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Luego de 40 años de luchas y
afirmada la conquista definitiva del desierto, en la toldería de
Chimpay (lugar de descanso), en la provincia de Río Negro, el 26
de agosto de 1886, Rosario Burgos, brindaba al cacique Manuel
Namuncurá el hijo que sería la mayor gloria de la raza araucana.
Junto al rey de los ríos patagónicos y entre la polvareda de
los toldos se deslizó la infancia del simpático principito
Ceferino. Un día jugando, cayó al río y, ante los gritos del
infortunado, acudieron el padre y la madre despavoridos.
Quisieron echarse al agua, pero al ver que era inútil y
peligroso decidieron invocar a Vita Wentru (el gran ser creador
de todas las cosas).
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La
corriente arrastraba el cuerpecito balanceándolo de un lado a otro,
pero en un remolino fue arrojado a la orilla donde pudo
ser recogido ileso. Prudentemente podemos creer que el ángel
custodio de Ceferino lo salvó, y él así lo creía,
porque le fue siempre muy devoto y lo invocaba en sus
dudas y apremios, siguiendo escrupulosamente sus
insinuaciones. Tenía 5 años y, contra el uso corriente, no le horadaron las orejas. Llegó a ser jinete consumado, según lo demostró más tarde en sus aventuras de colegial. Cuidaba ganado en campo abierto y ensayaba el lazo y la boleadora, acechando guanacos. También supo manejar la lanza, el arco y la flecha. |
Aprendía los modales que preparaban a un futuro luchador del desierto, por si las circunstancias lo requerían algún día. Sin embargo, era más formal que sus hermanos y que los demás indiecitos del lugar.
Le gusta trabajar y era compasivo con los que sufrían. Según relató su padre, don Manuel, Ceferino lagrimeaba al ver la misérrima condición de los indios, mal alimentados y ridículamente tapados con ropas prestadas o malhabidas.
Su madre siempre le inculcó sentimientos religiosos, y cuando los sacerdotes salesianos de Don Bosco arribaron a misionar a la región, recibió el bautismo por parte del padre Domingo Milanesio, el 24 de diciembre de 1888. A partir de allí, lo une un fuerte vínculo con los misioneros.
Tiempo después, en agosto de 1897, decide pedirle a su padre que lo lleve a Buenos Aires, con la intención de estudiar para poder serle útil a su raza. Para asegurarle el porvenir acariciado, don Manuel no omitió esfuerzos e intentó todos los caminos viables. Así, se presentó al Ministro de Guerra y Marina, Luis María Campos, quien le consiguió una beca para el taller de carpintería en la Escuela de Marina de Tigre. El muchacho se sentía incómodo en ese lugar, además de molesto por la falta de enseñanza religiosa, por lo que solicitó a su padre salir de esa escuela. Fue entonces cuando el ex presidente de la República, Dr. Luis Sáenz Peña, lo presentó al padre José Vespignani, quien lo hizo ingresar en el colegio.
Julio Salmini fue el tutor y asesor del niño de 11 años, que apenas entendía palabras en castellano, en un ambiente totalmente extraño. allí También conoció a monseñor Juan Carlos Cagliero, quien se convertiría en su protector.
El camino que siguió a paso firme fue el más recto y seguro, pero los esfuerzos extraordinarios del estudioso alumno dejaron rastros en su salud. Debido a esto, sus superiores le proporcionaban oportunos esparcimientos en semanas y vida campestre que lo reponían visiblemente.
Ceferino era naturalmente bueno. Le parecía como imposible que alguien pudiera cometer una falta deliberadamente. El reglamento y la palabra de sus superiores llegaron a ser su norma de conducta. Cuando sabía que una cosa era buena y recomendable, tenía el concepto de que no podía dejar de hacerla.
Estudia catecismo y comienza muy pronto a ser misionero, porque, habiéndolo solicitado con insistencia, obtuvo el ser elegido para catequista del Oratorio, en cuyas aulas había aprendido las primeras letras, calle de por medio con el colegio Pío IX.
Conducido por sus maestros, y mientras crecía en edad, también tendía sus esfuerzos hacia un razonado conocimiento de las verdades sobrenaturales, con el fin de afianzar su adhesión a ellas y aumentar sus convicciones. Con valor y determinación aplicaba los nuevos conocimientos a la elevación de su vida espiritual.
El 8 de diciembre de 1898, al año de ingresar al colegio, recibió la Primera Comunión. En las clases siempre ocupaba los primeros puestos, tanto en el curso elemental como en los superiores que cursó en Turín y Roma. Repentinamente fue parte de la Legión Patricia, que mensualmente se formaba con los alumnos mas distinguidos de cada clase. Por sus venas corría sangre de jefe y dirigente, y así lo reconocían sus camaradas en las horas de recreo. La voz de Ulman Auca (cacique araucano) tenía siempre la aceptación general.
Escribió el padre Luis J. Pedemonte en su libro El buen Ceferino: "La vida sencilla de nuestro héroe, el pampita Ceferino, debe definirse como llamarada de amor que, encendida entre los toldos selváticos de Chimpay se enardeció al aclarar la acción de la Gracia, se sublimó en las plácidas horas de las revelaciones sobrenaturales, en el estudio del catecismo y del Evangelio de Jesús, y se consumó en los coloquios divinos de El Tabernáculo, ante el cual se embelesaba más el seráfico joven a medida que se aproximaba la hora de su holocausto. No había, acaso, interrupción entre las horas de oración y las de su trabajo de estudiante y de apóstol. El había nacido para amar y ser alado, y debía agotar su existencia en esa virtud superior y seráfica".
Había una fuerza superior que conducía a este pequeño, a quien el brillo de la carrera de las armas -que tan poderoso atractivo ejerciera en el hermano y en los primos- a el no lo ilusionó.
En el mes de julio de 1904 Viajó a Europa a bordo del vapor "Sicilia", como compañero de Cagliero y Vespignani. Y el 27 de septiembre concurrió a una audiencia que el papa Pío X tiene con otros 30 padres superiores de las casas salesianas de América.
El joven araucano pronunció un discurso que impresionó a Su Santidad, quien luego de la reunión lo llamó aparte y le regaló un estuche rojo con una medalla de plata. De un lado tenía el busto de SS y del otro, el mismo indicaba a los fieles La Inmaculada.
Continuó en Italia con sus estudios eclesiásticos, pero su salud empeoró y fue internado en el Hospital de los Fatebene Fratelli de la isla tiberiana de San Bartolomé, en Roma, donde era director el célebre facultativo especializado José Lapponi, médico de dos papas.
Todos se sorprendían al ver que Ceferino, enfermo y sufrido, nunca se quejaba de nada. El paternal monseñor Cagliero así hablaba de las impresiones que le dejó: "Recuerdo sus últimos momentos, resignado a la santa voluntad de Dios, tranquilo en su alma, pacientísimo y risueño en sus dolores; agradecido a la divina gracia y a sus superiores y lleno de deseos de paraíso y de unirse pronto con la Virgen Auxiliadora y con el venerable padre Don Bosco, a quienes había aprendido a amar y venerar cual hijo amantísimo".
Y así, confortado por los santos sacramentos, en absoluta conformidad con el querer divino, consumido en deseos de bien para la conversión de su raza, entregó su bendita alma a Dios en la madrugada del 11 de mayo de 1905.
Las honras fúnebres del admirable araucano tuvieron contornos de afectuosa solemnidad, y sus venerados despojos descansaron en tierra romana por 19 años (cementerio Agro Verano-Recuadro 38, fila 20 coppia ultimo secondo).
Reclamados por los argentinos y debido a la infatigable gestión de don Adolfo Tornquist, acomodado en doble caja, sus restos fueron entregados por la Compañía Internacional de Transporte V. Vanetti al capitán del vapor "Ardito", el 8 de mayo de 1924, y consignados a Expreso Villalonga, que los entregó al rector del Santuario de María Auxiliadora, Fortín Mercedes, a la vera del río Colorado.
En todas las esferas sociales abundan admiradores del "indio bueno". Madres afligidas a la cabecera de sus enfermitos, estudiantes en apremios, comerciantes agobiados por imprevistas sorpresas, inocentes acusados de falsedades o desahuciados en peligro de muerte.
Para finalizar, nos remitiremos nuevamente a las palabras del padre Pedemonte: "Los anhelos incontenibles de cielo mantenían en la vida de Ceferino aquella sonrisa que brillaba siempre en sus ojos y expresaba el virginal candor de un corazón constantemente listo a las mociones interiores de la Gracia e inclinado a complacer y ayudar a sus prójimos".
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