La    Abuela

 

 

Vagabas con la Lola por los puertos

a la sombra de algún perro asturiano

y el viento costero levantaba

la falda corta de tu pobreza.

Los domingos la Doña te esperaba

majestuosa en la ermita:

“¡Virgen de Covadonga, Madre Santa,

que ahuyentaste a los moros,

ahuyenta a las penitas de jengibre

que acosan a la niña!”.

 

Huyendo del absurdo de la guerra

guardaste el aroma del marisco

cociéndose despacio

en la dulce vasija del verano,

el tácito sollozo del congrio prisionero

en una red perversa,

el módico vestido, la camisa raída 

y los zapatos de tacón ajados

en una valijita desgarbada,

primer signo visible del destierro.

 

Más acá, en el exilio,

la vida transcurrió sin sobresaltos:

un número nostálgico de días

gastados con decoro,

el corazón de espalda a los trigales,

los ojos siempre vueltos hacia España.

 

         Raquel Fernández

 

 

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