Platón
LISIS
INTRODUCCIÓN
Anterior probablemente al Cármides, el Lisis
presenta, sin embargo, por su estructura y ambientación rasgos comunes1.
También, por su contenido, el Lisis está próximo a un diálogo de la
madurez de Platón, al Banquete. Como
el Laques o el
Eutifrón, el Lisis analiza el significado de una palabra, en
busca de algo que sea característico de ella y que la defina. Pero, como otros
diálogos de esta primera época, el Lisis concluye sin que hayamos podido
precisar, tras varios intentos, el marco concreto en el que situar el tema del
diálogo: la amistad2. Este fracaso dialéctico deja ver,
sin embargo, la riqueza de planteamientos y pone de manifiesto, una vez más,
el carácter abierto y creador de la filosofía platónica. No saber, al final, a
qué atenemos sobre la amistad es dejar que el mundo concreto de la experiencia
y de la vida choque con su reflejo, con el universo abstracto del lenguaje.
Esta oposición establece una situación de privilegio en los comienzos del filosofar
platónico, que no volverá a repetirse en ningún momento de la filosofía
posterior.
1 Referencias concretas a la cronología pueden
encontrarse en W. K: C. GUTHRIE, A History
of Greek Philosophy, vol.
IV, Cambridge, 1975, pigs. 134-135.
2 Un minucioso análisis de la estructura dialéctica
del Lisis la ha llevado a cabo EGIDIUS SCHMALZRIEDT, Platón. Der Schriftsteller und die Wahrheit, Munich, 1969,
págs. 108-134.
Porque las dificultades para precisar conceptualmente
estas palabras valor, amistad, belleza, sensatez, justicia, etc.- provienen,
precisamente, de que la realidad desborda a la imagen que la lengua ha logrado
sintetizar. Pensar es, pues, irradiar sobre un término o un problema las
perspectivas de una historia individual, o bien hacer incidir, en el texto de
un término, la multiplicidad de contextos con los que se ha ido entretejiendo
y que sólo están aludidos en la absoluta soledad de la palabra.
Se pregunta en el diálogo qué es la amistad, qué
es ser amigo. Esta pregunta ha sido provocada por la presencia, ante
Sócrates, de cuatro jóvenes atenienses -Lisis, Menéxeno, Hipotales y Ctesipo-
que le animan a dialogar con ellos en la bulliciosa atmósfera de la palestra
que Platón va describiendo con rasgos magistrales: el enamoramiento de Hipotales,
la curiosidad de Lisis, la ausencia de Menéxeno, la «embriaguez» de la
discusión, la inoportunidad de los pedagogos que, con su «mal griego», increpan
a los que quieren quedarse. Y, al final, esa leve pincelada descriptiva con la
que el tiempo concreto irrumpe en la filosofía: «...les llamaban, mandándoles
ir a casa. Ya había caído la tarde.»
Pero lo que presta al Lisis su excepcional importancia
en la literatura y en la filosofía griegas es su argumento, el concepto de amistad.
La historia de philía es, pues, la historia de una parte importante
de las relaciones humanas entre los griegos. El término philon significó,
en principio, aquello a lo que se tenía más apego, el propio cuerpo, la propia
vida. Pronto, sin embargo, sale este círculo del yo para extenderse a bienes
exteriores y significar, además, la consanguinidad. De este ámbito familiar
irrumpe, con la democracia, en un tipo de elección más libre: amigos son
aquellos cuyo vínculo no es ya el parentesco sino la camaradería, surgida, en
parte, en una comunidad militar. Jenofonte, por ejemplo, habla de philoi refiriéndose
a soldados mercenarios. Hay, pues, unos intereses de compañerismo, una
comunidad de objetivos que organizan la libre elección de los individuos. Al
mismo tiempo, una forma privada de las relaciones amistosas va sustituyendo al
concepto colectivo de amistad.
Este tipo de relaciones con las que se establecían
otros vínculos diferentes de los del clan primitivo, implicaba, como es
lógico, una cierta forma de utilidad. El pueblo griego identificó muchas veces
amistad y utilidad. Se necesitaría la reflexión socrático-platónica, para darle
a la phília una profunda versión ética.. La excepcionalidad del Lisis
reside, precisamente, en ser el primer documento literario en el que se lleva a
cabo una investigación sobre el amor y la amistad, en la que se elaboran y
superan algunas de las ideas tradicionales sobre estos conceptos.
El Lisis
comienza con un ingenioso preludio en el que se critica la amistad basada en la
presunción y en la posesión de bienes. Desde esta idea tradicional de amistad
como utilidad se va proyectando la amistad hacia un nuevo horizonte. Tres
estadios diferentes y complementarios se configuran en esta ascensión hacia el
conocimiento de la amistad. El primero (212b-213c) se inicia con un
planteamiento subjetivo, ¿quién es amigo de quién?, ¿el que ama o el amado? Al
final de esta discusión que acaba sin respuesta, Sócrates se justifica porque
tal vez no se ha buscado bien (213d).
Sócrates deja de conversar con Menéxeno y toma a
Lisis por interlocutor. Este segundo estadio consiste en la búsqueda de un
principio explicativo de la amistad (213d-216b). Partiendo de la explicación de
los primeros filósofos de la naturaleza, que habían establecido la atracción de
lo semejante por lo semejante, Sócrates plantea la cuestión de si esta afinidad
no habrá que buscarla en algo más profundo, como la bondad.
El tercer momento de la investigación y en la que ésta
alcanza su mayor intensidad, se estructura en dos planos distintos. El primero
de ellos (216c-220e) se con figura en torno al concepto de finalidad y de prôton
philon o amor
originario y primero. La bibliografía sobre Platón ha discutido abundantemente
sobre el carácter «ideal» de este amor, y su distinción de la próté
philía aristotélica que no llega, por medio del eros, a un bien
metafísico superior, sino a la experiencia concreta del otro. (Cf. Ética eudemia 1240a; Ética
nicomaquea 1155b, 1159a, etc.).
El final del diálogo (221a-222e), segundo plano, se
caracteriza por la irrupción de varios temas -el deseo, el eros, la
connaturalidad- que hacen pensar en si Platón no está ya situando su análisis
en el dominio del eros del Banquete.
LISIS
SÓCRATES
203a
Marchaba yo de la Academia derecho al Liceo 1 por el camino
que, pegado a ella, va por fuera de la muralla, cuando, al encontrarme junto a
la poterna donde la fuente de Panope, me tropecé a Hipotales el de Jerónimo y
a Ctesipo el Peanio y a otros jóvenes que con ellos estaban reunidos. Y viendo
Hipotales que me acercaba, me dijo:
b
-¡Sócrates! ¿Adónde vas y de dónde vienes?
-De la Academia, le dije, y derecho al Liceo.
-Pues entonces, me dijo, derecho a nosotros. ¿O no
te quieres desviar? De verdad que lo merece.
-¿Adónde dices?, le pregunté, y ¿quiénes sois
vosotros?
-Aquí, me dijo mostrándome enfrente mismo del muro
una especie de recinto, con la puerta abierta. Aquí pasamos nosotros el tiempo,
dijo, en compañía de muchos otros jóvenes excelentes.
1. Tanto la Academia como el liceo indican dos
distritos de Atenas en los que había gimnasios y lugares de reunión. Sobre todo
el Liceo, situado fuera de las murallas al Nordeste de Atenas, era un santuario
dedicado a Apolo en el que había instalaciones deportivas e, incluso, un
teatro. Los sofistas ofrecían aquí sus enseñanzas. Friedlander (Platón, vol.
II: Die platonischen Schritten, Berlín, 1957,
págs. 85 sigs.) ha mostrado el carácter de este comienzo del diálogo. Sócrates
va de gimnasio en gimnasio, pegado a la muralla para no distraerse entrando en
la ciudad, o divagando por el campo (Fedro 230d), y así poder dedicarse
a lo que realmente le interesa: el encuentro con los otros.
204a
-¿Pero qué lugar es éste y en qué os entretenéis?
-Es una palestra 2 construida hace poco,
y nuestro entretenimiento consiste, principalmente, en toda clase de
conversaciones en las que, por cierto, nos gustaría que participaras.
-Hacéis muy bien, les dije, y ¿quién enseña aquí?
-Tu compañero y admirador Miceo, me contestó.
-Pues, por Zeus, que no es malo el hombre, sino un
maestro muy capaz.
-¿Quieres, pues, seguirnos -dijo- y ver así a los
que están dentro?
b
-Primero me gustaría oír para qué es para lo que entro y quién es
vuestro favorito.
-A unos les parece uno -dijo- y a otros otro, Sócrates.
-Pero a ti, Hipotales, ¿quién? Dímelo.
Al ser preguntado así, se ruborizó y yo le dije:
c
-Oh Hipotales, hijo de Jerónimo, no tienes por qué decirme si estás o
no enamorado de alguno. Porque bien sabes que no es que hayas empezado ahora a
amar, sino que ya vas muy adelantado en el amor. Negligente y torpe como soy
para la mayoría de las cosas3, se me ha dado, supongo, por el dios,
una cierta facilidad de conocer al que ama y al que es amado. Oyendo todo esto,
se ruborizó más aún.
Y Ctesipo añadió:
2. El Dromos, lugar para las carreras, y la Palestra,
especie de patio porticado donde tenían lugar toda clase de ejercicios
físicos, constituían el Gymnasion. La palestra podía tener biblioteca y
ser frecuentada también por sofistas, como este «pequeño» Micco, de quien nada
sabemos, más que lo que el Lisis nos cuenta, y del que no se vuelve a hablar en
el diálogo.
3. No sin cierta ironía
ofrece Sócrates un rasgo de su propia personalidad; pero, al tiempo que se
adjetiva como descuidado y torpe, deja ver una cualidad psicológica para
conocer a los demás. El amor despierta en Sócrates una cierta vinculación
afectiva, una sympátheia.
d
-No dejan de tener encanto el que te sonrojes, Hipotales, y ese recato
en decirle a Sócrates el nombre. Pero, como se quede, aunque sea poco rato,
contigo, te agotarás, Sócrates, al tener que oír continuamente el nombre en
cuestión. A nosotros, al menos, nos ha dejado los oídos sordos y llenos de
Lisis. Y si ocurre que ha bebido un poco, es fácil que cuando despertemos del
sueño nos parezca oír todavía el dichoso nombre de Lisis. Y todo esto, cuando
nos lo cuenta, aunque es terrible, no lo es demasiado, lo malo es cuando nos
inunda con poemas y toda clase de escritos; y lo que ya es el colmo es cuando
canta su amor con voz extraña, que a nosotros nos toca aguantar. ¡Y ahora, al
ser preguntado por ti, se ruboriza!4.
e
-Es joven, al parecer, ese Lisis, le dije. Lo deduzco de que al oírlo
ahora no me suena su nombre.
-No, eso es porque no le dicen por su nombre, sino
por el de su padre, ya que es el padre el que es muy conocido. Estoy bien seguro
de que necesariamente tienes que haber visto al muchacho.
-Dime, pues, de quién es, le pregunté.
-De Demócrates, del demo de Aixona5; el
hijo mayor.
4. La gracia y el humor de
todo el pasaje anuncia ya el modo como se va a desarrollar la discusión sobre
la amistad. Dentro de la investigación en torno al sentido de la philía, se
desplazan las relaciones concretas de los personajes, su personalidad, su
historia, que prestan una peculiar vivacidad al diálogo.
5. Aixona, demo de Mica, en la costa
oriental junto a las actuales villas de Ellinikon y Glyfada. Desde la
organización territorial de Clístenes, los griegos utilizaban en forma adjetivada
por ejemplo, aixoneo-, como sobrenombre, el del demo al que se pertenecía.
Esta denominación democrática fue un elemento fundamental para la mayor
movilidad de la sociedad griega y romper, así, las cerradas estructuras
familiares del clan primitivo.
205a
-Y bien, Hipotales, dije, vaya un noble y limpio amor éste que te has
echado. Vamos, muéstrame a mí lo que has mostrado a éstos, para que vea si
sabes lo que tiene que decir el amante sobre su predilecto, bien sea a él mismo
o a los demás.
-¿No irás a dar importancia, Sócrates, dijo él, a
todo lo que está diciendo?
-¿Es que vas a negar, dije yo, que amas a éste, al
que él se refiere?
-No, no -dijo-; pero no hago poemas ni escribo nada
para él.
-No está en sus cabales, terció Ctesipo; de verdad
que desvaría y está como obsesionado.
b
Y entonces yo dije:
-Oh Hipotales, no necesito oír versos ni melodías,
si es que algunas compusiste para el muchacho; el contenido es lo que me
interesa para darme cuenta de qué modo te comportas con el amado.
-Éste es el que te lo va a contar, me dijo; porque
se lo sabe, y lo recuerda muy bien si, como dice, le tengo aturdido de tanto
oírmelo.
d c
-Por los dioses, dijo Ctesipo, claro que lo sé. Es bastante ridículo,
oh Sócrates. Porque, ¿cómo no habría de serlo el enamorado que, a diferencia
de otros, tiene su pensamiento puesto en quien ama, y que nada tiene que decir
de particular que no se le ocurra a un niño. Todo cuanto la ciudad en pleno
celebra, acerca de Demócrates y Lisis, el abuelo del muchacho, y de todos sus
progenitores, a saber: la riqueza, la cría de caballos, las victorias de sus
cuadrigas y caballos de carreras en los juegos píticos, ístmicos y nemeos,
todo, es materia para sus poemas y discursos, y cosas más vetustas aún que
éstas. Hace poco nos contaba en un poema el hospedaje de Heracles y cómo, por
parentesco con él, le había dado aposento su progenitor, quien, por cierto,
fue engendrado por Zeus y por la hija del fundador del Demo; es decir,
Sócrates, todo eso que cantan las viejas y otras muchas cosas como éstas y que,
al recitarlas y tañerlas, nos obliga a prestarles atención6.
En escuchando esto, dije:
-¡Ridículo Hipotales! ¿Antes de haber vencido
compones y cantas tu propio encomio?
-Es que no es para mí mismo, dijo, para quien compongo
y canto.
-Eso es lo que tú te crees, le dije.
e
-¿Qué es lo que pasa entonces?, preguntó.
-Más que a nadie, dije, apuntan a ti esos cantos,
porque si llegas a conseguir un muchacho de esta clase, vas a ser tú el que
salgas favorecido con tus propios discursos y canciones, que serán como un
encomio al vencedor, a quien la suerte le ha deparado tal muchacho. Pero si se
te escapa, cuanto más encomios hayas hecho de él tanto más ridículo parecerás
por haber sido privado de tales excelencias. El que entiende de amores,
querido, no ensalza al amado hasta que lo consigue, temiendo lo que pudiera
resultar. Y, al mismo tiempo, los más bellos, cuando alguien los ensalza y
alaba, se hinchan de orgullo y arrogancia. ¿No te parece? 7.
206a
-Sí que sí, dijo.
-Por consiguiente, cuando más arrogantes son, más
difíciles se hacen de agarrar.
Así me lo parece.
6 Los elogios de Hipotales suenan ridículos. El tema
del amor es buscado por Sócrates en un planteamiento distinto a aquel que se
desarrollará a lo largo de toda la obra platónica y que, a través de la ética
aristotélica, llegará a Epicuro. Una investigación de la amistad, fuera de
estos dominios tradicionales y que recuerdan las viejas relaciones de la philia
familiar, es lo que Sócrates va a llevar a cabo.
7. Sócrates muestra su familiaridad con la
psicología amorosa tradicional y confirma su conocimiento del tema, tal como
lo había anunciado al comienzo del diálogo.
-¿Qué clase de cazador crees tú que sería el que
asustase a la caza e hiciese, así, más difícil la. presa?
b
-Es claro que malo.
-¿Y no es el colmo de la torpeza utilizar el señuelo
de los discursos y los cantos para espantar?
-A mí me lo parece.
-Mira, pues, Hipotales, que no te hagas culpable de
todo esto por tu poesía. En verdad se me ocurre que un hombre que se perjudica
a sí mismo no irás a decirme que, haciendo lo que hace, es un buen poeta.
c
-No, por los dioses, me dijo, porque sería una gran insensatez. Por
ello precisamente, Sócrates, te consulto y, si tienes otro medio, aconséjame
sobre lo que hay que decir o hacer para que sea grato a los ojos del amado.
d
-No es fácil de decir, le contesté, pero si quisieras hacer que
viniese a hablar conmigo, tal vez podría mostrarte aquellas cosas de las que
conviene hablar, en lugar de aquellas que, como estos mismos dicen, recitas y
cantas.
-No es nada difícil, dijo. Si entras con Ctesipo y,
sentándote, te pones a hablar, estoy seguro de que él mismo se te aproximará,
porque, por encima de todo, le encanta escuchar. Además, como ahora son los festivales
de Hermes, andan mezclados los adolescentes y los niños8. Seguro
que se acerca. Si no lo hiciera, Ctesipo lo trata mucho por su primo Menéxeno,
que de todos es su mejor compañero; que lo llame él, si es que no viene por sí
mismo.
8 Destaca Platón, con mayor claridad aún, el
escenario del diálogo. No sólo nos indica el lugar, la palestra, sino el tiempo
concreto, los festivales de Hermes, patrono de los gimnasios. En estas fiestas
se permitía una mayor libertad y podían romperse ciertas separaciones pedagógicas
entre adolescentes y niños. Hipotales era mayor que Lisis, que tendría
entre 12 y 14 años.
e
-Esto es lo que hay que hacer, dije yo.
Y del brazo de Ctesipo me fui para la palestra.
Todos los otros nos iban detrás. Al entrar encontramos a los jóvenes que,
hechas sus ofrendas y casi acabados los servicios religiosos, jugaban a los
dados, vestidos de fiesta. La mayoría se divertía fuera en el patio; algunos de
ellos, en la esquina del vestuario, jugaban a pares y nones con toda clase de
dados que sacaban de los cubiletes. En torno a éstos había otros mirando, entre
los cuales estaba Lisis de pie, entre niños y jóvenes con su corona, destacando
por su aspecto y mereciendo, no sólo que se hablase de su belleza, sino también
de todas sus otras cualidades9. Nosotros alejándonos nos
sentábamos enfrente, porque allí se estaba tranquilo, y hablábamos un poco de
nuestras cosas. Lisis, a su vez, vuelto hacia donde estábamos, no dejaba de
mirar y no podía ocultar el deseo de venirse a nuestro lado. Al principio
dudaba y no se atrevía a venir solo; pero, después, Menéxeno, que salía del
patio jugando cuando me vio a mí y a Ctesipo, se nos vino a sentar a la vera.
Viéndolo Lisis, lo siguió y se acomodó, junto a él, con nosotros. Los otros
acabaron siguiéndolo, y hasta el mismo Hipotales, cuando vio que nos rodeaba
bastante gente, medio ocultándose entre ella, se colocó donde creía que Lisis
no le habría de ver, por miedo a que se enfadase. Y, de esta manera, nos
escuchaba. Y yo, volviéndome hacia Menéxeno, le dije:
b 207a
9 En este marco tan vivamente descrito por Platón, encontramos ya al
personaje principal del diálogo. Anteriormente (204c), Sócrates se ha tropezado
con su nombre, ahora se encuentra con la persona. El nombre ha estado rodeado
de encomios a su familia en boca de Hipotales, según refiere Ctesipo. Pero el
encuentro real sólo está caracterizado por la fórmula que comprendía la
excelencia de Lisis: Kalòs kaí agathós. Esta expresión con una ligera
paráfrasis, ya que es imposible abarcar en la traducción más literal la riqueza del campo
semántico al que aquí se alude.
-Oh hijo de Demofonte, ¿quién de vosotros es el
mayor?
c
-Siempre lo discutimos, dijo.
-¿Y también discutiríais quién es el mas noble?
-Sin duda, dijo.
-¿Y, también, quién sería el más bello?
Los dos se rieron entonces.
-No preguntaré, les dije, quién de los dos es el más
rico.
Ambos sois amigos. ¿O no?
-Claro que sí, dijeron.
-Y según se dice, son comunes las cosas de los
amigos10, de modo que en esto no habrá diferencia alguna, si es
verdad lo que decís de la amistad.
Dijeron que sí.
d
Pretendía, después, preguntar quién de ellos seria el más justo y el
más sabio; pero, entretanto, vino uno que se llevó a Menéxeno, diciéndole que
le llamaba el entrenador. Me pareció que le tocaba actuar en alguna ceremonia.
Cuando se hubo marchado, le dije a Lisis preguntándole:
-¿Cierto, Lisis, que tu padre y tu madre te aman
mucho?
-Claro que sí, me dijo.
e
-Por tanto, querrían que tú fueses lo más
feliz posible11.
10 Surge el tema de la amistad, en relación con el
proverbio pitagórico =todo lo de los amigos es común» -koinà tà tôn
phí1ōn-. La discusión sobre las relaciones de amistad van a ser el
hilo conductor de una búsqueda por la verdadera comunidad. Es difícil traducir
con propiedad todos los matices de philíaphilos, pero el Lisis nos ofrece una buena posibilidad,
por sus contextos, de aproximarnos a su sentido. (Cf. M. K. GUTHRIE, A History of
Greek Philosophy, vol. IV, Cambridge, 1975,
páginas 136 sigs.; G. Vlastos, «The Individual as an Object of Love in Plato»,
en Platonic Studies, Princenton, 1973, págs. 3-42, y, sobre todo, la
monografía de J. C. FRAISSE, Philia, La notion d'amitié dans la philosophie antique, París, 1974.)
11. Amistad
y felicidad se relacionan mutuamente al comienzo del análisis platónico.
Consecuencia del amor de los padres, la felicidad se inserta también en el
vínculo amoroso. Ser feliz es, pues, ser amado. La tesis, sin embargo, va a ser
matizada por Sócrates al delimitar esa. felicidad y sacarla de los límites de
una felicidad subsidiaria.
-¿Cómo no iban a quererlo?
-¿Te parece que sería un
hombre feliz el que es esclavo y no puede hacer nada de lo que desea?
-No, por Zeus, no me lo
parece, dijo.
-Por tanto, si tu padre y
tu madre te aman y desean que llegues a ser feliz, es claro que cuidan, por
todos los medios, de que lo seas.
-¿Cómo no iba a ser así?,
dijo.
Así, pues, ¿te dejan hacer
lo que quieres, y no te reprenden ni te impiden hacer lo que te venga en gana?
-Por Zeus, que sí, que me
prohíben, y muchas cosas.
208a
-¿Cómo dices?, le dije. ¿Quieren que seas
dichoso y no te dejan hacer todo lo que quieres? Explícame entonces esto. Si te
viniera en gana subirte en uno de los carros de tu padre y llevar las riendas
en una competición, ¿te lo permitirían, o más bien, te lo impedirían?
Por Zeus, me dijo, que me
lo impedirían.
-¿A quién dejarían entonces?
-Hay un auriga a quien mi
padre da un sueldo.
b
-¿Cómo dices? ¿Confían más en un asalariado
que en ti para hacer lo que quiera con los caballos, y encima le dan dinero?
-Pero, ¿qué otra cosa?,
dijo.
-Sin embargo, la yunta de
mulos supongo que te la dejarán conducir, y si quisieras coger el látigo y servirte
de él, ¿te lo permitirían?
-¿De qué me iban a dejar?,
dijo.
-¡Cómo!, dije yo. ¿A nadie les es permitido golpearlos?
-Y mucho -dijo-, al
mulero.
-¿A uno que es esclavo, o
que es libre?
-Esclavo, dijo.
c
-¿Y a un esclavo tienen en más
que a ti, su hijo, y le dejan sus cosas antes que a ti, y le permiten hacer lo
que quiere, mientras a ti te lo impiden? Dime todavía algo más, ¿dejan que tú
te gobiernes a ti mismo, o ni esto te permiten?
-¿Cómo, pues, me lo iban a
permitir?, dijo.
-Entonces, ¿te gobierna
alguien?
-El pedagogo
éste, dijo.
-¿Un esclavo, tal vez?
-Desde luego, y además uno
nuestro, dijo.
-Resulta raro, dije yo,
que uno que es libre sea gobernado por un esclavo, ¿y qué es lo que hace este
pedagogo para gobernarte?
Llevarme adonde el maestro12.
-¿Es que son éstos, los
maestros, quienes te gobiernan?
-Pienso que sí.
d
Muchos son, pues, los maestros y gobernantes
que a tu padre le han venido a bien imponerte; pero, acaso, cuando vienes a
casa con tu madre ella te deja hacer lo que quieras, con sus lanas o con sus
telas, cuando está tejiendo, y todo ello por verte feliz. Porque seguro que no
te impide que toques la tablilla, ni la lanzadera, ni ninguna de las otras
cosas que necesita para tejer. Y él riendo:
12. La
función del pedagogo era más modesta que en la actualidad, donde se
identifican, o pretenden identificarse, las funciones del paidagogós y
del didáskalos o maestro.
e
-Por los cielos, dijo, oh Sócrates, no sólo me lo impide, sino que me
pegaría si pusiese las manos en ellas.
-¡Por Heracles!, dije. ¿Acaso es que has molestado
en algo a tu padre o a tu madre?
-Por Zeus, que no es este mi caso, dijo.
-Pero, ¿por qué causa ponen entonces trabas para tu
felicidad y para hacer lo que quieras13, y, durante todo el día, te
tienen siempre esclavizado y, en una palabra, no haces nada de lo que deseas?
De modo que, tal como parece, no te aprovechan ni toda esta riqueza que
poseéis, ya que todos éstos mandan más que tú, ni este cuerpo tan espléndido al
que, por cierto, atiende y cuida un otro; porque tú, Lisis, en nada mandas, ni
nada haces de lo que deseas.
209a
13 Felicidad y libertad. Las
pequeñas libertades a que Sócrates alude expresan un ámbito en el que la
felicidad procede de la realización de un deseo. Estos deseos, sin embargo, que
configuran las posibilidades de un joven de la aristocracia ateniense no pueden
lógicamente saciarse. Ni el amor, ni la felicidad pueden quedar reducidos a
este ámbito estrecho.
-Pero esto es porque no tengo aún, dijo, la edad,
Sócrates.
-No, no es esto lo que te frena, hijo de Demócrates,
ya que, como creo, hay algo, al menos, que tanto el padre como la madre te
dejan y no esperan a que tengas la edad; porque, cuando quieren que se les lea
o se les escriba algo, pienso que es a ti, antes que a ningún otro de los de
casa, a quien lo encomendarán. ¿No es así?
b
-Claro que lo es, dijo.
-Así pues, en este caso, puedes libremente escoger
qué letra quieres escribir en primer lugar y cuál en segundo y lo puedes hacer también
al leer. Y cuando, como supongo, coges la lira, ni el padre ni la madre te
impiden destensar la cuerda que quieras, y hacerlas sonar con los dedos o con
la púa, ¿o es que te lo impiden?
-No, por cierto.
c
-¿Cuál serla, pues, entonces la causa, Lisis, de que te pusieran
impedimentos en las cosas que antes decíamos que te los ponían?
-Porque pienso, dijo, que éstas las sé; pero no
aquéllas.
-Está bien, amigo, dije yo. No es, pues, tu edad lo
que está esperando el padre para confiártelo todo, sino el día en el que piense
que tú eres más listo. que él; entonces se confiara él mismo a ti y, con él, te
confiará todas sus cosas.
-Ya lo creo, dijo.
d
-Y bien, le dije yo, ¿qué pasa entonces con el vecino? ¿Acaso no
tendrá propósitos parecidos a los de tu padre con respecto a ti? ¿No crees que
te confiará la economía de su casa, cuando entienda que te administrarás mejor
que él mismo? ¿O se pondrá él al frente?
-Yo creo que me la confiará.
-Y bien, ¿no crees que los atenienses te confiarán
también sus cosas cuando perciban que eres suficientemente sensato?14.
14. Educación
como proceso que lleva a la maduración intelectual y humana (phroneîn). Cuando
se ha alcanzado esta madurez se está fuera ya del ámbito familiar y en pleno
dominio de la Polis. ¿Cómo hacer que la philía colabore en
este proceso? Las semejanzas
del Lisis y el Cármides van
más allá de la simple forma.
-Ya lo creo.
e
-¡Por Zeus!, le dije. ¿Y qué pasará con el Gran Rey? ¿Confiará a su
hijo mayor, al que corresponde el mando de Asia, le confiará, digo, mejor que a
nosotros, cuando estuviese cocinando la carne, que echase a la salsa lo que
quisiera, en el supuesto de que llegáramos junto a él y le mostráramos que
somos mejores que su hijo en cuestiones de condimentar comida?
-Es claro que a nosotros, dijo.
-¿No le dejaría, pues, que echase ni un trocito y,
en cambio, a nosotros, aunque quisiéramos echar sal a manos llenas, nos
dejaría?
210a
-¡Cómo no!
-¡Y qué! Si a su hijo se le pusiesen malos los ojos,
¿le dejaría que alguien se los tocase, a sabiendas de que no era médico o se lo
impediría?
-Se lo impedirla.
-Pero a nosotros, si sospechase qué éramos médicos
y quisiéramos, abriéndole los ojos, llenárselos de ceniza, me pienso que no nos
lo impediría, en el convencimiento de que obrábamos rectamente.
-Dices verdad.
-Así pues, ¿no nos confiaría todas las otras cosas
mejor que a él mismo o a su hijo, en todo cuanto le pareciéramos saber más que
ellos?
-Necesariamente, dijo, oh Sócrates.
c b
Así son las cosas, querido Lisis, le dije. En aquello en lo que hemos
llegado a ser entendidos, todos confían en nosotros, griegos y bárbaros,
hombres y mujeres. Haremos, pues, en esas cosas lo que queramos, y nadie podrá,
de grado, impedírnoslo, sino que seremos en ellas totalmente libres y
dominadores de otros, y todo esto será nuestro porque sacamos provecho de ello15.
Pero en aquello en lo que no hemos logrado conocimiento no nos permitirá nadie
hacer lo que a nosotros nos parezca, más bien nos lo impedirán todo lo que
puedan, y no sólo los extraños, sino el padre y la madre e, incluso, alguien
más próximo, si lo hubiera. En estas cosas seremos, pues, súbditos de otros y
ellas mismas nos serán ajenas, porque ningún provecho sacamos de ellas.
15. El tema del amor ha
pasado ya por el contraste del conocimiento, del saber. El concepto de
utilidad que adorna estos saberes que Sócrates enumera, y que tienen que ver
con una noción característica de la Atenas democrática, apunta, sin embargo, a
algo más profundo: a la idea de competencia que produce algún tipo de bien a la
comunidad. Sócrates lo expresará inmediatamente con el término sophós (201d).
-¿Concedes que es así?
-Lo concedo.
-Entonces, ¿seremos amigos de alguien y será alguno
amigo nuestro por aquellas cosas por las que que somos inútiles?
-En modo alguno, dijo.
-Por tanto, ahora, ni tu padre te ama ni nadie ama a
nadie, en tanto que es inútil.
-Parece que no, dijo.
d
-Si, en cambio, llegas a ser entendido, oh hijo mío, entonces todos te
serán amigos, todos te serán próximos, porque tú, a tu vez, serás provechoso y
bueno; pero si no, entonces nadie te querrá, ni tu padre, ni tu madre, ni tus
parientes. ¿Es posible, pues, estar orgulloso, Lisis, cuando aún no se sabe
pensar?
-¿Cómo podría?, dijo.
-Si necesitas de un maestro es que todavía no sabes.
-Es verdad.
-Ni puedes, por consiguiente, tenerte por un gran
sabio, si no sabes nada.