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Su familia, como tantas otras de la península,
sufrió también el hechizo de «la América». A fines de siglo,
los éxodos se volcaron en países, como la Argentina, que ofrecía
a los labriegos risueñas posibilidades de medrar. Antes había
venido un tío de Artémides, Juan Zatti. Este se adentró en la
pampa, se fue hasta el sur de la provincia de Buenos Aires, a una
aldea grande que se llamaba Bahía Blanca y allí echó anclas.
Consiguió ser hasta capataz de un equipo de obreros municipales. Entonces sucedió lo de siempre: los inmigrantes son como las cerezas, en pos de una vienen todas. Así se vino la familia de Artémides, de Boretto a las entonces desamparadas tierras argentinas. El solía decir que se habían venido «porque la vaca se había quebrado la pata». La realidad era que el tío Juan los llamaba.
Y así liaron sus petates y un día de invierno, al principio de 1897, en un vapor de la Cía. «La Veloce» llamado «Victoria », se embarcó la familia de Don Luis Zatti rumbo a la Argentina. Ninguno de los inmigrantes que jaraneaban en 3ª para acortar el mes de navegación, imaginó que ese muchacho de 16 años, alto, magro, alegre y circunspecto a la vez, iba a dar que hablar de sí... Y sin embargo, estaba escrito en los designios divinos que el campesino de la Emilia, un día no remoto, fuera lo que pide el Evangelio para los apóstoles: luz que despeja las tinieblas y sal que impide la corrupción de los pueblos.
De haberse quedado en Boretto, Artémides, hubiera sido, quizás un buen campesino que hubiera seguido inclinado sobre la madre tierra toda su vida. El éxodo de su familia le dio magníficas posibilidades para desplegar el estupendo abanico de sus virtudes. Y ese es el beneficio que acarrean las migraciones de los pueblos. Frecuentemente las familias son como las coles: necesitan ser transplantadas para que alcancen su perfecto desarrollo
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