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En Flandes, en las postrimerías de la primera guerra, nació
el Dadaísmo, fruto del cansancio y la decepción, ante el espectáculo
de esa contienda que desmentía todas las utopías humanas, dando un
sentido humorístico a las declaraciones humanitarias y filantrópicas
del siglo.
El dadaísmo es una carcajada de liberación, la
risa del payaso ante el derrumbe del circo. Por eso,como un payaso
sentimental que al fin abjura de sus lágrimas, se puso el traje al
revés y revirtió el sentido, no sólo de la literatura,
convirtiéndola en objeto de mofa y escarnio, sino también de todas
las presuntas y sobadas manifestaciones del progreso.
Era su
actitud, en el fondo, la de quien no quiere ser engañado por
centésima vez; porque acaba de comprender para siempre el lado
risible de la comedia humana, y se apronta a disolver en el agua
regia de su flamante humorismo, escéptico y burlón, los viejos e
inflados ídolos del arte y de la política, negando valor a las
construcciones de la razón, de la lógica, del sentido común
desacreditadas por sus resultados.
De ahí que
cayera en la más extravagante y escandalosa anarquía espiritual y
artística. De tal modo que cabe preguntar si corresponde tomarlo en
serio o echar a pérdidas y ganancias sus excentricidades. Si se opta
por lo primero, queda la disyuntiva de estudiarlo como escuela
literaria - lo que parece presuntuoso - o como un simple estado de
espíritu. La verdad es que el Dadaísmo, si sobrevive en la historia,
no será por sus obras, sino como pintoresco fenómeno
psicológico.
Allá por el año 1916, existía un lugar de
tertulia de los intelectuales, se llamaba Cabaret Voltaire en
Zurich, insatisfechos escritores, con levadura revolucionaria
cristalizaron la idea de dar vida oficial a la tendencia iconoclasta
contra el arte, la moral, la sociedad y sobre todo contra la
pretenciosa hegemonía de la razón.
Para destruir
el orden común hay que desprenderse, aunque cueste un
desgarramiento, de todos los escrúpulos del convencionalismo
tradicional, de la moral, de las costumbres, de las ideas, que
formaban precisamente las mallas en que se ahogó el mundo. Por eso,
acaso haya dentro de essta bufonada dadaista, un supuesto de
tragedia humana.
El movimiento dadaista no puede configurarse
en escuela filosófica ni literaria, sin recaer en lo que quiere
combatir. No habrá, pues, en los dadaístas, nada que sea reflexión o
dogma. El mundo es un cambalache fortuito, un almacén de tonterías
doctorales, que solo denotan la natural estupidez del hombre, la
intrascendencia de la vida la futalidad de la razón y lo risible de
lo serio.
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