MICROCUENTOS

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Palimpsesto

Programas de entretenimientos

Golem y rabino I

A Circe

De las hermanas

El espejo 2

Hora sin tiempo

 

 

PALIMPSESTO

Rubén Darío

Cuando Longinos salió huyendo con la lanza en la mano, después de haber herido el costado de Nuestro Señor Jesús, era la triste hora del Calvario, la hora en que empezaba la sagrada agonía.

Sobre el árido monte las tres cruces proyectaban su sombra. La muchedumbre que había concurrido a presenciar el sacrificio iba camino de la ciudad. Cristo, sublime y solitario, martirizado lirio de divino amor, estaba pálido y sangriento en su madero.

Cerca de los pies atravesados, Magdalena, desmelenada y amante, se apretaba la cabeza con las manos. María daba su gemido maternal. Stabat mater dolorosa!

Después, la tarde fugitiva anunciaba la llegada del negro carro de la noche. Jesús temblaba en la luz al suave soplo crepuscular.

La carrera de Longinos era rápida, y en la punta de la lanza que llevaba en su diestra brillaba algo como la sangre luminosa de un astro.

El ciego había recobrado el goce del sol.

El agua santa de la santa herida había lavado en esta alma toda la tiniebla que impedía el triunfo de la luz.

A la puerta de la casa del que había sido ciego, un grande arcángel estaba con las alas abiertas y los brazos en alto.

¡Oh, Longinos, Longinos! Tu lanza desde aquel día será un inmenso bien humano. El alma que ella hiera sufrirá el celeste contagio de la fe.

Por ella oirá el trueno Saulo y será casto Parcifal.

En la misma hora en que en Haceldama se ahorcó Judas, floreció idealmente la lanza de Longinos.

Ambas figuras han quedado eternas a los ojos de los hombres.

¿Quién preferirá la cuerda del traidor al arma de la gracia?

 

PROGRAMA DE ENTRETENIMIENTOS

Ana María Shua

Es un programa de juegos por la tele. Los niños se ponen zapatillas de la marca que auspicia el programa. Cada madre debe reconocer a su hijo mirando solamente las piernitas a través de una ventana en el decorado. El país es pobre, los premios son importantes. Los participantes se ponen de acuerdo para ganar siempre. Si alguna madre se equivoca, no lo dice. Después, cada una se lleva al hijo que eligió, aunque no sea el mismo que traía al llegar. Es necesario mantener la farsa largamente porque la empresa controla con visitadoras sociales los hogares de los concursantes. Hay hijos que salen perdiendo, pero a otros el cambio les conviene. También se dice que algunas madres hacen trampa, que se equivocan adrede.

 

GOLEM Y RABINO I

Ana María Shua

Muchos cabalistas fueron capaces de crear un Golem, pero no todos lograron que su Golem les obedeciera. Se cuenta la historia de un Golem rebelde a quien cierto rabino modeló a su propia imagen y semejanza y que, aprovechando el notable parecido de sus rasgos, tomó el lugar de su creador. Esta verídica historia es absolutamente desconocida porque nadie notó la diferencia, excepto la feliz esposa del rabino, que optó por no comentarlo.

 

A CIRCE

Julio Torri
 

¡Circe, diosa venerable! He seguido puntualmente tus avisos. Mas no me hice amarrar al mástil cuando divisamos la isla de las sirenas, porque iba resuelto a perderme. En medio del mar silencioso estaba la pradera fatal. Parecía un cargamento de violetas errante por las aguas.

¡Circe, noble diosa de los hermosos cabellos! Mi destino es cruel. Como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mí.

 

 

DE LAS HERMANAS

Eliseo Diego

Eran tres viejecitas dulcemente locas que vivían en una casita pintada de blanco, al extremo del pueblo. Tenían en la sala un largo tapiz, que no era un tapiz, sino sus fibras esenciales, como si dijésemos el esqueleto del tapiz. Y con sus pulcras tijeras plateadas cortaban de vez en cuando alguno de los hilos, o a lo mejor agregaban uno, rojo o blanco, según les pareciese. El señor Veranes, el médico del pueblo, las visitaba los viernes, tomaba una taza de café con ellas y les recetaba esta loción o la otra. “¿Qué hace mi vieja?” -preguntaba el doctísimo señor Veranes, sonriendo, cuando cualquiera de las tres se levantaba de pronto acercándose, pasito a pasito, al tapiz con las tijeras. “Ay —contestaba una de las otras— , qué ha de hacer, sino que le llegó la hora al pobre Obispo de Valencia”. Porque las tres viejitas tenían la ilusión de que ellas eran las Tres Parcas. Con lo que el doctor Veranes reía gustosamente de tanta inocencia.

Pero un viernes las viejecitas lo atendieron con solicitud extremada. El café era más oloroso que nunca, y para la cabeza le dieron un cojincito bordado. Parecían preocupadas, y no hablaban con la animación de costumbre. A las seis y media una de ellas hizo ademán de levantarse. “No puedo —suspiró recostándose de nuevo. Y, señalando a la mayor, agregó —:Tendrás que ser tú, Ana María.

Y la mayor, mirando tristemente al perplejo señor Veranes, fue suave a la tela, y con las pulcras tijeras cortó un hilo grueso, dorado, bonachón. La cabeza de Veranes cayó enseguida al pecho, como un peso muerto.

Después dijeron que las viejecitas, en su locura, habían envenenado el café. Pero se mudaron a otro pueblo antes que empezasen las sospechas y no hubo modo de encontrarlas.

 

DEL ESPEJO. 2

Eliseo Diego

Aquella noche, mientras se arreglaba la corbata de etiqueta, pensó por centésima vez si el gran espejo de su escaparate no sería, en realidad, una puerta. Medio en broma alargó una pierna y no encontró obstáculo. Entró en el espejo de costado, con el gesto inconsciente de quien se desliza. La excesiva solicitud de su imagen debió prevenirlo, pero ¿quién piensa en su imagen a no ser como un sirviente, cuya fidelidad no se discute? Ni siquiera pensó en ello.

Su etiqueta era de invierno, pero en el corredor del espejo hacía un calor sofocante. “Iré hasta el recodo” — se dijo, hasta el recodo que siempre imaginó que ocultaría las vistas distintas y asombrosas. (La coincidencia se agotaría en los dos aposentos: el del espejo y el suyo. Más allá comenzaría el asombro).

Llegó hasta el recodo y lo dobló, como era su propósito. Entonces vino lo horrible: su imagen, que se había deslizado afuera y lo acechaba oculta detrás del escaparate, alzó la silla y la arrojó contra el espejo. Mientras se astillaba y venía abajo pareció que la víctima agitaba sus brazos con angustia, allá en el fondo.

El asesino terminó de arreglarse la corbata y se alejó sonriendo.

 

 

HORA SIN TIEMPO

Alvaro Menén Desleal

Un pasajero a otro:

—Disculpe, caballero, mi reloj se ha parado. ¿Qué hora tiene usted?

—Oh, lo siento; el mío se paró también.

—Por casualidad...¿a las 8.l7?

—Sí, a las 8.l7.

—Entonces ocurrió, realmente.

—Sí, a esa hora.

 

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