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Devil in a Kilt - Sue Ellen Welfonder




Dundonnell Keep, Western Highlands
Escocia 1325


-Se dice que es despiadado, el propio engendro del diablo -Elspeth Beaton, la senescal del Torreón MacDonnell, se rodeó la voluminosa cintura con los brazos y miró encolerizada a su laird, Magnus MacDonnell-. ¡No puede mandar a la muchacha a un hombre que ha asesinado a su primera esposa!
Magnus tomó otro trago de cerveza, aparentemente ignorante de que la mayor parte de la espumosa bebida goteaba sobre su despeinada barba. Apoyó de golpe la jarra de estaño en la mesa y devolvió la mirada a su autodesignado camarero.
-Me da igual si Duncan MacKenzie es el propio diablo o si el bastardo ha asesinado a diez esposas. Ha hecho una oferta por Linnet, y es una oferta que no puedo rechazar.
-No puede entregar su hija a un hombre de quien se dice que no tiene corazón ni alma -la voz de Elspeth subió con cada palabra-. ¡No lo permitiré!
Magnus se carcajeó.
-¿Tú no lo permitirás? Te sobreexcedes, mujer. Vigila tu lengua o te enviaré junto con ella.
Arriba del Gran Vestíbulo, a salvo del oído de su padre en una pequeña alcoba escondida entre los gruesos muros de Dundonnell, Linnet MacDonnell miraba hacia abajo, observando como su padre y su querida sirviente discutían sobre su destino.
Un destino ya decidido y sellado.
Hasta ese momento no había creído que su progenitor realmente la enviaría lejos, especialmente no a MacKenzie. Aunque ninguna de sus hermanas había hecho precisamente un buen matrimonio, ¡al menos su padre no las había comprometido con el enemigo! Aguzando el oído, esperó escuchar más.
-Se rumorea que MacKenzie es un hombre de fuertes pasiones -declaró Elspeth-. Linnet sabe poco sobre las necesidades más despreciables de un hombre. Sus hermanas aprendieron mucho de su madre, pero Linnet es diferente. Está siempre correteando con sus hermanos, aprendiendo sus...
-¡Sí, ella es diferente! -bramó Magnus- Nada me ha atormentado más desde el día en que mi pobre Innes murió al darla a luz.
-La muchacha tiene muchas habilidades -contradijo Elspeth-. Acaso carezca de la gracia y el buen aspecto de sus hermanas o su difunta madre, que los santos la bendigan, pero sería una buena esposa para un hombre. Seguramente le pueda concertar un matrimonio más agradable. ¿Uno que no ponga tan dolorosamente en peligro su felicidad?
-Su felicidad no me importa nada. ¡El trato con MacKenzie está sellado! -vociferó Magnus- Incluso si yo le deseara algo mejor, ¿qué hombre querría una mujer que pueda ser mejor que él lanzando dagas? Por no hablar de sus otros tontos talentos.
Magnus tomó un largo trago de cerveza, después se limpió la boca en la manga.
-Un hombre necesita una esposa que se preocupe de cuidar de sus pies doloridos, no de un terreno de malas hierbas.
Elspeth dejo escapar un balbuceo de sorpresa, mientras se erguía en su toda, aunque poco impresionante, altura.
-Si hace eso, no tendrá que verse obligado a desterrarme de las dudosas comodidades de este lugar. Yo misma me iré de buena gana. Linnet no será enviada sola a la guarida del Ciervo Negro. Necesitará alguien que cuide de ella.
El corazón de Linnet se saltó un latido y se le puso la carne de gallina al oír que se referían a su futuro marido como el Ciervo Negro. Tal criatura no existía. Aunque animales de cierta proeza a menudo adornaban los escudos de armas y estandartes, y algunos jefes de clanes se llamaban a sí mismos por nombres como león u otras nobles fieras, este titulo sonaba ominoso.
El presagio de una mal augurio.
Pero uno que tenía poco tiempo para considerar. Frotándose la carne de gallina de los brazos, dejó de lado su malestar y se concentró en el discurso de abajo.
-Estaré contento de verte marchar -despotricaba su padre-. Tus críticas no serán echadas de menos.
-¿No lo reconsiderará, milord? -dijo Elspeth cambiando de táctica- Si envía a Linnet lejos, ¿quién atenderá el jardín y hará las curas? No se olvide de cuan a menudo su don ha ayudado al clan.
-Maldito sea el jardín y que la peste se lleve su don -bramó Magnus-. Mis hijos son fuertes y sanos. No necesitamos a la muchacha ni sus hierbas. Deja que ayude al MacKenzie. Es un cambio justo ya que él sólo la quiere por su Visión. ¿Creías que había hecho su oferta porque sea bonita o porque los bardos le hayan cantado sus atractivos femeninos?
La risa del laird MacDonnell llenó el vestíbulo. En voz alta y con maldad, rebotando contra las paredes y mofándose de Linnet con la crueldad existente tras sus palabras. Se encogió. Todo el mundo dentro del torreón podría escuchar sus calumnias.
-No, él no busca una esposa atractiva -rugió Magnus, parecía que fuese a darle otro ataque de risa-. Al poderoso MacKenzie de Kintail no le interesa su aspecto, ni si le complacerá o no cuando esté con él en la cama. Quiere saber si su hijo es suyo o es el bastardo de su medio hermano, y está dispuesto a pagar mucho dinero para ello.
Elspeth jadeó.
-Usted sabe que la muchacha no maneja del todo su don. ¿Qué pasa si falla en ver la respuesta?
-¿Te crees que me importa? -el padre de Linnet se puso en pie y golpeó los rollizos puños contra la mesa- Estoy contento de haberme deshecho de ella, lo único que me importa son los dos MacDonnell, y el ganado que él va a darme a cambio de la muchacha. Ha tenido retenidos a nuestros hombres durante casi seis meses. ¡Su única trasgresión fue una simple incursión!
El pecho de Magnus MacDonnell se hinchó por la indignación.
-Eres una inútil si no te das cuenta de quue sus armas y su fuerza son más útiles para mí que la muchacha. Y el ganado de MacKenzie es el mejor de las Highlands -se detuvo para mofarse de Elspeth-. ¿Por qué te crees que estamos siempre robándoselo?
-Vivirá para lamentar este día.
-¿Lamentar el día? ¡Bah! -Magnus se inclinnó sobre la mesa, echando la barba hacia delante- Espero que el crío sea el mocoso de su hermanastro. Piensa en lo satisfecho que estará si tiene un hijo de Linnet. Quizás este lo bastante agradecido para gratificar a su suegro con un pedazo de tierra.
-Los Santos le castigarán, Magnus.
Magnus MacDonell se rió.
-Me trae sin cuidado si toda una hueste de santos viene tras de mí. Este matrimonio va a hacerme rico. ¡Emplearé un ejercito para mandar a los lloriqueantes santos por donde vinieron!
-Quizás el arreglo sea bueno para Linnet ---dijo Elspeth, su voz sorprendentemente serena-. Dudo que el MacKenzie beba tanta cerveza cada vez que se siente a la mesa para acabar despatarrado de bruces sobre los juncos. No si es el excelente guerrero que dicen los juglares.
Elspeth clavó una fría mirada en el laird.
-¿Ha oído como los bardos cantan sobre su gran coraje sirviendo a nuestro buen rey Robert Bruce en Bannonburck? Se rumorea que el propio Bruce lo llama su Campeón.
-¡Fuera! ¡ Fuera de mi casa! -el rostro de Magnus MacDonnell estaba tan rojo como su barba- Linnet se irá en cuanto Ranald haya ensillado a los caballos. ¡Si deseas ver el amanecer, reune tus pertenencias y cabalga con ella!
Entornando los ojos en el agujero espía, Linnet vio a su querida Elspeth lanzándole una última mirada a su padre antes de salir con paso majestuoso del Salón. En el instante en que su vieja niñera desapareció de la vista, Linnet se recostó contra el muro y dejó escapar una profunda exhalación.
Todo lo que acababa de escuchar recorría salvajemente su mente. El menosprecio de su padre, los intentos de Elspeth por defenderla, y después el inesperado elogio a Duncan MacKenzie. Actos heroicos en la guerra o no, él seguía siendo el enemigo. Pero lo que más turbaba a Linnet era su propia extraña reacción al escuchar a Elspeth decir que era un hombre de fuertes pasiones. Incluso ahora, sus mejillas se ruborizaban al pensarlo. Le avergonzaba admitirlo, incluso a sí misma, pero anhelaba conocer la pasión.
Linnet sospechaba que los hormigueos que habían brotado en su interior ante la idea de casarse con un hombre de sangre caliente habían tenido algo que ver con tales cosas. Probablemente también su corazón había comenzado a latir violentamente al oír las palabras de Elspeth.
Las mejillas de Linnet se acaloraron... como lo hizo el resto de su cuerpo, pero ella luchó por ignorar las perturbadoras sensaciones. Ella no quería que un MacKenzie la provocara esas cosas. Imaginar cómo se reiría su padre si supiera que albergaba sueños de que un hombre la deseara ahuyentaba los últimos vestigios de sus molestos pensamientos.
La resignación, no exenta de cólera, se apoderó de ella. Si tan solo hubiera nacido tan hermosa como sus hermanas. Alzando la mano, recorrió la curva de sus mejillas con la punta de los dedos. Aunque fría al tacto, la piel era lisa, intachable. Pero mientras sus hermanas habían sido agraciadas por teces de un blanco lechoso, un puñado de pecas estropeaba el suyo.
Y a diferencia de sus melenas, siempre lisas y bien peinadas, ella tenía que cargar con una melena salvaje que no podía mantener trenzada. Aunque le gustaba su color. De un tono más llamativo que el rubio rojizo de sus hermanas, el suyo era de un profundo toque cobrizo, casi color bronce. Su hermano favorito, Jamie, juraba que su pelo podría embrujar a un hombre ciego.
Una pequeña sonrisa asomó a sus labios. Sí, le gustaba su pelo. Y adoraba a cada uno de sus ocho hermanos. Y ahora podía oírles moviéndose por el Salón de abajo. Aunque los ronquidos de borracho de su padre llegaban hasta ella, también podía oír los ruidos que hacían sus hermanos, listos para una rápida salida.
Su partida del castillo Dundonnell, la oscura y húmeda casa de un jefe de clan de escasa importancia y casi sin tierras, de su padre amante de la cerveza, pero el único hogar que había conocido.
Y ahora tenía que partir hacia un futuro incierto, su sitio en Dundonnell le había sido arrebatado por la avaricia de su padre. Las lágrimas le escocían en los ojos, pero parpadeó para alejarlas, no quería que su padre las viera si se volvía y se dignaba a mirarla mientras salía.
Cuadrando los hombros, Linnet alzó su bolsa de cuero con sus hierbas, su única posesión de valor, y escapó del dominio de su padre. Se apresuró escaleras debajo de la torre tan rápidamente como se atrevió, después corrió a través del Salón sin más que una mirada a su dormido padre.
Por el espacio de un latido, casi dudó, casi se rindió a la ridícula idea de despertarle y decirle adiós. Pero el impulso se desvaneció tan rápido como apareció.
¿Por qué debería molestarse? Él sólo se quejaría de que hubiera interrumpido su sueño. ¿Y no estaba satisfecho de haberse deshecho de ella? Peor, su padre la había vendido al laird de los MacKenzie, enemigos jurados de los MacDonnell desde antes de su nacimiento.
Y el hombre, favorito del rey y apasionado o no, sólo la quería para utilizar su don, y porque le habían asegurado que ella era bonita. La perspectiva ni la halagaba ni prometía un matrimonio soportable.
Linnet tomó una última bocanada del aire lleno de humo de Dundonnell mientras permanecía ante la maciza puerta de roble que la llevaría al patio del castillo. Quizás en su nuevo hogar no sufriría por llenarse los pulmones con el viciado aire de la cerveza fermentada.
-Oh, por los sepultados huesos sagrados de Santo Columba -murmuró, tomando prestado el epíteto preferido de Jamie mientras se limpiaba una lágrima rebelde de la mejilla.
Antes de que pudieran caer más, Linnet abrió la puerta revestida de acero y salió. Aunque ya había pasado la hora del amanecer, una fría niebla azul grisáceo caía sobre el pequeño patio de Dundonnell... justo como un paño mortuorio que cayera sobre su corazón.
Sus hermanos, los ocho, esperaban junto a los caballos, cada uno con un aspecto tan miserable como ella se sentía. Elspeth, en cambio, parecía extrañamente complacida y ya lista sentada a horcajadas de su pony. Otros miembros del clan y sus familias, junto a los pocos sirvientes de su padre, se apiñaban junto a las puertas abiertas del castillo. Como sus hermanos, todos tenían expresiones tristes y permanecían en silencio, pero el revelador brillo de sus ojos valía por mil palabras.
Linnet mantuvo el mentón alto mientras avanzaba a zancadas hacia ellos, pero bajo los dobleces de su capa de lana, sus rodillas temblaban. Ante su acercamiento, el cocinero se adelanto con un fardo de tela oscura agarrada fuertemente entre sus manos enrojecidas por el trabajo.
-Esto es de todos nosotros -dijo con voz brusca mientras empujaba la lana con olor a viejo hacia las manos de Linnet-. Ha estado guardado bajo llave en un cofre en la recamara de su padre todos estos años, pero nunca sabrá que lo cogimos.
Con dedos temblorosos, Linnet desplegó el arisaid y permitió que el cocinero se lo ajustara suavemente sobre los hombros. Mientras ceñía con cuidado el plaid a su cintura, le dijo:
-Mi mujer lo hizo para Lady Innes, su madre. Ella lo vistió bien y es nuestro deseo que usted lo haga también. Es una pieza bonita aunque sea pequeña.
La emoción formó un cálido y sofocante nudo en la garganta de Linnet, mientras alisaba con las manos los pliegues del arisaid. Unos pocos agujeros de polillas y los bordes deshilachados no restaban valor al plaid. Para Linnet, era hermoso... un tesoro que apreciaría siempre.
Sus ojos se llenaros de lágrimas y se lanzó en los fornidos brazos del cocinero, y le abrazó con fuerza.
-Gracias -lloró contra la áspera lana de su propio plaid-. ¡Gracias a todos! Dios, voy a echaros de menos.
-Entonces no diga adiós, muchacha -dijo, apartándola de él-. Nos veremos de nuevo, no se preocupe.
Como si fueran uno solo, sus parientes y amigos se adelantaron, cada uno dándole un fuerte abrazo. Ninguno habló y Linnet estaba agradecida, si lo hubieran hecho, habría perdido el poco control que le quedaba. Entonces una voz, la del herrero, gritó mientras su hermano Ranald la subía sobre su montura.
-Espere, muchacha, yo también tengo algo para usted -llamó Ian, adelantándose entre la multitud.
Cuando les alcanzó, el herrero sacó su propio puñal finamente afilado de su vaina y se lo tendió a Linnet.
-Es mejor protección que esa fina hoja de muchachita que lleva usted -dijo, cabeceando de satisfacción mientras Linnet retiraba su propio puñal y lo cambiaba por el suyo.
Los ojos de Ian, también, tenían un brillo especial.
-Quizás nunca tenga que usarla -dijo, alejándose del pony.
-Que el MacKenzie comience a rezar si lo hace -juró Ranald, después le entregó las riendas a Linnet-. Nos vamos -le gritó a los demás, entonces se encaramó a su silla.
Antes de que Linnet pudiera tomar aliento o dar las gracias al herrero, Ranald le dio una fuerte palmada a su montura en la grupa y la peluda bestia atravesó las puertas abiertas, dejando el castillo Dundonnell tras de ella para siempre.
Linnet ahogó un sollozo, no dejando que saliera, y mirando fijamente hacia delante. Se negaba... no podía... mirar hacia atrás.
Bajo otras circunstancias, hubiera estado encantada de irse. Agradecida, incluso. Pero tenía el sentimiento de que simplemente estaba cambiando un infierno por otro. Y, que el cielo la ayudara, no sabía cuál prefería.
Muchas horas e incontables kilómetros más tarde, Ranald MacDonnell hizo una seña de parar al pequeño grupo tras él. El pony de Linnet bufó en protesta y se movió inquieto mientras ella tiraba de las riendas. Linnet compartía su nerviosismo, habían alcanzado su destino.
Después de un arduo viaje aparentemente interminable a través del territorio MacKenzie, habían llegado al punto medio donde Ranald decía que su futuro marido se reuniría con ellos.
Inesperadamente atormentada por una marea de timidez, Linnet tocó el velo de lino que cubría su cabello y ajusto la caída del antiguo aunque precioso arisaid alrededor de sus hombros. Si tan solo no se hubiera enrollado las largas trenzas alrededor de las orejas, escondidas de la vista bajo el tocado. Su prometido pensaría que era poco atractiva pero sus trenzas eran bonitas.
Sus hermanos afirmaban que el color de su cabello rivalizaba con los rojos y dorados de la llama más brillante.
Tendría que haber llevado el pelo suelto. Era embarazoso conocer a su futuro marido, enemigo o no, vestida con poco más que harapos. Al menos el bonito plaid de su madre le daba un aire de elegancia. Aún así, ella podría haber tenido una apariencia un poco más señorial ostentando, en lugar de escondiendo, su rasgo más atractivo.
Pero lamentarse no servía de nada ahora, el suelo del bosque se estremecía por el golpeteo de los caballos acercándose rápidamente.
Cuidich´N´Righ(1)! -el grito de batalla de los MacKenzie quebró el aire- ¡Larga vida al rey!
El pony de Linnet sacudió la cabeza, después dio varios saltos de costado por el pánico. Mientras ella luchaba por calmarlo, una fila doble de guerreros a caballo irrumpió a la vista. Se dirigieron directamente hacia su grupo, formando dos columnas en el último momento posible, y pasando al galope a Linnet y su pequeña escolta, encerrándolos en un circulo intacto de MacKenzies con cota de malla y armados.
-No te preocupes, muchacha -le dijo Ranald por encima del hombro-. No dejaremos que te pase nada.
Girándose en su silla gritó algo a sus hermanos, pero los fuertes gritos de los MacKenzie se tragaron las palabras de Ranald.
-¡Cuidich´N´Righ!
Sus enérgicos gritos repetían el lema de los MacKenzie. Las orgullosas palabras estaban dibujadas bajo las astas de un ciervo en los estandartes que sostenían los adalides. A diferencia de los guerreros que habían cargado hacia delante, los jóvenes mantenían sus monturas a una corta distancia. En fila de a cuatro, con los estandartes en alto, componían una vista impresionante.
Pero ninguno era tan imponente como el oscuro guerrero que rompió con tanta seguridad las hileras.
Vestido con una cota de malla negra, una ancha espada al costado, dos dagas bajo el fino cinturón de cuero que caía bajo sobre sus caderas, montaba un enorme caballo de guerra tan negro como su armadura.
Linnet tragó con dificultad, este intimidante gigante sólo podía ser Duncan MacKenzie, el MacKenzie de Kintail, su prometido.
No necesitaba ver el plaid verde y azul prendido sobre su cota de malla para conocer su identidad.
Ni importaba que el yelmo que llevaba dejara su rostro en sombras, casi ocultándolo de la vista. Su arrogancia venía hacia ella en oleadas mientras su mirada evaluadora la abrasaba en su camino desde lo alto de su cabeza hasta sus pies calzados con bastos zapatos.
Sí, sabía que era él.
También sabía que al fiero guerrero le desagradaba lo que veía.
Más que disgustado... parecía ultrajado. La cólera manaba bajo su armadura, su mirada la recorría críticamente. No necesitaba su don para saber de que color tenía los ojos. Un hombre como él sólo podía tener los ojos tan negros como su alma.
Sus agudos sentidos le dijeron todo. Él le había echado una buena mirada... y la había encontrado insatisfactoria.
Dulce Virgen, si tan solo hubiera hecho caso del consejo de Elspeth y le hubiera permitido a la anciana que la vistiera y la peinara. Habría sido mucho más fácil alzar la barbilla ante su audaz examen si el velo no escondiera sus trenzas.
Cuando él cabalgó hacia delante, directamente hacia ella, Linnet luchó contra el impulso de huir. No es que hubiera tenido una oportunidad de romper el rígido cerco de los guardias de rostro pétreo de MacKenzie. Ni podría haber pasado por delante de sus hermanos... ante el aproximamiento del negro caballero, habían urgido a sus caballos a acercarse a ella. Sus expresiones crueles, las manos cerca de la empuñadura de sus espadas, habían permitido el avance de su prometido con cautela.
No, escapar no era una opción.
Pero el orgullo sí. Esperando que él no notara la salvaje palpitación de su corazón, Linnet se sentó erguida en su silla y se forzó a sí misma a devolver la mirada que le dirigía bajo el yelmo.
Le serviría para saber que ella encontraba desagradable la situación. E indudablemente era juicioso demostrarle que no se encogería ante él.
Duncan alzó una ceja ante el inesperado despliegue de coraje de su novia. La rabia lo consumió cuando vio su capa raída y los zapatos que llevaba. Incluso el arisaid de aspecto fino que llevaba estaba lleno de agujeros. Todas las Highlands sabían que su padre era un gusano borracho, pero nunca imaginó que el patán avergonzaría a su hija mandándola a conocer a su nuevo laird y marido vestida con más harapos que el más pobre de los aldeanos.
Echándose hacia delante en su silla, Duncan la miró, contento con las sombras que lanzaba el borde del yelmo, agradecido de que ella no pudiera ver del todo su rostro. Sin duda ella había pensado que él encontraba fallos en ella en lugar de suponer que era la patente indiferencia de su padre lo que provocaba su ira.
Sí, el mentón alzado y la mirada desafiante le complacieron. La muchacha no era dócil. La mayoría de las muchachas de noble cuna hubieran agachado la cabeza de vergüenza y desconcierto si hubieran sido atrapadas vestidas con harapos. Pero ella se había enfrentando a su examen con una muestra de valor y espíritu.
Lentamente, el ceño de Duncan se suavizó y para su asombro, las comisuras de su boca comenzaron a esbozar una rara sonrisa. Se detuvo, sin embargo, apretando los labios antes de que la sonrisa pudiera formarse. Él no tomaría a la muchacha como esposa para tomarle afecto.
Sólo la quería para que pusiera fin a sus dudas sobre Robbie, para cuidar del muchacho y apartarlo de su vista si sus sospechas resultaban ser ciertas. Su carácter poco importaba más allá de su aptitud para ser la nueva madre de Robbie. Pero le complacía ver el temple en su sangre.
Lo necesitaría para ser su mujer.
Ignorando las miradas de la escolta de ella, Duncan urgió a su corcel hacia delante. Se detuvo a pocos centímetros de su flaco y huesudo pony.
Linnet cuadró los hombros ante su acercamiento, negándose a demostrar la admiración que sentía por su magnifico caballo de guerra. Nunca había visto un animal como ese. La bestia realmente se alzaba por encima de su pony de las Highlands.
Ella esperaba que su admiración por el hombre estuviera bien oculta también.
-¿Puedes cabalgar más lejos? -la voz profunda del caballero negro salió de debajo de su yelmo de acero.
-¿No deberías besarle la mano y preguntarle si no está fatigada de cabalgar para pedirle que vaya contigo? -Jamie, el hermano favorito de Linnet, desafió al MacKenzie.
Los otros hermanos se hicieron eco del sentimiento de Jamie, pero el propio coraje de Linnet vaciló cuando en lugar de contestar a Jamie, su prometido les barrió con una oscura mirada.
¿No pensaba lo suficiente en ella como para saludarle apropiadamente? ¿La tenía en tan baja estima que se había olvidado de las reglas de la caballerosidad?
Aún mantenía los hombros echados hacia atrás y la barbilla alzada, enojada por su falta de cortesía.
-Soy Linnet de Dundonnell -elevó un poco más la barbilla-. ¿Quién es usted milord?
-Ahora no es momento de galanterías. Deberíamos irnos de aquí si no estas demasiado fatigada.
Estaba rígida de cansancio, pero antes preferiría morir que admitir su debilidad.
Linnet miró a su caballo. Su pelaje estaba cubierto de sudor y su pesada respiración indicaba el esfuerzo que el duro viaje le había costado al animal.
-Yo no estoy cansada, Sir Duncan, pero mi montura no puede continuar. ¿No podemos acampar aquí y proseguir el viaje mañana?
-¡Marmaduke! -MacKenzie gritó antes de contestarle- ¡Ven aquí, deprisa!
Toda el resuelto orgullo que había congregado huyó cuando el objeto de su bramido cabalgó hacia delante. El caballero de nombre inofensivo era el hombre más feo y formidable que había visto nunca. Marmaduke llevaba el plaid MacKenzie sobre su cota de malla, y como el resto de los hombres de la guardia real, lo único que le cubría la cabeza era la cofia. Pero en su caso, Linnet deseó que se hubiera puesto un yelmo completo como su prometido.
Su cara desfigurada presentaba un semblante tan aterrorizante que se le encogieron los dedos dentro de los zapatos. Una fea cicatriz cruzaba su cara, desde la sien izquierda hasta la comisura derecha de la boca, tirando de sus labios en un permanente gesto burlón. Peor, ¡dónde debiera estar su ojo había arrugas de carne rosada!
Linnet sabía que debería sentir nada más que compasión por el musculoso guerrero, pero la expresión en su ojo bueno, el cual estaba desconcertantemente fijo en ella, la aterrorizaba.
El temor hizo que la sangre le bombeara con tanta fuerza en la cabeza que no oyó lo que Sir Duncan le dijo al hombre, pero sabía que era referente a ella, porque Marmaduke mantuvo su fiera mirada fija en ella, asintiendo una vez, antes de girar su caballo y alejarse galopando hacia el bosque.
Su alivio por su brusca partida escapó en un rápido aliento. Si los santos la protegían, no volvería.
Desgraciadamente su alivio fue efímero, puesto que Duncan MacKenzie alargó un brazo, la desmontó de su pony y la dejó caer pesadamente delante de él en su gran corcel. Con su mano libre, le arrebató las riendas de su caballo. Apenas podía respirar porque su brazo la mantenía firmemente sujeta.
Un gran rugido de protesta surgió entre sus hermanos, la voz de Ranald un poco más alta que la de los demás.
-Toca a mi hermana otra vez tan bruscamentte, MacKenzie, y estarás muerto antes de que puedas desenvainar tu daga.
En un latido, su prometido dirigió su caballo hacia su hermano mayor.
-Refrena tu temperamento, MacDonnell, para que no me olvide que esta es una reunión amistosa.
-No permitiré que nadie maltrate a mi hermana -advirtió Ranald-. Especialmente tú.
-¿Tú eres Ranald? -preguntó MacKenzie, ignnorando descaradamente la ira de Ranald. Ante el breve asentimiento de su hermano, continuó- Los parientes que buscas están en el bosque, más allá de los porteadores de mi estandarte. Les hemos asegurado que más incursiones en mis tierras serán castigadas con un destino peor que ser retenidos como rehenes. El ganado que tu padre espera está al cuidado de tus hombres. He cumplido mi palabra. Nosotros nos vamos ahora.
Ranald MacDonnell se encrespó visiblemente.
-Pretendemos ver a mi hermana a salvo en el Castillo de Eilean Creag.
-¿Crees que no puedo proteger a tu hermana durante el viaje hasta mi propio torreón?
-Lo que propones es un insulto a mi hermana -protestó Jamie-. Tenemos intención de quedarnos unas pocas noches para discutir los preparativos de la boda. Nuestro padre espera noticias cuando regresemos.
Duncan modificó la forma en que la sostenía, tirando de Linnet hacia atrás para apoyarla contra su pecho.
-Informa a tu padre de que todo ha sido arrreglado, las amonestaciones leídas. Nos casaremos al amanecer después de que hayamos llegado a Eilean Creag. No hace falta que Magnus MacDonnell se moleste con el viaje.
-¡Seguro que bromea! -la cara de Jamie se puso roja- Linnet no puede casarse sin sus parientes. No...
-Sería inteligente que recuerdes que no bromeo -Duncan se volvió hacia el hermano mayor de Linnet, pasándole las riendas de su pony-. Ocúpate del pony de tu hermana y márchate de mis tierras.
Ranald cogió las riendas con una mano mientras llevaba la otra hasta la empuñadura de su espada.
-No sé quien es más bastardo, si mi padre o tú. Desmonta y desenvaina tu puñal. No puedo...
-Complaced a una anciana y dejad de discutir, todos vosotros -con el pelo canoso desaliñado por el viaje y las rellenitas mejillas rojas por el esfuerzo, Elspeth Beaton espoleó a su pony hacia el circulo de hombres. Con una mirada sagaz, se giró primero hacia la guardia real de MacKenzie y después hacia los hermanos MacDonnell-. Suelta tu daga, Ranald. No es un secreto que tu hermana disfrutaría más de su boda sin la posibilidad de que tu padre se presente. Sería un estupidez derramar sangre por algo que todos sabemos que sería lo mejor para la muchacha.
Esperó hasta que Ranald soltara su espada y después miró fijamente a Duncan.
-¿No permitirá que la muchacha cuente con la presencia de sus hermanos en su boda?
-¿Y quién eres tú?
-Elspeth Beaton, he cuidado de Linnet desde que su madre murió al traerla al mundo, y no tengo intención de dejar de hacerlo ahora -su voz tenía la confianza y la autoridad de una bienamada y fiel sirviente-. Sus hombros anchos demuestran que está bien entrenado, milord, pero no le temo. No voy a permitir que nadie maltrate a mi dama, ni siquiera usted.
Girándose para mirarle, Linnet vio que las comisuras de la boca de su prometido se alzaban ante las palabras de Elspeth. Pero la débil sonrisa desapareció en un instante, rápidamente remplazada por... nada.
De repente supo que era lo que más le había molestado desde que la hubiera subido a su caballo.
Los rumores eran ciertos.
Duncan MacKenzie no tenía corazón ni alma. Sólo había vaciedad en el inmenso hombre que la sostenía.
-Soy yo quien decide quién duerme bajo mi techo. Los familiares de Linnet pueden descansar aquí esta noche y dirigirse a las tierras MacKenzie al amanecer. Tu, señora, continuarás con nosotros hacia Eilean Creag.
Duncan hizo un gesto a un joven que guió hacia delante a una yegua gris sin jinete. Volviendo su atención a Elspeth dijo:
-La yegua era para tu Señora, pero ella cabalgará conmigo -hizo un breve asentimiento hacia su escudero-. Lachlann, ayuda a la señora a montar. Ya nos hemos demorado bastante.
El escudero, joven pero musculoso, saltó de su propio caballo y arrebató a Elspeth de su pony como si no pesara más que una pluma. En un movimiento fluido, la alzó hacia la silla del caballo gris. Tan pronto como estuvo sentada, le hizo una reverencia, después subió a su propio corcel.
Elspeth se sonrojo... nadie más se dio cuenta puesto que sus mejillas ya estaban rojas por el largo viaje y la cólera.
Pero Linnet lo sabía.
Su querida Elspeth estaba encantada por la galantería del escudero.
Después Duncan dio la orden de partir. En un movimiento atrevido, sus hermanos espolearon sus caballos para bloquear el camino.
-¡Alto MacKenzie! Tendré unas palabras conntigo primero -Gritó Ranald, y el prometido de Linnet se detuvo de inmediato, no teniendo otra elección a menos que quisiera atravesar la pared de carne de caballo hecha por sus hermanos.
-Di lo que sea y rápido -dijo MacKenzie bruscamente-. No creas que dudaré en cabalgar directamente entre vosotros si tratas de sobrepasar mi paciencia.
-Una advertencia, nada más -dijo Ranald-. Nuestro padre ya no es el hombre que era y no se ha preocupado por Linnet como debería, pero mis hermanos y yo lo hacemos. Las Highlands no serán suficientemente grandes para esconderte si dañas un solo pelo de la cabeza de mi hermana.
-Tu hermana será bien tratada en Eilean Creag -fue la brusca contestación de Duncan.
Ranald hizo un sutil asentimiento, después, uno a uno, sus hermanos dejaron libre el camino y los guerreros MacKenzie aguijonearon a sus caballos. La mayoría se echaron hacia delante como si fueran uno solo. Linnet apenas consiguió decir adiós a sus hermanos. Sus propios gritos de despedida se perdieron entre el retumbar de las pezuñas, el tintineo de los hombres armados, y el crujir de las sillas de cuero.
Su prometido la sostuvo bien, y ella se alegró de que su puño fuera fuerte. Nunca había montado en un caballo tan grande y la distancia que había hasta el duro suelo que pasaba rápidamente bajo ellos era intimidante.
Pero mientras Duncan MacKenzie la mantenía firmemente segura y su poderosa presencia mantenía su cuerpo caliente, él exudaba un perverso frío que iba directamente a su corazón. Era un frío profundo, más cortante que el más sombrío viento invernal.
Un estremecimiento la sacudió, e inmediatamente, su brazo la apretó más fuerte, acercándola hacia él. Para su sorpresa, el gesto, ya fuera para protegerla o hecho por puro instinto, la hizo sentirse segura. La caldeó también, haciendo que su vientre se suavizara y temblara.
Calor.
A pesar del frío del hombre.
Linnet suspiró y se permitió descansar contra él… sólo por un momento, después se sentaría derecha. Él era un MacKenzie después de todo. Pero ella nunca había estado entre los brazos de un hombre. Nadie podría culparla si se relajaba solo un ratito y trataba de entender las extrañas sensaciones que se agitaban en su interior.
Varias horas después se despertó, tendida sobre una cama de suave hierba, su saca de hierbas bajo su cabeza. Alguien la había envuelto en un plaid de tibia lana. Se encontraba en medio de un campo repleto de MacKenzies.
Todos en diversas fases de desnudez.
Elspeth dormía cerca, junto a un crepitante fuego, y Linnet advirtió que los ronquidos de la anciana sonaban alegres.
Demasiado alegres.
Aparentemente su querida sirviente había aceptado su difícil situación. Alzándose sobre los codos, Linnet observó a la mujer que dormía. Elspeth podría estar persuadida por los corteses galanteos de un escudero MacKenzie, pero ella no lo estaba.
A ella no le importaba cuantos hombres MacKenzie fueran galantes. Ni que el estar entre los fuertes brazos de su futuro marido la hubiera hecho ponerse sensible. El grato sentimiento había sido causado seguramente por saber que él no permitiría que se cayera al suelo.
Jamás un MacKenzie despertaría indicios de pasión en ella. No, era impensable.
Y, al contrario que Elspeth, ella no encontraba nada atractivo en ser rodeada por el enemigo.
¡Especialmente por unos casi desnudos!
-Lachlan, ayúdame a quitarme la cota de maalla -la voz de su prometido, profunda y masculina, vino desde el otro lado del fuego.
-Como desee, milord -el escudero gateó, leevantándose ante la orden de su señor.
Linnet observó como su futuro marido se quitaba el yelmo de la cabeza, revelando una desgreñada melena de lustroso cabello oscuro.
Gracias a los Santos que estaba de espaldas a ella, porque había comenzado a temblar.
Mientras ella miraba, él dejo caer el casco de acero al suelo con un fuerte golpe, después se quitó los guanteletes. Con ambas manos, se pasó los dedos por el pelo negro que caía en gruesas ondas brillantes por el sudor, hasta sus hombros.
Linnet tragó con dificultad, incómodamente consciente de que su vientre se caldeaba de nuevo. ¿Podría el hombre ser un hechicero? ¿La habría embrujado? Con el pelo tan oscuro como el pecado, y brillante como el ala de un cuervo, Linnet creía que los rumores sobre que había sido engendrado por el diablo podría ser verdad.
Era de conocimiento común que la belleza y la maldad a menudo andaban de la mano.
Cuando el escudero sacó la cota de malla negra por encima de su cabeza, su respiración salió en un audible jadeo, y temió que su corazón dejara de latir. La visión de la ancha espalda de Sir Duncan la cautivó tan completamente como si en verdad un brujo hubiera lanzado un hechizo sobre ella.
La parpadeante luz del fuego jugaba sobre sus músculos bien definidos que se ondulaban con cada movimiento que él hacia mientras se doblaba par ayudar a su escudero a quitarse el resto de su atuendo. Ni siquiera la temible constitución de Ranald podía compararse con la de Duncan MacKenzie.
El corazón volvió a la vida, subiéndosele a la garganta mientras el enrollaba un par de calzas de ajustada lana hacia abajo de sus musculosas piernas. ¡Cielos, incluso sus nalgas parecían crueles y orgullosas! Linnet se mojó los labios y tragó, esperando aliviar la repentina sequedad de su boca.
Había visto a cada uno de sus ocho hermanos y a un buen numero de primos sin ropa. Pero nunca uno de ellos había parecido tan intimidante como el gigante que permanecía al otro lado del fuego frente a ella.
Ni tan atractivo.
Mientras ella se quedaba boquiabierta, incapaz de apartar la mirada, él estiró los brazos por encima de la cabeza. Los poderosos músculos del hombre se contraían bajo la piel bruñida de oro profundo por la luz del fuego. ¡Fe y misericordia, nada en toda su vida la había preparado para semejante visión! Él podría pasar por un dios pagano, tan magnifica era su silueta.
¡La idea de acostarse con semejante hombre la llenó de más inquietud que si le hubieran ordenado domesticar a uno de los monstruos marinos conocidos por morar en los lagos de las Highlands!
Pero incluso ese temor menguó ante el terror que la atenazó cuando él se dio la vuelta. Ni siquiera dio más que una rápida mirada a la impresionante columna de virilidad orgullosamente a la vista en su oscura ingle.
No, fue el primer vistazo a su cara lo que la aterrorizó enfriándola hasta la medula y devolviéndole un recuerdo largo tiempo olvidado.
Con horrible claridad, se dio cuenta de por qué se le había puesto la carne de gallina al oír que llamaban a su prometido el Ciervo Negro.
Que San Columba y todos los santos preservaran su alma condenada: Había sido vendida al hombre de sus más espantosas visiones de la infancia.
El hombre sin corazón.

Copyright © 2001 Sue Ellen Welfonder.

(1)Gaelico: Larga vida al Rey







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