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Daniela, la tartamuda |
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para Daniela A.
Cuando aún se le llamaba novia a lo que hoy convenimos en llamar pareja, yo tuve una novia tartamuda. Daniela. Y no fue de buenas a primeras que terminamos noviando. Ella era una muchacha del barrio con la que coincidimos en la secundaria, y luego en algunos cursos en la universidad. Como mujer no dejaba de ser bonita, y quizá algo más. Si no hubiese pesado sobre ella esta particularidad que despierta prejuicios hasta en los más juiciosos, uno podría asegurar que, más que bonita, Daniela era bella con sus ojitos claros y chispeantes de picardía, su figura delicada y esa cabellera salvaje que le caía ondulada sobre los hombros. Pero la vida tiene esas cosas. Las que pudieron ser sus amigas en la adolescencia, fueron sus peores verdugos. Hoy uno puede asegurar que el aislamiento al que la sometieron tenía un sustento un poco complejo: la extrañeza; el recelo; el temor, y hasta un alto componente de celos. En alguna medida, las burlas se dirigían a ella, pero también a aquellos muchachos que, animados por sus femeninos atractivos, se acercaban con el intento de una caza rápida y efectiva. Algo que tenía que ocurrir vertiginosamente, antes de que la noticia corriera y se expusieran al consabido escarnio; debían seducirla y llevarla a la cama, en lo posible evitando que hablara, para que su tableteo verbal no terminara inhibiéndolos. Conozco a uno que llegó a proponerle una salida romántica siempre y cuando ella le prometiese que no hablaría. Pero Daniela era tartamuda, y estaba lejos de ser tonta, y difícilmente hubiese cedido a los desordenados apetitos masculinos sin un cortejo que se precie. Por lo tanto, esa necesaria ‘demora’ alejó uno a uno a los esporádicos galanes juveniles. De a poco, solita se fue yendo. Sin llegar a convertirse en una de esas chicas insulsas, parcas y hasta viscosas, de algún modo fue aislándose de su entorno, dedicándose exclusivamente al estudio, en el que llegó a descollar, en los exámenes escritos.... En la universidad le fue más fácil porque desde el inicio hizo valer su problema y obtuvo los necesarios permisos para evitar los exámenes orales. Durante el secundario me había mantenido al margen de las burlas o los desprecios que le propinaba el resto del curso. Incluso en una de las pocas fiestas a las que fue invitada, más como personaje exótico que por cualquier otro motivo, bailé con ella. La música excedida en potencia evitó cualquier conversación, y nos movimos como perfectos autistas delante de un espejo. Pero a la hora de abrazarnos para acompañar el balanceo rítmico y lento de ‘Love hurts’, una atmósfera fragante, que no alcancé a precisar si emanaba de su volátil cabellera; de su piel o si era una conjunción espíritu corporal, como un bálsamo ahogó los rancios olores de ese galpón oscuro, cerrado y camuflado de estridencias. Por un momento tiempo y espacio eclipsaron y presioné suavemente la hondonada de esa cintura desconocida para acercar un cuerpo que no se resistía a mi empuje. ¿Cuánto duró? No podría precisarlo, pero bastó para que quedara en algún lugar de mi memoria, adormilado. Luego todo volvió a la normalidad; el alcohol se llevó el perfume, el momento y la noche. Por la mañana, al levantarme, tuve un resabio que no alcancé fijar en una sensación y que confundí con un fenómeno de paramnesia o déjà vu. El día fue tallando su olvido. Terminé el secundario en otra escuela, en otra ciudad y un par de años después nos encontramos en un curso común de la universidad. Quizá ese mantenerme al margen posibilitó que me acercara sin una excesiva resistencia. Integrábamos el mismo grupo de estudio. Establecíamos un horario para reunirnos, y ella llegaba invariablemente tarde. Era su estrategia para no tener que conversar con nadie. También para no tener que ocuparse de ser quien leyera los apuntes en voz alta. En esas reuniones, muchas de las cuales tenían lugar en mi departamento, uno leía el texto en cuestión y los demás seguían la lectura con la vista, hasta que algún concepto poco claro habría un debate para desentrañarlo. Me había acostumbrado a asumir la lectura oral en esas reuniones. En realidad me lo había planteado como un ejercicio para mejorar mi escritura. La obligación de leer correctamente; respetando los respiros; ejercitando las inflexiones de la voz que el texto requería; el escucharme leyendo; me eran útiles para perfeccionar mi escritura. Esto me permitía, en otro plano, llevar el ritmo de las reuniones y además brindarme una perspectiva del grupo, ya que al levantar la vista, luego de cada punto y aparte, cosa a la que no estaban obligados los que seguían la lectura en silencio, podía ver sus caras; sus gestos, y hacerme una idea del clima general que imperaba. En alguna de esas ‘levantadas de la vista’, sorprendía a Daniela mirándome, pero rápidamente bajaba la vista al apunte. Los exámenes de ‘la tartamudita’, como le decían familiarmente en los pasillos, comenzaron a llamar la atención de profesores y compañeros. Eran simplemente brillantes. Anclado en uno de los aspectos del mito; el de que la tartamudez es una manifestación de algún otro desorden intelectual, de una minusvalía de las capacidades, los resultados de estos exámenes eran aún más llamativos. De a poco, comencé a sentirme atraído por Daniela. El problema era cómo acercarme a ella para entablar algún tipo de diálogo que fuese más allá de los monosílabos que intercambiábamos es las reuniones de estudio. No me animaba a abordarla directamente. Temía que me tomara como otro más que intentaba burlarse o aprovecharse de ella, y que inmediatamente levantara todas sus defensas. Mientras tanto, se presentaba puntualmente a nuestros encuentros semanales. Con frecuencia, uno dos del grupo faltaba, pero ella no. Siempre acudía, como si de esa práctica dependiese realmente el éxito en sus exámenes. Generalmente el que organizaba los días y los horarios de las reuniones era yo. Se me ocurrió que podría provocar algunos cambios a mi favor. Como difícilmente Daniela podría verificarlo con otro de los integrantes del grupo, en ocasiones le adelantaba media hora el horario de la reunión. Esto me permitió estar a solas con ella, y que entabláramos, pese a la incomodidad, algún breve diálogo. La verdad es que era difícil por donde se lo mire. Aún así estas prácticas, dosificadas para que no sospechara, se fueron haciendo comunes, las barreras de ambos comenzaron a ceder y llegó el día en que sin hacer la trampa habitual, Daniela llegó media hora antes que los demás. Ese fue el día en que más incómodo me sentí, a la inversa de lo que le pasaba a ella. No me atreví a indagar si fue su manera de darme a entender que se había dado cuenta de mi estratagema o era simple casualidad. Igualmente fui un poco más allá: una semana después le avisé de una falsa reunión en el departamento. Esa tarde fue toda nuestra, entre mates, quejas por la displicencia con que nuestros compañeros se tomaban el estudio, nuestras primeras carcajadas a coro y algún que otro silencio de miradas sostenidas. La tarde fue dibujando raras sombras sobre los edificios en flor y la noche modeló nuestras primeras caricias sobre la alfombra verde del living vacío de muebles y adornos. Faltaba la luna para que ese momento fuera una página pegoteada de una novela romántica. Pero alcanzó con lo que había, que era mucho. Descubrí... descubrí muchas cosas... entre ellas, que Daniela seguía otras dos carreras, además de la de Psicología (en esa época se decía ‘novia’ en lugar de ‘pareja’, y septiembre no había perdido aún su magnífica p, como tampoco psicología renegaba de ella). Cursaba algunas materias de la carrera de Bioquímica y de Medicina. Y lo hacía con la eficacia que ya le conocía. Es cierto que hablábamos poco, y que me costaba horrores mantener un diálogo coherente con ella. Generalmente terminábamos cruzándonos sendos escritos. Su tartamudeo no era el tartamudeo habitual. No se notaba en ella esa tensión muscular típica del que hace un esfuerzo para soltar las palabras. Digamos, si se me permite la licencia, que tartamudeaba con fluidez; como si en realidad estuviese monologando en un idioma desconocido. Noté que esas disrupciones en su expresión verbal no se traducían en las comunes repeticiones o en esas prolongaciones en la pronunciación de pequeños elementos del habla. No se acompañaban tampoco de actividades gestuales accesorias e involuntarias, que suelen ser las que dan la apariencia, en el tarta, de que habla con esfuerzo. Este paulatino descubrimiento me llevó a prestar cada vez más atención a su manera de hablar. Ahora el que se esforzaba era yo, que quería reconstruir los fragmentos en un único discurso lógico. Esta actividad llegó a transformarse en una obsesión, al punto de que provocaba el diálogo sobre cualquier tema y exacerbaba todos mis sentidos con el único fin de comprenderla. Sin embargo, la frustración fue ganándome y no pocas veces terminaba exaltado, para su sorpresa. Su amplia sonrisa se fue desdibujando lentamente como si fueran los pétalos de una flor moribunda, y para mi angustia, sin poder evitarlo, su maravillosa personalidad comenzó a atrincherarse paulatinamente. Una noche en la que nos habíamos amado hasta la extenuación, me desperté sobresaltado. El calor de la habitación era insoportable y en la ventana una brisa pesada movía levemente la cortina de lienzo. No había electricidad y el ventilador había dejado de bañarnos con ese vaho del infierno, lo que profundizaba esa sensación frecuente cuando uno despierta de un mal sueño de estar y no estar despierto. Dejé que mis ojos se acostumbraran a la penumbra, Daniela yacía desnuda a mi lado, enredada en las sábanas empapadas. Murmuraba dormida. Me acerqué para escuchar mejor. Repetía una conversación que habíamos intentado durante la tarde acerca de un pintor surrealista mientras visitábamos una exposición, solo que lo hacía muy lentamente, como si lo que dijese lo hiciera en cámara lenta. Me acerqué aún más y de su piel se desprendía esa fragancia que yo tenía guardada en mi memoria desde aquella primera vez que bailé con ella. Quizá el perfume; su voz que surgía como de una corriente de agua morosa; el calor; el sueño; la situación; mi obsesión que retornaba bajo la extraña forma de una lucidez alucinada, obraron el milagro. Comencé a aislar los fragmentos y tableteos como partes; no de un solo párrafo sino como el de varios. Daniela hablaba del cuadro; de su equilibrio; de los tonos; de la vida del autor; de las propiedades químicas de la pintura que se utilizaba en esa época; del contexto social e histórico en el que se plasmó la obra; de las influencias clásicas; del valor económico del cuadro en relación a otros pintores; de los pintores actuales en los cuales puede detectarse la influencia del pintor surrealista; del aprovechamiento técnico que hizo la sociedad de consumo de los postulados de la vanguardia...Todo a la vez, e incluso de la sed que tenía durante la visita a la galería y de una serie de estadísticas sobre la asistencia a la muestra en la semana, como si fuesen discursos paralelos que se peleaban por un orden en la continuidad temporal. Cuando despertó, el sol iluminaba la habitación, el ventilador hacía rato que había vuelto a girar y yo estaba sentado en medio de la cama, desnudo, mirándola aletargado. Al instante comprendió que algo había cambiado para siempre. Desayunamos en silencio, sin dejar de mirarnos, como si nos viésemos por primera vez. Durante el día me dediqué a deshilvanar ese ovillo del cual la noche me había ofrecido un extremo. No fue tarea fácil porque requirió de mí abandonar una manera de pensar, un modo de escuchar y toda la naturaleza de interpretar. Me sometí a una exigencia como no la había tenido antes. Mi actividad mental tuvo que desandar todos los caminos aprendidos y adaptarse a sincronizar fragmentos en múltiples planos. En las semanas que siguieron nuestra relación recobró la pasión de los primeros tiempos pero el esfuerzo intelectual me agotaba. Durante la noche seguía procesando y reconstruyendo. Me despertaba sobresaltado con una respuesta, a veces, parcial, que demandaba todo el día siguiente para completarla. La complejidad intelectual de Daniela resultaba insoportable para cualquier mortal. Pero lejos de desanimarme, un frenesí nuevo me empujaba como un vendaval. Me encerraba en la biblioteca a buscar antecedentes del fenómeno que acababa de descubrir, pero evidentemente Daniela era única en su especie. Si tuviese que describir groseramente lo que le ocurría, debería decir que su cabecita dotada del privilegio de manejar múltiples saberes simultáneamente chocaba con la imposibilidad de enunciarlos cronológicamente en el discurrir lógico del habla. En otras palabras: la única manera que encontraba para codificar su pensamiento era a través de una fragmentación interpolada. Por ejemplo, si el objeto de la conversación era una manzana, los múltiples aspectos que la conformaban: el color; el aroma; el tamaño; la forma; el peso, (para el ejemplo no voy a agregar una referencia bíblica, de intervención probable) exagerando, surgirían así: la está pe y fue man ma sa co zana du cien se es ra to chada ro cin en los ja cuen valles ta de gra Río mos Negro . Por más que ella se esforzara, el habla era algo que estaba lejos de su dominio. Había sí un modo de focalizar esta capacidad y de transformarla en algo coherente para el resto de la humanidad: a través de la escritura. El ejercicio de la escritura lograba ‘enfocar’ su actividad pensante de modo de hacerla comprensible, de ahí su éxito en los exámenes escritos. También tenía el recurso de ‘poner en suspenso’ ese incansable procesador, y eso lo descubrió conmigo la primera vez que hizo el amor. Poco me importó que me apodaran ‘el novio de la tartamudita’ en el mundillo cerrado de la facultad, vivimos intensamente los días que nos tocó estar juntos. En alguna medida este amor nos benefició en otros planos, y seguramente la mejor parte me la llevé yo, que logré desarrollar una percepción más amplia de la realidad con el solo ejercicio de seguir el hilo del pensamiento de mi novia, la tartamuda. Al tiempo Daniela obtuvo una beca para continuar sus estudios en el extranjero y aunque nos hayamos prometido reencontrarnos, la verdad es que no fuimos más allá de unas cuantas cartas que hoy guardo junto a otras, un tanto amarillas. La vida continuaba, y el mundo estaba lleno de mujeres, rengas, tuertas y hasta sordomudas.
Noviembre del 2005 |
TODAS ELLAS |
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Jorge Alberdi |
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Libro en deconstrucción permanente |