera.., era tanto el amor que el abuelo le tenía a “El Fiscal” que fue allí donde cerró para siempre sus ojos... Eso ocurrió en 1971.

Fuente: Victor J. Carlovich - Noticias de la Costa

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