NARRATIVA

MUERTE DE NIÑA CON CALCETINES BLANCOS

Y SUBTERRÁNEO CON SERES SILENCIOSOS

La niña jugaba en el jardín Era una tarde azul, cuando gritos de horror irrumpieron en la paz de la casa. A lo lejos el mar, los infinitos movimientos de la naturaleza y ahí esos gritos terribles. Ella tenia solo seis años.

Algo pasó y la niña cayó inerme con su vestido blanco, casi tan blanco como los ataúdes de los infantes, como las nubes que se arrastran en el cielo congelado.

-Señor, su hija ha muerto o está desmayada-. La india miró fijamente mi rostro con la serenidad de las ceremonias secretas, con la certidumbre de la totalidad.

-¿Hubo otro sentimiento o idea? Preguntó el juez.
-Si. -Dije yo asqueado-. Me sentía invadido por una culpa nueva. Entregar a este mundo niños para alimentar la muerte

En el techo circulaban sombras como visiones. Hombres del siglo Xlii contemplaban la eternidad con ropas de pajes, en tanto,
mujeres que denotaban antiguas pesadumbres, ofrendaban objetos desconocidos.

El juez se revolvió en su sillón arreglándose la ropa. Su rostro pertenecía más a las pinturas del techo, que a las banalidades de este mundo. Y yo, ahora lo veía con ropaje sajón, ahora detrás del escritorio como un abogado italiano en un entorno fascista.

Luego corrí hacia el sanatorio. Tendí a la niña en una camilla y hablé con el médico de guardia. Mis ojos se movían con la velocidad de los presagios. Reparaban en las caras de los enfermos, sus manos, sus adornos, las luces, el lugar de donde provenía cualquier ruido. Todos mis sentidos tensamente esperaban rescatar aquel pequeño cuerpo de su paso a la destrucción. ¿No era la destrucción del cuerpo el verdadero infierno?

Me encontraba de pronto rodeado de personas de blanco que gesticulaban como hablando, pero cuyos sonidos se perdían entre montones inmensos de algodón. Todo estaba algodonado, seco, aislado.
Yo contestaba muchas preguntas sin saber si eran comprendidas mis respuestas.

Uno se imagina en el cine. Está acostumbrado a ver muchas vidas que se resuelven en un clima de felicidad o cuyo drama, después de noventa minutos de acechar impiadosamente, de acongojar el corazón, se cierra en el "THE END" y estalla luego en luces intensas y caras contagiosas de sentimientos que vuelven a la realidad.

En este film, yo era el padre. El médico -un hombre joven de prominentes anteojos- llega con la cabeza baja dudando que decir. Cerca de él -como en un paisaje de turistas- una dulce enfermera sonríe como si intentase iniciar un bello relato o con ese ánimo de apaciguar que usan las azafatas.
Tenemos ganas de llorar. Recordamos la infancia, los consejos matemos: "¡Cuidado!" "¡No te caigas!" "¿Quién protege a los niños?". El Ángel de la Guarda, aunque a veces se da vuelta y muestra un rostro de Gorgona.

En el rostro pálido de la niña predominaban dos dientecillos que daban a la boca semiabierta una expresión de dibujo animado. Luego me desmayé.
Ven en las películas que representan la década del treinta en los EE.UU, rostros afilados bajo fúnebres sombreros grises para historias de soledad.

Corredores infinitos bajo altísimos techos. Túneles casi desmantelados, por cuyas filas pasaban, vacíos y silenciosos, los vagones que emergían del pasado.

Lentamente por la herrumbrada escalera, iban subiendo hacia un andamio nebuloso, aquellos parientes de ella, que la muerte otrora arrebatara. La imaginé última en esa ruta interminable que nos ha impuesto la fatalidad, y corrí hacia la escalera. Traté de rescatarla arrojándome sobre sus tobillos adornados con sus mediecitas recientemente ensangrentadas.

Cal cerca de ella, en tanto la escalera, irremediablemente, como un destino mecánico, continuaba su ascenso a la plataforma ahora nebulosa.

Rodé hacia abajo. Desesperadamente traté de incorporarme varias veces para rescatarla, pero resbalaba en un suelo cubierto en casi toda su extensión de un aceite espeso, viejo, como de maquinaria. Estaba enceguecido. Sólo quería tenerla cerca una vez más, me hubiera conformado con escuchar apenas una sola nota de su voz, con un instante de ella.
La escalera era muy alta y se perdía en un rellano negro. Yo intentaba llegar allí, saber lo que había detrás, correr su suerte, al menos, si no podía salvarla.

¿Quién se atrevería discutir mi derecho de padre? ¿Qué extraño Dios se hubiera complacido en impedirme acompañarla? ¿Quién?, ¿La desgraciada naturaleza?. Los antiguos vivientes, que iban con ella en la escalera, advertidos de mis gritos, tomaron una actitud de reproche.

Tenía esperanzas que nada de eso fuera realidad, que se tratara de un film, o ¿La vida era esa cosa seca y tensa que se instalaba en la boca y en los pulmones? Grité. Le pedí que volviera. ¿Cómo podía estar con "ellos" si era tan chica y aún tenía ganas de jugar?


Escultura de Mercedes Elvira Soler

De nuevo traté de levantarme y caí. Parte de mi brazo era apretado y cortado por el filo aceroso en donde se hunde la escalera... Vi la sangre mezclarse con el aceite negro del mecanismo.

Ella era ahora, un punto blanco internándose en la niebla de aquellos viejos andamios. Grité hasta desgarrar la laringe, llamándola por sus dulces sobrenombres.
En aquellos lugares, la voz sonaba como un chirrido.

De pronto ella pareció oírme y comenzó un movimiento para desasirse de ellos y venir hacia mí. Escuché su voz llamándome, pero alguien la retenía y forcejeaba.

Era una mujer gorda con risa de perra amaestrada. Uno de esos personajes de aspecto servil, pero detrás de los cuales surge siempre la máscara del espanto.

En medio de ese grupo, mi hija parecía una virgen. Ahora los antepasados habían dejado de mirarme. Alguien hizo callar a la niña. Los de la escalera tenían los ojos fijos hacia un objeto indefinido y en apariencia, lejano.

El extraño grupo parecía haber recobrado la paz interrumpida por mis voces y los esfuerzos de la niña para regresar conmigo se incentivaron en tironeos. Pero ellos la tenían aferrada. Semejaban ahora viajeros conscientes que aún demorarían un trecho en llegar a destino. Una calma repentina reinaba en el subterráneo. La escalera también se había detenido, quedando todos en la posición que tenían.

-Puede haber esperanzas. Dijo el médico. Lo miré como despertando de un sueño. La niña respiraba.

Ante una orden de él, la llevaron en una camilla nueva y la introdujeron en una sala cuyas puertas semejaban un crematorio. Figuras enmascaradas entraban y salían de allí.

-Esto es mejor que el túnel -Respondí al médico.
El me miró "de lejos" con esa expresión de cerrar los ojos caminantes suelen auscultar el cielo

-Sí. Musitó, como atraído por otro pensamiento.

-Sí. -Dije. Con razón se pararon las escaleras. El me miró ahora sorprendido y como confesándose dijo:
-Lo peor es la llegada a la parte de arriba. Cuando le iba a agarrar del brazo para que me explicara lo que sabía... Ya no estaba más.
El hospital era amplio, claro y casi alegre, pero no habla gente. La niña pareció ser el único paciente. La situación era irreal.

Me tranquilicé. Sentíame protegido por aquellos ventanales que daban a un lugar con luz. La escalera del subterráneo era ahora un viejo temor.

Me paseaba por las salas de un color casi blanco. Trataba de recordar los tiempos pasados y sentía hastío. Era como un "yo repetido", una vieja aventura asfixiada de identidad.

-"Los recuerdos son nuestros propios hastíos vistos desde el porvenir". -Dije para mí, pero en voz alta. Ahí advertí que estaba solo y que el hospital albergaba la última esperanza de mi vida: La niña.

Volví el pensamiento hacia mi hija. Los juegos, las preguntas, las lecturas de los cuentos. Cada mirada los recuerdos de cada gesto que uno rememora, es necesario ponerlo dentro de la sangre para que viva. ¿Se había perdido el tiempo en que ella existía?

-Aunque el tiempo últimamente, estaba muy cambiado-. Pensé.

De inmediato me impacienté y traté de empujar las puertas de vaivén que daban a la sala de operaciones. Las encontré cerradas como si alguien desde adentro las hubiera trabado. Allí, sobrecogido de un pensamiento insoportable, comencé a dudar de la clínica y del médico. La sospecha de un algo indefinido era más lacerante que el terror ante un hecho tan luctuoso. Entonces, como poseído de una fuerza superior... Me dije:

-Sálvala! -Y me arrojé con todas las fuerzas de mi cuerpo contra ese cerco de las pesadillas que eran las puertas trabadas.

Caí al espacio y luego resbalé como por un tobogán, hasta llegar a un corredor lleno de cajones de bebidas, cuyo suelo estaba cubierto de una capa de polvo oscuro y grasiento, como si en muchos años nadie hubiera transitado por allí.

Me quedé en el piso, la cara contra una especie de musgo húmedo y repugnante. A lo lejos, la antigua escalera ahora detenida que parecía irrealmente alta.

No podía ver desde el piso si la niña estaba aún en el rellano, porque allí las distancias eran muy grandes y la atmósfera enrarecida, había creado una falsa niebla casi amarilla

Tampoco escuchaba su voz. Un silencio oprimente reinaba en el lugar iluminado por las viejas lámparas de unos veinticinco wats y muy espaciadas.
Traté de levantarme y no pude. El musgo era una trampa resbalosa. Una y otra vez me golpeaba, en tanto mis nervios agitaban el corazón y encendían la sangre.

Cólera y desesperación eran las respuestas a mis intentos. En ese momento las luces se apagaron. Una claridad azul dominó el sótano. Escuché la voz de la niña. En instantes la vi pasar muy cerca, pero el vestido parecía viejo y el rostro inexpresivo, había perdido el color de la infancia.

Intenté aferrarme a ella y fracasé. Me revolvía en el suelo tratando de incorporarme para alcanzarla, pero la vista se me nubló. La escalera se puso en movimiento. Una mano firme arrastró a la niña hacia el rellano: Era el médico.

Luego, hasta la luz azulada se amortiguó y yo perdí el conocimiento.

Una inesperada rigidez de las mandíbulas me impidió continuar el relato Mis cosas estaban desparramadas en un desorden que me avergonzaba. Yo exageraba mi dolor para convencer al magistrado.
De pronto el juez, con voz muy ronca, me gritó:
-Defínase ya! ¿Ha sido un crimen o un secuestro? ¡Defínase, porque el tiempo es irreversible y todo sentimiento está condenado de antemano!

Levanté la vista atemorizado. Advertí que su cara era parecida a la del médico y el color de su piel muy similar al que tenían los hombres que estaban en la escalera.

Busqué mis anteojos con preocupación y cuando me los puse vi la sala del juzgado invadida por una niebla similar a la del subterráneo. Un temor creciente me dominó. Quise interpelar al juez, pero él y los objetos que le rodeaban se habían desvanecido.

Yo ni siquiera pude llorar.

 

1