PLATÓN
GORGIAS
INTRODUCCIÓN
El Gorgias es un diálogo considerablemente
más largo que los que le preceden en la serie cronológica. Dentro de toda la
obra platónica es el cuarto en extensión. Su estructura es distinta de la que
presentan los diálogos anteriores y también los posteriores, con la excepción
del libro I de la República, por el hecho de que no es un interlocutor
principal el que conversa con Sócrates desde el principio hasta el fin. En este
diálogo intervienen sucesivamente Gorgias, Polo y Calicles y, durante la
intervención de cada uno de ellos, los otros son personajes mudos, aunque
continúan sin retirarse escuchando a los demás. La sucesión de interlocutores
se funda en que quien toma la palabra admite que el anterior ha cometido un
error. Si él no rectifica el desarrollo de la conversación desde el punto en
que se ha cometido el error, hay que aceptar una conclusión contraria a su
pensamiento. Las contradicciones en que caen sucesivamente Gorgias y Polo son
de tipo moral, al aceptar opiniones admitidas por la mayor parte de la gente.
La distinta personalidad de los interlocutores presta nuevos matices a la
conversación.
No sólo por esta estructura formal es el Gorgias un
diálogo que llama la atención. Ha sido siempre destacado el hecho de que está
escrito apasionadamente. En él pesa mucho más el vigor de las afirmaciones
profundamente sentidas que el rigor lógico deseable. Las obras inmediatas a la
muerte de Sócrates o que se relacionan con su proceso y juicio, sin que oculten
la indignación, ofrecen opiniones más tranquilas y suaves, diríamos
resignadas, ante el dolor por la injusticia cometida con el maestro. Podríamos
decir que en esas obras tenemos claramente expresada la actitud entristecida
del discípulo ante la muerte de Sócrates. El apasionamiento manifestado en el Gorgias parece que procede de otro
motivo diferente del de la muerte de Sócrates o de cualquier otro hecho con
ella relacionado 1. Hay que buscar una razón distinta. Probablemente
se trata de una crisis personal. A la edad de cuarenta años, a su regreso de
Sicilia, Platón tiene acumulada una experiencia enorme, aunque poco agradable.
Nació tres años después de empezar la guerra del Peloponeso. A la edad de
catorce años tuvo que recibir con estupor la información, que llegaba, del
desastre de la expedición a Sicilia y las sucesivas noticias desagradables sobre
el curso adverso de la guerra. Tampoco son buenas las noticias en política
interior, la revolución de los Cuatrocientos, el regreso de Alcibíades, etc.
La ruina de Atenas en 404, el gobierno de los Treinta, del que formaban parte
sus parientes próximos Critias y Cármides, el restablecimiento de la
democracia manchada, para él, por la iniusta muerte de Sócrates y,
especialmente, la dura experiencia del viaje a Sicilia, emprendido con tantas
esperanzas, son las secuencias siempre agitadas que le han acompañado hasta
sus 40 años. No era posible en una polis griega apartarse de la vida política
en la medida en que le es posible hacerlo a un hombre de nuestros días. El espíritu
reflexivo de Platón pudo ejercitarse ampliamente pensando en el hecho mismo de
la organización política. Para su mente, tenía valor, sobre todo, el
establecimiento de una sociedad justa en la ciudad. El poder que esta última
pudiera alcanzar no merecía estimación positiva, si ese poder no era justo.
1. No me es posible hoy mantener la idea expuesta en 1951 de que el
escrito contra Sócrates del retórico Polícrates fuera la causa del carácter
apasionado de este diálogo.
Ésta es la causa central de la crisis personal de
Platón que se manifiesta en el Gorgias.
Ya desde la Antigüedad lleva este diálogo el subtítulo de «Sobre la retórica»
que se deduce obviamente de la discusión con Gorgias. Si al terminar esta
conversación hubiera terminado el diálogo, éste no diferiría de otros de la
primera época ni en el desarrollo ni tampoco en el tamaño. Pero esta primera
parte queda englobada en la totalidad del diálogo que mantiene una unidad
indudable.
La discusión sobre si este
diálogo trata realmente sobre retórica o sobre moral se mantiene aún en
nuestros días, pero ya procede de la Antigüedad. Olimpiodoro escribe: «algunos
dicen que su objeto es tratar sobre la retórica, otros que es una conversación
sobre lo justo y lo injusto». Parece que la unidad de que queremos hablar no es
la de una integración de dos elementos diferentes que se potencian a medida que
se tratan uno y otro sucesivamente 2.
2. Véase, en este sentido, la
opinión de E. R. DODDS, Plato. Gorgias, Oxford, 1959, pág. 3. El mismo DODDS, ibid., pág. 1, que hace la cita en griego, no la
utiliza para delimitar el objeto del Gorgias,
sino para demostrar que ya en la Antigüedad no se consideraba acertado afirmar
que la cuestión tratada en el Gorgias era
la retórica. Guthrie considera que la definición de Olimpiodoro, que damos en
pág. 13, es «difícilmente mejorable».
La retórica, en la vida ateniense, era prácticamente
la única vía de la actividad política. Nadie que no estuviera capacitado para
hablar en público podía dedicarse a la política. Hasta para actuar ante los
tribunales, como acusado o como acusador, era necesario dirigirse personalmente
a los jueces, aunque la defensa o la acusación que se exponía hubiera sido
escrita por profesionales dedicados a esta función. En una ciudad como Atenas,
el conocimiento y dominio de la retórica no era simplemente el adiestramiento
en un bello ejercicio, sino una aspiración muy viva y generalizada, y una
necesidad para todos los que tuvieran el proyecto de ejercer la política. El
pueblo decidía, pero decidía lo que el orador más persuasivo había propuesto.
Un orador hábil era, en consecuencia, un político poderoso; o, dicho de otro
modo, el único medio de llegar a ser un ciudadano influyente lo proporcionaba,
casi con exclusividad, la retórica. No era difícil confundir oratoria y
política. En efecto, el término griego rhētōr sirve lo mismo para
indicar orador que político. No debe, pues, extrañarnos que Platón haya atacado
conjuntamente a la retórica y a la política ateniense; con más precisión, que
haya atacado a la política a través de la retórica.
De este instrumento de la acción política se trata
en el Gorgias. Lo que deja fuera de
combate a Gorgias en la conversación es, precisamente, haber admitido que el
ora dor conoce lo justo y lo injusto. Porque no podemos olvidar en qué plano
coloca Platón la actividad política. Para él, no se puede realizar más que
dentro del ámbito de la moral. Cuando Tucídides (II 100) nos habla de Arquelao,
dice que hizo por Macedonia más que los
ocho reyes que le precedieron. El juicio pragmático de este historiador no
tiene en cuenta más que las realizaciones políticas de Arquelao. Para
Tucídides, no cuenta nada la moral en la política. En cambio, el juicio que
Platón hace de Arquelao (repetidamente, en 470d
y
ss., 479d y 525d) es la otra cara de la moneda. Para él, es el hombre
más perverso y será, en el Hades, un típico
ejemplo de las almas incurables a causa de la magnitud monstruosa de los
delitos cometidos. La razón es que, para Platón, la política es una parte de
la moral. Cabe decir aún más: es la única vía efectiva de ejercer una moral
social. No sólo social sino también individual, porque Platón piensa que la
moral del individuo está en relación con la moral de la sociedad.
Por las razones que se han ido exponiendo resulta
bastante claro que en este diálogo no se tratan dos cuestiones, ni hay
interrelación de una con la otra. De principio a fin hay un solo objeto
perfectamente definido ya por Olimpiodoro: «discutir sobre los principios
morales que nos conducen al bienestar político». Podríamos preguntarnos por
qué Platón no ha colocado a un político como interlocutor de Sócrates desde el
comienzo. Supongamos que ha querido dejar claro, en boca del más prestigioso
maestro, que la oratoria, el instrumento por antonomasia de la actividad
política, es ajena al conocimiento de lo justo y lo injusto. Gorgias tiene que
retirarse de la conversación más bien por error de concepto que por una toma
de postura moral. Por el contrario, Polo empieza afirmando que el hombre
injusto es feliz, lo que explica que la discusión tome un tono más vivo. Pero
las afirmaciones de Polo no tienen otro alcance que el de la expresión de un
estado de cosas evidente para un análisis superficial. Muy distinta es la
posición de Calicles, que pretende sentar racionalmente la necesidad de la
injusticia. Sólo los esclavos y los débiles ––dice–– pueden alabar la justicia,
pero el hombre fuerte no puede por menos de ser injusto. Más aún, sostiene la
paradoja de que lo verdaderamente justo para el fuerte es cometer injusticia.
En cuanto a la fecha de composición, la opinión más
admitida actualmente es la de que la obra fue escrita después del viaje a
Sicilia. Hay numerosos datos en el Gorgias
que inclinan a pensar en el efecto todavía vivo del reciente viaje. Como se
observará en la lectura del diálogo, hay frecuentes alusiones a Italia y
Sicilia y a desarrollos de ideas allí nacidas, de las que no es presumible que
se tuviera adecuada información desde Atenas. Además, todas esas alusiones
llevan la connotación de algo adquirido directamente más que a través de otras
personas llegadas a Atenas o de escritos. Tanto Dodds como Guthrie, por citar
autores recientes, admiten sin mayor discusión una fecha inmediatamente
posterior al primer viaje a Sicilia.
«El Gorgias
es el diálogo más moderno de los diálogos de Platón»3. Esta
afirmación es fácilmente comprobable por la propia lectura del diálogo. Los
problemas en él tratados son los mismos que preocupan al hombre de hoy.
Además, están expuestos con gran belleza literaria. La tensión emocional del
autor se transmite aún íntegramente al lector. Por otra parte, es un diálogo
que se puede seguir de principio a fin sin una preparación filosófica previa.
Las conclusiones precipitadas o las faltas de lógica que el lector puede
encontrar, que requerirían mayor explicación, no entorpecen la secuencia de
las ideas y tienen el contrapeso literario del apasionamiento en la exposición.
En estos datos podemos resumir la «modernidad» del Gorgias.
Las fechas límites dentro de las que puede situarse
la acción de este diálogo son los años 427 y 405. En la primera de ellas,
Gorgias fue por primea vez a Atenas como jefe de la embajada que enviaron los
leontinos para pedir ayuda contra Siracusa. En favor de esta fecha habla también
la referencia a la reciente muerte de Pericles (503c), acaecida en el año 429. Otros datos, sin embargo, nos apartan mucho
de esta posibilidad. Se habla de Arquelao como tirano de Macedonia (470d), situación que no alcanzó
hasta el año 413. Hay una evidente alusión al proceso contra los generales
vencedores en el combate naval de las Arginusas (473c), hecho que nos lleva hasta el año 406. Por tanto, la acción pudo tener
lugar en una fecha indeterminada, entre los años 427 y 405.
3.
DODDS, ibid., pág. 387.
Pero hay que tener en cuenta
que los diálogos platónicos no son el fiel relato de conversaciones realmente
mantenidas por los personajes que en ellos intervienen. Se trata de obras
literarias en las que no sólo los pensamientos, sino también los escenarios y
las fechas son producto de la imaginación del autor. Si Platón hace intervenir
juntos a personajes que quizá jamás se reunieron en el mismo lugar, o si se
permite algún dislate cronológico que puede extrañar al gusto minucioso y detallista de los modernos, téngase en cuenta que
sus contemporáneos, más inclinados a lo abstracto, no fijaban su atención en
estos puntos. Para ellos escribió sus obras; no debemos, por tanto, aplicar
nuestras ideas a lo que no fue escrito para nosotros.
La acción del diálogo se desarrolla así. A un lugar
impreciso, que lo mismo pudiera ser un gimnasio o cualquier otro recinto,
llega Sócrates acompañado de Querefonte, en el momento en que Gorgias ha
terminado una de esas disertaciones a que tan aficionados eran los sofistas. Da
principio el diálogo con una breve conversación entre Querefonte y Polo sobre
el arte de Gorgias. A partir de 449a, Sócrates
mantiene la conversación a lo largo de todo el diálogo, primero con Gorgias,
luego con Polo, posteriormente con Calicles y, por último, cuando éste
abandona la discusión, continúa solo hasta el fin.
Manifiesta Sócrates que, puesto que Gorgias es
orador y maestro de retórica, debe estar en condiciones de decir cuál es el
objeto del arte que profesa (449d). En opinión de
Gorgias, la retórica es el arte que trata de los discursos. Pero también otras
muchas artes ––objeta Sócrates–– versan sobre discursos; la medicina, por
ejemplo, sobre los que se refieren a la curación de los enfermos. Gorgias añade
que en las demás artes intervienen operaciones manuales. Pero esto no sucede ––dice
Sócrates–– con la aritmética y la geometría, a las que, evidentemente, Gorgias
no desearía llamar retórica. En vista de la objeción, afirma éste que los
discursos de los que se ocupa su arte se refieren al mayor bien para el hombre,
esto es, producir la persuasión por medio de la palabra. Y ¿sobre qué persuade la retórica? Según Gorgias, sobre lo justo y
lo injusto ante los tribunales y las asambleas. Pero, en este caso, hay que
distinguir entre ciencia y creencia; puede haber una creencia falsa y otra
verdadera, pero no sucede lo mismo con la ciencia. ¿De qué persuasión es
artífice la retórica, de la que da lugar a la creencia o a la ciencia? Es
evidente ––dice Gorgias–– que sólo de la que produce la creencia (454e), pero su poder es maravilloso. Son los
oradores, no los expertos en la guerra, los que aconsejan en las asambleas
cuando se trata de elegir generales, y lo mismo sucede respecto a otros
técnicos. Más aún, el orador persuade a un enfermo con más facilidad que el
propio médico y, ante la multitud, hace prevalecer su opinión sobre la de
cualquier otra persona. Ahora bien, si un orador hace uso injusto del gran
poder que le proporciona su arte, no se debe culpar de ello a la retórica ni a
los maestros que la enseñan.
Gorgias trata de poner fin a la discusión con un
fútil pretexto, pero ante el deseo de los oyentes se ve forzado a proseguir (458d). Así pues, al reanudarse el diálogo, Sócrates
insiste sobre algunas afirmaciones hechas por Gorgias. Ante la multitud el
orador es más persuasivo que el médico y, por lo tanto, el que no sabe, más que
el que sabe; también respecto a las demás artes, aun sin conocerlas, puede
aparecer más sabio que los que realmente saben. ¿Y respecto a lo justo y lo
injusto? ¿Es suficiente que pase por tener estos conocimientos, o es preciso
que los tenga realmente? (459d). Gorgias admite
lo segundo. Socrates concluye que quien conoce lo justo es justo y que el
justo jamás puede obrar injustamente. Por tanto, ¿cómo es posible decir que no
se debe acusar a la retórica, si un orador obra injustamente?
En este momento empieza la intervención de Polo (461-481).
En su opinión, el error de Gorgias ha consistido en decir que el orador debe
conocer lo justo. Manifiesta Sócrates que, á su entender, la retórica no es
más que una práctica y una rutina, del mismo modo que el arte culinaria; una y
otra son formas de la adulación que tratan de sustituir al conocimiento
razonado de las verdaderas artes. Se produce una sutil discusión sobre si el
que hace lo que quiere es poderoso, suponiendo que el poder es un bien para
quien lo posee.
A continuación nos encontramos con uno de los temas
más importantes del diálogo: el mayor mal es cometer injusticia (469b). Esta afirmación resulta inadmisible para
Polo, y a fin de probar su falsedad, cita el caso de Arquelao, quien, a pesar
de sus numerosos e infames crímenes, es feliz, puesto que reina en Macedonia. Pero ––alega Sócrates–– la discusión exige
pruebas, no testigos; pues el único testigo válido es el interlocutor. El
injusto jamás puede ser feliz, pues si recibe castigo será muy desgraciado, y
si no lo recibe lo será aún más (472e). Cometer
injusticia es más feo que sufrirla y, por tanto, más perjudicial. Puesto que
la injusticia afecta al alma, es el mayor de los males y, en consecuencia, será
un bien librarse de ella por medio del castigo, mientras que no sufrir éste es
permanecer en la mayor desgracia (479a). Si lo mejor para
el injusto es pagar su pena, ¿cuál es la utilidad de la retórica? En todo caso podría
servir para acusarnos a nosotros mismos y, así, quedar cuanto antes libres de
la injusticia.
Las conclusiones anteriores han sacado de quicio a
Calicles, fiero defensor del derecho del más fuerte: Asombrado por las insólitas
afirmaciones que acaba de oír, só lo puede suponer que Sócrates ha hablado en
broma. En su intervención (481-523), Calicles expone su famosa teoría,
proclamada también por otros sofistas y que tanta resonancia ha tenido en el
pensamiento moderno. Según él, hay que distinguir entre naturaleza y ley; por
naturaleza es más feo sufrir injusticia; por ley, en cambio, cometerla. Las
leyes están establecidas por los débiles a fin de contener y atemorizar a los
fuertes; por tanto, éstos deben despreciarlas
y pisotearlas. En su opinión,
Sócrates podría comprenderlo fácilmente, si abandonara la filosofía, que, si
bien es admisible para la juventud, resulta incluso nociva para un hombre
maduro. Valiéndose de pasajes de los poetas, que le sirven al mismo tiempo
para hacer gala de erudición, zahiere y ridiculiza a Sócrates con el pretexto
de aconsejarle (486d).
Al examinar lo expuesto
por su interlocutor, Sócrates cree necesario aclarar el sentido que da Calicles
al concepto de «más fuerte». Responde que el hombre más fuerte es el capaz de
alimentar las mayores y más numerosas pasiones (491e). Dos
bellas alegorías, de procedencia pitagórica, establecen una solución de
continuidad en la sucesión de preguntas y respuestas, pero no convencen a Calicles
de que la vida moderada es mejor que la disoluta. Así pues, ante la
persistencia de su interlocutor, Sócrates entabla una discusión encaminada a
demostrar que el placer y el bien no son la misma cosa, hasta llegar a la
conclusión de que unos placeres son buenos y otros malos (499b).
En opinión de Sócrates, la
cuestión que se debate es de máxima importancia; se trata de saber de qué modo
hay que vivir. ¿Se debe elegir la política, como aconseja Calicles, o la
filosofía? Puede haber una oratoria política que tienda al bien de los
ciudadanos; pero, según Sócrates, no ha existido en Atenas más que la que trata
de adularlos (5036). ¿Intentaban los famosos políticos que nombra Calicles
mejorar a los gobernados por ellos? Esta cuestión conduce a determinar previamente
en qué consiste el bien del alma. Para Sócrates, en el orden, la moderación y
la justicia; el castigo y la reprensión son, sin duda, mejores que el
desenfreno que Calicles había defendido.
Al llegar aquí, Calicles,
que ya antes había intentado abandonar la discusión, se niega a continuarla. A petición de Gorgias, que expresa el deseo de
los demás oyentes, Socrates establece las conclusiones que se deducen de la
conversación: el hombre moderado es justo, y el justo, feliz; por tanto, hay
que huir del desenfreno y practicar la justicia. Un hombre justo puede sufrir
infinitos daños y ultrajes, pero es mayor el perjuicio para quien se los causa
(508e). Quizá el justo no pueda defenderse ante la injusticia, pero el injusto
no puede librarse de ella más que por el castigo de sus culpas. Los medios que
colocan a un hombre en situación de no padecer injusticia le conducen, sin
embargo, casi fatalmente a cometerla, y esto, según ha quedado demostrado, es
el mayor de los males (511a). Cuanto más larga sea la vida del injusto,
mayor es su desgracia; en consecuencia, no se debe procurar conservar la vida
a toda costa, sino vivir lo mejor posible. Sócrates censura a Temístocles,
Cimón, Milcíades y Pericles. Aunque fueron buenos servidores del pueblo, no
buscaron sino saciarle en sus apetitos, y no se ocuparon de moderar y reprimir
sus pasiones, única misión del buen ciudadano (517c). Tan
absurdo es que los políticos se quejen de ser tratados injustamente por sus
gobernados, como que los sofistas, que aseguran enseñar la virtud, digan que
sus discípulos obran injustamente con ellos (519c). La verdadera
política, según Sócrates, es la que él ejercita; pero como no trata de agradar,
sino de procurar el mayor bien a los ciudadanos, le sería muy difícil
defenderse si su vida corriera peligro. Pero la muerte se puede soportar fácilmente,
cuando no se ha dicho ni hecho nada injusto contra los dioses ni contra los
hombres.
Termina el diálogo con el
bellísimo mito sobre el juicio de
los muertos y el destino final de las almas 4. Sin que el relato
pierda unidad, se intercalan en él ideas que sirven para elevar a un plano
ético sublime las conclusiones conseguidas. Así, la opinión corriente,
aplicada aquí a la vida_ ultraterrena.,
sobre los efectos del castigo. Sólo es
provechoso para los que han cometido delitos reparables; sirven en cambio,
únicamente de ejemplo para los demás hombres los terribles sufrimientos de
aquellos cuyos delitos son irreparables; entre estos últimos estará, sin duda,
Arquelao, a quien sus injusticias habrían hecho feliz, según Polo. Si bien es
cierto que Sócrates sería incapaz de defenderse de una acusación ante un
tribunal, ¿qué hará Calicles ante el juez que ha de decidir su destino después
de la muerte? La conclusión final es que el mejor género de vida consiste en
vivir y morir practicando la justicia y
todas las demás virtudes.
4. Comparar este mito con los de otros diálogos de
Platón (Fed. 107c y ss., Rep. 614b y ss.). C1. C. GARCIA GUAL, Mitos,
viajes, héroes, Madrid, 1981,
págs. 45-61.
GORGIAS
CALICLES, SÓCRATES, QUEREFONTE, GORGIAS, POLO 1
447a
CALICLES. –– Así dicen que conviene llegar a la
guerra y al combate 2, Sócrates.
SÓCRATES. –– ¿Quizá nos hemos retrasado y, como
suele decirse, hemos llegado después de la fiesta?
CAL. –– Y por cierto después de una magnífica
fiesta, pues hace un momento Gorgias ha disertado 3 magistralmente
sobre muchas y bellas cuestiones.
b
SÓC. –– Aquí tienes, Calicles, al responsable de nuestro retraso,
Querefonte, que nos ha obligado a detenernos en el ágora.
QUEREFONTE. –– No importa,
Sócrates, pues yo lo remediaré; Gorgias es amigo mío y repetirá su exposición
ante nosotros, si te parece ahora o, si quieres, en otra ocasión.
CAL. –– ¿Qué dices, Querefonte? ¿Desea Sócrates oír
a Gorgias?
QUER. –– Precisamente
para eso hemos venido.
c
CAL. –– Pues entonces venid a mi casa cuando queráis; Gorgias se aloja
en ella y disertará ante vosotros.
SÓC. –– Muy bien, Calicles; pero ¿estaría dispuesto
Gorgias a dialogar con nosotros? Porque yo deseo preguntarle cuál es el poder
de su arte y qué es lo que proclama y enseña. Que deje el resto de su
exposición para otra vez, como tú dices.
CAL. –– Lo mejor es preguntarle a él mismo,
Sócrates, pues precisamente era éste uno de los puntos de su exposición; nos
invitaba 4 ahora mismo a que cada uno de los que aquí estamos le
preguntara lo que quisiera y aseguraba que contestaría a todo.
SÓC. –– Dices bien, Querefonte, pregúntale.
QUER. –– ¿Qué
debo preguntarle?
1. Calicles nos es conocido sólo a través de este
diálogo. Ni Platón lo nombra en otro diálogo ni tampoco lo cita ningún otro
autor. Se ha supuesto que sería un personaje imaginado por Platón. Tan bien
trazado está el tipo humano, que parece difícil pensar que no se trate de una
persona real. Se le asigna un demo, lo que no sería
necesario; se citan amigos suyos bien caracterizados. Desprecia a los sofistas
(520a) y aparece con vocación
totalmente política. Es muy digna de tener en cuenta la opinión de E. R. Donas
(Plato. Gorgias, Oxford, 1959, pág. 13) de que puede tratarse de un
joven valioso cuyas aspiraciones y, quizá, la vida se malograron en los años
próximos al fin de la guerra del Peloponeso. –– Querefonte, del demo de Esfeto, era amigo y admirador de Sócrates,
al que acompañaba con frecuencia. Pertenecía a los demócratas y se exilió
durante el gobierno de los Treinta. Hizo la pregunta al oráculo de Delfos de si
había alguien más sabio que Sócrates (Apol.
21 a). En las Nubes, Aristófanes conjunta su nombre con el de Sócrates
en el «Pensatorio». Murió antes del proceso de Sócrates. –– Gorgias de
Leontinos. Aunque la tradición lo incluye entre los sofistas, no debía de ser
ésa la opinión de Platón, que lo considera maestro, si bien distinguido, de
retórica y orador. Si entonces se lo hubiera considerado sofista no serían
explicables las frases de Calicles en 520a.
Alcanzó
gran longevidad, pues debía de ser unos diez años mayor que Sócrates y murió
bastantes años después que él. Es un personaje muy interesante en muchos otros
aspectos, pero, sobre todo lo es por la influencia de su estilo en la retórica
y en la prosa artística. Su discípulo más caracterizado fue Isócrates. Su
primera estancia en Atenas fue en el año 427. Probablemente murió en Tesalia.
–– Polo de Acragante es discípulo de
Gorgias. Se le conoce sólo por el Gorgias
y por un pasaje del Fedro (267c). En 462b,
Sócrates dice haber leído un libro suyo sobre retórica.
2. Frase con que se recibía al que llegaba tarde a
un espectáculo interesante o agradable, como lo es para Calicles la exposición hecha por
Gorgias.
Con el verbo epideíknysthai y el sustantivo epídeiksis, se
expresan, frecuentemente, los alardes de elocuencia y erudición de que hacían
gala los sofistas y que tanto atraían a la juventud ateniense. Véanse Protág. 310b y ss., Hip.
May. 282c.
4. Parece que fue Gorgias el que inició la costumbre, seguida por todos los
sofistas, de pedir a su auditorio que le propusiera las más diferentes
cuestiones. CICERÓN, De Finib. II 1.
d
SÓC. –– Qué es.
QUER. –– ¿Qué
quieres decir?
SÓC. –– Por ejemplo, si hiciera calzado respondería,
sin duda, que es zapatero; ¿no comprendes lo que digo?
448a
QUER.
–– Te comprendo y
voy a interrogarle. Dime, Gorgias, ¿es verdad lo que dice Calicles, que te
ofreces voluntariamente a contestar a lo que se te pregunte?
GORGIAS. –– Es verdad, Querefonte; así lo he
proclamado hace un momento y sostengo que durante muchos años nadie me ha
presentado una cuestión nueva para mí.
QUER. –– Entonces
responderás con facilidad, Gorgias.
GOR. –– Puedes
hacer una prueba de ello, Querefonte.
POLO. –– Por Zeus,
Querefonte,
si quieres haz la prueba conmigo. Me parece que Gorgias está fatigado porque,
hace poco, ha tratado sobre muchas cosas.
b
QUER.
–– ¿Qué dices,
Polo? ¿Crees que tú contestas mejor que Gorgias?
POL. –– ¿Qué
importa, si respondo suficientemente a tus preguntas?
QUER. –– No
importa nada, pero, ya que es tu deseo, contesta.
POL. –– Pregunta.
QUER. –– Ésta
es mi pregunta. Si Gorgias fuera conocedor del mismo arte que su hermano
Heródico 5, ¿qué nombre apropiado le daríamos? ¿No le daríamos el
mismo que a aquél?
POL. –– Sin
duda.
QUER. –– Así
pues, nos expresaríamos con propiedad llamándole médico.
POL. –– Sí.
QUER. –– Y
si fuera experto en el mismo arte en que lo es Aristofonte 6, hijo
de Aglaofonte, o que el hermano de Aristofonte, ¿qué nombre le daríamos para
llamarle con propiedad?
5. Respecto a la forma de
la pregunta, cf. Protág. 311e. No debe confundirse
a este Heródico, hermano de Gorgias, con Heródico de Mégara o de Selimbria, del
que habla Platón en Protág. 316e y Fedro 227d.
6. Aristofonte y
Aglaofonte fueron pintores famosos, citados por Plinio el Viejo; el hermano de
Aristofonte fue el célebre Polignoto.
c
POL.
–– Es evidente que
pintor.
QUER. –– Pues,
en este caso, ¿de qué arte es conocedor y qué le llamaríamos para expresarnos
rectamente?
d
POL.
––
Existen entre los hombres, Querefonte, muchas artes elaboradas hábilmente
partiendo de la experiencia'. En efecto, la experiencia hace que nuestra vida
avance con arreglo a una norma; en cambio, la inexperiencia la conduce al
azar. De entre estas artes unos ejercen unas y otros otras de modo distinto, y
los mejores practican las más elevadas. Entre estos últimos se encuentra
Gorgias, que cultiva la más bella de las artes.
SÓC. –– Parece, Gorgias, que Polo está bien
preparado para pronunciar discursos, pero no cumple lo que prometió a
Querefonte.
GOR. ––¿Qué dices exactamente, Sócrates?
SÓC. –– Me parece que no contesta plenamente a lo
que se le pregunta.
GOR. –– Pues
interrógale tú, si quieres.
e
SÓC. –– No; me gustaría más preguntarte a ti, si estás dispuesto a
contestar. Pues, por lo que ha dicho, es para mí evidente que Polo se ha
ejercitado más en la llamada retórica que en dialogar.
POL. –– ¿Por
qué, Sócrates?
SÓC. –– Porque al preguntarte Querefonte qué arte
profesa Gorgias, tú alabas este arte como si alguien lo atacara, pero no
respondes cuál es.
POL. –– ¿Pues
no he contestado que era la más bella?
449a
SÓC. –– Sin duda; pero no se te preguntaba cómo es el arte de Gorgias,
sino cuál es y qué se debe llamar a Gorgias. Del mismo modo que antes
respondiste con exactitud y brevedad a los ejemplos que te propuso Querefonte,
dime también ahora cuál es el arte de Gorgias y qué nombre debemos dar a éste.
Pero, mejor aún, Gorgias, dinos tú mismo qué debemos llamarte, en razón de que
eres hábil en qué arte.
GOR. –– En
la retórica, Sócrates.
SÓC. –– Así pues, hay que llamarte orador.
GOR. –– Y
buen orador, Sócrates, si quieres llamarme lo que rne ufano de ser 8, como decía
Homero.
SÓC. –– Sí quiero.
b
GOR.
–– Pues llámame
así.
SÓC. ––¿Debemos decir también que eres capaz de hacer
oradores 9 a otros?
GOR. –– Proclamo
esto no sólo aquí, sino también en otras partes.
SÓC. ––¿Estarías dispuesto, Gorgias, a continuar dialogando
como ahora lo estamos haciendo, preguntando unas veces y respondiendo otras, y
a dejar para otra ocasión esos largos discursos de los que Polo ha empezado a
darnos una muestra? No dejes de cumplir lo que prometes y dispónte a contestar
con brevedad a las preguntas.
c
GOR.
–– Ciertamente,
Sócrates, algunas contestaciones requieren mayor amplitud; no obstante,
intentaré responder con la máxima brevedad. Precisamente es ésta también una
de las cosas que afirmo: que nadie sería capaz de decir las mismas cosas en
menos palabras que yo.
SÓC. ––Eso es lo que hace falta, Gorgias; hazme una
demostración de esto mismo, de la brevedad, y deja los largos discursos para
otra vez.
GOR. –– Así
lo haré y tendrás que decir que no has oído a nadie expresarse con mayor
concisión.
d
SÓC. –– Veamos. Puesto que dices que conoces el arte de la retórica y
que podrías hacer oradores a otros, dime de qué se ocupa la retórica. Por
ejemplo, el arte de tejer se ocupa de la fabricación de los vestidos; ¿no es
así?
7. Según los escolios, parece ser que esta frase
está tomada de una obra de Polo, quizá la que se cita en 462c; pero es posible que Platón haya imitado solamente
su estilo ridiculizándolo. La traducción no puede recoger la asociación de
elementos expresivos de la frase.
8. Véase Odisea I 180.
9. En griego rhētōr
significa a la vez orador y maestro de retórica.
GOR. –– Sí.
SÓC. ––¿Y la música de la composición de melodías?
GOR. –– Sí.
SÓC. –– Por Hera 10, Gorgias,
que me admiran tus respuestas, pues contestas con increíble brevedad.
GOR. –– Creo,
en efecto, Sócrates, que lo hago muy acertadamente.
SÓC. –– Tienes razón. Veamos; contéstame también así
respecto a la retórica; ¿cuál es el objeto de su conocimiento?
e
GOR.
–– Los discursos.
SÓC. –– ¿Qué discursos, Gorgias? ¿Acaso los que indican
a los enfermos con qué régimen podrían sanar?
GOR. –– No.
SÓC. –– Entonces la retórica no se refiere a todos
los discursos.
GOR. –– Desde
luego que no.
SÓC. –– Pero, sin embargo, capacita a los hombres para
hablar.
GOR. –– Sí.
SÓC. –– ¿Les capacita también para pensar sobre las
cuestiones de las que hablan?
450a
GOR.
–– Pues ¿cómo no?
SÓC. ––¿No es verdad que la medicina, que acabamos
de nombrar, hace a los hombres capaces de pensar y hablar sobre la curación de
los enfermos?
GOR. –– Necesariamente.
SÓC. –– Luego también la medicina, según parece, se
ocupa de los discursos.
GOR. –– Sí.
10. Parece que era una
costumbre personal de Sócrates jurar por Hera; aunque habitual, este juramento
era propio de mujeres. Es la diosa hija de Crono y esposa de Zeus.
SÓC. ––Por lo menos de los que se refieren a las
enfermedades.
GOR. –– Exactamente.
SÓC. –– ¿Y la gimnasia no se ocupa también de los
discursos que se refieren al buen o mal estado de los cuerpos?
GOR. –– Desde luego.
b
SÓC. –– Y, por cierto, también las demás artes, Gorgias, están en la
misma situación; cada una de ellas se ocupa de los discursos que se refieren a
su objeto.
GOR. –– Eso parece.
SÓC. ––¿Por qué, entonces, no llamas retóricas a las
demás artes, ya que también se refieren a discursos, si llamas retórica a la que se ocupa de los discursos?
c
GOR. –– Porque se podría decir que todo el conocimiento de las demás artes se
refiere a operaciones manuales y a otras ocupaciones de esta clase; pero
ninguna de estas obras manuales es propia de la retórica, sino que en ella
toda la actividad y eficacia se producen por medio de la palabra. Por esta
causa yo estimo que el arte de la retórica se refiere a los discursos, y tengo
razón, según afirmo.
SÓC. –– No sé si entiendo bien qué cualidad quieres
atribuirle. Pronto voy a saberlo con más claridad. Contéstame: existen artes,
¿no es verdad?
GOR. –– Sí.
d
SÓC. –– Entre todas las artes, según mi opinión, hay unas en las que
la actividad manual constituye la parte principal y necesitan poco de la
palabra, algunas de ellas no la necesitan en absoluto, sino que podrían llevar
a cabo su función en silencio, como la pintura, la escultura y otras muchas.
Me parece que dices que es con éstas con las que no tiene relación la retórica.
¿No es así?
GOR. –– Sí,
Sócrates; lo comprendes muy bien.
e
SÓC. –– Existen otras que ejercen toda su función por medio de la
palabra y, por así decirlo, prescinden de la acción total o casi totalmente;
por ejemplo, la aritmética, el cálculo, la geometría, las combinaciones en los
juegos de azar y otras muchas artes, en algunas de las cuales la palabra y la
acción son casi iguales; pero en la mayoría es la palabra la que predomina e,
incluso, solamente por medio de ella se lleva a cabo su realización y eficacia.
Me parece que dices que una de éstas es la retórica.
GOR. –– Así
es.
451a
SÓC. –– Sin embargo, no creo que quieras dar a ninguna de ellas el
nombre de retórica, si bien literalmente has dicho que la retórica es la que
alcanza su eficacia por medio de la palabra, y se podría argüir, si se
quisiera sutilizar, «¿Luego dices que la aritmética es retórica, Gorgias?»
Pero yo no creo que tú llames retórica ni a là aritmética ni a la
geometría.
GOR.