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    The Devil You Know - Liz Carlyle



    El Señor Rutledge acude a un baile...

    Inclinado sobre la balaustrada de Lord Rannoch, miraba hacia abajo hacia la galería de los músicos y observaba como los violinistas movían sus arcos en perfecta sincronización. Cubierto por la penumbra de arriba, Rutlegde podía ver sin ser visto. Lo encontraba extrañamente reconfortante. Vivir en los oscuros limites de la sociedad siempre se le había dado mejor.
    Lo que parecían un millar de velas ardían en las arañas que ahora colgaban bajo él, lanzando misteriosas y parpadeantes sombras por la galería. Abajo, en el Salón de Baile, los bailarines giraban en un arco iris de colores, entre los pasos de un baile regional. Rutlegde retrocedió y avanzó por la galería hasta que encontró el corredor que Zoë había mencionado. Entonces se deslizó detrás de una columna de mármol y comenzó su vigilia. En cuestión de minutos, un destello de seda color rubí apareció en el descansillo, después giró hacia el oscuro corredor.
    Rutledge dio un paso como si fuera a salir de detrás de la columna, pero en el último instante, se quedó inmóvil. Reconoció el susurro tenso y enojado de Frederica, y se esforzó por distinguir las palabras.
    Una voz masculina respondió.
    -¿Pero cómo puedes hacerme esto Freddie? -se quejó el hombre- Yo lo he arreglado todo. Incluso papá ha venido.
    Rutledge podía oír sus suaves pisadas bajando el último tramo de escaleras.
    -Quítame la mano del brazo -siseó Frederica-. La vida no es tan sencilla como tu pretendes Johnny.
    Los pasos se detuvieron bruscamente a pocos centímetros del lugar donde Rutlegde estaba escondido.
    -Ah, tú estas resentida ahora, pero te juro que haré que te olvides de eso - susurró Johny Ellows vehementemente-. Lo juro. Permíteme tan solo bes...
    Rutledge escuchó un jadeo suave y estrangulado.
    -Pero bueno, ¿cómo te atreves? -gritó Frederica.
    Con cada uno de sus músculos repentinamente en acción, Rutledge arremetió. Con un puño agarró a Johny Ellows por el cuello del abrigo, levantó al muchacho del suelo y le dio una sacudida que hizo que le castañetearan los dientes. Arrojando a su victima a un lado, Rutlegde miró a Frederica. Incluso en la penumbra, podía ver sus ojos de brillar sobresaltados.
    -Hola Freddie -dijo tranquilamente-. Ten cuidado en la oscuridad, cariño. Nunca sabes con lo que te puedes topar.
    Pero Ellows ya se había puesto en pie tambaleándose.
    -Váyase de aquí, Rutledge -gruñó, poniendo una mano en el hombro de Freddie-. Esto no es asunto suyo.
    Suavemente, Rutledge le apartó la mano.
    -Me temo, muchachito, que acabo de convertirlo en asunto mío -su voz era letalmente suave-. Tócala de nuevo sin que ella lo pida expresamente y lo siguiente que tocarás será el gatillo de una pistola de duelo. Y si todos esos catedráticos listillos de Cambridge suyos le dan una idea sobre balística, física o las leyes de la probabilidad, se meará por la pierna abajo mientras le reza a su Creador. Porque yo no fallo. Ahora, llévese ese pedacito de sabiduría de vuelta a Essex, Señor Ellows y metaselo a su pedante padre por el culo.
    La cara de Ellows se había puesto blanca. Miró de Rutledge a Frederica y de vuelta. Después, murmurando una maldición para sí, se alejó.
    Rutlegde esperó que Frederica le expresará su gratitud pero no lo hizo. En lugar de eso, ella trató de escabullirse. Rutledge la agarró por el codo.
    -¡Hey, Freddie! -sus cuerpos sólo estaban separados por unos centímetros- ¿Vas a alguna parte?
        La expresión de ella se volvió helada.
    -No es de tu incumbencia, Rutledge -contestó con frialdad-. Y aprecio su ayuda, pero puedo manejar a Johnny.
    Su indiferencia fue como una bofetada en la cara. En un ataque de ira, Rutledge la apretó con fuerza contra él.
    -¿Puedes ahora, cielo? -gruño en su oído- Estoy realmente encantado de oírlo.
    Sintió como el pánico la recorría. Trató de apartarse. Despiadadamente, estrechó el apretón. No sabía que había esperado, pero no era eso.
    -Suéltame el brazo -espetó-. ¿Por qué la gente no puede dejarme sola? ¿Por qué estas aquí?
    Su cólera se incrementó fuertemente.
    -Quizás haya venido a besar a la novia, Freddie.
    -¿Johnny y tú os habéis vuelto locos? -siseó-. Vete, antes de que te vean.
    -Como me conmueve tu cálida bienvenida, Freddie -su voz era un susurro frío-. ¿Eres tan hospitalaria con todos tus invitados?
    Frederica intentó parecer desdeñosa mientras sus ojos pasaban sobre Rutledge. Pero más de metro ochenta de un malditamente atractivo y completamente ultrajado macho le devolvió la mirada. Y este macho no era tan fácilmente desechable como el anterior.
    -¿Tu fuis-fuiste invitado? -tartamudeó- Debe haber algún error.
    Rutlegde enarcó una ceja con arrogancia.
    -Vaya, Freddie, comienzo a preguntarme si a alguien no se le olvidó borrar a los alborotadores de la lista de invitados de Rannoch -la manó la apretó por el codo-. Que maldita vergüenza. ¿Significa que no seré invitado a la boda?
    A Frederica se le subió el corazón hasta la garganta.
    -No... quiero decir... sí.
    ante su furia, todo pensamiento racional desaparecía.
    -A propósito, Freddie, ¿Cuál es la fecha? -dijo entre dientes- Quiero apuntarlo en mi agenda social, asumiendo que pueda hacerle un hueco a las felices nupcias en medio de mis desenfrenadas bacanales y mis seducciones de vírgenes.
    -¡Bentley, por favor! -demasiado tarde, Frederica se dio cuenta de que sonaba desesperada-. No puedo ser vista hablando contigo. ¿No te das cuenta?
    Su sonrisa dura y cortante era insultante.
    -Vaya, Freddie, eso es raro. Quiero decir, somos como viejos amigos. Y la última vez que nos encontramos fuiste más que afectuosa.
    -No lo entiendo -susurró-. ¿Por qué estas haciendo esto?
    Sus ojos brillaron maliciosamente.
    -Bueno, no estoy seguro, Freddie. Quizás no tenga nada mejor que hacer que malgastar una tarde con personas demasiado emperifolladas, sobrealimentadas y excesivamente engreídas. O quizás solamente esté tratando de entender como una mujer puede hacer el amor conmigo apasionadamente conmigo un día y casarse con otro al siguiente. ¡Sí, caramba! Creo que es eso.
    Frederica le volvió la cara..
    -Por favor, Bentley, déjalo. Lo que hicimos fue un tremendo error.
    -Por Dios, no fue un error. Lo hicimos a propósito.
    -Por favor -su voz temblaba-. Te lo ruego. No crees problemas.
    -Entonces respóndeme, maldición -él la agarró de la barbilla y le obligó a mirarle-. Dime Freddie, ¿Cómo puede una mujer hacer eso -hacerlo dos veces, de hecho- y después darse la vuelta y anunciar su compromiso con alguien de quien nunca he oído hablar? Quizás podrías explicarlo. Y si puedes, bueno, te dejaré marchar en tu próximo aliento.
    Ella trató de empujarlo.
    -Quítame las manos de encima. Ahora. Soy libre de casarme donde me plazca.
    -¿Lo eres? -permanecía ante ella, enjuto, alto y profundamente peligroso, no era un hombre con el que jugar- Dime, Freddie -susurró sedosamente- ¿Sabe ese antiguo amor que se lleva bienes dañados? ¿Y sabe quién te tuvo primero?
    Una punzada de rabia la inundó. Irreflexivamente, Frederica retrocedió y le dio una fuerte bofetada en la cara.
    -Vaya, que bruja agresiva -gruó, capturando su otra mano con la suya.
    -Déjame ir, cerdo. Después chillaré.
    Había una sonrisa desdeñosa y despreciativa en su boca.
    -Vamos, Freddie cariño. Grita. Que todo la maldita multitud suba. Yo no tengo nada que perder, y les daré algo de lo que chismorrear.
    Ella le miró con dureza y tragó. Lo había dicho en serio. Lo haría.
    Él notó su incertidumbre.
    -Sólo dímelo, Freddie -gruñó, tirando de ella hacia sí de nuevo-. ¿Por qué te vas a casar con otra persona? Dime por qué.
    Esta vez, ella escuchó la pequeña lucha en su voz. Y esa frase reveladora... otra persona. Frederica trató de razonar. ¿Qué pensaba él? ¿Qué quería? ¿Le debía una explicación? Claramente él no se iba a marchar hasta que se la diera, y ella no tenía ganas de una pelea.
    -Debo hacer lo que mi familia considera mejor -dijo vagamente-. Es el destino de las mujeres, Rutledge. Otros deciden lo que es mejor para nosotras, y nosotras lo hacemos.
    Momentáneamente, algo parecido a la pena cambió su hermoso rostro.
    -Oh, Freddie -dijo suavemente-. Esa no pareces tú. Eres demasiado obstinada para eso.
    De repente, ella no pudo soportarlo más.
    -Sí, ¿y qué es lo que me ha traído mi tozudez? -explotó, luchando contra las lágrimas- Sólo problemas, eso es todo. Y no mientas, Bentley, y digas que estas celoso, los dos sabemos que no es así. Realmente no me querías hace todas estas semanas, y no me quieres ahora. Acepto la culpa por lo que ocurrió. Fui una estúpida, y ahora lo lamento. Pero no conozco las reglas de este juego que pareces querer jugar. No sé lo que se supone que tengo que hacer. Y realmente no sé por qué te preocuparía.
    Su diatriba acabó con una nota temblorosa. En el Salón de Baile de abajo, la música, también, se fundió con el silencio, y por un largo momento Bentley simplemente la miró fijamente, su mirada ardiendo con una emoción candente que no entendió. Aunque algo en ella la conmovió, casi rompía su corazón.
    Y entonces, mientras un estrangulado sollozo salía de su garganta, Bentley la agarró por los hombros. Durante un instante, fue como si él procurara contener algo: alguna emoción furiosa, un golpe físico; ella no sabía qué. Y después, ella sintió una lágrima resbalar por su mejilla, él se movió, empujándola con fuerza contra la columna de mármol y cubriendo su boca con la suya.
    Por un momento, Frederica no pudo pensar, no podía ni siquiera respirar. Intentó girar la cabeza. Trató de apartarlo empujándole por los hombros. Pero su boca era inflexible, su toque desesperado. Las manos de deslizaron desde sus codos hasta sus hombros, las palmas quemando la piel que el vestido de baile dejaba al descubierto. Él le metió la lengua en la boca a la fuerza, y de alguna manera, Frederica acabó totalmente pegada a él. Él sostuvo su cara entre sus manos, aprisionándola entre sus manos, acallando su boca con la suya. Esta noche, no había nada del desenfado bribón en su beso. En lugar de eso, una emoción salvaje y sin trabas parecía guiarlo. Un hambre jadeante. Una necesidad indomable.
    Momentáneamente, él apartó la boca.
    -No llores, Freddie -dijo ásperamente-. Oh, Dios, por favor no lo hagas.
    Entonces sus dedos largos y fuertes se deslizaron por su cabello, disuadiéndola gentilmente mientras la besaba con fuerza, sondeando las profundidades de su boca, y haciendo que su cuerpo temblara. Frederica podía oler el almidón de su corbata, el aroma de su colonia, y su calor masculino. Una y otra vez, él inclinó la boca sobre la suya, raspando su piel con su apenas perceptible barba. Frederica estaba asustada; más asustada ahora que cuando él había tomado su virginidad. Entonces él había sido el despreocupado Rutledge. Pero este hombre era una tormenta emocional.
    Ella debería haber gritado bajo él. Todavía sosteniendo su cara entre las manos, él levantó la boca sólo un poco, su aliento cálido y ligero en su piel. Por un instante, él vaciló. Y entonces, tan rápido como había llegado, su puño se relajó y la furiosa tempestad murió.
    Sólo entonces se dio cuenta Frederica de que ella le había devuelto el beso; que sus manos se habían deslizado por su pechera, rodeándole la cintura bajo su abrigo. Su respiración, también, se había convertido en rápidos jadeos. Tuvo que luchar para no seguir sus labios con los propios.
    -Dios -su susurro era como una oración.
    Entonces la atrajo hacia él, sus brazos uniéndolos pecho contra pecho. Por un momento, ella se rindió, se rindió a la locura, y se permitió a si misma relajarse en su abrazo. Podía sentir el increíble poder en sus brazos. Su cuerpo vibrando de fuerza y vitalidad. Y ella se sentía tan débil. Tan cansada y confusa. Bajo la seda de su chaleco, podía escuchar el latido de su corazón.
    -Ahora dime, Frederica -dijo ásperamente, su voz temblorosa-. ¿Es esto lo que sientes cuando tu prometido te besa? ¿Te roba el aliento? ¿Hace que se te doblen las rodillas? Dime que sí. Sólo dilo. Y te juro por Dios que bajaré esas escaleras y saldré de tu vida.
    Pero Frederica tenía miedo de hablar, miedo de confiar sus propias emociones. Estaba asustada de esto; de este profundo y oscuro deseo que la arrastraría hasta sus profundidades, y que prometía un placer dulce y absoluto. No quería desear a Bentley Rutledge. Deseaba desesperadamente olvidar su placer magistral. Pero su cuerpo respondía al suyo, y estaba repentinamente asustada. Temerosa de no tener la experiencia -quizás ni siquiera el deseo- para luchar contra él.
    Su silencio pareció frustrarlo. Un poco rudamente, él se apartó y Frederica se alejó de su alcance agradecida. Rutledge no se giró a mirarla. En cambio, apoyó la mano en lo alto de la columna de mármol y miró el lugar donde habían estado los pies de ella. Entonces dejó escapar una respiración que le estremeció. Por un momento largo y expectante, el silencio sólo fue roto por las risas y la alegría que llegaban del Salón de Baile.
    Finalmente, habló, su cabeza todavía agachada como si hubiera recibido un golpe.
    -Sólo dímelo, Frederica -le espetó-. Dime lo que quieres y lo que has hecho conmigo, maldita seas.
    -¿Lo que he hecho...?
    Sin levantar la mano del mármol, Rutledge giró la cabeza hasta que su mirada se entrelazó con la de ella. Era una mirada de tormento y desesperación.
    -He estado atrapado en una condena de perdición estas largas semanas, Frederica -dijo-. Si no me quieres, si me perdonas, por Dios, dilo. Libérame de esta culpa infernal en la que me he estado revolcando.
    Culpa infernal.
    La frase se le trabó en la lengua: palabras feas y atroces. ¿Eso era lo que sentía? ¿Y que le ofrecía? Nunca había soñado que él pudiera parecer tan exasperado y turbado. Parecía tan fuera de su forma de ser.
    Más tarde, Frederica no supo dónde había encontrado el coraje, si es que se le podía llamar coraje a decir una mentira. Pero de alguna manera, se fortaleció a si misma.
    -Me voy de Inglaterra, Bentley -susurró-. No quiero correr riesgos. Necesito una vida segura, aburrida y ordenada. Y es lo que considero mejor para... para todo. No tienes por qué sentirte culpable -alargó la mano, casi como si la mano se hubiera movido por propia voluntad, y la apoyó en su hombro.
    Todo su cuerpo se puso rígido ante su contacto. Apartó la mirada e hizo un sonido duro y gutural.
    -No sientas culpa, Bentley -repitió-. Tienes razón en una cosa. Lo que hice contigo, lo hice por propia voluntad. Y lo que voy a hacer, lo hago por que quiero, también. ¿Eso es lo que necesitabas oír?
    Rutlegde enderezó la espalda, y miró hacia la penumbra. Frederica contuvo el aliento sin estar muy segura de por qué.
    -Sí, eso era, supongo dijo suavemente. Después, sin volver la vista atrás, se dirigió hacia la galería con rigidez, dio la vuelta a la esquina y desapareció.
    Durante lo que le pareció un eternidad, Frederica permaneció allí de pies, simplemente escuchando el sonido de sus pasos mientras atravesaba la penumbra hacia la galería. De pronto, un tremendo sentimiento de pena hizo presa de ella. Su estomago se volvió débil, como con terror. Como si estuviera cometiendo el peor error de su vida.
    ¿Lo estaba haciendo? Buen Dios, ¿no verdad? El no le había ofrecido nada, ella no le había pedido nada. Así era como tenía que ser. Incluso si él deseara intentarlo, Bentley Rutledge no era el tipo de hombre que sería un marido fiel y fiable.
    Pero la verdad, al parecer, no la detuvo. Frederica se encontró a si misma agarrando sus faldas en un puño y volando hacia la balaustrada. Se lanzó contra ella, agarrándola con fuerza con las manos, e inclinó la cabeza tan rápidamente que le dio vueltas. Desesperadamente, sus ojos buscaron entre la multitud de abajo. Pero el baile de cena había terminado, la sala de baile se vaciaba rápidamente. Y Rutlegde no estaba en ningún sitio visible.


© S.T Woodhouse




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