Platón
INTRODUCCIÓN
El Hipias Mayor es un diálogo aporético: el
problema planteado queda sin resolver al finalizar la discusión. Tiene una
extensión de casi el doble que el Hipias Menor, y este dato es, sin
duda, suficiente para explicar los adjetivos comparativos que sirven para distinguir
un diálogo del otro. Aunque en la Antigüedad no existió problema sobre la autenticidad
de este diálogo, algunos filólogos han puesto en duda, en los dos últimos
siglos, la atribución de este diálogo a Platón. Parece tan difícil admitir las
objeciones alegadas, como creer ciegamente en la autenticidad del diálogo. En
todo caso, esta obra figurará siempre en el corpus platónico, porque, a
pesar de los problemas que pueda suscitar su atribución a la pluma de Platón,
es una obra de corte platónico en lo literario, en lo filosófico y en la forma
general del tratamiento del tema[L1].
La cuestión discutida en este diálogo es la de lo
bello en sí mismo, la esencia que debe subyacer a todas las cosas bellas para
que sean bellas. En principio podría parecer que se trata de un estudio independiente
sobre este tema al que más tarde el autor le hubiera asignado los nombres de
Hipias y Sócrates para defender las partes, y al que hubiera colocado una
bella y artística introducción que va hasta 286c, donde empieza el
verdadero tema del diálogo. Hásta tal punto la parte dedicada al tema de lo
bello en sí constituye un. bloque bien caracterizado. Sin embargo, los dialogantes
no pueden ser otros que Sócrates e Hipias. En el caso de Sócrates, no hay la
menor duda. La introducción de ese personaje de carácter áspero en la búsqueda
de la verdad, precisamente desde las primeras lineas en que se aborda el tema
de lo bello, así como su constante presencia a lo largo de todo el resto del
diálogo, nos demuestran que el tema está tratado desde el supuesto de que
Sócrates es un interlocutor obligado. Quizá no parece tan obligado que el otro
interlocutor haya de ser Hipias, pero la verdad es que el personaje está perfilado
muy frecuentemente y muy bien. Es imposible en el diálogo tomar el tema
separándolo de los interlocutores; la trabazón es completa. Es claro que el
tema del diálogo podría haberse tratado con dialogantes no caracterizados,
pero en el caso de este diálogo se puede decir que no
ha sido escrita una sola línea sin tener presente
que los que dialogaban eran, precisamente, Sócrates e Hipias.
Admitido lo que precede, como no puede ser por
menos, comprobamos que la bella parte introductiva está, concretamente,
destinada a la caracterización de los dos personajes, especialmente de Hipias,
puesto que Sócrates aparece diseñado por contraste y, además, es ya un personaje
canónico. Nos encontramos, pues, con un diálogo completamente trabado desde el
principio hasta el fin con unidad interna precisa. Dos rasgos llaman, sin
embargo, la atención: la ironía y la agresividad. Se trata sólo de una distinción
de grado. Los dos personajes se expresan con más dureza de la habitual. La
irritación de Hipias y la dura ironía de Sócrates desde 300c hasta 302a,
así como las últimas palabras de Hipias en 304a, dejan una impresión de agresividad que no aparece en otros diálogos.
Sin duda, hay más pasión, por ejemplo, en la discusión de Calicicles con Sócrates en el Gorgias,
pero ese apasionamiento, e incluso irritación, no deja la impresión de la
enemistad a flor de piel que se observa en nuestro diálogo. La ironía de Sócrates,
antes aún de entrar en el tema de lo bello, no es una ironía contra los
argumentos sino contra la persona, cuya descalificación se busca.
Es difícil explicarse por qué Platón decidió enfrentar
dos veces, como únicos dialogantes, a Sócrates y a Hipias. No lo ha hecho con
Protágoras ni con Gorgias, sofistas más representativos que Hipias. Puede ser
que no quisiera volver a tocar a Protágoras, muerto casi un tercio de siglo
antes de que Platón pudiera tener la idea de dar su nombre a un segundo
diálogo. Gorgias era ya un anciano de cerca de 100 años al que no parecía oportuno hacer aparecer de nuevo en un
diálogo. En cambio, Hipias era más joven y, durante algún tiempo, cuando ya
Gorgias era muy viejo, debió de ser el sofista de más prestigio. Nuevamente,
como en el Hipias Menor, se trata a este sofista muy por debajo de sus
méritos reales. La imagen que nos llega a través de los dos diálogos resalta
los defectos de Hipias -que ciertamente debió de ser un pozo de vanidad- sin
hacer visibles sus notables méritos. Un juicio sobre Hipias sacado de su actuación
en los dos diálogos citados tendría algo que ver con una parte de la realidad,
pero no daría la medida de lo que realmente fue este sofista. Es curioso
considerar que, si es cierto que Platón le dedicó dos diálogos, las dos veces
lo haya tratado del mismo modo.
El Hipias Mayor ha
dado lugar a la discusión de si el concepto de lo bello en sí, es decir, el que
las cosas bellas son bellas por la presencia de lo bello, no es ya el comienzo
de la teoría platónica de las ideas[L2]. Una afirmación semejante aparece en el Eutifrón
6d. Parece
evidente que, de la pura abstracción socrática a la «teoría de las ideas», hay
una vía en la que sería difícil determinar un punto exacto en el que se produzca
el término de la una y el comienzo de la otra. Es el contexto general de un
diálogo el que permite afirmar qué expresiones de este tipo deben ser tomadas
en uno u otro sentido. El contexto de Hipias Mayor no da lugar a pensar que
Platón se haya desprendido todavía de los moldes socráticos.
NOTA SOBRE LA TRADUCCION
Para la versión española se ha seguido el
texto de BURNET, Platonis
Opera, vol. III,
Oxford, 1903 (reimpresión, 1974).
HIPIAS MAYOR
SÓCRATES, HIPIAS
281a
SÓCRATES. -Elegante
y sabio Hipias, ¿cuánto tiempo hace que no has venido a Atenas?
b
HIPIAS. -No
tengo tiempo, Sócrates. Cuando Élide tiene que negociar algo con alguna ciudad,
siempre se dirige a mí en primer lugar entre los ciudadanos y me elige como
embajador, porque considera que soy el más idóneo juez y mensajero de las
conversaciones que se llevan a cabo entre las ciudades. En efecto, en muchas
ocasiones he ido como embajador a diversas ciudades, pero las más de las veces,
por muchos e importantes asuntos, he ido a Lacedemonia; por lo cual, y vuelvo a
tu pregunta, no vengo con frecuencia a estos lugares.
c
Sóc. -Esto es ser de verdad un hombre sabio y
perfecto, Hipias. Lo digo, porque tú eres capaz de recibir privadamente mucho
dinero de los jóvenes y de hacerles un beneficio mayor del que tú recibes, y
también porque eres capaz, públicamente, de prestar servicios a tu ciudad,
como debe hacer un hombre que está dispuesto a no ser tenido en menos, sino a
alcanzar buena opinión entre la mayoría. Ahora, Hipias, ¿cuál es realmente la
causa de que los antiguos, cuyos nombres son famosos por su sabiduría: Pítaco[L3], Bías, Tales de Mileto y
los de su escuela, e incluso los más recientes hasta Anaxágoras[L4], todos o casi todos, se
hayan mantenido alejados de los asuntos públicos?
d
Hip. - ¿Qué otra razón crees, Sócrates, sino que
eran débiles e incapaces de llegar con su espíritu a ambas cosas, la actividad
pública y la privada?
Sóc. -Luego, por Zeus, así como las otras
artes han progresado y, en comparación con los artesanos de hoy, son inhábiles
los antiguos, ¿así también debe mos decir que vuestro arte de sofistas ha avanzado
y que son inferiores a vosotros los antiguos sabios?
Hip. - Hablas muy acertadamente.
282a
Sóc. - Por tanto, Hipias, si ahora resucitara
Bías, se expondría a la risa frente a vosotros, del mismo modo que los
escultores dicen que Dédalo[L5], si viviera ahora y realizara obras como las que le hicieron famoso,
quedaría en ridículo.
Hip. - Así es, Sócrates, como tú dices. Sin embargo,
yo acostumbro a alabar antes y más a los antiguos y a los anteriores a nosotros
que a los de ahora, para evitar la envidia de los vivos y por temor al enojo de
los muertos.
d
Sóc. - Piensas y reflexionas acertadamente,
según creo. Puedo añadir a tu idea mi testimonio de que dices verdad y de que,
en realidad, vuestro arte ha progresado en lo que se refiere a ser capaces de
realizar la actividad pública junto con la privada. En efecto, Gorgias[L6], el sofista de
Leontinos, llegó aquí desde su patria en misión pública, elegido embajador en
la idea de que era el más idóneo de los leontinos para negociar los asuntos
públicos; ante el pueblo, dio la impresión de que hablaba muy bien, y en
privado, en sesiones de exhibición y dando lecciones a los jóvenes, consiguió
llevarse mucho dinero de esta ciudad. Y si quieres otro caso, ahí está el amigo
Pródico; ha venido muchas veces en otras ocasiones para asuntos públicos, y
la última vez, recientemente, llegado desde Ceos en misión pública, habló en el
Consejo [L7]y mereció gran estimación,
y en privado, en sesiones de exhibición y dando lecciones a los jóvenes,
recibió cantidades asombrosas de dinero. Ninguno de aquellos antiguos juzgó
nunca conveniente cobrar dinero como remuneración ni hacer exhibiciones de su
sabiduría ante cualquier clase de hombres. Tan simples eran, y así les pasaba
inadvertido cuán digno de estimación es el dinero. Cada uno de éstos de ahora
saca más dinero de su saber, que un artesano, sea el que sea, de su arte, y más
que todos, Protágoras.
283a e
Hip. - No conoces lo bueno, Sócrates, acerca de
esto. Si supieras cuánto dinero he ganado yo, te asombrarías. No voy a citar
otras ocasiones, pero una vez llegué a Sicilia, cuando Protágoras se encontraba
allí rodeado de estimación, y, siendo él un hombre de más edad y yo muy joven,
en muy poco tiempo recibí más de ciento cincuenta minas; de un solo lugar muy
pequeño, de Inico, más de veinte minas. Llegando a casa con ese dinero se lo entregué a mi padre, y él y los demás de la ciudad quedaron asombrados e impresionados. En resumen,
creo que yo he ganado más dinero que otros dos sofistas cualesquiera juntos,
sean los que sean.
Sóc. -Muy bien, Hipias; es una gran prueba de tu
sabiduría y de la sabiduría de los hombres de ahora en comparación con los
antiguos y de cuán diferentes eran éstos. Según tus palabras, era grande la ignorancia
de los antiguos. Dicen que a Anaxágoras, por ejemplo, le aconteció lo
contrario. Habiéndole dejado en herencia mucho dinero, no lo cuidó y lo perdió
todo; tan neciamente ejercía la sofística. Dicen también cosas semejantes de
otros antiguos. Me parece que con esto aportas un buen testimonio de la
sabiduría de los actuales en comparación con la de los de antes, y es opinión
de muchos que el verdadero sabio debe ser sabio para sí mismo y que, por tanto,
es sabio el que más dinero gana. Sea ya suficiente lo dicho. Respóndeme a este
punto. ¿De cuál, de entre las muchas ciudades a las que vas, has conseguido más
dinero? ¿Es quizá evidente que de Lacedemonia, adonde has ido con mayor frecuencia?
b
Hip.
- No, por Zeus, Sócrates.
c
Sóc. - ¿Qué dices? ¿De dónde menos?
Hip. - Nunca nada, en absoluto.
Sóc. -Dices algo
prodigioso y extraño, Hipias. Díme, ¿acaso tu sabiduría no es capaz de hacer
mejores para la virtud a los que están en contacto con ella y la aprenden?
Hip. - Sí, mucho, Sócrates.
Sóc. - ¿Es que eres capaz de hacer mejores a los
hijos de los habitantes de Inico, y te es imposible hacerlo con los hijos de
los espartiatas?
Hip. - Está lejos de ser así, Sócrates.
Sóc. - ¿Es que, realmente, los siciliotas desean hacerse
mejores, y los lacedemonios no?
d
Hip. - En absoluto; también los lacedemonios,
Sócrates.
Sóc. - ¿Acaso evitaron tu enseñanza . por falta de
dinero?
Hip. -Sin duda no, puesto que lo tienen en abundancia.
e
Sóc. - ¿Qué razón puede haber, entonces, para
que, deseándolo ellos y teniendo dinero, y siendo tú capaz de reportarles la
mayor utilidad, no te hayan despedido cargado de dinero? Quizá sea esta otra razón,
¿acaso los lacedemonios no darían educación a sus hijos mejor que tú? ¿Debemos
decir esto así y tú estás de acuerdo?
Hip. -De ningún modo.
Sóc. - ¿Acaso no eras capaz de convencer a los
jóvenes en Lacedemonia de que progresarían más recibiendo tus lecciones que las
de sus conciudadanos, o no te fue posible persuadir a sus padres de que debían
confiártelos a ti, en lugar de ocuparse ellos de sus hijos, si es que tienen
interés por ellos? Pues no creo que impidieran por envidia que sus hijos se hicieran
mejores.
Hip. -Tampoco yo creo que por envidia.
Sóc. -Sin embargo, Lacedemonia tiene buenas leyes.
284a
Hip. - Ciertamente.
Sóc. - Pues en las ciudades con buenas leyes, lo más
apreciado es la virtud.
Hip. -Sin duda.
Sóc. - Y tú sabes transmitirla a otros mejor que
nadie.
Hip. -Con mucho, Sócrates.
Sóc.-Ciertamente, el que mejor sabe transmitir el
arte de la hípica, ¿acaso no sería apreciado en Tesa lia más que en el resto de
Grecia y recibiría más dinero, y lo mismo en
cualquier parte donde se tomara con interés este arte?
Hip. -Eso parece.
b
Sóc. -El que es capaz de proporcionar las más
valiosas enseñanzas para la virtud, ¿no alcanzará los mayores honores y ganará,
si quiere, la mayor cantidad de dinero en Lacedemonia y en cualquier ciudad griega
que tenga buenas leyes? ¿O tú crees, amigo, que más bien en Sicilia y en la
ciudad de Inico? ¿Debemos creer eso, Hipias? Pues, si tú lo aconsejas, debo
hacerte caso.
Hip. - No es tradición de los lacedemonios, Sócrates,
cambiar las leyes ni educar a sus hijos contra las costumbres.
c
Sóc. -¿Qué dices? ¿No es tradición para los
lacedemonios obrar rectamente, sino erróneamente?
Hip. - Yo no lo afirmaría, Sócrates.
Sóc. - ¿No es verdad que obrarían rectamente educando
a los jóvenes mejor, en vez de hacerlo peor?
d
Hip. - Sí, rectamente. Pero no es legal para ellos
dar una educación que venga del extranjero; puesto que, sábelo bien, si algún
otro, alguna vez, recibiera dinero allí por la educación, yo recibiría mucho
más. Por lo menos, les gusta oírme y me alaban; pero, como digo, no es esa la
ley.
Sóc. -¿Dices tú, Hipias, que la ley es un perjuicio,
o un beneficio para la ciudad?
Hip. - Se establece, creo yo, para beneficio, pero
alguna vez también perjudica, cuando la ley se hace mal.
Sóc. - ¿Qué podemos decir? ¿Los legisladores no
establecen la ley en la idea de que es el mayor bien para la ciudad y de que
sin ella es imposible gobernar en buen orden?
Hip. -Dices la verdad.
Sóc. -Luego, cuándo los que intentan establecer las
leyes no alcanzan el bien, tampoco alcanzan lo justo ni la ley. ¿Qué dices tú?
e
Hip. -Con un razonamiento exacto, Sócrates, así es; sin embargo, la gente
no suele expresarlo así.
Sóc. - ¿Quiénes, Hipias, los que saben, o los que no
saben?
Hip. - La mayoría de los hombres.
Sóc. - ¿Son éstos, la mayoría, los que conocen la
verdad?
Hip. -De ningún modo.
Sóc. - Pero, al menos, los que saben consideran que,
en verdad, es más propio de la ley para todos los hombres producir beneficio,
que perjuicio. ¿No estás de acuerdo?
Hip. -Sí, estoy de acuerdo en que en verdad eso es más propio de la ley.
Sóc. - ¿Luego esa es la verdad y es así como creen
los que saben?
Hip. -Sin duda.
285a
Sóc. - De todos modos, para los lacedemonios,
como tú dices, es más beneficioso recibir la educación dada por ti, aun siendo
ésta extranjera, que recibir la de su propio país.
Hip. - Y digo la verdad.
Sóc. -E, incluso, que lo más beneficioso es lo más
propio de la ley, ¿dices también eso, Hipias?
Hip. -Lo he dicho, en efecto.
Sóc. -Luego, según tu razonamiento, para los hijos
de los lacedemonios es más propio de la ley recibir la educación de Hipias y
es contra la ley recibirla de sus padres, puesto que, en realidad, van a
recibir más beneficio de ti.
b
Hip. -Ciertamente lo van a recibir, Sócrates.
Sóc. -Luego infringen la ley los lacedemonios no
dándote dinero ni confiándote a sus hijos.
Hip. -Estoy de acuerdo en esto; pues me parece que
hablas en mi favor y no debo oponerme.
Sóc. - Así pues, amigo, encontramos que los lacedemonios
infringen la ley y, aún más, lo hacen en asunto de máxima importancia; ellos,
que parecen ser los más respetuosos de la ley. Pero, por los dioses, Hipias, te
alaban y les gusta oír lo que tú expones. ¿Qué es ello? ¿Es, sin duda, lo que
tan bellamente sabes, lo referente a los astros y los fenómenos celestes?
c
Hip. - De ningún modo, eso no lo soportan.
Sóc. - ¿Les gusta oírte hablar de geometría?
Hip. - De ningún modo, puesto que, por así decirlo,
muchos de ellos ni siquiera conocen los números.
Sóc.-Luego están muy lejos de seguir una disertación
tuya sobre cálculo.
d
Hip. - Muy lejos, sin duda, por Zeus.
Sóc. - ¿Les hablas, por cierto, de lo que tú sabes
distinguir con mayor precisión que nadie, del valor de las letras, de las
sílabas, de los ritmos y las armonías?
Hip. - ¿De qué armonías y letras, amigo?
Sóc. - ¿Qué es, ciertamente, lo que ellos te escuchan
con satisfacción y por lo que te alaban? Dímelo tú mismo, ya que yo no consigo
dar con ello.
e
Hip. - Escuchan con gusto lo referente a los
linajes, los de los héroes y los de los hombres, Sócrates, y lo referente a
las fundaciones de ciudades, cómo se construyeron antiguamente y, en suma,
todos los relatos de cosas antiguas, hasta el punto de que yo mismo he tenido
que estudiar y practicar a fondo todos estos temas.
Sóc. -Por Zeus, suerte tienes,
Hipias, de que los lacedemonios no sientan gusto en que se les recite la nómina
de nuestros arcontes desde Solón; de ser así, tendrías buen trabajo para
aprendértela.
Hip. - ¿De qué, Sócrates? Si oigo una sola vez cincuenta
nombres, los recuerdo.
286a
Sóc. - Es verdad; no tenía en cuenta que tú dominas
la mnemotecnia. Así que supongo que, con razón, los lacedemonios lo pasan bien
contigo, que sa bes muchas cosas, y te tienen, como los niños a las viejas,
para contarles historias agradables.
c b
Hip. - Sí, por Zeus, Sócrates; al tratar
de las bellas actividades que debe un joven ejercitar, hace poco fui muy
alabado allí. Acerca de ello tengo un discurso muy bellamente compuesto, bien
elaborado sobre todo en la elección de las palabras. Éste es, poco más o menos,
el argumento y el comienzo. Después de que fue tomada Troya, dice el discurso
que Neoptólemo preguntó a Néstor cuáles eran las actividades buenas que, al
ejercitarlas en la juventud, harían que un hombre alcanzara la mayor
estimación. A continuación, habla Néstor y le propone numerosas actividades
bellas y de acuerdo con las costumbres. He expuesto este discurso en
Lacedemonia y tengo la intención de exponerlo aquí, pasado mañana, en la
escuela de Fidóstrato, así como otros temas que merecen oírse. Me lo ha pedido
Éudico[L8], el hijo de Apemanto.
Procura estar allí tú y llevar a otros que sean capaces de escuchar y juzgar
lo que yo diga.
d
Sóc. -Así será, Hipias, si lo quiere la
divinidad. Sin embargo, respóndeme ahora brevemente sobre esta cuestión, pues
me lo has recordado con oportunidad. Recientemente, Hipias, alguien me llevó a
una situación apurada en una conversación, al censurar yo unas cosas por feas y
alabar otras por bellas, haciéndome esta pregunta de un modo insolente: «¿De dónde sabes tú, Sócrates, qué cosas son bellas y qué otras son feas?
Vamos, ¿podrías tú decir qué es lo bello?» Yo, por mi ignorancia, quedé
perplejo y no supe responderle convenientemente. Al retirarme de la conversación
estaba irritado conmigo mismo y me hacía reproches, y me prometí que, tan
pronto como encontrara a alguno de vosotros, los que sois sabios, le escucharía,
aprendería y me ejercitaría, e iría de nuevo al que me había hecho la pregunta
para volver a empezar la discusión. En efecto, ahora, como dije, llegas con
oportunidad. Explícame adecuadamente qué es lo bello en sí mismo y, al
responderme, procura hablar con la máxima exactitud, no sea que, refutado por
segunda vez, me exponga de nuevo a la risa. Sin duda, tú lo conoces claramente
y éste es un conocimiento insignificante entre los muchos que tú tienes.
e
Hip. -Sin duda insignificante, por Zeus, Sócrates, y sin importancia alguna, por así decirlo.
287a
Sóc. -Luego lo aprenderé fácilmente y ya nadie
me refutará.
Hip. - Ciertamente, nadie; de lo contrario, sería mi
saber desdeñable y al alcance de cualquiera.
b
Sóc. - Buenas son tus palabras, por Hera,
Hipias, si vamos a dominar a ese individuo. Pero, ¿no hay inconveniente en que
yo lo imite y que, cuando tú respondas, objete los razonamientos? En efecto, tengo
alguna práctica de esto. Si no te importa, quiero hacerte objeciones para aprender
con más seguridad.
Hip. -Pues bien, hazlo. En efecto, como decía ahora,
la cuestión no es importante y yo podría enseñarte a responder a preguntas
incluso mucho más difíciles que ésta, de modo que ningún hombre sea capaz de
refutarte.
c
Sóc. - ¡Ay, qué bien hablas! Pero, puesto que
tú me animas, me voy a convertir lo más posible en ese hombre y voy a intentar
preguntarte. Porque, si tú le expusieras a él este discurso que dices sobre las
ocupaciones bellas, te escucharía y, en cuanto terminaras de hablar, no te
preguntaría más que sobre lo bello, pues tiene esa costumbre, y te diría: «Forastero de Élide,
¿acaso no son justos los justos por la justicia?» Responde, Hipias, como si
fuera él el que te interroga.
Hip. -Responderé que por la justicia.
Sóc.-Luego ¿existe esto, la justicia?
Hip. -Sin duda.
Sóc. -Luego también los sabios son sabios por la
sabiduría y todas las cosas buenas lo son por el bien.
Hip. - ¿Cómo no?
Sóc. - Por cierto, estas cosas existen, pues no
sería así, si no existieran.
Hip. -Ciertamente, existen.
d
Sóc. - ¿Acaso las cosas bellas no son bellas
por lo bello?
Hip. -Sí, por lo bello.
Sóc. - ¿Existe lo bello?
Hip. -Existe. ¿Cómo no va a ser así?
Sóc. - Dirá él: «Dime, forastero, ¿qué es lo bello?»
Hip. - ¿Acaso el que hace esta pregunta, Sócrates,
quiere saber qué es bello?
Sóc. - No lo creo, sino qué es lo bello, Hipias.
Hip. - ¿Y en qué difiere una cosa de otra?
Sóc. - ¿Te parece que no hay ninguna diferencia?
Hip. - Ciertamente, no hay ninguna[L9].
e
Sóc. -Sin embargo, es evidente que tú lo sabes
mejor. A pesar de eso, amigo, reflexiona. No te pregunta qué es bello, sino
qué es lo bello.
Hip. -Ya entiendo, amigo; voy a contestarte qué es lo bello y es seguro que
no me refutará. Ciertamente, es algo bello, Sócrates, sábelo bien, si hay que
decir la verdad, una doncella [L10]bella.
288a
Sóc. - ¡Por el perro, Hipias, que has
contestado bella y brillantemente! ¿Es cierto que, si respondo eso, habré contestado
a la pregunta correctamente y que no hay riesgo de que se me refute?
Hip. - ¿Cómo podrías ser refutado, Sócrates, en una
cosa en la que todos los hombres piensan lo mismo y todos los oyentes
confirmarían que tienes razón?
Sóc. - Bien, ciertamente lo harán. Deja, Hipias, que
yo examine para mis adentros lo que dices. Nuestro hombre me hará, poco más o
menos, esta pregunta: « ¡Ea!, Sócrates, contesta. ¿Todas las cosas que tu afirmas
que son bellas, sólo son bellas si existe lo bello en sí mismo?» Yo diré que si
una doncella hermosa es una cosa bella, hay algo por lo que estas cosas son
bellas.
b
Hip. - ¿Crees, en efecto, que él intentará
aún argumentar que no es bello lo que tú dices y que, si lo intenta, no
quedará en ridículo?
Sóc. - Sé bien que lo intentará, admirable amigo. El
resultado nos mostrará si va a quedar en ridículo al intentarlo. Quiero
manifestarte lo que él nos va a decir.
Hip. -Dilo ya.
c
Sóc. - «¡Qué agradable eres, Sócrates!, dirá
él. ¿No es algo bello una yegua bella a la que, incluso, el dios ha alabado en
el oráculo?» ¿Qué le contestaremos, Hipias? ¿No es cierto que debemos decir que
también le yegua, la que es bella, es algo bello? ¿Cómo nos atreveríamos a negar
que lo bello no es bello?
Hip. - Tienes razón, Sócrates, puesto que también el dios dice esto con
verdad. En efecto, en mi tierra hay yeguas muy bellas.
Sóc. - «Sea, dirá él. ¿Y una lira bella no es algo bello?» ¿Decimos que sí, Hipias?
Hip. - Sí.
d
Sóc. -Él dirá a continuación, y lo sé casi
seguro fundándome en su modo de ser: « ¿Y una olla bella, no es acaso algo
bello?
Hip. -Pero, ¿quién es ese hombre, Sócrates? Un mal
educado para atreverse a decir palabras vulgares en un tema serio.
e
Sóc. - Así es él, Hipias, desatildado,
grosero, sin otra preocupación que la verdad. Pero, sin embargo, hay que
responderle, y yo me adelanto a hacerlo. Si un buen alfarero hubiera dado forma
a la olla, alisada, redonda y bien cocida, como algunas bellas ollas de dos
asas, de las que caben seis coes[L11], tan bellas,
si preguntara por una olla así, habría que admitir que es bella. ¿Cómo diríamos
que no es bello lo que es bello?
Hip. -De ningún modo, Sócrates.
Sóc. - « ¿También, dirá él, una olla bella es algo
bello?» Contesta.
289a
Hip. - Así es, Sócrates, creo yo. También es
bella esta vasija si está bien hecha, pero, en suma, esto no merece ser juzgado
como algo bello en comparación a una yegua, a una doncella y a todas las demás
cosas bellas.
Sóc. - Está bien. Ya comprendo, Hipias, que entonnosotros debemos responder lo siguiente al que nos hace tal pregunta. «Amigo, tú ignoras que es verdad lo que dice Heraclito[L12], que, sin duda, el más bello de los