Platón
PROTÁGORAS
INTRODUCCIÓN
1. La situación del
«Protágoras» entre las obras de Platón
El Protágoras es el primero
de los diálogos mayores en cuanto a la fecha de su composición. La habilidad
literaria y la maestría expresiva con que está compuesto hacen, sin embargo,
muy inverosímil la hipótesis de algunos estudiosos -como Von Arnim, Ritter, Wilamowitz- de
que fuera el más antiguo de todos los diálogos de Platón, redactado aún en vida
de Sócrates. Pero es evidente que es una obra de la primera época de la
producción platónica, uno de los «diálogos socráticos», escrito con anterioridad
al primer viaje a Sicilia1. Comparte, en efecto, una serie de
rasgos claros con los diálogos de este período inicial, con los diálogos breves
que consideramos algo anteriores. La imagen de Sócrates parece responder por
entero a lo que creemos característico del Sócrates histórico, ocupado en
problemas de ética, interesado en «los razonamientos inductivos» (como dice
Aristóteles), sin una doctrina metafísica, sin ninguna teoría de las Ideas. Por otra parte, la discusión planteada concluye,
como en otros diálogos menores, sin haber encontrado una respuesta válida; y
esté final aporético sirve sólo para mostrar la insuficiencia del pretendido
saber de los interlocutores y para que Sócrates nos invite a proseguir en el
empeño de buscar la definición de la virtud, a persistir en la pregunta.
1. Para referencias
bibliográficas concretas sobre esta cuestión de la fecha de composición, remitimos al libro de W. K. C. GUTHRIE, A History of
Greek
Philosophy, vol. IV: Plato, the
Man and his Dialogues. Earlier Period, Cambridge,
1975, páginas 213-235.
De entre los diálogos
anteriores, más cortos, centrados en la inquisición acerca de una virtud
determinada, nos recuerda especialmente, en algún pasaje concreto, al Laques (donde ya se había propuesto como ejemplo de virtud el valor, y en
relación con éste se planteó el tema de la unidad de la areté y su proximidad al conocimiento, planteamientos
muy característicos de la encuesta socrática). Por otro lado, la perspectiva
con que el Protágoras aborda
estas cuestiones es más amplia que la mantenida en los diálogos breves, ya que
aquí no se persigue el dar la fórmula de tal o cual virtud en concreto, sino el
determinar si la areté es
enseñable en términos generales.
Ese carácter didáctico de
la excelencia moral y política que aquí viene a discutirse -que es un tema del
mayor interés en la época de la democracia ilustrada de Pericles y uno de los
lemas de la ideología de los sofistas- remite en seguida a la existencia de una
epistémē
o téchnē politiké, sobre la que los presupuestos
de Sócrates y de Protágoras son un tanto divergentes. Al final del diálogo
asistimos a un curioso cambio de posición entre los dos principales
interlocutores: Protágoras, que comenzó postulando como un hecho evidente la
enseñanza de esa areté, desconfía
de tal posibilidad, mientras que Sócrates, que comenzó por extrañarse de tal
afirmación, se ve inclinado a admitir que si la areté es conocimiento, como parece apuntarse, habrá de ser susceptible de
enseñanza. Este desconcertante giro y aparente inversión de las actitudes iniciales,
que el propio Sócrates destaca, deja la cuestión abierta a futuras preguntas.
Habrá que volver a replantearse el problema.
El Protágoras puede
también ser leído, y ha de ser leído, como un amplio proemio a otros diálogos
donde Platón vuelve a estudiar los mismos temas con un planteamiento teórico
más desarrollado sobre ideas propias ya más platónicas que socráticas,
seguramente-, ahondando en la búsqueda de los valores éticos como entidades
objetivas y transcendentes. El tema de la virtud y del conocimiento se
replantea, sobre nuevos motivos, en el Menón. El tema de las enseñanzas de la sofística y sus implicaciones morales y
políticas vuelve a discutirse en el Gorgias,
con unos tonos de crítica mucho más duros y agresivos. Tanto el uno como el
otro reciben un enfoque global en el marco de la teoría de la República. Hay una notoria progresión entre estos diálogos, un desarrollo filosófico
que se corresponde con la elaboración de la teoría platónica de las Ideas.
La gran mayoría de los
intérpretes modernos de estos diálogos están de acuerdo en asignar tales doctrinas,
posteriores a la etapa de los «diálogos socráticos», a Platón, que va mucho
más lejos que su escéptico e irónico maestro en la construcción de un universo
teórico en el que surgen una ontología idealista, una psicología, una ética y
un proyecto político interrelacionados.
Frente a esa progresión
teórica conviene destacar que la figura del Sócrates personaje de nuestro diálogo
es todavía una réplica bastante fiel de la del impenitente dialogador
callejero, profesor de ignorancia consciente, el de la proclama del «sólo sé
que no sé nada», enfrentado a los arrogantes sofistas de la Atenas ilustrada
de Pericles. Desde esta perspectiva, que insiste en el hecho de que la
filosofía platónica no reviste el
carácter de un todo previo y de que el Sócrates del Protágoras es un remedo bastante fiel del Sócrates histórico,
podemos también admitir que el hedonismo racionado, o, mejor dicho, el utilitarismo moral
de su teoría de una «métrica del placer» como regla ética., pudo ser una tesis
defendida por el viejo filósofo ateniense. Es cierto que luego Platón combatirá,
poniendo sus ideas en boca de Sócrates, ese hedonismo, en el Gorgias, en la República (505b-c)
y en el Fedón, y llegará a un análisis más profundo del concepto de
«placer» en el tardío Filebo. Pero el irónico Sócrates, amigo de
Antístenes y de Aristipo, pudo, a pesar de su ascetismo (en rigor, el ascetismo
no es incompatible con esa «métrica de los placeres») y su conocida frugalidad,
haber sostenido esta teoría. La tesis socrática (que recuerda al lector actual
un principio sustentado coherentemente por Epicuro) de que un cálculo racional
de los placeres puede convertirse en una segura regla de conducta ha sido
considerada por otros comentaristas como una afirmación convencional para la
discusión con Protágoras, tomándola como un supuesto provisional -que no
expresaría la opinión real de Sócrates, sino una concesión en favor de una
tesis de fácil consenso- para demostrar que, incluso sobre esa base, la areté
y la eudaimonía se definirían como conocimiento. Pero no vamos â entrar aquí
en la discusión sobre si este hedonismo, que ha motivado demasiadas y
minuciosas discrepancias, es auténticamente socrático 2. No
vemos reparos serios para que Sócrates no pudiera defenderlo.
2. Cf. GUTHRIE, op. cit., págs. 231 y sigs.
Y las notas de C. C. W. TAYLOR, en su comentario, Plato, Protagoras, Oxford,
1975, págs. 1611-200, que destaca las ambigüedades de expresión en esta
argumentación de Sócrates. Cf. también el estudio de T. IRWIN, Platos Moral Theory. The Early
and Middle Dialogues, Oxford,
1977, especialmente págs. 102-114.
La
conclusión del Protágoras es, como ya hemos dicho, un tanto
sorprendente. Se ha producido una curiosa inversión de las posiciones de los
interlocutores y no se ha alcanzado ninguna decisiva respuesta a lo buscado.
Para algunos este ambiguo final puede resultar decepcionante, o incluso
«irritante», adjetivo que varios estudiosos emplean para referirse a la
conducta de Sócrates en la discusión. Pero, para otros, ese final aporético sí
representa un gran progreso sobre la situación inicial: se han aclarado las
posiciones y se han descartado ciertas actitudes. En el enfrentamiento entre
Sócrates y el gran Protágoras ha quedado claro que ambos tienen no sólo
diversos métodos de filosofar, sino también diversos objetivos. Como representante
de esta opinión, citaré a A. Koyré:
«Protágoras
se inclina: Sócrates ha salido vencedor del torneo. Protágoras sabe jugar, y no
le disputa la palma; pero, ¿a qué hemos llegado, a fin de cuentas? A nada.
Pues hemos
llegado a la conclusión de que toda virtud es un saber o ciencia del bien; y si
la virtud es saber, tendría que ser posible enseñarla, ya que, como sabemos
perfectamente, lo que es ciencia se enseña, y lo que se enseña es ciencia.
Ahora bien, paradójicamente, es Sócrates, según hemos visto, quien afirma que
es ciencia y quien niega que sea enseñable, y Protágoras, que pretendía
enseñarla, quien no admite que sea ciencia.
Mas el
lector-auditor lo advierte: la contradicción y la paradoja son puramente
aparentes; pues si la virtud fuese lo que Protágoras y el vulgo llaman con ese
nombre, si fuese lo que aquél enseña a sus alumnos, con toda seguridad no sería
ciencia, y no cabría enseñarla. En cambio, si es lo que piensa Sócrates, es
decir, si fuese ciencia intuitiva de los valores y del bien, se la podría
enseñar, aunque es evidente que Protágoras no sería capaz de hacerlo. ¿Quién lo
haría, pues? También esto está muy claro: Sócrates, es decir, el filósofo;
pues esta ciencia de la `medida' de los valores y de las satisfacciones, de la
que Sócrates nos ha prometido decirnos más tarde lo que es, no es otra cosa,
según sabemos ya, que la filosofía»3.
De lo que
no cabe duda es de que el Protágoras es uno de los diálogos más
animados, más teatrales y brillantes de Platón4. Como pintura de un
ambiente y unos caracteres el Protágoras posee una gracia inolvidable,
que acreditaría a Platón como escritor dramático, y nos hace recordar la
anécdota de que éste había renunciado, por influencia de Sócrates, a su
ambición de escribir piezas para la escena. Tan sólo los diálogos más logrados
de su época de plenitud, como el Fedón, el Banquete o la República podrían
rivalizar en cuanto a ambientación y precisa representación con el Protágoras.
El relato
en primera persona, ya que es Sócrates quien recuerda la entrevista en casa del
rico Calias, adonde acudió arrastrado por el juvenil entusiasmo de Hipócrates,
le permite evocar las siluetas de los sofistas, sus gestos y sus voces, con
peculiar ironía. Y hay en esta presentación de Protágoras, y, tras él, esbozando
sus siluetas en vivaces trazos, de Hipias, de Pródico, de Alcibíades y Calias,
un humor muy diferente a la sátira dura y acerba del Gorgias. Platón
tiene hacia Protágoras un cierto respeto, y no distorsiona demasiado la figura
de este pensador, uno de los ideólogos de la democracia ateniense5.
Protágoras es, en todo momento, un conversador atento, inteligente, con una
doctrina bien asentada en tesis moderadas e ilustradas, al que los ataques
dialécticos de Sócrates acaban por poner en un brete. No hay en él esa fatua
vanidad de otros interlocutores ni es un sofista que desdeñe la influencia
moral de sus enseñanzas. Es una figura extraordinariamente simpática que sufre
la acometida del interrogatorio socrático con notable paciencia y con una
excelente buena educación. Concibe la discusión como un torneo, como la
contienda entre dos lógoi o dos
posiciones dogmáticas, al modo de las contiendas entre sofistas, y él, que se
jactaba de enseñar a «hacer más fuerte el argumento más débil, no queda en actitud
airosa sometido al método del dialégesthai y el exetázein del
«joven» Sócrates6.
3. A. KOYRÉ,
Introducción
a la lectura de Platón, traducción
española de V. SÁNCHEZ DE ZAVALA, Madrid, 1966, pág. 66. En la misma linea de
admitir que el diálogo marca un progreso sobre los anteriores, está V.
GOLDSCHMIDT, Les dialogues de Platon, París,
1947, págs. 136-143 y 212-219.
4. Cf. las
conclusiones de GUTHRIE, op. cit., pág. 235.
5. Como
reconocen incluso los críticos más duros de la filosofía socrática. Citaré, p. ej., a E. MEISKINS y N. WOOD, Class Ideology and
Ancient Political Theory, Oxford, 1978,
pigs. 128 y siguientes.
6. Sobre la
figura histórica y la importancia filosófica de Protágoras, véase el resumen de
GUTHRIE, en el vol. III de la citada obra, titulado: The Fifth-Century
Enlightenment, Cambridge, 1969, págs. 262-9, y
su bibliografía. Cf., además, F. R ADRADOS, Ilustración y política en la Grecia clásica, Madrid, 1966, págs. 202 y sigs.; D. PLÁCIDO, «El
pensamiento de Protágoras y la Atenas de Pericles», Hisp. Antiqua 3 (1973), 29-68.
2. La composición del «Protágoras»
Atender,
aunque sea de manera esquemática, a la cuidada estructura que el diálogo
ofrece, puede resultar muy interesante, para confirmar esa habilidad literaria
de Platón a que nos hemos referido. Es curioso notar cómo la composición guarda
cierta analogía con la de una pieza dramática. Siguiendo esa analogía podemos distinguir
varios actos, calificar de agón I y agón II (Vlastos, p. e., habla de primer
y segundo «round») los enfrentamientos dialécticos de Sócrates y Protágoras, y
asignar el papel de Coro al resto de los asistentes a la discusión en casa de
Calias 7.
El esquema de la obra resulta
claro, aunque se pueda hablar de un prólogo seguido de dos actos (separados por
el intermedio de 334c-338e), o bien de tres actos, como he preferido aquí.
Esta calificación de actos resulta convencional; el análisis del texto en
secciones es, a nuestro parecer, preciso y claro.
Prólogo (309a-310a).
1. Sócrates encuentra
a un amigo y comienza su relato.
Acto I (310b-319a).
2. Hipócrates acude a
Sócrates. Conversación de ambos.
3. En casa de Calias.
La reunión de sofistas (314b-316a).
4. Presentación de
Protágoras y su enseñanza.
7 Esta analogía de la
estructura del dialogo con la de una pieza teatral ha sido analizada, muy en
detalle, por P. BÁDENAS, La estructura del diálogo platónico, Madrid,
1974 (tesis doctoral inédita), págs. 64-140. Cf. también, del mismo autor, «Indicaciones para un análisis de la
estructura literaria del Protágoras», Habis 5 (1974), 37-43. G. VLASTOS,
en su trad. ingl., Indianápolis-N. York, 1956, distingue diversas secciones en
el diálogo, asignándoles un título a cada una.
Se ha sugerido,
además, que la idea del diálogo pudo tomarla Platón de una comedia, los Aduladores,
de Éupotis, representada en 421 (que conocemos sólo por una cita de
Ateneo), cuya acción tenía lugar en la mansión de Calias, adonde acudían los
sofistas -entre esos «aduladores» se encontraban Protágoras y Sócrates. Es
obvio, sin embargo, que si Platón tomó algo de esta pieza, puesta en escena
unos cuarenta años antes de que él escribiera el diálogo, sería sólo el marco
escénico.
Acto II (319a-3340.
5. Objeciones de
Sócrates.
6. Discurso de
Protágoras: mito de Prometeo (320c-323a),
seguido de explicación y apología (323a-328d).
7. Reparos de Sócrates
y diálogo entre S. y P.
Intermedio (334e-338e).
8. Intervenciones
conciliadoras.
Acto III (338e-347a).
9. Comentario poético
de Simánides por Sócrates.
10. Vuelta al diálogo (347b-349d).
11. Segundo diálogo
entre S. y P. acerca de la unidad de la virtud, y su relación con el
conocimiento.
Epílogo (360e-362a).
12. Inconclusión y
despedida.
Podemos considerar como primer motivo del diálogo el de: « ¿qué es un sofista y qué es
lo que enseña?». Para introducirlo Platón ha recurrido a la figura del joven
Hipócrates, entusiasta e ingenuo, que acude a despertar a Sócrates, como
introductor en ese ámbito de los sabios albergados en casa del rico Calias. El
diálogo entre Sócrates y el ingenuo Hipócrates, mientras clarea la mañana, es
una muestra de la habilidad literaria de Platón, como también la escena de la
entrada en la mansión del mecenas ateniense de los sofistas. «¿Pero tú sabes
a qué peligro vas a exponer tu alma?», le pregunta Sócrates al muchacho. Y da
una primera definición de un sofista, maliciosamente: «viene a ser como un
traficante o tendero de los alimentos del alma». Frente a esta primera cautela
de Sócrates se sitúa la profesión de fe de Protágoras, orgulloso de su
enseñanza y de su reputación. Pretende enseñar la ciencia política y hacer a
los hombres mejores ciudadanos,
resume Sócrates. ¿Pero es eso posible? ¿Puede enseñarse la areté en la
que se funda el arte político, esa téchnē politikē, que
Protágoras dice profesar?
Con estos
reparos de Sócrates se abre el segundo tema: «si es enseñable la virtud
política». Protágoras da una magnífica demostración de su elocuencia por medio
de un largo discurso, que comienza con un mito, el de Prometeo y los orígenes de la
civilización, y prosigue con una explicación racional de su tesis: todos los
hombres están dotados y deben participar de la política, y estas capacidades
para la convivencia civilizada pueden mejorarse con la enseñanza en que son
maestros los sofistas. El discurso de Protágoras es admirable, por su estilo
oratorio, y por las ideas que presenta, que corresponden en buena medida a las
defendidas por este pensador democrático de la época de Pericles. Pero Sócrates
no está contento de ese tipo de argumentación y quiere traer la cuestión a otro
terreno, al coloquio por preguntas y respuestas breves y precisas. Al método
sofístico de los grandes discursos, la makrología, opone el método
dialéctico, de pregunta y respuesta seguidas y breves, la braquilogía, típica
de su mayéutica de la definición. Protágoras recela y se necesita la
intervención conciliadora de otros contertulios -de Hipias, Pródico, Calias y
Alcibíades- para que acceda a proseguir la discusión.
Ahora -en
lo que hemos analizado como primera parte del «Acto III»- es Sócrates quien se
lanza a un largo discurso, comentando un poema de Simónides de Ceos. Con la
mayor habilidad parodia así uno de los procedimientos habituales de la
Sofística. Los poetas habían sido los primeros educadores de los griegos,
antes de que los sofistas pretendieran asumir su relevo. La enseñanza moral del
texto de Simónides es distorsionada por los manejos exegéticos de Sócrates
hasta extremos de notoria paradoja. Esta manipulación del texto comentado tiene
algunos rasgos de brillante ironía, como cuando se cita a los espartanos como
los más férvidos amantes del saber y de la discusión intelectual y se asegura
que las expulsiones temporales de extranjeros de Esparta están justificadas
porque los espartanos se dedican entonces en secreto a verdaderas orgías de
intelectualismo y estudio. En cierto modo, este largo discurso hace pendant al
largo discurso de Protágoras. El sofista había manipulado un mito, y ahora
Sócrates manipula, descaradamente, un poema lírico8. Es
el propio Sócrates quien reconoce haber estado jugando hasta llegar al absurdo
y quien propone, recalcando una vez más la oposición de métodos, volver al
coloquio por preguntas y respuestas, en busca de una definición.
De nuevo se
reanuda la cuestión sobre la unidad de la virtud, se pone el ejemplo del valor,
y se continúa con el tema, característico de las encuestas de Sócrates, de la
fundamentación de la virtud en el conocimiento, y de la moral, por tanto, en
una ciencia. Protágoras, un tanto a su pesar, se ve arrastrado por Sócrates
hasta admitir que la virtud supone el conocimiento. Pero, entonces, advierte
Sócrates, tendría que ser enseñable si es que tiene algo de ciencia.
He aquí
que, como Sócrates destaca, parecen haberse invertido las posiciones iniciales
de ambos, porque ahora es Protágoras quien desconfía que la virtud sea una
ciencia susceptible de ser enseñada, mientras que él se vería abocado a
admitirlo.
Habrá que
seguir investigando. Protágoras se despide con buenas palabras y pronostica un
brillante futuro al diestro antagonista que ha encontrado en Sócrates.
8. De todos modos, entre la manipulación del mito de Prometeo por
Protágoras (cf. C. GARCÍA GUAL., Prometeo: mito y tragedia, Madrid, 1980, págs. 52-68) y el descarado y arbitrario manejo del poema
de Simónides, media un largo trecho. Ese es uno de los pasajes en que algunos
modernos estudiosos encuentran «irritante» la conducta de Sócrates. Pero éste
está parodiando, reduciéndolo a caricatura, un procedimiento de la habitual
práctica pedagógica de los sofistas para mostrar que sólo mediante el diálogo
ceñido al tema, sólo mediante su propio método, puede llegarse a resultados
convincentes.
PROTÁGORAS
AMIGO,
SÓCRATES
309a
AMIGO. - ¿De dónde sales, Sócrates?
Seguro que de una partida de caza en pos de la lozanía de Alcibíades.
Precisamente lo vi yo anteayer y también- a mí me pareció un bello mozo
todavía, aunque un mozo que, dicho sea entre nosotros, Sócrates, ya va
cubriendo de barba su mentón1.
b
SÓCRATES. - ¿Y qué con eso? ¿No eres tú, pues, admirador de
Homero, quien dijo2 que la más agraciada adolescencia era la del
primer bozo, esa que tiene ahora Alcibíades?
AM. - ¿Qué hay, pues, de nuevo? ¿Vienes, entonces, de su
casa? ¿Y cómo se porta contigo el muchacho?
SÓC. -Bien,
me parece a mí, y especialmente en el día de hoy. Que mucho ha dicho en mi
favor, socorriéndome, ya que, en efecto, ahora vengo de su casa. Pero voy a
decirte algo sorprendente. Aunque él estaba allí, ni siquiera le prestaba mi
atención, y a menudo me olvidaba de él.
c
AM. - ¿Y qué cosa tan enorme puede haberos ocurrido a ti y a él? Porque,
desde luego, no habrás encontrado a alguien más bello, en esta ciudad al menos.
SÓC. -Mucho
más todavía.
AM. -¿Qué dices? ¿Ciudadano o extranjero?
SÓC. -
Extranjero.
AM. -¿De dónde?
SÓC. -De Abdera
3.
AM. - ¿Y tan hermoso te pareció ser ese extranjero, al punto
de resultarte más bello que el hijo de Clinias?
1. Platón alude, en varios pasajes, a la atracción
que Sócrates sentía por los jóvenes de hermosa apariencia física y bien dotados
intelectualmente (cf. Cármides
155c-e; Banquete 216d; Alcibíades I 103a-104d; Gorgias 481d). Esa atracción se expresa
con frecuencia en términos eróticos; pero no hay razones para dudar del
testimonio explícito de Platón de que ese eros socrático no
comportaba una experiencia física homosexual, al modo del llamado «amor dorio».
El testimonio puesto en boca de Alcibíades en el Banquete (215a-219d) es
clarísimo al respecto; y en la sociedad griega de la época no había motivo para
mostrarse cauteloso en la materia. Ese impulso erótico «sublimado» conducía a
Sócrates a velar por la educación moral y espiritual del amado, de acuerdo con
la doctrina sobre el amor expuesta a través de la referencia a la profetisa
Diotima en el Banquete 201d-212a. La admiración de Sócrates, asiduo
visitador de los gimnasios de Atenas, por los muchachos es, por otro lado, un
rasgo típico de este filósofo, evocado reiteradamente en los diálogos primeros
de Platón (Laques, Cármides, Lisis). En sus relaciones con distintos
jóvenes, discípulos ocasionales de su afán propedéutico, destaca la que mantuvo
con Alcibíades. Este enfant terrible de la política ateniense fue,
sin duda, el favorito de Sócrates entre sus jóvenes amigos aristocráticos
durante cierto período, aunque luego escapó a su influencia moral. Como es bien
sabido (por la alusión de PLATÓN en la Apología 33a-b, y la de JENOFONTE en Memorables I 1,
12-16), estas relaciones de Sócrates con Alcibíades y con Critias, los cuales
en su actuación política posterior tan dañinos serían a la democracia,
influyeron notablemente en su condena bajo el pretexto de «corromper a los
jóvenes»- La La traducción de kalós anér
por «bello mozo» es un tanto coloquial, como lo es el tono del pasaje. Lo de
«todavía» se refiere a que la mejor edad del «amado» (ho erōmenos) es
la de «jovencito barbilampiño», según la convención erótica al uso (cf. Alcibíades I 131d).
2. HOMERO, Ilíada XXIV 348; Odisea X
279.
3. Abdera, en la
costa de Tracia, fue el lugar natal de Protágoras y de Demócrito.
SÓC. - ¿Cómo no va a parecer más bello lo que es más sabio,
querido amigo?
d
AM.-Entonces es que acabas de
encontrar a algún sabio. ¿No, Sócrates?
SÓC. -Al más sabio, sin duda, de los de ahora, si es que consideras
muy sabio a Protágoras.
AM. - ¿Pero qué dices? ¿Protágoras ha venido de viaje?
SÓC. - Ya
es su tercer día aquí.
310a
AM. - ¿Y, por tanto, vienes de estar con él?
SÓC. - Y de hablar y oír muchísimas cosas.
AM. - ¿Es que no vas a contarnos la reunión, si nada te lo
impide, sentándote aquí, en el sitio que te cederá este esclavo?
SÓC. -Desde
luego. Y os daré las gracias por escucharme.
AM. -Más bien nosotros a ti por hablar.
SÓC. -Va a
ser un agradecimiento mutuo. Así que oíd.
b
En esta noche pasada, aún muy de
madrugada, Hipócrates, el hijo de Apolodoro y hermano de Fasón, vino a aporrear
con su bastón la puerta de mi casa a grandes golpes. Apenas alguien le hubo
abierto entró directamente, apresurado, y me llamó a grandes voces:
-¿Sócrates,
dijo, estás despierto, o duermes? Al reconocer su voz, contesté:
-¿Hipócrates
es el que está ahí? ¿Es que nos anuncias algún nuevo suceso?
-Nada,
contestó, que no sea bueno.
-Puedes
decirlo entonces. ¿Qué hay para que hayas venido a esta hora?
-Protágoras
-dijo, colocándose a mi lado- está aquí.<
-Desde
anteayer, le dije yo. ¿Acabas de enterarte ahora?
d c
-Por los dioses, dijo, ayer
noche. Y tanteando la cama se sentó junto a mis pies, y continuó: Ya de noche,
desde luego muy tarde, al llegar de Énoe 4. Mi esclavo
Sátiro se había fugado. Venía entonces a decirte que iba a perseguirlo, cuando
me olvidé por algún motivo. Cuando regresé y, después de haber cenado, nos
íbamos a reposar, en ese momento mi hermano me dice que Protágoras estaba aquí.
Todavía intenté en aquel instante venir a tu casa; luego, me pareció que la
noche estaba demasiado avanzada. Pero, en cuanto el sueño me ha librado de la
fatiga, apenas me he levantado, me trasladé aquí.
Como yo me
daba cuenta de su energía y su apasionamiento, le dije:
-¿Qué te
pasa? ¿Es que te debe algo Protágoras?
É1 sonrió y
dijo:
-¡Por los
dioses!, Sócrates, sólo en cuanto que él es sabio, y a mí no me lo hace.
e
-Pues bien, ¡por Zeus!, si le
das dinero y le convences, también a ti te hará sabio.
311a
-¡Ojalá, dijo, Zeus y dioses,
sucediera así!. No escatimaría nada de lo mío ni de lo de mis amigos. Pero por
eso mismo vengo a verte, para que le hables de mí. Yo, por una parte, soy
demasiado joven y, por otra, tampoco he visto nunca a Protágoras ni le he oído
jamás. Era un niño cuando él vino aquí en su viaje anterior5. Sin
embargo, Sócrates, todos elogian a ese hombre y dicen que es sapientísimo.
¿Pero por qué no vamos a donde se aloja, para encontrarle dentro? Descansa, según he oído, en casa de Calias el hijo de Hipónico. Vamos
ya.
4. Oinóē, es
decir, la «Vinosa», era un demos próximo
a Eléuteras, en el camino hacia Tebas. El esclavo fugitivo pretendía
seguramente escapar del Ática a través de la frontera beocia.
5. Probablemente hacia el 445 a. C., cuando
recibió de Pericles el encargo de preparar el código de leyes para la colonia
panhelénica de Turios, fundada en 443.
Entonces le dije yo:
-No vayamos todavía
allí, amigo mío, que es temprano; pero salgamos aquí al patio, y dando vueltas
de acá para -allá, hagamos tiempo charlando hasta que haya luz. Luego, iremos.
Casi todo el tiempo lo pasa Protágoras en la casa, de modo que, ten confianza,
lo encontraremos, según lo más probable, dentro.
b
Después de esto, nos levantamos y
paseábamos por el patio. Entonces yo, poniendo a prueba el interés de
Hipócrates, le examinaba, con estas preguntas:
-Dime, Hipócrates,
ahora intentas ir hacia Protágoras, y pagarle dinero como sueldo por cuidar de
ti. ¿Qué idea tienes de a quién vas a ir, o de quién vas a hacerte? Por
ejemplo, si pensaras ir junto a tu homónimo Hipócrates, el de Cos, de los Asclepíadas, y pagar dinero como
sueldo por ocuparse de ti, si alguno te preguntara: «¿Dime, vas a pagarle,
Hipócrates, a Hipócrates en condición de qué?»
c
-Le diría que como a médico.
-¿Para
hacerte qué?
-Médico,
dijo.
-Y si pensaras
llegarte a casa de Policleto, el de Argos, o de Fidias el ateniense y darles un
pago por tu persona, si uno te preguntara: «¿Al pagar este dinero, qué idea
tienes de lo que son Policleto y Fidias?»6, ¿qué responderías?
6. Tanto Hipócrates como Fidias y Policleto eran, en la época, los
maestros más famosos en sus artes respectivas. En cuanto profesionales (technítai) que ejercen un oficio público (dēmiourgoí), estaban
capacitados para enseñar sus técnicas, a cambio de un salario, a sus
discípulos. El médico aparece ya como demiurgo en la épica homérica; el escultor es también una figura tradicional en
la Atenas de Pericles; el sofista ejerce, en cambio, una ocupación más moderna
y de un prestigio más ambiguo. En el Menón 91d, se menciona, conjuntamente, a Protágoras y a Fidias en conexión
con el tema de sus honorarios. Las críticas de Platón contra la enseñanza
cobrada de los sofistas reflejan un cierto prejuicio aristocrático. Y, aunque
un tanto anecdóticamente, es un punto en el que éstos contrastan con Sócrates,
buscador desinteresado de la verdad, que no se proclama maestro en nada ni de
nadie y no vende sus lecciones. Aunque, según refiere irónicamente Platón, el
mismo Sócrates habría pagado por alguna disertación -de las más baratas- de
Pródico (Crátilo 384b), ofrecida precisamente
en casa del rico Calias (Axíoco
366c).
-Diría que escultores.
Así pues, ¿qué te
harías tú mismo?
-Evidentemente,
escultor.
e d
-Vaya, dije. Ahora, pues, al acudir a
Protágoras tú y yo estaremos dispuestos a pagarle un dinero como sueldo por tu
persona, si nos alcanzan nuestros recursos y le convencemos con ellos, y si
no, aun disponiendo de los recursos de nuestros amigos. Si entonces alguien, al
hallarnos tan decididamente afanosos en esto, nos preguntara: «Decidme,
Sócrates e Hipócrates, ¿qué opinión tenéis de lo que es Protágoras al darle
vuestro dinero?», ¿qué le responderíamos? ¿Qué otro nombre hemos oído que se
diga de Protágoras, como el de «escultor» se dice de Fidias y el de «poeta»,
de Homero, qué calificación, semejante, hemos oído de Protágoras?
-Sofista, desde luego,
es lo que le denominan, Sócrates, y eso dicen que es el hombre, contestó.
-¿Cómo a un sofista,
por tanto, vamos a pagarle el dinero?
-Exacto.
312a
-Si luego alguno te preguntara también
esto: «¿Y tú, en qué tienes intención de convertirte al acudir a Protágoras?»
Y él me dijo,
ruborizándose7 -como apuntaba ya algo el día pude notárselo-:
-Si va de
acuerdo con lo anterior, evidentemente con la intención de ser sofista.
-Y tú, le
dije, ¡por los dioses!, ¿no te avergonzarías de presentarte a los griegos como
sofista?
b
-Sí, ¡por Zeus!, Sócrates, si
tengo que decir lo que pienso.
-Pero tal
vez, Hipócrates, opinas que tu aprendizaje de Protágoras no será de ese tipo,
sino más bien como el recibido del maestro de letras, o del citarista, o
del profesor de gimnasia, de quienes tú aprendiste lo respectivo a su arte, no
para hacerte profesional, sino con vistas a tu educación, como conviene a un
particular y a un hombre libre.
-Exactamente;
desde luego me parece, dijo, que es algo por el estilo mi aprendizaje de
Protágoras.
-¿Sabes,
pues, lo que vas a hacer, o no te das cuenta?, dije.
-¿De qué?
c
-Que vas a ofrecer tu alma, para
que la cuide, a un hombre que es, según afirmas, un sofista. Pero qué es un
sofista, me sorprendería que lo sepas. Y si, no obstante, desconoces esto,
tampoco sabes siquiera a quién entregarás tu alma, ni si para asunto bueno o
malo.
-Yo creo
saberlo, dijo.
-Dime, ¿qué
crees que es un sofista?
-Yo, dijo,
como indica el nombre, creo que es el conocedor de las cosas sabias8.
7. Aunque los sofistas
tuvieron una excelente acogida en ciertos ambientes ilustrados, como, p. ej.,
en la casa de Calias, y aunque gozaron de fama y de notable atracción como
maestros de elocuencia, un joven ateniense, de buena familia y posición
respetable, no dejaba de ver a estos personajes, sabios itinerantes, bajo una
luz ambigua. (Guthrie ha comparado el aprecio que rodeaba a los sofistas en
esos medios ilustrados con la admiración por los cantantes de ópera en algunos
salones decimonónicos.) El avanzado Calicles, oyente de Gorgias, rechaza con
decisión el aspecto profesional de esos educadores (Gorgias 520a). La
hostilidad de otro sector, más reaccionario y un tanto popular, hacia ellos,
como posibles corruptores de la juventud por su crítica de los valores
tradicionales, puede verse reflejada en las Nubes de Aristófanes.
8. Hipócrates
relaciona el nombre de sophistés con el adjetivo sophós, «sabio»,
y con la raíz -ist- de epístasthai «conocer».
Realmente, sophistés está
relacionado, como nombre de agente, con el verbo sophízesthai, «ser
sabio». En un principio, el sophistés es el entendido en algo, con un
valor semántico próximo al de sophós, como «experto» (aunque sophós tiene
también un valor amplio más general); posteriormente, y por oposición al
término philósophos, el vocablo tomó una connotación peyorativa, que ya
se deja sentir en ciertos textos platónicos. (Cf. P. GROENEBOOM, Aeschylus'
Prometheus, Amsterdam, 1966 [1a. ed., 1928], pág. 97, que reúne los
principales ejemplos de esa derivación en época clásica.)
d
-Pero, contesté, eso se puede
decir también de los pintores y los carpinteros, que ellos son conocedores de
cosas sabias. Luego si alguien nos preguntara: ¿De qué cosas sabias son
conocedores los pintores?, le contestaríamos, sin duda, que de las que respectan
a la ejecución de las imágenes y demás cosas por el estilo. Pero si alguno nos
preguntara: «¿El sofista en cuál de las cosas sabias es entendido?», ¿qué le
responderíamos? ¿De qué actividad es maestro?
-¿Qué podríamos,
Sócrates, decir que es éste, sino que es un entendido en el hacer hablar
hábilmente9?
e
-Tal vez, dije, diríamos una verdad, pero no del todo. Porque nuestra
respuesta reclama aún una pregunta acerca de sobre qué el sofista hace hablar
hábilmente. Sin duda, como el citarista, que hace hablar con habilidad sobre lo que es
conocedor precisamente, sobre el arte de la cítara, ¿no?10.
-Sí.
-Bien. ¿El sofista, entonces, sobre qué asunto hace hablar hábilmente? ¿Está
claro que acerca de lo que tenga conocimientos?
-Es
natural.
-¿Qué es
eso en lo que él, el sofista, es conocedor, y lo hace a su discípulo?