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La Presión
Británica
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Poco duro la tregua del primer
ataque. Exactamente a las dos, apenas media hora después
de retirarse, los británicos lanzaron una segunda ola de
asaltos, pero con tropas "frescas": habían reemplazado
a los hombres de la Guardia Escocesa que combatieron la primera
vez, por otro de las mismas unidades, descansado y con todo su armamento.
-¡Señor ! ¡ se vienen de nuevo ! grito uno de
los vigías desde la boca de un poso cercano a Vázquez
, quien, con la mirada de su cuerpo fuera, comenzó a dirigir
las alarmas sobre determinados blancos, a pedir el estado de la
munición y básicamente a dar las órdenes de
fuego.
De nuevo el combate generalizado, todos tirando contra quien estuviese
cerca. Otra vez el infierno del combate de infantería, donde
se entremezclaba el tableteo de las ametralladoras, las explosiones
de granadas, cohetes y proyectiles de diverso calibre, los disparos
de los fusiles y los grito de los heridos.
A las 12,30, el grupo del suboficial primero Julio Castillo, en
el extremo derecho de la sesión trataba de contener la embestida
enemiga., con Castillo estaba el cabo segundo Almilcar Tejada, que
habían viajado a Malvinas con el teniente Vázquez
y el dragoneante José Luis Galarza, un muchacho que se habría
destacado en ese grado y a quien Castillo quería como un
hijo "Ese es mi pollo" decía con orgullo.
Tres soldados británicos salieron de atrás de un montículo
rocoso y disparando mientras corrían, mataron a la joven
Galarza. El cabo Tejada, echado a unos siete metros de distancia,
giró la ametralladora MG con la que hacía fuego hacia
el sur y comenzó a disparar en dirección al enemigo,
derribando a los que se acercaban a la carrera.
Castillo, al ver la forma en que habían caído su de
dragoneante, se incorporó, furioso, en momentos en que otros
tres ingleses avanzaban hacia él, desde unos 15 a 20 metros.
_¡ Ingleses hijos de punta a ! _ grito e intentó disparar
su fusil automático. Pero un tiro en el pecho que salió
por la espalda abriéndole un herida de 20 centímetros,
lo tiró hacia atrás violentamente.
Tejada giro otra vez la ametralladora y disparos sucesivas ráfaga
hasta que los tres ingleses cayeron. Se arrastró hasta Castillo,
con la esperanza de que hubiera querido, pero surge ese había
fallecido instantáneamente (*).
Castillo, Tejada y Galarza habrían aguantado estoicamente
el avance enemigo, ya que el extremo derecho de la 4ta Sección,
donde ellos estaba, era el sitio que recibía todo los ataques.
Los británicos que desde el oeste llegaban al centro y la
de izquierda de la Nácar, habían pasado primero por
el extremo derecho donde eran "filtrados" por el Castillo
y tejada Sólo en el primer asalto avanzaron por el Sur y
por el Oeste.
Con la muerte de Castillo, tejada pasó a ser el único
jefe que le quedaba a Vázquez en la punta derecha de su sección.
El único para la base órdenes y alentar a la tropa.
El teniente Silva intentaban defenderse como podía. El combate
y eran intensisimo y el enemigo aparecía detrás de
una piedra tanto a tres metros como a veinte. dos de los conscriptos
que estaban con él cayeron herido por una ráfaga de
ametralladora. Sin dar un instante Silva dejó la protección
de su pozo y comenzó a arrastrar a uno de los conscriptos,
buscando el reparo de una roca. Casi treinta metros lo separaban
de lo que estimo que era un buen refugio para ese hombre que, de
todas maneras, sin tiempo ni medios para curarlo moriría
en poco minutos más.
Quédate aquí _ y le dijo, tratando de la le animó
_. Te pondrá bien. En cuanto pueda regresaré a buscarte.
Por favor no te mueva.
El conscriptos con sus dos manos tomándose el estómago
del que brotaba mucha sangre, miro fijó a su jefe, en silencio,
sin pronunciar palabra, tal vez de despidiéndose para siempre.
_ Tranquilo, tranquilo. Regreso enseguida _ insistió Silva.
Arrastrándose y evitando ser un blanco del nutrido fuego,
hizo el camino de vuelta. Jadeando, se metió en el pozo donde
estaba un FAP abandonado, pues el soldado a cargo había sido
muerto, y comenzó a disparar hasta que se le trabó.
_ ¡Alcánzame algo para tirar! _ le pidió al
conscriptos Rodríguez, de la sección del teniente
Vázquez .
Rodríguez, que estaba ubicado cerca, se aproximó y
le entrego un fusil.
_ Gracias, algo es algo _ dijo Silva intentando que una sonrisa
se dibujaba en su cara en merecida.
Poco a poco, en una avance en perfecta formación los británicos
se fueron afianzando. Las bajas de los hombres de la nácar
fueron en aumento, al mismo tiempo que se le incrementa el número
de los ingleses mezclados entre los pozos de la sección.
¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué durante
el primer asalto y pese a la intensidad del combate de los infantes
argentinos tuvieron tan pocas bajas? La respuesta surge un ante
un rápido análisis: porque la cuarta sección
estaba entera y había apoyo mutuo entre los conscriptos.
Cada pozo era apoyado por los pozos de sus costados. Cada uno protegía
la espalda de lo otro, el costado del otro. De ahí que los
ingleses tuvieron que combatir no contra un pozo sino contra varios
a la vez. |
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Pero en el
segundo asalto, los británicos comenzaron a utilizarse una táctica
que rápidamente le dio muy buenos resultados: tres o cuatro hombres,
agazapado a diez o doce metros de distancia, se levantaban simultáneamente
y corría en dirección al pozo más cercano. Se le
podía tirar a matar a uno o dos, pero un paro de ellos llegaban
al pozo matando a los que allí estaban. Un precio caro, pero cuando
así procedían el resultado era siempre el mismo. Las granadas
de mano en esos casos eran inútil. los infantes argentinos utilizaban
granadas americanas M-67, inservibles para frenar a un hombre que se acercaba
corriendo a un pozo, ya que sólo explotaba con 5 o 6 segundos de
retardo, por lo que las distancia de combate cuerpo a cuerpo la tornaban
inapropiadas.
Así paulatinamente, la desproporción de las fuerzas de hizo
cada vez más evidente. A Vázquez, más que las bajas,
le preocupaba no poder sacarse de encima a sus enemigos; impedir que fueran
ocupando las posiciones en la forma en que lo estaban haciendo. Le pidió
a Fochesatto que lo comunicara con el teniente Villarraza:
_Verde, aquí Verde 4.
_Verde
_¿Que ocurre con los refuerzos?
_Aguante que están por salir.
_Recibido.
Minutos antes de las tres de la madrugada, un soldado de ejército
se arrastró hasta el pozo donde estaba Vázquez y grito:
-¡Mi teniente! ¡Mi teniente! Le dieron al subteniente Silva.
_ ¿Qué le pasó ?
_ Le dieron un tiro en el pecho y uno en el brazo tira sangre por la
boca (**)
_¿ Está vivo ?
_ Si mi teniente.
_ Bueno, arrástralo con cuidado, metelo en un pozo y trata de
hacerle alguna curación.
"¿Qué puedo hacer?", "¿Que le puedo
decir?", pensó Vazquez. Pero cinco minutos después
el mismo soldado regresó.
_ Mi teniente, el subteniente Silva murió.
Vázquez perdía así un oficial muy valioso, que
permanentemente arengaba a sus hombres para que combatieron y que transmitía
las ordenes en forma constante, allí donde la voz de Vázquez
no llegaba.
¿Qué había movido al soldado a regresar para avisar
que Silva había muerto? ¿para que arriesgarse ?
Esa necesidad de informar tan sólo la muerte de un jefe hay que
buscarla en un sentimiento que se da en todo combatiente: no hay peor
cosa para el que maten a su jefe. Lo destruye. Su jefe, que es la única
esperanza de salvación, por qué es el que más sabe.
Si el jefe, que es el más adiestrado y el que más sabe
murió, ¿qué esperanza le queda a él, que
sabe menos y esta menos adiestrado? ¿Quién lo sacará
de problema? Además su jefe, por la misma rutina de la vida militar,
es el que atiende los problemas de los subordinados. Ha muerto quien
atendía sus problemas. Y ahora ¿Quién se ocupara
de él? ¿Quien le va a decir "córrete de ahí
que te van a matar" o "cubrir" o "apunta para allá"?
¿Quien va a organizar el repliegue? Nadie.
El jefe en combate y todo. De ahí que con la muerte de los jefes
se incrementa de inmediato la muerte de los subordinados. Caen en la
desesperanza, en la desorientación, en la inseguridad, y es cuando
los conscriptos comienzan a tener reacciones dubitativos, temerosa,
inseguras, sobre todo en el combate cercano, en el que sobrevive el
que tienen reflejo más aptos. El otro no.
Ese conscripto se arriesgó dos veces por dos motivos: primero,
quiso ver la posibilidad de que salven a su superior herido, y segundo,
si su jefe moría quería ser tomado por otro, escapar a
la idea de que quedaba desprotejido. Una reacción muy humana.
Una de las tantas facetas de la guerra.
Vázquez no tuvo tiempo de pensar en la muerte del subteniente
Silva. Una ametralladora comenzó a tirarle desde una pared de
piedra ubicada un poco más arriba de su pozo. Lo británicos
lo tenían perfectamente localizado y ni bien asomaba la cabeza
para impartir órdenes, recibía una andada de proyectiles.
No podía dejar de dirigir el fuego, aún en un forma entrecortada.
"Te voy a reventar", dijo entre dientes, con rabia, y tomando
una granada antitanque la disparó en dirección a la ametralladora
que le vomitar fuego. De inmediato tiro otra, era la suerte no lo acompañaba:
una pego la base de la piedra y la otra siguió de largo. Era
inútil, no podía abatidos .
_ ¡ Gasco! ¡Gasco! ¡ tírale a esa ametralladora!
_ grito Vázquez aún conscripto ubicado a su izquierda
y al que había ascendido ese mismo día. "Cosas de
guerra", pensó. Se había tomado la atribución
de ascenderlo a dragoneante en pleno combate, pues le tenía mucha
confianza.
_ ¡ Gasco! ¡Gasco! ¡ No seas hijo de puta! ¡
No me dejes solo ahora !
Sabía que el conscripto estaba vivo. Entonces, ¿ por qué
no contestaba?
El dragoneante estaba tratando de destrabar la ametralladora. "Menos
mal", exclamó cuando logró hacerla funcionar. sin
perdía el tiempo dirigió el fuego hacia quienes atacaban
a Vázquez, dejándolo fuera de combate.
La situación era desesperante. Vázquez decidió
bajar para hablar por radio, lo que generalmente y estaba a cargo del
suboficial Fochesatto, pero cuando se trataba de algo muy importante
lo hacia personalmente.
Alentar al pozo, lo primero que hizo fue apretar la tecla del equipo;
en forma instantánea desaparecido el ruido característico
de los aparatos que están receptando. Bajo tierra se escuchaba
bien todo lo que ocurría afuera: las explosiones, los gritos,
los disparos. Las detonaciones hacían temblar el suelo y estremecían
a esos hombres que, sin embargo, ya les importaba poco la forma en que
morirían. Eran conscientes de que posiblemente no saliesen con
vida de ese pozo. Pero también estaban convencidos de que los
ingleses no se le llevarían de arriba.
De pronto alguien hablo en inglés, ahí nomás, casi
la boca del pozo. Vázquez y Fochesatto se quedaron petrificados.
_¡Al diablo ! ¡ No van a meter una "pepa" por
el agujero ! _ exclamó Fochesatto.
Vázquez tenían la costumbre de dejadas afueran dos fusiles,
uno con la granada antitanque puesta y apuntando en una dirección
y el otro en dirección opuesta.
En la desesperación se llevó por delante la radio, pero
igual saltó fuera del pozo y tomo el fusil que tenía más
a mano: el de la granada antitanque. A unos 7 metros, tirado cuerpo
a tierra, de costado, un soldado británico hablaba por radio,
y listo para meter una granada dentro del pozo, Vázquez no lo
penso dos veces; apuntó y disparó. El proyectil antitanque
que pego a menos de medio metro del inglés, cuyo cuerpo saltó
desplazado.
En esos instantes, en el medio sector oeste del teniente Vázquez,
pero más hacía la derecha, un inglés llegó
hasta uno de los pozos de zorro. El conscripto Feliz Ernesto Aguirre,
a unos 30 metros vio al enemigo pero le falto rapidez para deducir si
era un ingles o no, algo perfectamente aceptable teniendo en cuenta
la confusión propia del momento, dado que el ataque británico
era incesante.
_¡Si, es un inglés ! _ exclamó Aguirre y disparó
su fusil.
Fue tarde. Un segundo antes de recibir un impacto en la espalda, el
soldado tuvo tiempo de activar una granada de mano incendiarias y arrojarla
dentro del pozo. El estallido fue inmediato. Lenguas de fuego salieron
del interior, como buscando más víctimas. Un soldado salió
rápidamente. Era una tea humana. Sin titubear se desprendió
una manta en forma de poncho, revolcándose por el suelo. Le pareció
increíble que no estuviese quemado. Como un resorte se irguió
y giro la cabeza en uno y otros sentido buscando un arma. A poca distancia
había un fusil, lo tomó, se arrastro hasta otro pozo y
se metió en un interior para seguir combatiendo.
Vázquez volvió a comunicarse con el teniente Villarraza.
_ ¿Que pasa con los refuerzos? _ exclamó sin ocultar su
preocupación.
_Ya están marchando, están en camino _ fue la respuesta,
una mentira piadosas, ya que los refuerzos no se habían puesto
en marcha.
Lo cierto era que el apoyo que necesitaba Vázquez y no llegaba
y la situación empeoraba cada vez más. Las bajas iban
en aumento. Munición no abundaban., En ese instante, Vázquez
tomo una decisión: solicitar nuevamente fuego de artillería.
_Que tiren los morteros _ pidió por radio en un intento por sacarse
de encima a los ingleses .
_ No, los morteros no porque en estos momentos están cumpliendo
otra misión de fuego.
_ Bueno, entonces que tiren los 106 _ reclamo refiriéndose a
la sección de morteros 106,6 mm, con seis piezas ubicada retaguardia
entre el puesto de comandos del teniente Villarraza y el BIM 5 .
_ Recibido.
Pocos minutos después, los proyectiles de los mortero comenzaron
a hacer temblar lugar, aliviando algo las presiones de los británicos,
pero sólo un breve tiempo.
A las 3,30 de la madrugada, la ametralladora ubicada en el centro de
la 4ta sección quedó sin municiones. El conscripto Aguirre
y otros tres hombres que la servían continuaron disparando con
sus fusiles.
A las 4, la ametralladora del extremo izquierdo envió una aviso
"Munición consumida". Hasta esa hora Vázquez
había mantenido el control sobre su sección. Sus ordenes
eran cumplidas y se le informaba de cuanto ocurría, incluida
la bajas que se iban produciendo. Sin duda, el sector más afectado
era el centro y el del extremo derecho.
A partir de las 4,30, los ingleses comenzaron a ocupar los pozos de
zorro. Ni en mataban hombre le sacaban y se metían en ellos.
Así las cosas, los infantes de marina se encontraron con que
a 7 o 10 metros a la izquierda o a la derecha, a atrás o adelante,
en el sitio donde pocos minutos antes estaba un compañero, era
ocupado por un enemigo.
La situación se había tornado desesperante, insostenible.
Cada vez habría más ingleses disparando sorpresivamente
desde los pozos. Vázquez sabía que no podía resistir
mucho tiempo más. Tampoco disponía de mucho tiempo para
pensar. Entonces tomó la decisión: batir la sección
con su propio mortero calibre 60, con los cincuenta y cuatro proyectiles
disponible . Una decisión terrible, el verdadero manotazo de
abogado. Otra cosa no podía hacer. Salvo rendirse o morir irremediablemente.
El intento valía la por.
Como el mortero es un arma de tiro cuervo, si se lo colocaba bien parado,
tiene una distancia mínima de disparo. La única forma
de batir su propia posiciones es sacándole el bipode. Eso fue
precisamente lo que hicieron: le sacaron las patas, le pusieron dos
cajones de municiones para sostener los... Y quedó paradito.
_Rotela _ dijo Vázquez dirigiéndose al dragoneante que
hacía las veces de jefe de pieza , secundado por el conscripto
Güida y otro al que aprobaban "Pankuka" _ ¿Tiene
Güida puesto el guantes ?
_ Sí señor. Está listo.
Güida con un guante colocado en su mano derecha para protegerlo
de calentamiento de el tubo, sostenía con la otra el proyectil.
Con sus ojos fijos en el mortero , esperaba ansioso la orden para el
primer disparo.
_¡Fuego !_ gritó Vazquez.
Comenzaron por el extremo derecho de la posición que ocupaba,
pasando por el Centro y llegando al extremo izquierdo. Uno tras otro
fueron explotando, provocando temblores y abundante humo y terronazos.
En vano intentaron corregir la dirección de los disparos: un
tubo sostenidos por cajones y con inclinación dada por la mano
de un soldado, no podía asegurar mucha precisión. Los
resultados fueron pobres; a pesar de sufrir numerosas bajas, los ingleses
no retrocedió.
Además de ser muchos, estaba bien protegido en los pozos de zorro.
_¡Esto se va al carajo! _ exclamó Vázquez _:Así
no podemos continuar por mucho tiempo más .A ver si puedo comunicarme
con el comando. Se acercó a la radio y comenzó a llamar
al capitán Robacio.
_ Señor, aquí el teniente Vázquez _ dijo con voz
angustiada.
Sí, capitán Robacio. Estábamos tratando de comunicarnos
con usted. En gran parte del peso del combate esta centrada en su sección.
¿Qué quiere que hagamos?
_ Señor. ¡Tire con los obuses contra nosotros!
El pedido significaba ser batido por la propia artillería, nada
menos que con abuse de 105 mm, los proyectiles mas grandes que tenían
y capaces de destruir los pozo de zorro. De todas formas no saldrían
vivos.
Robacio alejó el tubo de su oreja y dudo un instante.
_ Pero Vázquez...
_Señor, por favor, tire ya mismo. Esto es insostenible.
_Bien, así lo haré. Continuemos al habla.
Se dio vuelta y dirigiéndose a su ayudante le dijo:
- Ordene abrir fuego con los 105 sobre las posiciones del teniente Vázquez.
Ya mismo. Pronto.
El primer disparo cayo lejos del blanco, exactamente a unos 500 metros.
El terreno muy blando de las Islas y la intensa actividad a la que habían
sido sometidas las piezas de artillería terminaron por desencajarlas
totalmente.
- Señor, mando corrección, Alargar 900, derecha 500 -
exclamo Vázquez.
Normalmente, la corrección en un tiro de artillería no
es tan exagerada. De ahí la respuesta del capitán Robacio:
- Tranquilícese Vázquez. Esa corrección es imposible.
Tapando el tubo del teléfono de campaña, le dijo a su
ayudante:
- Este pobre pibe, ya debe estar mal de la cabeza.
Pero Vázquez no estaba mal de la cabeza. Realmente el disparo
había pegado lejos. Como el segundo tiro tardaba en llegar, el
teniente gritó desesperado:
- ¡ Que esperan! ¡Tiren! ¡Tiren! ¡Nos están
haciendo pelota!
Llega el segundo tiro. Largo, lejos de la posición.
- ¡Pero esta artillería de mierda, no sirve para un carajo!
¡Métanse los cañones en el culo!
Vázquez estaba hablando nada menos que con su comandante. La
muerte segura de él y de sus hombres lo desesperaba. Quería
detener a los ingleses a toda costa. Tenia que hacerlo. No había
otra alternativa.
De pronto, el tercer tiro pegó en la Sección.
- ¡Bien! ¡Así! ¡Así! - grito por radio
-. Bien, señor, así. Señor perdóneme.
- Esta bien, hijo. Trate de aguantar _ dijo Robacio consiente del difícil
momento por el que estaban pasando sus hombres.
A partir de ese momento los obuses de 105 comenzaron a batir la posición
guiados por el oficial de la central de fuego de la batería de
artillería, teniente Oscar González, un intimo amigo de
Vázquez, que sabia perfectamente que estaba tirando contra su
amigo y que lo más probable es que éste muriera ante el
tremendo poder de fuego de esas piezas.
Pocos minutos después cesó el infierno desatado por las
explosiones. Sin embargo, los ingleses estaban ahí, en su pozos.
Aproximadamente a las 5, el enemigo inicio su tercer asalto, en el que
no hubo pausa como ocurrió entre el primero y el segundo, sino
que al no quedar tantos británicos combatiendo, apareció
otra oleada de refresco. La otra diferencia con las dos anteriores fue
que no ocurrió de manera orgánica, no atacaron en perfecta
formación.
Otra vez Vázquez reclamó los refuerzos, obteniendo una
repuesta similar;
"Están en camino". Entonces insistió con el
apoyo de los morteros de 81 mm del suboficial Cuñe, quien a pesar
de tener otras misiones de fuego, había estado batiendo la zona
de Vázquez con tres de sus piezas

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