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Podemos situar el epicentro del movimiento expresionista en
Alemania en los años inmediatamente anteriores a la Primera Guerra
Mundial, si bien su influencia y sus derivaciones habrían de
extenderse a otros países de la lengua germánica y prolongarse por
lo menos hasta 1925.
El hecho de que sus consecuencias
fueran decisivas no solamente en todos los dominios de la
literatura, sino también en las artes plásticas, la cinematografía,
la música, la danza, la interpretación teatral y la escenografía,
habla por sí mismo de la importancia y motivaciones profundas de
este movimiento.
El expresionismo no tiene solo un
teorizador ni tampoco un solo y claro programa. Sus manifestaciones
son diversas y aún contradictorias. Para circunscribirlo, debemos
acudir a ciertos caracteres más o menos comunes y vagamente
definitorios subyacentes en su estética.
Los
antecedentes de esta nueva actitud ante el mundo, la sociedad y el
arte no son fáciles de determinar. Sin duda, tienen que ver en ella
las influencias de Novalis, Hölderin, Nietzche, Ibsen, Kierkegaard,
como también las ideas socialistas, nihilistas y anarquistas que
circulaban por Europa en ese momento, por sólo considerar los
antecedentes más visibles.
El individuo vuelve a ser
exaltado después del auge finisecular del Naturalismo. En su nombre,
se atacan las ideas tradicionales que la burguesía usa como
sustentos de un orden opresivo e hipócrita: el culto del Estado, la
moral filistea, el quietismo conformista. Sublevados contra estas
ideas y estos valores, contra esa abstracción llamada "la sociedad",
los expresionistas se volverán hacia el hombre, al que ven dotado de
infinitas posibilidades, capaz de crear su mundo a partir de una
radical negación que implique a la vez la búsqueda de una verdad
nueva y la certeza de poder alcanzarla. Denunciarán y cuestionarán
las ataduras que les impiden acceder a la plenitud de lo humano y
los mitos que lo conducen a la catástrofe.
No debemos pasar por alto la circunstancia de que las
primeras manifestaciones del Expresionismo tuvieran lugar en el
dominio de las artes plásticas, y en particular con la
característica de traducirse en una tendencia cada vez más definida
a prescindir de la representación. Las primeras manifestaciones de
la pintura expresionista habrían de derivar pronto en la innovación
del arte "no representativo", al que se habría de denominar
abstracto en un primer momento y, más tarde, con más propiedad, por
lo menos en cuanto a la actitud expresionista,
concreto.
En poesía, esta actitud se inviste de un
corolario más viable y más cercano al Romanticismo: visión de las
esencias a través de los hechos; búsqueda del equivalente poético
del caos de la época, reencuentro integral del hombre con el hombre,
con el cosmos y Dios, recuperación del alma perdida; la poesía como
acceso directo a las esencias, más allá de la razón, la poesía como
grito, como expresión absoluta del alma, como único vehículo de la
verdad.
También en el
lenguaje las consiguientes transformaciones fueron propuestas: la
búsqueda del significado esencial de las palabras derivó en el
sentido de la síntesis, de la economía de la expresión, en la
ausencia de los nexos lógicos; en la depuración y afirmación, en
suma, del lenguaje poético, para convertirlo en instrumento de una
función no descriptiva.
La actitud expresionista
demuestra también un carácter muy peculiar en el tratamiento poético
del paisaje, que ya no es reproducido sino proyectado como
sentimiento. Esto significa que la distancia entre objeto y sujeto
se ha eliminado, y el poeta expresa su estado de ánimo por la
mención de la cosa, hecha una con él.
En las numerosas
antologías que reúnen la poesía expresionista, encontramos con
frecuencia los nombres de Else Lasker-Schüler (ver poema en 2x1 de
la entrega nº 18), Ernst Stadler (segunda ilustración), Gottfried Benn (última) y Georg Trakl (tope de página). De
ellos, Trakl, sea quizá el poeta más importante del movimiento.
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