Las puertas
del cielo. Julio Cortazar
Bestiario, Buenos Aires, Sudamericana,
1994
A
las ocho vino José María con la noticia, casi sin
rodeos me dijo que Celina acababa de morir. Me acuerdo que reparé
instantáneamente en la frase, Celina acabando de morirse, un poco como si ella
misma hubiese decidido el momento en que eso debía concluir. Era casi de noche
y a José María le temblaban los labios al decírmelo.
-Mauro lo ha tomado tan mal, lo dejé como loco. Mejor vamos.
Yo tenía que terminar unas notas, aparte de que le había
prometido a una amiga llevarla a comer. Pegué un par de telefoneadas y salí con
José María a buscar un taxi. Mauro y Celina vivían por Cánning
y Santa Fe de manera que le pusimos diez minutos desde casa. Ya al acercarnos
vimos gente que se paraba en el zaguán con un aire culpable y cortado; en el
camino supe que Celina había empezado a vomitar sangre a las seis, que Mauro
trajo al médico y que su madre estaba con ellos. Parece que el médico empezaba
a escribir una larga receta cuando Celina abrió los ojos y se acabó de morir
con una especie de tos, más bien un silbido.
-Yo lo sujeté a Mauro, el doctor tuvo que salir porque Mauro se
le quería tirar encima. Usté sabe cómo es él cuando
se cabrea.
Yo pensaba en Celina, en la última cara de Celina que nos
esperaba en la casa. Casi no escuché los gritos de las viejas y el revuelo en
el patio, pero en cambio me acuerdo que el taxi costaba dos sesenta y que el
chofer tenía una gorra de lustrina. Vi a dos o tres
amigos de la barra de Mauro, que leían
-Andá velo a Mauro -le dije a José Maríía-. Ya sabés que conviene
darle bastante alpiste.
En la cocina andaban ya con el mate. El velorio se organizaba
solo, por sí mismo: las caras, las bebidas, el calor. Ahora que Celina acababa
de morir, increíble cómo la gente de un barrio larga todo (hasta las audiciones
de preguntas y respuestas) para constituirse en el lugar del hecho. Una
bombilla rezongó fuerte cuando pasé al lado de la cocina y me asomé a la pieza
mortuoria. Misia Martita y otra mujer me miraron desde el oscuro fondo, donde
la cama parecía estar flotando en una jalea de membrillo. Me di cuenta por su
aire superior que acababan de lavar y amortajar a Celina; hasta se olía
débilmente a vinagre.
-Pobrecita la finadita -dijo Misia Marttita-.
Pase, doctor, pase a verla. Parece como dormida.
Aguantando las ganas de putearla me metí en el caldo caliente de
la pieza. Hacía rato que estaba mirando a Celina sin verla y ahora me dejé ir a
ella, al pelo negro y lacio naciendo de una frente baja que brillaba como nácar
de guitarra, al plato playo blanquísimo de su cara sin remedio. Me di cuenta de
que no tenía nada que hacer ahí, que esa pieza era ahora de las mujeres, de las
plañideras llegando en la noche. Ni siquiera Mauro podría entrar en paz a
sentarse al lado de Celina, ni siquiera Celina estaba ahí esperando, esa cosa
blanca y negra se volcaba del lado de las lloronas, las favorecía con su tema
inmóvil repitiéndose. Mejor Mauro, ir a buscar a Mauro que seguía del lado
nuestro.
De la pieza al comedor había sordos centinelas fumando en el
pasillo sin luz. Peña, el loco Bazán, los dos
hermanos menores de Mauro y un viejo indefinible me saludaron con respeto.
-Gracias por venir, doctor -me dijo unoo-.
Usté siempre tan amigo del pobre Mauro.
-Los amigos se ven en estos trances -diijo
el viejo, dándome una mano que me pareció una sardina viva.
Todo esto ocurría, pero yo estaba otra vez con Celina y Mauro en
el Luna Park, bailando en el carnaval del cuarenta y
dos, Celina de celeste que le iba tan mal con su tipo achinado, Mauro de palm-beach y yo con seis whiskies y una mamúa padre. Me gustaba salir con Mauro y
Celina para asistir de costado a su dura y caliente felicidad. Cuanto más me
reprochaban estas amistades, más me arrimaba a ellos (a mis días, a mis horas)
para presenciar su existencia de la que ellos mismos no sabían nada.
Me arranqué del baile, un quejido venía de la pieza trepando por
las puertas.
-Esa debe ser la madre -dijo el loco Baazán,
casi satisfecho.
"Silogística perfecta del humilde", pensé. "Celina
muerta, llega madre, chillido madre." Me daba asco pensar así, una vez más
estar pensando todo lo que a los otros les bastaba sentir. Mauro y Celina no
habían sido mis cobayos, no. Los quería, cuánto los sigo queriendo. Solamente
que nunca pude entrar en su simpleza, solamente que me veía forzado a
alimentarme por reflejo de su sangre; yo soy el doctor Hardoy,
un abogado que no se conforma con el Buenos Aires forense o musical o hípico, y
avanza todo lo que puede por otros zaguanes. Ya sé que detrás de eso está la
curiosidad, las notas que llenan poco apoco mi fichero. Pero Celina y Mauro no,
Celina y Mauro no.
-Quién iba a decir esto -le oí a Peña-..
Así tan rápido...
-Bueno, vos sabés que estaba muy mal deel pulmón.
-Sí, pero lo mismo...
Se defendían de la tierra abierta. Muy mal del pulmón, pero así y
todo... Celina tampoco debió esperar su muerte, para ella y Mauro la
tuberculosis era "debilidad". Otra vez la vi
girando entusiasta en brazos de Mauro, la orquesta de Canaro
ahí arriba y un olor a polvo barato. Después bailó conmigo una machicha, la
pista era un horror de gente y calina. "Qué bien baila, Marcelo",
como extrañada de que un abogado fuera capaz de seguir una machicha. Ni ella ni
Mauro me tutearon nunca, yo le hablaba de vos a Mauro pero a Celina le devolvía
el tratamiento. A Celina le costó dejar el "doctor", tal vez la enorgullecía
darme el título delante de otros, mi amigo el doctor. Yo le pedí a Mauro que se
lo dijera, entonces empezó el "Marcelo". Así ellos se acercaron un
poco a mí pero yo estaba tan lejos como antes. Ni yendo juntos a los bailes
populares, al box, hasta al fútbol (Mauro jugó años atrás en el Rácing) o mateando hasta tarde en la cocina. Cuando acabó
el pleito y le hice ganar cinco mil pesos a Mauro, Celina fue la primera en
pedirme que no me alejara, que fuese a verlos. Ya no estaba bien, su voz
siempre un poco ronca era cada vez más débil. Tosía por la noche, Mauro le
compraba Neurofosfato Escay
lo que era una idiotez, y también Hierro Quina Bisleri,
cosas que se leen en las revistas y se les toma confianza.
Íbamos juntos a los bailes, y yo los miraba vivir.
-Es bueno que lo hable a Mauro -dijo Joosé
María que brotaba de golpe a mi lado-. Le va a hacer bien.
Fui, pero estuve todo el tiempo pensando en Celina. Era feo
reconocerlo, en realidad lo que hacía era reunir y ordenar mis fichas sobre
Celina, no escritas nunca pero bien a mano. Mauro lloraba a cara descubierta
como todo animal sano y de este mundo, sin la menor vergüenza. Me tomaba las
manos y me las humedecía con su sudor febril. Cuando José María lo forzaba a
beber una ginebra, la tragaba entre dos sollozos con un ruido raro. Y las
frases, ese barboteo de estupideces con toda su vida dentro, la oscura
conciencia e la cosa irreparable que le había sucedido a Celina pero que sólo
él acusaba y resentía. El gran narcisismo por fin excusado y en libertad para
dar el espectáculo. Tuve asco de Mauro pero mucho más de mí mismo, y me puse a
beber coñac barato que me abrasaba la boca sin placer. Ya el velorio funcionaba
a todo tren, de Mauro abajo estaban todos perfectos, hasta la noche ayudaba
caliente y pareja, linda para estarse en el patio y hablar de la finadita, para
dejar venir el alba sacándole a Celina los trapos al sereno.
Esto fue un lunes, después tuve que ir a Rosario por un congreso
de abogados donde no se hizo otra cosa que aplaudirse unos a otros y beber como
locos, y volví a fin de semana. En el tren viajaban dos bailarinas del Moulin Rouge y reconocí a la más joven, que
se hizo la zonza. Toda esa mañana había estado
pensando en Celina, no que me importara tanto la muerte de Celina sino más bien
la suspensión de un orden, de un hábito necesario. Cuando vi
a las muchachas pensé en la carrera de Celina y el gesto de Mauro al sacarla de
la milonga del griego Kasidis y llevársela con él. Se
precisaba coraje para esperar alguna cosa de esa mujer, y fue en esa época que
lo conocí, cuando vino a consultarme sobre el pleito de su vieja por unos
terrenos en Sanagasta. Celina lo acompañó la segunda
vez, todavía con un maquillaje casi profesional, moviéndose a bordadas anchas pero apretada a su brazo. No me costó
medirlos, saborear la sencillez agresiva de Mauro y su esfuerzo inconfesado de
incorporarse del todo a Celina. Cuando los empecé a tratar me pareció que lo
había conseguido, al menos por afuera y en la conducta cotidiana. Después medí
mejor, Celina se le escapaba un poco por la vía de los caprichos, su ansiedad
de bailes populares, sus largos entresueños al lado de la radio, con un
remiendo o un tejido en las manos. Cuando la oí cantar, una noche de Nebiolo y Rácing cuatro a uno,
supe que todavía estaba con Kasidis, lejos de una
casa estable y de Mauro puestero en el Abasto. Por conocerla mejor alenté sus
deseos baratos, fuimos los tres a tanto sitio de altoparlantes cegadores, de
pizza hirviendo y papelitos con grasa por el piso. Pero Mauro prefería el
patio, las horas de charla con vecinos y el mate. Aceptaba de a poco, se
sometía sin ceder. Entonces Celina fingía conformarse, tal vez ya estaba
conformándose con salir menos y ser de su casa. Era yo el que le conseguía a
Mauro para ir a los bailes, y sé que me lo agradeció desde un principio. Ellos
se querían, y el contento de Celina alcanzaba para los dos, a veces para los
tres.
Me pareció bien pegarme un baño, telefonear a Nilda
que la iría a buscar el domingo de paso al hipódromo, y verlo en seguida a
Mauro. Estaba en el patio, fumando entre largos mates. Me enternecieron los dos
o tres agujeritos de su camiseta, y le di una palmada en el hombro al
saludarlo. Tenía la misma cara de la última vez, al lado de la fosa, al tirar
el puñado de tierra y echarse atrás como encandilado. Pero le encontré un
brillo claro en los ojos, la mano dura al apretar.
-Gracias por venir a verme. El tiempo ees
largo, Marcelo.
-¿Tenés que ir al Abasto, o te reemplazza alguien?
-Puse a mi hermano el renguito. No tenggo
ánimo de ir, y eso que el día se me hace eterno.
-Claro, precisás distraerte. Vestíte y damos una vuelta por Palermo.
-Vamos, lo mismo da.
Se puso un traje azul y pañuelo bordado, lo vi
echarse perfume de un frasco que había sido de Celina. Me gustaba su forma de
requintarse el sombrero, con el ala levantada, y su paso liviano y silencioso,
bien compadre. Me resigné a escuchar -"Los amigos se ven en estos
trances"- y a la segunda botella de Quilmes
Cristal se me vino con todo lo que tenía. Estábamos en una mesa del fondo del
café, casi a solas; yo lo dejaba hablar pero de cuando en cuando le servía
cerveza. Casi no me acuerdo de todo lo que dijo, creo que en realidad era
siempre lo mismo. Me ha quedado una frase: "La tengo aquí", y el
gesto al clavarse el índice en el medio del pecho como si mostrara un dolor o
una medalla.
-Quiero olvidar -decía también-. Cualquuier
cosa, emborracharme, ir a la milonga, tirarme cualquier hembra. Usté me comprende, Marcelo, usté...
-El índice subía, enigmático, se plegaba de golpe como un cortaplumas. A esa
altura ya estaba dispuesto a aceptar cualquier cosa, y cuando yo mencioné el Santa Fe Palace como de
pasada, él dio por hecho que íbamos al baile y fue el primero en levantarse y mirar
la hora. Caminamos sin hablar, muertos de calor, y todo el tiempo yo sospechaba
un recuento por parte de Mauro, su repetida sorpresa al no sentir contra su
brazo la caliente alegría de Celina camino al baile.
-Nunca la llevé a ese Palace
-mee dijo de repente-. Yo estuve antes dee conocerla, era una milonga muy rea. ¿Usté la frecuenta?
En mis fichas tengo una buena descripción del
Santa Fe Palace, que no se llama Santa Fe ni
está en esa calle, aunque sí a un costado. Lástima que nada de eso pueda ser
realmente descrito, ni la fachada modesta con sus carteles promisores
y la turbia taquilla, menos todavía los junadores que
hacen tiempo en la entrada y lo calan a uno de arriba abajo. Lo que sigue es
peor, no que sea malo porque ahí nada es ninguna cosa precisa; justamente el
caos, la confusión resolviéndose en un falso orden: el infierno y sus círculos.
Un infierno de parque japonés a dos cincuenta la entrada y damas cero
cincuenta. Compartimentos mal aislados, especie de patios cubiertos sucesivos
donde en el primero una típica, en el segundo una característica, en el tercero
una norteña con cantores y malambo. Puestos en un pasaje intermedio (yo
Virgilio) oíamos las tres músicas y veíamos los tres círculos bailando;
entonces se elegía el preferido, o se iba de baile en baile, de ginebra en
ginebra, buscando mesitas y mujeres.
-No está mal -dijo Mauro con su aire trristón-.
Lástima el calor. Debían poner estratores.
(Para una ficha: estudiar, siguiendo a Ortega, los contactos del
hombre del pueblo y la técnica. Ahí donde se creería un choque hay en cambio
asimilación violenta y aprovechamiento; Mauro hablaba de refrigeración o de
superheterodinos con la suficiencia porteña que cree que todo le es debido.) Yo
lo agarré del brazo y lo puse en camino de una mesa porque él seguía distraído
y miraba el palco de la típica, al cantor que tenía con las dos manos el
micrófono y lo zarandeaba despacito. Nos acodamos contentos delante de dos
cañas secas y Mauro se bebió la suya de un solo viaje.
-Esto asienta la cerveza. Puta que estáá
concurrida la milonga.
Llamó pidiendo otra, y me dio calce para desentenderme y mirar.
La mesa estaba pegada a la pista, del otro lado había sillas contra una larga
pared y un montón de mujeres se renovaba con ese aire ausente de las
milongueras cuando trabajan o se divierten. No se hablaba mucho, oíamos muy
bien la típica, rebasada de fuelles y tocando con ganas. El cantor insistía en
la nostalgia, milagrosa su manera de dar dramatismo a un compás más bien rápido
y sin alce. Las trenzas de mi china las traigo en la maleta... Se
prendía al micrófono como a los barrotes de un vomitorio, con una especie de
lujuria cansada, de necesidad orgánica. Por momentos metía los labios contra la
rejilla cromada, y de los parlantes salía una voz pegajosa -"Yo soy un
hombre honrado..."-; pensé que sería negocio una muñeca de goma y el
micrófono escondido dentro, así el cantor podría tenerla en brazos y calentarse
a gusto al cantarle. Pero no serviría para los tangos, mejor el bastón cromado
con la pequeña calavera brillante en lo alto, la sonrisa tetánica de la
rejilla.
Me parece bueno decir aquí que yo iba a esa milonga por los
monstruos, y que no sé de otra donde se den tantos juntos. Asoman con las once
de la noche, bajan de regiones vagas de la ciudad, pausados y seguros de uno o
de a dos, las mujeres casi enanas y achinadas, los tipos como javaneses o
mocovíes, apretados en trajes a cuadros o negros, el pelo duro peinado con
fatiga, brillantina en gotitas contra los reflejos azules y rosa, las mujeres
con enormes peinados altos que las hacen más enanas, peinados duros y difíciles
de los que queda el cansancio y el orgullo. A ellos les da ahora por el pelo
suelto y alto en el medio, jopos enormes y amaricados sin nada que ver con la
cara brutal más bajo, el gesto de agresión disponible y esperando su hora, los
torsos eficaces sobre finas cinturas. Se reconocen y se admiran en silencio sin
darlo a entender, es su baile y su encuentro, la noche de color. (Para una
ficha: de dónde salen, qué profesionales los disimulan de día, qué oscuras
servidumbres los aíslan y disfrazan.) Van a eso, los monstruos se enlazan con
grave acatamiento, pieza tras pieza giran despaciosos sin hablar, muchos con
los ojos cerrados gozando al fin la paridad, la completación.
Se recobran en los intervalos, en las mesas son jactanciosos y las mujeres
hablan chillando para que las miren, entonces los machos se ponen más torvos y
yo he visto volar un sopapo y darle vuelta la cara y la mitad del peinado a una
china bizca vestida de blanco que bebía anís. Además está el olor, no se
concibe a los monstruos sin ese olor a talco mojado contra la piel, a fruta
pasada, uno sospecha los lavajes presurosos, el trapo húmedo por la cara y los
sobacos, después lo importante, lociones, rimel, el polvo en la cara de todas
ellas, una costra blancuzca y detrás las placas pardas trasluciendo. También se
oxigenan, las negras levantan mazorcas rígidas sobre la tierra espesa de la
cara, hasta se estudian gestos de rubia, vestidos verdes, se convencen de su
transformación y desdeñan condescendientes a las otras que defienden su color.
Mirando de reojo a Mauro yo estudiaba la diferencia entre su cara de rasgos
italianos, la cara del porteño orillero sin mezcla negra ni provinciana, y me
acordé de repente de Celina más próxima a los monstruos, mucho más cerca de
ellos que Mauro y yo. Creo que Kasidis la había
elegido para complacer a la parte achinada de su clientela, los pocos que
entonces se animaban a su cabaré. Nunca había estado
en lo de Kasidis en tiempos de Celina, pero después
bajé una noche (para reconocer el sitio donde ella trabajaba antes que Mauro la
sacara) y no vi más que blancas, rubias o morochas
pero blancas.
-Me dan ganas de bailarme un tango -dijjo
Mauro quejoso. Ya estaba un poco bebido al entrar en la cuarta caña. Yo pensaba
en Celina, tan en su casa aquí, justamente aquí donde Mauro no la había traído
nunca. Anita Lozano recibía ahora los aplausos cerrados del público al saludar
desde el palco, yo la había oído cantar en el Novelty
cuando se cotizaba alto, ahora estaba vieja y flaca pero conservaba toda la voz
para los tangos. Mejor todavía, porque su estilo era canalla,
necesitado de una voz un poco ronca y sucia para esas letras llenas de
diatriba. Celina tenía esa voz cuando había bebido, de pronto me di cuenta cómo
el Santa Fe era Celina, la presencia casi insoportable de Celina.
Irse con Mauro había sido un error. Lo aguantó porque lo quería y
él la sacaba de la mugre de Kasidis, la promiscuidad
y los vasitos de agua azucarada entre los primeros rodillazos y el aliento
pesado de los clientes contra su cara, pero si no hubiera tenido que trabajar
en las milongas a Celina le hubiera gustado quedarse. Se le veía en las caderas
y en la boca, estaba armada para el tango, nacida de arriba abajo para la
farra. Por eso era necesario que Mauro la llevara a los bailes, yo la había
visto transfigurarse al entrar, con las primeras bocanadas de aire caliente y
fuelles. A esta hora, metido sin vuelta en el Santa
Fe, medí la grandeza de Celina, su coraje de pagarle a Mauro con unos años
de cocina y mate dulce en el patio. Había renunciado a su cielo de milonga, a
su caliente vocación de anís y valses criollos. Como condenándose a sabiendas,
por Mauro y la vida de Mauro, forzando apenas su mundo para que él la sacara a
veces a una fiesta.
Ya Mauro andaba prendido con una negrita más alta que las otras,
de talle fino como pocas y nada fea. Me hizo reír si instintiva pero a la vez
meditada selección, la sirvientita era la menos igual a los monstruos; entonces
me volvió la idea de que Celina había sido en cierto modo un monstruo como
ellos, sólo que afuera y de día no se notaba como aquí. Me pregunté si Mauro lo
habría advertido, temí un poco su reproche por traerlo a un sitio donde el
recuerdo crecía da cada cosa como pelos en un brazo.
Esta vez no hubo aplausos, y él se acercó con la muchacha que
parecía súbitamente entontecida y como boqueando fuera de su tango.
-Le presento a un amigo.
Nos dijimos los "encantados" porteños y ahí nomás le
dimos de beber. Me alegraba verlo a Mauro entrando en la noche y hasta cambié
unas frases con la mujer que se llamaba Emma, un nombre que no les va bien a
las flacas. Mauro parecía bastante embalado y hablaba de orquestas con la frase
breve y sentenciosa que le admiro. Emma se iba en nombres de cantores, en
recuerdos de Villa Crespo y El Talar. Para entonces Anita Lozano anunció un
tango viejo y hubo gritos y aplausos entre los monstruos, los tapes sobre todo
que la favorecían sin distingos. Mauro no estaba tan curado como para olvidarse
del todo, cuando la orquesta se abrió paso con un culebreo de los bandoneones,
me miró de golpe, tenso y rígido, como acordándose. Yo me vi
también en Rácing, Mauro y Celina prendidos fuerte en
ese tango que ella canturreó después toda la noche y en le taxi de vuelta.
-¿Lo bailamos? -dijo Emma, tragando su granadina con ruido.
Mauro ni la miraba. Me parece que fue en ese momento que los dos
nos alcanzamos en lo más hondo. Ahora (ahora que escribo) no veo otra imagen
que una de mis veinte años en Sportivo Barracas,
tirarme a la pileta y encontrar otro nadador en el fondo, tocar el fondo a la
vez y entrevernos en el agua verde y acre. Mauro echó atrás la silla y se
sostuvo con un codo en la mesa. Miraba igual que yo la pista, y Emma quedó
perdida y humillada entre los dos, pero lo disimulaba comiendo papas fritas.
Ahora Anita se ponía a cantar quebrado, las parejas bailaban casi sin salir de
su sitio y se veía que escuchaban la letra con deseo y desdicha y todo el
negado placer de la farra. Las caras buscaban el palco y aun girando se las
veía seguir a Anita inclinada y confidente en el micrófono. Algunos movían la
boca repitiendo las palabras, otros sonreían estúpidamente como desde atrás de
sí mismos, y cuando ella cerró su tanto, tanto como fuiste mío, y hoy te
busco y no te encuentro, a la entrada en tutti de los fuelles respondió a
la renovada violencia del baile, las corridas laterales y los ocho entreverados
en el medio de la pista. Muchos sudaban, una china que me hubiera llegado
raspando al segundo botón del saco pasó contra la mesa y le vi
el agua saliéndole de la raíz del pelo y corriendo por la nuca donde la grasa
le hacía una canaleta más blanca. Había humo entrando del salón contiguo donde
comían parrilladas y bailaban rancheras, el asado y los cigarrillos ponían una
nube baja que deformaba las caras y las pinturas baratas de la pared de
enfrente. Creo que yo ayudaba desde adentro con mis cuatro cañas, y Mauro se
tenía el mentón con el revés de la mano, mirando fijo hacia delante. No nos
llamó la atención que el tango siguiera y siguiera allá arriba, una o dos veces
vi a Mauro echar una ojeada al palco donde Anita
hacía como que manejaba una batuta, pero después volvió a clavar los ojos en
las parejas. No sé cómo decirlo, me parece que yo seguía su mirada y a la vez
le mostraba el camino; sin vernos sabíamos (a mí me parece que Mauro sabía) la
coincidencia de ese mirar, caíamos sobre las mismas parejas, los mismos pelos y
pantalones. Yo oí que Emma decía algo, una excusa, y el espacio de mesa entre
Mauro y yo quedó más claro, aunque no nos mirábamos. Sobre la pista parecía
haber descendido un momento de inmensa felicidad, respiré hondo como
asociándome y creo haber oído que Mauro hizo lo mismo. El humo era tan espeso
que las caras ese borroneaban más allá del centro de
la pista, de modo que las zonas de las sillas para las que planchaban no se
veía entre los cuerpos interpuestos y la neblina. Tanto como fuiste mío,
curiosa la crepitación que le daba el parlante a la voz de Anita, otra vez los
bailarines se inmovilizaban (siempre moviéndose) y Celina que estaba sobre la
derecha, saliendo del humo y girando obediente a la presión de su compañero,
quedó un momento de perfil a mí, después de espaldas, el otro perfil, y alzó la
cara para oír la música. Yo digo: Celina; pero entonces fue más bien saber sin
comprender, Celina ahí sin estar, claro, cómo comprender eso en el momento. La
mesa tembló de golpe, yo sabía que era el brazo de Mauro que temblaba, o el
mío, pero no teníamos miedo, eso estaba más cerca del espanto y la alegría y el
estómago. En realidad era estúpido, un sentimiento de cosa aparte que no nos
dejaba salir, recobrarnos. Celina seguía siempre ahí sin vernos, bebiendo el
tango con toda la cara que una luz amarilla de humo desdecía y alteraba.
Cualquiera de las negras podría haberse parecido más a Celina que ella en ese
momento, la felicidad la transformaba de un modo atroz, yo no hubiese podido
tolerar a Celina como la veía en ese momento y ese tango. Me quedó inteligencia
para medir la devastación de su felicidad, su cara arrobada y estúpida en el
paraíso al fin logrado; así pudo ser ella en lo de Kasidis
de no existir el trabajo y los clientes. Nada la ataba ahora en su cielo sólo
de ella, se daba con toda la piel a la dicha y entraba otra vez en el orden
donde Mauro no podía seguirla. Era su duro cielo conquistado, su tango vuelto a
tocar para ella sola y sus iguales, hasta el aplauso de vidrios rotos que cerró
el refrán de Anita, Celina de espaldas, Celina de perfil, otras parejas contra
ella y el humo.
No quise mirar a Mauro, ahora yo me rehacía y mi notorio cinismo
apilaba comportamientos a todo vapor. Todo dependía de cómo entrara él en la
cosa, de manera que me quedé como estaba, estudiando la pista que se vaciaba
poco a poco.
-¿Vos te fijaste? -dijo Mauro.
-Sí.
-¿Vos te fijaste cómo se parecía?
No le contesté, el alivio pesaba más que la lástima. Estaba de
este lado, el pobre estaba de este lado y no alcanzaba ya a creer lo que
habíamos sabido juntos. Lo vi levantarse y caminar
por la pista con paso de borracho, buscando a la mujer que se parecía a Celina.
Yo me estuve quieto, fumándome un rubio sin apuro, mirándolo ir y venir
sabiendo que perdía su tiempo, que volvería agobiado y sediento sin haber
encontrado las puertas del cielo entre ese humo y esa gente.
Julio Cortázar; Bestiario,
Buenos Aires, Sudamericana, 1994