| Índice | PRESENTACIÓN.. | A la realidad por el irrealismo | Introducción. | I | II | III | IV | V | VI | VII | VIII | IX | X | XI | XII | XIII |
Si la función sociocultural de la ciencia ficción es, en gran medida, relativizar; mejor dicho, mostrar la relatividad de los presupuestos de nuestra civilización, hay que reconocer en Stanislaw Lem a uno de los autores que más hondo ha calado en las posibilidades del género.
En cierto modo complementario de Lovecraft, Lem consigue, a un nivel eminentemente especulativo, cerebral, lo que el solitario de Providence logra dando amplios rodeos por los tortuosos caminos que bordean el inconsciente. Donde Lovecraft pulsa emociones y evoca símbolos primordiales, Lem arremolina conceptos y sacude esquemas de pensamiento, desmontando silogismos que parecen verdaderos y construyendo otros inverosímiles que, sin embargo, se tienen en pie; si Lovecraft nos hace sentir la inconsistencia de la «realidad» y el orden aparentes, Lem nos la demuestra.
Y si en el socorrido juego de las referencias y las comparaciones (sin el que críticos y prologuistas estaríamos perdidos) cabe poner a Lem en el reverso de Lovecraft, como exponentes complementarios de un irrealismo capaz de devolvernos la realidad escamoteada, por otra parte es forzoso asociarlo, al menos por lo que a Memorias encontradas en una bañera se refiere, a otros dos irrealistas lúcidos y cerebrales que han creado escuela: Kafka y Lewis Carroll. Del mismo modo que El proceso es un itinerario alegórico desde el sentido de culpa a los esquemas culturales que lo inducen. Memorias... va del absurdo estructural al sinsentido vital de quienes, alienados por una u otra dogmática, buscan un sentido, una clave a su existencia; todo ello en un marco complementario al de Alicia, en un país de las maravillas burocrático, donde la proliferación imprevisible y contradictoria no se da a nivel de entorno material sino conceptual.
Definida como farsa utópica, Memorias... conjura, con su monstruoso Edificio, una imagen a la vez desternillante y dantesca de nuestra sociedad, una pesadilla grotesca de la que no podemos sustraernos cerrando el libro, porque no es sino el reflejo implacable del mundo en que vivimos.
CARLO FRABETTI
Las notas de un hombre del Neogeno constituyen uno de los testimonios más preciados del pasado remoto de la Tierra. Proceden del período del ocaso de la cultura Precaótica, que precedió a la Gran Desintegración. La historia tiene sus paradojas irónicas: una de ellas es el hecho de que sepamos mucho más sobre las civilizaciones del Neogeno Temprano, las protoculturas de Asiría, Egipto y Grecia, que sobre los tiempos paleoatómicos y de la astrogación primitiva. Pues aquellas culturas arcaicas dejaron tras de sí unos vestigios duraderos de hueso, piedra, esquisto y bronce, mientras que en el Neogeno Medio y Tardío la materia a la que fue confiada la tarea de conservar el conjunto de los conocimientos humanos fue el llamado papyr.
Era un derivado de la celulosa, una sustancia endeble, casi blanca, que se laminaba y cortaba en hojas rectangulares, sobre las que se imprimían, con tinta oscura, toda clase de informaciones; luego se las plegaba y cosía de manera determinada.
Para entender cómo se llegó a la Gran Desintegración, esa catástrofe que en el transcurso de pocas semanas destruyó todo lo logrado durante siglos, hay que retroceder tres mil años en el pasado. En aquellos tiempos no existían ni la metamnéstica, ni la técnica de cristalización de las informaciones. Todas las funciones de nuestros mnemonitrones y gnóstores de hoy día las desempeñaba el papyr. Es cierto que existían ya unas primicias de la memoria mecánica, pero eran unas máquinas enormes y difíciles de manejar, usadas, por añadidura, para unos fines especiales y limitados. Se llamaban «cerebros electrónicos» en función de la misma exageración, comprensible sólo desde una distancia histórica, que indujo a los arquitectos de Asia Menor a creer que la altura de la torre del Templo de Baa-Bel alcanzaría el cielo.
No sabemos con exactitud cuándo ni dónde estalló la epidemia de papyrólisis. Probablemente ocurrió en las desérticas regiones meridionales del entonces existente estado Ammer-Ka, donde se construyeron las primeras estaciones cósmicas. Los contemporáneos de aquella época no comprendieron al principio el peligro que les amenazaba. No es difícil estar de acuerdo con el severo juicio pronunciado sobre su ligereza por varios historiadores ulteriores. Es cierto que el papyr no se caracterizaba por una resistencia particular, pero no se puede considerar la cultura Precaótica como responsable de no haber previsto la existencia del catalizador RV, conocido también bajo el nombre de factor de Harcius. Por otra parte, la verdadera naturaleza de este factor fue descubierta por el Prodoctor Sexto Folses sólo en el Período Galáctico, al comprobar que procedía de la tercera luna de Urano. Traído inconscientemente a la Tierra por una de las primeras expediciones orbitales de investigación (según el Prognostor Phaa-Waak, fue la octava expedición maláldica), el factor de Harcius provocó la desintegración en cadena del papyr sobre todo el globo terráqueo.
No conocemos los detalles de la catástrofe. Según lo transferido oralmente, versión cristalizada no antes del cuarto galactio, los focos de la epidemia fueron las grandes colecciones de papyr que debían conservar para el futuro toda la ciencia de entonces, llamadas bao-blyo-thecas. La reacción transcurría casi instantáneamente. En el lugar de los inestimables depósitos de la memoria social, quedaban montones de polvo gris, ligero como la ceniza.
Los científicos precaóticos pensaron que se trataba de un microbio que atacaba el papyr, perdiendo mucho tiempo en investigaciones condenadas al fracaso. No se puede negar el acierto de la amarga frase del Histognóstor Cuarto de Táuride que habrían servido mejor a la humanidad si hubieran dedicado aquel tiempo malogrado a grabar en piedra las informaciones que se iban desintegrando.
El Neogeno Tardío, época en la cual ocurrió la catástrofe, no conocía la gravitrónica, la ciberconomía, ni la sintefísica. La economía de los grupos étnicos respectivos, llamados naciones, tenía un carácter relativamente autonómico, estando al mismo tiempo absolutamente supeditada a la circulación del papyr. De él dependía también la continuidad de los suministros a Marte, donde Tiberis Sirtiana se encontraba entonces en la primera fase de su construcción.
La papyrólisis no arruinó solamente la vida económica. Aquellos tiempos fueron llamados, no sin acierto, la época de la papyrocracia. El papyr regulaba y coordinaba todas las actividades colectivas de los hombres, definiendo, además, de manera para nosotros incomprensible, el destino de los individuos (gracias al llamado «papyr de identidad»). Tenemos que recordar aquí que hasta hoy en día no se terminaron de catalogar exhaustivamente los significados utilitarios y rituales del papyr en el folklore de entonces (y la catástrofe ocurrió durante el período del máximo auge de la cultura del Neogeno Precaótico). Conocemos algunas de sus acepciones, otras quedaron como nombres vacíos de contenido (car-tel, let-tra, din-ney-ro, docau-min-to, etc.). En aquella época no se podía nacer, desarrollarse, instruirse, trabajar, viajar ni conseguir medios de vida sin la mediación de un papyr.
Si llegamos a comprender esto, se nos manifiesta, en toda su enorme extensión, la catástrofe que afligió a la Tierra. Fracasaron todos los medios preventivos de seguridad: cuarentena, aislamiento de ciudades y continentes, construcción de refugios herméticos, etc. La ciencia de aquel entonces era impotente ante la estructura subatómica del catalizador, producto de la más insólita evolución anabiótica. Por primera vez en la historia, las condiciones sociales se enfrentaron a la amenaza de una desintegración total. Según la inscripción descifrada sobre la pared de un establecimiento de baños encontrado en las excavaciones de Fri-Sco (una de las ciudades mejor conservadas de Ammer-Ka meridional), grabada por un bardo anónimo del cataclismo, «el cielo se oscureció por encima de las ciudades velado por nubes de papyr descompuesto, luego durante cuarenta días y cuarenta noches cayó una lluvia sucia, y así, con viento y ríos de lodo fue lavada de la faz de la Tierra la historia de la humanidad».
Indudablemente, fue un golpe cruel asestado al orgullo del hombre del Neogeno Tardío, convencido de haber llegado ya a las estrellas. El monstruo de la papyrólisis absorbía todos los campos de la vida. En las ciudades estallaba el pánico; los hombres, desprovistos de la individualidad, perdían la razón; los suministros de bienes fallaban; por doquier brotaban actos de violencia; se desintegraban y perecían el desarrollo de la ciencia, la técnica, la enseñanza. Si una central energética se detenía, no era posible arreglarla por falta de planos. El alumbrado eléctrico desapareció; sólo las llamas de los incendios iluminaban las tinieblas.
Así fue la transición del Neogeno a la Era Caótica, que iba a durar más de doscientos años. El primer cuarto de siglo de la Gran Desintegración no dejó ninguna crónica escrita por motivos más que evidentes, de manera que sólo podemos suponer en qué condiciones el gobierno de la Federación Terrestre, creada medio siglo después, se esforzaba en impedir la destrucción de la sociedad.
Cuanto más alto es el nivel de una civilización, tanto más vital para ella es el mantenimiento de la circulación de las informaciones y mayor su sensibilidad a cualquier perturbación de los intercambios. Y he aquí que aquella circulación vital se estaba paralizando. El único receptáculo de información era la memoria de los profesionales que entonces vivían; ante todo, pues, había que preservar esta información. El problema, en apariencia relativamente sencillo, resultó insoluble. La ciencia del Neogeno Tardío era tan fragmentaria que ningún especialista abarcaba el conjunto de su campo. La reproducción exigía, por lo tanto, una colaboración larga y trabajosa de grupos especializados. Si esta tarea se hubiera emprendido inmediatamente —afirma Laa Bar, Polignóstor Octavo de la Escuela Histórica Bermanda— la civilización del Neogeno se hubiera reconstruido pronto. Hay que contestar al insigne creador de la sistemática cronológica del Neogeno que la acción por él postulada tal vez hubiera tenido por efecto una acumulación de montañas de ciencia, pero no habría habido quien de ellas se sirviera. No hubieran sido capaces de ello las hordas nómadas que abandonaban las ruinas de ciudades devastadas, cuyos hijos, ya medio salvajes, ignoraban el arte de leer y escribir. Se tenía que salvar la civilización en el momento menos propicio, cuando dejaba de existir la industria, cesaba la edificación, se paralizaba el transporte, cuando pedían auxilio las hambrientas muchedumbres de todos los continentes y las colonias de Marte, privadas de los suministros, amenazadas en su existencia. Los especialistas no podían abandonar a la humanidad a su suerte para crear, aislados, nuevas técnicas de memorización.
No faltaron esfuerzos desesperados. Toda la producción de algunas ramas de la industria de diversión, por ejemplo, lo que se llamaba «films», fue dedicada a grabar de manera sumaria las informaciones sobre los movimientos de barcos y cohetes, cuyo número de catástrofes iba en aumento. Los planos de redes energéticas, reconstruidos de memoria, se imprimían en los tejidos para la ropa de vestir. Todas las existencias de fibra artificial susceptibles de estampación fueron distribuidas a las escuelas. Los físicos vigilaban las pilas atómicas temiendo su estallido. Los equipos profesionales de salvamento se trasladaban de un punto del globo al otro. Sin embargo, todo esto no era más que migajas de orden, átomos de organización que se disolvían en el océano del caos creciente. La inmovilizada Era Caótica, agitada por sacudidas incesantes, en continua lucha contra la marea de analfabetismo, ignorancia, retroceso, no debe ser juzgada por las pérdidas de lo que habían acumulado siglos de trabajo, sino por lo que, a pesar de todo, supo salvar.
El enfrentamiento a la primera ola de la Gran Desintegración exigió los mayores sacrificios. Fueron salvadas las bases terrestres de Marte y reconstruida la tecnología, espina dorsal de la civilización. Cintotecas y micrófonos sustituyeron las colecciones de papyr destruido. Desgraciadamente, las pérdidas sufridas en otros campos fueron crueles.
Puesto que la producción de nuevos medios de escritura no daba abasto a las necesidades más urgentes, se sacrificó, para salvar los cimientos de la cultura, todo lo que no era imprescindible. Las disciplinas humanísticas sufrieron el mayor daño. La información se transmitía oralmente bajo la forma de conferencias, cuyos oyentes se convirtieron luego en educadores de la generación siguiente. Fue uno de los increíbles primitivismos de la Era Caótica, por cuya culpa la Tierra emergió de la catástrofe habiendo sufrido pérdidas irreparables en el campo de la historia, historiografía, paleología y paleoestética. Fue salvada tan sólo una fracción ínfima de la riqueza literaria. Se convirtieron en polvo millones de volúmenes de crónicas históricas, reliquias inestimables del Neogeno Medio y Tardío.
Se llegó finalmente, en el ocaso de la Era Caótica, a la más paradójica de las situaciones, cuando, junto a una técnica relativamente avanzada (estaban ya en funcionamiento las primicias de la gravitrónica y tecnobiótica después de los éxitos del transporte masivo cisgaláctico), la humanidad no sabía nada, o casi nada, de su propio pasado. Lo que perduró hasta hoy día del enorme capital cultural neogénico, constituye apenas unos vestigios dispersos y dispares, relaciones de hechos cambiadas hasta hacerlos incomprensibles, deformadas por múltiples transmisiones en la tradición oral; justamente esta clase de historia, de cronología de los hechos de la mayor importancia, hasta ahora insegura, llena de lagunas, de manchas blancas en los cristales del conocimiento, es nuestra única herencia.
Sólo podemos repetir con el Subgnóstor Nappro Leis que la papyrólisis ocasionó una historiólisis. Es sobre este telón de fondo que aparece en sus proporciones reales la obra del Prognóstor Wid-Wiss, quien, trabajando en solitario, reñido con la historiografía oficial, descubrió Las notas de un hombre del Neogeno, la voz de uno de los últimos habitantes del desaparecido estado Ammer-Ka, que nos habla a través del abismo de los siglos. La importancia de este monumento del pasado es todavía mayor gracias a su unicidad, ya que no se le pueden comparar los hallazgos papyránticos que la expedición arqueológica del Paleognóstor Mnemonita Bradrah Sirtiano extrajo de las margas del Preneogeno Inferior. Se refieren éstos a unas creencias reinantes en Ammer-Ka en la época de la Dinastía VIII, y hablan de varios Peligros: el Negro, el Rojo, el Amarillo; eran, probablemente, unas palabras mágicas de la cabalística de entonces, vinculadas con la enigmática deidad Raij, a la que se inmolaban, según parece, víctimas humanas. En todo caso, esta interpretación constituye todavía ahora el tema de una discusión entre la escuela Transadénica y la Gransirtiana, y el grupo de alumnos del insigne God-Waad.
Debemos suponer, por desgracia, que la mayor parte de la historia del Neogeno quedará para siempre oculta para nosotros, ya que ni siquiera los métodos de crono-tracción pueden suministrarnos detalles más esenciales sobre la vida social. La descripción del sector de la historia que pudo ser parcialmente reconstruido no puede ser presentada dentro del marco de esta introducción. Nos limitaremos únicamente a un puñado de observaciones al objeto de hacer más accesible la comprensión de las Notas. La evolución de las creencias antiguas sufrió una curiosa bifurcación. En el período primero (Arqueocredónico) existían varias religiones basadas en la aceptación de un elemento sobrenatural, inmaterial, creador de todo lo existente. Del Arqueocredónico quedaron, como monumentos duraderos, unas pirámides (procedentes del Neogeno Temprano), así como excavaciones mesogénicas (templos puntiagudos de Lafransia).
En el período segundo (Neocredónico), la fe adquirió un carácter diferente. El elemento metafísico se incorporó en cierta manera al mundo material, terrestre. Prevalecía entonces, como uno de los principales, el culto de la deidad Kap-Eh-Taal (o Kappi-Thaa en la transcripción de los apuntes palimpsésticos cremones). Esta deidad fue venerada en todo el territorio de Ammer-Ka, su culto abarcaba además la Australoindia y una parte de la Península Europea. La vinculación de las imágenes de elefante y asno, encontradas en los terrenos de Ammer-Ka, con el culto de Kap-Eh-Taal, parece dudosa. Estaba prohibido pronunciar el nombre mismo de Kap-Eh-Taal (interdicción análoga a las de Iz-Rael); en Ammer-Ka el nombre que se daba a la deidad era el de Thoolar. Tenía además varios otros nombres litúrgicos, de cuya valoración corriente se ocupaban unas órdenes especiales (p. ej. la de la Bool-Sah). La fluctuación del valor aceptado de los nombres (¿o cualidades?) de la deidad Kap-Eh-Taal constituye hasta ahora un enigma hermético. La dificultad de comprensión de esta religión precaótica (la última) consiste en el hecho de que a Kap-Eh-Taal no se le atribuía una existencia sobrenatural. Por tanto, no era un espíritu; no se le consideraba tampoco como un ser (lo que pone de manifiesto rasgos totémicos de aquel culto, insólitos para una época de ciencias exactas bastante desarrolladas), y se lo identificaba, al menos en sus actividades prácticas, con bienes materiales muebles e inmuebles. Fuera de ellos, no tenía existencia. Sin embargo, está comprobado que se le hacían ofrendas de cosechas de caña de azúcar, café y trigo, sobre todo en los períodos de dificultades económicas, como si los hombres quisieran aplacar la ira de esa deidad cruel. La contradicción aquí mencionada se vuelve todavía más honda a causa del hecho de que en el culto de Kap-Eh-Taal existiesen elementos de revelación: según sus cánones, el mundo se apoyaba en la llamada «propiedad privática». Los intentos de refutar este dogma eran severamente castigados.
Como sabemos, la época de cibereconomía global fue precedida, en el ocaso del Neogeno, por los primeros esbozos de la sociostasis; a medida que el culto de Kap-Eh-Taal, organizado en complejos ritos corporativos y ceremonias institucionales, fue perdiendo con el tiempo un territorio terrestre en beneficio de los adeptos de la economía seglar sociostática, se incrementaba el conflicto entre la extensión de la dominación de aquella religión trasnochada y el mundo restante.
El centro de la fe más fanática fue hasta el final, o sea hasta la creación de la Federación Terrestre, el estado Ammer-Ka, gobernado por las sucesivas dinastías de los Presínidos. En la estricta aceptación de la palabra, no eran sacerdotes de Kap-Eh-Taal. Los Presínidos (o Press-Denn-Thidos, según la grafía de la escuela tirrena) construyeron en los tiempos de la Dinastía XIX el Pentágono. ¿Qué era aquella edificación del Neogeno Decadente, primera de la serie de unos gigantes de piedra? Los prehistoriadores de la escuela aquilina las tomaron primero por tumbas de los Presínidos, por analogía con las pirámides egipcias. Sin embargo, esta hipótesis fue abandonada ante unos descubrimientos ulteriores. Se supuso también que eran templos de Kap-Eh-Taal, donde se planificaban cruzadas contra los pueblos infieles y estrategias de una eficaz conversión de los herejes,
A falta de fuentes fidedignas que permitiesen zanjar este problema, sin duda alguna primordial para la comprensión de la última fase del gobierno de las Dinastías XXIV y XXV, los historiadores pidieron la ayuda del Instituto de Temporística. Gracias a la actitud benévola del Instituto, se pudo sacar provecho de los más nuevos descubrimientos en el campo de cronotracción para aclarar el enigma de los Pentágonos. El Instituto efectuó doscientos noventa sondajes en la profundidad del tiempo pasado, usando diecisiete trillones de erg-segundos de los depósitos de tiempo puestos en órbita alrededor de la Luna.
Conforme a la teoría de la cronotracción, el movimiento hacia atrás en el tiempo sólo es posible lejos de las grandes masas materiales, ya que cualquier acercamiento a ellas absorbe enormes cantidades de energía. Por esta razón, las observaciones del tiempo pasado fueron efectuadas por sondas suspendidas muy arriba en la estratosfera. Sus repentinas apariciones y desapariciones en el cielo tuvieron que constituir un tremendo enigma para los hombres del Neogeno. El Prognóstor Sturlprans Segundo afirma que el paso de una sonda retrocronal se manifiesta en el pasado bajo la forma de un disco convexo, semejante a dos platos unidos desplazándose libremente en el espacio.
Las cronosondas retroactivas aportaron un material abundante; entre otras cosas disponemos, gracias a ellas, de unas fotografías auténticas del Primer Pentágono durante su construcción. Este edificio, de forma de un pentágono regular cuyo lado tenía 460 infos de largo, era un verdadero laberinto de piedra y cemento armado. El Histognóstor Ser Een calcula la longitud de sus corredores en 17 o 18 millas de entonces. Doscientos sacerdotes de rango inferior vigilaban noche y día las entradas. Las crónicas, excavadas en las ruinas de Was-En-Ton, facilitaron, gracias a la aplicación de una nueva serie de sondeos en el tiempo, el descubrimiento del Pentágono Segundo, menos imponente que el Primero, ya que su mayor parte estaba construido bajo tierra. Unos párrafos de las crónicas más arriba mencionadas evocaban la existencia de otro Pentágono más, el Tercero, que debía constituir un sistema enteramente autónomo, una especie de estado dentro de otro estado, gracias a un camuflaje especial y enormes reservas de alimentos, agua y aire comprimido. Sin embargo, cuando un sistemático sondeo cronaxial por encima de todo el territorio de Ammer-Ka del siglo XX no descubrió ninguna huella de esa edificación, la mayoría de los historiadores se adhirió a la tesis de que en las crónicas excavadas se hablaba del Pentágono Tercero sólo en sentido figurado, que aquel edificio fue construido —como obra de fe e imaginación— en la mente de los fieles, y que la difusión de las noticias sobre su existencia real tenía que servir para alentar los ánimos de los adoradores de la deidad Kap-Eh-Taal, cuyo número iba en disminución. Esta era la versión oficial de la historiografía terrestre, cuando el Prognóstor Wid-Wiss, entonces joven, inició su actividad arqueológica.
Después de haber estudiado con sus propios métodos todos los materiales accesibles, publicó un trabajo en el cual afirmaba que los Presínidos, viendo que su poder se debilitaba y se encogía el territorio por ellos dominado, emprendieron la construcción de un nuevo centro de poder lejos de las congregaciones humanas, en una de las desérticas regiones montañosas de Ammer-Ka, a gran profundidad bajo las rocas, para proporcionar a Kap-Eh-Taal un último refugio, inaccesible a los no iniciados. Wid-Wiss consideraba que el hipotético Pentágono de la Ultima Dinastía constituía una especie de cerebro guerrero colectivo, cuya tarea consistiría en la vigilancia de la pureza de la fe en Kap-Eh-Taal, así como en la conversión de los pueblos que la habían abandonado.
Los círculos profesionales recibieron con frialdad la hipótesis de Wid-Wiss, puesto que era contraria a la mayoría de los hechos conocidos. En particular los críticos, como los Supergnóstores Yoo-Na-Waka, Quirlsto y Pisuovo de la escuela marciana de paleografía comparativa, demostraron unas contradicciones intrínsecas en el sistema cronológico de los acontecimientos postulado por Wid-Wiss.
La crítica reveló sobre todo el hecho de que, según el análisis de Wid-Wiss, el Ultimo Pentágono habría sido construido apenas unos decenios antes de la catástrofe del papyr. Si —decía la crítica— el Pentágono Tercero hubiese existido realmente, los Presínidos en él refugiados habrían intentado, sin lugar a dudas, aprovechar las circunstancias de anarquía que surgieron después de la catástrofe para apoderarse, en los albores de los tiempos caóticos, de toda la Tierra. Aun suponiendo que este golpe de estado contra el gobierno de la Federación hubiera sido reprimido, habría dejado por lo menos algún recuerdo en la tradición oral. Sin embargo, la historiografía no ha anotado nada parecido.
Wid-Wiss defendió su tesis afirmando que cuando la población de Ammer-Ka se pasó a los «infieles» incorporándose a la Federación, los amos del Ultimo Pentágono ordenaron su cierre. El Moloch subterráneo, habiéndose aislado de este modo de toda la humanidad, perduró hasta la catástrofe del papyr y los tiempos caóticos, sin tener contacto alguno con lo que acontecía en la superficie del globo.
Wid-Wiss reconocía que un aislamiento tan perfecto y hermético del mundo exterior de una comunidad hipotética de sacerdotes y servidores guerreros de Kap-Eh-Taal parece inverosímil. Llegó hasta a afirmar que el Ultimo Pentágono poseía unos medios de observar lo que sucedía sobre la Tierra, pero consideraba que aquel cerebro guerrero colectivo de la Ultima Dinastía no era ya capaz de una acción agresora, ni aun sólo de guerrilla. No pudo emprender un ataque ni golpe de estado contra la Federación porque, una vez encerrado en el interior de las rocas, desprovisto del contacto con el curso de la historia, se acorazó no sólo con los muros, sino con todo el sistema de las condiciones interiores. Viviendo ya solamente del mito, de la leyenda sobre el antiguo poder de Kap-Eh-Taal, vigilaba, controlaba y luchaba contra la herejía, dentro de sí mismo.
La historiografía guardó silencio sobre las últimas tesis de Wid-Wiss. No obstante, el científico no se dio por vencido. Durante veintisiete años, junto con un reducido grupo de colaboradores adictos, efectuó sistemáticas investigaciones a lo largo de todo el macizo de las Montañas Rocosas. Su obstinación triunfó finalmente cuando el mundo ya casi le había olvidado. El 28 de Maa del 3146, un grupo avanzado de arqueólogos, habiendo despejado centenares de toneladas de fragmentos de roca al pie de la montaña Haar-Vurd, se encontró ante una gran pieza convexa y circular de metal, pintada con colores de camuflaje, perfectamente conservada: la entrada del Ultimo Pentágono...
El examen del interior del edificio subterráneo resultó ser una empresa que exigía fuerzas y medios extraordinarios, ya que en el año setenta y dos de su aislamiento del mundo, el Pentágono de la Ultima Dinastía fue víctima de un cataclismo natural. A consecuencia de un insignificante desplazamiento en el interior del cuerpo granítico del macizo principal de la cordillera, se produjo una fisura en la capa del fondo que provocó el contacto directo con los profundos estratos del magma. La construcción protectora de cemento armado adherida a la profundidad de la roca excavada no resistió la enorme presión. La lava líquida irrumpió en el edificio, llenándolo hasta los techos; así, aquel hormiguero de la enigmática actividad subterránea de los últimos Presínidos se convirtió en un gigantesco fósil muerto que esperó a su descubridor durante mil seiscientos ochenta años.
No es de nuestra incumbencia la presentación de las inestimables riquezas de las excavaciones del Tercer Pentágono. El lector interesado encontrará toda la información en unos trabajos dedicados especialmente a este tema. Añadiremos tan sólo unas pocas frases como introducción a la lectura de las Notas.
Fueron descubiertas en el tercer año de los trabajos de excavación, en el nivel cuarto, en el sistema de los corredores interiores donde se encuentran establecimientos de baños. En uno de ellos, lleno como todos los demás de lava petrificada, se encontraron fragmentos de dos esqueletos humanos y, debajo de ellos, un rollo de papyr, el original de las Notas.
El lector podrá convencerse de que las atrevidas hipótesis del Histognóstor Wid-Wiss son, en su mayor parte, acertadas. Los apuntes reflejan el destino de la comunidad encerrada bajo la tierra, que, aislada del conocimiento de los acontecimientos reales, fingía ser el cerebro y el estado mayor de un poderío que se extendía hasta las galaxias más cercanas; la ficción se convirtió en una creencia, y la creencia en certidumbre. El lector podrá observar cómo unos fanáticos servidores de Kap-Eh-Taal crearon el mito de lo que llamaban el «Antíedificio», cómo gastaban su vida en espiarse mutuamente, en examinar su lealtad y dedicación a una «Misión» legendaria, aun cuando la última sombra de realidad de aquella «Misión» hubo tenido ya tiempo de evaporarse de su mente y sólo les quedaba el hundimiento cada vez más profundo en el abismo de la locura colectiva.
La ciencia histórica no ha pronunciado todavía su última palabra sobre las Notas, también llamadas Memorias encontradas en una bañera, por el sitio donde fueron descubiertas. Tampoco hay unanimidad con respecto a cuándo y en qué orden fueron redactadas las partes del manuscrito —los Gnóstores de Hybériades consideran las primeras once páginas como un texto apócrifo de años ulteriores—; sin embargo, para el lector estas disputas de los especialistas no son esenciales. Ya es hora, pues, de que nos callemos para que pueda elevar su propia voz este último mensaje de la época neogénica del papyr.
...No pude encontrar la estancia cuyo número figuraba en el pase. Entré primero en la Sección Verística, luego en la Sección de Desinformación, donde un funcionario de la Sección de Presiones me dijo que debía subir al octavo piso, pero allí nadie quiso ni siquiera hablarme; iba extraviado entre una multitud de altas jerarquías, cada corredor resonaba de enérgicas pisadas y golpes de puertas y tacones; se mezclaba con estos ruidos marciales la música cristalina de unas campanitas que me recordaban cascabeles de trineos. De vez en cuando unos ujieres transportaban teteras humeantes, me metía por equivocación en los aseos donde varias secretarias se estaban maquillando apresuradamente, agentes disfrazados de ascensoristas charlaban conmigo amistosamente, uno de ellos, provisto de una prótesis de inválido, me había transportado tantas veces de piso en piso que ya me hacía señales de lejos, y hasta dejó de sacarme fotografías con el pequeño aparato metido en el ojal de su solapa como un clavel. Alrededor del mediodía empezó incluso a tutearme y me enseñó su tesoro, un magnetófono escondido bajo el suelo del ascensor; pero mi mal humor no me dejó interesarme por él.
Iba obstinadamente de habitación en habitación sin parar de hacer preguntas como si me hubieran dado cuerda, pero todas las contestaciones eran falsas; seguía encontrándome fuera de la continua corriente del secreto que animaba al Edificio, pero ¡qué diablos!, tenía que penetrar en ella en algún sitio. Dos veces me introduje sin querer en la cámara del tesoro subterránea y hojeé unas actas secretas que nadie había guardado, pero tampoco en ellas encontré la menor indicación para mí. Al cabo de varias horas, ya muy irritado y hambriento (había pasado ya la hora de la comida y ni siquiera había podido encontrar una cantina), decidí emplear una táctica diferente.
Recordaba que la mayoría de altas jerarquías canosas vivía en el piso cuarto; me dirigí, pues, allí; por una puerta con grandes letras encima SOLO PARA LOS CONVOCADOS entré en la subsecretaría, en aquel momento vacía, y de allí, por una salida lateral provista de la consigna LLAMAR, a una sala llena de planos de movilización puestos a secar, donde me enfrenté con un problema: había en ella dos puertas, una con el letrero EXCLUSIVAMENTE PARA LOS EQUILIBRADORES, la otra llevaba la inscripción PROHIBIDO EL PASO. Después de un momento de reflexión abrí esta segunda puerta, e hice bien, ya que me encontré en la secretaría del jefe supremo, el general Kashenblade. Puesto que entré por aquella puerta, el oficial de guardia, sin una sola pregunta, me llevó ante el jefe.
También aquí temblaba en el aire un suave sonido cristalino. Kashenblade estaba removiendo su té. Era un anciano calvo, de complexión robusta. Sus mejillas colgantes como un delantal y los múltiples pliegues de su papada reposaban sobre el cuello de su uniforme cubierto de distintivos en forma de galaxias. Tenía ante sí sobre el escritorio dos filas de teléfonos flanqueadas por unos aparatos de escucha secreta y, en el centro, tarros con etiquetas de varios especimenes; sin embargo, salvo alcohol, nada vi en ellos. Con la calva hinchada de venas, estaba muy ocupado en apretar botones que silenciaban al momento cualquier teléfono que empezara a sonar. Si varios llamaban a la vez, daba un puñetazo a todo el teclado. Es lo que hizo al verme. Reinó un silencio que sólo interrumpía el tintineo de la cucharita.
—¡Ah, es usted! —exclamó. Su voz era muy potente.
—Así es, soy yo —contesté.
—Espere, no hable, yo tengo memoria —gruñó, clavando en mi cara una mirada por debajo de las espesas matas de sus cejas—. X-27, retranspulsión contraestelar Cygni Eps, ¿eh?
—No —dije.
—¿No? ¡Ah! ¡No! ¡Ya! ¿Morbilatrinx B-KuK ochenta y uno, coma, operación Clavito? ¿Bi como Bipropoda?
—No —dije, tratando de ponerle ante los ojos mi convocatoria, pero la rechazó, malhumorado.
—¿Nnno...? —farfulló. Parecía herido en su orgullo. Se ensimismó, revolvió el té; sonó un teléfono. Lo acalló con un gesto leonino—. ¿De plástico? —me espetó de repente a la cara.
—¿Quién, yo? — pregunté—. No, más bien... normal.
Kashenblade ahogó de un golpe el ruido de varios teléfonos y volvió a contemplarme.
—Operación Hiperdios... Mammaciclogastrozauro..., entama, pentacla... —seguía probando, sin querer aceptar la inesperada laguna en su infalibilidad. Al no contestarle yo, se apoyó con ambas manos en el teclado y rugió—: ¡Fuera!
Parecía que él también quería echarme, pero yo estaba demasiado decidido, y me sentía demasiado civil, para obedecer sin protestar. Así que seguí allí con la mano extendida, alargándole mi convocatoria. Kashenblade la tomó finalmente, sin mirar, y la echó con un ademán despreciativo a la rendija de un aparato que tenía delante. El aparato susurró y empezó a hablarle en voz baja. Kashenblade escuchaba, se le nubló la cara, le llamearon las pupilas. Me miró de reojo y se puso a apretar los botones. Primero sonaron los timbrazos de los teléfonos, en tal cantidad que parecían un concierto de música concreta. Los acalló y siguió apretando. La brigada de aparatos que le rodeaba gritaba a cuál más fuerte y más aprisa cifras y criptónimos. El escuchaba, severo, temblándole un párpado, pero yo ya veía que la tormenta se había desviado. Frunció el ceño y gruñó:
—¡Déme ese papelucho!
—Ya se lo he dado...
—¿A quién?
—A usted.
—¿A mí?
—A usted, señor.
—¿Cuándo, dónde?
—Hace un segundo, aquí lo ti... —empecé, pero me mordí la lengua.
El general me echó una ojeada y sacó de un tirón el cajoncito del aparato. Estaba vacío. Dios sabe a dónde se habría encaminado ya mi documento; desde luego, ni se me ocurrió pensar que lo había metido allí por error. Llevaba ya tiempo sospechando que la Jefatura de la Región Cósmica, por supuesto demasiado compleja para resolver individualmente cada uno del trillón de asuntos que de ella dependían, adoptó el sistema de actuaciones confiadas al azar, basado en el principió según el cual cada documento, circulando entre miles de escritorios, forzosamente tiene que encontrar al final el que le corresponde. Es un procedimiento algo lento, pero infalible. El Cosmos mismo funciona conforme a unos principios parecidos; para las instituciones tan imperecederas como él —el Edificio lo era— la velocidad de todas las evoluciones y perturbaciones no podía tener, naturalmente, ninguna importancia.
Sea como fuere, mi documento había desaparecido. Kashenblade cerró con ímpetu el cajón y fijó la mirada en mí, parpadeando. Me mantenía inmóvil ante él; la sensación de estar allí con las manos vacías no era nada agradable. El parpadeaba con insistencia, yo, como si no lo viera; cuando me guiñó el ojo con nerviosismo, le correspondí con un guiño parecido, lo que pareció calmarle.
—Essstá bien —masculló entre dientes, volviendo a apretar botones.
Los aparatos entraron en trance. Empezaron a soltar largas cintas de distintos colores que se amontonaban sobre el escritorio. Kashenblade rompía algunas, leía los trozos, echaba otras sin mirarlas en unos aparatos que hacían copias, enviando los originales a una papelera automática. Finalmente, de uno de ellos salió una hoja blanca que llevaba impreso INSTRUCCIÓN B-66-PA-PRA-LEBL con letras tan grandes que pude leerlas desde el otro lado del escritorio.
—Irá... delegado... a una Misión... Especial —decía rítmicamente el general—. Penetración profunda, asunto de una acción subversiva. ¿Había estado antes allí? —preguntó, volviendo a parpadear.
—¿Dónde?
—Allí.
Levantó la mano sin dejar de pestañear. No dije nada.
Me miró con desprecio.
—Eso es un agente —dijo—. Un agente, ¿en?... Un agente... de hoy día... ¡Un agente!
Su cara se iba ensombreciendo. Pronunciaba esa palabra en todos los tonos, la escupía, la silbaba, se la pasaba por el agujero de un diente; de repente ahogó nerviosamente todos los teléfonos y estalló:
—¡Hay que explicárselo todo! ¿No lee los periódicos? ¡Las estrellas! ¡Las estrellas!, ¿qué? ¿Qué hacen? ¡Venga!
—Brillan —dije tímidamente.
—¡Y eso ha de ser un agente! ¡Brillan! Pero ¿cómo? ¿Cómo brillan? ¡Venga! ¡Dígalo!
Me hacía señales con los párpados.
—P...parpadean —dije, bajando sin querer la voz.
—¡Qué inteligente! ¡Por fin! ¡Sí, parpadean, parpadean! ¿Pero cuándo? ¿No lo sabe? ¡Naturalmente! ¡Ese es el material que se me manda a mí! ¡De noche! ¡De noche! ¡Parpadean, tiemblan cuando se hace oscuro! ¿Qué pasa? ¿Quién parpadea? ¡De noche!, ¿qué? ¿Quién tiembla?
Rugía como un león. Yo no movía ni un dedo, pálido, tieso como una cuerda de violín, esperando que amainara la tormenta, pero no amainaba. Kashenblade, amoratado, hinchado, estallándole la calva, tronaba a todo el despacho, a todo el Edificio:
—¿Y la huida de las nebulosas? ¿Qué? ¿No sabe nada? ¡La huida! ¿Qué es esto? ¿Quién huye? ¡Es sospechoso, más todavía, es la confesión de un delito!
Me aplastó con la mirada, sin aliento, cerró los ojos y me espetó firmemente con acerada voz:
—¡Imbécil!
—¡Usted se está propasando, señor! —grité a todo pulmón.
—¿Qué? ¿Qué? ¿Usted se...? Usted se está pro... ¿Qué es esto? ¡Ah! ¡Santo y seña! El santo y seña, muy bien. Esto es otra cosa. Un santo y seña es un santo y seña.
Empezó a clavar violentamente los dedos en el teclado. Los aparatos susurraron como la lluvia en un tejado de hojalata. Saltaban de ellos cintas verdes y doradas, enrollándose, temblorosas, sobre el escritorio. El anciano las leía con avidez.
—¡Bien! —concluyó, arrugándolas todas—. Su misión: investigar en el lugar, averiguar, buscar, eventualmente provocar, denunciar. Punto. El día N, a la hora enésima, en el enésimo sector de la región enésima será usted enesimado de la cubierta de la unidad N. Punto. El grupo de emolumientos criptónimo Nene, dietas planetarias con suplemento de oxígeno, liquidación de cuentas esporádica según la importancia de las denuncias. Informar al día. Contacto en-lu-méníco, protector de formato Lyra PiP, si cae en la acción, distinción póstuma con la Condecoración de Grado Secreto, honores militares, retreta, lápida conmemorativa, inscripción laudatoria en las actas... ¿Le va? —gritó la última palabra.
—¿Y si no caigo...? —pregunté.
Una gran sonrisa indulgente iluminó la cara del general.
—Un sabihondo —dijo—. Un sabihondo, ¿eh? Vaya con el sabihondo..., si esto, si lo otro... ¡Basta! ¡Conmigo no hay «si» que valga! ¿Has recibido tu misión? ¡La has recibido! ¡Basta! ¿Sabes qué significa esto? ¿Eh? —me espetó con su profunda voz. Sus mejillas ondearon suavemente, los dorados cuadriláteros de sus condecoraciones centellearon—. ¡La Misión es una cosa grande! ¡Y una Especial, ya me dirás! ¡Una Misión Especial! ¡Enhorabuena, N! ¡Vete, muchacho, y no dejes que te descalabren!
—Lo intentaré —dije—. ¿Y cuál es mi cometido?
Apretó varios botones, escuchó las llamadas, las hizo callar. Su calva, antes de un rojo oscuro, empezó a volverse rosada. Me miró con bondad, como un padre.
—Muy, muy difícil —dijo—. Muy peligroso. ¡Pero no importa! ¡No lo haces por mí! ¡No soy yo quien te manda! ¡Es para el Bien General! Ay, tú, enésimo, te tocó un hueso duro. ¡Ya lo verás! Difícil, pero hay que hacerlo, porque... porque eso...
—El Deber —sugerí rápidamente.
Se le iluminó la cara. Se levantó. Las condecoraciones se mecieron sobre su pecho, tintinearon, los aparatos y los teléfonos callaron, se apagaron las lucecitas. Arrastrando tras de sí una maraña de cables multicolores, se me acercó y me tendió la mano, una poderosa mano peluda de estratega. Me taladraba con los ojos, sus cejas eran como dos montes boscosos encima de unos pliegues un poco menos abultados, y así estábamos, uno frente al otro, unidas las manos en un fuerte apretón: el jefe supremo y un emisario secreto.
—¡El Deber! —dijo—. Un duro deber, muchacho. El Deber... ¡¡¡Que te vaya bien!!!
Saludé, me cuadré y salí. Al cruzar la puerta oí cómo sorbía su té, que debía estar ya frío. Era un anciano poderosísimo el general Kashenblade.
Entré en la secretaría muy impresionado por mi conversación con el Jefe. Las secretarias estaban pintándose y removiendo su té. Del tubo neumático del correo saltó un legajo de papeles con mi nombramiento firmado por el general. Una de las funcionarías estampó en todos el sello alto secreto y los entregó a otra que anotó todo el fascículo en un registro; acto seguido el registro fue cifrado con una máquina manual, la clave del cifrado destruida ante una comisión, y todos los originales quemados. La ceniza, después de cribarla y anotar en otro registro, quedó cerrada en un sobre lacrado con mi número encima y fue enviada inmediatamente a la cámara de tesoro subterránea. Aturdido por la inesperada marcha de los acontecimientos, no pude dedicar la atención debida a este complicado procedimiento. Las enigmáticas frases del general se referían, sin duda alguna, a asuntos tan secretos que sólo se podía hablar de ellos en términos alusivos. Tarde o temprano alguien tenía que esclarecerme el misterio, ya que de otra manera no podría cumplir mi Misión. Ni siquiera sabía si mi nombramiento tenía algo que ver con el documento perdido, pero esta duda quedaba desvaída ante mi imprevisto ascenso.
Interrumpió estas reflexiones la aparición de un joven moreno, de uniforme y con la espada ceñida; se me presentó como el ayudante secreto del general, el teniente Blanderdash. Con un ademán de manos significativo, me dijo que había sido destacado para ocuparse de mí y me llevó a otro despacho, al otro lado del pasillo. Me ofreció una taza de té y empezó a ensalzar mis aptitudes, que, según él, debían ser extraordinarias, puesto que Kashenblade me había confiado un hueso tan duro de roer. Admiró la naturalidad de mi cara, sobre todo la de mi nariz, hasta que me di cuenta de que creía que ambas eran postizas. Yo me dediqué a remover en silencio el té de mi taza, juzgando que lo que más me convenía era la prudencia. Al cabo de un cuarto de hora el teniente me llevó por un pasadizo camuflado, sólo para oficiales, a un ascensor de servicio, cuya puerta desellamos entre ambos, y me acompañó abajo. Cuando ya tenía un pie fuera del ascensor, dijo de repente:
—Ahora que recuerdo, ¿es usted propenso a bostezar?
—No me fijé en ello. ¿Por qué lo pregunta?
—Oh, por nada..., verá, a uno que bosteza se le puede mirar muy adentro... ¿No suele roncar?
—No.
—Eso está muy bien. Muchos hombres de los nuestros se perdieron por lo de roncar...
—¿Qué les pasó? —pregunté a la ligera.
Sonrió, tocándose la funda que cubría las insignias de su uniforme.
—Si le interesa, podríamos ver nuestras colecciones. Es justo en este piso..., allá donde las columnas... Sección Museológica.
—Encantado —dije—, pero no sé si podemos disponer tan libremente de nuestro tiempo.
—Oh, desde luego —contestó, indicándome el camino con un leve saludo— no será por simple curiosidad... En nuestra profesión, cuanto más se sabe, mejor...
Abrió ante mí una puerta corriente, barnizada de blanco, detrás brillaba otra, blindada. El teniente compuso las letras de una cerradura cifrada y me dejó pasar primero. Nos encontramos en una gran sala, profusamente iluminada, sin ventanas. Su techo artesonado descansaba sobre columnas, las paredes estaban cubiertas de magníficos gobelinos y tapices, en cuyas tonalidades prevalecían el negro, oro y plata; nunca había visto nada semejante: parecían hechos de pieles. Entre las columnas había, sobre el reluciente parquet, unas vitrinas de cristal y grandes arcones con tapas levantadas. En el que tenía más cerca se amontonaban pequeños objetos brillantes como joyas: eran miles de gemelos de puños de camisa. De otro arcón se elevaba una verdadera montaña de perlas alargadas. El ayudante secreto me condujo hacia las vitrinas; detrás de los cristales se veían, bien iluminados sobre un fondo de terciopelo, postizos de toda clase: orejas, dentaduras, narices, imitaciones de uñas, verrugas, pestañas, hinchazones y jorobas artificiales, algunas mostradas en corte para que se viera su estructura interior; muchas eran de crin, pero las había también hinchables. Al retroceder, tropecé con el arcón de perlas y temblé. Eran dientes y muelas de todas las formas y tamaños: grandes, pequeños, con raíz o sin ella, algunos con caries, los de leche, de juicio, incisivos, etc...
Miré a mi guía, que me estaba indicando, sonriendo con modestia, el gobelino que teníamos más cerca. Estaba confeccionado con luengas barbas, patillas, pelucas, cosidas con tal destreza que las de pelo dorado formaban en el centro un gran escudo nacional. Pasamos a la sala siguiente, todavía más grande. Bajo unos focos cromados relucían vitrinas repletas de objetos de regalo trucados, juegos de naipes, quesos; del artesonado del techo colgaban brazos y piernas postizos, corsés, vestidos; no faltaban siquiera insectos muy bien imitados; estos últimos, elaborados con una precisión posible sólo para una poderosa organización de espionaje con ilimitados medios a su alcance, ocupaban cuatro filas de armarios de cristal. El teniente no me abrumaba con explicaciones, convencido, por lo visto, de que los corpora delicti allí reunidos eran lo suficientemente elocuentes; sólo a veces, cuando, entre la multitud de objetos expuestos, me amenazaba el riesgo de pasar por alto alguno digno de interés, me lo indicaba con un ademán discreto. De este modo llamó mi atención sobre unos granos de adormidera colocados sobre seda blanca debajo de un cristal, tallado de manera tan ingeniosa, que se convertía directamente encima del montoncito de granos en una potente lupa. Mirando por ella, vi con asombro que cada grano estaba vaciado. Estupefacto, me dirigí al teniente con una mirada de interrogación, pero él sólo sonrió y separó los brazos, dándome a entender que no podía decir nada; sus labios, sombreados por un bigotito negro, dibujaron sin pronunciar la palabra secreto. Al momento de abrir la puerta siguiente, dijo solamente:
—Tenemos trofeos interesantes... ¿verdad?
El eco de nuestros pasos llenó una sala todavía más esplendorosa. Un gobelino cubría toda la pared de enfrente; era una composición artística, toda en tonalidades rojizas y negro azabache, que representaba un solemne acto estatal. El ayudante secreto me indicó, no sin un ligero embarazo, unas patillas negras bien recortadas que formaban parte del manto de un dignatario. Comprendí, gracias a una discreta alusión suya, que habían pertenecido a un agente por él desenmascarado.
Un soplo de aire más fresco entre las columnas anunciaba que estábamos llegando a una ancha galería. Yo ya no veía nada; perdido, estupefacto, seguía los pasos de mi guía a través del hormigueo de objetos expuestos violentamente iluminados, pasaba por las secciones que enseñaban cómo se abrían las cajas fuertes, se inducía en tentación, se perforaban muros y montañas, se secaban los mares; admiraba las enormes máquinas de varios pisos para copiar de lejos planos de movilización general, o bien para convertir la noche en un día artificial o al revés. Bajo una gigantesca bóveda de cristal pasamos por el aula de falsificación de manchas solares y órbitas planetarias; engarzadas en placas de un material precioso, relucían imitaciones de constelaciones y galaxias falsificadas, provistas de etiquetas y cifras explicativas; junto a las paredes trabajaban silenciosamente poderosas bombas de vacío que mantenían la alta rarefacción y fuerza de radiación adecuadas para que pudieran durar los átomos y electrones artificiales. La cabeza me daba vueltas por exceso de sensaciones. Blanderdash debía de darse cuenta de mi estado, ya que me propuso, que nos encamináramos hacia la salida. Ante la puerta, provista de un cierre de relojería, rompimos los sellos del bolsillo superior de su guerrera y al sacó el sobre con el santo y seña, que leímos en voz alta.
Más o menos a mitad del camino a través de la Sección Museológica había empezado a formular en mi cabeza las frases de encomio que diría después de visitar toda la colección, pero no fui capaz de pronunciar una sola palabra. Blanderdash comprendía mi silencio y no intentaba interrumpirlo; así llegamos al ascensor, donde nos esperaban dos jóvenes oficiales, secretos igual que él. Saludaron, me pidieron amablemente perdón y se llevaron a Blanderdash aparte. Tuvieron un corto intercambio de frases, que observé apoyándome en el marco de la puerta. Blanderdash parecía ligeramente sorprendido. Hablaba enarcando las cejas al oficial de más edad, pero éste le hizo callar con un gesto, indicándome disimuladamente con un codo. En esto se terminó la escena. El teniente, sin despedirse de mí, se alejó con el oficial mayor; el más joven se me acercó y manifestó con una sonrisa afable que debía conducirme a la Sección.
No tenía ningún motivo para oponerme. Estábamos entrando ya en el ascensor desellado, cuando preguntó por el que había sido mi cicerone hasta entonces.
—¿Decía usted? —preguntó el oficial acercando el oído a mi boca y apretándose el pecho con la mano, como si le doliese el corazón.
—Le pregunto por Blanderdash... ¿le llamaron para otro servicio? Sé que no debería hacer preguntas... —añadí.
—No, no, no hay ningún inconveniente —se apresuró a tranquilizarme el oficial. Una extraña sonrisa lenta apareció en sus labios—. ¿Qué apellido mencionó usted? —preguntó, reflexivo.
—Blanderdash. Es así como se llama el ayudante. ¿No es cierto? ¿O me equivoco?
—Sí, sí, no hay error, no hay ningún error —dijo rápidamente, pero su sonrisa se volvió más soñadora todavía—. Blanderdash... —masculló cuando el ascensor se estaba deteniendo—. Blanderdash..., aja... Blanderdash..., vaya, vaya...
No sabía a quién se refería aquel «vaya», tal vez a mí, porque justamente estaba abriendo la puerta; me hubiera gustado mucho saberlo, pero ya andábamos aprisa por el pasillo, dirigiéndonos hacia una de las relucientes puertas blancas. El oficial la abrió, me hizo pasar y volvió a cerrarla inmediatamente. Me encontraba en una estancia larga y estrecha, sin ventanas; en los cuatro escritorios brillaban focos marcadamente inclinados hacia abajo. Cuatro oficiales trabajaban sentados ante ellos en mangas de camisa, porque hacía calor; sus guerreras colgaban de los respaldos de las sillas. Uno de ellos levantó la cabeza y fijó en mí una penetrante mirada. Tenía ojos negros y brillantes tras las gafas.
—¿Usted, en qué asunto?
Reprimí un gesto de impaciencia.
—Misión Especial, orden del general Kashenblade.
Me equivoqué, si había pensado que, al oír estas palabras, los demás oficiales levantarían la cabeza.
—¿Cómo se llama? —me preguntó el oficial con gafas en el mismo tono de voz, duro y concreto. Tenía manos de deportista, musculosas y bronceadas, con un pequeño tatuaje cifrado.
Dije mi nombre. Casi simultáneamente apretó las teclas de un pequeño aparato sobre su mesa.
—¿Carácter de la Misión?
—Especial.
—¿Su objetivo?
—Me tenía que enterar de él aquí.
—¿Ah, sí? —dijo. Se puso la guerrera, la abrochó, rectificó las fundas de sus charreteras y se dirigió hacia la puerta—. Haga el favor de seguirme.
Salí tras él al pasillo; miré con el rabillo del ojo y vi que el oficial que me había llevado hasta allí no se había marchado todavía.
Mi nuevo guía encendió un foco sobre un escritorio y se me presentó, antes de sentarse:
—Subcifrador Dasherblar. Siéntese, por favor.
Pulsó un timbre; una joven, seguramente una secretaria, trajo dos tés y los puso sobre la mesa. Dasherblar se sentó frente a mí removiendo, en silencio, su té con una cucharilla.
—Está usted esperando que le introduzcan en la esencia de su Misión, ¿eh?
—Así es.
—Ya. Es una misión difícil y complicada..., sí..., más bien un poco... particular, señor..., perdone, ¿cuál es su nombre?
—El mismo de hace un rato —contesté con una leve sonrisa.
El oficial sonrió igualmente. Su dentadura era soberbia; en aquel momento toda su cara resplandecía de afabilidad y franqueza.
—Ja, ja, excelente, excelente. Le felicito. Así pues, ¿un cigarrillo?
—Gracias, no fumo.
—Perfecto, es un rasgo muy bueno. El hombre no debe tener vicios, ningún vicio, sí..., un momento.
Se levantó y encendió la lámpara del techo; vi entonces una enorme caja fuerte de color plomizo, que ocupaba toda la anchura de una pared. Dasherblar maniobró las siete cifras del cierre; cuando la pesada placa de acero se abrió sin ruido, se puso a buscar entre montones de carpetas, separadas por unas barandillas de metal.
—Voy a darle las instrucciones —dijo; en aquel momento zumbó en voz baja un avisador de la comunicación interior. El oficial interrumpió la frase, se volvió y me miró—, Perdone..., se ve que es algo urgente. ¿Querrá esperarme? No tardaré más de unos cinco minutos...
Hice un signo afirmativo con la cabeza. Dasherblar salió cerrando la puerta tras de sí sin ruido. Me quedé solo en la luz del foco, frente a la caja fuerte abierta.
«¿Habrán querido someterme a una prueba? ¿A una prueba tan ingenua y vulgar?», pensé con indignación. Estuve sentado tranquilamente durante un rato, pero algo, a pesar mío, me hizo girar la cabeza hacia la caja. Miré al instante en dirección contraria y allí también vi, reflejados en un espejo, los estantes repletos de actas secretas. Decidí dedicarme a contar las tablillas del parquet. Por desgracia, el suelo estaba enmoquetado. Enlacé fuertemente las manos y fijé la vista en los nudillos de mis dedos, hasta que me embargó la ira. ¿A santo de qué no podía mirar donde me pluguiera? Había carpetas negras, verdes y rosadas, también unas amarillas, muy pocas. De éstas, justamente, colgaban cordeles con redondos sellos de lacre. Una de ellas, encima de otras varias, tenía ángulos estropeados. «No sé por qué me tengo que preocupar», pensé. Al fin y al cabo, era el general mismo quien me había confiado la Misión, y en caso de necesidad, podía acudir a él; pero ¿en qué clase de necesidad exactamente estaba pensando?
Miré la hora. Pasaron diez minutos desde la salida del oficial. A mis oídos no llegaba el menor ruido; cada momento transcurrido me hacía notar más la dureza de mi silla. Crucé las piernas, pero era peor todavía. Me levanté, me subí los pantalones para que no se arrugara la raya y me volví a sentar. Ya me molestaba hasta el escritorio en el cual apoyaba el codo. Conté las carpetas una y otra vez, estiré los brazos. Los minutos pasaban. Empezó a molestarme el hambre. Bebí lo que quedaba de mi té y escarbé el azúcar del fondo de la taza. Ya no podía ni ver aquella caja, de rabia que me daba todo esto. Miré otra vez el reloj. Llevaba allí ya casi una hora solo. Al cabo de una hora más empecé a perder la esperanza de que el oficial volviera. Algo debía de haberle pasado. ¿Pero qué? Tal vez lo mismo que había provocado la desaparición súbita de Blanderdash. ¿Se llamaba así, o quizá Kashlerblad? ¿Aldarklarsh? ¿Dalderblarl? ¿Baldaklash? De ningún modo podía recordarlo, tenía demasiada rabia y hambre. Me levanté y me puse a pasear arriba y abajo por el despacho. Llevaba casi tres horas a solas con la caja abierta, llena de actas secretas; esto me olía muy mal. «¡Una buena trastada me ha hecho ese..., ese, ¿cómo se llama ése?!» Si alguien me preguntara a quién estaba esperando... Tomé la decisión de salir de allí. Muy bien, pero ¿por dónde? ¿Volver al despacho por donde había entrado en éste? Me harían preguntas. Mi historia no tendría nada de verosímil. Ya veía las caras de los jueces: «¿Un oficial, cuyo apellido usted ni siquiera recuerda, le ha dejado solo en el despacho con una caja fuerte abierta? Interesante, pero anticuado... ¿y si pensara en un cuento más original?» Tenía calor, el sudor me resbalaba por la nuca y la espalda, se me secó la garganta. Bebí el té del oficial, eché una mirada rápida por todo el despacho e intenté cerrar la caja. La cerradura no quería funcionar. Hice un sinfín de combinaciones con las cifras, pero la puerta rebotaba tercamente, sin el menor deseo de cerrarse. De repente me pareció oír pasos en el corredor. Me eché atrás, mi manga enganchó un montón de carpetas que cayeron todas al suelo. El pomo de la puerta se movió. Cometí entonces una verdadera locura: me metí debajo del escritorio. Sólo veía las piernas del hombre que había entrado, en pantalones de uniforme, y sus zapatos negros y puntiagudos. Durante un rato no se movió. Luego cerró cuidadosamente la puerta, se acercó a la caja y desapareció de mi vista. Oí crujidos de papeles y otro sonido más, una especie de ligeros chasquidos. Comprendí: estaba fotografiando las actas secretas. Por tanto..., por tanto, no era un verdadero oficial sino...
Salí a cuatro patas de debajo del escritorio, avanzando en la misma posición hacia la puerta. Al alcanzarla me incorporé y en un brinco me encontré en el pasillo. Mientras la cerraba con ímpetu, vislumbré en una fracción de segundo la pálida cara del otro, desfigurada por el miedo; la máquina fotográfica se le cayó de las manos, pero, antes de que me llegara el ruido de su caída, yo ya estaba lejos. Erguido y tieso, avanzaba acompasadamente, sin desviar la mirada. Dejé detrás de mí ángulos y vueltas del pasillo e hileras de puertas pintadas de blanco, que dejaban oír ruidos de trabajo, junto con aquel sonido cristalino que ahora ya no me parecía misterioso.
¿Qué hacer? ¿Adonde ir? ¿Hacer un informe sobre todo el acontecimiento? Pero aquel hombre no debía de estar allí, seguro que habría huido inmediatamente. Quedaría solamente la caja abierta y los papeles esparcidos por toda la estancia. De repente tuve un sobresalto: había dicho mi nombre en voz alta en el despacho contiguo y, además, me había conducido allí aquel oficial joven. Ya lo deben de saber todo. En todo el Edificio se habrá dispuesto el estado de alarma secreto. Me estarán buscando. Todas las escaleras, salidas, ascensores, vigilados...
Miré a mi alrededor. En el pasillo había un ajetreo normal. Unos oficiales llevaban carpetas, parecidas como dos gotas de agua a las de la caja fuerte. Pasó un ujier con una tetera humeante. De un ascensor salieron dos ayudantes. Pasé a su lado, pero no me dedicaron ni una mirada. ¿Por qué está todo tan tranquilo? ¿Por qué nadie me está buscando, persiguiendo? ¿Sería todo esto..., todo esto, la continuación de la prueba?
Acto seguido tomé una decisión. Me llegué a la puerta más cercana y leí su número: 76.941. No me gustó. Continué hasta la que llevaba el número 76.950. Allí me detuve. ¿Llamar? No tenía sentido.
Abrí la puerta y entré. Dos secretarias se disponían a tomar el té, la tercera ordenaba bocadillos en un plato. No advirtieron mi presencia. Atravesé la estancia y entré por otra puerta en el despacho contiguo.
—¿Ah, es usted? Por fin... Pase, pase, póngase cómodo.
Desde el otro lado del escritorio me sonreía un anciano menudo, con gafas con montura de oro. Su pelo, blanco como la leche, cubría escasamente una pequeña calvicie de un rosado ingenuo. Tenía ojos como dos avellanas. Con gestos llenos de hospitalidad me indicó una cómoda butaca. Me dejé caer en ella.
—Destacado a una Misión Especial por el general Kashenblade... —empecé, pero no me dejó terminar.
—Sí, sí, desde luego... ¿usted permite?
Sus dedos temblorosos ya pulsaban las teclas de un aparato.
—Señor... —comencé. Se levantó, solemne y serio, aunque continuara sonriendo. El párpado inferior del ojo izquierdo se le agitaba levemente.
—El escucha Bassenknack. ¿Me permite estrechar su mano?
—Con mucho gusto —dije—. ¿Usted sabe, pues, quién soy?
—¡Cómo podría ignorarlo!
—¿De veras? —farfullé aturdido—. ¡¿Entonces, tiene instrucciones para mí?!
—¡Oh, por favor! No corra tanto, no corra..., años de soledad lejos de todo..., el zodíaco... ¡El corazón duele sólo al pensarlo! Esas distancias..., sabe..., aunque todo esto sea cierto, a uno le cuesta creerlo, aceptar, ¿no le parece? Ah, soy un viejo, hablo demasiado..., yo, sabe usted, nunca he volado..., es la profesión..., siempre detrás del escritorio, con fundas sobre las mangas para no estropearlas, dieciocho pares de fundas he gastado y... por eso disculpe al viejo charlatán... ¿me hace el favor?
Me indicó una puerta detrás de su butaca. Me levanté.
Entramos en una enorme sala, toda decorada en verde; el suelo brillaba como un lago; lejos, al fondo, había una mesa verde, rodeada de elegantes sillas labradas. Nuestros pasos resonaban como en una nave de iglesia. El viejecito se apresuraba a mi lado sonriendo, subiéndose a cada momento las gafas, que resbalaban sobre su corta nariz. Me acercó una silla tapizada, con un escudo esculpido en el respaldo, se sentó en otra, se llevó a los labios la taza de té, murmuró: «Está frío...» y me miró. No dije nada. Se inclinó hacia mí y dijo en tono confidencial:
—Seguramente usted estará un poco sorprendido.
—No, en absoluto...
—Oh, ya se lo podría decir a un viejo..., aunque no insisto, no insisto..., sería por mi parte..., pero, entienda: la soledad, la puerta del enigma abierta, una profundidad que alienta, así nace la tentación. ¡Es tan humano! ¡Tan comprensible! ¿Qué es la curiosidad? Es el primer impulso del recién nacido. ¡Un impulso más que natural! Es el eterno deseo de descubrir la causa que origina el efecto que, a su vez, se convierte en el germen de actos futuros, crea la continuidad..., y ya tenemos unas cadenas que nos aprisionan..., aunque todo haya empezado tan ingenuamente. ¡Tan inocentemente! ¡Tan simplemente!
—Con su permiso —pregunté, un poco aturdido por sus palabras—, ¿de qué me está hablando y adonde quiera ir a parar?
—¡Exactamente! —chilló su débil vocecita—. ¡Exactamente! —Se inclinó más todavía, la luz bailaba en sus gafas—. ¡La causa y el efecto! ¿De qué? ¿Por qué? ¿Para qué? ¡Ah, nuestro pensamiento no puede admitir que estas preguntas queden sin contestación, y la da él mismo, colma las lagunas, deforma, a veces quita un poco, a veces añade...!
—Me perdonará —dije—, pero no entiendo una palabra.
—En seguida. ¡En seguida, querido señor! No todo va a ser siempre hermético y oscuro. Intentaré, según mis posibilidades... Disculpe usted a este viejo, ¿qué deseaba de mí?
—Instrucciones.
—Instr... —se interrumpió, sorprendido—. ¿Está usted seguro?
No le contesté. Cerró los ojos, sus labios se movían sin proferir palabras, como si contara. Me pareció leer en ellos: «dieciséis, dejo uno, seis sigue...»
Me miró con una sonrisa confiada.
—Sí, perfectamente, perfectamente. ¿De qué se trata? Instrucciones..., papeles..., planos..., actas..., esquemas de acciones agresivas..., cálculos estratégicos, todo secreto, único. ¡Qué daría el enemigo, el abyecto y astuto enemigo, qué daría por apoderarse de ello! ¡Por poseerlo, aunque sea una sola noche, un momento! —su voz era casi un canto—. Envía, pues, a unos hombres enmascarados, entrenados, disfrazados, profesionales, ¡para que se deslicen, penetren, roben y copien! —gritaba, excitado.
»¿Y cómo impedirlo? Si ya han robado... En cien, en mil casos descubriremos, cortaremos la mano criminal, quitaremos el antifaz a las conjuras, neutralizaremos el veneno, pero ellos vuelven a la carga; en el lugar del cortado brota un tentáculo nuevo... y el final, el final ya se conoce: lo que un hombre tapa otro destapa. Es el curso natural de las cosas, muy natural, querido señor.
Le faltó el aliento, su sonrisa pedía mi indulgencia. Esperé sin decir nada.
—Pero, trate de imaginar —continuó—; ¿y si hubiera varios planos? No una variante, ni dos, ni cuatro, sino mil. O diez mil. O un millón. ¿Los robarían? Podría ser, pero... ¿de qué serviría? El primero desvirtúa el séptimo, el séptimo el que lleva el número novecientos ochenta, y este último, todos los demás. Cada uno dice algo distinto, ¿cuál es el verdadero? ¿Cuál es el único, el exacto, el bueno?
—¡Hombre, el original! —se me escapó, a pesar mío.
—¡Aquí está! —gritó triunfalmente, lo que le costó un acceso de tos, tan fuerte que casi se ahoga. Las gafas se le cayeron, las cogió en el último momento; me pareció que junto con ellas se le había desprendido un trozo de nariz, pero debió de ser una ilusión óptica, porque realmente estaba azul de tanto toser. Cuando se hubo calmado, se pasó la lengua por los marchitos labios y volvió a hablar, temblándole las manos—: Pero si hay miles de cajas..., miles de originales..., en todas partes, en todos los pisos, con sus cerrojos, sus combinaciones cifradas. Todo lo que contienen son originales, piezas únicas, hay millones de originales, ¡cada uno distinto de los demás!
—Perdone, ¿quiere usted decir que, en vez de un solo plan operacional o de movilización, existen muchos?
—¡Eso es! ¡Exactamente! Me ha comprendido muy bien. Muy bien, querido señor.
—De todos modos debe existir uno auténtico, o sea, aquel según el cual, si hace falta, si hay necesidad...
Dejé la frase sin terminar, viendo cómo cambiaba su cara. Me estaba mirando con espanto, como si me hubiera convertido de repente en un monstruo.
—¿Es lo que usted... opina? —murmuró roncamente. Los párpados se le agitaban como dos mariposas resecas, enmarcadas por la montura de sus gafas.
—Dejémoslo. Digamos que las cosas son como usted afirma. Muy bien, pero... ¿esto qué tiene que ver conmigo? Y, si me permite la pregunta, ¿qué relación tiene con mi Misión?
—¿De qué Misión está hablando?
—De la Misión Especial que se me ha encargado..., pero si ya se lo dije al principio, ¿no recuerda?..., que me ha encargado el jefe supremo, el general Kashenblade...
—¿Kashen...?
—Claro, Kashenblade. No querrá hacerme creer que ignora el nombre de su superior de grado más alto.
Cerró los ojos; cuando los volvió a abrir, ya no eran vivarachos y expresivos.
—Dispénseme... —farfulló con esfuerzo—, permita que le deje solo un momento. Volveré en seguida...
—No —contesté firmemente. Como ya se levantaba, le así fuertemente del brazo—. Lo siento, pero no irá usted a ninguna parte mientras no resolvamos mi problema. Vine aquí a por las instrucciones y deseo obtenerlas.
Al viejecito le temblaron los labios.
—Pero, querido señor..., no sé cómo debo interpretar este... esta...
—Como causa y efecto —dije secamente—. ¡Haga el favor de decirme cuál es el cometido, el objetivo y el contenido de mi acción!
Palideció.
—¡Le escucho!
Silencio.
—¿Por qué me ha hablado de la multiplicidad de los planos? ¿Quién le ordenó esta gestión? ¿No quiere hablar? Muy bien. Tenemos tiempo. Puedo esperar.
El viejecito entrelazaba y desentrelazaba las manos, temblando.
—¿Así que no tiene nada que decirme? ¡Se lo pregunto por última vez!
Bajó la cabeza, sin hablar.
—¡¿Qué está haciendo?! —grité, asiéndolo por los hombros. Su cara se transformó en un solo instante, se volvió morada, hinchada, terrible. Saltándosele los ojos, mordía la piedra engarzada en una sortija que llevaba en el dedo anular. Oí un ligero chasquido, como si la punta de un clavo pequeño chocara contra un objeto de metal, y noté que sus músculos se relajaban bajo mis manos. Un segundo después, el hombre que sostenía en mis brazos era cadáver. Cuando le solté se cayó, inerte, al suelo, rígido, los labios exangües. Se le cayeron las gafas y, junto con ellas, su sonrosada calvicie bajo el ralo pelo blanco, dejando al descubierto unos cabellos negros como el ala de cuervo... Me quedé inmóvil, escuchando el estruendo de mi propio corazón, con el muerto a mis pies. Mis ojos saltaban de un objeto a otro. ¿Cómo huir? De un momento a otro alguien podía entrar y encontrarme allí con el cadáver de un hombre que ocupaba un cargo de responsabilidad... No pude recordar qué cargo era. ¿Jefe de cifradores? ¿El de escuchas? ¡Lo mismo daba! Me fui hacia la puerta, pero me detuve pensativo a mitad del camino. ¿Podré pasar? Me van a reconocer. Esta vez será más difícil. ¿Cómo lo voy a explicar? ¿Cómo arreglármelas?
Volví, levanté el cuerpo del suelo, recogí su peluca, ¡cómo le había rejuvenecido la muerte!, y se la coloqué en la cabeza, venciendo la repulsión de tocarlo, ya casi frío. Sosteniéndolo por las axilas, lo arrastré hacia la puerta. «Diré que se ha encontrado mal de repente», pensaba. Era una idea bastante loca, pero ni peor ni mejor que cualquier otra. Tenía que probar suerte.
El despacho en el cual habíamos tenido la conversación estaba vacío. Había en él dos puertas; por una se entraba en la secretaría; la otra llevaba, probablemente, al pasillo. Le puse en la butaca, tras el escritorio; rectifiqué su posición porque se había encorvado hacia adelante, pero fue todavía peor. Al fin, le dejé como estaba y me escapé por la segunda puerta. ¡Que pasara lo que hubiese de pasar!
Era, por lo visto, la hora de comer. Oficiales, funcionarios, secretarias, todos se agolpaban ante los ascensores. Me mezclé en el grupo más numeroso. Al poco rato estaba bajando, cuanto más lejos de aquel maldito sitio, mejor.
La comida era modesta: un potaje de patatas y pan frito, un asado bastante correoso, una compota aguada y café, negro como el azabache, pero sin aroma ni gusto. Nadie pedía dinero, nadie presentaba la cuenta. Por fortuna, no hubo conversaciones en la mesa. Ni siquiera se decían «buen provecho»... En cambio, todo el mundo estaba enfrascado en rompecabezas, logogrifos, crucigramas y algoritmos. Para no llamar la atención, me puse a garabatear algo con un lápiz en un trozo de papel que encontré en el bolsillo. Al cabo de tres cuartos de hora, me abrí paso entre la gente que salía del comedor y me encontré de nuevo en el pasillo. Los grandes ascensores absorbían grupos de personas que volvían a su sitio de trabajo. En los pasillos no quedaba ya casi nadie; yo también, pues, tuve que ir a algún sitio. Entré en el ascensor entre los rezagados, y ni siquiera supe en qué piso nos habíamos detenido. El pasillo, como todos los que antes había visto, no tenía ventanas, solo dos filas de puertas blancas. La luz de bolas de cristal lechoso se reflejaba en las plaquitas esmaltadas de los números: 76.347, 76.948, 76.950...
Me paré en seco. Era aquella misma puerta...
En el corredor no había nadie. ¿Por qué extraña circunstancia había vuelto justamente aquí, después de haber cambiado el rumbo al azar tantas veces? Detrás de aquella puerta —si aún no lo había encontrado nadie— reposaba un muerto, la frente apoyada en el escritorio, con la montura dorada de sus gafas incrustada en la cara...
Oí unos pasos. No podía quedarme allí. Hice un enorme esfuerzo para no echar a correr alocadamente. En aquel instante salió del recodo del pasillo un oficial de estatura elevada, sin gorra. Quise dejarle pasar, pero venía directamente hacia mí, con una sonrisa enigmática en su cara de tez oscura.
—Tenga la bondad, señor —dijo en voz baja, a tres pasos de mí—; ¿quiere hacer el favor de acompañarme?
Me indicó con un gesto la puerta siguiente.
—No comprendo —contesté tan por lo bajo, como lo hizo él—, debe de tratarse de un error...
—No, no, puede estar seguro..., venga, por favor...
Abrió aquella puerta y me esperó. Di un paso, luego otro, y me encontré en un despacho amarillo claro. Salvo un escritorio con teléfonos y unas sillas, no había allí nada más. Me detuve cerca de la puerta. El la cerró con cuidado de no hacer ruido y me ofreció una silla.
—¿Usted sabe quién soy? —pregunté lentamente.
El oficial afirmó con un gesto de la cabeza.
—Sí, lo sé. Tome asiento, por favor.
—No sé de qué quiere hablarme.
—Comprendo muy bien su actitud, pero le prometo guardar una discreción absoluta.
—¿Discreción? ¿A qué se refiere?
No me había sentado todavía. Se me acercó tanto que casi me llegaba el calor de su aliento. Sus ojos se clavaron en los míos, se desviaron y volvieron a escudriñarme.
—Usted actúa aquí fuera del... programa —dijo en un murmullo—; en principio no debería, naturalmente, cruzarme en su camino, pero sería mejor sí le diera ciertas... si hablara con usted así, a solas, esto podría eliminar complicaciones innecesarias.
—No se me ocurre ningún tema de conversación entre nosotros —repuse secamente. Más que sus palabras y su tono, me devolvieron los ánimos sus miradas, tan humildes, tan poco militares. Pero tal vez sólo quisiera tranquilizarme adrede, para luego...
—Entiendo —dijo después de una pausa. Un tono de desesperación tembló en su voz. Se pasó la mano por la cara—. En circunstancias semejantes..., cumpliendo una misión de esta clase... cada oficial se comportaría como usted; sin embargo, para el bien superior, se puede, a veces, hacer una excepción.
Le miré a los ojos. Le temblaron los párpados. Me senté.
—Le escucho —dije, apoyando las puntas de los dedos en el escritorio—. Dígame lo que, según usted, debe decirme.
—¡Gracias...! ¡Gracias...! No voy a andarme con rodeos...; usted actúa por una orden superior; teóricamente, no sé nada sobre una superrevisión..., pero usted sabe cómo pasan las cosas. ¡Hay fugas! ¡Usted no lo ignora!
Esperaba con ansia una sola palabra mía, un guiño, pero yo callaba, impasible, sin un gesto. Entonces, exclamó, con ojos brillantes como de fiebre, ruborizándose y palideciendo como si tuviera frío:
—¡Escuche! Este viejo trabajaba desde tiempo para ellos... Cuando lo desenmascaré, obteniendo su confesión, en vez de entregarle a la Sección DeEse, lo que, formalmente, era mi deber, decidí mantenerle en el mismo puesto... Ellos seguían creyendo que era agente suyo, pero él trabajaba desde entonces para nosotros..., debían mandarle ahora a un hombre suyo, un correo, así que preparé una trampa... Desgraciadamente, en vez de éste llegó usted y...
Hizo un gesto con las manos.
—Un momento... ¡¿dice que trabajaba para nosotros?!
—¡Naturalmente! ¡A causa de mi presión! La Sección DeEse hubiera hecho lo mismo, pero entonces el asunto escaparía a mi Sección, ¿entiende?, y aunque yo le desenmascarara, otro se hubiera apuntado un tanto a su favor, pero yo no lo hice por esto, sino para simplificar, apresurar... Por el bien del servicio...
—De acuerdo, de acuerdo..., pero, en este caso, ¿por qué se ha...?
—¿Por qué se ha envenenado? Porque le tomó a usted por el correo que estaba esperando y porque suponía que usted estaba al corriente de su traición..., era un peón...
—Ah, sí...
—Sí... es un asunto sencillo... Confieso que transgredí los límites de mi competencia dejándole el cargo. Le enviaron directamente al viejo para comprometerme. ¡Es una intriga!
—¡Pero si yo entré en su despacho por pura casualidad! —se me escapó.
Antes de que tuviera tiempo de lamentar mis palabras, el oficial sonrió irónicamente.
—¿Y qué sabe usted de lo que le esperaba en otros despachos? —murmuró, bajando la vista.
—¿Qué me está diciendo...?
La visión, sugerida por sus palabras, de una serie de los mismos viejecitos, blancos y rosados, con gafas de alambre de oro, sonriendo con paciencia detrás de sus escritorios dentro de toda una larga fila de despachos aseados y claros, me hizo estremecer profundamente.
—¿Así que no era sólo aquel despacho?
—Claro. Tenemos que trabajar sin correr riesgos...
—¡¿Todos los de aquel pasillo?!
Afirmó con la cabeza.
—¿Y todos esos hombres?
—Comparsas, naturalmente.
—¿Para quién trabajan?
—Para nosotros... y para ellos. Ya sabe cómo funcionan estas cosas; pero como les tenemos bien agarrados, su trabajo para nosotros tiene... mayor rendimiento.
—Entonces, ¿por qué me habló de planos de moví..., de incontables variantes del original...?
—Oh, hablaba en clave, una clave de orientación..., un santo y seña..., usted no le comprendió porque usaba la clave de ellos, mientras que él creyó que no quería comprender, o sea, que ya conocía su traición, puesto que todos llevamos unos aparatos descifradores en el pecho...
Desabrochó su guerrera y me enseñó una cajita plana, escondida debajo de la camisa. Recordé entonces cómo el oficial que me había acompañado en el ascensor se apretaba el corazón.
—Habló usted de una intriga. ¿Quién la urdió?
El oficial palideció. Un estremecimiento pasó por su cara. Cerró los ojos y guardó silencio durante unos segundos.
—Alguien de una posición muy alta, muy, muy alta, busca mi perdición —murmuró—, pero soy inocente... Si usted quisiera hacer uso de sus amplios poderes, aunque sea parcialmente y...
—¿Y qué?
—Y echar tierra a este asunto, yo sabría demostrarle mi agradecimiento...
Mientras hablaba, escudriñaba mi cara de cerca con ojos inmóviles, muy abiertos. Con las manos en las rodillas, alisaba, pellizcaba y retorcía el paño de su uniforme.
—Novecientas sesenta y siete por dieciocho por cuatrocientas treinta y nueve —suplicó en una voz apenas audible.
No dije nada.
—Cuatrocientas..., cuatrocientas once..., seis mil ochocientas noventa y cuatro por tres... ¿No? ¡Entonces, por cuarenta y cinco! ¡¡Por setenta!! —me apremiaba su temblorosa voz. No despegué los labios. Se levantó, pálido como un cadáver—. Die...diecinueve... —intentó una vez más en un gemido.
Seguí guardando silencio. Abrochó lentamente su guerrera.
—¿Es eso, pues? Comprendo. El dieciséis..., bien..., conforme con..., discúlpeme.
Antes de que hubiera podido hacer nada, salió al cuarto contiguo.
—¡Hombre! —grité—. ¡Espere! Yo...
Tras la puerta entornada tronó un disparo, seguido por el ruido de un cuerpo que cayó al suelo. Pasmado, con el pelo erizado, no pude hacer ni un gesto. ¡Huir! ¡¡¡Huir de aquí!!!, me rugía en la cabeza. Al mismo tiempo, todo oídos, estaba al acecho de los sonidos que venían de la habitación vecina. Primero un ruido apagado, como si un tacón golpeara el suelo, luego otro más y..., silencio. Un silencio total. Por la rendija se veía una pernera del uniforme. Sin quitarle la vista de encima, retrocedí hacia la salida, encontré a. tientas el pomo de la puerta, lo apreté...
El pasillo —lo averigüé en dos ojeadas— estaba vacío. Cerré la puerta, giré y me pegué a ella de espaldas. Enfrente, en una puerta abierta, apoyando una mano en su marco, había un oficial rechoncho que me miraba, impasible. El estómago se me subió a la garganta. Contuve la respiración y me aplasté más todavía bajo su mirada indolente, un poco aburrida. Su cara, ancha, de mejillas llenas, expresaba el desprecio. Sacó del bolsillo un pequeño objeto, ¿era un cortaplumas?, lo hizo saltar varias veces en la mano sin quitarme la vista de encima, lo asió firmemente, lo tocó con el índice y, con un ligero «clic», hizo salir la hoja. Probó el filo con un pulgar, sonrió sólo con las comisuras de los labios, bajó lentamente los párpados como si dijera «sí», retrocedió y cerró la puerta de su cuarto. Esperé sin moverme. Oí, en medio del silencio, el susurro nasal de un ascensor que subía. Cuando se hubo borrado, volví a oír tan sólo los latidos de mi propio pulso. Despegué las manos de la puerta barnizada. ¿Me estaba mirando alguien por el ojo de la cerradura? No, no era más que una manchita negra. Di un paso, luego otro..., andaba..., andaba, otra vez solo, entre los innumerables corredores, que se unían, se separaban, desprovistos de ventanas, llenos de luz, con paredes sin mácula, con hileras de puertas blancas como la nieve, rendido, demasiado débil para intentar una vez más entrar en algún sitio, penetrar en uno de los miles de despachos, protegidos por sus muros insonorizados. De vez en cuando me apoyaba en las paredes, pero eran demasiado lisas, demasiado verticales para descansar en ellas. No había dado cuerda a mi reloj, estaba parado no sé desde cuánto tiempo, perdí la cuenta de si era de noche o de día, si soñaba o estaba despierto. Hubo momentos en que perdía la conciencia, me devolvía bruscamente a la realidad el chasquido de una puerta, el susurro de un ascensor, pasaban a mi lado hombres con carpetas, los corredores se vaciaban, se volvían a llenar de gente, unos cortejos de oficiales se dirigían en la misma dirección (tal vez se trabajara aquí veinticuatro horas al día), veía a unos que salían y otros que les sustituían, y ya no sé qué pasó después. No recuerdo nada, en realidad, de las horas que pasaron luego, porque, aunque estuviera andando, metiéndome en los ascensores y saliendo de ellos, contestando a frases accidentales —me parece que alguien me deseó las «buenas noches»—, mi cerebro no recibía nada, reflejando solamente lo externo, como si se vertiera un chorro de agua sobre un bloque de barro reseco. Finalmente, no sé verdaderamente cómo, me encontré en el vestíbulo de unos aseos. Abrí la puerta y entré en un cuarto de baño parecido a un quirófano, reluciente de cromados y porcelanas, con una bañera de mármol esculpida como un sarcófago; apenas me senté en su borde, sentí que me dormía. Hice el último esfuerzo para apagar la luz, pero no encontré el conmutador. Estuve todavía un rato sentado en el ancho reborde de la bañera, cabeceando; las chispas de luz, reflejadas por los cromados, me herían los ojos, pinchaban mis párpados, me bailaban en las pestañas, pero me dormí a pesar de esa tortura, tapándome la cara con las manos. Me deslicé en un lecho duro, me di un golpe en la cabeza contra un saliente, pero ni siquiera el dolor me despertó.
No sé cuánto tiempo estuve durmiendo. Me iba despertando muy lentamente, venciendo obstáculos deformes, inertes aunque livianos, agolpados en el umbral de mi conciencia. Aparté finalmente el último, como sí fuera la tapa de un ataúd, y se me clavó en las pupilas el resplandor de una bombilla, colgada del techo blanco y labrado.
Yacía sobre la espalda junto a la bañera. Los huesos me dolían, como si se hubieran roto a pedazos. Me despojé aprisa de la ropa y tomé una buena ducha. Junto a la bañera había jabón líquido en un frasco plateado y unas estupendas toallas de rizo con bordados de ojos abiertos; bajo su contacto, la sangre empezó a circular mejor en mi cuerpo. Refrescado y limpio, me vestí sin perder tiempo. Hasta entonces, no había pensado en mi futuro inmediato. Con la mano en el pomo de la puerta, me di cuenta de repente, por primera vez desde que me había despertado, de la realidad que me rodeaba. Este pensamiento fue como una sacudida eléctrica. Vi en la imaginación el implacable laberinto blanco que me esperaba detrás de las paredes de mi escondrijo, me vi a mí mismo andando infinitamente por la maraña de corredores, miles de despachos separados por paredes insonorizadas, que acechaban mi paso para absorberme y volver a echarme fuera. Temblé bajo el impacto de esta visión, tentado de salir corriendo y pedir socorro a gritos; afortunadamente, este acceso de debilidad me duró muy poco. Respiré profundamente, me enderecé, estiré mi chaqueta, llegué hasta arreglar el nudo de mi corbata en un espejo colocado encima del lavabo para estar seguro de mi aspecto, y salí con paso tranquilo, ni lento ni demasiado rápido, como hacían todos los que se movían en el Edificio.
Antes de abandonar el cuarto de baño puse las ocho en mi reloj. Lo hice al azar, para orientarme por lo menos relativamente en el transcurso del tiempo, ya que ni siquiera sabía si era de noche o de día. El pasillo al cual salí era un ramal corto y poco frecuentado de un corredor principal, donde, al acercarme, observé el ajetreo acostumbrado. El trabajo seguía su curso. Bajé en un ascensor, alentado por una débil esperanza de que, tal vez, fuera la hora del desayuno y encontraría abierta la cantina, pero su puerta de cristales estaba cerrada.
Dentro estaban haciendo la limpieza. Desanduve el camino y subí al tercer piso. Escogí justamente éste, porque el botón de su número brillaba más que los otros, como si se lo usara con más frecuencia. En el corredor, idéntico a los demás, no había nadie.
En su punto extremo un soldado raso guardaba una puerta, el primer militar sin graduación que veía en el Edificio. Un cinturón blanco ceñía su uniforme, sus manos enguantadas sostenían un arma automática. Erguido allí como una estatua en posición de firmes, ni siquiera me miró cuando pasaba a su lado. Di unos pasos más, giré bruscamente y me encaminé sin vacilar hacia la puerta que él custodiaba. Si era la entrada oficial a los aposentos del Jefe Superior, había pocas probabilidades de que me dejara entrar, pero corrí el riesgo. Le miré por el rabillo del ojo, asiendo el picaporte. No me hizo el menor caso, perfectamente indiferente, fija la mirada en algún punto de la pared de enfrente. Abrí la puerta y entré. Lo primero que vi, estupefacto, fue una escalera de caracol con peldaños ahuecados por el uso, que arrancaba de una plataforma de madera, vieja y agrietada. Al poner el pie en el primer peldaño, noté una corriente de aire helado. Empecé a subir. Arriba vislumbré en la penumbra la mancha más clara de una puerta de cristal, entreabierta. Me encontré en el umbral de una capilla. La escasa luz que la iluminaba venía desde el fondo, donde, debajo del crucifijo, unos cirios rodeaban un ataúd abierto. Las vacilantes llamas echaban sobre la cara del difunto un resplandor débil y confuso. A ambos lados del pasillo central, se dibujaban en la semioscuridad amarillenta las compactas formas negras de los bancos. Detrás de ellos, pude divisar en las paredes unos nichos, impenetrables y oscuros. Oí el ruido de unos pasos sobre el suelo de piedra, pero no vi a nadie. Avancé lentamente, pensando sólo en dónde iría al abandonar la capilla, cuando mi mirada, perdida entre las móviles sombras, alcanzó el rostro del muerto. Sereno y transparente, parecía labrado en una cera muy pura. Le reconocí al instante. En el ataúd, cubierto hasta la mitad del pecho con la bandera, cuyos pliegues, abundantes y artísticamente dispuestos, descendían por las gradas hasta el suelo, reposaba el viejecito. Rodeaban su cabeza unas ricas blondas muy almidonadas; las gafas de oro habían desaparecido y, gracias a esto y también, quizá, porque estaba muerto, sus rasgos habían perdido la expresión de travesura forzada. Reposaba rígido, solemne, como el que llega al final del camino. Me iba acercando a él lentamente, en la onda de aire helado que parecía desprenderse del ataúd. A ambos lados de la bandera alisada con esmero, asomaban sus manos, juntas sobre el pecho. Sólo el meñique de una mano no se había doblado y me estaba apuntando en un gesto de advertencia o de burla. En algún sitio, arriba, sonó una y otra vez una nota solitaria o, más bien, el ronco soplido de un tubo de órgano, como si un principiante buscara notas en el teclado; luego, otra vez reinó el silencio.
Los honores que se hacían al difunto me extrañaron un poco, pero fue una reflexión superficial. En el fondo, estaba demasiado preocupado por mi propia situación para pensar en los demás. Estaba allí al lado del ataúd, helándoseme los pies, y aspiraba el tibio olor de la estearina. Uno de los cirios chisporroteó, sentí un leve toque en mi hombro y una voz muy baja murmuró junto a mi oído:
—Ya le han registrado...
—¡¿Qué?! —salté, sobresaltado. A pesar de no haberla dicho en voz muy alta, la palabra volvió en un eco profundo y fuerte, reflejada por el techo invisible. Detrás de mí, casi tocándome con el cuerpo, estaba un oficial de estatura elevada, de cara pálida, ligeramente hinchada, con la nariz azulada de frío. Entre las solapas de su uniforme vi la tira blanca y lisa de un cuello duro.
—¿Me decía usted algo, señor... cura? —pregunté en voz baja. Bajó lentamente los párpados, como si quisiera saludarme con la mayor discreción posible.
—Oh, no, fue un error..., le había confundido con otra persona. Además, no soy cura, sino... hermano.
—¿Ah, sí?
Ambos guardamos silencio. El hermano ladeó la cabeza, totalmente rasurada, con un pequeño casquete en la coronilla.
—¿Era usted, tal vez, si me permite la pregunta..., un colega del difunto?
—En cierto sentido..., pero lejanamente..., muy lejanamente —contesté. Sus ojos (en realidad, sólo veía en ellos un reflejo disminuido de las llamitas de cirios) se separaron de mi cara muy lentamente, y con la misma lentitud volvieron a mirarme.
—¿Un último favor? —me llegó al oído su voz, casi inaudible, matizada de una familiaridad desagradable.
Le contesté con una mirada dura y fría,
—¿Está en... delegación? —inquirió humildemente.
No le contesté.
—En seguida..., en seguida celebrarán la misa —dijo, muy servicial—; primero exequias y luego la misa. Si usted desea...
—Eso carece de importancia.
—Claro, claro...
Tenía cada vez más frío. Unos soplos helados circulaban entre los cirios, agitando sus llamas. Me llegó lateralmente a los ojos un reflejo de luz. Había allí, bastante cerca del ataúd, un gran frigorífico que expelía ráfagas de aire helado a través de una reja cromada.
—No está mal —dije con indiferencia.
El fraile-oficial siguió mi mirada y tocó mi manga con una mano blanca y fofa como un pedazo de queso.
—Si me permite informarle, no todo va tan bien... —susurró—; muchos errores..., tardanzas..., negligencias en el servicio..., el oficial prior no cumple...
Hablaba con parsimonia, escudriñando al mismo tiempo mi cara de cerca para poder batirse en retirada en cualquier momento, pero yo guardaba silencio observando las sombras en la cara del muerto, sin moverme. Esto le alentó.
—No es asunto mío..., apenas me atrevo... —jadeaba junto a mi sien—, sin embargo, si me autorizara a preguntar, en la esperanza de poder ayudar, como un acto de servicio, usted... ¿actúa por una orden superior?
—Sí —contesté. Abrió la boca en éxtasis, mostrando grandes dientes caballunos. Así quedó un rato, sonriendo embelesado, como si se deleitara con mi respuesta.
—Me permite, pues, decirle..., ¿no le molesto?
—No.
—Gracias... Son cada vez más numerosos los fallos del servicio...
—¿Divino? —le sugerí. Su sonrisa se volvió inspirada.
—Dios no nos olvida jamás..., me refería a los asuntos de nuestro Departamento.
—¿Qué Departamento es?
—El Teológico. El padre Amnion, de la sección de confidentes, cometió últimamente una malversación...
Seguía hablando, pero perdí el hilo, porque el meñique del difunto se había movido. Helado, notando la respiración repulsiva del fraile-oficial en mi cogote, fijé la vista en aquel dedo. Todos los otros, doblados, fuertemente apretados, parecían modelados en el mismo pedazo de cera; sólo aquél, un poco más grueso, sonrosado, se estremecía como por un capricho imposible. Me parecía volver a encontrar en esta increíble travesura el carácter animoso y disipado del viejecito. Al mismo tiempo había en esos movimientos algo incorpóreo e ingrávido que alejaba mis pensamientos de la posibilidad de una resurrección, llevándolos a esos ínfimos y rapidísimos gestos de los insectos, que, antes de que echen a volar, hacen casi invisibles sus alas. Mis ojos, muy abiertos, seguían aquel temblor, cada vez más manifiesto y continuo.
—¡No puede ser! —exclamé, sin darme cuenta.
El fraile casi se me echó a los pies, medio doblado.
—¡Es cierto! ¡Se lo juro! ¡Aunque fuera sólo por mi estado, de mi boca nunca sale una mentira!
—¿De veras? Cuénteme..., pues..., hermano, sus preocupaciones —contesté con la mente en otra parte. Me di cuenta de que prefería su repugnante insistencia a la soledad en compañía del viejecito, como si tuviese la esperanza de que ante dos testigos el muerto no se atrevería a nada más.
—Los informes de las confesiones se preparan descuidadamente..., no hay control..., la mitad de nuestros contactos, quemada..., el oficial portero descuida la entrega puntual de pases y resúmenes de conversaciones..., en la sección de las almas se dejó enteramente de lado la actividad de provocación...
—¿Qué me está diciendo..., hermano? —farfullé. El dedo se había calmado. Debía irme de allí cuanto antes, pero ya estaba demasiado metido en la escena con el fraile—. ¿Cómo se presentan... las prácticas religiosas? —inquirí de pronto, asumiendo, a pesar mío, el papel de un visitador en plena inspección.
Su excitación iba en aumento; ya no hablaba: silbaba con ojos brillantes y desorbitados; le embargaba el gozo de delatar, cubriendo sus labios la espuma de saliva.
—¡Prácticas! ¡Prácticas! —hizo una mueca de impaciencia, animado por el peso de las acusaciones que iba a formular—. Las pláticas no incitan a ningunas manifestaciones, no tienen resultados numéricos, las normas de la organización de escucha no se aplican, y en la sección del Objetivo Superior las malversaciones provocaron un escándalo, al que se echó tierra porque el hermano secreto Malchus tiene amistad con el sacristán, al que, favor por favor, manda peregrinas del ocho, desde luego, adecuadamente aleccionadas; pero el cura oficial Orfini, en vez de informar a quien corresponde, se distrae con la mística..., habla de los castigos en el más allá...
—¿Cósmicos?
—¡Ojalá fuera eso! No, no, señor..., no conozco, lo siento, su gracia...
—No importa, no hace falta...
—Entiendo. ¡Hablar del Juicio Final cuando se dispone de unas posibilidades mucho más efectivas gracias a los colegas de la Turca...! Como si fuera poco, el