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Julia Dufaur Julia y el Vikingo

 
 

Un bergantín con velas en descanso tiró el ancla en una de las bahías de la Isla de los Estados. Luis, enorme, con aspecto de vikingo, bajó en brazos a Julia --su mujer-- hasta la playa para evitar que se mojara. Luis era fuerte como las rocas y tierno como un niño, ella era hermosa, menuda y temperamental como el mar.

Julia había crecido escuchando cuentos sobre los aventureros del mar: Cristóbal Colón, Enrique el navegante, Cook, Erik el rojo. Prefería las historias de vikingos desde que le contaron que éstos eran enterrados con sus barcos. Una y otra vez preguntaba sobre el tamaño de los agujeros. Su mente infantil no podía imaginar cómo se enterraban los enormes barcos que acostumbraba a ver en el puerto de Buenos Aires.

--Por suerte tu barco es chiquito --dijo la niña a su padre, un marino francés que trabajaba de práctico en el Río de la Plata.

Era muy pequeña todavía cuando se plantó delante de sus padres y les dijo que ella sería marino y que tendría su propio barco. La madre le explicó que las mujeres no podían ser marinos. La niña le preguntó por qué.

--Querido --dijo la señora Ana Lee dirigiéndose a su esposo, Don Pedro Dufour--, ¿por qué?

Con el tiempo, los moños y las muñecas, Julia se olvidó de aquellas historias. Tanto se olvidó que creyó que le gustaba coser y bordar.

El bergantín con todas sus velas desplegadas navegaba veloz hacia el norte rumbo a otra isla. Era un barco lobero, el "Espora": cuarenta metros de eslora, cinco con cuarenta metros de manga, poco menos de metro y medio de calado. El timón a mano, de gran dimensión, algo adelante de la bajada de popa. El ancla adosada al exterior, descansando sobre el cintón, fuertemente trincada. Botes salvavidas, en ambas bandas. Debajo de la cubierta, el alojamiento de la tripulación y el camarote del capitán. Dentro de éste, una cucheta cubierta hasta el piso por una manta de guanaco; debajo, tres cajones. Una mesa de abatir y una alacena. El olor rancio a grasa de lobo impregnaba todo.

Julia, en el camarote del capitán pensaba cómo sería la nueva vida que la esperaba en esa isla que su marido había llamado Pavón y que muy pocos conocían. También pensaba en esa isla tenebrosa que acababan de dejar. Acompañaba sus pensamientos el ruido monótono que provocaba la fricción del agua contra la nave. Cada tanto un golpeteo y luego el refunfuñar de la madera. "Parece vivo", pensó. Arrolló su pollera larga sobre un brazo y subió con dificultad la escalerilla que llevaba a la cubierta. Se quedó sin aire al ver el cielo con tantas estrellas. Fue hacia babor, en la oscuridad de esa noche todavía sin luna apenas se recortaba la inmensa figura del hombre que timoneaba.

--Querida --dijo Luis y abrió su capa de piel para acurrucarla dentro, a su lado. El puso la mano de ella sobre el timón debajo de la suya. --Quiero que lo sientas y lo quieras como yo --dijo y pensó que su "Espora" era tan sensible como el cuerpo de una mujer enamorada.

Julia amaba a ese hombre soñador de quimeras, con el que se acababa de casar. Aunque no podía ver su cara en la oscuridad, lo sabía triste, apesadumbrado.

Otro hombre estaría feliz, el Congreso acababa de concederle la propiedad de la Isla de Los Estados. Pero "su" Luis no era un hombre común. Quería a la patria más que a él mismo. Había llegado a Buenos Aires con la idea de llevar material y a hombres para crear una guarnición en la Bahía Gregorio con el fin de frenar el avance de los chilenos sobre el territorio argentino. Pero sólo había conseguido embarcar los materiales. El recién electo presidente Sarmiento le había negado los hombres. Por eso ese viaje, que era también su viaje de bodas se había demorado dos meses.

Julia temía que Luis siguiera adelante con o sin ayuda del gobierno. Lo sabía convencido de que la responsabilidad por la patria no hay que dejársela a los que gobiernan, porque es de todos los hombres y mujeres que la habitan.

Al llegar a Pavón, Julia escribirá: Al desembarcar en la isla fuimos recibidos con muestras del más ardiente júbilo por los marineros que Luis había dejado para custodia de la bandera y para plantel de la colonia. En la playa nos estaba esperando dando fuertes y extraños gritos una turba de indios, cuya presencia me causó cierto temor, que se trocó más tarde en lástima. Cuando puse mis pies en la playa, Luis me presentó al más anciano de los indios, el que hablaba un poco de castellano; a un grito de éste empezaron las indias a rodearme y después de una porción de ceremonias rodeada de bruscas piruetas, que me hubieran hechom reír de muy buena gana a no estar mi ánimo fuertemente impresionado a la vista de aquellos míseros seres que parecían abandonados de la mano de Dios, entonaron un canto tanto más salvaje que la perspectiva del panorama que aquellos parajes desnudos de verdura ofrecían a mis ojos...¡Qué triste esta tierra! Lo único que alegró mi alma fue la blanca casita que se destacaba en el centro de la isla como una gaviota reposada sobre las aguas de un mar tranquilo; y al ver la bandera de mi Patria que ondeaba en lo alto de un palo frente a la casita, no pude contener algunas lágrimas de alegría y gratitud. De alegría porque ella traía a mi memoria los recuerdos de mi querida Buenos Aires, con los seres que allí amo; como estoy lejos de la civilización, me parece también que estoy lejos de la patria. De gratitud porque, como argentina, con algo debía pagar al hombre que gasta su vida y sus intereses en servir a la Patria y a la Humanidad del modo que lo hace mi pobre Luis.

Julia no podrá acompañarlo mucho tiempo, debido a sus embarazos, su mala salud y la falta de dinero. Dejará la casita blanca que Luis había construído para ella en la Isla Pavón para vivir en Punta Arenas donde Luis tenía un pequeño establecimiento de artículos navales. Pero su vida allí será difícil como consecuencia de la presión que reciben por parte del Gobierno chileno como respuesta a las acciones de afirmación de la soberanía argentina que realizaba su marido. El momento más álgido ocurrió cuando pretendieron obligarlo a conducir a los chilenos a tomar posesión de las tierras del puerto del río Gallegos. Desde Punta Arenas, durante esos hechos, Julia escribirá a su cuñado:

Están hechos con nosotros una furia, furia que yo desprecio, pues si él no quiere venderle víveres, los buscará en otra parte, y si a mí también me alcanza esa orden arbitraria y salvaje, pagará más, no permitiendo, a Dios gracias, que me muera de hambre, pero sí con la convicción del que en conciencia cree que ha cumplido con un deber. Al Gobernador, o aunque fuere el Presidente, le diré: Señor, prefiero comer cáscaras antes que nadie tenga que echarle en cara a mis hijos que su padre fue un traidor, que por más crítica que sea nuestra situación vendiese a su patria a parte de ella al que con la máscara de un amigo y aprovechándose de la debilidad de un alto funcionario de mi tierra, y de la negligencia y abandono con que los demás personajes miran este asunto, nos despojan y nos despojarán de lo que nos pertenece. No se dirá, ¡no! que Luis Piedra Buena, de quien tan poco se acuerda el Gobierno argentino, por más crítica que sea nuestra situación, haya recibido de los chilenos ni un centavo que perjudicando a su patria hiriese al mismo tiempo su dignidad de hombre pobre pero honrado. Enójense en buena hora el Gobernador y el Ministro chileno, pues tendrán el doble pesar de no poder echárselo en cara mañana o pasado; y a nosotros nos queda la satisfacción de poderles decir: --"somos pobres, pero nunca consentiremos una acción indigna, vendiéndonos por dinero".

En ese tiempo Julia tenía dos hijos pequeños y el matrimonio vivía agobiado por problemas económicos. Sufrían también el abandono de las autoridades de Buenos Aires como consecuencia --entre otras razones-- de una sostenida campaña de difamación que realizaba un compatriota. ¿Cómo no iba a ser sospechosa una persona que no se movía por intereses económicos? Dicen que las desgracias nunca vienen solas: perderán en un naufragio al "Espora" y también serán obligados a hacer abandono de Punta Arenas. Julia vivirá después un tiempo en Patagones, luego lo hará en Buenos Aires. Allí morirá Luisito, uno de sus hijos. A pocos meses de nacer el último, ella morirá de tuberculosis. Tenía cuarenta años y Luis, "su viejo" como ella lo llamaba, no estará a su lado.

En 1881 se define el problema de límites con Chile, las tierras lindantes al Estrecho por las que tanto había luchado Piedra Buena quedarán en poder de Chile. Luis seguirá en el mar, en sus últimos años será maestro de jóvenes marinos. También morirá muy joven víctima de cirrosis y con las manos deformadas por el reumatismo.

Ajenos al futuro Luis y Julia miraban hacia la proa del "Espora". Hacia adelante cielo y mar no se distinguían.

--Hace frío, ¿no es mejor que bajes? --dijo Luis.

--Quiero contarte un secreto: yo pedí a mi padre que te lleve a casa...

Y le contó que lo había visto una vez en el puerto, que cuando preguntó quién era ese grandote que parecía un vikingo le dijeron que era un marino loco, nacido en la Patagonia, que andaba por el sur comerciando con los indios y que cuando no salvaba naúfragos, plantaba banderas azules y blancas. --...y me enamoré antes de conocerte.

--¿Acaso no te conté ese día, en tu casa, que tenía una lancha que había bautizado con el nombre de Julia?

--Mi Capitán Piedra Buena --susurró Julia pegándose más al ccuerpo de su marido-- cuénteme de las estrellas.

Fuente: Del libro "Mujeres en Tierra de Hombres"

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