NARRATIVA

 El médico policial

 

-Señorita... Señorita, por favor. Señorita. -Alguien con olor a limpio le sacudía sin apuro. Comprendió que decía "¿Quién es?" y se dormía nuevamente.

-No se duerma. Debo revisarla. Soy médico. No tema. ¿Me oye? Soy el médico de guardia. Levántese m'hijita. Nada le va a pasar.

Ella apenas pudo incorporarse mientras el profesional la tenía agarrada de la espalda y la cabeza con cuidado. Notó que le pasada un trapo húmedo por la cara y los brazos. Luego un paño con un líquido desin­fectante. Volvió a tener náuseas. Era alcohol seguramente y eso le aliviaba pero apenas, ya que la sed la atormentó nuevamente. "¡Agua!" "Por favor... Agua". A1 abrir los ojos pudo ver sus pómulos lo que nunca le había ocurrido. Entonces comprendió que estaban deformados por la hinchazón. El horror de quedar desfigurada la paralizó. Se sentó de golpe.

-Deme un espejo doctor. Un espejo y agua.

-¡No tenemos espejos!

-Deme agua.

-Ahora es contraproducente.

-¿Y usted quién es?

-Ahora... Su médico.

-¿Mi médico? Y... ¿Qué tengo?

-Sólo un pequeño accidente.

-¿Cómo... un pequeño accidente? ¡Me han golpeado entre dos hombres y desde cerca! ¿Cómo, un pequeño accidente?

-Usted se equivoca... Según me informaron venía así y por un accidente. Su auto chocó.

-Sí... chocó pero no pasó nada... Ahí me detuvieron y luego "todo esto"... -Se señaló a sí misma- ¿No ve? Me lo hicieron dos hombres y en el auto de la policía.

-Me informaron que usted vino en ambulancia... Que esto se lo hizo en el accidente.

-¡Le engañan doctor! ¡En el choque no pasó nada! ¿No ve que son golpes, presiones, pellizcos?

-A ver... A ver... No. Del choque. -No, doctor. Son heridas de la policía. Ellos me pegaron. -Elvira se indignó. Trató de levantarse y no pudo, casi cae al suelo. Él la sujetó. -Tome aspirinas... cuando le den agua. -Pero... ¿Y qué hago con eso? La cabeza se me parte de dolor. Usted es médico, debe ayudarme. Pero además observe cómo tengo el cuerpo y los brazos. -Bueno. Pero déjeme revisarla entonces. Las marcas parecen del choque aunque si usted dice otra cosa... Tiene motivos para saberlo mejor que yo. -Doctor... -dijo Elvira casi agotada - le juro que me pegaron en un automóvil entre dos policías de civil. -¿De civil? ¿Y cómo afirma que son policías? -¡Porque bajaron de un patrullero y me llevaron! -Ah... Bien. Cuénteme, pero le ruego lo haga en voz baja. Me han traído engañado diciéndome que usted había tenido un accidente de auto. -No les crea, son unos canallas. -A ver. ¿Qué edad tiene usted? Veinticuatro años. -¿Padece o padeció alguna enfermedad grave? -Nunca. -Pero... ¿se ha revisado el corazón? -Doctor... No ha sido necesario. -Lo comprendo... Pero ahora... con todo lo que le han hecho... Permí­tame que la revise entera... Por mi conciencia profesional. ¡Imagine mi responsabilidad! Y si demuestro y usted comprueba que yo no le mentí, ¿qué hará? -Cumplir con mi deber. -¿Lo denunciará? -¿Lo duda? -¿Y qué harán con usted? -Son riesgos. ¿Para qué me engañaron? -¿Puedo pedirle que avise a mi familia? -Seguro. Luego me da la dirección. ¿No quiere que llame a algún amigo suyo? -No... No tengo amigos. Los que tenía deben estar presos. -¿Usted cometió algún delito? -¡Oh no! No es eso. Cuestiones políticas doctor... -¿Y eso fue un accidente? -Sí. - Bien. No quiero saber demás. A ver. Desnúdese. -Casi no puedo moverme. -Bueno empecemos con la presión. Yo la ayudaré, luego con la ropa.

-Doctor, le agradezco. Usted me devuelve la paz. No puedo decirle lo que significa ver un ser humano luego de todo lo que pasó.

-¡No piense en ello! ¡Por favor! ¡No piense en ello! Bien... ya está. ¡La felicito! Presión más que normal. A ver de nuevo. Aunque no es necesario porque está tranquila... ¿No es cierto?

-Sí. Muy tranquila.

-¿Ve? Normal.

El hombre era de baja estatura, caminaba como resbalando, tenía un reflejo de luz sobre una calvicie incipiente y facciones chatas en las que sobresalían anteojos de gruesos cristales, labios chicos rodeados de un bigote ralo y una hilera de dientes parejos y bien esmaltados. En pocos minutos revisó a Elvira y la ayudó a vestirse. Se sentó sobre el fichero metálico y quedó en silencio. Elvira le miró preocupada.

-¿Quedaré deformada?

-No m'hijita. En diez días curará perfectamente. Ninguna lesión interna, los órganos no han sido tocados... El corazón espléndido. ¿Podría usted reconocer a los hombres?

-Creo que sí -dijo Elvira.

-No se lo aconsejo. -El tono del médico reflejaba temor.

-¿Usted cree que tomarán represalias contra usted si denuncia esto?

-¡Por supuesto! -dijo el médico con rapidez - Son malos enemigos. Usted sabe como es Rosario... Ellos dominan.

-¿No leyó usted nada en los diarios? -dijo Elvira.

-No, en verdad no. Tengo poca vista y la aprovecho para estudiar mis casos.

-Ah, claro. Puedo reclinarme... ¿Me ayuda?

-¡Como no! - el médico depositó nuevamente a Elvira sobre el escritorio con sumo cuidado. Apenas terminado el operativo entraron cuatro hombres encapuchados. El más alto dijo:

-¿Así que ésta es la que asalta comisarías?

-¡Callate que está el tordo! -dijo uno de ellos. El médico se apartó y quedó como asustado y expectante. Elvira se incorporó de repente y gritó:

-¿Ve doctor que no le mentía? ¿Para qué cree usted que se tapan la cara? ¡Estos hombres me torturaron!

-!Tranquilízate chiquita! -dijo burlonamente el que habló primero. Aún tenemos que conversar mucho. Además el Jefe tiene especial interés en vos. Ya sabés que le gustan las chicas lindas y le hemos hablado tanto de nuestro viajecito... ¡O me vas a decir que no te gustó, putita! -Se volvió hacia el médico.

-Disculpe doctor, ¿pero usted no sabe con qué elemento ha tratado? Seguro que le fue con alcahueterías.

El médico rió pero no dijo palabra. Ella se intranquilizó al ver la actitud pasiva del facultativo. Estaba por decir algo, pedir ayuda, pero se avergonzó de sí misma. Entonces comprendió que sólo la dignidad sostiene, una dignidad muy íntima que no se prostituyera entre esos hombres. Se encontró con una certeza: agotar el dolor hasta que sus fuerzas la abando­nasen, pero no hablar, no permitir que el interrogatorio se prolongara con nuevos incentivos y menos aún, destruir la vida de algún compañero. Sin embargo confiaba en el profesional... "Quizá cuando él saliera de ese antro...".

Le parecía que todos hablaban a la vez, o bien los imaginaba con guar­dapolvos y al médico con la capucha negra girando en posiciones de títeres y todo ello con la compulsión de fijar su pensamiento en recuerdos desa­bridos, inútiles.

La puerta cedió con estrépito de candados y todas las figuras se detu­vieron. El repentino silencio la ayudó a reaccionar y se encontró con un personaje pálido, nervioso, delgado, de sombrero que tenía una especie de cinta negra sobre los ojos. El individuo observó a todos, que iban bajando la cabeza como si reconocieran algún error antiguo. La miró a ella, primero con un movimiento de ave, luego con el ceño adusto; puso las manos en el bolsillo y se fue acercando. El hombre se detuvo, auscultó las lesiones una por una como quien desea comprar algún objeto y se asegura. Se volvió a los encapuchados:

-¿Qué dijo? --Tenía una voz fina como si saliera de una careta.

- Nada. No quiere hablar - contestaron al mismo tiempo dos de ellos. Él se volvió hacia la mujer con aspecto ofendido y descargó en su cara una cachetada seca e intensa. Elvira quedó sorprendida sin atreverse a hablar; de pronto se acordó del médico y lo miró gritando: "!Doctor! ¡Doctor! ¿Lo ve? ¿Lo ha visto? ¡Doctor!" el hombre hizo un movimiento brusco de todo el cuerpo y encaró al profesional que atinó a salir de las sombras con aire digno.

Un instante paralizó a las dos figuras.

-¿Cómo la encuentra? -dijo el policía.

-Está bien. Aguantará, pero no abuse con la picana. -Apenas dicho esto el médico desapareció por una puerta que Elvira desconocía.

El del trapo en los ojos, puso una radio a todo volumen y comenzó a comer maníes.

GUSTAVO SOLER
Capítulo de "La Pequeña Batalla de:
EMPALME GRANEROS"
 

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