obra literaria ilustrada      

Cuento corto de Navidad


Es que no fue feliz mi infancia.
Me escondo en la poesía. Las metáforas cuentan dolores intransferibles.
Me refugio en la belleza aunque ella no se refugie tanto en mí.
La armonía me cura y me conforta.
Vencen a la soledad las palabras, aquellas que trascienden por su veracidad insoslayable y pasan a ser del mundo sin mostrarme.
Y estoy ahí en sus cuerpos y en sus mentes cuando interactúan mis señales como de humo, en ese lenguaje incomprensible para muchos y sofocante y tibio para algunos.
Me separan los recuerdos en vez de encontrarme.
Me vacían el espíritu desgarrando el alma.
¿Qué podría contarte?
Navidad de Navidades.
Tal vez otra metáfora.
El cielo azul oscuro intenso.
Mi búsqueda inalcanzable.
Una cruz de estrellas como faro en la vida que transcurre.
Camino hacia el sur como si fuera mi norte desde entonces.
Busco el horizonte ya no sobre la tierra sino sobre los montes y aún más arriba está mi huida.
Es que la víspera de Navidad era aburrida: todos ocupados por la mañana, descansaban por la tarde.
Solía esperarla bajo la mesa como si fuera mi propio retablo, pienso ahora.
Escudriñaba los pasos de los adultos. ¿Adónde iban? ¿Qué era tan importante?
¿La comida? No me bastaba esa pavada o el pan dulce.
Como un tablero de ajedrez el piso del comedor se poblaba de mesa, sillas y aparador, árbol, luces y el Niño Dios.
¿Dónde nace el Niño? Me respondían: en el corazón.
Volé, volé alto para encontrarte hasta esa noche estrellada donde la Cruz del Sur me indicara que, gracias a Dios, la realidad abría nuevos horizontes y me levantaba a otro lado. Y soñé, soñé mucho, con toda el alma. Las estrellas me observaban y me cuidaban y escuché por fin unas palabras: ¿vas? de donde vienes… a Dios.
Desde entonces soy nauta. Y como nauta en mar de inquietudes tengo mis pies sumergidos en agua susceptible de tempestades. Por eso sucede. Yo escribo en noche de insomnio tras el naufragio. Distingo y disipo palabras que armonizan en mi alma. Y allí encuentro tu piadosa mirada, resplandeciente tu rostro que me da la paz. Y entonces callo.


Maria Dodera




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