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--Papá, ¿quién
es Carola Lorenzini? --preguntó Charlotte.
--Una aviadora.
Charlotte se quedó pensando. Nunca hubiera imaginado que las mujeres pudieran volar. Le pareció rarísimo.
Un vez la escuchó hablar por la radio y pensó: "¡qué lindo salir en la radio, que la nombren a una! Tal vez yo también podría volar". Y se lo dijo a su papá.
--Lo que mejor podés hacer es lavar platos --dijo el inglés, que amaba a su hija pero no quería que se le metieran ideas raras en la cabeza. --Eso es cosa que sólo pueden hacer los ricos.
"Sin embargo debe de haber algo que yo pueda hacer" pensaba Charlotte, convencida de sus fuerzas. En otros momentos la ganaba el desaliento: como decía su padre, "¡qué podía llegar a hacer ella si no sabía nada de nada!"
Charlotte creció en el campo que administraba su padre con ese anhelo que se fue adormeciendo con el canto de los vientos. Allí fue feliz, no había nada mejor para ella que salir a galopar cara al viento hasta quedar rendida o alimentar con mamadera a los corderitos que quedaban guachos. Hasta con las gallinas se divertía.
Un día la familia fue a vivir a la ciudad y Charlotte conoció la pena. Se enamoró de un hombre rico que tenía un avión, pero que no quiso jugarse por ella. También tuvo que empezar a trabajar. Y a ella, que amaba el horizonte, el encierro de una oficina le pareció intolerable. Además, su jefe se comportaba con ella de una manera extraña y agresiva, diferente a la manera en que se comportaba con las otras empleadas. Para Charlotte pronto las personas parecieron ser peores que los animales. Poco a poco fue encerrando sus sentimientos en una caja de cristal. Sólo cada tanto la abría y los sentimientos salían transformados en versos que guardaba en otra caja.
--Tiene que hacer un viaje y cambiar de trabajo --le dijo el médico que la vio francamente desmejorada.
"¿Cómo?, ¿con qué? ¡Si supiera manejar un avión me iría tan lejos!" Ese pensamiento le abrió una puertita. --¡No tengo avión, pero puedo cabalgar! --le dijo jubilosa a su perro que masticaba una zapatilla vieja. --¡Me voy a ir a Buenos Aires, a caballo! --Y como si no hubiera hecho otra cosa en esos años que prepararse para el viaje, tuvo claro que podría lograrlo. "Si han traído ovejas de allá para acá, bien se puede hacer un viaje a caballo de acá para allá", pensó y enseguida se dispuso a preparar el viaje. Por fin había encontrado la manera de demostrar lo que ella era capaz de hacer.
En la estancia Mata Grande le regalaron un caballo. Lo llamó Matita. Los hermanos Macías le ofrecieron otros dos para que los llevara de regalo al presidente Perón: Justicialismo y Ferroviario. Ella los llamó Justi y Ferrito que le parecieron nombres más adecuados para caballos. El mayor problema lo tuvo con su jefe. No pudo negarse a darle la licencia sin goce de haberes, pero estaba tan enojado que logró convencer al gobernador de que no accediera al pedido de autorización. Charlotte necesitaba ese papel para conseguir colaboración durante el camino, ya que viajaría sola casi un año por toda la Patagonia, y sin un centavo.
Charlotte pasó muchos meses sentada delante del despacho del gobernador que no se dignaba a firmar su pedido ni atenderla. Pero si ella era obstinada y se había propuesto ganarle por cansancio, el gobernador parecía ser más obstinado que ella.
Un día, mientras seguía esperando, vio salir al vicegobernador del despacho. Estaba rojo y parecía que venía de tragarse un sapo. Pasó frente a ella sin mirarla, pero después de tres pasos se detuvo volvió hasta donde estaba Charlotte y le dijo: --Si querés que te firme, decile que vas a Luján a rezar por la salud de Eva. No se va a negar porque si lo hace le cortan la cabeza.
A Charlotte no le pareció bien hacer eso. Pensaba, "una no va a rezar haciendo bambolla", pero lo que más quería en el mundo era hacer ese viaje. Sus padres le dijeron que estaba bien. Era importante que tuviera un motivo porque sino ante la primera dificultad se podía echar atrás. Al fin se decidió.
Cuando el gobernador se enteró, salió con furia del despacho con la autorización firmada en la mano.
--Aquí lo tenés, ¡morite! --dijo y se la tiró a los pies de Charlotte que seguía sentada.
Cuando el viaje ya era una realidad la muchacha debió enfrentar los comentarios de la gente.
¿Le parece que una mujer viaje sola por ahí? ¿Y si le pasa algo? ¿Desde cuando se metió en política? Seguro que no es una buena muchacha. Te apuesto que no dura tres días. Debe querer un ascenso. ¿Qué clase de padres son esos? Es una buena peronista. Los caballos se le van a morir antes de llegar a Piedrabuena. Andá saber lo que le han pagado.
Una mañana de marzo de 1952 se despidió de sus padres y de unos pocos amigos que no le volvieron la espalda. Nunca había imaginado que iba a ser tan triste su partida. Se encomendó a Dios. Ella sabía que sus caballos tehuelches podían llegar, lo que no sabía era si las personas que podía encontrar por el camino la dejarían lograrlo.
Al tranco marchó hacia al norte. Cuando cruzó Piedrabuena rió sola a carcajadas, giró el torso y la cabeza hacia atrás: --pito catalán --gritó y movió los dedos frente aa su nariz. Pero estaba preocupada, cruzar Pampa del Castillo en las cercanías de Comodoro Rivadavia era el trecho más peligroso: tierra árida, vientos descontrolados y ni un bendito a quien pedir ayuda. Si podía pasarlo no habría nada que pudiera detenerla.
La escarcha le quemaba la cara cuando se iba acercando. Tenía las manos insensibilizadas por el frío y Matita inquieta parecía presagiar desgracias. Se acordó de Carola Lorenzini y de la manera en cómo se había matado, en su avión, por no haber medido los riesgos. ¿Y si volvía? Pero, ¿qué sería de ella? ¿cómo podría enfrentarse a los desafíos que impone la vida? ¿había llegado al límite de lo que ella era capaz? Con el brazo se secó las lágrimas y se lastimó la piel: --no soy gallina, no soy gallina --le dijo a Matita abrazada a su pescuezo. Cuando se irguió sobre su caballo vio varios jinetes y un camioneta que se acercaban.
Una señora mayor bajó de la chata. Charlotte no la conocía, pero su cara le pareció familiar.
--Soy Juana, la mamá de Perón. Vinimos para acompañarla.
Y aquel lugar que iba a ser su perdición fue una fiesta. Cada noche llegaba hasta un punto donde le tenían armada su carpa, el fuego encendido y comida para sus caballos.
--¿Por qué lo hace? --Le preguntaban a cada paso.
--¿Tanto le importa Evita?
El 26 de julio amaneció con lluvia. El día anterior había dejado Bahía Blanca. El Intendente y otros funcionarios municipales la habían agasajado con un té de payco, pelado, que fue una lágrima en su estómago vacío. La lluvia era fuerte, tanto que decidió caminar por la banquina. De pronto vio una caravana de autos con crespones negros que se acercaba por la ruta. Uno de ellos disminuyó la velocidad al pasar al lado suyo. --¡Muchacha, para que seguir, si aquella ya estiró las patas! --dijo el hombre que sacó la cabeza por la ventanilla. Charlotte reconoció a uno de los funcionarios que la había lisonjeado su noble propósito el día anterior.
Charlotte inclinó la cabeza apesadumbrada. Al llegar a Luján también rezaría para que las personas fueran menos hipócritas y siguió rumbo al norte caminando bajo la lluvia.
El viaje de Charlotte Fairchild duró casi un año. Los tres caballos tehuelches llegaron en excelente estado. Charlotte volvió en el vapor "El Asturiano", junto con Matita. Fue lo único que aceptó recibir por parte del gobierno.
Fuente: Del libro "Mujeres en Tierra de Hombres"
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