Ada Or Ardor

Cuadro de texto: Cuatro de febrero de mil novecientos noventa y dos; hora diecinueve con quince minutos; asiento número cuatro.
Empresa General Güemes, Rosario - Cañada Rosquín.
Son los datos del pasaje de ómnibus que yace, planchado, con un incipiente amarilleado en el verde original, entre las páginas cuatrocientos doce y cuatrocientos trece, junto con algunos restos de ceniza de cigarrillos, en la traducción que David Molinet  hiciera sobre la novela Ada Or Ardor, cuyos derechos fueron cedidos al ‘Círculo de Lectores’ por cortesía de Editorial Argos, en una edición del probable año mil novecientos setenta y siete.
 Si alcanzo a recordar que utilicé el boleto como marcador, deduzco que la primera vez que leí Ada Or Ardor, de Vladimir Nabokov, fue hace catorce años. El ejemplar lo compré usado en la ‘Covacha Revisteril’, y tiene algunos bordes desgastados por el manoseo. En el interior hay anotaciones en lápiz que no he realizado. Un libro usado es un enigma, tiene la historia de los que lo leyeron con anterioridad, es la historia de lecturas diversas. De alguna manera, forma el espesor del mismo como las capas de una cebolla, pero el que lee no puede percibirlo, ni siquiera a través de los rastros garabateados al margen. Una de las anotaciones discute la interpretación de Van sobre la relación Espacio Tiempo, la otra, que por la letra no es del mismo lector, aunque también haya tenido la delicadeza de no escribir con tinta, es más extraña aún, dice algo así como: ‘es increíble que Nabokov haya escrito nuestra propia historia ¿cómo se explica? ... querida, querida ¿esperaremos todos estos años? ¿Podrás hacerlo, podré?’
Tengo una imagen de mí mismo en la época en que me ahogaba en la frondosa espesura de la narración, en esas ruinas que la rima arrojaba al sentido cuando Vladimir despedaza y rearma al menos tres idiomas diferentes, juegos velados en la traducción al español. La ceniza del cigarrillo en el pliegue de algunas páginas, cuando aún fumaba en las plataformas de las terminales. A Ada llegué luego de Lolita. Los viajes que realizaba en el ‘92 no eran de placer sino de trabajo, así que le adicionaba la lectura y la mirada. Una especie de cosmética que me sacaba de la necesidad utilitaria de viajar para sobrevivir. El tiempo perdido se ganaba nuevamente por la palabra del artesano. 
Por esa época, se nos había ocurrido quebrar el estereotipo de las bandas de rock. En nuestros tiempos libres fundamos un grupo al que llamamos ‘Viejos, Gorditos y Pelados’. Podríamos haberlo llamado de otro modo, relacionado con la coincidencia de que los cuatro integrantes teníamos nombres que empezaban con J, y que tres de ellos nos llamábamos Jorge. Pero entonces no habría tenido sentido armar la banda. El único objetivo era divertirnos, y contradecir esa imagen de flacuchos pelilargos. Incluso J., que venía desde la ciudad aún no autónoma de Buenos Aires para ensayar, durante la semana tomaba clases de guitarra y armónica, porque lo poco que conocía de música era lo que recordaba de la secundaria.
Nos reuníamos en un garaje que alquilamos al sur de la ciudad, sobre la calle Sarmiento, pasando el barrio de los hospitales. Comenzamos intentando con algunos covers pero apenas oídos y manos (dedos) entraron en frecuencia no pudimos contener nuestra pulsión creadora. Así como los Soda Stereo, minuciosa e imperceptiblemente, diseñaron su imagen, nosotros seguíamos el mismo camino pero para desdibujar la de esos grupúsculos de pendejos pedantes cuyo único mérito era la juventud. Las peladas incipientes de tres de nosotros, ayudaba. Con la edad no había demasiados problemas porque un tipo que pasaba los veinticinco ya era un viejo, pero con nuestro grosor, ahí la cosa era diferente. Con decir que J. era vegetariano basta. Hicimos un régimen inverso, hasta alcanzar nuestras buenas choperas.
Seis meses después de haber tomado la decisión, estábamos listos para salir al ruedo, con algunos covers de los Stones, media docena de temas propios y un look afín a Viejos; Gorditos y Pelados, pero nadie nos conocía, lo que hizo difícil nuestra contratación, aunque nos ofreciésemos a tocar gratis.
Mientras Jorge (b) –yo soy Jorge (a) en esta historia– intensificaba sus gestiones para conseguir un espacio donde pudiésemos desplegar nuestro histrionismo aún contenido, me dediqué a escribir las ‘Odas a Ada’, influido pretenciosamente por el inefable nabo. Menos mal que mi capricho de no publicar aún tenía vigencia, porque hoy releo (antes de quemarlos) esos papeles perforados por la matriz de puntos y un rubor vergonzoso me tizna la madera de la cara.
Iniciábamos tarde nuestros ensayos, los fines de semana terminábamos durmiendo en el garaje del sur, muchas veces acompañados por algunas vecinas que preferían acercarse antes que quedarse rabiando en su casa debido a los ruidos molestos. En razón de esto, y de que Jorge (c) solía hacer guardias para una empresa de emergencias médicas, instalamos un teléfono en el local. Una mañana de sábado, el timbre pesadillezco nos despertó. Había fallado uno de los grupos para el baile de carnaval de esa noche y nos preguntaban si estábamos libres para reemplazarlo. Aún dormidos, tuvimos el tacto de contestar que no, pero que veríamos si conseguíamos un reemplazo para cubrir nuestro compromiso en un pub de San Nicolás, ya que preferíamos tocar en Rosario.
Por supuesto que cuando llegamos con nuestra ansiedad por delante, comprendimos que las cosas no serían tan sencillas como creíamos. Quizá no permitió que nos diésemos cuenta a tiempo del error, nuestro entusiasmo. Era un baile al aire libre y, como en todo baile de carnaval que se precie, la cumbia suele ser protagonista excluyente. Pero ya estábamos allí, y nuestra imagen externa no desentonaba, precisamente. El que nos contrató, un hombre alto de tez oscura y pelo cano, que vestía un traje cruzado de color crema y se movía con desplazamientos bruscos y aparatosos que lo emparentaban más a un robot con problemas de lubricación que al género humano, no se percató de la diferencia. Nos ubicó a un costado del escenario, en una estructura improvisada que hacía las veces de camarines y de baños públicos, porque todo el mundo levantaba el lienzo y pasaba de un lado a otro. Orientó a los plomos para que acomodasen los instrumentos hasta que pudiesen subirlos a la parte del escenario que nos tocara y nos pidió paciencia. La cosa venía con atraso; todavía faltaban tocar dos grupos antes que nosotros. Una mujer gorda y aceitada, que llevaba una ridícula pollera a tablas como si fuera una colegiala policroma, me guiñó un ojo pintado de tal manera que parecía una exposición ambulante de Jackson Pollock. Masticando chicle, se acercó a mi oído, seguramente intuyendo que yo era el líder, para susurrarme, a través del ‘changa changa’ de fondo, el bullicio de la gente que hablaba o gritaba en el buffet por el choripán que pagó y que no le alcanzaban, el propio chirrido de la grasa que cae sobre las brasas y se quema, el rítmico y ensalivado masticar de la gata gorda,  que nos tocó lo mejor de la noche, y que esperaba que no la defraudáramos. Colgada del brazo del hombre de arena que se iba para atender otras cuestiones organizativas, previo al anuncio del próximo quinteto, se dio vuelta y disimuló un ventoso beso con su manita regordeta rematada en el extremo superior con cinco fucsias coronitas. Del otro brazo del androide cremoso colgaba otra gruesa y embadurnada colegiala. Al circo le gustan las simetrías, pensé, mientras encendía un cigarrillo para ahogar el humo de los chorizos quemados.
Los sones de la cumbia rechinaban sobre el predio y la noche ‘tropicalísima’ comenzaba a inflamarse en una atmósfera enrarecida a la que se agregaba un incipiente ‘genérico’ a sudor y perfume barato. El cielo encapotado amenazaba descargar todo su furor en cualquier momento, sin embargo, en lugar de las gruesas gotas, una finísima llovizna comenzó a descender parsimoniosa sobre la superficie de todas las cosas. Los reflectores jugaban con delicados caleidoscopios pergeñados por minúsculos arcos iris, agregándole otro efecto de luces al ya contratado por los organizadores. Por suerte, el escenario tenía una especie de tinglado con chapas que atenuaba el perjuicio que pudieran ocasionar a músicos e instrumentos. En la pista, cuerpos multicolores se agitaban y como por un acuerdo del inconciente colectivo, formaban una rueda humana que giraba lentamente en el mismo sentido. Me recordaba a otros bailes de este tipo a los que concurrí por curiosidad en mi adolescencia; en todos pasaba lo mismo, un eje imaginario o real (recuerdo una fiesta de Mailín, en la provincia de Santiago del Estero, que se hizo bajo una gigantesca carpa y sobre piso de tierra, donde el poste que sostenía la cúspide de la carpa oficiaba a la vez de eje) transmutaba en un ídolo en la médula del rito centrífugo. Una pasta chirle comenzó a constituirse en el piso, un barrito que se arrastraba con los pasitos cortitos y ordenados que retrocedían uno y avanzaban dos. Conforme la llovizna agregaba espesor a la pasta arcillosa y mojaba las camisas y las blusas ya mojadas por la propia transpiración, algunas salpicaduras ensuciaban los pantalones blancos de las mujeres, cuya trama de hilo se transformaba en vasos capilares por donde el barro ascendía desde la botamanga. A nadie parecía importarle; los rostros enrojecidos por el ejercicio del baile, la euforia y el alcohol exudaban un vapor de frenesí que parecía aumentar aún más la temperatura del lugar.
Finalmente, el último grupo terminó, el gentío se tomó un respiro y se amontonó en los puestos de venta; había que reconstituir las sales y el líquido perdido. El cielo pudo, o supo, esperar.
Subimos al escenario y mientras probábamos nuestros instrumentos, intercambiamos algunas miradas sin hablarnos. Estábamos ante nuestro primer show real. Creo que los cuatro teníamos la intuición de  que nos habíamos metido en un lío del que aún podíamos escapar pero que, en razón de una especie de designio ineluctable, no lo haríamos. En lo personal, no era una intuición sino una certeza: este sería nuestro primer y último recital. Desde allí arriba, mientras en un eco lejano escuchaba la presentación, con el orden invertido ‘gorditos viejos y pelados... del interior de la provincia de Córdoba... finalista en el último concurso de...’ y unas cuantas mentiras y exageraciones más del hombre de arena que nos estaba improvisando un currículo, miré hacia el gentío; algunas parejas aún permanecían en la pista esperando que la música continuara, otras volvían riéndose con el vaso de cerveza o vino en la mano, unas cuantas personas, hombres y mujeres, se acercaron al escenario y levantaron la cabeza expectantes. Como dijo la gata gorda, la noche estaba en su apogeo.
–Arranquemos con algo movidito– dije a mis compañeros– nuestro ‘Boggie de la Santa Circuncisión’. –Todos estuvimos de acuerdo.
Mientras marcaba el ritmo con el bajo, miraba hacia la multitud. Al principio nadie se movía, luego entreví algunas sonrisas y caras que se volvían unas a otras como interrogándose. El boggie sonaba mejor que en los ensayos, lo que nos dio cierta confianza, con el último acorde se escucharon algunas risas y algunos aplausos acompañados de gritos. Levanté la vista hacia el público. Quizá creyeron, conjeturé, que este primer tema era una especie de chiste que les hacíamos, que de ahora en más la cosa sería en serio.
Seguimos con una respetable versión de ‘La Granja’, de ZZ Top, y casi sin dar respiro bajamos el tono. Estábamos convencidos de que ‘El blues de la maestra rural’ terminaría transformándose en un hito de nuestra banda. La guitarra de J. desgranó un largo y agudo lamento antes de que yo entrara con el bajo. Cuando Jorge (b) ejecutó el primer golpe al parche, ya la silbatina comenzó a llegarnos como un eco del infierno. Desplegué mi burbuja, me transporté al garaje del sur, recreé la imagen de la maestrita cruzando el camino de tierra en plena siesta correntina, y dejé que se fuera transformando lentamente en voz, como si fuese yo el que estaba bajo el sol, canturreando ante un espejo de agua turbia.
El primer impacto lo percibí en el ojo izquierdo. Algo me golpeó blandamente sobre la mejilla una milésima de segundo después. Miré hacia abajo y un pedazo de chorizo y otro de pan rodaban por el entablonado húmedo y brillante. Recuerdo que alcancé a ver, con el rabillo, a una o dos personas que subían al escenario antes de que la cabeza me estallara conmocionada por el golpe –luego me contaron- de una botella de cerveza que me dio de lleno en la frente.
Tengo la idea, posiblemente el implante de un recuerdo y no el recuerdo genuino, de haber despertado en medio de la penumbra ululante de una ambulancia. Un severo segundo, apenas eso. Las nubes comenzaron a despejarse realmente en una habitación blanca, tenuemente iluminada, desconocida y casi silenciosa. No había nadie salvo yo. Esa fue la primera impresión, hasta que me di cuenta de que lo que sonaba, como una leve letanía, era un pequeño instrumento, sobre un estante, en otra cama paralela a la mía, donde varios cables y otros tantos tubos formaban un extraño cordón umbinical que alimentaba y exploraba a un hombre cuyo único síntoma viviente era una especie de silbido respiratorio que se extendía en el tiempo. Fui acomodando la lucidez a las cosas y, sin ayuda por el momento, traté de entender qué pasaba o qué había pasado. Enseguida supe donde estaba, y lo confirmé tocando sobre la ceja izquierda el vendaje, allí, donde la piel me tiraba y el corazón latía. 
‘Cagamos, se acabó la musiquita’, pensé. Enseguida me asaltó el temor de ser el único de la banda con vida.
Repasé infinidad de veces esas imágenes que se agolpaban sin mucho orden y, como en un gigantesco rompecabezas, traté de componer la figura temporal, la secuencia. 
En eso estaba, cuando ocurrió lo que me hizo dudar de la realidad. Porque mi eventual experiencia en hospitales o sanatorios me decía que las únicas enfermeras jóvenes, atractivas, dulces y deseables, incluso para un agonizante, pertenecían a la órbita del cine norteamericano, igual que las voluptuosas autostopistas. Ella entró sonriendo y sería una cursilería decir que iluminó el cuarto al punto tal de que busqué en un bolsillo imaginario mis gafas –lentes, en argentino– de sol. El muerto que tenía al lado lanzó un largo gemido, y sacudió las sábanas dejando en claro que había percibido el aura del ángel. 
–¡Buen día! –dijo con voz cristalina– ¡Buen día! Cómo andan mis niños hoy –dirigiéndose hacia la cama de mi afortunado vecino.
‘Estoy muerto o alucinando por los golpes’, me decía una y otra vez, mientras giraba la cabeza para admirar su andar celeste, más celeste que el cielo imaginado. ‘Sí, estoy muerto, no hay dudas, el resto se salvó, la banda ya no tiene bajista, o se murieron todos y ahora vamos a tocar sus majestades satánicas en el infierno, y el diablo mismo, en persona, nos va a pedir una cumbia o un tango rasposo, o peor: una milonga’. Levanté la cabeza para tratar de identificar al hombre a mi costado, quería comprobar si no era alguno de mis compañeros, pero no, era una persona mayor, un hombre flaco y arrugado, que estaba recibiendo un líquido transparente desde una bolsa plástica donde la enfermera acababa de inyectar alguna droga, a la vez que le murmuraba suavemente palabras reconfortantes ‘... su hija me dejó la ropa limpia, regresa por la tarde...’ o algo así.
Cuando la enfermera se volvió hacia mí, y me extendió una pastillita,  pude apreciar los rasgos delicados de su cara, y el corte escrupulosamente prolijo del cabello negro y brilloso que caía apenas por debajo de sus orejas. Sonreía sin que se notase oficio en la sonrisa.
–Cómo le va a mi rockero preferido –Reconocí en la pregunta ese vicio de la profesión de tratar a todos los pacientes como si fueran chicos idiotas, no importa la edad que tengan, ni el grado de idiotez.
–Qué pasó, cuánto hace que estoy aquí, dónde están los otros... – y hubiese seguido escupiendo preguntas, si no me hubiese detenido apoyándome un dedo sobre la boca antes de contestar y preparar las gasas para la curación.
–Cobraron de lo lindo. Eso pasó. Pero quedate tranquilo, los otros están

TODAS ELLAS

Jorge Alberdi

Libro en deconstrucción permanente

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