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Donde nacio Don Zatti

 
 

Es Reggio Emilia una de las provincias más pequeñas de Italia. Por su extensión, la penúltima. Tiene solo 2.292 kilómetros cuadrados y una población de 360.000 habitantes. Se llamó antiguamente Regium Lépidi, porque en el siglo u antes de J. C. fue convertida en colonia por M. Emilio Lépido. Blasona de ser la cuna de Ariosto y del P. Secchi. Con los longobardos llegó a ser Ducado de frontera y con los Carlovingios, Condado.

En 1168 se adhiere a la Liga Lombarda. En los siglos siguientes fue escenario sangriento de la lucha entre güelfos y gibelinos y bajo Julio II hasta perteneció a los Estados Pontificios. Con la ida de Napoleón a Italia, es proclamada República Reggiana, refundida después en la Cispadana y en 1805 anexada al Reino del Piamonte. El Congreso de Viena la incorpora á Módena y en 1859 se anexa al Reino de Cerdeña. Y desde entonces entró a formar parte de la corona de Saboya.

Es una región eminentemente agrícola. Los campesinos cultivan la vid y las plantas forrajeras. Hay abundancia de ganado bovino y sus habitantes se dedican principalmente a la industria del vino y de los lacticinios.

En esta provincia, en el distrito de Guastalla, duerme su paz campesina Boretto, un pueblo que no llega a tener 4.000 habitantes y que refleja sus viejas casonas y su airosa cúpula en las aguas del río Po, a cuya margen izquierda ha sido edificado.

Ahí, en esa población sencilla y laboriosa meció su cuna el protagonista de esta historia, en una antañona casa patriarcal que dista cuadra y media del río. En ella vivían Luis Zatti y Albina Vecchi, padres de 8 hijos, nació Artémides Joaquín Desiderio María Zatti, 3º de los ocho, el 12 de octubre de 1880, y fue bautizado por D. Ginés Righi el mismo día en la parroquia del pueblo dedicada a San Marcos. Sus padrinos fueron sus tíos Pablo Vecchi y Luisa Savini.

Desde pequeño fue de índole vivaz. Cuentan que siendo un bebé aún, mientras la madre se dedicaba a quehaceres domésticos, el pequeñín se le sube al hombro y de ahí resbala por la espalda, cayendo al suelo de cabeza. A consecuencias del golpe, comenzó esta a hinchársele peligrosamente. La mamá, temiendo un reproche de su esposo, le puso una gorra. Inútil «camuoflage»: apenas llegó el labriego se dio cuenta de la hinchazón le hicieron las curas de emergencia con remedios caseros y pronto estuvo sano.

Por esa época sucedió que su madre debió ir a trabajar en el campo y lo dejó al cuidado de su hermanita, no de muchos años mayor que él. Algunas horas después el chiquillo se echó a llorar. La niñita trataba de hacerlo callar con cantos, paseos y arrumacos. Nada. El seguía llorando. Es que tenía hambre... Viendo la pequeña cuál era la causa de su llanto y como entonces no gastaban biberones, no encontró mejor expediente que llevarlo al establo, ponerlo debajo de la mansísima vaca lechera de modo que pudiera succionar el nutritivo alimento. El no se hizo rogar y bebió a saciedad. Luego lo acostó en la cuna y Artémides durmió a pierna suelta. Tal la sencillez de aquella vida primitiva en que fue educado.

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