La resaca

 

Beatriz Viterbo (1994)

 

 

Primeras páginas

 

Existe en la ciudad de Sao Paulo, en la avenida Sao Gabriel, de cara al viaducto, un antiguo edificio de cuatro pisos cuyo aspecto trasciende el desaliño. La fachada, construída de ladrillos unidos con argamasa blanca, no es más que un pervertido manchón terroso. No hay balcones. Apenas doce ventanas, pequeñas, que semejan aberturas de celdas; estrechos agujeros a través de los cuales, a partir de las once de la mañana y hasta las dos de la tarde, entran el aire y la luz, y a menudo, con el crepúsculo, cabecitas blancas, negras y mulatas asoman, y allí permanecen, inmóviles, baldías, contemplando con desdén la vida que anda. No hay ascensor. Sí una sucia escalera de mármol blanco, espiralada, y un portero, seu Cardozo, negro bonachón y dicharachero al que todos llaman Careca porque su cráneo, proporcionado, es una simpática esfera desnuda, suave y fuerte como la superficie de una sandía preta.

En el piso cuarto, detrás de una puerta sobre cuya madera blanda alguien ha garrapateado la letra hache con navaja o

estilete, vive doña Marcia, negra entrada en años, de carnes abultadas, viuda, sin hijos conocidos, negra cantora, negra empleada en la casa de la ilustre familia Freitas Carvalho, en Jardim Europa--caserón de ocho ambientes, dos perros acechones y un ingeniero infiel donde Marcia cocina, lava platos y ropas y canturrea.

En el living del departamento de doña Marcia hay un sofá de cuero del color del habano, ajado, incómodo, que años atrás compró en un remate de muebles de oficina; hay una mesa de madera rubia, cuatro sillas con asiento de lona blanca, un retrato amarillento de seu Nilson, el muerto; hay una mesa ratona, dos veladores hechos con botellas de caña Ypioca, pantallas anaranjadas; hay tres estantes, una decena de libros, un bonzo de arcilla, figuras religiosas, negras, opacas, oscuras: invariablemente el negro, y una luminosidad ambarina, la poca que logra sortear la espesura del cortinado ocre, envuelven esa sala principal donde doña Marcia suele dejarse caer, a su regreso de la casa de la familia Freitas Carvalho, y entregarse a las telenovelas. Porque hay un televisor, negro y blanco, que despide imágenes aviesas debido a esa antena de mierda que no tolera siquiera un estornudo. En la habitación de doña Marcia hay una cama, enorme aunque insuficiente para ella, para albergar sus grasas, y otro retrato de seu Nilson--ahora abrazado a la gorda a orillas de un mar de azafrán--, y más ídolos negroazulados que ella, con sus manazas, ella misma ha moldeado. Y velas de siete días. Y una cajita de bambú con talismanes que cada sábado hace rodar sobre la mesa ratona, y descifra y augura. Y un grabador que dispara chorinhos y sambas de tiempos inmemoriales. Junto a la cocina, como si se tratara de otro departamento, o, mejor: de un mundillo aparte, hay una habitación de cuatro por cuatro, con piso de mosaicos. Y un bañito de inalcanzable cielorraso y azulejos celestes. No hay bañera, tampoco bidé, tan sólo un inodoro, el lavabo, un espejo lleno de cardenales y una ducha indomable. En la habitación hay una cómoda de pino en cuyos cajones cualquier criatura curiosa podrá encontrar dos pantalones, tres camisas, una malla, cinco remeras, dos calzoncillos, dos pares de medias, un par de zapatillas, dos pulóveres inútiles, una campera de jean, un pañuelo blanco con guardas rojas, un alfiler de gancho, agujas e hilos de varios colores, una petaca recubierta en auténtico cuero de vaca, tres lapiceras, marquillas de cigarrillos argentinos, uruguayos y brasileños. Sobre la cómoda hay libros: Nietszche, Stevenson, Borges, Rouquié, Cortázar, Poe, Amado, el tomo II de la correspondencia Perón-Cooke, un Ulises descuadernado (todo Ulises debe estar descuadernado), Capote, la biblia en versión miniatura, Donoso, Malraux, Bioy Casares, el libro de Oro de Patoruzú, año 1973, Sábato, dos ejemplares de la revista Casa & Jardim, Miller, y varios y viejos ejemplares de la revista Humor. En una gaveta secreta hay cartas, pocas, un alicate, la receta de la ambrosía escrita con birome verde y letra de madre en un papel de almacén, una moneda de cuarto de dólar, dos cospeles de los subterráneos de Buenos Aires, tres boletos capicúa, una rosa blanca marchita, la fotografía de una mujer con una niña en sus brazos, una cajita de cigarrillas Suerdieck con hilachas de marihuana en su interior, papel de arroz para armar cigarrillos, un documento nacional de identidad, una visa de turista que es necesario renovar cada cuatro meses, vía Foz do Iguacú, y un pasaje aéreo que hoy abrasa. Hay, en esta habitación, una mesa de fórmica azul, patas herrumbrosas, y sobre ella una Olivetti, lettera 36, sin letra eñe, y hojas en blanco y hojas escritas; un calentador eléctrico, una pava abollada, una bolsita de nylon llena de saquitos de té, una azucarera de plástico, un grabador, una decena de cassettes de música brasilera, y una botella de aguardiente, aún intacta. Hay una silla con asiento de paja y en las paredes tres cartulinas repletas de aforismos: "La tierra no es algo que nos han legado nuestros padres, sino algo que nos han prestado nuestros hijos", proverbio massai; "Abrazamos, por amor a la humanidad, abrazamos al primero que llega (porque no se puede abrazar a la humanidad entera), pero es precisamente ésto lo que no debemos hacerle comprender al primero que llega", Nietzsche; "La inocencia es una forma de insanidad", sin firma; etc., etc. Y una lámina de Folón sujeta a la pared por cuatro tachuelas. Y hay una ventana a través de cuyos cristales puede el curioso ver un Brasil ligero que pasa y pasa, y sentirse, desde las alturas, a salvo de los manojos de nubes que no infrecuentemente descienden y atrapan, a salvo de los chicos negros y mulatos despojados de ropas y comida que erran en busca de sombra y de viejas de brazo endeble y cartera panzona; a salvo, el curioso en esta atalaya, del hormigueo miserable de una ciudad que ya parece el pulmón achacoso de un país agraciado, porque el milagro es brasileiro, porque Dios ha nacido aquí, porque amanhá tudo bem... Hay, en esta habitación, una cama de elástico chirriador, y sobre esa cama, solo, sencillamente solo, patiabierto, en calzoncillos, hurgándome en la entrepierna, con las pupilas puestas en la lámina de Folón, hundido en el azul turquí de Folón, absorto en la contemplación de sus luminosas pinceladas, estoy yo.

 

No he salido de la habitación en lo que va del día. Y no está en mis planes hacerlo. Quiero decir: no están mis planes, no hay plan alguno en mis pensamientos. ¿Para qué salir? Si hoy llueven cenizas. Las adivino a través de las rendijas de la celosía blanca. Las nubecillas del cielo han caído a plomo sobre Sao Paulo y las moscas han vuelto a invadir la habitación. Son millares. Pero no experimento dolor alguno. Sólo una tristeza vaga y profunda. Y tremores. Por lo que ha de venir. Porque lo ignoro. Lo que me hace falta es un porro, y aguardiente, Tatuzinho, en vaso largo, sin hielo, el alcohol nomás, pringoso y bastante y entonces olvidarme del viaje y de la cara de reproche de mi hija y de los días de Sao Paulo.  

Desde esta cama, donde noche y día trabajo como un demente empecinado en su demencia y su caótica memoria, escucho ahora los pasos gritones y presurosos de doña Marcia. Conozco esa prisa de olores. A la negra gorda se le ha quemado el guiso negro, motivo por el cual corre, chancletea, y maldice y de inmediato olvida el descuido y se pone a cantar, susurrona, llena de alegría. Sé que la extrañaré. Profundamente extrañaré.

Todo. La atmósfera cargada de porotos y pestilencias y humos ponzoñosos; el peculiar olor a lavanda podrida que se absorbe en los ómnibus paulistas; el Bexiga, sus calles abismales, las mujeres concupiscentes y la casualidad de las carnes, blanquecinas o azuladas, mulatas o rojizas, tanto da; la nocturna avidez de voces y manos y semblantes entrañables.

Echaré de menos mi muerte, mi nacimiento y la melancólica felicidad de los ojos puestos en el mar de domingo, ojos de domingo, lamparillas extraviadas. Comprender de pronto que uno llevará consigo el perfume de los años a lo largo de los años, es excesivo, comporta, créanme, un dulce castigo. Transportar en el hocico, por el resto de los días, contenido e inesperado, los perfumes del desapego; magnífico entrevero de cerveza y camarones, marihuana, elación y de inmediato el letargo, teléfonos pinchados y espera, crepuscular urgencia de voces y la mirada, siempre la mirada de degollado en el espejo, la mirada y su vaivén irrefrenable por cartas henchidas de tontos pesares.

El ramo de locura que causan todas estas palabras apelotonadas en la punta de la lengua, estúpido músculo de carbonilla que corre apremiado por la punta de los dedos que la lengua del recuerdo aviva. Porque dulzarrona y arenisca, como el gofio, es la textura del Tiempo: memorar y relatar, memorar y desbaratar, memorar y aprisionar y esparcir, con las siete aberturas de la cabeza, cuerpos que hoy son estiércol.

atrás

Diseño: Manuel y Camila López Echagüe
Copyright © 2003. PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL SIN AUTORIZACIÓN DEL AUTOR. Reservados todos los derechos.
1