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Carmen de Patagones

 
 

“El pueblo de Nuestra Señora del Carmen de Patagones es del caso aplicar esta melancólica observación de Gubetta, que los españoles acostumbran dar a sus hijos más nombres al cristianarlos que pesos al casarlos–, era verdaderamente el último del mundo, antes de que la colonia del Chubut estableciera a su vanguardia un centro de población.

Fundado por Viedma, a fines del siglo pasado, con pretensiones de llegar a ser la plaza de armas y el cuartel general de los nuevos ocupantes de la Patagonia, no tuvo tiempo de desempeñar tan brillante papel. Trató en vano de irradiar, de formar colonias secundarias más al Sur, en la costa atlántica.

Todos sus establecimientos fracasaron, destruidos unos por los indios, otros por el hambre. La guerra de la independencia sobrevino mientras tanto, y Patagones, entregado a sí mismo, cobijó en sus estrechas murallas, separadas de las demás del universo, a los descendientes de los compañeros de Viedma.

De ahí viene que este pueblecito, que no tardará sin duda en llegar a ser uno como cualquier otro, tan prosaico como los que brotan a nuestra vista en pleno desierto, con el mismo galpón de pórtico seudogriego favorecido con el título de iglesia, la misma municipalidad fea, el mismo damero de calles derechas, orladas de casas  bajas, todas parecidas, podía todavía ostentar, en 1880, anales nada vulgares y una fisonomía propia.

Lo componían una ciudadela erguida sobre una altura, edificada toda con piedra labrada, provista de un elegante mirador en el centro, y alrededor de la ciudadela un laberinto de callejuelas, que ora serpenteaban en los flancos de la colina, ora se desbarrancaban hacia el río. Escalonadas en anfiteatro, las casas se dominan todas unas a otras, y las más elevadas dominan el curso del río Negro, salpicado de islas fértiles y en cuyas orillas verdean innumerables sauces y álamos.

Del lado del valle, halaga la vista un paisaje de Normandia. Del lado de tierra, se extienden terrenos arrugados, arenosos, áridos, cubiertos de arbustos raquíticos. Solamente en la primavera está amenizado el matorral por las lindas flores de la barba de chivo, que se parecen, y aun superan, a las de la madreselva. Este erial, que estrecha al pueblo a lo largo del río, se prolonga hasta Bahía Blanca. Él es quien durante largos años ha secuestrado a Patagones del mundo civilizado, y lo ha reducido a la condición de pueblo errático. Sus únicas vías de comunicación eran el mar, que lo ponía en contacto con el mundo habitado, y el valle del río Negro, camino abierto para entablar relaciones con los  valles del Neuquén, del Limay y las provincias meridionales de Chile”.

Fuente: Fragmento de Ebelot, Alfredo. La Pampa. Alfer. 1943. Cap. “El último pueblo del mundo”.

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