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Al finalizar el mes de mayo, los británicos se habían
afianzado en San Carlos y ya estaban presionando sobre Darwin
y Goose Green, para luego comenzar con su avance hacia el Este,
en busca del punto capital: Puerto Argentino.
Uno de los objetivos perseguido por las fuerzas británicas
en tierra era el aeropuerto de césped de Darwin ubicado
a unos 800m del pueblo, desde donde operaban aviones Pucará
de la Fuerza Aérea Argentina. La pista y, por ende
la zona circundante- recibió, a partir del 1° de mayo,
el bombardeo casi diario por parte de PAC de Harrier, a lo que
se sumó, desde el 26, el ataque con artillería de
campaña y morteros.
En general, las acciones contra las posiciones argentinas en
todas las islas se fueron intensificando paulatinamente, con el
propósito de aumentar la presión y disminuir la
capacidad de resistencia. Las estaban permanentemente en el aire
y ese control que ejercían en casi todo el teatro de operaciones
era parte de preocupación por parte de las fuerzas propias.
¿Cómo lograban ese control aéreo? Muy simple:
la Task Force disponía de gran cantidad de plataformas
móviles (los barcos desde donde podían operar los
Harrier) y, en especial los dos portaaviones: "Hermes"
e "Invincible".
John "Sandy" Woodward era consiente de que si perdía
alguno de los portaaviones, toda la operación correría
grave peligro de fracasar; los cuidaba con un celo muy particular
y no los arriesgaba por que sí. Que el riesgo lo corrieran
otros buques.
Fue así como desde el comienzo de las hostilidades los
portaaviones británicos se convirtieron, para los argentinos,
en objetivos prioritarios.
Los movimientos de la flota fueron estudiados minuciosamente,
día a día, incluyendo los lugares desde donde aparecían
y desaparecían los Harrier. Para ello se utilizó
un radar Westinghouse AN/TPS-43F de largo alcance, capaz de detectar
ecos aéreos alejados, que era operado por personal de la
Fuerza Aérea Argentina. El rastreo permitió conocer
las zonas de maniobras desde donde se lanzaban los Harrier: ahí
estaban los portaaviones. De eso, no había dudas.
El 29 de mayo, la 2da Escuadrilla Aeronaval de Caza y Ataque recibió la orden de preparar una misión de ataque
a un blanco que estaba ubicado a 80 millas al Este de Malvinas,
exactamente en el radial 090°. Se pensaba que allí
se encontraba el "Invincible", pues existían
fundadas sospechas de que el "Hermes" había sufrido
daños causados por uno de los Exocet lanzados por Curilovic
y Barraza.
Luego del hundimiento del "Atlantic Conveyor", quedaba
sólo un Exocet AM-39. La oportunidad, está vez era
para la pareja formada por el Capitán de Corbeta Alejandro
Francisco y el Teniente de Navío Luis Collavino.
Sugestivamente, luego del ataque al "Atlantic Covenyor"
la Task Force se desplazo a una posición exactamente al
Este de la Isla Soledad, es decir equidistante de tanto de Puerto
Deseado como de Río Grande, complicando los vuelos argentinos
tanto desde el Norte como desde el Sur, asimismo operar en el
sector Noroeste, como en el caso del "Atlantic Conveyor",
facilitaba mucho las cosas, pues a lo largo del litoral marítimo
argentino existían varios aeródromos de alternativa.
Por otro lado un compromiso de carácter operativo no
les permitía a los británicos alejar los portaaviones
más allá de las 100 millas de las zonas de combate,
debido a que el radio de acción del Harrier (incluida las
maniobras en el aire) no superaba esa distancia. Ellos necesitaban
aviones que despegaran, volaran hacia el objetivo, estuvieran
en el durante un tiempo y regresaran, les era imprescindible tener
"presencia en el aire".
A pesar de todas las precauciones, los mandos ingleses tenían
una preocupación: los Súper Etendard argentinos.
Sabían que no podían operar desde la pista de Puerto
Argentino pero las experiencia del "Sheffield" y el
"Atlantic Conveyor" había demostrado que esos
aviones representaban un serio llamado de atención.
En los últimos días de mayo, Woodward ordeno aumentar
el numero de buques "piquete", para tratar de detectar
la llegada de posibles ataques desde el continente.
La información sobre la presencia de esos "aviones"
al Sudeste, Noreste y Sudoeste del territorio malvinense pudieron
confirmarse en varias oportunidades. Y los ingleses no solo habían
adelantado buques: se localizaron también a unas 70 millas
al Sur del Estrecho de San Carlos, un helicóptero ingles
"estacionado" en el aire, haciendo alarma aérea
temprana.
Si bien todas la misiones eran motivo de pormenorizado análisis,
el próximo ataque con Súper Etendard fue especialmente
estudiado.
Lo lógico era pensar en un rumbo por el Noroeste, similar
al seguido en la acción contra el "Atlantic Conveyor".
En cambio, nadie podía llegar a imaginar un vuelo por el
sur, dependiendo siempre de Río Grande, la base mas austral
disponible.
Precisamente ese fue el sector elegido: el Sur. Era muy difícil
que los ingleses esperaran un ataque por allí.
Durante la mañana del día 29, Francisco y Collavino,
con la ayuda del resto de la escuadrilla se dedicaron a ultimar
algunos detalles de la misión. En primer lugar, se determinó
el horario, teniendo en cuenta que hasta ese momento los Súper
Etendard habían operado siempre en ultima hora de la tarde;
por ello se buscaría una hora atípica, preferentemente
a la mañana o, a más tardar, al mediodía.
En segundo lugar, y para poder hacer un arco y alcanzar el blanco
por el Este, cosa totalmente improbable desde toda lógica,
tendrían que realizar un doble reaprovisionamiento en vuelo.
Si en la segunda oportunidad surgían inconvenientes, los
aviones podrían regresar a su base, aunque sin cumplir
la misión. No iba a ser la primera vez que aparecieran
problemas en la maniobra del reaprovisionamiento; existen muchas
variables que hacen que el método no siempre sea seguro.
Además, la misión obligaba que los aviones tanques
se desplazaran muy hacia el Este, con todos los riesgo que ello
implicaba. Para evita la detección de los Hércules
por parte de algún piquete enemigo y que este diera la
alarma ante la evidencia del reaprovisionamiento de una misión
por el Sudeste, se solicitó que los tanques no realizaran
una derrota directa desde Río Gallegos hasta el punto de
encuentro con los Súper Etendard, sino que se pegaran al
continente y luego siguieran una ruta casi idéntica a la
de los aviones atacantes.
A mediodía todo estaba listo. En cuanto recibieran la
confirmación de la hora de los encuentros con los Hércules,
despegarían.
En la sala de prevuelo Francisco y Collavino esperaban el momento
de la partida. De pronto, ingreso el Capitán Colombo, Comandante
de la Escuadrilla. Buscó con la mirada a Francisco y resueltamente
se dirigió hacia él.
- Francisco, en quince minutos van a aterrizar cuatro A-4C
de la Fuerza Aérea para hacer con ustedes un prevuelo y
efectuar juntos la misión una hora y media después.
- Pero señor...es imposible... - atinó a
decir Francisco.
- Sí, realmente... No hay tiempo para coordinar todo.
Se trata de un ataque sumamente complejo, que implicaba coordinación
muy detallada a las que había que dedicarles su tiempo.
Tendrían que compatibilizar perfiles de vuelo de aviones
diferentes, y además, disponer de otro avión tanque
para el doble reaprovisionamiento.
- solicitaréautorización para anular la misión.
No podemos concretarla hoy; por lo menos en cuanto a efectuarla
en conjunto dijo Colombo luego de escuchar las opiniones
de los pilotos.
Como el blanco continuaba en la misma posición y ante
la imposibilidad de concretar el ataque juntamente con los aviones
de la Fuerza Aérea, se decidió que despegaran solamente
los Súper Etendard .
Francisco y Collavino se encaminaban hacia sus respectivos aparatos
y realizaron el chequeo previo, pero ni bien pusieron los motores
en marcha, llegó la orden de suspender el vuelo, pues el
Hércules no podía seguir esperando y tenia que regresar
por falta de combustible.
A partir de ese momento, los pilotos comenzaron a ajustar una
serie de detalles, considerando que el vuelo, al que se sumarían
los cuatro cazabombarderos A-4C "Skyhawk" de la Fuerza
Aérea, se realizaría al día siguiente.
Durante una reunión que se había realizado durante
la mañana del día 29, en San Julián, el Comandante
del Escuadrón de los A-4C de la Fuerza Aérea reunió,
en su despacho, a todos los jefes de las jefes de escuadrillas,
para hacerles conocer la existencia de la misión contra
el portaaviones británico.
Los cuatro aviones luego del lanzamiento del Exocet por parte
del uno de los Súper Etendard, continuarían para
pasar sobre el blanco y bombardearlo, tratando de penetrar la
barrera defensiva que siempre forman los buques que protegen a
los portaaviones. Una barrera que generalmente, es muy difícil
de atravesar. Por ello el riesgo que corrían era altísimo,
más aun por que el ataque tendrían que realizarlo
en aguas abiertas, donde la capacidad de detección por
parte del enemigo era total y anticipada como para que los sistemas
de armas tuvieran tiempo de suficiente para reaccionar con eficiencia.
Cuando el Comandante finalizo su explicación, hizo un
breve silencio: pausadamente, sin poder ocultar la emoción
propia por el momento que estaba viviendo, pregunto quienes deseaban,
voluntariamente, tomar parte en el ataque.
Un nuevo silencio envolvió a los presentes.
- Señor, solicito autorización para participar.
El Primer Teniente Ernesto Rubén Ureta se había
puesto de pie.
Casi al mismo tiempo se levanto el Primer Teniente José
Vázquez
- Señor yo también quiero ir
- Bien respondió el Comandante
Ustedes designarán a los otros dos pilotos.
Así lo hicieron. Entre los restantes oficiales del escuadrón,
eligieron al Primer Teniente Omar Jesús Castillo y al Alférez
Gerardo Guillermo Isaac.
El domingo 30 amaneció como era habitual en Río
Grande: nublado, muy frío, y con escarcha por todos lados.
La sala de prevuelo, desde muy temprano, registraba una intensa
actividad. Francisco, Collavino y prácticamente todos los
demás integrantes de la Escuadrilla, se reunieron con los
pilotos de la Fuerza Aérea que participarían den
la misión. Juntos realizaron la coordinación final,
dejando sentada la importancia de la discreción y acomodando
el perfil de vuelo de los A-4C al de los Súper Etendard.
- ¿Qué harán si alguno de sus aviones
regresa por fallas? le pregunto Francisco a Vázquez,
que era el líder de la escuadrilla de la Fuerza Aérea.
Todos hicieron silencio. Vázquez, levanto la vista del
gran mapa que estaba desplegado sobre la mesa de trabajo y se
irguió, mirando los ojos de Francisco, que estaba agachado
sobre la carta, realizando mediciones con un compás.
- en ese caso continuarán los otros tres.
Francisco volvió a preguntar:
- ¿Y si un segundo avión tiene que regresar?
- Seguirán los otros dos. Sólo se anulará
la misión, por nuestra parte, por supuesto, si fallan tres
maquinas. Ir con un solo avión no tiene ningún sentido.
Por un momento todos se callaron. Si para los Súper Etendard
ese ataque, por sus características era muy riesgoso, mas
lo era para los pilotos de los A-4C que, si bien eran voluntarios,
no desconocían el tremendo riesgo que corrían. Las
ordenes que tenían era atacar el blanco en el que impactara
el Exocet, fuera cual fuere; se suponía que ese buque iba
a estar más indefenso que otro que estuviera intacto. Era
la única manera de aumentar las posibilidades de hundir
al "Invincible", en caso de que el misil pegara en el
portaaviones.
Alrededor de las 12:30 hs Francisco recibió la autorización
de la torre de control de Río Grande. Un poco más
atrás y a su derecha, Collavino esperaba que su líder
despegara primero, para hacerlo él segundos después.
Francisco aceleró hasta un ochenta por ciento de la potencia
de la turbina, soltó los frenos y el Súper Etendard,
con el ultimo Exocet AM-39 disponible, comenzó su carrera
de despegue. Con un suave movimiento del bastón de comandos
hacia atrás elevó la maquina y las ruedas dejaron
la pista. Entró el tren de aterrizaje y los flaps, luego
redujo la potencia. Giro a la izquierda y vio que el avión
de Collavino estaba despegando. Al completar el giro, su numeral
ya estaba volando hacia él y se aprestaba a reunírsele.
Aproximadamente unos cinco minutos después, uno tras
otro fueron despegando los A-4C. Como los Súper Etendard,
ascendieron a 12.000 pies y pusieron rumbo Sudeste.
Luego de volar durante cincuenta minutos con una meteorología
mas que aceptable, los Súper Etendard llegaron al punto
donde estaban esperando los dos Hércules. Sin inconvenientes
completaron la carga de combustible y permitieron que los A-4C
hicieran lo propio.
Lo novedoso de esa misión era, tal vez, la forma de reabastecerse:
para aumentar el radio de acción se había decidido
que los seis aparatos volaran juntos a los aviones tanques, turnándose
para chupar combustible durante casi 300 km. La maniobra se realizo
perfectamente. Todo marchaba según lo previsto.
A partir de allí los aviones pusieron rumbo Este, para
llegar al sitio de mayor alejamiento y realizar un segundo reaprovisionamiento.
Cargados "a full", los aparatos se alejaron de los
Hércules y adoptaron la formación de ataque: los
dos Súper Etendard adelante separados una milla uno de
otro; detrás de cada Súper Etendard, dos Skyhawk.
En ese momento comenzó la mala meteorología: paulatinamente
aparecieron cumulus nimbus, provocando la perdida del contacto
visual entre los aviones y un ligero alejamiento de la ruta, pero
enseguida regresaron a la derrota convenida, gracias al excelente
sistema de navegación de los Súper Etendard.
Comenzaron a cumplir el perfil de descenso. Estaban completando
el rodeo de las naves británicas, que en ese momento estaba
a su izquierda; pronto se encontraron volando rasante sobre un
mar encrespado, cuyas olas salpicaban los parabrisas y formaban
pequeñas mancas de sal en ellos.
Collavino miró a su líder, que le hacia señas
para que mirara a los pilotos de la Fuerza Aérea que, perfectamente
amoldados a la operación que los Súper Etendard
fijaban, por sus sistemas de armas y de detección, volaban
en perfecta formación con los aviones navales. Los requerimientos
de silencio absoluto de radio y disciplina se cumplían
estrictamente.
Francisco miro su carta, que llevaba doblada en la rodilla derecha:
según los cálculos y la información recibida
el portaaviones se encontraba a más o menos 300 km. de
distancia.
Mientras tantos, los chubascos aislados eran, por momentos de
tanta intensidad que hasta podrían aparecer en la pantalla
del radar.(1)
Y así ocurrió. Cuando los dos Súper Etendard
ascendieron para emitir con los radares, vieron muchos ecos dispersos.
De inmediato descendieron y continuaron con el vuelo rasante.
Una milla mas adelante treparon nuevamente y emitieron. Collavino
acerco su mirada a la pantalla, para distinguir mejor: tenia un
eco aparentemente verdadero. En ese instante, escucho en su auricular
la voz de Francisco:
- ¡Lo tengo, lo tengo enganchado!
Collavino también detecto el mismo eco y exclamo, entusiasmado:
- ¡Yo también o tengo enganchado!
¡Lanzo misil! dijo Francisco, y apretó
el botón de disparo.
El avión de Francisco se sacudió.
Collavino y los pilotos de los Skyhawk observaron como el misil
se desprendía del Súper Etendard, cayo dos o tres
metros y cuando parecía que iba a chocar contra el agua,
encendió su motor y comenzó a volar, ya estabilizado,
a ras del agua, dejando una estela de humo blanco producto de
los gases de combustión.
Una vez mas, el misil había sido lanzado en excelentes
condiciones de tiro y una distancia que aseguraba el impacto en
un blanco perfectamente destacado por los sistemas de los Súper
Etendard.
Inmediatamente Francisco y Collavino giraron a toda maquina
y en vuelo bien rasante regresaron a la ruta convenida.
Cuando habían recorrido unas treinta millas Collavino
detecto una emisión radar que, según sus instrumentos,
llegaba desde el sector de cola de su avión.
- ¡Tengo "ruidos" en la cola! le
dijo por radio a Francisco, quien entendió: "tengo
lobos en la cola".
- ¿Dónde están? pregunto Francisco
mientras trataba infructuosamente de ubicar a los "lobos"
(aviones enemigos).
- en la cola, en la cola repitió Collavino.
- ¿Pero dónde están que no los puedo
ver? exclamo Francisco girando la cabeza hacia uno
y otro lado, buscando lo que lógicamente no había.
- No señor, me entendió mal. Dije que tenía
"RUIDOS" en la cola.
- ¡Ah, con razón! ¡Qué susto me
di! Controlemos esos "ruidos" y por las dudas planchémonos
un poco más.
Segundos después, la señal de alarma cesó.
Más tranquilos, se dirigieron hacia el punto en donde debían
encontrarse con el avión tanque.
La reunión y el reaprovisionamiento se realizaron sin
inconvenientes.
Luego de la carga de combustible Francisco se comunico con Río
Grande e informo el resultado del lanzamiento. Poco después,
aterrizaron en su base.
Mientras tanto los cuatro aviones de la FAA habían seguido
la estela del Exocet, en su camino hacia el blanco, pero como
el misil desarrollaba mucha mayor velocidad, pronto lo perdieron
de vista, a pesar de que la visibilidad era buena y alcanzaba
a un poco mas de 15 km.
Vázquez que era el líder de la escuadrilla, hizo
una seña a sus numerales para que cerraran la formación
Los aparatos configurados con tres bombas de 250 kg. cada uno,
se fueron acercando velozmente al objetivo, en vuelo bien rasante:
apenas 12 mts los separaban del agua.
De pronto a lo lejos apareció una mancha oscura, borrosa
por el efecto de la bruma. No había dudas ahí estaba,
inexplicablemente solo, sin otros barcos cercanos. Había
llegado el momento de enfrentarse frente a frente con uno de los
buques mas buscado de la Task Force.
Dientes apretados, las manos aferradas al bastón de mandos
y un frío sudor que le empapaba el cuerpo.
Poco a poco, la figura inconfundible del portaaviones se fue
haciendo mas clara, mas nítida: la cubierta ligeramente
curvada hacia arriba en el sector de la proa; la "isla"
(2) desplazada hacia la banda de estribor. El barco navegaba a
muy poca velocidad. Algo les llamo la atención: desde la
base de la "isla" salía una densa columna de
humo cuyo tamaño iba en aumento. Rápidamente se
dieron cuenta que era la prueba indudable de que el Exocet había
impactado.
Cuando los pilotos llegaron a unos 12 km. del blanco, pusieron
la máxima potencia a sus motores y se prepararon para la
aproximación final. A la izquierda volaban Vázquez
y Castillo, y a la derecha, Ureta e Isaac.
En ese momento, un misil que nadie vio llegar, impacto en el
avión de Vázquez, que estallo.

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