La Conferencia

 

Escena I

 

   La acción se desarrolla en el hall de una clínica privada. La edad de los personajes, con excepción del Personaje taciturno, oscila entre los cuarenta y los cincuenta años. La Dra. Anacoreta es una mujer de cabellos castaños, tez pálida y ojos oscuros. La enfermera es rubia y de ojos vivaces. El Dr. Exímides es un hombre de cabellos castaños y barba recortada.

 

Dra. Anacoreta (sonriente).- Buenos días, Dr. Exímides. Nos alegra mucho volver a verlo. Hemos pasado toda la noche masticando cubos de manteca. Imagínese cómo tenemos la dentadura.

Dr. Exímides (sonriente).- No hace falta que me lo diga. Usted y yo nos conocemos...

Dra. Anacoreta (suspirando).- Tiene razón, amigo mío. ¡El clima de esta sala es tan pesado para nosotros!... Aquí, el verano dura demasiado... Y cuando empezamos a acostumbrarnos, ya se insinúan los aires del otoño...

Dr. Exímides (restregándose las manos).- ¡Qué maravillosa es la naturaleza!... A mí me encantan los climas desparejos... Aunque también me gustan los ámbitos cerrados...

Dra. Anacoreta (sorprendida).- ¿Los ámbitos cerrados?...¿A qué se refiere?...

Dr. Exímides.- ¿No se da cuenta?... Es algo característico de nuestro trabajo: (haciendo gestos con las manos)  los consultorios, el quirófano, el laboratorio, la farmacia...

Dra. Anacoreta (interrumpiendo).- Está bien, doctor, espere un momento... Soy una persona muy impresionable... (la enfermera se toma del uniforme de la doctora, como si se escondiera del Dr. Exímides. La doctora la mira con fastidio, tratando de disuadirla. La enfermera continúa en la misma posición y se produce una creciente tirantez entre las dos mujeres.  El Dr. Exímides continúa con su plática, sin advertir la situación.)

Dr. Exímides (con tono profesional).- Mis estudios sobre el aparato digestivo se basan en estudios anteriores. No es fácil detectar los espasmos intestinales en una época como ésta. (Comienza un tímido forcejeo entre la enfermera y la doctora, quien intenta quitársela de encima.)...La digestión es un proceso lento y complicado, que muy pocas personas comprenden. Si nos perpetuamos en la ignorancia, nadie confiará en la medicina. Por algo, muchos pacientes prefieren los remedios de la abuela... (La Dra. Anacoreta y la enfermera dejan de forcejear, pero quedan totalmente despeinadas.)

Dr. Exímides (sorprendido por el estado de su colega).- ¿Qué le ocurre, doctora?...¿Supongo que no estará por descomponerse?... Sería muy mala propaganda para la clínica...(Sonriendo).- ¿No le parece? (Tanto la doctora como la enfermera lo miran desconcertadas. En ese momento, se escucha una voz, que proviene de otro lado.)

Voz.- ¡Doctor Exímides!... Lo reclaman los organizadores de la conferencia. (El Dr. Exímides, súbitamente alterado, se retira de inmediato, mientras las dos mujeres se miran entre ellas, como si no entendieran lo que ocurre.)

Dra. Anacoreta (a la enfermera).- Qué suerte, querida Catrita. ¡Hacía tanto tiempo que quería hablar con el Dr. Exímides!.... Es una buena oportunidad para escuchar su conferencia.

Enfermera (algo desencajada).- ¡Qué divertido!....

Dra. Anacoreta.- ¿Divertido?... ¿A quién se le ocurre que una conferencia pueda ser algo divertido?... Solamente a vos, que siempre estás con  los bolsillos llenos de papeles... (La enfermera se mira los bolsillos, sorprendida por la observación de la doctora. En ese momento, ingresa al escenario un grupo de mujeres, vestidas con trajecitos antiguos y llamativos. Una de ellas ejerce el control del grupo, con disimulado autoritarismo. Las demás la escuchan con atención, sin cuestionar en absoluto su liderazgo).

Mujer 1 (con voz empalagosa).- Bueno, bueno. No se distraigan. Vamos a ordenarnos convenientemente. El Dr. Exímides es un brillante profesional de la salud. Rodolfo Exímides, su padre, fue médico consultor en el Hospital de los Obdulios. Fue una congregación muy importante en la época de los conservadores. Zenón Obdulio, diplomático de carrera, representó a nuestro país en las Conferencias Universales. Y la relación entrañable entre Exímides y Obdulio cimentó las bases de nuestro sistema de salud. (Una de las mujeres intenta hablar, pero la Mujer 1 se lo impide, dirigiéndose a ella, con su expresión autoritaria).- ¡No se confundan!... Un país no se construye con indisciplina. Tanto el médico como el paciente deben respetar a rajatabla lo que se dice. ¡Ni una gota más ni una gota menos! (Una mujer se desprende del grupo y comienza a hablar animadamente).

Mujer 2.- (repitiendo textualmente del diccionario Larousse).- “La gota es una afección diatésica caracterizada por desórdenes viscerales y articulares, con depósito de uratos...”

Mujer 3 (desprendiéndose del grupo).- “La gota exige un régimen severo”... (La mujer 1 comienza a mostrar signos de nerviosismo).

Mujer 1 (golpeando levemente las palmas de las manos).- Bueno, bueno, no se desordenen. (A todo esto, la Dra. Anacoreta y la enfermera, visiblemente asombradas por la aparición del grupo de mujeres, permanecen sentadas en un banco. De pronto, la Mujer 1 advierte la presencia de la Dra. Anacoreta  y se dirige hacia ella,  ignorando a la enfermera.)

Mujer 1 (con expresión amable).- Discúlpeme, doctora. No la había visto. (Dándole la mano).  Mucho gusto.

Dra. Anacoreta (sonriendo forzadamente).- El gusto es mío...

Mujer 1 (sin prestar atención al detalle).- ¿A qué hora comienza la conferencia?... (Mientras tanto el grupo de mujeres conversan entre ellas, produciendo un murmullo verdaderamente molesto.)

Dra. Anacoreta (a la Mujer 1, con insistencia).- Disculpe, no recuerdo su nombre.

Mujer 1 (buscando evadir la respuesta).- Nunca me pierdo las conferencias del Dr. Exímides. Es un eximio profesional. Conoce el aparato digestivo como pocos. Desde el esófago hasta el recto. Desde el apéndice hasta el píloro. (La enfermera comienza a hacer arcadas.) Desde el colédoco hasta el páncreas... (Haciendo un gesto de buena educación.) Disculpen, debo retirarme... (Retomando la conducción del grupo de mujeres)

Mujer 1.- Continuemos con lo nuestro. (Una de las mujeres se le acerca y le murmura algo al oído).-  Sí, ya sé, querida. Es médica psiquiatra. Trabajó en el Hospital de las Carmonas. Estuvo a cargo de la guardia durante mucho tiempo. Siempre se dijo que prefirió los métodos antiguos... Electroshock ... (las demás mujeres comienzan a acercarse a la Mujer 1, para escuchar lo que dice, con cierto placer morboso)... patadas en el culo... (risas del grupo)... inyecciones en las piernas... encierros prolongados... (mientras la mujer continúa hablando, el grupo se desplaza hacia uno de los laterales, hasta desaparecer de escena)... golpes en la espalda... ataduras y tormentos para imponer la disciplina... (La Dra. Anacoreta y la enfermera continúan sentadas en el banco del hall. La enfermera se está limando las uñas, mientras la doctora lee una revista.)

Dra. Anacoreta (a la enfermera, con una sonrisa).- Ese rostro me parece conocido (aparentemente habla de la Mujer 1).  De un hospital, de un consultorio.

Enfermera.- ¿No será de la facultad?

Dra. Anacoreta.- No creo. Hace tanto tiempo que dejé la enseñanza. Recuerdo que en esa época Arturito estaba en la escuela. Una vez, la maestra me llamó y me dijo: “¡Este chico va a seguir su profesión!... Lo encontramos en el baño, aplicando inyecciones con un clavo...”

Enfermera.- ¡Qué trabajo difícil es el nuestro!...(Con gesto dramático).- ¡Siempre en contacto con la muerte!...

 

 

Escena II

 

   Aparecen en escena dos personajes de aspecto formal, sentados en un banco del hall central de la clínica. Ambos usan el bigote recortado de la misma manera, acentuando sus semejanzas. El Señor 1 lleva  traje gris, camisa blanca, corbata azul y zapatos acordonados. El  Señor 2  viste de manera similar, pero en tonos más claros.

 

Señor 1 (con fastidio).- Otra vez hizo lo mismo. Abandonó el lugar donde pensaban esperarlo.

Señor 2 (en el mismo tono).- Costumbre conocida. No es la primera vez que lo hace.

Señor 1.- Ni la primera vez, ni la segunda. Es un impaciente incorregible.

Señor 2 (sonriendo).- Ese adjetivo me hace recordar a Borges. Cuando hablaba de los ...

Señor 1 (interrumpiendo).- ¡No lo diga!... Mejor hablemos de otro tema.

Señor 2.- Está bien. Hablemos del Dr. Exímides. Su conferencia sobre el aparato digestivo ha despertado mucha expectativa.

Señor 1.- No se deje llevar por eso. Los médicos son bichos raros. Mi abuelo siempre me aconsejaba no ir al médico. Decía que modificaban los diagnósticos para favorecer a los laboratorios.

Señor 2.- ¡Eso es un disparate!... Gracias a la medicina aumentó el promedio de vida.

Señor 1.- Usted bien lo dijo. Gracias a la medicina...

Señor 2.- ¿Y entonces?

Señor 1.-  No es lo mismo la medicina que los médicos.

Señor 2.- Bueno, los médicos son los profesionales que ejercen la medicina. (Poniéndose de pie súbitamente, como si le hablara a otras personas).- ¡Es obvio! ¿No?... (Vuelve a sentarse).

Señor 1.- Mi abuelo no era médico y ejercía la medicina.

Señor 2 (molesto).- ¡Era un falso galeno!

Señor 1 (ofuscado).- ¡No grite que no soy sordo!... Usted habla por boca de ganso.

Señor 2.- No me ofenda. Acostúmbrese a respetar las diferencias. Me parece que su abuelo era un hombre inteligente, pero estaba fuera de la ley.

Señor 1 (con fastidio).- Está bien. Tiene razón. Para qué voy a seguir discutiendo. No tiene sentido. Usted dice lo suyo y yo digo lo mío. Son dos corrientes de opinión que nunca confluyen. 

Señor 2 (sonriendo).- ¿No sabe a qué hora empieza la conferencia?

Señor 1 (con gesto poco amable).- A la hora que desocupen el auditorio. Hay siete conferencias programadas en el mismo día. Termina una y empieza otra... Y así, sucesivamente, hasta llegar a la conferencia del Dr. Exímides.

Señor 2.- ¿Sobre el aparato digestivo?...

Señor 1 (sigue molesto).- Sí, sobre el aparato digestivo. Quédese tranquilo; no hubo ningún cambio. 

Señor 2.- No lo digo por eso. Todos los temas me interesan. El aparato digestivo, el aparato circulatorio, los huesos, los músculos, las articulaciones... (Ingresa por el lateral un personaje de aspecto taciturno, vestido con prendas modestas.)

Personaje taciturno (dirigiéndose a los otros dos).- No puedo encontrar al Dr. Exímides. Hace media hora que estoy dando vueltas. Tomo el ascensor, subo las escaleras, pregunto en los mostradores, aprieto los timbres, llamo por teléfono... No atiende nadie... (Expresión de desconcierto).

Señor 1 (al señor 2).- Qué le dije. Es un irresponsable.

Señor 2.- No sea tan categórico. La conferencia empieza más tarde.

Señor 1.- Sí, pero él tiene que estar en su lugar.

Personaje taciturno.- Eso es lo que yo digo. La gente tiene que estar en su lugar. Por ejemplo, mi lugar es la farmacia. De ocho a doce, y de dos a ocho. Durante todo ese tiempo, tengo que estar detrás del mostrador.

Señor 2 (al señor 1).- Cuántas horas, ¿no?

Señor 1 (al señor 2).- Así son los trabajos. Cuando yo trabajaba en La Molinera, no teníamos tiempo ni para ir al baño. Por eso tengo los riñones destruidos.

Personaje taciturno (saca del bolsillo una libreta de apuntes).- “Los riñones están a ambos lados de la columna vertebral. El tejido adiposo que envuelve los riñones se llama riñonada” (Cierra la libreta y la guarda). (Al señor 1).- ¿Qué me cuenta?

Señor 1.- No es ninguna novedad.

Señor 2.- Es un dato elemental... Siempre hubo explotadores y explotados...

Personaje taciturno (con gesto despectivo).- Quién no lo sabe... Desde que el mundo es mundo, hubo pobres y ricos, jóvenes y viejos, sanos y enfermos... (Entra la enfermera, prácticamente corriendo).

Enfermera (a los tres personajes, con expresión desencajada).- ¡Casi se nos va en la operación!.... ¡Fue algo desesperante!...

Señor 1 (a la enfermera).- Cálmese, por favor. Usted es una profesional de la salud. No se puede alterar de esa manera...

Enfermera (completamente alterada).- ¡No puedo más!... ¡Estoy desesperada! (Se levanta el señor 2 y le da una cachetada).

Señor 2 (con tono agresivo).- ¡Basta!... Le dijimos que se calmara. Si no está en condiciones de ser enfermera, dedíquese a otra cosa.

Enfermera (lloriqueando, ante la mirada atónita del personaje taciturno).- Yo quería ser cocinera. Pero nunca tuve habilidad para la cocina. Las frituras se me pasaban, las tortas se me quemaban... Nunca pude hacer bien el arroz con leche. (A medida que se va recuperando, dirige su voz hacia los tres personajes).- ¿Ustedes pueden creer que yo sea una mujer tan torpe?

Personaje taciturno (a la enfermera).- No se desanime. La  cocina es cuestión de práctica. Mi madre siempre lo decía: en las buenas y en las malas, la papa es nuestra aliada.

Señor 1 (poniéndose de pie).- Mi abuela hacía los buñuelos con dulce de membrillo. (Se vuelve a sentar).

Señor 2 (imitando el gesto del señor 1).- El budín inglés de mi tía era el mejor del barrio.

Señor 1 (poniéndose de pie).- En 1965, mi abuela fue premiada por la Liga de Amas de Casa. (Vuelve a sentarse)

Señor 2.- (repitiendo el mismo gesto).- En el invierno del 58, mi tía ganó el Campeonato de Reposteras. (vuelve a sentarse).

Personaje taciturno (a la enfermera).- ¿Se da cuenta? Nada es imposible... Usted toma una asadera y coloca tres pechugas de pollo. Mientras tanto, va preparando en una cacerola, una salsita de tomates. Es muy importante que sepa condimentar: sal, pimienta, orégano, en fin, los condimentos tradicionales. (El personaje taciturno se va tornando levemente afeminado)... También puede ponerle provenzal, o sea, ajo y perejil, fresco o disecado... Bueno, como le iba diciendo... Cuando las pechugas de pollo están bien doraditas, le agrega la salsa de tomates y ¡listo!

Enfermera.- Discúlpeme. No entendí bien las secuencias.

Personaje taciturno (con expresión afeminada). Ah, no... No puede ser tan estructurada. La cocina se aprende sobre la marcha... (Cada vez más fastidioso) Es evidente que usted no tiene condiciones naturales.

Enfermera.- Pero usted me dijo que era una cuestión de práctica.

Personaje taciturno (con cierta soberbia).- Sí, pero la base de todo es la naturaleza de cada uno (los otros dos personajes continúan murmurando entre ellos).- Hay personas que no tienen condiciones para algunas cosas. (Tocándose el pecho, con gesto altanero).- Yo, por ejemplo, nunca me destaqué en el deporte. (La enfermera se sonríe, como si el personaje hubiera dicho una broma).

Personaje taciturno (algo molesto).- ¿De qué se ríe?... Ya sé que no nací para el deporte. Pero tengo facilidad para el estudio. Terminé el colegio secundario en tres años y siete meses. (Continúa con expresión amanerada).- Estudié piano y dibujo en Bellas Artes. Nunca tuve problemas con los profesores. Todos me querían.

Enfermera.- Qué orgullo para sus padres...¿No?

Personaje taciturno.- Mi papá fue abogado y escribano. Murió de un infarto.

Enfermera.- ¿Y su mamá?

Personaje taciturno.- Era una mujer encantadora. Fue profesora de caligrafía.

Enfermera.- ¿También falleció?

Personaje taciturno.- Bueno, en realidad, es como si hubiera muerto... (La enfermera no se atreve a preguntarle nada más.)

Señor 1 (a la enfermera y al personaje taciturno).- Parece ser que están muy entretenidos.

Enfermera (al señor 1).- Tuvimos una charla muy interesante.

Personaje taciturno (abandonando su expresión amanerada, ante el desconcierto de la enfermera).- Es muy importante que la gente se comunique. A veces, un gesto, una palabra, pueden modificar una situación.

Señor 2 (al personaje taciturno).- Efectivamente. (Continuando con el tono de expresiones obvias).- Si el ser humano no se comunica con sus semejantes,  está perdido.

Señor 1.- ¡Claro!... Es un problema del ser humano.

Enfermera (como si fuera el epílogo de una larga charla).- La Dra. Del Solar siempre nos decía:  “Paciencia con el paciente”...

Señor 1 y Señor 2 (con gesto edulcorado).- Qué lindas palabras... “Paciencia con el paciente”... Es una verdadera síntesis. (Los demás personajes sonríen, como si tratara de una auténtica revelación).

 

 

Escena III

 

   La escena tiene lugar en el hall central de la clínica. Aparecen, nuevamente, el Dr. Exímides, La Dra. Anacoreta y la enfermera.

 

Dr. Exímides (con evidente fastidio).- Hay momentos en que siento un rechazo absoluto por todos.

Dra.  Anacoreta (sorprendida).- Pero, doctor, usted no puede decir eso.

Dr.  Exímides.- No puedo decirlo, pero lo siento.

Enfermera (tratando de congraciarse con el Dr. Exímides).- Tiene razón. A mí, a veces, me pasa lo mismo. El otro día, por ejemplo, me enojé con el panadero. En lugar de un kilo, me dio tres cuartos. Y eso que le dije deme un kilo de flautines.

Dra. Anacoreta.- No vaya a ser que le ocurra lo mismo que a mi vecina. En lugar de pan, le dieron rosquitas. Cuando llegaron los invitados, se dio una situación muy desagradable. El esposo de mi vecina, al ver lo que había traído su señora, comenzó a gritar de tal forma, que los invitados se retiraron... (Sonriendo, con sorna). Y al retirarse los invitados, no tuvo más remedio que azotarla. Se lo tenía merecido. Eso le pasa por ser tan distraída...

Enfermera.- ¿El marido es muy violento?

Dra. Anacoreta.- No siempre. Pero hay que comprenderlo. Tantos años soportando lo mismo.

Dr. Exímides.- No se vayan por las ramas. Solamente quería decirles que no todos los días son iguales. Por ejemplo: el Día de la Raza es el 12 de octubre. Y el 7 de noviembre, el Día del Canillita.

Enfermera (sonriente, a la doctora).- ¿Usted sabe cuándo es el Día del camino?...

Dra. Anacoreta.- No, nunca tuve memoria para esas fechas. Cuando era adolescente, mi madre me tiraba del pelo para que recordara su cumpleaños.

Dr.  Exímides  (con tono ceremonioso).- El viejo método asociativo.

Enfermera.- Tiene razón, doctor. En la Escuela de Enfermería, nos golpeaban para darnos fuerza. La rectora repetía siempre: “La enfermera tiene que ser una persona sufrida”.

Dr. Exímides (en el mismo tono ceremonioso).- El método del sacrificio.

Dra. Anacoreta.- Nuestro trabajo consiste en servir al prójimo. Es inconcebible que en una guardia, los médicos conversen sobre mujeres.

Dr. Exímides (algo indulgente).- Bueno, no hay que ser tan intolerante.

Dra. Anacoreta.- “Disciplina y acción, en cada situación”. (Reaparece el grupo de mujeres. Esta vez ingresan por el lateral opuesto al de la primera escena.)

Mujer 1 (hablando con el resto del grupo).- Hacía mucho tiempo que no escuchaba una conferencia tan interesante.

Mujer 2.- Me gustó mucho lo que dijo el doctor sobre el páncreas. (Al resto del grupo.)  “El páncreas es una glándula abdominal localizada detrás del estómago. (A medida que la escuchan, el grupo continúa su desplazamiento hacia el otro lateral)... Consta de una parte exocrina, que elabora los jugos digestivos que desembocan en el duodeno...”

Mujer 1 (tratando de retomar el control del grupo).- “Y de una parte endocrina, que produce una hormona, (sonriendo) la insulina, que limita la cantidad de glucosa existente en la sangre...” (El grupo desaparece de escena)

Enfermera (buscando congraciarse con el médico).- Qué mujer entrometida.

Dra. Anacoreta (a la enfermera).- ¿Por quién lo dice?

Enfermera.- Por la misma que escuchamos. Ella no se pierde ninguna conferencia. Cuando vivía en Pergamino, recorría todos los actos culturales. Siempre y cuando fueran gratuitos.

Dr. Exímides.- Eso no tiene importancia. (Con tono campechano).- Cada uno hace lo que puede, m´hijita.

Enfermera.- Sí, pero hay que tener un poco de conducta. En 1990, era lo mismo la cultura que el deporte.

Dra. Anacoreta.- Perdóneme, la cultura y el deporte no son opuestos.

Enfermera (con pretendido aire de cultura general).- Si, do´tora (omitiendo la letra ce), pero no es lo mismo un jugador de fútbol que un escritor o un científico.

Dra. Anacoreta (citando una frase hecha).- “En la variedad está el gusto”. (El Dr. Exímides y la Dra. Anacoreta se ríen a carcajadas, como si ella hubiera dicho algo muy ocurrente. La enfermera los mira, entre sorprendida y molesta).

Dr. Exímides (mirando el reloj).- Discúlpenme...Casi me olvido que tenía que atender un paciente... Hace tres días que tiene unos dolores muy raros... Espero que no sea nada grave.

Enfermera (tomándose la cabeza con las manos).- ¡Por favor, doctor!...

Dra.  Anacoreta  (a la enfermera.- ¿Usted lo conoce?

Enfermera.- No, pero igualmente me preocupa... Soy una persona muy sensible.

Dra. Anacoreta.- Tendría que haber elegido otro trabajo...(Con expresión melodramática.) Los profesionales de la salud tenemos que endurecer nuestro corazón...

Dr. Exímides (dirigiéndose a las dos mujeres).- No pierdan el tiempo con esas discusiones. ¡Hay tanto por hacer!...

Enfermera (algo obsecuente).- Tiene razón, doctor... Primero está el trabajo y después las conversaciones... (La Dra. Anacoreta la mira con desdén, molesta, tal vez, por sus palabras. La enfermera permanece inmutable, mientras el Dr. Exímides se prepara para irse.)

Dr.  Exímides.-  Bueno, hasta luego... Regreso dentro de un rato.

Enfermera y Dra. Anacoreta (casi al unísono).- Hasta luego, doctor.

Dra. Anacoreta (con expresión irónica).- Usted siempre trata de quedar bien con el doctor... ¿No?...

Enfermera.- Sólo digo lo que pienso... El Dr. Exímides es una persona encantadora...

Dra. Anacoreta.- Nadie lo pone en duda. Pero veo que usted se preocupa excesivamente por destacarlo... (Suena un timbre. Seguidamente, se escucha una voz, que proviene de una oficina.)

Voz.- ¡Dra. Anacoreta, la requieren en la guardia!

Dra.  Anacoreta  (levemente inquieta).- ¿Qué habrá pasado?

Enfermera (con cierto sarcasmo).- No sé... Usted sabe cómo son las cosas en esta profesión. Nuestra suerte cambia de un momento a otro.

Dra. Anacoreta (sin disimular su nerviosismo).- Espero que no sea nada grave... Hasta luego... (Sale de escena.)

Enfermera (con gesto peyorativo).- Pobre, mujer... No tiene carácter para la medicina... Se impresiona fácilmente por todo... No sé si sabe tanto como dicen... Un profesional que no demuestra sus conocimientos es muy sospechoso... Cuando la consulté por mi hermana, se mostró muy insegura... La primera vez se equivocó en el diagnóstico...Y en la segunda visita le recetó unos medicamentos rarísimos, que no se conseguían en ninguna farmacia... Tuvimos que comprarlos en Corrientes... Pero, eso no fue todo... Después de tomarlos durante un tiempo, mi hermana se volvió torpe y desconfiada... Estuvo cinco meses internada en un sanatorio para poder recuperarse... (Con expresión de alivio).- Menos mal que recurrimos al Dr. Exímides... Si no hubiera sido por él, mi hermana ya no estaría con nosotros... (Ingresa súbitamente la Mujer 1, caracterizada como una secretaria.)

Mujer 1 (a la enfermera, con preocupación).- ¿No vio a la Dra. Anacoreta?

Enfermera.- Sí, la requerían en la guardia... Supongo que habrá ido para allá...

Mujer 1.- Yo vengo de la guardia y la doctora no estaba. Se cansaron de buscarla... Ya tenemos dos pacientes que agonizan...

Enfermera (alterada).- ¡Pero, llamen a otro médico!...

Mujer 1 (con nerviosismo).-Sí, pero ella está de guardia. No podemos molestar a otros.

Enfermera (algo perturbada, comienza a gritar por la sala).-¡Dra. Anacoreta!...¡Dra. Anacoreta!...

Mujer 1.- Por favor, no grite de esa forma... Se va a enterar el director...

Enfermera.- A mí no me interesa... Esa mujer es una irresponsable... Seguro que está en el bar de la esquina...

Mujer 1.- ¿Usted no podrá atenderlos?

Enfermera (algo molesta).- ¿A quiénes?...

Mujer 1.- A los pacientes de la guardia.

Enfermera.- ¡No diga disparates!...Yo no soy médica...Soy simplemente una enfermera... No puedo recetar ni tomar determinaciones...

Mujer 1 (buscando persuadirla).-  Bueno, pero, a lo mejor, con su experiencia...

Enfermera (perturbada).- ¡Ni se le ocurra decirlo!... ¡Que se hagan cargo los médicos!... (Comienza a gritar nuevamente, mientras se desplaza por el escenario).- ¡Dra. Anacoreta!... ¡Dra. Anacoreta!... (Al cabo de unos minutos, reaparece el Dr. Exímides, alertado por los gritos.)

Dr. Exímides.- ¿Qué ocurre?...¿Por qué gritan tanto?... Tuve que dejar a mi paciente en la mitad de la consulta...

Mujer 1.- Perdone, doctor... Lo necesitamos con urgencia... Hay dos enfermos en la guardia,  que ya están agonizando...

Dr. Exímides.- ¿Y la doctora?

Enfermera.- Nadie lo sabe, doctor...Justamente, ella tendría que estar en la guardia...

Mujer 1 (tomando del brazo al doctor).- Venga, por favor, ayúdenos... (El Dr. Exímides y la Mujer 1 salen corriendo. La enfermera ocupa nuevamente el centro de la escena.)

Enfermera (a la platea).-¿Se dan cuenta?... Esa mujer es un desastre... No tiene sentido de la responsabilidad. Después se ofende si yo resalto las virtudes del Dr. Exímides. Es muy común que la gente mediocre hable mal de los demás, para disimular su incompetencia. (Mientras la enfermera continúa hablando y gesticulando, se oye sonar un timbre varias veces. De pronto, se escucha una voz que proviene de un parlante.)

Voz femenina.- Comunicamos a nuestro estimado público que nos vemos en la necesidad de postergar la conferencia del Dr. Exímides hasta la semana próxima. Muchas gracias.

Enfermera (al público).- ¡Qué les dije!... Yo tenía razón... ¡Por culpa de ella se suspendió la conferencia!... (Disminuye la luz paulatinamente.)

 

                                                                        Fin

 

                                                                                                            Horacio Laitano

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