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El
Regimiento de Infantería 4 |
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En esta oportunidad a mí me corresponde participar en las
operaciones en Malvinas como oficial de inteligencia del Regimiento.
4 de Infantería; mi grado es teniente primero.
La misión del oficial de inteligencia es estudiar todo
lo que tiene el enemigo, ver los problemas en tiempo y espacio
que va a tener que enfrentar y en qué posibilidad el
terreno lo va a afectar también para sus operaciones,
y luego uno saca conclusiones. Qué es lo que puede hacer,
en qué oportunidad y con qué lo puede hacer para
tratar de con los medios que uno tiene evitar que
desarrolle esa capacidad.
Estaba en Buenos Aires capacitándome en una nueva especialidad
en mi carrera, y luego del 2 de abril y todos los festejos y
el alborozo patrio recibimos la orden de alistamos. A mí,
como a los demás cursantes, nos corresponden distintas
unidades de acuerdo con el arma a la cual pertenecemos. Me tocó
el regimiento que había sido mi primer destino cuando
era subteniente y con él fui a Malvinas.
Fuimos bajando toda la costa hasta Río Gallegos y luego
cruzamos a Malvinas. Primero hubo problemas con la jefatura
porque todos queríamos ir en el primer avión.
Por las dudas, nadie quería esperar porque estaba próximo
el bloqueo y si alguno se quedaba, por ahí no embarcaba.
Realmente el jefe tuvo que poner su carácter para ordenar
eso.
El jefe me asignó viajar con él junto con el
oficial de operaciones que es otro asesor al cual necesita tener
cerca y llegamos un día espléndido pero de mucho,
mucho frío. Nos sorprendió el panorama muy pintoresco,
el faro, aunque ya nos habíamos sorprendido antes del
aterrizaje: las islas eran inmensas y había montones
de islotes de todo tamaño.
Si bien en Comodoro o Río Gallegos había actividad
intensa y uno entraba en el vértigo del ambiente de combate,
llegar a Malvinas me causó una conmoción diferente.
El aeropuerto estaba totalmente rodeado de tropas en posición,
había tres o cuatro aviones desembarcando al mismo tiempo,
distintos tipos de unidades.
A medida que llegaban se iban despidiendo los contingentes
a marcha o con los equipos en camión hacia adentro de
la isla.
Tuve la suerte de que el jefe me diera la misión de
hacer un contacto en la casa del gobernador. Ahí por
primera vez realmente vi la bandera. Fue una impresión
muy particular y a través de lo que vi en las revistas,
en seguida identifiqué el lugar donde cayó el
capitán de Marina Giacchino.
Bueno, solamente un soldado puede comprender completamente
a ese héroe y a esa bandera y lo que significan. Este
fue el primer golpe emotivo. Si ese hombre cayó veníamos
para dar el mismo tributo. Tenía conciencia y estaba
convencido de que íbamos a dar combate. Tanto es así
que las previsiones del jefe, lo digo sinceramente, fueron muy
acertadas. En ese aspecto, pues, con miedo a que cayese algún
avión distribuimos todo el equipo de forma de que en
cada avión fuera un jeep, un cañoncito, un morterito,
unos soldaditos de la pieza, un poco de fideos, un poco de arroz,
munición, o sea todo repartido en cada avión.
Nos alejamos del aeropuerto unos tres kilómetros y
nos tomó la noche en un lugar donde había unos
barcos hundidos. Ocupé lugares de descanso muy precarios,
llovía. Fue dura esa noche precisamente porque recién
llegábamos, pero gracias a la previsión de repartir
teníamos una cocina para nuestra comida.
A la madrugada siguiente empezamos una marcha de infantería
pura con equipos, hasta cerca de Bahía Agradable el
cerro Wall a unos diecisiete o dieciocho kilómetros.
En ese lugar nos encontramos con unas tropas del Regimiento
de Infantería 12. Nosotros teníamos inicialmente
la misión de cruzar a la otra isla, a la Gran Malvina,
pero empezaron a llevar el Regimiento 12 con los helicópteros
a Darwin y nosotros quedamos allí dominando Puerto Harriet
y Bahía Agradable o Fitz Roy, no sé con qué
nombre lo conocieron acá ustedes a través de la
prensa. O sea que estábamos asentados en los montes Wall,
Challenger y Kent; este último es un monte totalmente
dominante, como si fuese una cortina gigante que uno tiene adelante
y que impide ver el otro lado de la isla. Quedamos como reserva
helitransportada; una compañía mi se desprendió
para reforzar las posiciones de otras unidades en otros lugares
de la isla y quedamos un poco disminuidos.
Sobre todo porque nos agarró el bloqueo aéreo
inglés con gente nuestra en Río Gallegos, con
equipo que nunca pudo llegar a la isla.
Estábamos dominando digamos toda la isla,
mirando hacia la Antártida. Apenas llegados, a altas
horas de la noche, después de la marcha hasta esta zona
que era totalmente anegadiza, tratamos de armar algún
lugar donde dormir. Yo puse varios cajones de munición
y dormí ahí, otro durmió arriba de unas
bolsas de papas, otro durmió en un montón de piedras,
otro se pudo poner en alguno de esos vehículos que nos
habían quedado. Se dispersó la gente y se pasó
al descanso.
A las cuatro de la mañana recibimos un ruido, primero
muy distante y luego atronador. Pasó muy cerca, no dio
tiempo prácticamente a reaccionar; había una neblina
muy espesa en la zona nuestra. Al rato escuchamos unas tremendas
explosiones y nos dimos cuenta de que habían bombardeado
la zona de Puerto Argentino. Fue el gran bombardeo del 1 de
mayo al aeródromo. Toda nuestra carga pesada que había
quedado en el aeródromo, esperando ser movida, fue tocada.
Perdimos material importantísimo. Había prioridades
y nuestra carga quedó, pues se habían estado moviendo
piezas antiaéreas con los. helicópteros.
No olvidemos que había que cruzar muchos ríos,
bahías, y de los caminos. ni hablar. Nosotros el 1 de
mayo empezamos a ganar la altura, mantener las posiciones, explorar,
reconocer, tomar todos los contactos propios de un comando que
está emplazándose. Reconocer las costas: un lugar
muy, muy difícil. -
A partir de ahí se tomó más conciencia
de la gravedad de la situación. No nos olvidemos de que
nuestra unidad estaba totalmente al descubierto por el hecho
de haber llegado a la noche a ese lugar. Ahí nomás
se dio la orden de ocupar ciertos cerros y tratar de reforzarlos.
Teníamos problemas administrativos por el material destruido
en la pista y los aviones que no habían pasado, y debíamos
replanteamos muchas cosas. Inclusive adecuar la gente y todo
a otras alternativas y usos, a lo que teníamos.
La unidad quedó un poco desinflada en medios, pero
se empezó a recuperar munición con apoyo de otras
unidades y fuimos recuperando material que nos fue consolidando
más en las posiciones.
Aparecieron los barcos y tiraban; nosotros observábamos
el combate aeronaval. Veíamos los barcos, avisábamos
en qué rumbo venían, la distancia, cuántos
eran y, si podíamos, dábamos las características.
Esto lo hacíamos mediante radares y observación.
Informábamos a Puerto Argentino y de ahí se tomaban
las previsiones. De noche evidentemente la fuerza aérea
no operaba pero se fueron tomando una serie de medidas con cañones
y artimañas. Los barcos, con el tiempo, empezaron a cuidarse
algo. Nosotros estábamos a siete u ocho kilómetros
de la costa y esos barcos operaban con helicópteros elevados.
Siempre los tenían.
Los veíamos sobrevolar y empezábamos a hacer
una contrabatería eficaz, tal es así que nos daba
risa ver en el radar al helicóptero subir, bajar, cambiar
de posición, porque venía espiando a ver adónde
podía estar el cañón. También en
las costas estaban previstas avanzadas de combate, grupos muy
reducidos realmente muy valientes que se adelantaban hasta ocho
kilómetros, todos los días y todas las noches,
para tomar contacto con los ingleses por si hubiera desembarco.
Eso fue muy duro, porque el camino a la costa era tremendamente
difícil.
Después de la caída de Darwin, no puedo precisar
realmente la fecha, hubo una serie de informes que nos advirtieron
dónde estaban los ingleses. Estaban avanzando a unos
veinte kilómetros de nosotros. Más allá
de nosotros y hacia los ingleses, si bien había tropa
nuestra, eran grupos reducidos que más que nada tenían
la misión de dar la alarma e informar. Por nuestra parte,
tuvimos una serie de experiencias, como encontrar restos de
patrullas de comandos y elementos de ellos muy cerca de nosotros.
No se daba el combate por casualidad, al no encontramos, frente
a frente, pero encontramos, como dije, residuos que indicaban
que por ahí andaban.
Ya sabíamos que los ingleses estaban y que lanzabanigual
que nosotros gente para informar. Estas patrullas siguieron
un poco así, sin combates, y la artillería todavía
no la sentíamos, excepto la de los barcos que venían
de noche; o de día cuando había neblina y seguían
tirando.
En esa época empezaron a aparecer y nos tiraron
los misiles antirradar, los antirradio, y a la vez empezaron
para nosotros las limitaciones en el uso del radar y de la radio.
También teníamos grandes interferencias, inclusive
nos insultaban los ingleses. Aparecen ciertos elementos que
nosotros no teníamos. Pero no pensábamos que nos
iban a vencer. Nos decíamos: "Contra nosotros no
van a poder". Con los que yo hablaba, la idea general era:
había que darles con lo que fuera, con piedras o con
lo que fuera. No teníamos malas armas, pero esas armas
imponían un cuidado mayor que en el continente, por la
gran humedad.
Inclusive el frío cambiaba muchas cosas, como sucede
con un coche. No es lo mismo tenerlo en Buenos Aires que estacionado
en Ushuaia.
En el monte Kent había una fracción destacada
que se tuvo que replegar con los ingleses realmente pisándoles
los talones. Llegaron a nosotros con los ingleses en los talones.
Los nuestros iban por una punta del monte y los otros iban trepando.
Esa fracción no tenía, por efectivos como por
armas, capacidad de responder a un ataque importante.
A esta altura nuestros comandos ya habían entrado en
combate con los ingleses en muchas oportunidades, pero por suerte
se recuperó mucha gente: herida y todo, pero viva.
Los Harrier iban y venían, aunque más sobre
Puerto Argentino; los barcos sí nos daban de noche y,
como dije, descubriendo restos de los comandos ingleses cerca
de nosotros, Tal era la situación. Ya se habían
perdido helicópteros que nos restaban capacidad, y se
habían perdido buques como el "Carcarañá",
el "Isla de los Estados", el de Prefectura. - Los
comandos nuestros que actuaban en la profundidad del enemigo
nos hablaban de tremendas rutas de helicópteros ingleses.
Ya sentíamos los helicópteros próximos
en las noches cerradas sin viento.
Un día, a las ocho de la noche, llegó nuestro
jefe, que había bajado al pueblo para una reunión
de comando, y nos impuso la situación. Se apreciaron
todas las posibilidades y no quedaba otra que pelear retrocediendo
o arriesgarse a que nos agarraran justo en el repliegue y hacernos
fuertes en los montes Two Sisters y Harriet, y resistir allí.
En Harriet ya teníamos pequeñas fracciones,
es decir, esto es como las manos. Uno pone las manos para que
no le peguen en el cuerpo. Las manos de Puerto Argentino éramos
estos grupos, pero en el momento en que una de esas manos siente
que quema, para ese lado se mantienen las mayores prevenciones.
No irse de boca pero pensar y tratar de apreciar por qué
el enemigo va por ese lugar.
Se tomó la decisión de hacer el cambio de frente
y dirigirse a Two Sisters y Harriet, donde el regimiento daría
el combate. El repliegue hacia allí debía ser
tipo relámpago. Se decidió qué era lo que
no servía y salir con todas las armas, munición,
medicamentos en fin, el equipo, para lo que nos
asignaron tres helicópteros. La orden era mover de noche
todo lo que se pudiera y reunir el material pesado en determinados
lugares para ver si los helicópteros podían sacarlo
al otro tipo de material, bajarlo hasta donde llegarían
tres camiones, y luego bajar la gente. Para colmo, a las diez
de la noche, vinieron los barcos, empezaron a tirar y encima
comenzó a nevar; así que realmente fue caótico.
Tuvimos que suspender durante dos preciosas horas la bajada
de los cerros en la oscuridad, porque nevaba y los barcos estaban
tirando. Afortunadamente después los barcos desplazaron
el fuego hacia otro lado, la nieve acabó y quedó
un gran colchón. A eso de las tres o cuatro de la mañana
no olvidemos que hay oscuridad hasta las ocho de la mañana
pudimos seguir bajando con la gente. Con las primeras luces,
la gente estaba cargando camiones y continuando a pie. Otra
gente cargaba los helicópteros y nos quedamos con una
pequeña defensa antiaérea. Aparecieron los Harrier
cuando afortunadamente los helicópteros se habían
ido, pero atacaron nuestras columnas de marcha. Es decir, tropas
reunidas en un camino, camiones cargados reunidos también
quiero decir en un lugar muy visible y expuesto,
y nosotros, desde la cima del cerro donde esperábamos
los helicópteros, empezamos a disparar contra los Harrier.
No sé si habrá caído alguno aunque le pegamos
cualquier cantidad con munición trazante, pero no podemos
decir que los hayamos visto caer.
Los aviones ingleses volaban día tras día, a
cualquier hora, nos fotografiaban y ¡hasta les hacíamos
caritas! Esa es la verdad. Nos atacaban con distintos resultados,
especialmente sobre algunos depósitos y material. También
nos volaron unos camiones y fuimos teniendo bajas pero por suerte
y por entonces leves; o sea, heridos.
Volviendo al ataque de los Harrier que estaba relatando, tuvimos
que suspender los helicópteros y la gente continuó
replegándose, aunque fuera entre las piedras. Fue muy
duro ese repliegue por todo el problema este, que es como que
a uno lo encuentren en piyama en su casa.
Esa mañana mientras nos atacaban los Harrier, recibimos
desde territorio enemigo un comando que era el único
que quedaba de una patrulla. Nos informó con más
claridad dónde estaba y qué movimientos había
hecho el enemigo. Este comando volvió realmente desgastado,
hecho pelota, con toda la ansiedad por explicarnos lo que había
observado. Los demás compañeros quedaron, no volvieron.
Después, con el tiempo, se confirmó la muerte
de algunos y otros aparecieron heridos en las líneas
inglesas.
Ya en el monte Harrier nos desplazamos con frente a Darwin
y a San Carlos. Ahí sí ya tuvimos nosotros combate
de patrullas. Además esa misma noche ya nos estaban disparando
con artillería de tierra o sea que, sí nos hubiésemos
quedado en el otro lugar, en este momento no estaría
acá; o sí, pero no hubiéramos tenido entonces
la dignidad con que pudimos combatir. Porque uno va a llevarle
gloria a la Patria, pero no va a morir porque sí. Uno
quiere héroes vivos, al menos eso es lo que le pedía
a nuestros soldados. -
En la madrugada siguiente una patrulla fue a la antigua posición
nuestra, y ya estaban los ingleses allí. Tuvimos entonces
nuestras primeras muertes; muertos que intentamos recuperar
con otra patrulla pero al final no se pudo.
En todo momento, salvo cuando había fuertes vientos
y nevaba, los helicópteros ingleses eran dueños
de la noche y la artillería empezó a concentrar
fuego sobre nosotros. Tiraban una bengala y había una
concentración en cincuenta metros cuadrados y así
fueron batiendo los cerros. La artillería inglesa nos
podía batir pero nuestra posición le impedía
batir a Puerto Argentino y en esa situación estuvimos
aproximadamente diez días. Los helicópteros enemigos
se veían a simple vista y la artillería descargó
su mayor violencia sobre nuestras posiciones. Tuvimos nuevos
contactos nocturnos de patrullas y combates entrecortados, dispersos
y rechazados,
Así como nosotros teníamos comandos en ~ dispositivos,
ellos tenían los suyos metidos en los nuestros. En esa
gran extensión que cubríamos, como los dedos de
una mano, quedaban claros: era imposible cubrirlos con esos
efectivos.
Al regimiento le tocó realmente una difícil
misión; era muy duro estar en la violencia de la artillería
día y noche... Le tiraban al camión de la comida,
le tiraban a la cocina, le tiraron... en fin tiraron a todos
lados. Pero también les contestábamos de vez en
cuando con nuestras baterías, con nuestros morteros,
siempre tratando de no delatar nuestras posiciones, pues ya
sabíamos los radares que usaban: cuando tirábamos
con morteros ahí nomás caían diez o veinte
proyectiles en segundos. Ese fue un gran problema. Realmente
era una lluvia de proyectiles ingleses.
Hasta ese momento teníamos cuarenta bajas. Nuestras
patrullas, pequeños destacamentos dé diez o quince
hombres, comenzaron a chocar con efectivos de cuarenta, cincuenta,
sesenta hombres de ellos. Era evidente que estaban acercando
gente, y así como nosotros chocábamos a retaguardia
de ellos, los ingleses a su vez chocaban a retaguardia nuestra
con efectivos nuestros. Era como los tanteos iniciales en el
box, o sea el primer round. Les causamos muchas bajas a ellos;
realmente era destacable la actuación de nuestros comandos.
Nosotros recibíamos estas patrullas diezmadas, con sus
heridos y sus muertos también. Pero los ingleses también
salían con sus muertos y heridos y uno sentía
la satisfacción de la revancha. Fue muy parejo.
Hasta ese momento la parte nuestra se mantenía bien
y en las patrullas de nuestro regimiento actuaban soldados voluntarios,
y en los comandos por supuesto eran todos oficiales
y suboficiales.
Había muchos helicópteros de ellos; para nosotros
mover la munición significaba tal vez tres noches sin
pararbajo el fuego y con la carga al hombro subir
al cerro mientras ellos cómodamente con los helicópteros
llevaban el triple de munición en un ratito.
Un día de gran neblina hubo una serie de choques con
el frente de las compañías nuestras; choques grandes
en los cuales se empeñaban ya efectivos nuestros, importantes
en hombres.
Esta neblina nos tuvo así unos seis días, que
ellos aprovecharon y ya medio estaban tocando los flancos nuestros.
lero el regimiento seguía resistiendo bien y empezamos
a cambiar de posición ciertas fracciones. Cambiamos las
armas pesadas de lugar para evitar que con el conocimiento que
obtenían por la mañana, les sirviese para tener
éxito por la noche. Varias veces pasó que sus
ataques cayeron al vacío, precisamente por estos cambios,
así que se quedaron en nada.
Hicieron dos ataques a fondo; digo a fondo cuando se llega
a la profundidad nuestra evitando el combate y tratando de golpear
en el lugar último y más importante de los nuestros.
Los rechazamos a cincuenta metros, con todo nuestro fuego, tirando
con nuestros morteros. Se nos metió este ataque como
un puñetazo en el hígado porque evitaron la parte
más fuerte. Entraron con una neblina terrible y ya no
teníamos radar antipersonal porque el fuego enemigo lo
había dejado fuera de combate, y atacaron pegando en
el costado, en el lugar neurálgico de nuestro dispositivo.
En el primer ataque los "aferramos" al terreno y
pienso que podríamos haberlos aniquilado, pero apareció
la artillería de ellos y realmente fue imposible. No
pudimos arrasarnos porque el fuego de artillería era
tremendo. Eso pasaba siempre: a veces teníamos solamente
cuatro ingleses rodeados, y aparecía toda la artillería
inglesa tirándonos.
Otro ataque se hizo una posición de nuestro regimiento
a la derecha, pero de frente a nosotros; o sea otra vez trataban
de vencer la resistencia pero los rechazamos. Esta vez pegaron
en una posición muy fuerte que teníamos, pero
a Dios gracias fue rechazado nuevamente con éxito. También
hicieron una maniobra de distracción contra nuestro puesto
de comando, que rechazamos. Aparecieron también barcos
tirando, pero les falló, porque el ataque que chocó
de frente contra la posición que mencioné fue.
rechazado, como dije.
El teniente primero C.A.A. estaba al mando de la compañía
que rechazó el ataque principal. Este comando era muy
fuerte, tenía coheteras hechas con restos de un Pucará,
ametralladoras; estaba super reforzada, y tenía además
una cosa muy homogénea.
Hay un detalle en este ataque que vale la pena mencionar.
Después de rechazar el ataque al puesto de comando, como
ya dije, nos dimos cuenta en ese momento de que los ingleses
habían aproximado gente a "caballo" de la costa
y que ya, por nuestros efectivos, no podíamos ocupar
esas posiciones. Empezamos a recibir fuego de artillería
también.
Un comando el capitán J.E.J. aislado, solo
entre los ingleses, consiguió llegar a la parte superior
del monte Kent, ubicar y contar todas las bocas de fuego. Nos
tiraban treinta y dos cañones, Realmente meritorios eran
los comandos. Eran sin duda tropas especiales, gente que vive
más allá de la vida y de la muerte, encomiable.
Bueno, volvernos a la gente que se había aproximado
a "caballo" de la costa y de donde recibíamos
fuego. Empezamos ahora a recibir fuego de armas más livianas,
es decir, empezaron a acercarse morteros. Nos estaban tirando
desde tres kilómetros, y con ellos a unos pocos metros
menos, nos podíamos batir con ametralladoras. Bajamos
y hubo varios choques de grandes efectivos rechazados, sobre
todo en el otro cerro, no en el que yo estaba. Esas noches fueron
todas de pequeños o grandes combates pero, sobre todo,
permanente fuego de artillería día y noche. Hasta
las ocho de la noche la artillería de campaña,
y aproximadamente desde las veintidós empezaban los barcos.
Tres, cuatro, con una velocidad de disparo tremenda. Tiraban
al cerro, como pegando a una pared. Corrían treinta metros,
tiraban ahí y otros treinta metros y volvían a
tirar, cuadrado por cuadrado.
Era como una máquina automática: tá,..
tá... ta... tá, pero contra el cerro, así
que uno vibraba todo. Realmente vibraba y caían piedras.
A eso hay que agregarle los Harrier, que también aparecían.
A partir del dos de junio llegamos a estar por las noches sesenta
por Ciento levanta. dos y cuarenta por ciento durmiendo.
Bueno, volviendo nuevamente al tema de los morteros que acercaron
esa noche, ya nos complicaba más porque ésta es
un arma que, si no se tiene un radar, es muy difícil
de detectar, pues se escucha menos y a uno le sorprende el proyectil.
El teniente primero C.A.A., que como relaté, resistía
el ataque principal desde otra posición, empleando el
fuego de todas sus armas, dio vuelta un mortero y empezó
a disparar bengalas permanentemente a los ingleses que nos atacaban
a nosotros en el puesto de comando del teniente coronel. Así
que pudimos rechazar y definir mucho mejor, pero ahí
nomás sobre las bengalas empezó a tirar artillería
de ellos y, debo decirlo, con eficacia "excepcional"
como dice Nimo.
Porque la artillería es raro que pegue sin dispersión
y esto sucedió como si pusieran el dedo en un lugar y
ahí caían cincuenta proyectiles. Eso se debe a
equipo y también a entrenamiento. Con una tropa con mucho
tiempo de instrucción, nosotros también lográbamos
eso. No hablo de cadetes del Colegio Militar o suboficiales,
que a ésos uno los tiene en un camión con todos
los morteros desarmados y en un lapso de un minuto, a más
tardar, están abriendo fuego.
A través de estos ataques sacamos mucha experiencia
sobre los equipos que convenían; corrimos también
nuevamente las armas y reforzamos con tropas.
El teniente primero C.A.A., a su vez, estaba bien en contacto
con el enemigo, tan en combate casi cuerpo a cuerpo, que trataba
de replegar heridos y romper el contacto para poder tirar con
armas pesadas. Logró hacerlo, y así pudo rechazarlos.
De esa forma, tirándoles con sus propios morteros y ametralladoras.
Previamente, había habido combate hasta a diez o quince
metros, inclusive heridos nuestros quedaron entre los ingleses,
se hicieron los muertos, y gracias a Dios los tenemos acá.
Ese fue el segundo ataque.
No voy a hablar del estado espiritual que teníamos
y de los capellanes que había. Ellos ven una dimensión
humana tal vez mayor y superior que la mía, que soy combatiente.
Yo miro mucho a la gente, me gusta ver las reacciones y ya a
esa altura yo tenía idea de cómo actuaba el personal
y evaluábamos con el jefe del regimiento dónde
podríamos tener problemas y de qué modo los oficiales
de la plana mayor nos haríamos cargo de distintas situaciones.
Ya a esa altura tratábamos de modificar lo que la experiencia
nos decía. Tácticamente no aprendíamos
nada, pese a que, como dije, notamos que tenían una precisión
en los fuegos muy superior a nosotros.
Ellos tenían mucho equipo para la noche y eso lo advertíamos.
En los choques diurnos de patrullas salíamos bien. Tratábamos
de ganar el día para, ahí, poner las cosas en
claro con los ingleses. Siempre nos iba bien ahí.
En ese momento teníamos raciones encima para
cinco días desde el jefe al soldado (me dicen que las
raciones las habían hecho en la Rural), porque ya realmente
la cocina no iba más, ya nos habían bombardeado
el camión tres o cuatro veces.
Ya no los teníamos desde el monte Wall y el Kent solamente,
sino también desde nuestra izquierda. Nos estaban amenazando,
pero igual el regimiento tenía que quedarse. A retaguardia,
a unos cinco o siete kilómetros, teníamos un batallón
de Infantería de Marina el 5 que sería
nuestro apoyo, de existir un repliegue. Cambiamos nuevamente
las armas de lugar sobre todo las más pesadas y empezamos
a preparar ese flanco amenazado. Pero era difícil iniciar
una obra, inclusive por el desgaste del personal. Muchas veces
no iniciábamos una obra por el hecho de cuidarlos un
poco más, para que estuvieran más enteros para
la noche. Durante el día prácticamente no dormíamos
por la artillería y durante la noche, menosdos
o tres horas de sueño, por el combate. Esto no
se notaba evidentemente pero para esa época teníamos
un desgaste no en lo espiritual, pero sí en la parte
física. Lo notaba en cosas como que a un hombre se le
mojaran los borceguíes y se los dejara, no tratara de
secarlos; o cuando el hombre no se toma la molestia de tratar
de calentar la comida aunque cueste, cuando al hombre tal vez
se lo ve un poco callado.
Tengo que decir que la violencia de la guerra ya era total en
nuestro caso. Ya a nosotros no nos faltaba nada a ese respecto,
pues para esa fecha, alrededor del nueve de junio, estábamos
viviendo la totalidad de la guerra.

Era una guerra abierta, con todo, vivíamos en combate.
En todo movimiento de efectivos que hacíamos nosotros,
que tenía que ser al descubierto en los valles, cruzar
de un cerro a otro u ocupar posiciones en los lugares adelantados,
nos tirábamos mutuamente. Es decir, un hostigamiento
total. Había mucho combate, con entrecruzamiento de fuego
de ametralladora. Eran combates de fracciones, secciones, que
chocaban con los ingleses. Se aproximaban también helicópteros
y les respondíamos con fuego de ametralladoras antiaéreas.
Ya no solamente escuchábamos la artillería sino
que veíamos los hombres, las armas automáticas.
Ya sabíamos dónde vivían, quiénes
eran y dónde hacían la letrina. Y ellos también
de nosotros.
En esa situación yo creo, supongo, todos habíamos
encomendado nuestras almas a buscar una dignidad por la cual
vivir. Lo que significaba que teníamos que estar preparados
para las más duras circunstancias. Eso se hablaba con
los soldados y el teniente coronel ya había recibido
una orden terminante de nuestra situación y de lo que
de nosotros esperaban. Esto no quiere decir que se debiera pensar
en morir sino en vivir en una patria digna, importante. Sí:
teníamos que tener una clara conciencia de que había
que batirse hasta el final. Se habló con el jefe del
regimiento de esto y pensamos que no nos íbamos a replegar
mientras pudiéramos pelear. Y lo íbamos a poder
hacer, lo más importante, manteniendo las armas pesadas,
de las que no queríamos desprendernos. Si nos replegábamos,
temamos que ir por un caminito batidos totalmente por los ingleses
y sin armas pesadas. En ese caso íbamos a tener que pelear
con FAL contra cañones, morteros y todo lo que pudieran
poner los ingleses. O sea, el general J. esperaba de nosotros,
y el teniente coronel lo sabía, que no nos replegáramos
mientras hubiera una posibilidad de no hacerlo. Yo estaba en
un agujero de piedra, a cuatro metros de mí había
dos soldados en otro agujero de piedra arriba un cabo y así
seguía. Eramos los hombres de las cavernas y compartíamos,
es decir, uno prendía un fueguito del lado donde no podían
ver los ingleses para evitar que nos tiraran y en
una lata de aceite de cinco litros poníamos una o dos
raciones, no importa de quién. Era vida colectiva, otros
tiraban un poco de polenta y comíamos a cuchara, todos
reunidos, o nos pasábamos la lata si había mucha
artillería. Tomábamos agua del lugar, había
agua de charcos, agua elevada. Nuestra gente, nuestro regimiento,
se hizo a la vida dura y no nos pasó nada. No tuvimos
colitis, disentería, tiada, nada. No teníamos
ni resfriados, eso es lo que más sorprendía: que
en ese clima realmente duro, no tuviéramos ni un
resfriado. Nadie vino a decirme tengo gripe, me duele la cabeza.
Sí tuvimos algunos que tuvieron enfriamiento de los pies
e inmediatamente, bajo el fuego, se los evacuó.
Justamente hay un capitán por el que tengo un sentimiento
muy especial realmente de admiración. Este hombre era
logístico, un hombre que está a retaguardia llevándole
a la primera línea todo lo que sea posible, todo lo que
necesite; aunque uno pidiese lo más descabellado, este
hombre aparecía con algo. Así apareció
con las coheteras del Pucará que, como creo ya dije,
usaba para disparar la compañía del teniente primero
C.A.A. en una adaptación casera y de ingenio, pues son
de avión. Hasta con cacerolas inflables hubiese aparecido..
- con cualquier cosa. No nos olvidemos de la situación
crítica en la que llegamos, cuando el bombardeo del lo
de mayo destruyó gran parte de nuestro equipo en el aeropuerto,
y cómo terminó combatiendo el regimiento. Todo
eso se debe a este hombre que nos trajo de todo, nos amontonaba
cosas, no nos alcanzaban las manos con que tirarles a los ingleses.
Ese era el capitán J.R.F. Este hombre, además,
no obstante ser logístico, tomó un jeep de evacuación
y llevaba heridos e iba rezando el Rosario de vueltabajo
el fuego con los heridos. Y créanme que para un
herido que está asustado o lo que sea, en ese momento
la palabra de Dios es importante.
Estos actos se transformaron en algo diario. El soldado que
venía con un tacho de comida también era un héroe
porque llegaba en una de ésas con la manija sola o con
la polenta llena de tierra de las explosiones.
O por ejemplo, el soldado S. que en el ataque nocturno que
conté que rechazamos, se prendió a una ametralladora
y no lo podíamos bajar ni después que se habían
ido los ingleses. Seguía tirando. Y el día que
aparecía un Harrier, mejor estar en cualquier lugar menos
cerca de la ametralladora esa, porque él giraba tirando
para todos lados. El único lugar seguro era detrás
de él. El combatía contra el Harrier y se olvidaba
del mundo; este soldado era un ejemplo.
Y ni que hablar de la "picardía" de muchos
de nuestros soldados. Nuestros víveres calientes, es
decir, nuestros zapallos, arroces, fideos, estaban a retaguardia,
a muchos kilómetros, porque le tiraban tanto a la cocina
que cuidaba mucho ya la comida. Entonces cuando uno traía
víveres, traía tal vez mil kilos y llegaba siempre
menos porque la diferencia quedaba entre los cargadores: se
llevaban su paquetito de polenta, de arroz, de fideos, cada
uno la mejoraba a su manera y nosotros hacíamos la vista
gorda. Y con respecto a los cigarrillos yo no fumo nada,
aunque ahora sí porque estoy muy aburrido en el hospital,
era una cuestión muy colectiva. El que sacaba cigarrillos
convidaba a todos sea quien fuere, jefe o no jefe, no había
problema. Y el soldado estaba permanentemente pegado con las
múltiples anécdotas y todo lo demás. Pero
sí puedo decir que el cuerpo estaba fatigado, no la mente
ni el corazón, pero el cuerpo sí.
El día 12 de junio, creo que fue el 12, ya los veíamos
venir; ya habíamos visto efectivos grandes después
del desembarco inglés en Bahía Agradable; también
nosotros habíamos pedido que atacaran a esos barcos porque
los dominábamos con la vista. Este desembarco fue atacado
por nuestra aviación, como se recordará, y como
digo, nosotros pasábamos información de lo que
veíamos. Ahora sabemos que los ingleses trajeron ahí
tres regimientos. Una tarde localizamos fracciones que avanzaban
y los rechazamos con artillería y morteros. No sé
si habrán sido de esas tropas o de otras enemigas. ,Para
nosotros en ese momento eran todos ingleses para el otro lado.
Después sí, al caer herido y prisionero me fui
informando de muchas cosas que me dijeron ellos mismos, como
qué gente venía marchando, quiénes desembarcaron.
En fin, me fueron completando el panorama de lo que había
pasado.
Bueno, así llegamos al 12 de junio, al que sería
el combate final para mi regimiento, algo desgastados. Dormíamos
acurrucados y cuando se oía un disparo o una bengala
salíamos porque más allá de todo uno es
director, conductor, pero éstas son cosas naturales de
la guerra.
Llega como digo el combate final, que empezó con ráfagas
del lado de la costa pero abajo del cerro nuestro, creo que
fue el 12 repito, después me dijeron en el "Uganda"
que era el día en que había venido el Papa; ahí
me enteré que había venido y por supuesto debe
haber venido Dios con él.
Antes de seguir voy a resumir un detalle que olvidé
decir. Otra vez habíamos cambiado las armas de lugar
apreciando más o menos lo que los ingleses pretendían.
O sea de acuerdo con lo que el enemigo pretende, el arma no
se puede poner en cualquier lugar. Se busca que tenga la mayor
protección posible, la mayor posibilidad de disparar,
de cubrir la mayor cantidad de terreno posible, aunque siempre
va a haber ángulos muertos. Por ejemplo: si yo estoy
en una ventana veo muchísimo, pero no veo pegado a la
ventana. Ese es un ángulo muerto. Las armas que se cambiaban
eran las MAG, los morteros y las 12,7. La 12,7 es una ametralladora
que se ve montada arriba de los tanques; son las ametralladoras
grandes, muy pesadas. La MAG lo es menos, pero lo que pasa es
que la MAG tira mil disparos por minuto. Una MAG reemplaza a
un montón de fusileros. O sea que esa MAG vela por diez
hombres o veinte o treinta que hay en la sección, pero
hay una 12,7 que vela inclusive por la MAG. Esa es la importancia
de la 12,7 que, además, es antiaérea.
Cambiar de posición las armas es aparte de lo que expliqué
buscar un lugar, otro lugar dominante desde donde se pueda atacar
al enemigo sorprendiéndolo, tal vez por un flanco; es
decir, hay que tratar de no ir a la "cara". Si se
lo agarra por la espalda, mejor, que ésa es la ley de
la guerra. Uno trata de evitar el mayor daño propio posible
y provocarle los mayores dolores al enemigo.
Así que corrimos, como digo, otra vez las armas pesadas
y con una oportunidad increíble. Muchas veces uno aprecia,
pero no sabe con seguridad si el inglés va a hacer eso;
afortunadamente esa noche, en este aspecto estuvimos muy acertados.
En otras oportunidades fueron los ingleses los que nos causaron
sorpresas a nosotros.
Nosotros teníamos nuestras vulnerabilidades: estar
muy distanciados de Puerto Argentino, ser un efectivo desparramado
en un amplio frente; pero dados esos medios y lugar geográfico,
tenía que ser así. La misión que se nos
había dado era rechazarlo, desgastarlo, provocarle el
mayor dolor de cabeza al enemigo. Lo que queríamos era
provocarle tanto daño que los ingleses se parasen con
la bandera blanca en el monte Kent y ya no quisiesen saber nada
más, más o menos eso. No pudimos y al fin levantamos
la nuestra, pero la realidad es ésa.
Vivíamos pensando en los detalles: el disparo, una
luz, el fuego, el radar, ruidos de helicópteros; es decir,
cada uno de nosotros era un radar en potencia. Nos consultábamos
y las inquietudes llegaban a la plana mayor y al jefe, y evaluábamos
qué estarían haciendo los ingleses en la noche.
Esa noche, la de nuestro combate final, estaba digamos
en "corte y costura" haciéndome un chalequito
para poner los cargadores, que iba a ser mucho más cómodo,
y estaba cosiéndolo. Viene a ser, como digo, un chalequito
para colocar todo: cargadores, pistola, etc. Entonces uno puede
estar tranquilo comiendo y sin el peso de esos, más o
menos, diez kilos. Cuando empiezan los tiros, uno agarra el
chaleco y sale corriendo para el lugar de los tiros. Sabe que
lleva todo ahí y no el cinturón por un lado, la
pistola por el otro y por ahí se olvida la linterna y
todas esas cosas. Así que con una linda velita de dos
centímetros, el último cabito que me quedaba,
estaba de costurera, en realidad no lo pude hacer antes porque
estaba mojada esa ropa: el "chaleco" era una vieja
camisa mía.
Cuando estaba en esto, oigo: Prrr... prrr. -. prrr, es decir,
disparos esporádicos como a cuarenta metros abajo. Me
pareció que era más lejos sobre todo porque eran
esporádicos, por lo reducido del fuego. Al rato, prrr.
- - prrr... prrr. Ya por ahí dos ráfagas más,
cortas, breves, abajo; ya estaban más cerca, a veinte
metros. O sea que ya podía ver entonces por una ranura
del agujero donde estaba yo metido que era todo roca y me metía
parado, como todos. Eramos ratas realmente, pero por eso pudimos
aguantar tanto tiempo la artillería. Por una ranura,
repito, traté de ver. Escuché también hablar
como a trescientos metros de mí. Gritaban en inglés
y gritaban en castellano para el lado donde teníamos
los morteros pesados, siempre sobre la dorsal del cerro.
Esta sección fue la primera atacada y estaba a cargo
del subteniente J. que ahora está en silla de ruedas,
herido. Evidentemente fue una infiltración grandísima.
Por los informes que tengo hasta ahora no puedo precisar exactamente
el punto por donde entraron, pero sí sé que entraron
por el flanco que teníamos totalmente cubierto, que era
el de la costa que iba para Puerto Argentino. Lo teníamos-
minado, ese campo minado costó mucho tiempo, costó
sudor, costó bajas, y se pusieron esas minas que pesan
veinte kilos. Lo que pasa es que es como todo. Aunque a uno
le pongan campos minados, si tenemos que atacar, atacamos igual
y ya veremos por dónde pasamos. Esa misma determinación
pienso la tenían ellos. No nos olvidemos
de que eran profesionales y actuaban como tales hablo
de gente seria que sabe lo que quiere y lo que está haciendo.
No es lo mismo alguien que estuvo un año en la Facultad
de Medicina que un médico recibido. Así que ellos
actuaban correctamente, pienso, como queríamos hacerlo
nosotros.
Pero esa noche empezó, como digo, ese fuego de distracción
debajo de mi pozo y mi problema era que estaba muy próximo.
Cuando miré, vi las bocas de fuego, aunque no me tiraban
a mí, a Dios gracias, sino que tiraban más arriba
hacia la izquierda. Pienso que era para distraernos mientras
atacaban a los morteros en un silencio total. Y allí,
además de las voces se escuchaban ya el bombazo de una
o dos granadas, dos o tres ráfagas de ametralladoras;
todo esto siempre en el cerro y no había luna todavía.
Se notaba una confusión allá y evidentemente algo
pasaba aunque no sabía exactamente qué. Allá,
como digo, a trescientos metros.
Mi posición, o sea mi pozo, estaba detrás como
de un escaloncito de un metro y allí estaba yo. Como
a quince metros había una carpa de unos suboficiales
que habían puesto ahí su equipo, porque realmente
no entraba el equipo de uno en el hueco.
Entonces, vi que los ingleses que ya estaban a quince metros,
evidentemente creyeron que en la carpa había gente y
se engolosinaron tirándole y tirándole. Se acercaron
más hasta que vi que estaban a dos metros de la carpa
y, lo peor, que estaban ya casi a mi misma altura. Como yo arriba
de mi pozo terna un poncho impermeable, pensé que el
brillo del rocío me iba a delatar en la noche pues ya
salía la luna y ellos mismos empezaban a tirar con bengalas.
Yo había preparado el chaleco con la pistola, los cargadores,
dos granadas, y vi que estaban muy próximos. Cuando llegasen
a mi altura me iban a ver, a mi me hubiese convenido que estuvieran
más lejos para poder salir con más libertad. Además,
yo no tenía un arma larga pues era el oficial de inteligencia
y tampoco tropa a mi mando pues era un asesor del jefe del regimiento.
Entonces, armé la granada y preparé la pistola.
Ya estaban casi a mi altura, los escuchaba: estaban ahí
no más.
Tiré entonces la granada hacia la izquierda y escuché
plac... plac... plac... plac... y pensé: "No pasa
nada... ¡sonamos!", y entonces, hubo un gran bombazo,
¡Brroooommmm! A Dios gracias.
Oí un quejido, un grito, una mala palabra o no sé
quéfue en inglés y de ahí no
salieron más tiros, pero ya había como cinco armas
más tirando. Afortunadamente un poco desplazadas hacia
mi derecha, y hacia ahí tiré cuatro o cinco balazos
con pistola, así, rápido, prácticamente
sin apuntar, en la oscuridad, entre las piedras. Y me preparé
a escuchar, ya que lo único que me quedaba en ese pozo
era escuchar si alguien se aproximaba y tirar al cuerpo.
En ese momento escuché más abajo estas armas
que estaban más arriba; o sea, se habían replegado
al escuchar la granada. No sé qué habrán
pensado pero se fueron para atrás. Y ahí sí
ya no eran los cuatro o cinco hombres que avanzaban sino diez
o quince armas que abrían fuego. Ahí sí
me empezaron a tirar porque descubrieron ¡ni posición
por los tiros de pistola, porque con la granada no era posible.
-
Tuve la suerte de que apareciera un correntino, no sé
de dónde salió. La cuestión es que éste
no me vio tan disimulado estaba mi pozo, y me puso
el FAP arriba de la cabeza. Me dejó sordo. ¡Rrrrr...!
Y le dije: "Escuchame ¡pará!" Casi me
rompe los tímpanos. Me acordé de toda su familia.
Le pedí el FAP porque yo tenía localizados a dos
o tres ingleses que se habían puesto detrás de
una piedra grande.
Me dio el FAP y empecé a tirar y el soldado correntino
no entendió bien y se metió al pozo también.
Si yo apenas entraba parado, los dos estábamos calzados
ahí. Yo no podía echar para atrás el brazo
para tirar y era un despelote los dos en el pozo. Entonces el
milico me dijo:
"Mi teniente primero, yo creí que entrábamos
los dos: voy a salir". "Si no me puedo ni mover",
le contesté yo. Entonces le hice pie, salió de
nuevo, le di el FAP, tiró él y salí yo;
pero no podíamos movernos mucho porque la pendiente hacia
atrás era tan pronunciada que no teníamos defensa.
Apareció en eso una 12,7 o sea el bendito soldado S.
en acción y empezó a tirar, y a tirar, y a tirar.
Yo paré entonces el fuego de FAP esperando ver de qué
modo podíamos sustraernos y buscar una mejor altura.
Pero junto a S. y su 12,7 empezaron a tirar desde aquellos trescientos
metros de que hablé antes, con armas automáticas.
Primero pensé que, como nosotros teníamos tropas
allí, nos tiraban equivocados, y después me di
cuenta de que eran armas de ellos. Así que la cosa se
puso fea. Había dos cabos en dos pozos que estaban en
la misma situación que yo había estado, sin poder
salir y no podían ni agarrar el fusil. Entonces agarré
el fusil de uno de ellos, que tenía un problema en la
vista, hice fuego y empezamos a replegarnos combatiendo hacia
arriba, o sea respondiendo con el fuego al fuego y todo al descubierto.
Desde la posición de donde tiraba el soldado S. aparecieron
dos o tres FAP más pero la que nos salvó fue su
12,7, que los obligó a los ingleses a meterse en donde
Dios les diera lugar. Era impresionante cómo tiraba esa
12,7. Y eso también hizo que el fuego no se concentrara
sobre mi sino que se dispersara y así pude empezar a
responder el fuego porque, como dije, tomé un FAL y el
suboficial me dio cinco cargadores, que con dos de un soldado
hicieron siete. Además tomamos un cajón de munición
que teníamos guardado. Destapado y todo listo para combatir.
Lo empezamos a correr y a combatir de costado. Es decir, no
desplazándonos para atrás sino combatiendo contra
los ingleses lateralmente, para ganar altura, siempre apoyándonos
mutuamente: uno tira, el otro pasa; uno tira, él otro
pasa. Podría decir como en el cine, porque en el cine,
en realidad, hacen lo que la guerra manda, aunque exageran o
pensándolo bien se quedan cortos en algunas cosas.
Porque he vivido cosas que no me las olvido más y que
prefiero verlas en cine y no ahí.
Lo sorprendente de este movimiento es que nos tuvimos que
organizar lateralmente porque nos tiraban desde abajo y desde
arriba, así que de esa forma llegamos a la altura. Mientras
fuimos avanzando lateralmente, S. seguía tirando y otros
fusileros también. Es decir, se va reforzando el lugar
del ataque principal que ya veíamos que era un ataque
muy serio. En la posición que yo había abandonado,
los ingleses tenían ya unas treinta bocas de fuego y
en la parte donde me estaban tirando ya había advertido
unas ocho. Es decir, gente que venía avanzando por la
altura, y a su vez, tratando en el medio de esto, de ganar altura,
justo antes del puesto comando. Unos setenta metros, más
o menos, gané de altura.
S. siguió tirando, escuché dos morteros descartablesson
como una gran granada que-le tiraban y al segundo pensé
que le habían dado, pero al rato otra vez: ¡Rrrrr!
- -. iRrrrr! y los ingleses de nuevo a tirarle. Así transcurrieron
las horas y el soldado S. reaparecía tirando. Es típico
el ruido de la 12,7, en comparación con las otras armas.
Y era mi flanco, un flanco muy importante; el soldado S. me
cuidaba ese flanco y me confié en él.
Apareció también el teniente A.G. con unos soldados;
no recuerdo la cantidad. Me lo encontré en la media pendiente;
yo ya tenía los dos cabos y cuatro soldados. Entonces
me fui al puesto comando para avisarle al teniente coronel cuál
era la situación, aclarándole que ya no era un
golpe sino un ataque definitivo. Esto lo hice después
de cruzarme en la pendiente con el teniente A.G. y sus soldados.
Los cabos y los soldados quedaron en posición, excepto
el soldado G. que fue conmigo al puesto comando. El soldado
G. fue realmente mi guardaespaldas, porque los ingleses ya nos
estaban tirando a dos metros de nuestras cabezas, como mucho,
y correr ahí a través del cerro no era fácil.
y. me cubría. Llegué al puesto de comando que
era un agujero grande con la radio, y el teniente coronel D.A.S.
estaba hablando con el general J. Estaba dando la situación
y explicando la necesidad posible de un inmediato fuego de artillería
a pedido, con los cañones más grandes, los SOFMA.
El puesto de comando se encontraba a unos setenta metros del
lugar donde dejé a los cabos con los tres soldados y
me fui con G.
Ya había advertido que a mi izquierda, a unos cuatrocientos
metros tirándose hacia un pequeño valle por unas
grandes piedras hablo de piedras de cincuenta metros por
doscientos de largo, se estaba combatiendo pues se veían
las trazantes. Es decir, se estaba generalizando el fuego. Desconozco
qué pasaba en la primera línea, realmente.
Ya teníamos una idea de los efectivos que había
en esta área, los que eran muy superiores a nosotros
pues estaban calculados en unos trescientos a cuatrocientos
hombres, por lo menos, ya vistos. Todos comandos ingleses. Luego
de explicar la situación me volví adonde había
dejado a los dos cabos y los soldados.
Allí observé que los ingleses habían
avanzado más sobre nuestra izquierda. Por supuesto todo
esto había transcurrido en una o dos horas. Regresé
nuevamente al puesto de comando e informé que yo aguantaba
la situación en mi frente, pero donde no podía
aguantar era en mi flanco, porque no tenía efectivos
y yo ya recibía proyectiles a uno o dos metros de altura,
lo que significaba que los ingleses habían avanzado la
pendiente; porque primero, siguiendo la pendiente natural pasarían
los proyectiles a unos veinte metros de mi cabeza pero pasando
a uno o dos, estaban muy, muy próximos. Además,
recibimos algún fuego de rebote de bala perdida de nuestra
izquierda también.
En ese momento empezaron a caer bengalas sobre el puesto de
comando y parecía "Alicia en el país de las
maravillas" porque caían una, dos, tres, cuatro
bengalas... Llegué a contar hasta catorce bengalas en
el aire, una arriba de otra; parecía un arbolito de bengalas.
Regresé hacia mi posición, que estaba a unos
setenta metros del puesto de comando y cuando había hecho
unos cuarenta encontré a un cabo con dos fusileros, resistiendo
desde la altura. Es decir, ya era. crítica la situación
y mi problema era que me iban a cortar con el puesto de comando.
Estaban tirando desde ahí no mas.
El teniente A.G. me dijo que necesitaba hombres y justo en
ese momento recibimos más gente que venía en la
oscuridad, del lado de los ingleses. Enganché otros más
y le di dos al teniente A.G. y tres dejé a mi retaguardia,
porque ya empezaba a dudar de la capacidad de resistencia ante
semejante ataque de la parte izquierda que cubría el
subteniente S. En esa zona era terrible el fuego, muy intenso.
Todo señalaba ya el objetivo principal de ellos, con
los comandos subiendo en todas direcciones. En primera línea
escuché fuego intenso, granadas, ráfagas, fuego
que disminuía, después aumentaba, en varias oportunidades.
Llegué a la posición confiando en que el regimiento
se iba a poder replegar y ya éramos diez conmigo. Tenía
dos heridos: un cabo, que tenía la cara llena de sangre
y estaba desvanecido, lo toqué y a Dios gracias,
sentí que pulsaba todavía; y un soldado con un
balazo en la pierna. A los dos los retiré hasta una roca
grande como una cama, que estaba a unos quince metros y volví
a la posición y seguí tirando, y dirigiendo el
combate. Los heridos eran el cabo D., y el soldado P.
En el lugar donde yo estaba los- ingleses habían puesto
ciento cincuenta "monos, segurísimo, de entrada.
Los habíamos visualizado por las bengalas; eran comandos,
por el tipo de ropa y por las armas que tenían. El fuego
era intenso y trataban de avanzar por la izquierda. Ahí
les hacíamos- fuego reunido; yo ya tenía un hombre
encargado de cada sección.
Acá debo señalar que al recibir gente vino un
cabo con una bolsa, que era como una funda de almohada, llena
de munición, y aparecieron - dos soldados con pistola.
Al cabo lo subí a una altura de tres metros en la oscuridad
porque tenía un visor nocturno, el que nos sirvió
para ver los movimientos y los bultos. El cabo me avisaba que
venían cinco o seis ingleses y como yo conocía
muy bien la zona y me entendía con él, tiraba
una trazante hacia donde me indicaba y les decía a los
soldados que vieran la trazante y ordenaba fuego reunido sobre
ese sector. O sea, el cabo los descubría con el visor
y me decía: "Se acuerda dónde estaba tal
cosa? Bueno, de ese lugar vienen tres ínglesitos".
Entonces tiraba yo la trazante y les decía a mis hombres:
"Vieron todos? ¿Sí? ¡ ¡Entonces,
fuego reunido! "
Los ingleses que intentaban avanzar estaban en el mismo cerro
que yo, como en una saliente que quedaba enfrente de nosotros,
que era como una mesetita más alta que el lugar donde
estábamos. En el centro, había una gran roca en
un pequeño vallecito. Los ingleses entonces se ponían
ahí, porque les surtíamos por todos lados. Corrían
y trataban de llegar e inclusive sorprendimos infiltrados abajo
y les dimos con todo también. Otra vez se replegaron,
los que pudieron, y alguno habrá caído. También
yo veía con alguna bengala todo el lateral derecho de
ellos y veía que seguía subiendo gente y algunos
que querían bajar. Es decir detrás del cerro,
a trescientos metros, seguían subiendo pero cerca de
mí, digamos a unos setenta metros, trataban de bajar
para acaso rodearme por la derecha. También ahí
los estudiaba y decía a uno que tirara sobre una roca,
a otro que tirara donde cayó la bengala y ni el nombre
sabía de los soldados porque no eran míos. A uno
le decía "petiso" o "correntino"
y cada uno ~e las arreglaba para entender. No sé el nombre
ni las caras, ni del cabo conozco la cara. Si lo encuentro en
la calle no lo reconozco, y me salvó la vida, realmente.
Lo mismo el soldado G. que fue mi guardaespaldas; yo le decía:
"G., vamos!" y G. con una habilidad tremenda venía
y nos metíamos en la boca del fuego. Unas veces estuvimos
planchados contra una roca de veinte centímetros y no
podíamos movernos, ni siquiera una rodilla. Justamente
la segunda vez que veníamos del puesto cuando nos dieron
con todo: silbaban las balas y rebotaban en las piedras.
Volviendo a nuestra situación, nos habían tirado
cuatro de esos morteros descartables pero pegaron a cinco o
seis metros. Uno pegó justamente cerca de la piedra de
los heridos.
Al soldado S. ya no lo escuchaba para esa hora y tampoco oía
mucho volumen de fuego de la parte izquierda mía, o sea
del- subteniente S. Era un fuego disperso totalmente, la intensidad
del combate había disminuido excepto al frente, donde
estaba el teniente primero C.A.A. con su compañía,
desde donde se escuchaba un volumen de fuego mucho mayor. Se
ve que pudieron cambiar de posición, porque estaban combatiendo
muy fuerte; en fin, ignoro los detalles porque todavía
no he hablado con ellos.
La cuestión es que seguí en el cerro, ya tenía
los dos heridos y seguíamos resistiendo bien. En ese
momento teníamos tres soldados a la retaguardia, tres
FAL más conmigo que cambiábamos de posición
en unos quince metros de frente por cinco, y el cabo con el
visor y los heridos. Era un pequeño lugar que dominábamos
bien.
Ya en ese momento en el monte Dos Hermanas había empezado
el combate. Sobre todo una ametralladora que desde allí
tiraba para nuestro sector que era el monte Harriet; ahí
era donde nos encontrábamos combatiendo. En Dos Hermanas
estaba otra de nuestras compañías con el oficial
de operaciones que era el capitán C.A.L.P. La distancia
entre nosotros y ellos en el Dos Hermanas era de unos dos mil
metros y vi, como dije, el fuego de esa ametralladora. Después
ya vi un fuego generalizado de trazantes para el cielo, para
abajo o rebotando y empecé también a escuchar
fuego de armas pesadas morteros y artillería.
El ataque a ellos no fue aparentemente coordinado con el ataque
a nosotros.
La cuestión es que continuamos el combate. La piedra
mía era tan chica como la altura de una silla, tanto
es así que no podía siquiera arrodillarme y estaba
totalmente encogido. Como la luna me daba sombra para la izquierda,
entonces tuve que empezar a tirar como zurdo. Lo que fue algo
nuevo para mí, que soy diestro. Debía evitar que
la luna me delatara. Además, estos ingleses desgraciados
veían como los dioses porque el fuego era realmente preciso:
a esa piedra mía le pegaban por todos lados; aunque a
Dios gracias a mí no. Yo veía el fuego en mi cabeza,
por mis piernas, era todo fuego. Lo mismo, por supuesto, a mis
soldados y por eso hacíamos pausa de fuego.
En momentos les hacíamos cinco disparos y nos metíamos
de nuevo en el lugar, o si podíamos cambiábamos
de piedras. Pero ya no teníamos el movimiento de poco
antes. En ese momento se provocó un tercer herido. Yo
no sé dónde le pegaron realmente, sólo
escuché quejidos y quedó abajo, digamos, del cabo
B., que era el del visor. Para cambiar el cargador tenía
que recogerme en la piedra de espaldas al suelo y recogidas
las piernas, hacerlo pegándome el cañón
del FAL a la frente, para evitar que los disparos me hicieran
blanco.
Estaba en esto cuando oí que gritaban: "¡Me
tiran! ¡Me tiran1 ¡Mi teniente primero!" y
vi a alguien que salía arrastrándose del lado
de donde había dejado a los heridos y vi todas las trazantes
que le llegaban. Creí que le habían dado todas.
Veía la cortina de trazantes y la figura de él
en la oscuridad clarita porque ya había luna,
pero le pasaron por detrás. Se arrastraba rápidamente
hacia la izquierda con la cola en el suelo y con una mano se
impulsaba, no sé bien cómo lo hacía. Me
di cuenta de que era el soldado P. que había sido herido
antes en la pierna, y yo había dejado junto al cabo herido
y desvanecido. Por el tipo de fuego que escuché y la
brevedad, pensé que era un infiltrado el inglés
ese y me preocupó el cabo que estaba herido ahí.
Que el otro herido era el soldado P. me enteré luego
en el "Uganda" que fue cuando él me lo contó,
porque yo no sabia como dije el nombre ni conocía
las caras de antes.
En ese momento fui para atrás de esa gran piedra, que
era como una cama. A lo mejor era también un argentino
que estaba tirando mal pero lo que no me explicaba era qué
había pasado con los tres míos. En ese momento
advertí que del lado del subteniente S., el combate ya
había cesado, a mi derecha ya no oía más
al soldado S. y unos minutos antes el soldado G. me informaba
que el puesto de comando ya se había podido mover entre
los ingleses a otro lugar.
Después me enteré de que el subteniente S. había
desaparecido; supe allá que fue herido en el combate
pero no sé si falleció o no; tengo la esperanza
todavía de que aparezca, Dios sabe por qué.
La cuestión es que en ese lado ya no se combatía,
pero en Dos Hermanas sí se veía el entrecruzamiento
de disparos. Yo, como dije, no me imaginaba qué había
pasado con mis tres soldados de la retaguardia y me preguntaba
qué había ocurrido con esos changos mientras combatía
hacia el frente. Después desgraciadamente, incluso a
través de los ingleses, comprobé que estaban muertos.
Pero en el momento pensé que era un inglés infiltrado
o un argentino equivocado el que estaba tirando. Fui a retaguardia,
aparecí en una piedra justo pegada al lado de donde tenía
qué estar el cabo herido que estaba no más
y sentí una ráfaga terrible que venía,
pero me tiré para atrás y entonces la piedra la
rechazó, pero uno me tomó el brazo izquierdo.
Fue un inglés como a quince o veinte metros de mí;
estaba en una piedrita agazapado. Tenía entonces un inglés
adelante, ingleses a la derecha e ingleses alrededor. Pero vi
a uno solo. Me dio en el brazo izquierdo; pude medio recogerme,
sentí como el golpe de un palo fuerte y me quedó
agarrotada la mano, pero sostenía el FAL. Como a mí
me quedaba una granada, la saqué y la armé, dejando
la última chaveta un segurito que se saca con el
pulgar y la metí en el bolsillo derecho. Hice un
cambio de posición.
No nos olvidemos de que a mí ya me estaban tirando
de la espalda donde no tenía ninguna cubierta y había
recibido fuego de adelante. Hice unos cinco metros para ir a
una piedra y caí. Quedé junto a un escalón
de diez metros que se prolongaba por unos cien. Hasta los ingleses
en el cerro y hasta el puesto de comando, se ha ese escalón.
Pensé que en ese lugar que había sombra, podía
aparecer, listo para localizar al inglés por si se me
había movido. Mientras tanto, los míos que habían
quedado adelante seguían tirando y les pedí que
me apoyaran, que iba a lanzar la granada, y cuando comenzaba
a ver al hombre me sorprendió de golpe detrás
de la piedra misma ver a cuatro ingleses. Pero no pegados a
la piedra, sino que estaban a cinco metros como reunidos o algo
así. Estaban, creo, sobre los tres soldados míos,
muertos, porque era el sector ese. Al ver a los cuatro, la reacción
mía fue tirarles con FAL, pero no llegué a tirarles
porque de abajo de ese escalón de diez metros que se
iba después hacia el valle suavemente, vi ya tarde, la
figura del tipo este: medio cuerpo le vi, y del estómago
salió toda una estufa de cuarzo que se me vino encima.
Digo estufa de cuarzo porque fue toda una cosa roja que se me
vino encima. Cuando lo advertí algo me lo advirtió
y miré, vi que se me venía un mundo de rojo encima,
que eran todas las trazantes que me tiraban. Ya fue todo en
cámara lenta.
Ahí sí caí justo antes del precipicio
y quedé colgadito. Digo precipicio pero era el escalón
de diez metros y lo que yo recuerdo es todo en cámara
lenta. Fue un segundo fatal digamos porque me di
cuenta de que me habían dado porque estaba sin casco,
con el fusil, y caí sobre las rodillas y los codos y
pensé que tenía que evitar que me remataran. Corrí
no sé bien cómo hacia el frente donde
estaba el del visor y caí. Llegó el momento en
que no daba más y caí y quedé entre dos
piedras a Dios gracias bastante bien colocadas.
Me quise mover y no "iba" más. Entonces le
dije al cabo B. que saliera por donde pudiera con los dos soldados
que eran los únicos que quedaban sanos, que trataran
de salir y combatir, y de salvarse. El cabo dijo que no, que
no me iba a dejar y le dije que era una orden y que saliera,
que yo ya estaba bien. Me iluminó el cabo y ahí
me di cuenta de que estaba realmente tocado por todos lados.
Este cabo empezó a gritarles a los dos soldados que me
ayudaran, que me pusieran una manta y algo en la cabeza y él
lloraba y me decía que no me iba a dejar y yo le decía:
"Dejame, dejame que estoy con Dios; dejame rezar
Yo tenía una paz muy especial, me iba muy adentro y
tenía un calor muy especial. Le hablaba como si Dios
estuviese para mí solo y le agradecía todo. Yo
siempre le había pedido a través de todas esas
noches dignidad para cualquier cosa. Lo único que quería
era dignidad para vivir y creo que me la dio y no lo digo para
afuera sino que lo digo sinceramente.
Y fue así, me fui yendo lentamente, me sentía
desangrar. Sentía el olor de la carne, realmente un "bifacho"
tenía encima, las trazantes queman, y me iba, me iba...
empecé a sentir una especie de silencio mayor. Evidentemente
me estaba desvaneciendo. El cabo B. lloraba:
"¡Usted no se va a morir! ¡Usted no se va
a morir, mi teniente primero! ¡Yo lo voy a cuidar! ¡Yo
lo voy a sacar!", me decía el cabo.
Algo decía, que quería hacer una camilla. Pero
estaba en el medio de los tiros y además ya los ingleses
nos empezaban a tirar a ese lugar, que era un sector como de
un pasillito del tamaño de una cama. Los ingleses nos
tiraban descartables morteros, uno pegó y
nos dejó sordos. A mí por lo menos durante tres
días, hasta llegar al "Uganda" estaba todavía
medio tonto. Porque pegó muy cerca, a dos metros. Después
al llegar acá, al hospital, me enteré de que me
cayeron esquirlas y se me metieron en las rodillas.
En el lugar en que uno está herido ve la sangre, siente,
y uno se da cuenta de que le empieza a entrar un frío:
empieza a transpirar, transpira. Le repetí que me dejara,
que estaba muy sereno, que no sentía gran dolor pero
que me dejara, que estaba en paz. Y cl cabo no salía.
Entonces le dije que bueno, que íbamos a jugarnos, si
Dios lo quería, que se rindiera, que hiciera lo imposible.
Pero el cabo no quería rendirse, quería sacarme
a mí y lloraba. Lloraba a los pies justamente y me decía
que no me iba a morir, que me iba a cuidar.
Ahora que lo pienso era dramático ese momento. Y el
tipo me puso mantas y me acuerdo que le pedí agua y me
dio whisky, me llenó la boca de whisky y me daba whisky...
Y adiós, telón, muy cerca de Dios, lo
juro por Él. Era un Ser que estaba muy pegado a mí,
era el único Ser al que estaba confiado totalmente. Yo
ya estaba desde hacía mucho tiempo despedido mentalmente
de mi familia, creo que todos teníamos esa preparación
espiritual. Eso lo hablamos con los capellanes. Creíamos
todos hacer una gesta realmente gloriosa y en la cual no íbamos
a fallar.
Después me enteré con orgullo de
otros detalles de la acción de mi regimiento. El jefe
se había ido hacia la primera línea, la compañía
"B" del teniente primero C.A.A., con lo que quedaba
del puesto de comando, para seguir dirigiendo las acciones.
Sé que a la madrugada vino un oficial inglés
al cual me rendí y pedí que cuidara al cabo y
a los soldados que me quedaban.
La idea nuestra fue siempre llegar a combatir de día
porque ahí éramos más parejos, digamos;
pero no pudimos llegar al día, por lo menos en mi caso.
La cuestión es que apareció luego el oficial
inglés. Antes, en la oscuridad, apareció un comando
inglés y se empezó a tirar también artillería-
sobre nuestra zona.
Luego de una serie de vuelos en helicóptero, aparecí
en el "Uganda". Allí, por primera vez hablé
y tomé conciencia de todo lo que había pasado,
o sea, volví realmente en mí.
Al primero que encontré fue a un subteniente M., que
me saludó. El estaba recién operado y es de los
recién egresados del Colegio Militar, los que fueron
egresados antes de tiempo. Una bravura tremenda los pibes estos
realmente tenían todas las "chinches" en la
cabeza. Hubo uno que hubo que doparlo porque habían pasado
dos días y seguía la guerra para él.
También un soldado que estaba en la camilla de abajo,
me preguntó si era el teniente primero J.A.E.
En el "Uganda" me dijeron también que había
un señor de la Cruz Roja, un señor muy bien puesto,
suizo después me enteré, que quería hablar
conmigo. Le dije que por favor no, por los dolores que tenía.
No sé cuánto tiempo habré estado ahí,
como en un pasillo; después me pusieron en una fila de
camillas y pasé a una sala.
A mí ya me habían operado tres veces los ingleses.
Ahí en la sala, antes de que me asignaran una cama, encontré
al borde de la camilla a un argentino que me dijo que era el
soldado P., si no me acordaba de él. Me explicó,
y era el que estaba herido, el que me avisó gritando
que le tiraban.
Hablamos de las cosas que les gritábamos a los ingleses,
de los insultos, y me contó que a él lo habían
retirado de la zona, que habían llevado a todos los heridos
y los muertos. Me contó todo lo que me hicieron y no
me hicieron, porque iba adelante de mí en la camilla.
Así supe qué me habían hecho en San Carlos
y todo eso. Como él estaba sólo herido en la pierna,
estaba bien consciente. Por él sé el resto de
la historia.
Después, a través de prisioneros y relatos de
toda la gente que encontré en el "Uganda" y
en los hospitales, fui enterándome de todo. Estos soldaditos
que estuvieron conmigo son de los que tienen los pies helados
y el corazón caliente. gente del norte, muy sufrida,
muy respetuosos. Gente muy adaptada, y sobre todo, corajuda.
Para cualquier cosa había voluntarios, no había
problemas; hasta ir a buscar la comida entre la artillería
era toda una proeza, y siempre había voluntarios. -
Ahí me encontré en total con diecinueve argentinos:
cuatro oficiales, cinco suboficiales y diez soldados. Me enteré
de muchas cosas que sucedieron en otros sectores de mi unidad,
que desconocía. También en el "Uganda"
tuvimos un cura católico, inglés, que era un santo.
Nos alentaba, nos venía a confesar uno por uno, nos hablaba,
nos higienizaba. Hablaba un castellano medio "indígena"
y nosotros lo cargábamos.
Estuve antes de esto en distintas salas donde vi mucha gente
de ellos, mucha gente en estado grave; evidentemente ellos tuvieron
muchas bajas. Los FAL nuestros eran de un calibre muy superior,
que provocaban daños mucho más graves que las
armas que usaron ellos.
No obstante, charlábamos con los ingleses, venían
los enfermeros, nos hacían bromas, les hacíamos
bromas a ellos; pero siempre inmóviles a merced de la
medicina.
Me enteré también en el "Uganda" que
el soldado S. había recibido justo el último descartable
cuando ya estaba a tres metros de la 12,7, porque se había
quedado sin munición. A la ametralladora 12,7 la destrozaron.
Él, combatiendo, cortó camino entre las filas
inglesas y llegó a Puerto Argentino.
También me enteré de los nombres de alguna gente
que estuvo conmigo esa noche en el Harriet, cuyos rostros salvo
de dos no reconozco. Por los apellidos trato ahora de
localizarlos. El cabo B. y los dos soldados fueron tomados prisioneros
y entregados sanos, y el soldado G. también está
sano.
La compañía "B", que yo había
supuesto que había podido cambiar de posición
ya que se veía un gran volumen de fuego en su zona, había
podido combatir a medida que se acercaba a Puerto Argentino
hasta desprenderse de los ingleses y llegar al pueblo con una
importante fracción de tropa.
El capitán C.A.L.P. junto con parte de una compañía
también pudo combatir y replegarse desde el Dos Hermanas
hasta unos cuatro kilómetros atrás. Ahí
nuevamente dio frente junto con el Escuadrón de Exploración
de Caballería -creo que X del capitán R.A.Z.,
y aguantaron el ataque hasta, creo, el mismo día de la
rendición.
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RELATO EXTRAIDO DEL LIBRO "ASI LUCHARON"-
(Carlos Turolo). |
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