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Los profanos sentimos desde siempre vivísima
curiosidad por saber de donde el poeta, personalidad
singularisima, extrae sus temas - en el sentido de la pregunta
que aquel cardenal dirigió a Ariosto - y como logra
conmovernos con ellos tan intensamente y despertar en nosotros
emociones en las que ni siquiera nos juzgábamos acaso capaces.
Tal curiosidad se exacerba aún ante el hecho de que el poeta
mismo, cuando le interrogamos, no sepa respondernos, o solo
muy insatisfactoriamente, sin que tampoco le preocupe nuestra
convicción de que al máximo conocimiento de las condiciones de
la elección del tema poético y de la esencia del arte poético
no habría de contribuir en lo más mínimo a hacernos poetas.
¡Si por lo menos pudiéramos descubrir en nosotros o
en nuestros semejantes una actividad afín en algún modo a la
composición poética! La investigación de dicha actividad nos
permitiría esperar una primera explicación de la actividad
creadora del poeta. Y verdaderamente existe la posibilidad;
los mismos poetas gustan de aminorar la distancia entre su
singularidad y la esencia generalmente humana y nos aseguran
de continuo que en cada hombre hay un poeta y que solo con él
ultimo hombre morirá el último poeta. ¿ No habremos
de buscar ya en el niño las primeras huellas de la actividad
poética? La ocupación favorita y más intensa del niño es el
juego. Acaso sea lícito afirmar que todo niño que juega se
conduce como un poeta, creándose un mundo propio, o más
exactamente, situando las cosas de su mundo en un orden nuevo,
grato para él. Seria injusto en este caso pensar que no toma
en serio ese mundo: Por lo contrario, toma muy en serio su
juego y dedica en él grandes afectos. La antitesis del juego
no es gravedad, sino la realidad. El niño distingue muy bien
la realidad del mundo y su juego, a pesar de la carga de
afecto con que lo satura, y gusta de apoyar los objetos y
circunstancias que imagina en objetos tangibles y visibles del
mundo real. Este apoyo es lo que aun diferencia el jugar
infantil del fantasear. Ahora bien: el poeta hace lo
mismo que el niño que juega: crea un mundo fantástico y lo
toma muy en serio; esto es, se siente íntimamente ligado al,
aunque sin dejar de identificarlo resueltamente de la
integridad. Pero de esta irrealidad del mundo poético nacen
consecuencias muy importantes para la técnica artística, pues
mucho de lo que, siendo real, no podría procurar placer
ninguno puede procurarlo como juego de la fantasía, y muchas
emociones penosas en si mismas pueden convertirse en una
fuente de placer para el auditorio del poeta.
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