Ada Or Ardor

Cuadro de texto: bien, aunque algo machucados. A vos te vamos a tener secuestrado un par de días en observación. Ahora que sos famoso no te voy a soltar así nomás. Te vas a ir lustradito de aquí, y ni marcas te van a quedar en esa carota soñadora. Son un par de puntos sobre las cejas y otros  en la parte de atrás de la oreja derecha.
Instintivamente llevé mi mano hacia atrás y pude comprobar lo que decía.
–¡Qué locos! Si se querían suicidar colectivamente podrían haber elegido otro camino. Armaron una gresca de aquellas. Ahora parece que el organizador quiere iniciarles juicio por daños, pero dicen que es una estrategia legal para frenar alguna demanda que le pudieran hacer ustedes.
Mientras hablaba, comenzó a cambiarme las vendas. Traté de entender aquello que me estaba contando, el olor a desinfectante se mezclaba con el perfume que usaba. Sus palabras fueron  debilitándose a medida que me concentraba en aislar el olor de la fragancia, antes de volver a desmayarme.
Una o dos veces desperté del sopor sin salir de él, la sala estaba silenciosa y fresca. Identifiqué rápido los aromas típicos de los sanatorios.
Por la tarde, una camarera desgarbada y fea me trajo un jugo de yerba mate, o algo parecido, tan insulso como su portadora, y unas tostadas grandes y resecas que mis papilas gustativas agradecieron como si se tratase de un manjar delicado. Después me quedé mirando el techo (‘... y en el techo no hay nada, hay solamente un techo...’) hasta que volvió ella con su andar fru fru dentro de su uniforme de servicio, liviano, sin arrugas. Miré al costado y mi compañero ya no estaba allí. En algún momento, mientras dormía, se lo llevaron. Interrogué con la mirada a la mujer.
–Volvió a terapia– dijo con voz neutra, como acostumbrada a dar ese tipo de información– seguía con fiebre, parece que tiene una peritonitis. Los cirujanos dicen que es probable que vuelvan a operarlo.
Dejó la cajita metálica sobre una bandeja de pie a mi costado, la abrió en silencio, preparó las vendas, el desinfectante, plenamente conciente de que yo la recorría de punta a punta. Estaba desnuda. Debajo del uniforme no debía tener nada, salvo la bombacha. En esa posición, que la obligaba a inclinarse sobre los elementos que estaba manipulando, el escote abotonado, forzado por el pliegue de la tela almidonada, dejó ver la redondez y la pelusa de sus frutas. Subí por el cuello, me deslicé por la barbilla delicada y pequeña hasta el borde mismo del labio inferior y me adentré en la trama rasgada de esa boca que expresaba su concentración en un rictus, un ligero gesto, de seriedad. Sin embargo, mientras me encandilaba en el brillo marginal, se le dibujó una sonrisa, como si hubiese seguido en todo momento el derrotero de la mirada, al tiempo que se puso de frente, lista para comenzar con su tarea.
–¡Vamos Mike! Por lo que veo, estás mucho mejor que hace unas horas...
–¿Te parece? –respondí tontamente, al tiempo que ella, de un tirón, me arrancaba el vendaje de la frente.
Siguió hablándome mientras desinfectaba la herida. Ahora, al enfrentarme y agacharse, su escote ofreció no ya el brillo y la textura sino la profundidad de dos hermosos y redondos pechos. Esta vez, sin confundirme, o confundiéndome, la fragancia del perfume culminó con la puesta en velocidad del ardor.
–Bueno, niño malo, ahora veamos esa lastimadura que tenés detrás de la oreja– dijo tomándome de la nuca y despegándome de la almohada, lo que la obligó a retenerme aún más cerca de su piel. Mi cara estaba a la altura del cuello, y a escasos centímetros de entrar en contacto. Temí que se formara un arco voltaico y saltara una chispa que nos incendiara a ambos. Imaginé los sensores de temperatura transmitiendo la señal de alarma al tablero central, las sirenas que comenzaban a aullar enloquecidas, los enfermos que salían al pasillo, algunos corriendo y otros arrastrándose con las mangueras y los artefactos colgando, mientras, desde el techo, la lluvia caía, infructuosa, sobre nuestros cuerpos, abrazados al rojo vivo del hierro y a punto de alcanzar la temperatura de moldeo.
Cuando terminó y pude apoyar nuevamente la cabeza en la almohada, noté que estaba cubierto por una muy visible capa de transpiración
–Estoy débil aún, creo que me bajó la presión –murmuré, como para cubrir los rastros, pero era inútil, el mástil sin inaugurar alzaba una pequeña montaña textil.
–¿Débil? No lo creo. Al contrario, estoy sorprendida por tu recuperación.
–¿No hay visitas? Dije, tratando de escabullirme.
–Por hoy ya no. Aunque tus amigotes y admiradoras ya estuvieron aquí. Como dormías, no los autorizaron.
–Es tarde...
–Casi las ocho de la noche, en unos minutos termino mi turno –ella tenía la mano apoyada a un costado de la cama.
–¿Adónde me llevás? –dije sonriendo, y sacando la mano de abajo de la sábana, la apoyé sobre la suya.
–Usted se queda aquí, a dormir, y yo... yo veré con qué me entretengo... –contestó riéndose, y sacando lentamente la mano que mi mano cubría. Las yemas de mis dedos registraban milímetro a milímetro cada célula, cada poro, cada vello, cada detalle topográfico de su piel en un recorrido que equivalía a metros en la percepción alterada de mis sentidos.

La luz de la habitación comenzaba a declinar. Entraba y salía de una especie de ensueño que atribuí a la medicación. Desde el pasillo se escuchaban voces, conversaciones breves, algún ruido metálico, los preparativos para la cena –pensé– porque desde algún lugar lejano empezaron a llegarme olores a comida y ruido a cubiertos. Mi enfermera favorita se asomó desde la puerta. Ya no tenía el uniforme celeste, vestía una remera estampada con colores pasteles y unos jeans gastados que resaltaban sus resueltas curvas. Entró con un par de diarios. 
–Ya los leyeron– me dijo–, así que no creo que se den cuenta de la falta. Los saqué de la sala de médicos.
Encendió una lámpara sobre mi cama y extendió la portada de uno de ellos para que pudiese ver los titulares. Efectivamente, un recuadro daba cuenta de los incidentes provocados en el baile, originados por la insólita actuación de un grupo de rockeros que se hizo pasar por un cuarteto de cumbia.
–¡No fue así! –exclamé, indignado– ¡Nunca nos ofrecimos como cumbieros! Fue una confusión.
–¡Linda confusión! Adentro hay más, y en el otro diario también son nota de tapa.
Acercó una silla y sentándose a mi lado empezó a leer en voz alta el texto de la noticia, impostando la voz al estilo de Crónica TV, en medio de breves risitas que controlaba para que no se escuchasen desde el pasillo. “...después de la silbatina, por lo que la gente tomó como una burla, y viendo que los músicos seguían tocando, comenzaron a arrojarles lo que tenían a mano, volaron vasos plásticos, atados de cigarrillos, alguna lata de cerveza. Entre la turbamulta enardecida, algunos –quizá con mayor amplitud en su espectro musical– trataron de defenderlos, lo que generó empujones y manotazos. Esto avivó más el fuego y la batahola empezó a parecerse a una batalla campal. Otros, en un estado superlativo de irritación, y visiblemente alcoholizados, subieron al escenario y comenzaron a golpear a los músicos. El líder y bajista de la banda, identificado luego como Jorge Alberdi, yacía en el suelo inconsciente luego de ser golpeado con una botella, mientras organizadores y colaboradores de la banda denominada Pelados, Gordos y Viejitos...”
–No nos llamamos así ¡¡Carajo!! –solté indignado– y no soy el líder...
“... se trenzaban en una pelea sin precedentes, que terminó con varios contusos entre músicos, ayudantes, organizadores, personal de vigilancia y público, muchos de los cuales fueron literalmente arrojados desde el tablado. La intervención policial no se hizo esperar, pero hubieron de llegar refuerzos para poder controlar la situación...”.
Leyó divertida los diversos comentarios, luego bajó los diarios para depositarlos en su falda y se quedó en silencio, mirándome con ojos llenos de picardía y embeleso. Nuevamente intenté entablar un contacto físico. Esta vez, no retiró la mano.
–Vos no te acordás de mí, ¿verdad?
La pregunta me sorprendió. Hasta el momento no se me había ocurrido que existiese la posibilidad de conocerla, y ya era tarde para disimular, o para contestar con una evasiva que me diese tiempo a organizarme. Mi silencio fue una respuesta afirmativa.
–No. ¡Qué te vas a acordar! Nos vimos un par de veces. En una de ellas es imperdonable el olvido, aunque tenías una borrachera histórica. Fue luego de una presentación de un libro tuyo. Por lo visto la vocación por el escándalo sigue vigente, terminaste junto con tu amigo Jorge (b) en casa de mi mejor amiga. ¿Te acordás?
–...
–No. No te acordás, pero aún sigo sin mi bota izquierda. Te la llevaste como un souvenir. Subiste al taxi diciendo que no te separarías jamás de ella...
El recuerdo explotó como si en una habitación a oscuras de golpe encienden un reflector. Aún así, no era preciso. Nunca lo fue. Lo que tenía presente era el día después. Me vi sentado en la cocina del departamento que alquilaba, la bota negra de media caña en el centro de la mesa, erguida como una efigie, preguntándome qué Cenicienta me la había obsequiado. Quería recordar; un rostro, el color de los ojos de la dueña, su perfume, el sabor de la piel, o la sensación de mis dedos acariciándola. Daba vueltas, la tomaba entre mis manos para ver si con el contacto ocurría el milagro de la clarividencia, pero era inútil. La sensación que tenía era la misma que cuando uno despierta de un sueño. De un sueño, no de una pesadilla. De uno de esos en los que se consuma un vuelo, o se habita un encuentro placentero, pero que al despertar retenemos los detalles por unos pocos segundos, y cerramos los ojos para que continúe, sabiendo que la vigilia, como un viento tormentoso, arrasará con todo. Pregunté a mis amigos, pero todos los datos que me aportaron fueron vagos, ninguno estaba en condiciones de rearmar el derrotero de la noche anterior. Recordaban, esos sí, la escena ridícula de contar el dinero para pagarle al taxista, intentando equilibrio, con el trofeo apretado bajo mi axila izquierda.
La bota quedó allí, siempre al alcance de la mirada, con la esperanza de que un día las nubes se despejasen y me arrojaran nuevamente a los brazos de la amante desconocida. En las sucesivas mudanzas, oportunidad en la que uno deshecha lo que ya considera inútil, nunca cedí al impulso de arrojarla a la basura, incluso a pesar de los tantos problemas que me ocasionó con otras mujeres (hubo quien, como en la fábula, llegó a la ridiculez de ponérsela para convencerme de que le pertenecía). Aún hoy, en un rincón de la habitación, la bota es como un mojón de una certeza: la del placer, y la nostalgia de una imprecisión, de un olvido desesperante. En las noches en las que más solo me encuentro, suelo frotarla como a una lámpara mágica, pero ninguna nínfula, ninguna Campanita, cobra cuerpo y se apretuja junto a mí.
–...y la otra fue hace poco; se abrió la puerta del ascensor en el que bajabas solo. Entré, y me miraste con esa mirada tan común en ustedes, que en un nanosegundo evalúan de modo tal que son capaces hasta de intuir el color de tus pezones, o determinar su diámetro. No sé si lo notaste, temí que el hombre que estaba conmigo se diese cuenta, pero enrojecí...
–Aún guardo la bota. Cumplí... –le dije, pero no sabía cómo seguir. Una delgada película acuosa cubrió sus ojos. En ese momento ingresó una camarera arrastrando un carrito con la cena.
Ella se incorporó.
–Bueno –dijo carraspeando– aquí te dejo los diarios que te trajeron…
–y bajando la voz para que solo yo la oyese susurró: ‘será mejor que me vaya, no sea cosa que el jefe de médicos se enoje, y te envenene. Mañana nos vemos’.

En un par de días ya estaba caminando por las calles de Rosario, como si nada hubiese ocurrido, aunque una estrella de múltiples puntas se abría imperceptiblemente para todos nosotros. Un momento, un suceso en el que intervino en gran medida el azar, una circunstancia, una nimiedad, y sin embargo, ahora, volviendo sobre esos días, me doy cuenta de cómo el espectro del destino despliega un abanico de caminos a partir de hechos que a nadie se le ocurriría incluir en un libro, ni siquiera a mí. 
Como dijo Ada –no se llama así, pero dado que hoy es la respetable esposa de un muy reconocido profesional de la medicina, de ahora en más tendrá el honor (lo merece, sin dudas) de ser nombrada de este modo–,  logramos llamar la atención. A la semana teníamos seis ofertas de contratos esperándonos para que eligiésemos. Hecho que continuó durante casi un año, en el que gozamos de una nada desdeñable notoriedad. Ocurrieron otros sucesos –relacionados con esa maquinaria del destino– que fueron desdibujando nuestra pasión y la proyección musical que vislumbráramos luego de los primeros cuatro o cinco recitales, con un público que excedía notablemente a amigos, amantes y parientes. Quizá el determinante fue la muerte trágica de J, en circunstancias que nunca quedaron muy claras, aunque debimos guardarnos nuestras certezas. Hay fantasmas que es mejor evitar intranquilizarlos.

Esa imagen que tengo de mí, viajando en el ómnibus, con el libro que a veces dejo descansar sobre la falda para que la mirada se extravíe más allá de la ventanilla, hacia un campo que se mueve vertiginoso, asombrando con las manchas que son los cuerpos más cercanos y que podrían haber sido matorrales, o inescrupulosos animales que mastican la hierba fresca, a diferencia de los más lejanos, que alcanzan a recortarse nítidos aún en su breve duración, sobre el fondo incendiado del oeste de un día que se muere para desmentirse, quizá ahora surja de la composición de los retazos que el recuerdo arma. Pensaba en esa otra Ada que sigue sin su bota negra; en sus caricias ardorosas que despellejaban el deseo, en esa vocación genuina por la oralidad; en sus ojos entrecerrados para dejarle protagonismo a la boca dueña de todos los jugos. Esa que se abría al placer en los lugares más insólitos y que demandaba de mí un alerta permanente para saciarla una y otra vez, pero que, en compensación, devolvía con creces las caricias, los juegos, los intercambios eléctricos y húmedos. Ada mujer que algunas veces tomaba el mando y se sentaba despacito sobre mi boca para que yo explorara los humedales de su litoral carnoso y suave mientras un código de estremecimientos oficiaba de lengua universal, hasta que, lentamente, caía sobre mí, sobre la máxima expresión de mi espera. La misma Ada que resignaba la penetración en pos de una mayor extensión de los retozos; la que lograba que me preguntase demasiadas veces –o no– en esa suma, en esa figura reclinada de la integración de los contrarios, símbolo de la complementariedad donde nada sobra, ni siquiera ese 1 que parece faltar en la adición necesaria de treinta y cuatro más treinta y cuatro, para alcanzar el más sublime valor impar –¡vaya paradoja!– del amor. Cifra a la que, en el vértigo amoroso, más de una vez excedíamos.
¿Y terminó? Francamente, no lo sé. No sé lo que es terminar; las distancias son relativas, y los lapsos también. Quizá ese encontrarnos cada tanto, cuando la vida quiere darnos otro segundo, otro respiro de placer, cuando el azar mismo se entretiene con las apariciones y las desapariciones para que evaluemos el espesor con que el tiempo nos va engrosando, sea una manifestación circunstancial de la eternidad, hasta que alguno ya no esté físicamente sobre este mundo y entonces sí, la única dimensión del otro

TODAS ELLAS

Jorge Alberdi

Libro en deconstrucción permanente

Cuadro de texto: CONTINÚA 
Cuadro de texto: VUELVE
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