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En 1934 canonizaban a Don Bosco y
Zatti fue enviado para la ceremonia en representación de los
coadjutores de Argentina. Después de treinta años el enfermero
pudo regresar a la tierra que lo vio nacer, visitar su pueblo y
emocionarse hasta las lágrimas reencontrándose con su patria y
su gente.
| Ese mismo año el
vicariato apostólico de Viedma pasaba a ser obispado y
se necesitaba un edificio para la sede y como el gobierno
anunció la construcción de un hospital estatal acorde
con el progreso que había tenido Viedma, monseñor
Esandi, obispo designado, consideró que el viejo
hospital aledaño al templo -ahora catedral-, pasaría a
cumplir aquella función mientras que el nosocomio
funcionaría en la ex Escuela Agrícola San Isidro, en
las afueras de Viedma. llegaron ingenieros, constructores y obreros de la Dirección General de Arquitectura de la Nación para dar comienzo a las obras del nuevo Obispado. |
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Había que dejar vacío ese lugar. Zatti hasta lo último, esperé en un milagro; pero Dios quería el milagro de su sacrificio, abnegación y obediencia... Y ese sí se realizó.
«Lo he visto llorar como un niño» dice uno de los sacerdotes que estuvo a su lado en esas horas de calvario. Zatti no tenía dónde llevar sus enfermos. Ya los albañiles comenzaban la demolición y los pacientes estaban todavía en el hospital.
El pobre Zatti andaba en esos días totalmente aturdido. Cuando él vio caer esos muros macizos que él había visto levantar en 1912, como un iris de esperanza para su obra redentora; cuando veía reducidas a polvo esas salas que él había levantado en 1922 con tantos sacrificios; cuando veía caer, uno a uno esos ladrillos que él había hecho poner en 1933 para ampliar la sección femenina del nosocomio, le parecía que cada golpe de piqueta se lo daban en el corazón. Iba, venía, volvía a ir y tornaba a venir: estaba desorientado: no sabía lo que hacía... Una pena tremenda, una pena más dura que la muerte, una agonía mucho más dolorosa que todas las que él había visto, era lo que ahora nublaba su alma como una tormenta repentina, como una cerrazón sin precedentes... Pero de sus labios no salía una sola palabra de reproche para nadie, ni de rebeldía, ni de protesta. Nada. Los ojos manaban lágrimas, por necesidad biológica; su corazón sangraba pero en el cielo de su alma aparecía el sol a cada rato, porque a cada momento juntaba las manos, ofrecía a Dios su dolor y se sometía enteramente a la obediencia. Iba al templo: rezaba de hinojos, salía con los ojos húmedos e iba a dar órdenes: Lleven estas camas a la quinta.
A ver: que venga el camión de Nobili... y los carros de la cárcel... Vamos, pronto...
Y mandaba. Pero él mismo se sentía sonámbulo
Los últimos enfermos salieron bajo el polvo de los primeros muros del hospital que se derrumbaban. Los obreros de Arquitectura no sabían de qué se trataba. Ellos recibieron órdenes de demoler y demolían... Cuando las enfermeras veían que sobre el jardín que ellas habían cuidado con tanto esmero, caían trozos de pared, ahogando los claveles, rosas y crisantemos se echaban a llorar. Zatti procuraba darles ánimo y les decía que se dejaran de sensiblerías: pero más estaba él para ser consolado que para consolar
Y los carros iban y venían de la Escuela Agrícola, llevando sin cesar, enfermos y enseres.
Llegó un momento en que se vio que el buen samaritano estaba agotado. Se notó que sus nervios ya no le respondían. Fue cuando uno cometió la imprudencia, en ese momento tremendo de su vida, de decirle: Don Zatti, mire lo que dice la gente.
¿Qué dice la gente? inquirió él realmente abatido.
Dice que Ud. cierra el hospital porque está fundido...
En ese momento Zatti apreté los dientes, cerró los puños, un rictus dramático de dolor se dibujé en su rostro y luego levantando los brazos, gritó con voz estentórea, hecho una fiera:
Por favor, que no me hagan hablar, que no me hagan hablar.
El que había levantado tamaña tempestad en esa alma plácida, confiesa que se llenó de terror al verlo tan fuera de sí. Nunca había él pensado que Zatti era capaz de gestos tan altivos. Le dio miedo verlo así..
Luego el buen samaritano giró sobre sus talones y se fue. Se fue a rezar. A llorar. A gemir a solas. A sorber en silencio, gota a gota, toda la amargura que rezumaba su alma dolorida.
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