PLATÓN
MENÉXENO
INTRODUCCIÓN
El Menéxeno es un epitafio o discurso fúnebre
convencional, enmarcado en dos partes dialogadas que sirven de preámbulo y
epílogo. El interlocutor de Sócrates es, en este caso, el joven Menéxeno,
perteneciente a una familia de cierta raigambre en la vida pública, que ha llegado
a la edad de la efebía y está en posesión de los derechos que confiere la
legislación ateniense. Menéxeno, que se muestra muy interesado por la
oratoria, informa a Sócrates sobre la elección del orador encargado de
pronunciar la oración fúnebre anual. Sócrates, en un tono irónico y arrogante,
y en un contexto que desvirtúa algunas de sus afirmaciones habituales,
desmitifica ante el joven las tareas de los oradores e insiste, sobre todo, en
la facilidad con que elaboran este tipo de discursos1. Él mismo se
ofrece a pronunciar uno muy concreto: el que ha aprendido de Aspasia, la
famosa hetera jonia, compañera de Pericles, compuesto a base de la soldadura de
partes improvisadas y restos de un anterior discurso que había escrito para
aquél. A continuación, Sócrates comienza su peroración por el elogio de los
muertos en el combate, continúa con la relación de los acontecimientos
históricos más destacados hasta la paz de Antálcidas, y finaliza con la prosopopeya
de los muertos -que exhortan a sus descendientes a tenerlos presentes e
imitarlos- y con una consolación a los padres, en que se recuerdan los
desvelos del Estado para con ellos y para con los huérfanos de los
desaparecidos.
1 Para el personaje de Sócrates en el ámbito del Menéxeno,
véase R. CLAVAUD, Le «Ménexène» de Platon et la rhétorique de son temps, París, 1980, págs. 110 y sigs.
De todas las obras de Platón, el Menéxeno es,
en relación con su brevedad, la que más controversias ha suscitado. La
vastísima exégesis crítica desencadenada desde el siglo XIX, que en ocasiones
ha contribuido a acrecentar su carácter enigmático, da buena prueba de ello. La
razón para tantas dificultades en la interpretación es que resulta difícil hallar,
en una obrita tan corta, mayor número de errores -por no decir falsedades-,
anacronismos y exageraciones. Todo ello, por otra parte, sustentado en una
ironía convenientemente matizada y en una constante ambigüedad. Por lo demás,
no faltan tampoco a lo largo del discurso las sugerencias de tipo moral y las
disquisiciones políticas. En cuanto a los planteamientos filosóficos que cabría
esperar, son más bien marginales, escasos y se encuentran supeditados a la
particular significación del ámbito del discurso.
El Menéxeno continúa la antigua tradición del
epitafio2. Cierto es que hay en el tratamiento platónico algunas
innovaciones', pero, en general, el parentesco con la concepción anterior del
género es muy notable. Su estructura es la habitual en los discursos fúnebres
conservados, desde el de Pericles (TucíDmES,1135 ss.), hasta el atributo a
Demóstenes (LX), pasando por el
quizás auténtico de Lisias (II) y el, con toda certeza, genuino de
Hiperides (VI). En todos ellos encontramos el
esquema característico: en primer lugar, el encomio de los héroes muertos o desaparecidos
en el combate; en segundo lugar, la consolación a los vivos, padres y
huérfanos de aquéllos. A su vez, en la composición de la primera parte aparecen
los temas usuales de la autoctonía del país, el elogio de la nobleza de
crianza y educación, el catálogo de las leyendas, etc. A esto seguía la
relación de hazañas, tanto en tierra como en el mar, comenzando siempre por la
gesta de las Guerras Médicas.
2. Sobre la formación y desarrollo de las oraciones
fúnebres, cf. W. KIERDORF, «Erlebnis und Darstellung der Perserkriege», Hypomnenzata 16 (1966). Para la incorporación del discurso fúnebre a las
ceremonias de las epitáphia, cf. ibid.,
pág.
95.
3. La más importante de las cuales es, sin duda, la
prosopopeya de los muertos, figura retórica ausente de los demás epitafios. Cf. CLAVAUD, Le
«Ménexéne»..., págs. 221-223; 203 y sigs.
En cuanto a la segunda parte, la consolación a los
padres y el tema de la solicitud del Estado por los huérfanos, son igualmente
tópicos constantes.
Además de la identidad temática, destacan también
los paralelismos en los aspectos estilísticos, aunque Platón ha llevado a los
últimos extremos el tratamiento de las figuras de retórica y de pensamiento4.
Por eso, está fuera de toda duda que, en este aspecto de la cuestión, la vinculación
del Menéxeno con el
discurso fúnebre de Gorgias, modelo primerísimo para la elaboración de la prosa
artística, es obligada. En el texto de Gorgias (Fr. B 5 A, D. K. - Cf. A 1, D-K), a pesar de la brevedad del fragmento que
conservamos, se encuentran ya recogidas la mayor parte de las figuras
utilizadas por Platón.
Tampoco son exclusivas del Menéxeno las
falsedades y exageraciones. Precisamente, Sócrates se refiere en el prólogo,
con sutil ironía, a la extraordinaria habilidad de los oradores para, por así
decirlo, apañar el discurso y hechizar con sus palabras al auditorio; la
práctica consistía en aprovechar, ante todo, los datos que aportaba la tradición
y en elaborar con ellos un encomio general, en el que las deformaciones de lo
real -ocultamiento de lo adverso y negativo, exaltación de lo favorable y
glorioso- conformasen el tono solemne y patriótico del discurso.
4. Cf., para el inventario y análisis de estas figuras,
CLAVAUD, ibid., págs. 229-244.
Más difícil resulta determinar qué motivos impulsaron
a Platón a escribir este epitafio y con qué finalidad. Determinar, en suma, el
sentido del discurso.
El contenido del prólogo es, a este respecto,
sumamente ilustrador. Ya la primera referencia a la temporalidad del quehacer
filosófico y de la paideía está planteada en función de la ironía.
Sabemos, con certeza, que tanto Platón como Sócrates proponían una actividad
filosófica duradera en contra del pensamiento sofista, que hacía de la
filosofía una mera etapa del saber, inferior en sus cometidos a la praxis
política. Por tanto, la opinión aquí recogida no deja duda acerca de su
carácter anecdótico (Menéx. 234a).
Tampoco
ofrece duda el carácter paródico de la descripción de las oraciones fúnebres
que hace Sócrates: ellas desdeñan la verdad; ejercen como una especie de
encantamiento sobre el auditorio, ya predispuesto, a base de recursos de
oratoria; encomian no sólo a los muertos, sino también a los antepasados, al
Estado e, incluso, a los vivos; en fin, buena parte de esos discursos están ya
elaborados de antemano (234c, ss.). También es preciso interpretar
en el mismo sentido las referencias a Aspasia, o mejor a su método de
«soldadura» para construir discursos, y a Conno, un músico mediocre, objeto, a
menudo, de las burlas de los cómicos. Resulta difícil, en efecto, creer que
Platón podía poner en situación de inferioridad, como se deduce del texto, al
orador Antifonte y al músico Lampro, ambos de excelente reputación, en relación
con los otros dos personajes. Pero, además, Sócrates no esconde sus propósitos
acerca del discurso que se dispone a pronunciar: Menéxeno ha replicado a sus
primeras palabras con un reproche a sus incesantes burlas de los oradores. A esto
responde Sócrates que él mismo podría pronunciar una oración fúnebre « sin
emplear nada de su propia cosecha». Da a entender, de este modo, que no está
en su ánimo pronunciar un discurso modelo, un epitafio que corrija los
defectos o modifique los matices descuidados por otros epitafios. Parece claro
que el discurso que seguirá sólo puede entenderse como una brillante ilustración
de la parodia que previamente se ha desarrollado en el prólogo. Y, en
realidad, su estructuración obedece a esta premisa, pues además de las
distorsiones de la verdad y del tono de engañosa exaltación en que se encuadra
el elogio, el uso de las figuras de estilo y de pensamiento siguen también el
esquema convencional propio de las escuelas de la retórica.
Mas si no cabe duda de que el énfasis está puesto en
la ironía, tampoco puede pasarse por alto el patetismo y la gravedad de la
segunda parte del discurso. Platón no renuncia aquí a los procedimientos deformantes
de los oradores, pero introduce planteamientos y sugerencias de carácter moral
que hacen pensar en que muy bien pudo verse inclinado a adoptar, al margen de
la parodia, una actitud comprometida. Estaríamos entonces, aunque no parece
probable, ante una dualidad de criterios para la elaboración de la obrita. En
cualquier caso, son éstos los extremos sobre los que gravita la crítica del Menéxeno
que se pregunta si, en definitiva, se trata de una obra seria o de una obra
paródica; si el acento está puesto en la ironía o en las reflexiones que se
deducen de la segunda parte del discurso; si ambos tratamientos, en fin, tienen
acomodo a lo largo de la oración fúnebre propiamente dicha.
Las menciones del Menéxeno en la antigüedad
no son muy abundantes. Son escasos también los datos que aporta esta crítica,
sobre todo, formal: el Menéxeno aparece valorado en relación con otras
obras similares, siempre en función del arte de la retórica, y no se le analiza
en su conjunto, como un todo homogéneo, sino separadamente, enjuiciando las
partes en su opinión más destacadas y prescindiendo del diálogo, donde
casualmente reside la clave de la ironía. De todas formas, Dionisio de Halicarnaso,
aun sin ver en ello un deliberado propósito de Platón, ha estimado como
anómalos y carentes de sentido algunos planteamientos
de la primera parte del discurso (Demótenes 24-27), lo que no es poco, si, como parece, el Menéxeno
es una composición paródica. Por el contrario, Plutarco considera
superficial y burlesco el prólogo, pero no así el discurso (Vida de Pericles
24, 7). En este
análisis esquemático abundan otros autores, ya de la antigüedad tardía, como
Clemente de Alejandría (Pedagogo 11
69, 3) y, particularmente, Estobeo (4, 1, 86; 3, 38, 49; 3, 9, 28; 4, 39, 24; etc.), que se
limitan a detraer, de algunas partes de la prosopopeya, ciertas sugerencias de
tipo moral 5.
En cuanto a la crítica moderna, las soluciones
propuestas son muy diversas. El punto de partida más notable sigue siendo la
excelente disertación de Th. Berndt 6. Es crita en el
riguroso latín académico, algunas de sus conclusiones resultan definitivas aún
hoy. La tesis fundamental de Berndt es que el Menéxeno forma un todo
coherente y que Platón ha utilizado magistralmente los recursos de los
oradores con el fin de ridiculizarlos. Todas las extravagancias, exageraciones,
anacronismos, etc., que nos es dado reconocer en el texto están al servicio de
un proyecto voluntario de Platón: criticar con sus mismas armas a los cultivadores
de la retórica, y muy especialmente a Gorgias. En este sentido, no puede
hablarse de dos partes diferenciadas en el Menéxeno, una burlesca y
satírica, otra seria, sino de una sola estructura, esencialmente paródica, en
la que no tienen cabida ni las ideas morales, ni las políticas ni siquiera las
filosóficas.
5. Un completo estudio de los testimonios de los
escritores antiguos sobre el Menéxeno puede verse en CLAVAUD, ibid.,
págs.
17-35.
6. TH.
BERNDT,
De ironia Menexeni Platonici, Miinster, 1881.
A partir del trabajo de Berndt podemos distinguir
tres grupos bien diferenciados de intérpretes. Un primer grupo concibe el Menéxeno
como una obra seria, comprometida, en la que los anacronismos y demás deformaciones
de lo real serían tan sólo pinceladas anecdóticas ajenas a su auténtica
significación7.
Un segundo grupo trata, ante todo, de conciliar lo
que de serio e irónico se nos aparece en el texto. De acuerdo con la opinión
más general de estos estudiosos, Platón habría querido, en un principio,
competir con las escuelas de oratoria, entonces tan en boga, y demostrar su capacidad
en la elaboración del género, pero, al mismo tiempo, habría introducido otras
cuestiones ético-filosóficas y políticas, que obligan a analizar ciertas
partes del discurso al margen de los límites de lo paródico. Algunos, como
Pohlenz, Friedlaender, Kennedy8, pretenden, de
este modo, insertar una obra, a la que, en general, consideran bufonesca y
satírica, en el esquema de las habituales preocupaciones del pensamiento
platónico. Otros autores, dentro de esta misma tendencia, acentúan aún más, si
cabe, lo profundo, lo comprometido, y relegan lo superficial e irónico a un
plano secundario. De acuerdo con su interpretación, Platón intentaría acomodar
estas últimas manifestaciones a su objetivo primordial de adoptar una actitud
crítica, con respecto a la situación política o social de la Atenas de la época
9.
7. Para O. WICHMANN, Platon. Ideelle Gesamidarstellung und Studienwerk, Darmstadt, 1966, págs. 235-243, el
Menéxeno debe inscribirse en el marco de la concepción platónica de la manía,
del ideal del instinto divino que posibilita la abstracción de lo real y la
inclinación hacia las más elevadas empresas, lo cual explicaría el tono
patético del discurso. Sócrates representaría, de este modo, un papel similar
al de su aparición en el Critón.
(cf. n. 15 al texto). Por su parte U. VON WILAMOW1TZ, Platon, Berlín, 1920,
págs. 127 y sigs., sostiene la tesis de que el Menéxeno es un testimonio
evidente del afán de Platón por sustraerse a los planteamientos exclusivamente
esotéricos, con el fin de divulgar su concepción de la supremacía de las ideas
aristocráticas.
8. M. POHLENZ, Aus Platos Werdezeit, Berlín, 1913, págs. 256-309; P. FRII:DLAENDER,
Platonisclie Schriften, 11, Berlín, 1930, págs. 219-231; G. KENNEDY, The art of persuasion in Greece, Princeton,
1963, págs. 158-164.
9. Así, para P. M. HUBY, «The Menexenus reconsidered», Phronesis
II,
2 (1957), 104-114, lo más destacable del contenido del Menéxeno sería el testimonio
de rechazo de la supresión de las medidas económicas que amparaban a los
huérfanos de los desaparecidos en la guerra. (Cf. n. 8 al texto.) Para I. VON LOEWENCLAU, Der platonische «Menexenos», Stuttgart, 1961, págs. 104 y sigs., Platón se habría propuesto con el
discurso dejar una muestra de su simpatía por la antigua Atenas, en oposición a
la ciudad imperialista y autoritaria que aparece en la descripción de Tucídides.
- Los mismos derroteros siguen las tesis de N. SCHOLL, Der Platonische «Menexenos», Roma, 1959; K. GAISER, Platons ungeschriebene Lehre,
Stuttgart, 1963, págs. 250-251; y, sobre todo, C.
H. KAHN, «Plato's funeral oration: the motive of
the Menexenos»,
Classical Philology 58 (1963), 220-234, para quien el Menéxeno, à partir de la supuesta
vinculación que señala entre Platón y Tucídides, vendría a constituir, de
hecho, una especie de panfleto político dirigido contra el imperialismo
ateniense.
Finalmente, un tercer
grupo de autores, entre los que sobresalen L. Méridier, y N. Loraux 10, ve,
sobre todo, en el Menéxeno una
perfecta parodia del arte de la elocuencia y un acabado modelo de «pastiche»
en el que se recogen, siempre matizadas por la ironía, las exageraciones y
deformaciones habituales de los oradores. A esta tendencia interpretativa
pertenece también el estudio de R. Clavaud, el más reciente y, a nuestro
juicio, el más importante de los que integran la amplísima bibliografía sobre
el Menéxeno. Para su
análisis, Clavaud toma como punto de partida el trabajo ya mencionado de Th. Berndt, de quien acepta la consideración de la obrita como un todo
organizado, en el que aparecen, en estrecha relación, las partes dialogadas y
el discurso propiamente dicho. De Berndt aprovecha también el método de
análisis para inventariar las figuras de estilo y pensamiento y las sugerencias
respecto de la influencia de la retórica y la sofística, sobre todo de Gorgias.
Pero su análisis va mucho más lejos: en su opinión, Platón habría compuesto «un
arme de guerre»11, una demostración de lo que un discurso no
debe ser, una exposición absolutamente paródica de los métodos de la elocuencia
tradicional, sin tener en cuenta cualquier otra consideración filosófica o
moral. Por tal motivo, Platón no habría dirigido su crítica a un personaje
concreto, sino, en general, a determinados hábitos de la época presentes, sobre
todo, en los oradores. No habría querido desautorizar tan sólo a Gorgias, sino
a todos los que se servían del hechizo de las palabras para enmascarar las
ideas; no sólo a Tucídides, sino a todos los que integraban en el campo de la
historiografía los esquemas deformantes de los epitafios; al referirse, en fin,
irónicamente a Aspasia y Antifonte, habría criticado a los que, como ellos,
componían discursos -ya fueran fúnebres, políticos o judiciales- a partir de
piezas previamente elaboradas 12.
10. L. MÉRIDIER,
Platon. Oeuvres complètes (C. U. F.), vol. V, París, 19563; cf. la
introducción al Menéxeno, págs. 51-82. N. LORAUX, «Socrate contrepoison
de l'oraison funèbre. Enjeu et signification du Ménexène», L Antiquité Classique (1974), 172-211.
11 CLAVAUD,
Le «Ménexène»..., págs. 245 y
sigs.
La cuestión es, como se
ve, muy compleja y, en ocasiones, parece que la exégesis sólo ha contribuido a
oscurecer aún más el significado del diálogo. De todos modos, una cosa es bien
notoria: Platón ha manifestado en otros muchos textos sus puntos de vista sobre
el encomio y ha definido la veracidad como principal fundamento de la
elocuencia13. Por esta razón, las interpretaciones que destacan en
el Menéxeno
la
parodia, la ironía y un objetivo
burlesco y satírico, todo ello considerado como un proyecto voluntario de
Platón contra los excesos de los oradores, nos parecen las más coherentes. Por
otra parte, esas tesis se corresponden perfectamente con la tradicional reserva
platónica con respecto a los epitafios, al menos como práctica generalizada14,
y con la polémica sostenida por la Academia, desde los primeros momentos de su
fundación, contra las escuelas de retórica.
En relación con la autenticidad del Menéxeno, los
diversos testimonios de los escritores antiguos no dejan lugar a dudas 15.
Tan sólo algunos autores modernos, pertenecientes a la corriente
hipercrítica germana, han expresado sus dudas16. Pero, en general,
los estudiosos de las diversas tendencias son unánimes en este punto.
En cuanto a la fecha en que fue compuesto el diálogo,
podemos fijarla con cierta aproximación. Entre otros anacronismos, que impiden
determinar el momento de la acción, Sócrates menciona el tratado de paz de
Antálcidas, posterior a su muerte en el 399. Ello indica que el Menéxeno no
puede ser anterior al 387 a. C., ni tampoco muy posterior, si tenemos en cuenta
que no se alude a ningún acontecimiento más tardío. Esta fecha se
correspondería perfectamente con la de la publicación reciente de la Aspasia
de Esquines 17 y con la de apertura de la Academia, cuando ya Platón
había tomado la decisión de romper con las escuelas de retórica.
12. CLAVAUD, ibid., págs. 88-92, sostiene que las referencias a Aspasia y Antifonte
(Menéxeno, 235e-236c) nos remiten a la crítica platónica contra el método
de los oradores y los diversos géneros de discursos. Aspasia representaría los
lógoi político i(cf. Menéxeno, 249e), esto
es, las oraciones fúnebres en primer lugar, pero, además, todos los discursos
de carácter público. Antifonte, por el contrario, simbolizaría la actividad del
logógrafo, los discursos de carácter judicial (cf. CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, Stromata
I 365; PSEUDO-PLUTARCO,
Vida de los diez oradores, Anti/onte 5).
13. Cf.
Fedro
259e; 265e;
271b; Banquete 198b-198e; Gorgias 522c.
14. Cf. Teeteto l75a-b; Gorgias 523e; y República 468d, donde Platón sugiere, para
las honras a los que se han distinguido en el combate, himnos y otras
prebendas en lugar de discursos. Cf., también, Leyes 802a-e, a propósito de los que
habrán de llegar al término de sus días, después de haberse distinguido por sus
acciones.
15. Cf. PLUTARCO, Vida de Pericles 24, 7;
PRISCIANO, Instituciones 270 (pág. 347 KEIL); HERMÓG., Sobre el Método
de la elocuencia 24 (pág. 441 RABE); DEMETRIO, Sobre el estilo 266 (pág. 54 RADERMACHER);
ARISTÓTELES, Retórica 1 1.367b,
III 1.415b; PSEUDO LONGINO, De lo sublime 28, 2; CICERÓN, Orator 151.
16. Entre otros, E. ZELLER, Platonische Studien, Tubinga, 1839,
pág. 145; F. SCHLEIERMACHER, Platon s Werke, Berlín, 1809, 11, 3, suprime
el diálogo inicial; H. CAFFIAUX, De Coraison funébre dans la Gréce
paiénne, Valenciennes, 1864, págs. 95-97, supone que la mano de un sofista ha
retocado el discurso. U. VON WILAMOWITZ, en Aristoteles und Athen, Berlín, 1893,
11, pág. 99, n. 35, sostuvo, en un principio, que la parte dialogada era
apócrifa, aunque no el discurso. Posteriormente, en Platón, Berlín,
1920, pág. 126, reconoció también como auténtico el diálogo.
17 Esquines, el
Socrático, adversario de Platón, compuso una Aspasia (cf. CICERÓN, De
inventione 1, 32) en la que también la hetera jonia
MENÉXENO
SÓCRATES, MENÉXENO
PROLOGO
234a
SÓCRATES. -¿De dónde viene Menéxeno 1?
¿Del ágora, o de algún otro lugar?
MENÉXENO. - Del ágora2, Sócrates, y de la
sala del Consejo3.
b
SÓC. - ¿Y qué asunto te llevó, precisamente, a la sala del Consejo?
Está bien claro que crees haber llegado al término de la educación y de los
estudios filosóficos y que piensas, convencido de que ya estás capacitado, inclinarte
hacia empresas mayores4. ¿Intentas, admirable amigo, a pesar de tu edad,
gobernarnos a nosotros que somos más viejos, para que vuestra casa no deje de
proporcionarnos en todo momento un administrador5 de nuestros
intereses 6?
MEN. - Si tú, Sócrates, me permites
y aconsejas gobernar, ése será mi mayor deseo; en caso contrario, no.
Concretamente, hoy he acudido a la sala del Consejo porque sabía que la asamblea
se disponía a elegir a quien ha de pronunciar el discurso sobre los muertos;
pues ya sabes que tienen intención de organizar una ceremonia fúnebre7.
1. Se trata del mismo personaje que aparece como
adolescente en el Lisis (en 21lb se
le define como un gran disputador), y ya con más edad en el Fedón (59b), donde se le representa
como uno de los discípulos que acompañan a Sócrates en sus últimos momentos. El
contexto del párrafo (234a) permite conjeturar
que se halla en la edad de la efebía, es decir, los dieciocho años, y que, por
tanto, ha accedido a la plena ejercitación de los derechos civiles reconocidos
por la ley ateniense.
2. El ágora del Cerámico estaba al noroeste de la
Acrópolis.
3. La sala del Consejo formaba parte del Metróon,
templo de la Madre de los dioses y se hallaba al sur del ágora del
Cerámico.
4. El pasaje es fuertemente irónico. Según las tesis
de Calicles, en su discurso del Gorgias (485a-d), es hermoso filosofar
en la edad juvenil porque de este modo la filosofía, fundamentada en los
objetivos de la paideía, no pierde su carácter de estudio liberal. Para
Calicles, como para todos los jóvenes políticos con educación sofista, la
actividad filosófica duradera era estéril por cuanto constituía un importante
condicionamiento para las cuestiones de tipo práctico, en especial para la política.
En un diálogo de la República (487c-d), Adimanto replica a Sócrates que
«todos cuantos se entregan a la filosofía, no sólo en su juventud y para completar
su educación, sino que se mantienen en ella mucho tiempo, no sacan otro
provecho que la incapacidad para servir al Estado». (Cf. también Teet. 173c, y Fedón 646.) Para Platón, por el contrario,
la filosofía era la coronación de todo el proceso de formación humana, perenne paideía
de la que las otras ciencias formaban parte tan sólo como una mera etapa
de inferior madurez. (Cf. Leyes VII 809e-818d; República 525a-530c.)
En cuanto a Sócrates, la Apología (29d) es muy explícita
respecto a su esfuerzo por un filosofar permanente, de ahí que los sofistas le
consideraran como el paradigma ideal del individuo políticamente incapaz. Por
estas razones, sólo el tono irónico del texto nos permite aprehender el auténtico
pensamiento socrático-platónico, aparentemente desvirtuado.
5. Alude a la familia de Menéxeno, al parecer
fecunda en dar hombres de Estado a Atenas.
6. Tomado no en el sentido de autoridad con
funciones extraordinarias, a diferencia de los arcontes o magistrados
ordinarios, sino en un sentido genérico.
7 Las Epitáphia,
ceremonia fúnebre de carácter público, instituida, al parecer, por Solón
(DIÓG. LAERCIO, VIII), que se celebraba anualmente. En el momento de la
inhumación en el Cerámico de los restos de los soldados muertos, un orador
designado por el Consejo pronunciaba un discurso. (Cf. TUCÍDIDES, II 34, 3.) La
elección del Consejo era ratificada por la Asamblea (cf. ibid.; DEMÓSTENES, De
cor. 285).
SÓC. -Perfectamente; pero ¿a quién han elegido?
MEN. - A nadie; han dejado el
asunto para mañana. Creo, sin embargo, que serán elegidos Arquino o Dión8.
b 235a c
SÓC. - Ciertamente, Menéxeno, en muchas ocasiones parece hermoso morir
en la guerra. Pues, aunque uno muera en la pobreza, se obtiene una bella y
magnífica sepultura, y además se reciben elogios, por mediocre que uno sea, de
parte de hombres doctos que no reparten sus alabanzas a la ligera, sino que han
preparado durante mucho tiempo sus discursos 9. Hacen
sus alabanzas de una manera tan bella, diciendo de cada uno las cualidades que
posee y las que no posee10 y matizando 11 el lenguaje con
las más hermosas palabras, que hechizan nuestras almas. Ensalzan a la ciudad de
todas las maneras y a los que han muerto en la guerra y a todos nuestros antepasados
que nos han precedido y a nosotros mismos que aún vivimos nos elogian de tal
forma12, que por mi parte, Menéxeno, ante sus alabanzas, me siento
en una disposición muy noble y cada vez me quedo escuchándolos como encantado13,
imaginándome que en un instante me he hecho más fuerte, más noble y más bello.
Como de costumbre, siempre me acompañan y escuchan conmigo el discurso algunos
extranjeros14, ante los cuales en seguida me vuelvo más respetable.
Parece, en efecto, que ellos, persuadidos por el orador, también experimentan
estas mismas sensaciones con respecto a mí y al resto de la ciudad, a la cual
juzgan más admirable que antes. Y esta sensación de respetabilidad me dura más
de tres días. El tono aflautado de la palabra y la voz del orador penetran en
mis oídos con tal resonancia15, que a duras penas al tercer o
cuarto día vuelvo en mí y me doy cuenta del lugar de la tierra donde estoy;
hasta entonces poco falta para creerme que habito en las Islas de los Bienaventurados16;
hasta tal punto son diestros nuestros oradores.
c
8. Arquino fue uno de los restauradores de la
democracia ateniense, junto con Trasibulo, después de la caída de los Treinta.
Introductor, asimismo, del alfabeto jónico para los documentos, bajo el arcontado
de Euclides (404 a. C.), algunos testimonios (p. ej., Focio, 260) le atribuyen
un epitafio de gran influencia en el Panegírico isocrático. No parece,
sin embargo, que en el Menéxeno la mención de su nombre resulte determinante
para un enjuiciamiento sobre posibles influencias. En cualquier caso, el papel
que le concede P. M. HUBY, en «The Menexenus reconsidered» (Phrónesis II, 2 [1957], 104-114), de acuerdo con su tesis de que el Menéxeno es,
sobre todo, una crítica contra las medidas económicas que suprimían las subvenciones
del Estado a los huérfanos (cf. LISIAS, XIX 11), y de que el nombre de Arquinos
vendría a sugerir, justamente, lo contrario, la benevolencia, y la justicia en
el contexto de la restauración democrática que llevó a cabo, es cuando menos
exagerado. Cf.,
a
este respecto, R. CLAVAUD, Le «Ménexène» de Platon et la rhétorique de son temps,
París,
1980, págs. 57 y 257 n. 170. Algunos comentaristas sugieren, con respecto a
Dión, el otro orador citado, que se trata del mismo personaje que cita
JENOFONTE (Helénicas IV 8,13) como
embajador en Persia cuando el tratado de Antálcidas (392).
9. El pasaje recoge, en el ámbito de la crítica
platónica contra el epitáphios lógos
como elogio (épainos), los tópicos
más usuales del género: la idea de la «hermosa muerte» y el homenaje de la
ciudad concediendo a los que han perecido en el combate una sepultura y un
discurso. Cf.
TUCIDIDES,
II 43, 2; LISIAS, Epit. 80; DEMÓSTENES, Epit. 1; 36. Al margen de esa
crítica, matizada de ironía, cf. por ejemplo, a propósito de la sepultura, el
tono de desdén con que Sócrates se dirige a Critón: «Sepulta mi cuerpo como te
plazca y del modo que creas más conforme al uso» (Fedón 115e).
Para
la crítica contra el épainos, cf. Banquete
198d y ss.
10. N. LORAUX, «Socrate contrepoison de Poraison
funébre. Enjeu
et signification du Ménexéne»,
LAntiquité Classique (1974), 175, n. 18, ve aquí una parodia de las primeras líneas de un
fragmento de la oración fúnebre de Gorgias (D-K, 8, 6). Pero cf., también, para este recurso de exaltar
las cualidades y disimular los defectos, propio de los autores de épainoi, ISÓCRATEs,
Busiris 4. Para la
crítica a este sistema, cf. Banquete 198d.
11. Se traduce «matizar», pero concibiendo el
término en una acepción peyorativa. Se alude a la habilidad de los oradores
para variar o colorear las palabras (poikíllontes en el texto),
acepciones ámbas válidas para la versión del vocablo griego, con el fin de
componer un lenguaje abigarrado que confunda y admire al auditorio. Cf. la misma
acepción negativa, en Rep. VIII
561e; II 365b; Sofista 226a. El sentido más propio del término aparece en Ion 535d. Cf., con el sentido de «adornar», ISÓCRATES, Contra
los sofistas 16.
12. El poner en el mismo plano de igualdad el elogio
de los muertos, de los vivos y de la ciudad evidencia que no se trata tanto de
desarrollar un epitáphios lógos, con la alabanza estricta de los
muertos, cuanto sobre todo un amplio panegírico de la ciudad. La práctica es
común a todos los epitafios, si se exceptúa el de HIPERIDES, donde la máxima
alabanza recae sobre el estratega y sus soldados. Cf., incluso, el de Pericles,
TUCÍDIDES, II 42, 1-2. El propio ISÓCRATES reconoce utilizar temas ya empleados
en los epitáphioi lógoi al componer su Panegírico de Atenas (74).
(Cf. LORAUX, «Socrate
contrepoison...»,
179,
«les morts ne sont pas seulement évincés par la louange de la polis, mais on les perd de vue dans la serie, deroulée depuis l'origine, des grandes générations d'Athéniens».)
13 Cf. Prótag. 315a-b. Cf. supra, Menéxeno 235a 2-3, a propósito de otro término en el mismo ámbito
semántico: «hechizan nuestras almas» (goüteúousin tas psychás). Cf., para goēteía,
Gorgias, D-K 82b, 11. Para góēs, Sofista 235a 1, 8. Se presenta irónicamente el lenguaje de los
oradores como una suerte de sortilegio que hechiza y encanta a los que escuchan
sus discursos. Cf., también, República III 413, c4. CLAVAUD, Le «Ménexéne»..., págs.
92-95, y n. 47, remite, a partir de estos recursos, a Gorgias y su escuela,
como objetivo de la ironía y la crítica platónica: «Ce que Platon devait reprouver dans cet art, c'est le mensonge qui consiste à utiliser
les
mots par eux-mêmes et non pas pour l'idée qu'ils expriment. » Cf., a este respecto,
ARISTÓTELEs, Retós. 1.405b5.
14. Al parecer la asistencia de extranjeros a las
ceremonias fúnebres era usual. Cf. TUCÍDIDES, II 34, 4; DEMÓSTENES, Epist. 13.
Se supone que se trata también de los extranjeros de la ciudad, e incluso de
los aliados. Cf. P. GAUTHIER, «Les XENOI dans les textes athéniens», Revue
des
Études
Grecques 84 (1971), 78. Cf., también, LORAUX, «Socrates contrepoison...», 181 n. 66. Mas
en este caso conviene tener en cuenta que el discurso platónico es ficticio;
de lo contrario, mal podría pensarse en la asistencia de extranjeros que no
podrían evitar el escándalo ante el cúmulo de distorsiones históricas que a lo
largo del discurso les aluden directamente. Cf. CLAVAUD, Le «Ménexéne»...,
pág. 88, n. 25; pág. 149.
15. Recojo, para énaulos, del texto una
versión que respeta la idea del sonido de la flauta, sustrayéndome a verter tan
sólo la idea de resonancia. Énaulos se dice, en efecto, del lenguaje
que, a guisa de sonido de flauta, penetra en los oídos y deja huella con su
peculiar resonancia. Se trata de un recurso auditivo más de los incluidos en la
n. 13. Cf. también Critón
54d, donde Sócrates escucha las
voces de Las Leyes, con el mismo sonido. Cf., además, República 399d; Gorgias 501d. No me parece tener ningún fundamento la tesis de O. WICHMANN, Platon. Ideelle Gesamtdarstellung
und Studienwerk, Darmstadt, 1966, págs. 235-243, para quien el contexto de la parodia que se
construye con estos recursos, deja paso a uno más significativo, el de la manía
o entusiasmo socrático, al
modo del Fedro, p. ej.,
de suerte que, a su juicio, con ello se explicaría el particular tono del Menéxeno
y sus anacronismos,
ya que la fuerza misma de la reflexión se sustrae a los pequeños detalles de lo
real. Wichmann remite, además, al pasaje 235c,
en
el que Sócrates dice que, por los efectos del orador, apenas al tercer o cuarto
día vuelve en sí. Pero casualmente este pasaje está sobrado de ironía y
difícilmente pueden verse en él huellas del entusiasmo tal como se
plantea en el Fedro. De lo que aquí se trata no es de sustraerse a lo
real, por la vía de la inspiración y la posesión, sino, quizás, de sustraerse
a los artilugios de la retórica abocando la capacidad crítica a lo que es real.
Cf., a este respecto,
CLAVAUD, Le «Ménexène»..., pág. 45. Justamente en este pasaje nos encontramos
en el punto culminante de la ironía del prólogo. Pues el lector fácilmente podría
preguntarse cómo quedarán de aturdidos los que escuchan los discursos ante el
cúmulo de habilidades del orador, si el propio Sócrates, en posesión de un
método que busca siempre la verdad (cf. Apología 17b), no puede escapar al aturdimiento.
16. Otro punto culminante de la ironía; las Islas de
los Bienaventurados son un ámbito propio de héroes, o de personas de vida
excelente e irreprochable, pero un ámbito para después de la muerte. Cf. Gorgias 523d; Fedón 111 a-c; cf. también República
VII 540b; en la parodia, Sócrates lógicamente encarna a cualquiera de los
atenienses que oyen los discursos. Cf. LORAUX, «Socrates
contrapoison...»,
182-183.
d
MEN. - Tú siempre te estás riendo de los oradores,
Sócrates. Esta vez, sin embargo, creo que el designado no tendrá muchas facilidades17;
la elección ha sido decidida de repente, de modo que quizás el orador se verá
obligado probablemente a improvisar.
SÓC. - ¿Por qué, mi buen amigo? Cada uno de éstos
tiene discursos preparados y, además, improvisar18 sobre temas de
esta clase no es difícil. Si fuera preciso hablar bien de los atenienses ante
los peloponesios o de los peloponesios ante los atenienses, se necesitaría un
buen orador que convenciera y se ganara la aprobación del auditorio19;
pero cuando se compite ante aquellos a quienes se elogia, no cuesta mucho parecer
que se habla bien20.
17. No se dice, como piensa LORAUX, ibid., 196,
que el orador no va a tener materia que tratar en el discurso, sino que no
tendrá muchas facilidades (euporēsein), por el poco tiempo que
media entre la elección y la celebración de la ceremonia fúnebre. Este tópos
de la brevedad del tiempo del orador (cf. LISIAS, Epitafio 1) ya ha sido contestado en 234e; el la
respuesta de Sócrates a Menéxeno, en 235d.
18. Para el arte de
la improvisación y su principal teórico, Alcidamas, Cf. CLAVAUD, Le «Ménexéne»...,
págs. 101 y sigs.
19. Cf. ARISTÓTELES, Retórica I 1.367b, y III 1.415b; cf. CLAVAUD, op,
cit.,
págs.
86-87.
20. El carácter agonístico de la oración fúnebre
(cf. LISIAS, Epitafio 1; DEMÓSTENES, Epitafio 1) está en relación con los
discursos anteriormente pronunciados y ya conocidos. En 239c, I, la rivalidad se sitúa en la confrontación con
los poetas.
MEN. - ¿Tú no lo crees, Sócrates?
e
SÓC. - Desde luego que no, por Zeus.
MEN. - ¿Acaso crees que tú mismo
serías capaz de hablar, si fuera preciso y la elección del Consejo recayera en
ti?
SÓC. - En efecto, Menéxeno, nada de extraño tiene
que yo también sea capaz de hablar, pues casualmente tengo por maestra a una
mujer muy experta en la retórica, que precisamente ha formado a muchos otros
excelentes oradores y a uno en particular, que sobresale entre los de Grecia,
Pericles, hijo de Jantipo.
MEN. - ¿Quién es ella? Es evidente
que te refieres a Aspasia21, ¿no?
236a
SÓC. - A ella me refiero y a Conno22, el hijo de
Metrobio. Ellos son mis dos maestros, el uno de música, la otra de retórica.
No es nada extraño que un hombre educado así, sea hábil en el hablar. Pero,
incluso, cualquiera que haya recibido una educación inferior a la mía, instruido
en la música por Lampro23 y en la retórica por Antifonte de Ramnuntio24,
sería igualmente capaz, alabando a los atenienses ante los atenienses, de
obtener renombre.
21. Cf. la Introducción.
22 Maestro
de cítara de Sócrates, al que éste se refiere siempre con una cierta ironía
(cf. Eutidemo 272c; 295d). Podría tratarse
del mismo personaje que es objeto de burla por ARISTÓFANES (cf. Avispas 675;
Caballeros 534; cf., también, U. VON WILAMOWITZ, Platon, Berlín, 1920,
pág. 139) Y Por CRATINO (Fr. 317 KOCK,
mencionado, como en Caballeros 534, con el derivado peyorativo Konnás), y del que toma su nombre una
comedia de FRÍNICO (II 371 KOCK) y otra de AMEIPSIAS (I 671 KOCK).
23. Maestro de
música de Sófocles. Cf. Vida de Sófocles 3, 19-20, pág. XVIII PEARSON. Cf. también C. NEPOTE, Epam. II; ATENEO, 116; II 2. La alusión
a Conno, como, asimismo, a Lampro, podría simbolizar la crítica dirigida contra
Gorgias, a propósito de su técnica de la armonía, que busca más los efectos de
las palabras por sí mismas que por su contenido. Cf. CLAVAUD, Le
«Ménexéne»..., págs. 94-95. Cf.,
en el mismo ámbito de significación, las referencias
al sonido de flauta de las palabras del orador, y a la imagen de la poikilía (nn. 11 y 15). Cf.
Menéxeno
235a; 235c.
b
MEN. -¿Y qué podrías decir, si
tuvieras que hablar?
SÓC. - Tal vez nada de mi propia cosecha; pero ayer
precisamente escuché a Aspasia que elaboraba una oración fúnebre completa
sobre este mismo tema. Se había enterado de lo mismo que tú dices, de que los
atenienses se disponían a elegir al orador. Entonces, de improviso, expuso ante
mí una parte del discurso, según lo que era preciso decir; para la otra parte,
que ya tenía pensada de antes, de cuando, según creo, compuso la oración fúnebre
que pronunció Pericles, juntaba algunos restos de este discurso25.
c
MEN. - ¿Y podrías recordar lo que decía Aspasia?
SÓC. - Si no pudiera, me sentiría culpable. Lo aprendía
de ella y poco faltó para que me golpeara porque me flaqueaba la memoria.
MEN. -¿Por qué,
pues, no me lo expones?
SÓC. -Pero que no vaya a enojarse conmigo mi preceptora,
si divulgo su discurso.
MEN. - No tengas cuidado, Sócrates,
y habla. Mucho me complacerás, ya sea que quieras contarme el discurso de
Aspasia, o de cualquier otro. Habla solamente.
24 CLAVAUD
(Le «Ménexéne»..., págs. 88-92; 265 y sigs.) ha dejado bien
claro que Aspasia simboliza la elocuencia concerniente a los discursos públicos,
mientras que la alusión a Antifonte hace referencia al género judicial. A
propósito de este último, cf. TUCÍDIDES, V 68; CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, Stromata
I 365. Cf.
la Introducción, n. 12.
25 No hay por qué reconocer aquí el fundamento
de una polémica contra Tucídides, como sugiere buena parte de la crítica
tradicional del Menéxeno. La
crítica va dirigida, sobre todo, en este pasaje contra el método de
composición de las piezas oratorias, cualquiera que fuera su género, a base de
la soldadura, en buena parte de las mismas, de trozos anteriormente elaborados.
Cf. CLAVAUD, Le
«Ménexéne»..., págs. 96 y sigs.
Aspasia simboliza tal proceso de elaboración de los discursos, sean fúnebres o
no.
SÓC. - Pero tal vez te burles de mí, si, viejo como
soy, te produzco la impresión de que aún jugueteo como un niño.
MEN. - En absoluto, Sócrates, habla
de todos modos.
d
SÓC. - Pues bien, sin duda debo complacerte; hasta el punto de que
incluso si me pidieras que me quitase el manto y danzara, casi te haría el
gusto, puesto que estamos solos. Escucha, pues. Empezó hablando, según creo, de
los muertos mismos y decía así:
DISCURSO DE ASPASIA
237a d
«Por lo que toca a los actos26, estos hombres han recibido
de nosotros las atenciones que se les debían y, tras recibirlas, emprenden el
camino fijado por el destino, acompañados públicamente por la ciudad y privadamente
por sus familiares. En lo que concierne a la palabra27, la ley
ordena tributar a estos hombres el postrer homenaje, y ello es un deber.
Porque con un discurso bellamente expuesto sobreviene el recuerdo de las
acciones gloriosamente efectuadas y el homenaje para sus autores de parte de
los que las escuchan. Se requiere, pues, un discurso tal que ensalce
cumplidamente a los muertos y exhorte con benignidad a los vivos, recomendando
a los descendientes y hermanos que imiten la virtud de estos hombres, y dando
ánimos a los padres, las madres, y a los ascendientes más lejanos que aún
queden. ¿Qué discurso se nos revelaría como tal?
26 La oposición érgon / lógos hace referencia a las honras debidas a los muertos: la sepultura (los funerales) y el discurso fúnebre.