LOS ROSTROS DEL ISLAM

Los moriscos, de a caballo por la pampa
Las primeras corrientes moriscas se asentaron en el Río de la Plata durante los siglos XVI y XVII. Entre otras cosas, acercaron la cultura ecuestre y el origen de la palabra gaucho.

ALBERTO GONZALEZ TORO. De la Redacción de Clarín.

Domingo Faustino Sarmiento, en Facundo, compara al gaucho con los jinetes árabes. Y escribe que "hay algo en las soledades argentinas que trae a la memoria las soledades asiáticas". Su texto genial se escribió y publicó en 1845 como suplemento del diario El Progreso, que el sanjuanino dirigió en Santiago de Chile.

En septiembre de 2001, el profesor del Instituto Argentino de Cultura Islámica, Ricardo Elía, recuerda que los primeros antecedentes árabes—musulmanes en la Argentina se remontan a Francisco de Villagra, conquistador español, mariscal, gobernador de Chile entre 1561 y 1563, nieto de la morisca Isabel Mudarra, con gran descendencia en Tucumán. Elía— también profesor del Instituto de Estudios Arabes y de la Cuenca del Mediterráneo de la Fundación Los Cedros— le da la razón a Sarmiento: El ingreso clandestino de los moriscos (musulmanes españoles que huían de las persecuciones de la Inquisición) al Río de la Plata durante los siglos XVI y XVII es un fenómeno que dará origen a la cultura ecuestre de los gauchos en la Argentina, Uruguay y Brasil, y de los huasos en Chile.

El viernes, en el Centro Islámico de Buenos Aires, su secretario de Cultura, Omar Abboud, explicó que en idioma árabe la palabra Al-Gauch significa el que cuida los rebaños. En una antigua y señorial casona del barrio de San Cristóbal, Abboud corrobora la observación de Sarmiento que vio en el gaucho un símil del jinete árabe. Pero, sobre todo, advierte sobre la preocupación de los musulmanes que hoy viven en la Argentina, que temen el facilismo de que se asimile su identidad al terrorismo.

Es muy difícil establecer la cantidad exacta de islámicos que habitan desde La Quiaca hasta Ushuaia. La cifra oscila entre seiscientos mil y novecientos mil, la mayoría de los cuales viven en la Capital Federal y el Gran Buenos Aires. Pero un número significativo está asentado en varias provincias: Mendoza, La Rioja, Catamarca, Santiago del Estero, Tucumán y Neuquén.

Lamentablemente se debe especular con los números y ésta es una tarea de por sí muy ingrata. Pero, a pesar de todo, hay algunas cifras más creíbles que otras, dice Elías. Según este experto, la última cifra seria es la elaborada en 1963 por el monseñor Meletios Swaaity, arzobispo ortodoxo del patriarcado de Antioquía en Buenos Aires: ochocientos mil argentinos de origen árabe, de los cuales cuatrocientos sesenta mil eran musulmanes y el resto cristianos ortodoxos y maronitas. Según Elías, hoy esa cifra se podría situar en novecientos mil como máximo, con unos quinientos cincuenta mil musulmanes.

El sheij (religioso) Mohsen Ali, en cambio, calcula que hay ochocientos mil musulmanes sobre tres millones y medio de árabes y sus descendientes. Moshen Ali es argentino, hijo de argentino y nieto de árabes sirios. Soy hincha de Boca, sonríe, como si el equipo de Bianchi sintetizara sus raíces nativas. Director de la FM 90.7, que tiene su base en José Ingenieros, partido de Tres de Febrero, el sheij enfatiza: Somos parte del pueblo argentino. Rodeado de retratos del coronel egipcio Abdel Nasser, que nacionalizó el Canal de Suez, del ayatola Jomeini, y del ex presidente sirio, Hafez Assad— que se exhiben en la Asociación Islámica Alauita, de José Ingenieros—, Mohsen Ali antes de hablar siempre empieza con un En el nombre de Dios, el compasivo, y pide que cada vez que se lo cite en el texto no se omita esa invocación.

Se dice que hacia mil ochocientos y pico, llegó un barco a Buenos Aires con quince o veinte personas que hablaban en turco, pero que eran árabes. En ese tiempo, el Imperio otomano dominaba a todos los países árabes, aclara el religioso. Después de 1917, la inmigración empieza a ser masiva. Los árabes que llegan son musulmanes y cristianos ortodoxos y maronitas. Provienen, casi todos, de Siria y el Líbano. Los palestinos prefieren Chile.

En Buenos Aires, se afincan en San Cristóbal, Palermo, Flores y Constitución. Una comunidad importante se instala en Berisso, que en los años previos a la irrupción del peronismo ya era un centro vital de la industria frigorífica. Los más audaces, sin conocer el castellano, se internan en las provincias del noroeste. El clima, la aridez del suelo, la gentileza y la hospitalidad recuerdan sus lejanos países.

Elías Sleiman, presidente de la Asociación Islámica Alauita, evoca el año 1938, cuando sus padres compraron un lote en José Ingenieros, en ese entonces un arrabal del mundo. Después llegaron otros árabes, todos de origen sirio y musulmán. Jamás tuvimos problemas con vecinos de otra religión. Hemos convivido, y convivimos, con católicos, judíos y ateos. Nuestro club ha servido para reuniones sociales y deportivas, cuenta Sleiman.

Los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono, que actualizaron la palabra islámico en todo el mundo, despertaron la curiosidad de muchos vecinos de José Ingenieros, que quieren saber qué es el islam. En estos días vamos a hablar con ellos, dice Mohsen Ali. Lo más importante es hacer comprender que islam y terrorismo son dos palabras incompatibles.

En la Argentina hay nueve mezquitas, tres de ellas en Buenos Aires. El sheij de la mezquita de Floresta, Abdul Karim Paz, es un hombre de 41 años que hace 18 se convirtió al islamismo. Santiago Paz Bullrich— este era su nombre cuando todavía abrazaba la fe católica— buscó en las religiones y en las filosofías orientales un camino para llegar a Dios. Por fin lo encontró en el islam, en su libro fundamental, el Corán, y en las enseñanzas del profeta Mahoma. En la Argentina, cada vez más personas se acercan al islamismo. Nuestra religión es muy complementaria con lo judeo cristiano, dice Karim Paz. Y apunta, seguro: Si al islam se lo deja crecer, crece. Si se lo ataca, también. Ex estudiante de una prestigiosa escuela católica, este descendiente de una ilustre familia argentina sentencia en un pequeño despacho de la mezquita de Floresta: El sentido de la historia es la materialización del reino de Dios.

 
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