The Pirate Lord - Sabrina Jeffries
Sara Willis lanzó una mirada a su alrededor, sintiendo una aguda sacudida de desesperación
al ver el lujoso interior del camarote y el bien abastecido armario de las armas.
Este no era el camarote de un hombre honesto, quien tendría piedad de sus desventurados
discípulos. Era el camarote de un licencioso asesino. Y no habría misericordia para ellos,
de ningún modo.
-El capitán estará con usted en un momento -dijo el señor Kent antes de marcharse.
Apenas le escuchó. Estaba demasiado ocupada escudriñando lo que la rodeaba. Cada pieza
del mobiliario estaba hecha de la mejor caoba, desde el escritorio cubierto por instrumentos
y papeles al armario que tenía pistolas y cuchillos de todo tipo trás sus puertas de cristal.
Las cortinas de un instenso azul marino estaban adornadas con hilos dorados, y en el
suelo yacía una alfombra persa; una obvia extravagancia en un lugar donde el agua
era una amenaza constante.
Pero lo más alarmante era la cama de caoba presidiendo una de las esquinas del espacioso
camarote. Sus postes tallados con los mismos motivos sátiros que adornaban el mascarón de proa.
Un edredón de insolente seda roja drapeado sobre el colchón afelpado con un montón
de almohadas negro azabache en un costado. Anduvo hasta la cama como en trance,
preguntándose en voz alta qué depravaciones y horrores habrían sido cometidos allí.
Involuntariamente, alargó la mano para tocar la seda roja estampada mientras una vívida
imagen del capitán pirata de cabello oscuro acudía su mente. Debía haber tenido muchas
mujeres en esta cama. Un extraño calor se extendió por su cuerpo al pensar en el capitán
inclinándose sobre una mujer, tocando su cuerpo con esas manos largas, besándola con esa
boca firme y burlona.
-¿Buscando los signos de "hurto, pillaje y violación", lady Sara? -llegó una sarcástica
voz desde detrás de ella.
Se apartó de la cama, con las mejillas resplandeciendo de rubor al oír que él citaba
sus anteriores palabras. Santo cielo, era él, el propio capitán. ¡Que mortificante!
Ahora tenía algo nuevo que añadir a su lista de experiencias humillantes.
Él cerró la puerta, una sonrisa juguetona en sus labios.
-El cobertor pertenecía a un desagradable vizconde que viajaba a América para casarse con una
heredera -dijo mientras sacaba el sable de su cinturón y lo colgaba en un gancho en la puerta-.
Disfruté quitandole la cama que compartía con su amante.
Ella se estremeció al recordar lo que el señor Kent le había contado sobre el odio
del capitán hacia la nobleza. Quizás debería hablarle acerca de sus propias dudosas
conexiones. Eso quizás hiciera que él estuviera más predispuesto a escuchar sus suplicas.
-Capitán Horn, creo que debería... eh... aclarar un asunto. En realidad no soy una dama,
no el sentido en que usted lo dice, en cualquier caso.
Aunque apartó su mirada de él, podía sentir su desaprobación mientras se acercaba.
-¿No es la hermana del Conde de Blackmore?
-Bueno, sí, lo soy. Su hermanastra -tragó con dificultad-. Su padre, el fallecido
Conde de Blackmore, se casó con mi madre viuda. Así que en realidad no soy Lady Sara,
sabe, sino la señorita Willis.
Él la estudió. Como si quisiera abrir su mente y mirar en su interior. Nunca un hombre
la había mirado con tanta concentración. Era perturbador, como mínimo.
Apartó los ojos de los suyos, buscando algo que decir que apartara esa intensidad de ella.
-En cualquier caso, estoy segura de que no me ha traído aquí para discutir.
Eso le sacó de su silencio.
-Obviamente no -moviéndose trás su escritorio, se sentó en el sillón y después
le hizo señas hacia una silla-. Tome asiento, lady Sara.
Aunque hizo lo que le decía, protestó.
-Se lo he dicho, no puede llamarme...
-La llamaré como me de la maldita gana -su mirada se deslizó por su cuerpo antes de regresar
al rostro-. Me recuerda que el gran conde, su hermanastro, está recorriendo los mares
en su busca.
Su sarcasmo la detuvo en seco. Vaya, él no estaba atemorizado de Jordan, ni una pizca.
Sin duda su revelación le había hecho asumir que Jordan no era una amenaza para él.
-El hecho de que Jordan sea mi hermanastro, en lugar de mi hermano, no cambia nada.
Aún así no se olvidará de mí. Le aseguro que él estará trás usted tan pronto como
sepa lo sucedido. Habrá buques de guerra acechándole por todas partes. No será capaz
de navegar, por temor a mi hermanastro.
Sus palabras no tuvieron el efecto que pretendía. Una sonrisa atravesó su atractivo rostro.
-Entonces está bien que no vayamos a navegar una vez que lleguemos a nuestro
destino.
-¿Qué quiere decir?
Él se encogió de hombros.
-Nos vamos a jubilar de la piratería. Mis hombres y yo. Es por eso que necesitamos esposas.
Eso la aturdió dejandole temporalmente silenciosa. Miró por el camarote, a los accesorios
de oro y extravagantes comodidades.
-¿Jubilarse?
-Sí. Jubilarnos. La de pirata es una profesión peligrosa, y mis hombres y yo tenemos
suficientes botines para estar cómodos. No deseamos finalizar nuestra ilustre carrera
pateando las nubes si sabe a lo que me refiero.
Asintió mécanicamente. Había hecho suficientes trabajos de reformas en Newgate para
reconocer la jerga por ahorcamiento. ¿Pero jubilación? ¿Los piratas se jubilaban?
Recostándose en su sillón, él juntó los dedos sobre el estomago y la observó con
su desconcertante mirada. Pareció tocar su boca, las mejillas, el bien cubierto pecho.
Si otro hombre la hubiera mirado así se hubiera sentido horrorizada. Entonces ¿por qué
se le aceleró el pulso cuando lo hizo?
-Afortunadamente -continuó él, su voz más baja, más ronca-, mis hombres y yo hemos
encontrado una isla habitada sólo por cerdos salvajes. Tiene un arroyo de agua dulce
y una vegetación exhuberante, y es suficientemente grande para mantener a una población
considerable. Así que hemos decidido establecernos allí, para construir nuestro propio país.
Su mirada se oscureció, casi hipnotizante.
-Hay un sólo problema, usted ve. No tenemos mujeres. Y una colonia sin mujeres...
bueno, puede entender nuestro dilema.
La sonrisa que le lanzó fue tan inesperadamente encantadora que se tuvo que obligar
a no corresponderla. No quería sentirse encantada por este... este malvado sirvengüenza.
En absoluto.
-¿Pero por qué estas mujeres? ¿Por qué no escoge esposas en Cabo Verde o...?
-¿Por qué cree que estabamos en Santiago? --él miró lejos- Desgraciadamente pocas mujeres
desean viajar a una isla desconocida donde serán apartadas para siempre de sus familias y
suponer que ellas tengan que hacerla habitable. Incluso las... eh... rameras, encuentran
menos que tentadora la proposición.
Las rameras, claro. El rubor subió a sus mejillas aunque intentó detenerlo. Se removió
en el asiento, incómoda.
-¿Puede culparlas?
Su miradaba estaba sobre ella otra vez, y sonreía como si encontrara gran placer en
avergonzarla.
-Supongo que no. Ellas tienen razones para permanecer en Santiago. Pero la situación es
completamente diferente para las mujeres de la Castidad. Están condenadas a una vida de casi
esclavitud en una tierra extraña. Las escogimos precisamente porque pensamos que
preferirían la libertad con nosotros a la servidumbre obligatoria con crueles ex presidiarios
en Nueva Gales del Sur.
-No estoy segura de entender la diferencia entre antiguos convictos y piratas -replicó-.
¿Ambos son criminales, no?
Un músculo se movió en su barbilla, haciéndole parecer incluso más intimidante.
-Créame, hay una profunda diferencia entre mis hombres y esos asesinos.
-¿Espera que acepte su palabra?
-No tiene elección, ahora, ¿no? -ante su expresión contrariada, él pareció contener su genio-.
Además nuestra isla tiene más que ofrecer que Nueva Gales del Sur, donde el tiempo
es despiadado y el gobierno más todavía. Nosotros tenemos un clima perfecto, una vida fácil,
mucha comida, y ningún gobierno más que el nuestro propio. No hay prisiones, ni
magistrados oprimiendo a los pobres y atendiendo a la rica nobleza... Es un paraíso.
O lo será cuando sus damas se nos unan.
Sus ojos fijos en ella, un ardiente entusiasmo en sus profundidades. Él había pintado
un bonito retrato de su isla, pero a Sara no la engañaba. Nueva Gales del Sur quizás
hubiera acabado siendo repugnante a largo plazo, pero al menos las mujeres habrían tenido
alguna elección allí. No habrían tenido que casarse contra su voluntad. Aunque los habitantes
del país podrían haber considerado a las mujeres de los presidiarios como prostitutas,
siempre habría habido oportunidades para las mujeres de trabajar duro y alcanzar respetabilidad.
Incluso algunos convictos deportados encontraban la manera de regresar a Inglaterra y
sus familias, aunque sólo unos pocos.
En la isla del Capitán Horn, sin embargo, no habría tal posibilidad. Estarían a la merced
de él y sus piratas.
-¿Un paraíso? -se levantó de la silla con uun revoleto de faldas-. Querra decir para usted
y sus hombres. No ha dicho nada de crear un paráiso para las mujeres. Serán forzadas
a ser esposas y a trabajar para un "país" que ellas no escogieron.
Él se levantó también, rodeando el escritorio para observarla desde escasas pulgadas, la
frente arrugada en un ceño.
-¿Cree que en Nueva Gales del Sur tendrían alguna elección? Yo he estado allí, he visto
como son tratadas las mujeres de los convictos. Son repartidas a los colonos como siervas de labor
aunque todos los hombres piensan que el único trabajo que harán será de espaldas.
Ante su crudeza, un sofoco de calor manchó de nuevo sus mejillas. Él bajó la voz a un
duro murmullo.
-Las que no son escogidas como sirvientes, son confinadas en atestadas fabricas donde
las condiciones son peores que las de las fabricas inglesas. ¿Ese es el destino que desea
para sus acusadas, lady Sara? Yo les ofrezco libertad y usted les ofrece eso.
Sus injustas acusaciones la hirieron.
-¿Libertad? ¿Así es como llama usted al matrimonio forzado? Va a repartir estas mujeres
entre sus hombres igual que las autoridades australianas. Ustes les ofrece matrimonio,
pero todavía les impone servidumbre, ¿no es así?
Él permaneció de pie, tan rigido como el mascarón de su barco, con los ojos entrecerrados.
-¿Sugiere que ellas tengan una oportunidad de escoger? -retuvo las palabras, como si las
lamentara.
-No, no -protestó-. Tengo que hablar con usted ahora. Es urgente.
La sorpresa y después la esperanza se alzaron en su interior.
-¿Escoger qué? ¿Si ir o no con usted a la isla?
Él frunció el ceño.
-No. Quiero decir, escoger sus maridos. Pueeden pasar una semana tratando de conocer
a los hombres y viendo lo que les reserva nuestra isla. Después de eso, sin embargo,
deben aceptar la proposición del hombre que más prefieran.
-Oh -ella lo consideró. Era preferible que su despiada oferta anterior, pero ciertamente no
tan buena como darles a las mujeres la oportunidad de volver a la castidad o ir con
los piratas. Aunque no estaba segura de que ellas quisieran volver. Una pequeña parte
de ella sabía que él probablemente tenía razón acerca de su futuro en Nueva Gales del Sur.
Si solamente pudiera estar segura de que sus hombres pensaban retirarse. Si simplemente
tuviera algún indicio de su forma de ser. Suspiró. Eran piratas. ¿Qué más tenía que saber?
Aún así, les ofrecía algo que las mujeres no tendrían en Nueva Gales del Sur, la posibilidad
de escoger al hombre que las esclavizaría.
Buscó alguna manera de hacer la elección más fácil.
-Una semana es poco tiempo -comezó-. Vaya, probablemente ni siquiera llegaremos a la
isla hasta...
-Alcanzaremos Atlántida en dos días -la intterrumpió.
-¿Atlántida? -repitió- ¿Cómo la Atlántida dde los griegos?
Por un momento, él perdió su mirada severa.
-Algunos dicen que Atlántida era una utopía, Lady Sara. Y eso es lo que esperamos crear.
Utopía.
-Una utopía donde los hombres tengan todas las elecciones y las mujeres ninguna.
-Les estoy ofreciendo una elección.
-¿Podríamos tener dos semanas, quizás?
Su expresión se endureció.
-Una semana. Tómelo o déjelo. De cualquier manera sus mujeres tomarán maridos. Ya
he renunciado a mucho permitiendo que las mujeres elijan en lugar de los hombres.
Los hombres se quejarán.
-¿Y qué pasa si una mujer escoge no casarsse?
-No puede -él metió los pulgares bajo su ancho cinturón de cuero-. Si al final de la
semana no ha elegido marido, yo tomaré esa decisión por ella.
-Gracias a Dios no estamos negociando nada importante -resopló-. Tengo que hablar con
las mujeres primero, por supuesto. No puedo tomar esa decisión por ellas.
-Por supuesto -moviéndose hacia el escritorio, él apoyó las caderas en el-. Espero que
esto signifique el fin de sus altercados.
Las palabras eran una orden. Ella se encogió de hombros.
-Si ellas aceptan sus términos, supongo que lo será -sosteniendo las faldas con la mano húmeda,
dijo-. ¿Debo marcharme ahora, capitán Horn, y presentarle su oferta?
-Ciertamente. Le daré una hora. Después envviaré a Barnaby a por su respuesta.
Ella se volvió hacia la puerta, aliviada de poder escapar por fin de su perturbadora presencia.
Pero mientras abría la puerta, él dijo.
-Una cosa más, lady Sara.
Ella giró la cabeza para mirarle.
-¿Si?
-En caso de que pensara otra cosa, esta oferta se refiere a todas las mujeres en este barco.
Eso la incluye a usted. Tiene una semana para escoger marido entre mis hombres -se
detuvo, una maliciosa mueca cruzó su cara mientras bajaba la mirada de sus labios, su
garganta... la cintura y las caderas-. O será un placer elegirlo por usted.
De THE PIRATE LORD. copyritght © 1998 Sabrina Jeffries. Todos los Derechos reservados.
Reeditado por acuerdo con Avon, una publicación de Harper Collins Publishers, Inc.
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