La Tapa web un portal con historia - Carmen de Patagones - Patagonia Argentina - latapa@arnet.com.ar
 
 

Muchachas...

 
 

A bordo del vapor "Rawson" que se dirigía al sur viajaban dos mujeres jóvenes. Las acompañaba un italiano llamado Alberto de mirada indolente y nunca las dejaba solas. Las muchachas vestían con sencillez. No parecían contentas aunque se reían mucho, tampoco tristes. Curioseaban todo con avidez, nunca antes habían estado en el mar ni viajado en barco y aunque las dos siempre habían vivido en Buenos Aires, recién se conocieron a bordo.

En agosto de 1912, el invierno se había hecho presente en Madryn con la rigurosidad de siempre. Allí, en una casa que tenía en su salón principal un gran jaula con canarios, una muchacha de quince años llamada Dominga lloraba tirada sobre una cama de hierro.

En Buenos Aires había llovido toda la semana. Francisca regresó empapada a su casa de la calle Malabia. Un coche la había salpicado y le había embarrado la falda justo al salir de la sucursal del correo de Palermo, adonde había ido a poner un telegrama para Puerto Madryn: "Con `Rawson' van dos sirvientas acompañadas Alberto. Cariños Francisca".

Al escuchar el sonido de la puerta, una anciana gritó desde una de las habitaciones: --¡Francisca!

--Voy, mama, espere que cambie de ropa.

Con un vestido limpio y un vaso de leche tibia, Francisca entró en el dormitorio de su madre. Ultimamente la mujer se levantaba poco, debido al frío y a la humedad que le provocaba dolor en las rodillas.

--Mandaste el telegrama --dijo en tono de lamento.

--¿Pusiste que también le mandamos el remedio que nos mandó a pedir?

--No hace falta, se lo avisé en el telegrama anterior --contestó Francisca, molesta ante la ansiedad quejumbrosa de su madre.

--Gigio debería venir a Buenos Aires a curarse, debería dejar todos sus negocios allá y venir --repitió. Muerto una vez no se resucita más --terminó casi llorando.

--Mama, tu hijo Gigio es grande y sabe cuidarse, además ahora no puede, Dora no está con él y Guarino haciendo el servicio militar, no hay nadie que pueda cuidarle los negocios en su ausencia.

--¿Dónde está Dora que desde ayer no la veo?

Francisca evitó decir lo que sospechaba: --Viajó al norte para visitar a una amiga, vuelve en unos días --contestó. La verdad era que Dora, la noche anterior, había abandonado la casa llevándose toda la ropa sin decir nada a nadie. Francisca reprimió un gesto de asco para ocultar sus pensamientos: "Esa puerca de Dora Reither... yo sabía que de una cualquiera no se podía esperar otra cosa que traición". Y pensó que debía enviar otro telegrama a su hermano Gigio para avisar que Dora había desaparecido.

Gigio estaba satisfecho con el dinero que acababa de contar, pero también, preocupado por el telegrama que había recibido esa mañana: "Dora sigue sin aparecer. Francisca".

La mujer que le había entregado la plata estaba parada a su lado. Era joven, algo más de veintidós, morocha, de labios grandes pintados de rojo. A Gigio le recordaba a Dora Reither cuando la había conocido diez años atrás, pero ésta era más bonita, sabía leer y escribir y por sobre todo era más dócil. Gigio sintió deseo, al mirarla. Con gesto brusco agarró la mano de la muchacha y la dirigió a su bragueta. La mujer se arrodilló y empezó a desabrochar los botones...

--Ahora no --dijo arbitrario, --andá por las piezas a controlar que las nuevas se estén portando bien y cuidá a la Dominga, si algo llega a pasarle te hago responsable.

La vio irse y pensó que la iba a sacar buena como encargada. Sonrió recordando la cara de furia de su querida, Dora Reither, --nueve meses atrás-- cuando al llegar esta morocha, él decidió darle el mismo nombre, Dora.

--La voy a llamar Dora de los Llanos suena romántico, ¿no te parece? --le había dicho burlón a la Reither y rió a carcajadas.

Luis Pignani alias "Gigio" se abrochó los botones y fue hasta la jaula de los canarios. Le gustaba darles de comer personalmente. Estaba contento con las dos nuevas y las que pronto llegarían para la otra casa que estaba construyendo. Pasaría al frente y podría volver a Buenos Aires a controlarlo todo desde allá. Pero ¿por qué diablos había desaparecido la Dora Reither? Gigio tuvo un mal presentimiento.

La nueva Dora se había acostumbrado tan rápidamente a ese nombre como a sus nuevas obligaciones. Hacía una semana que le habían anotado en la libreta: Encargada. Ya no tenía que pasar visita con los clientes, sólo satisfacer al patrón y, gracias a las vinculaciones de Gigio con el comisario, no sufriría las odiosas revisaciones del médico. Sus obligaciones eran atender a las nuevas y a la Dominga, juntar el dinero y entregarlo todas las noches. También ocuparse de avisarle a Gigio las cosas que había que comprar y anotar en el libro los gastos de las muchachas. Por cada una de las nuevas habían pagado un poco más de lo que había costado ella misma: cien pesos y veinte al comisionista. Al igual que ella las nuevas deberían trabajar para pagar al patrón lo que éste había gastado en comprarlas. Sintió pena por las nuevas: eran huérfanas y al fugarse de los lugares donde vivían se habían relacionado con hombres en los que habían confiado, y éstos las habían vendido. Uno era un empleado de la Aduana en Buenos Aires, ella lo conocía, era el mismo que le había mandado al Gigio una polaca, pero no era joven y él se deshizo enseguida de ella. --No quiero viejas, arruinan mi negocio --le había escuchado decir.

Dora de los Llanos había estado de acuerdo con su cafisho cuando éste decidió hacer trato con Guarino Pignani --el hermano de Gigio-- que estaba haciendo el servicio militar en Buenos Aires. En el sur había más posibilidades, además en Buenos Aires la policía había empezado a ponerse más molesta, a cada rato caían en las casas y siempre encontraban una excusa para llevarlas presas. Acá la pasaba mejor, Gigio se llevaba muy bien con el comisario y no las molestaban. Lo malo era, por una parte que sólo podían salir a la calle dos veces por semana y, por otra, las dos visitas semanales del médico que siempre aprovechaba para manosearla sin pagar.

El Comisario de Rawson, Inspector Antonio Loprete, hacía tiempo que buscaba la oportunidad para meter a Pignani en la cárcel. Tenía una cuenta pendiente con él. Lo había conocido en Buenos Aires, en ese entonces él era un simple auxiliar de la policía y Gigio, un caftén. Loprete había entrado en relación con una de las mujeres que trabajaba para Gigio y éste, al enterarse, le prohibió a la muchacha que siguiera viéndolo. Luego ella había desaparecido sin que pudiera hacer nada para encontrarla.

Muchos años después, destinado a Rawson, Loprete se había encontrado con Gigio. Ya no era un simple auxiliar, pero Pignani tenía muy buenas relaciones con la policía y el Municipio de Puerto Madryn. Además, las autoridades eran tolerantes con la prostitución a la que consideraban un mal necesario. Por esa razón no se metían con los propietarios de los prostíbulos siempre que cumplieran con las normas vigentes de higiene y pagaran sus impuestos. Gigio lo sabía y cumplía. Loprete sabía que Gigio tenía organizada con su familia en Buenos Aires la compra de mujeres y sospechaba que en muchos casos eran menores. Pero con las libretas de la Municipalidad y la Comisaría acreditándolas como mayores, poco podía hacerse. Además era raro que una pupila denunciara su verdadera edad.

Loprete tenía buena relación con las prostitutas. Para él no eran iguales a los delincuentes como pensaba la mayoría de sus compañeros. Por eso Dora Reither pensó en él para pasarle el dato de que habían traído una muy joven que mantenían escondida y encerrada.

Para el Comisario Inspector era la oportunidad que estaba esperando. La licencia que había pedido el Comisario Garate, de Madryn, le facilitaba las cosas. Fue sencillo para él hacer enviar una orden para que el Subcomisario a cargo, Irineo Bustos, se ocupara de investigar en los prostíbulos de Madryn la presencia de una menor.

Ireneo Bustos era un cincuentón, viudo y de pocas luces. Cuando leyó la orden no le importó echar una puteda frente al sargento Cabrera. Tenía tan poca gente a cargo como ganas de trabajar. Al rato sonrió: él sabía de una menor en el prostíbulo de Saturnino Galendi que frecuentaba, la guacha que lo había desairado cuando le propuso ponerle casa y persona a su servicio. Tamborileando los dedos sobre el escritorio dijo dirigiéndose al sargento: --Vaya a lo de Saturnino y tráigamela presa a la Amalia.

Cuando Loprete recibió en Rawson las declaraciones de Amalia con el oficio elevado por Bustos, supo que ésa no era la menor que él estaba buscando. Conocía bien a Amalia, le gustaba decir que era menor para su mejor comercio. Loprete no se desalentó, ese hecho inesperado favorecía su plan. El sabía que las pupilas siempre están al tanto de todo lo que ocurre en los prostíbulos del lugar.

Como Loprete esperaba, en la declaración que él mismo le tomó a Amalia antes de pasarla al defensor de incapaces, la mujer "cantó" todo y más. No sólo habló de la menor que él buscaba sino de otras dos que acababan de llegar en el "Rawson" para el prostíbulo de Gigio. La joven prostituta, también, contó de las coimas que su regenta pagaba al Comisario Garate.

Esto último determinó al Comisario en Jefe a enviar a Loprete a Puerto Madryn para investigar.

"Es bueno que Guarino esté en Buenos Aires --pensaba Dora de los Llanos mientras anotaba en un papel la necesidad de comprar un irrigador para la pieza del fondo--. Ese sí es bravo, le gusta golpear a las mujeres sin razón y sólo para demostrar que es muy macho. Eso lo sabe bien la Dominga. Esa mosquita muerta que no para de llorar. Hacen bien en no dejarla salir a la calle. ¡Pucha que sea yo quién tenga que cuidarla!"

Dominga de Ambrosia era italiana y había nacido el 26 de julio de 1897. Tenía quince años cuando Guarino, tres meses atrás, la había traído desde Buenos Aires al prostíbulo de su hermano en el sur. Era una muchacha delgada pero fuerte, con el cabello largo y rebelde. El "Cabezas" la había encontrado vagando por la calle. Era la segunda vez que huía de su casa, en el pueblo de Cabildo, en donde vivía con sus padres. La primera vez había tomado el tren para Bahía Blanca para refugiarse en casa de su hermano, pero éste la había denunciada a la policía y la hicieron regresar a Cabildo. La segunda tomó el tren para Buenos Aires, donde la encontró el "Cabezas". Guarino había hecho un gran negocio al pagar sólo cincuenta pesos.

El mismo día que llegó a Madryn la exhibieron en la sala con un vestido casto que acentuaba aun más sus pocos años. A poco de estar allí Dominga lloró. Primero le empezaron a caer lágrimas sobre los cachetes pálidos de tanto encierro. Después lloró a los gritos. Eran tan fuertes que opacaron la música del fonógrafo Víctor, que también había traído Guarino, y hasta parecieron disolver el humo de los cigarrillos que llenaba el salón.

Guarino, sentado en la otra punta, se levantó como resorte y dando zancadas llegó hasta ella. Con un solo movimiento la desnudó y con otro la paró sobre una mesa.

--Ahí toda la noche y sin moquear --dijo feroz.

La nueva Dora mirando la escena murmuró con desdén al hombre que tenía a su lado: --Es una mosquita muerta, hace teatro por no pasar visita con esos indios que entraron hace un rato.

Loprete llegó a Madryn contento. Además de la de quince había otras dos menores, bien tiernitas para desembuchar todo. Las denuncias de acoso, que Amalia había hecho contra Irineo Bustos no le importaron a nadie, al jefe sólo le interesaban las denuncias de coimas de siete fardos de pasto que la patrona de Amalia compraba en "La cooperativa" para pagarle al Comisario Garate y los dos pesos que cobraba por cada pupila nueva que llegaba. Según la ley, la Municipalidad era la única que podía cobrar y sólo un peso. Sería interesante ver cómo Garate se las iba a arreglar con eso.

Loprete no perdió tiempo: mandó a detener a Gigio e inmediatamente después, a las tres menores. Tal cual él pensaba, las muchachas contaron todo: cómo y quiénes las habían comprado, cuánto habían pagado y su verdadera edad. Ese mismo día mandó un pedido al Juez del Territorio Luis Navarro Coreaga para secuestrar correspondencia de Gigio. Al día siguiente llegó la autorización y con las pruebas en la mano puso un telegrama a Buenos Aires pidiendo la detención de los cómplices: José N., un español que actuaba de comisionista, Guarino Pignani y Alberto N., supuestamente un primo de los Pignani.

Veintitrés días tardó el Comisario Luis Dellepiane en contestar que José Alvarez y Guarino Pignani estaban bajo arresto y que se mandara a alguien a buscarlos. De Alberto N. nada se había conseguido averiguar. Poco después Dellepiane mandaba otro telegrama en el que dejaba constancia de que Cayetano de Ambrosia había testimoniado que su hija Dominga tenía quince años.

Mientras tanto Gigio permanecía en la cárcel, incomunicado, por negarse a prestar declaración. Loprete siguió adelante y mandó a practicar un inventario de todo lo que había en el prostíbulo. Mientras presenciaba el registro de la intimidad de Gigio, sonreía satisfecho.

Al fin hizo envío al Juez Letrado del Territorio de todos los testimonios y pruebas. Allí se dio intervención al fiscal Luis Gomez Tolosa, quien con buen criterio hizo practicar varias diligencias necesarias para la causa. Gigio fue conducido a la cárcel de Rawson.

Desesperado en su encierro Gigio mandó telegramas, a Buenos Aires: Querida hermana: venite con todo mi dinero, gastos corren cuentas mías, no tengo nadiez hágame diligencias por mi libertad, quedando todo abandonado y sin dinero, nueve días y aun no he conseguido abogado, en esta no permiten escribir sino cada ocho días. Contestame inmediatamente si cuento con tu ayuda. Besos. Cariños. Pignani; y a Madryn: Querida Dora: aun no sé nada de mi asunto primer vapor vendrá mi hermana comunique novedades, primer tren enviaré cartas si encuéntrate mal venga a esta con primer tren con todo y cigarrera de plata, ya sabes, conteste. Recibe besos cariños. Pignani.

Gigio nombró abogado a José Elías Gollan (hijo), quien luego de pedir dinero y alhajas a la desconcertada Dora de los Llanos, hizo un escrito en el que pidió el sobreseimiento definitivo por el artículo 43 inciso uno del Código de procesamiento en lo criminal. Aludió en descargo del detenido que Luis Pignani no era dueño del prostíbulo sino Dora Reither a quién Pignani le alquilaba la casa por trescientos pesos. Por otra parte frente a la imputación que facilitaba la corrupción de las menores aludidas en la causa agregó que las mujeres tenían libretas emitidas por reparticiones públicas que acreditaban su mayoría de edad, por lo tanto la responsabilidad de su defendido quedaba salvada. Agregaba además que se trataba de un hombre de bien que había venido a invertir sus capitales en esa ciudad.

Mientras víctimas y victimarios continuaban presos, la balanza de la justicia empezó a inclinarse. Las muchachas fueron llamadas a ratificar o rectificar su declaración. Dominga fue la única que no se rectificó, las otras sí. Curiosamente el Juez Letrado del Chubut envió la causa a su colega el Juez Francisco Aguilar en el Territorio vecino de Río Negro, aduciendo la enfermedad del Fiscal que también actuaba como Juez en la causa. El Fiscal Santos Ferreira del vecino Territorio tomó el caso y tardó un suspiro en pedir el sobreseimiento definitivo de todos los inculpados. Rápidamente puso fin a un sumario, a su criterio, plagado de vicios. No le tembló la mano al escribir inspirado en la justicia que demasiadas veces no es ciega: Los detalles de la vida de Dominga no dados seguramente en amplitud, por el Juzgado de Chubut, son suficientes a reputarla como mujer vaga, de vida licenciosa y lo lógico es que fuera a parar a un prostíbulo. En cuanto a que la castigaran y la obligaran a acostarse con un hombre, son denuncias infantiles cuando se trata de una prostituta y menos pero mucho menos cuando a esos prostíbulos van policías como consta a fojas 10. No es posible creer ni aceptar que la Dominga estuviera tan atemorizada, que no le fuera dado escapar o hablar a cualquiera persona de las muchas que había atendido en su calidad de prostituta.

Todos los inculpados quedan sobreseídos, sentenció el Juez. La ley 4189 en su artículo 19 letra G sólo consideraba imputable a quienes promovían la prostitución de menores de hijas de familia bien. Dominga no lo era.

Fuente: Del libro "Mujeres en Tierra de Hombres"

1