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La señora del octavo Escena I La acción se desarrolla en la sala de estar de un departamento de clase media, ambientado en estilo clásico. Aparece en escena una mujer relativamente joven, vestida con uniforme de mucama, quien dirige su voz hacia un individuo que está sentado de espaldas a la platea. La altura del respaldo de su sillón impide ver la características de este personaje. Mucama (con gesto respetuoso).- Doctor Aguadas, el café con leche está sobre la mesa. Dos medias lunas de grasa y una palmerita... (Desplazándose hacia el otro extremo del escenario y dándose vuelta repentinamente.) No se olvide de lo que le dijo el médico: poca manteca con alguna mermelada. (Comienza a agitarse, como si sintiera una picazón por todo el cuerpo.) Pero tampoco abuse de los dulces... (Se dirige hacia la puerta del departamento, pero, en lugar de salir, comienza a caminar por el escenario, con una rapidez casi histérica. Continúa hablando con voz aflautada, mientras pasa el plumero por muebles y objetos que encuentra a su paso.) Con el correr del tiempo, aparecen las enfermedades, el reuma, la artritis, los dolores intensos y persistentes, la falta de apetito, el miedo a la vejez... (Se detiene bruscamente, carraspea y, con voz grave y pastosa, se dirige hacia el personaje del sillón.)... y, por sobre todas las cosas, la debilidad mental. (Descansa unos segundos y vuelve a ponerse en movimiento. Con expresión de fatiga y hastío.) Ah... ¡Qué barbaridad!... Esta casa está siempre sucia. (Rezongando.) No sé por dónde entrará tanto polvo... (Señalando con el plumero hacia el sillón.) No se burle, doctor, no se burle... No estoy aquí por amor al arte. Usted sabe muy bien lo que es mi sueldo...¡Migajas, doctor! ¡Migajas de una fiesta!... (Da varias vueltas alrededor del escenario, aumentando la velocidad, hasta empezar a marearse.) ¡Ay!... ¡Qué dolor de cabeza!... Debe de ser por la comida de anoche...Esos riñones fritos... ¡Puajj!...¡Qué gusto desagradable!... Siempre compran lo más barato. (Haciendo un gesto de repulsión, al borde de la náusea.) ¡Aj! Se me revuelve el estómago cuando pienso en lo que comí. Todavía siento esa sensación en la garganta. ¡Ajj! Y ese olor a aceite quemado que impregnó la cocina. Hubiera preferido quedarme con hambre. ¡Nunca sentí tanto asco!... (Algo molesta, dirigiendo nuevamente su voz hacia el personaje del sillón.) Ya voy, doctor, un segundito, por favor. (Mirando hacia la platea.) Este viejo me tiene harta. Siempre pidiendo algo. (Con resentimiento.) ¡La puta madre que lo parió!... (Se escucha una voz femenina, que proviene de afuera.) Voz femenina.- ¡Elvira!... Atendé la puerta, por favor. Mucama.- Ya voy, señora. Estoy atendiendo al doctor. Voz femenina.- Está bien, querida. Cuando termines con él, vení para acá. (La mucama se recuesta sobre uno de los brazos del sillón, como si estuviera cuchicheando con alguien.) Voz femenina.- ¡Elvira! ¡Qué pasa que demorás tanto! Mucama (con aparente tranquilidad).- Ya voy señora. Le dije que estoy atendiendo al doctor. (Se recuesta sobre el sillón, con sospechosa cordialidad.) Voz femenina (con resignación).- Está bien. Cuando acabés con él, vení para acá. Mucama (recitando unos versos de Alfonsina Storni, con afectados ademanes).- “Hombre pequeñito, hombre pequeñito / suelta a tu canario que quiere volar / Yo soy el canario, hombre pequeñito / Déjame saltar...” (Mientras la mucama parece saludar al público, después de finalizar la estrofa, ingresa al escenario una mujer de aspecto maduro, enfundada en un vestido negro, que contrasta con sus cabellos canosos, prolijamente peinados. Completan su atuendo un par de aros y collar de perlas, pulseras plateadas y zapatos negros.) Mujer (en tono de reproche).- ¡Elvira!...¿Qué estabas haciendo?... Me cansé de llamarte. Mucama (con aparente respeto).- Disculpe, señora. (Señalando al personaje del sillón.) Estaba muy ocupada. Mujer (ofuscada).- ¡Siempre la misma excusa! (Se da vuelta bruscamente y se dirige luego hacia uno de los laterales, seguida por la mucama.) ¡Detesto la gente mentirosa! (Con una expresión que oscila entre la irritación y el cansancio.) Es la segunda vez que aumentan los precios en la semana. (La mucama la mira, algo desconcertada por el comentario.) Las autoridades le echan la culpa a los empresarios y los empresarios, a las autoridades. Al fin de cuentas, quién dice la verdad. (Mirando hacia uno y otro lado, y, finalmente, hacia la platea,) ¿Los empresarios o las autoridades? Mucama.- Los empresarios, señora. Mujer (molesta por la acotación).- ¡No seas descocada! Mucama (con aparente humildad).- Perdóneme, señora, pero... Mujer (con gesto amenazante).- Pero qué... (Con expresión soberbia, como si estuviera arreglándose una capa imaginaria, mientras repite unos versos de Quevedo.) “ Quitar codicia, no añadir dinero / hace ricos los hombres, Casimiro / puedes arder en púrpura de Tiro / y no alcanzar descanso verdadero...” (Mirando a la mucama, con desdén.) ¡Qué vergüenza!... ¡Semejantes palabras en boca de una empleada! (Sale apresuradamente, dando muestras de fastidio.) Mucama (arrojando el plumero).- ¡Que me corten las manos si no puedo hacerlo! (Se retira del escenario, visiblemente ofendida.) Escena II La escena tiene lugar en otra habitación del mismo departamento. Reaparece la mujer, quien, primeramente, se dirige hacia el centro del escenario y, luego, comienza a caminar, con nerviosismo, de un lado al otro. Mujer (algo alterada).- ¡Elvira!... ¡Los anteojos, por favor!. Es la segunda vez que te los pido. Voz de la mucama.- Ya se los llevo, señora. Mujer (rezongando).- ¡Qué cosa seria!... Esta mujer no tiene respeto por nadie. (En voz alta.) ¡Elvira! Voz de la mucama (aparentemente molesta).- Sí, señora, ya voy... Mujer (siempre rezongando).- ¡Claro! Total, igual cobra su sueldo. (Mirando hacia la platea.) Si nos demoramos en pagarle, seguro que arma un escándalo. (Con una sonrisa sarcástica.) Así es esta clase de gente. (Con énfasis.) Piensan solamente en ellos. Los demás que se mueran. (Otra vez en voz alta.) ¡Elvira, por favor, necesito los anteojos! Voz de la mucama (con cierta amabilidad).- Sí, señora, enseguida estoy con usted. Mujer (a la platea).- Bueno, menos mal que por fin entendió... (Dirigiéndose al público.) La vez pasada, también tuvimos problemas con su hermana. Estuvo trabajando con nosotros diez o quince días, y una tarde, se fue sin avisarnos. (Sonriendo.) Cuando le preguntamos a Elvira por su hermana, nos dijo que ella no sabía nada. (Molesta y burlona al mismo tiempo.) ¡Qué disparate! ¡Cómo puede ser que no sepa nada de su hermana! (Sonriendo otra vez, como si hablara de algo gracioso.) Era una buena muchacha, pero le gustaban mucho los hombres. (Con gesto despectivo.) Dos por tres la encontraban con uno distinto... ¡Dios mío, qué jaleo!... (Aparece en escena la mucama.) Mucama (entregándole los anteojos a la mujer).- Sírvase. Mujer (con sonrisa hipócrita).- Gracias, querida. Mucama.- Por nada, señora. Mujer.- Voy a arreglar las cuentas del negocio. (Se sienta a la mesa, y luego, mira a la mucama, sonriendo, mientras ésta enciende la lámpara.) Todo lo que entra debe ser equivalente a lo que sale. (A la mucama.) ¿Escuchaste hablar de la Partida doble?... Es muy importante, querida. (La mujer se coloca los anteojos y comienza a revisar unos papeles. La mucama permanece de pie, a su lado, como si fuera un centinela.) Mujer (levantando un papel a la altura de sus ojos).- ¡Qué barbaridad!...Treinta y cinco pesos por una Mepa... ¡Es una estafa!... (La mucama acerca su vista al papel, como si intentara entender algo.) ¿No te parece, Elvira, que es un exceso? Mucama.- No sé, señora. Mujer (con tono didáctico).- Elvira, es un problema de regla de tres simple. Si una Mepa cuesta treinta y cinco pesos, treinta y cinco Mepas costarán treinta y cinco por treinta y cinco, es decir, mil doscientos veinticinco pesos. Mucama (con expresión ausente).- No entiendo, señora. Mujer (en tono de reproche).- Vos nunca entendés nada. (Con cierto desdén.) Andá, traéme los anteojos de carey. Este armazón es muy filoso. Me lastima la piel. (La mucama va en busca de los otros anteojos.) Mujer (a la platea).- Esta mujer es una marmota... Me parece que la hermana era más inteligente. Lástima que le gustaran tanto los hombres. (Recordando.) La última vez que la encontré con uno, ya le estaba desabrochando la bragueta. (Sonriendo burlonamente.) Je, Habrá creído que yo no me di cuenta... (Con cierta malicia.) Así le fue. Quince días de suspensión, sin goce de sueldo. (Con expresión autoritaria.) En las casas decentes, también aplicamos medidas disciplinarias. De lo contrario, el personal se desquicia... (Revisando nuevamente los papeles.) ¡Qué barbaridad!... ¡Ochocientos dólares mensuales!... Es imposible soportar el costo... A este paso, en un año nos caemos... (En voz alta.) ¡Elvira!... ¡Qué pasa con los anteojos!... Voz de Elvira (fuera de escena).- No sé dónde están, señora. Mujer.- En el segundo cajón de la cómoda. Apuráte, por favor. Mucama.- Sí, señora... (Minutos después, reaparece la mucama, vestida con prendas masculinas.) Mujer (mirándola sorprendida).- ¡Elvira! ¿Qué hiciste? Mucama (con naturalidad).- Me cambié de ropa, señora. Mujer (algo molesta).- ¡Vos y tus benditas costumbres! Mucama (con aparente respeto).- Sí, señora. Mujer (con creciente fastidio).- Sí, señora; no, señora; sí, señora; no, señora... (Alterándose progresivamente, a medida que habla.) ¡Estoy harta de escuchar esas palabras! Mucama (algo atemorizada).- Disculpe, señora, no quise ofenderla. Mujer (despectivamente).- No me ofendés, Elvira. ¡Me irritás!... (Tratando de tranquilizarse.) En fin, vos ya me conocés... (Con expresión de fastidio.) ¿Me trajiste los anteojos? Mucama (tímidamente).- Ya se los traigo. Mujer (nuevamente alterada).- Yo no entiendo. En lugar de traerme los anteojos, te cambiás de ropa. (Increpándola.) Supongo que no te habrás puesto la ropa de mi marido. ¿No? Mucama.- No se enoje, señora. Es sólo por un rato. Mujer (con expresión amenazante).- Ya te dije, Elvira, que eso no me gusta. No me hagas repetir siempre lo mismo. Mucama (contoneándose, con gesto burlón).- Siempre lo mismo, siempre lo mismo... No me hagas repetir siempre lo mismo. Mujer (irritada).- ¡No seas mal educada!... (Recobrando su autoritarismo y su soberbia.) ¡Lo único que falta!... Además de usar la ropa de mi esposo, te burlás de quien te da de comer. ¿Vos estás loca o qué tenés? Mucama (preparándose para salir).- Discúlpeme. Ya mismo le traigo los anteojos. (Sale apresuradamente.) Mujer (mientras revisa los papeles).- Cuando no quiere escuchar lo que digo, busca una excusa para irse. No sé qué anteojos fue a buscar si los tengo puestos. Tiene las mismas manías que su hermana... (Tomándose la cabeza con las manos.) ¡Dios mío! ¡Cómo pasó esto!... Nos olvidamos de pagar la luzzz (remarcando el sonido de la zeta.) Cuando vuelva la mato. ¡Qué mujer irresponsable! (Rezongando.) ¡Claro!... Total, quién paga los punitorios... (Dirigiéndose a la platea.) ¿Los paga ella?... ¡No!... (Tocándose el pecho.) Los pagamos nosotros. Los eternos estúpidos. Los únicos que pagamos todo... ¡Qué injusticia, Dios mío, qué injusticia!... (Reaparece Elvira, vestida ahora de mucama.) Mujer.- ¡Elvira! ¿Qué hiciste? Mucama.- Lo que usted me dijo, señora. Mujer (enojada).- ¡No te hagas la burra! Mucama (desconcertada).- ¿Por qué, señora? Mujer.- Vamos, Elvira, vos sabés muy bien a qué me refiero. Mucama.- No, señora. No lo sé. Mujer (con tono burlón).- No, señora; sí, señora; no, señora; sí, señora... Ya te dije que estoy harta de esas palabras. (Mirándola con expresión amenazante.) Decime una cosa: ¿Qué hiciste con el dinero que te di para pagar la luzzz (remarcando nuevamente la zeta.) Mucama.- ¿Qué dinero, señora? Mujer.- Elvira, por favor, no me hagas alterar. Mucama (adoptando repentinamente una voz muy suave y levemente irónica).- Me parece que la señora tiene mala memoria. Mujer (dudando y, al mismo tiempo, algo molesta).- No creo. (Señalando los papeles.) Tengo todo perfectamente anotado. Mucama (tomando uno de los papeles y hablando otra vez con la misma vocecita).- ¿Qué dice aquí? Mujer (leyendo y remarcando la zeta).- Zulema. Mucama (complacida).- Exactamente. Mujer (sorprendida).- ¿Mi sobrina? Mucama (sonriendo).- Sí, señora. Usted le dio el dinero a su sobrina para que pagara la luzzz (también ella remarca la zeta.) Mujer (como si no pudiera dejar de remarcar la zeta).- ¡Qué cabeza hueca!... Ya voy a hablar con ella cuando venga. (A la mucama, con inocultable fastidio.) ¿Me trajiste los anteojos? Mucama (con falsa sonrisa).- No, señora. Enseguida se los traigo. (Sale de prisa.) Mujer (visiblemente perturbada).- ¡Ah... qué barbaridad!...(Con expresión enfática.) ¡Esta mujer me vuelve loca! Escena III Si bien la escena se desarrolla en el mismo departamento, han desaparecido momentáneamente los muebles de la habitación. La mujer aguarda la llegada de la mucama, mientras mira su reloj, de vez en cuando. Al cabo de unos minutos, ingresa la mucama, arrastrando sobre el piso un pesado paquete, envuelto en una bolsa plástica de color negro. Mucama (a la mujer, con expresión amarga).- Aquí tiene su “adorable basura”. Mujer (sonriendo).- Gracias, querida. (Haciendo una señal imprecisa.) Dejala por ahí. (La mucama coloca el bulto sobre el piso y luego, lo pellizca. Se escucha un sonido similar al que emiten ciertos juguetes de plástico o de goma cuando se los aprieta.) Mujer (a la mucama, en tono de reproche).- Por favor, Elvira, no lo pellizques. ¿No ves que le hace mal? Mucama (tapándose la nariz).- ¡Puajj! Qué olor a podrido. Mujer (irónicamente).- Toda la basura tiene olor a podrido, por más adorable que sea. Mucama (con asco).- Tiene razón, señora. Mujer (aparentemente ofendida).- No me des la razón como a los locos. Mucama (respetuosamente).- Perdóneme, señora. Mujer (con cierta ironía).- Te perdono, Elvira, te perdono. Mucama (como si de pronto hubiera recordado algo).- ¡Señora! Mujer (sorprendida).- Sí. ¿Qué pasa? Mucama (sonriendo).- Nada, señora. Es una cosa sin importancia. Mujer (con curiosidad).- ¿Pero, de qué se trata?... No me dejes con la intriga. Mucama (con cierto pudor).- No, señora... (Ruborizándose.) Me da vergüenza...(Tratando de disimular su incomodidad, comienza a mover el paquete.) Mujer (con fastidio).- ¡Elvira!... ¿Qué estás haciendo? Mucama (tapándose la nariz).- Lo voy a cambiar de lugar. Hay mucho olor. Mujer (visiblemente ofuscada).- ¡Ni se te ocurra! Mucama (con gesto persuasivo).- Está despidiendo mucho olor, señora. Mujer (con sorna).- Qué novedad... La basura siempre tiene olor. Mucama (tímidamente).- Bueno, pensé que por ser tan adorable, sería diferente... Mujer.- No te confundas, Elvira... Si fuera como vos crees, estaríamos en presencia de otra cosa. (La mucama deja de tocar el paquete y comienza a sentir un creciente malestar.) Mucama (con náuseas leves).- Creo que estoy por descomponerme. Mujer.- No seas exagerada. La vez pasada hiciste exactamente lo mismo. Y, al final, no fue más que un dolorcito. (La mucama intenta mover el paquete.) Mujer (algo alterada).- ¡Elvira!... ¡Quedáte quieta, por favor!... (En ese momento, entra a escena un personaje delgado, vestido totalmente de negro.) Personaje delgado (a la mucama, procurando ayudarle para mover el paquete).- Permítame, Elvira. Mujer (a la mucama, con tono de reproche).- Ya tuviste que llamar a los cuervos. Mucama (con satisfacción).- Son los únicos que colaboran. Personaje delgado (a la mujer, amablemente).- Así es, señora. Nuestro servicio es de los mejores. Mucama (al personaje delgado, besándolo en la mejilla).- Gracias, Walter. Mi casa es tu casa. Tu casa es la mía. Personaje delgado (arrastrando el paquete dificultosamente).- Chau, Elvira. (A la mujer.) Adiós, tía. Muchas gracias por todo. (Sale de escena, llevándose el paquete.) Mujer (a la mucama, evidenciando su molestia).- ¿Ahora estás satisfecha? Mucama (sonriente).- En realidad, estoy más tranquila. (Repitiendo el gesto de repulsión.) Tenía un olor tan fuerte... ajjj... Mujer (con expresión autoritaria).- Suficiente, Elvira. No quiero hablar más del tema. Mucama (intimidada por la reacción de la mujer).- Está bien, señora; como usted diga. Mujer (con fastidio).- No te hagás la víctima. “Donde menos se piensa, salta la liebre”. Mucama (desconcertada).- No entiendo qué quiere decirme. Mujer (con soberbia).- Ya lo sabrás con el tiempo. El silencio guarda muchas respuestas. (Paseándose por el escenario, con gesto altivo.) Mi profesor de geografía nos decía siempre: “Quien siembra vientos, recoge tempestades”. (La mucama se muestra cada vez más desconcertada.) Mucama (con expresión ausente).- El domingo a la noche comimos berberechos... Eran españoles. Mujer.- ¿Los preparaste vos? Mucama.- No, los preparó mi hermana. Mujer (molesta por la mención de su hermana).- No hay que abusar de los moluscos. Mucama.- ¿Por qué lo dice? Mujer (con gesto displicente).- Por nada en especial, querida... Siempre hay que cepillarse los dientes después de las comidas. Mucama.- Tiene razón, pero uno, a veces, se olvida. Mujer.- Es inconcebible. La falta de higiene produce mal aliento. Mucama.- Sí, señora. Mujer.- En algunos casos, los residuos que se depositan entre los dientes fermentan más que la basura. (La mucama hace una expresión de asco.) (La mujer sonríe, satisfecha por el efecto que causan sus palabras.) En el negocio, hay un empleado que tiene ese problema. Cuando abre la boca, se me revuelve el estómago. (La mucama siente cada vez mayor repugnancia.) Mucama (evidenciando su malestar).- Ay, señora. Qué asco. Mujer (disfrutando el malestar de la mucama).- A veces, cuando se ríe, despide restos de comida... (Sonriendo con malicia.) No quiero imaginar lo que será cuando vomita. (La mucama comienza a sentir náuseas y mareos.) Mucama.- Por favor, señora. Creo que voy a descomponerme. Mujer.- ¡Elvira!... No seas tan exagerada. Mucama (tambaleándose).- Discúlpeme, no me siento bien. Mujer (sin preocuparse por el estado de la mucama).- No hay nada más excitante que los olores fuertes. Mucama (suplicante).- Tráigame una silla, por favor. Mujer (imperturbable).- No te confundas. Yo no soy la mucama. Mucama.- Lo sé, señora. Pero, estoy indispuesta. Mujer (con autoritarismo).- Sos igual que tu hermana. Te revolcás con cualquiera y después todo te da asco. Seguramente estás embarazada... (Con sorna.) Yo no sé que vas a hacer cuando tengas que limpiarle el culo a tu hijo. Vas a ver lo que es la caca cuando está blanda. (La mucama cae desmayada, ante la expresión indiferente de la mujer.) Mujer (a la platea).- Ya se va a levantar sola... (Luego, sale de escena, mientras la mucama permanece tendida en el piso.) Escena IV La escena se desarrolla en la sala de estar del departamento. El lugar está ambientado convencionalmente: una lámpara de pie, algunos cuadros en la pared y dos sillones forrados en cuero de color marrón oscuro. Mujer (sentada, limándose las uñas).- ¡Elvira!... Cerrá la ventana, por favor. (Aparece la mucama, envuelta en una frazada, temblando como si estuviera afiebrada. Se acerca a la mujer.) Mucama (tiritando).- Ya la cerré, señora. Mujer (con sorna).- No se nota. Hay polvo por todos lados. (De pronto, se detiene a observar a la mucama.) Mujer (con asombro e ironía al mismo tiempo).- ¿Qué te pusiste? Mucama (temblando).- Siento mucho frío, señora. Mujer (con un tono de reproche maternal).- No digas tonterías. Estamos en pleno verano. Mucama.- Sí, señora, pero, igualmente, estoy muerta de frío. Mujer.- Andá a cerrar la ventana. Seguramente está refrescando. Mucama (algo sumisa).- Acabo de cerrarla, señora. Mujer (levemente molesta).- Elvira, no me discutas. Andá a cerrar la ventana. (La mucama camina resignadamente, oprimida por el peso de la frazada y el autoritarismo de la mujer. Cuando sale de escena, se escucha el sonido de un timbre.) Mujer (en voz alta, mientras continúa limándose las uñas).- ¡Elvira!... Atendé la puerta, por favor. (Se escucha que la mucama abre y cierra la puerta. La mujer levanta la vista, con cierta curiosidad. Seguidamente, regresa la mucama, quien, ahora, lleva puesto un gorro de lana, además de su uniforme de trabajo.) Mujer (despectivamente).- ¿Atendiste? Mucama.- Sí, señora, no había nadie. Mujer (algo irritada).- ¡Qué barbaridad!... Siempre hacen lo mismo... Tocan el timbre y se van... Como si yo no supiera que son ellos. Mucama (sonriendo).- Tiene razón. La vez pasada hicieron lo mismo. ¿Serían ellos? Mujer.- Sí, a mí no me engañan. Los reconozco por la forma de pulsar el timbre. (Vuelve a sonar el timbre.) Mujer (perturbada).- ¿Escuchaste?... Sonó de nuevo. Mucama (con expresión ausente).- No, señora. No escuché nada. Mujer (con fastidio).- ¡Cómo que no! ¿Te volviste sorda?... (Con cierta desconfianza.) ¿O me estás ocultando algo? Mucama (ofendida).- ¡Señora! ¡Cómo puede pensar eso de mí! Mujer.- No te ofendas. Con los años, me he vuelto desconfiada. Pero no te preocupes. Tarde o temprano, la verdad se impone. Mucama (algo preocupada).- ¿Qué quiere decirme? Mujer (con una sonrisa cínica).- Nada, querida. Ya vas a ver que voy a descubrirlos. Mucama.- No se haga mala sangre, señora. No es la primera vez que escuchamos el timbre. Mujer.- Por eso mismo lo digo. No es la primera vez que ocurren estas cosas... (La mujer continúa arreglándose las manos, mientras la mucama se entrega a su tarea. Silencio breve.) Mujer (como si estuviera recordando algo).- Dicen que le avisó por teléfono para que no se enteraran sus vecinas... (La mucama levanta la vista.) ¡Alcahuetas de una sola pieza! ¡Pobres víctimas del mal de los caminos!... Esa fiebre que empieza por las piernas y termina por el cuello... (Con malicia.) Si supieran el final que les espera...(Dirigiéndose a la mucama.) La vez pasada se los dije, pero insistieron en negarlo... Como si yo fuera una ignorante, que no entiende lo que pasa. (La mucama comienza a limpiar frenéticamente la habitación, hasta que desaparece de escena. Al cabo de unos minutos, vuelve a sonar el timbre.) Mujer.- ¡Elvira! ¿Escuchaste el timbre? Mucama (desde la otra habitación).- Sí, señora, ya lo escuché. Mujer (con expresión autoritaria).- ¿Y? ¿Qué pensás hacer?... ¿No vas a atender la puerta? Mucama.- Para qué, si ya sabemos quiénes son. Mujer (con cierta exageración).- Vamos, Elvira, no te hagas la loca... Atendé la puerta o llamo a la policía. (Reaparece la mucama, sorprendida por la actitud de la mujer.) Mucama (cordialmente).- Tranquilícese, señora. Después de todo, no es para tanto... (La mucama comienza a limpiar los muebles con una franela.) Mujer (recuperando la calma).- Elvira, por favor, alcanzame las “gogorillas”. Mucama (dándole algo de aspecto irreconocible).- Sírvase, señora. Mujer (sonriendo).- Gracias, Elvira. (Pasándose las “gogorillas” por el rostro, con muestras de alivio y moderado placer.) Ah... Qué refrescante... (La mucama continúa con su tarea.) Mujer.- Elvira... Mucama.- Sí, señora. Mujer (sonriendo).- ¿Escuchaste lo que dijo mi vecina? Mucama.- No, señora. Mujer (levemente molesta).- Vos nunca escuchás nada. (Irónicamente.) Yo no sé cómo podés vivir así. Ya te parecés a la hija de Manola. Mucama (pasando la franela con frenesí).- En mi casa me decían Manolita. Siempre limpiando lo que ensuciaban otros... Qué destino... Mujer.- ¿Nunca te cansabas? Mucama.- No, al contrario. Cuando no había nada para limpiar, lloraba. Mujer (sonriendo).- Qué notable. Nunca pensé que fueras tan sentimental. Mucama (adelantándose unos pasos, franela en mano).- No se confunda, mi estimada señora. (Con mayor énfasis.) No lloraba por sentimentalismo, sino por mi sentido de la responsabilidad. (Se escuchan algunos aplausos en la platea, aprobando la expresión de la mucama.) Mujer (molesta por los aplausos).- Por favor, Elvira, no seas vanidosa. (Recuperando su soberbia.) “Donde manda capitán, no manda marinero”... “Al pan, pan y al vino, vino”... Mucama (con fastidio).- Está bien, señora. Ya entendí. (Segundos después, se escucha una voz masculina, que proviene de la habitación contigua.) Voz masculina.- ¡Elvira! Mucama (en voz alta).- Ya voy, señor... Enseguida estoy con usted. Voz masculina.- Apuráte, por favor. No estoy acostumbrado a esperar... (La mujer continúa arreglándose las manos, como si no hubiera escuchado nada.) Mujer.- ¿Qué pasa, Elvira? ¿Ocurre algo? Mucama (disimulando su incomodidad).- No, señora. No pasa nada. Mujer (con desconfianza).- ¿Y entonces?... ¿Por qué te inquietás de esa forma? Voz masculina.- ¡Elvira!... ¿Qué ocurre que demorás tanto?... (La mujer permanece inmutable, contrastando con el nerviosismo de la mucama.) Mucama (cada vez más incómoda).- Espere un segundito, por favor. Ahora mismo voy para allá. Mujer (con creciente molestia).- Elvira. ¿Se puede saber qué sucede que estás tan inquieta? Mucama (titubeando).- Me pareció escuchar que me llamaban. Mujer (sarcásticamente).- ¿A vos? Mucama (con una leve sonrisa).- Sí, señora, a mí... Mujer (siempre irónica y despectiva).- Por favor, Elvira. ¿Quién te puede llamar a vos si nadie te conoce? Mucama (tímidamente).- Creo que fue la voz de su esposo... Mujer (riendo histéricamente).- ¿Mi esposo?... Por favor, Elvira... (Con una mezcla de irritación y sarcasmo.) ¿Te volviste loca o que tenés?... (Siempre riendo.) ¡Mi esposo!... ja, ja, ja ... (Mientras se cubre el rostro con las manos, su risa parece confundirse con el llanto, transformándose en algo angustioso. Después, al quitarse las manos del rostro, mira hacia la platea, con expresión vacía, hablando en el tono anterior.) ¡Ja, ja, ja!... ¡Mi esposo!... ¡Nunca escuché algo semejante!... (La risa de la mujer, retumbando en el escenario, comienza a mezclarse con la voz masculina, que continúa repitiendo su llamado. La mucama mira, desconcertada, hacia todos lados, sin saber qué determinación tomar. Ambas figuras quedan detenidas en posiciones contrastantes, mientras la luz disminuye progresivamente, acentuando la soledad y el desencuentro de los personajes.) Fin Horacio Laitano |
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