Antes de realizar nuestro
habitual comentario editorial, repudiamos desde Fractura Expuesta,
las agresiones perpetradas en estas últimas
semanas contra la Asociación Madres de Plaza. Desde aquí,
tomamos nota de estos acontecimientos y solicitamos el esclarecimiento
de todos estos hechos siniestros propios de grupos reaccionarios,
paranoicos y dementes.
Por el tango, se expande un discurso de la
apropiación de
gran contundencia. “Nuestro tango” es una frase que
constantemente se repite para apelar a una forma de ser con el género.
Lo cierto es que, así pensado, muchas veces el tango parece
entrar peligrosamente al terreno de la propiedad al convertirse en
un bien al que solo los más entrenados en las reglas del género
pueden acceder y arrogarse su acumulación.
Esa es, en gran parte,
la historia de los que se adjudican “nuestro
tango”: la acumulación. Quien más acumule tango
en todas sus formas –música, baile, lecturas, etc.-
podrá tener, en la palma de su mano, las herramientas y la
autoridad para lucirse y pavonearse con el padrinazgo de esa expresión
de la cultura.
La acumulación es un principio que, desde hace algunos siglos,
nos ha legado en gran parte el capitalismo, a punto tal de convertirlo
en un fin en sí mismo. La importancia de acumular en la experiencia
cotidiana, estimuló así una vida del cálculo
y la existencia tomó forma solo a través de un cómputo
del debe y el haber. Paralelamente, el poder tomó también
otra fisonomía, además de las represivas, se asumió,
esta vez, sobre valores abstractos, sobre los valores del dinero,
de la cantidad, de las operaciones contables. Entonces, tener, acumular,
se convirtió así en una forma de poder. Esto lo sabe
bien la burguesía y lo supo imprimir muy bien la ética
protestante con su vida de trabajo, dinero, maximización del
tiempo y dios.
Luego, el desarrollo del sistema hizo su trabajo y la
acumulación
y el poder impregnaron todos los discursos; hasta los discursos que
se manifiestan hoy en el tango. Y así, cada vez que vemos
pronunciada la frase “nuestro tango” en boca de alguien,
asumimos que allí se ha acumulado una porción de tango
y sobre ese capital, se dispone a disputar y generar las reglas de
una forma de ser con el género. Su propiedad, para nuestro
caso, son el baile, los años de pista, los discos escuchados,
los años transitados en el ambiente, el contacto con los capos,
las lecturas, etc. Paradójicamente, nada de lo experimentado
esta asociado directamente al orden de la acumulación estrictamente
material, pero sin embargo, la lógica que les da valor se
mide con la vara del capital acumulado. Así, la experiencia
en el tango, como algo que se vive, que se siente en el cuerpo, que
se marca en él, se mide solo en su cantidad. Digo con esto:
la experiencia se cuantifica, se hace mensurable solo para colaborar
al orden de la acumulación. Acumulación que, en este
caso, dispone de bienes intangibles en un balance comercial.
De esta
manera, como dijimos al principio, quien más tango
acumulado posea, será quien podrá adjudicarse el padrinazgo
del género. Pero atención, porque quien acumula, entra
en disputa con otros por esos bienes. Entonces, el tango se convierte
en ese campo de batalla para aquellos que, en su afán de acumular
bienes y poder, se incorporan al terreno del mercado de capitales
intangibles tangueros. Recordemos, que lo que se disputa aquí son,
como anunciamos, horas de baile, años de experiencia, horas
de café con los capos y cantidad de discos escuchados. Horas,
años, cantidad, todos conceptos de una experiencia cuantificada.
Se
me ocurren algunas preguntas en este panorama ¿quienes
pueden asegurar que la experiencia de creación, el baile,
la música, se contabilizan en una hoja de cálculo? ¿Alguien
cree sinceramente que Troilo o Piazzolla se interesaban por la cantidad
de obras compuestas? ¿Qué queda de la experiencia cuando
todo se resume a lo mensurable y uno es uno de acuerdo a la autoridad
que le otorgan sus arcas de bienes tangibles e intangibles? ¿Qué será del
análisis del tango si su único destino parece ser,
cada vez más, un análisis de cantidades y una suma
de anecdotarios?
La experiencia de lo artístico se reduce así a una
simple posesión que mientras más mensurable resulte, más
efectiva será. En este sentido, aquellos que apuntan e impulsan
la frase “nuestro tango” bajo esta lógica, corren
el riesgo de pensar la experiencia de lo artístico tal como
si fuese solo un capital, una propiedad, un mueble, un auto o un
DVD. Si se continúa en ese orden, seguiremos discutiendo y
midiendo capitales de tango acumulados y dejaremos de lado quizás
la porción más bella y misteriosa del arte: la posibilidad
de conmoción del ser, que nada tiene que ver con cuestiones
de capital. |