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Humores familiares I Cuando el hombre mató su ternero apenas quedó un agujero. Mientras él lo cubría con tierra su mujer recordaba la guerra. Y acunados por tanta matanza sus hijos clamaron venganza. II La mujer barrió con su escoba los pelos del lobo y la loba. Limpió con esmero la casa guardando la sangre en su taza. Entonces bebió con cuidado lo mismo que había guardado. La señora de la esquina Estaba la señora de la esquina envainando su pudor en una caja cuando vino el comodín de la baraja y le dijo que llamara a su vecina. La pobre mujer, desconcertada, mirando sin saber lo que quería subió al automóvil de su tía y huyó por la calle hacia la nada. Un suceso imprevisto Al derramar el almíbar sobre el piso, el Dr. Finisterre se desarmó en sollozos. Presurosa como siempre, su mujer se acercó para calmarlo. Un círculo creciente de parientes y vecinos comenzó a rodear su cuerpo tembloroso... El Dr. Finisterre aleteaba como un pato. Sus piernas se extendían hacia arriba y hacia abajo, buscando, tal vez, un voluntario. Un alma bondadosa y oportuna, que rescatara su figura del fracaso Noticias y advertencias I La señorita Miguens se los dijo: -Es absurda esa manía
iconoclasta en momentos como éstos. -Tocaron y se fueron
–murmuraba la vecina-. -Tocaron y se fueron
–repetían los porteros-. -Barrieron los
pasillos y enceraron la escalera... “Todo está prolijo y ordenado” nos dijeron. “Ya verán que este hermoso animalito acabará
con las moscas y los huesos”. II El diputado Saratoga brindó la información
que todos esperaban: -Si la leche se quema,
muge la vaca. -Si la sopa se vuelca,
cacarea la gallina. -Sin embargo –alcanzó
a decir seguidamente- es bueno que lo piensen y se queden. -Dentro de uno o dos
minutos, estará la papa almidonada. La receta del señor Miraballes. El señor Miraballes desplazó de un plumazo
a la señorita Milly. Sus manos se crisparon ante tanto movimiento que nadie
contenía. -El reuma sólo afecta a los mayores
–sentenció el sacerdote que andaba por la casa, abriendo y cerrando puertas y
ventanas. -La pata del pollo no es buena para el
caldo –comentó la señorita Milly a su vecina. (Ella también consultaba al
sacerdote, cuando empezaba a sentir esos dolores en las piernas.) El señor Miraballes insistió con su receta:
dos gotas de vinagre en la punta de la lengua y alguna infusión al despertarse.
Al oír estas palabras, el sacerdote y la
vecina opusieron resistencia. -El reuma sólo afecta a los mayores –respondieron con firmeza. El tercer ojo El tercer ojo calcula la distancia, a
medida que se alejan las carretas. En la primera de ellas, un sheriff de
cuarenta años, empobrecido por su trabajo, grita Far West a los cuatro
vientos. Primeramente en inglés, luego en español y por último en árabe. Esta
vez, algo turbado por las dificultades del idioma, recuerda que, en realidad,
nunca fue feliz... En la segunda carreta, atestada de bolsos y valijas, el
conductor castiga sin piedad a los caballos, hasta que la sangre que brota de
las bestias le anticipa su propio sufrimiento. Después de cuarenta y ocho horas
sin novedades, el conductor da muerte a los animales y se arroja desde un
puente... En la tercera carreta, que, a su vez, guarda relación con el tercer
ojo, una familia procedente de San Francisco, aconseja encerrar a los ancianos,
cada vez que el invierno se aproxima. (Marque con una cruz en qué carreta
viajaría usted si tuviera cuarenta años como el sheriff, cuarenta y ocho horas
sin novedades y cuatro ancianos a cargo.) El señor Peret y su
mosca Pasado el mediodía, el señor Peret salió a
la calle con su mosca. Siempre negra, siempre inquieta, la mosca corría por la
vereda, como si no pudiera desplegar sus alas. Luego de observar el recorrido,
el señor Peret la reprendió severamente. Sin embargo, la mosca no se dio por
aludida. Su atención estaba puesta en otras moscas: el moscardón de enfrente y
la mosquita de la esquina. -Siempre ocurre lo mismo con esta mosca.
–comentó el señor Peret a sus vecinos. -En lugar de volar como las otras, se queda
papando moscas. Como si nada le importara, como si todo le viniera desde
arriba... Del Diccionario
Larousse: “La mosca común,
insecto cosmopolita y molesto, abunda extraordinariamente en ciertos puntos, y
se convierte, a veces, en activo propagador de enfermedades diversas. Para
alejar las moscas de las habitaciones, se aconseja cerrar las cortinas y
persianas durante algún tiempo, dejando sólo una rendija por donde huyen dichos
insectos, muy aficionados a la luz y al calor. También se usan con éxito
papeles envenenados o untados con una materia viscosa y tóxica, botellas llenas
de una solución de arseniuro de cobalto, etc.” Nota:: Los textos reunidos en esta breve selección pertenecen al libro inédito Humores familiares. Horacio Laitano |
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