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El enfermero catequista

 
 

 A fin de regularizar su situación en el cargo, continuó sus estudios y viajó a La Plata donde recibió el título de idóneo, el cual lo habilitaba para determinadas funciones en el hospital. La parte médica estaba a cargo de profesionales, y a Zatti le correspondía lo que ahora se llamaría el gerenciamiento del hospital: pagaba al personal, hacía las compras, ayudaba a los médicos, trataba con los familiares de los enfermos y contraía deudas que luego puntualmente saldaba. Colaboraban dos o tres laicos salesianos y dos religiosas de María Auxiliadora para la atención de las mujeres , además de las enfermeras y los ayudantes.

Hospital San José

Ante la importancia que iba tomando el nosocomio, el superior salesiano Luis Pedemonte decidió reconstruirlo entre 1912 y 1915. El hospital llegó a contar con setenta camas y un consultorio externo al que concurrían unos mil enfermos por mes, pobres en su mayoría que no pagaban por los servicios.
Zatti se ocupaba personalmente de que hubiera una buena asistencia médica, pero también espiritual, por lo que la catequesis era parte de la labor rutinaria.

En lo asistencial se conectó con las firmas más competentes en materia de medicamentos e instaló un quirófano a la altura de los buenos hospitales públicos. Se ocupó de la capacitación del personal de cocina, lavado y planchado y aún de preparar enfermeras.

Artémides Zatti amó a sus enfermos de manera verdaderamente conmovedora. Veía en ellos a Jesús mismo, hasta tal punto que cuando pedía a las hermanas ropa para otro muchacho recién llegado, decía: «Hermana, ¿tiene ropa para un Jesús de 12 años?». La atención hacia sus enfermos alcanzaba rasgos muy delicados. Hay quien recuerda haberlo visto llevarse a la espalda hacia la cámara mortuoria el cuerpo de algún acogido muerto durante la noche, para sustraerlo a la vista de los otros enfermos: y lo hacía recitando el De Profundis. Fiel al espíritu salesiano y al lema dejado como herencia por D. Bosco a sus hijos – «trabajo y templanza» – desarrolló una actividad prodigiosa con habitual prontitud de ánimo, con heroico espíritu de sacrificio, con despego absoluto de toda satisfacción personal, sin tomarse nunca vacaciones ni reposo. Hay quien ha dicho que sus únicos cinco días de descanso fueron los que transcurrió...¡en la cárcel! Sí, conoció también la prisión por la fuga de un preso recogido en el Hospital, fuga que se la quisieron atribuir a él. Salió absuelto y su vuelta a casa fue un triunfo.

Fue hombre de fácil relación humana, con una visible carga de simpatía, alegre cuando podía entretenerse con la gente humilde. Pero sobre todo, fue un hombre de Dios. Artémides Lo irradiaba. Un médico más bien incrédulo del Hospital, decía: «Cuando veía al señor Zatti, vacilaba mi incredulidad». Y otro: «Creo en Dios desde que conozco al señor Zatti».

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