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Luis Piedra Buena era un criollo de
Carmen de Patagones, o sea, un maragato, aunque en su tiempo era
más frecuente utilizar el hoy inusual gentilicio de patagonés.
Nació en 1833, época en que el paraje constituía una remota
colonia porteña a la que se llegaba por vía marítima.
Enclavada en país hostil, a ratos era lugar de destierro y a
ratos dominio de aventureros.
A unas leguas, río Negro arriba, se alzaban tolderías. En buena
medida, la población vivía del trato con el aborigen o en función
de éste, desde el proveedor que cambiaba yerba y aguardiente por
plumas de ñandú hasta el misionero que procuraba evangelizar.
Los barcos se reunían en el cercano fondeadero de San Blas y a
veces remontaban el río y echaban anclas frente mismo al caserío.
Pocos iban por el reducido intercambio que la colonia generaba;
casi todos eran balleneros y loberos provenientes de los mares
del norte que hacían escala en su trayecto hacia la región antártica,
o si no, buques de la carrera del Pacífico. Un niño atisbaba
las arboladuras desde la barranca y se acercaba luego a escuchar
la conversación de los marineros. A los nueve años, Luis ya no
entraba en su pago y sus padres lo dieron en tutela a un capitán
norteamericano que lo llevó a su país.
Estudió allá, allá se hizo marino y en buques tripulados casi
exclusivamente por sajones navegó hasta pasados los veinticinco
años. En ese lapso volvió algunas veces a Patagones y conoció
de pasada Buenos Aires. Entretanto, fue ballenero, lobero,
oficial subalterno en el Golfo de México y en las Antillas, náufrago
y salvador de náufragos, comerciante y explorador. Frecuentó
las Malvinas, la Isla de los Estados, los canales fueguinos y
hasta la Tierra de Graham, donde su nave se vio atrapada durante
un mes por los hielos (1).
En 1859, juvenil capitán de la goleta Nancy, llegó a la ría
del Santa Cruz y contra la corriente subió cinco leguas hasta
una pequeña isla que más tarde denominó Pavón. Erigió allí
tres casuchas con el designio de dedicarse al mercadeo con los
indios, tal como lo había visto en su infancia maragata. Armó
un mástil e izó la bandera argentina.
Una opción concluyente
Nada más natural: era argentino y buscaba el amparo del pabellón
al que tenía derecho. Pero decir esta obviedad es eludir la
sustancia: Piedra Buena estaba haciendo, en aquel momento, una
opción concluyente a la que en adelante serviría con abnegación
ejemplar, a despecho de ser escasamente comprensible para muchos.
A partir de ella, su figura hazañosa evade la mera crónica
naval y entra en la historia de la mano del patriotismo que no
requiere explicación.
No obstante, el enigma ronda. Para empezar, el lugar era y no era
argentino, según fuesen los documentos y las reclamaciones a que
se atendiese. Chile estaba en Punta Arenas, y la Argentina, algo
más lejos, en Carmen de Patagones. Pero, de nuestro lado, para
todo había que recurrir a Buenos Aires, donde muy poca atención
se prestaba a cuanto no tuviese que ver con las enconadas luchas
en que entonces vivíamos.
En rigor, se pensó que la elección de Piedra Buena había sido
un simple ardid para quedar ajeno a cualquier control
gubernamental, seguramente con intenciones non sanctas. Acaso -decían-
quería explotar a los indios, o vender permisos fraguados de
caza de lobos, o abordar los barcos que los temporales arrojaban
sobre la costa. Todo esto se dijo y se repitió por años, y todo
fue siendo desmentido una y otra vez por los hechos, con
machacona insistencia.
El recordado historiador Raúl Entraigas, sacerdote salesiano y
medio paisano de Piedra Buena, narra la vida de éste en un libro
de sugerente y extraña lectura (2). Por ahí, de pronto, parece
una hagiografía, sólo que en la página siguiente está la
constancia documental. No, no explotaba a los indios y, por el
contrario, buscaba paliar las desgracias de la aculturación que
padecían. Paupérrimo vigilante anglófono, cuidaba que los
loberos contasen con permisos expedidos en Buenos Aires. Y los
sobrevivientes de catástrofes, los extraviados en el páramo o
en el fragor de las tribus, recibían la ayuda posible.
Vista con ojos actuales, su situación era bastante absurda:
Piedra Buena estaba avecindado en Punta Arenas y gozaba de buen
concepto en esa población donde tenía sus bienes, consistentes
en un almacén y una fábrica de aceite. Molestaba sobremanera su
adhesión a la Argentina, sin perjuicio de que constantemente se
le pidiese colaboración. A su turno, Buenos Aires lo consideraba
no más que un agente, alguien útil a falta de otro mejor y más
formal. En 1868 sus servicios son recompensados -en gesto que
equivalía a un desplante- con la entrega en propiedad de la Isla
de los Estados, que no era reconocida como argentina por Chile.
Piedra Buena cazaba allí lobos marinos y pájaros niño (3) que
procesaba en Punta Arenas, sin que nunca la autoridad trasandina
le hiciera cuestión. Si su presencia sobre el río Santa Cruz
fijó allí el límite norte de las reclamaciones chilenas, su
asumida condición de propietario trajo la primera tácita
aceptación del principio general de que las costas atlánticas
corresponden a nuestro país.
Hasta el Cabo de Hornos
Durante diecinueve años -hasta que en 1878 llegó a Santa Cruz
la llamada escuadra de Sarmiento-, la Argentina austral fue
Piedra Buena, y únicamente él. Su noción de lo que debía
hacer era clarísima, y es evidente que no provenía de indicación
gubernamental alguna. Para él eran argentinas toda la extensión
entre el litoral y los Andes, y la mitad del Estrecho de
Magallanes y de Tierra del Fuego hasta el Cabo de Hornos. Sin
instrucciones precisas, sin intemperancias, sin fuerzas para
sustentarlas, sin conocer los designios de los negociadores, lo
hizo todo y lo hizo bien.
Cuando el ilustre Félix Frías arribó a Santiago de Chile como
enviado de nuestro gobierno, lo creía un pirata, un
inescrupuloso, un espía chileno, un tendero desesperado por
juntar dinero, un patán frecuentador de tolderías...
Entretanto, Piedra Buena, que ni sabía de esas injurias, hilaba
fino, y un día conseguía la amistad de una tribu, otro
levantaba una cartografía que indicaba que por ahí navegábamos,
o enviaba gente a hacer recorridas y mejorar el mapa.
Murió a los cincuenta años, en pleno trance de reconocimientos
y menciones, con un despacho de teniente coronel honorario de
Marina y muy escasos bienes, lo que demuestra lo fantasioso de
tantas imputaciones. Queda de él profusión de datos, de
historias verdaderas y comprobadas, de anécdotas edificantes, y
también una sombra de misterio adherida a su silencio esencial,
no ya de marino sino de marino mitológico.
Nunca explicó nada, sin duda porque no creyó necesario hacerlo.
Sin mengua, pudo haber sido norteamericano; pudo, asimismo, haber
sido chileno y nadie hubiera osado reprochárselo. Pero quiso ser
argentino, y lo fue -casi a contrapelo de su vida- de un modo tan
absoluto y sacrificado que parece cuento.
(1) De tal manera, Piedra Buena fue el primer argentino que puso
pie en la Antártida.
(2) Piedra Buena, caballero del mar, Buenos Aires, Editorial El
Elefante Blanco, 2000.
(3) Se llamaba así a los pingüinos.
Fuente: Fernando Sánchez Zinny
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