PLATÓN
EUTIDEMO
INTRODUCCIÓN
1.
Naturaleza y contenido del diálogo
Los designios de la fama
parecen haber sido un tanto crueles con el Eutidemo. Sin necesidad de mayores esfuerzos para justificar su inclusión en el corpus
platonicum -porque sólo muy pocos y, entre ellos, el
infatigable Von Ast se
atrevieron en el siglo pasado a dudar de su autenticidad-, ha conservado desde
la tardía antigüedad un placentero y casi inofensivo lugar junto a otras obras
reconocidas como superiores, tales como el Protágoras, el Gorgias y
el Menón. A excepción de un filósofo
epicúreo, Colotes de Lámpsaco, que, allá por el siglo ni a. C., perturbó la
tranquilidad del diálogo atacándolo en un escrito, ha gozado siempre éste de
una relativa indiferencia por parte de críticos y lectores de todos los
tiempos.
Pero lo curioso de tal
destino radica en que, si bien no hay obra alguna de Platón frente a la cual
resulte posible permanecer indiferente, es el Eutidemo uno de aquellos diálogos más inquietos y mordaces, que encierra una vehemencia
que hasta puede calificarse, por momentos, de volcánica.
Su factura, como su
propósito, no guardan secretos. Son casi simples y manifiestos. El diálogo se
abre y cierra con una conversación de Critón con Sócrates. En el medio, como
si estuviese cuidadosamente depositado dentro de una cápsula para contener su estallido,
figura el núcleo del diálogo: el relato que Sócrates hace de las discusiones
mantenidas el día anterior con dos renombrados sofistas extranjeros -Eutidemo y
Dionisodoro-, en los recintos del Liceo. En el vestuario, para ser más
precisos. El escenario, pues, no es otro que el del Lisis. Y Critón, que había
estado allí presente, no logró escucharlas.
El propósito declarado del diálogo lo pone Platón varias
veces en boca de Sócrates a lo largo de la obra: persuadir al joven Clinias
-el nieto de Alcibíades el viejo-, que se encontraba con ellos en el lugar, de
que es necesario filosofar -ejercitarse en el saber- y ocuparse de la virtud (areté). Lo que persigue fundamentalmente
es exhibir cómo lo alcanzan los extranjeros, de qué medios se valen ellos,
cuya celebridad era grande por la eficacia y rapidez de su enseñanza, y si, en
verdad lo logran, o no.
La narración se sucede en dos series de secuencias
recurrentes, hábilmente entrelazadas y con un ritmo gradual de creciente
tensión. Entre los tres ensayos que practican los sofistas poniendo de
manifiesto los mecanismos de su enseñanza, se intercalan dos exhortaciones al filosofar,
esgrimidas con modesta ironía por Sócrates, pero con singular fuerza de
convicción, para hacer evidente la diferencia de procedimientos. Mas la
intención de Platón no es sólo ésa: es la de mostrar, también, a través de los
ocasionales interlocutores -el apuesto Clinias y el fogoso Ctesipo-, los
resultados que pueden alcanzarse por cada una de las dos vías.
Los recursos que despliega Platón en la obra son, como
bien han dicho algunos estudiosos, efectivamente teatrales. Los personajes
poseen contornos psicológicos acabados y las escenas una vitalidad muchas
veces notable. Ésos han sido, quizá, los principales factores para subestimar
el alcance especulativo del diálogo, reduciéndolo, en su maestría, a una simple
pieza de comedia con ribetes aristofanescos. Es cierto que los dos sofistas
llegan a mostrarse demasiado caricaturescos y que sus argucias, algunas de
dudoso sabor, resultan, sobre todo hacia el final de la obra, de un calibre
excesivo. Es cierto, también, que parecen un tanto esquemáticas las
transformaciones que se operan en Clinias y en Ctesipo, por obra de las exhortaciones
socráticas y las refutaciones sofísticas respectivamente. Pero no puede
negarse la habilidad del artífice en el cuidado armado de las secuencias y en
la destreza de articular en un todo dinámico pensamiento y acción.
Porque, naturalmente, no se trata sólo de enfrentamientos
de personajes. Ellos son, en el fondo, métodos que se oponen y luchan: el de la
refutación erística, por un lado, y el de la dialéctica socrática, por el
otro. Ambos difieren de las técnicas retóricas y exigen una sumisión al ejercicio
ordenado de la pregunta y la respuesta; pero ambos se oponen, en cuanto a sus
pretensiones y a los objetivos buscados. Mientras uno se jacta de poder
enseñar la virtud en el menor tiempo, a través de una superficial consistencia
verbal que se vale del recurso de la pregunta, sin más que una alternativa en
la respuesta, el otro carece de urgencias, es capaz de deslizarse por encima
de los inevitables equívocos con que el uso reviste a las palabras -capaz de
trascender el mero plano lingüístico-, y aceptar las modalidades inevitables de
las respuestas. La manera que Platón encontró para enfrentar esos métodos que
al inexperto podían parecer afines por su forma exterior, al inexperto
ilustrado que prejuiciosamente rechaza con mayor violencia a uno y contempla
con algún deje de displicente resignación al otro -cosa que hace el anónimo personaje
que aparece al final-, fue el de insuflarles vida en un cuerpo.
Así es, pues, como se enfrentan. El propósito
perseguido podrá parecer el mismo, pero no lo es. Uno apelará a la feroz
contienda del pancracio (v. n. 9), y su meta no será otra que la de derribar
al adversario; el otro preferirá una búsqueda conjunta, una suerte de caza que
exige perseverancia como auxilio en
el acecho. La erística no buscará más que el triunfo verbal; la dialéctica
socrática, en cambio, intentará alcanzar un conocimiento: ese conocimiento,
precisamente, «en el que estén reunidos, a la vez, tanto el producir como el
saber usar eso que se produce» (2896).
Ambos métodos son recíprocamente excluyentes. Platón
ha optado por el segundo. El diálogo constituye la prueba más acabada. El primero
es artificioso y estéril: destruye al adversario, pero se destruye también a sí
mismo (v. n. 63). Su resultado es nulo. Quien lo asume está condenado a una
ronda de repeticiones inacabables. El segundo, sencillo y grávido, ofrece por
lo menos, conscientemente asumido, la posibilidad de una vía: «ve tras ella
ardorosamente y ponte a ejercitarla, como dice el proverbio, 'tú y contigo tus
hijos'» (307c).
2. Estructura
del diálogo
La obra presenta con toda nitidez diversos momentos
o secciones que pueden disponerse de la siguiente manera:
1. PRÓLOGO (271a-275c)
Diálogo inicial entre
CRITÓN y SÓCRATES.
II. DESARROLLO (275c-3046)
1. Relato del primer
diálogo con los sofistas (275c-277c).
Interlocutores: EUTIDEMO,
DIONISODORO, CLINIAS y SÓCRATES.
2. Relato de la primera
exhortación socrática (277d-282e). Interlocutores: CLINIAS y SÓCRATES.
3. Relato del segundo
diálogo con los sofistas (283a-288d). Interlocutores: DIONISODORO, SÓCRATES,
CTESIPO, EUTIDEMO.
4. Relato de la segunda
exhortación socrática (288d-290e). Interlocutores: CLINIAS y SÓCRATES.
5. Diálogo central entre
CRITÓN y SÓCRATES (290e-293a).
6. Relato del tercer
diálogo con los sufistas (293b-304b).
Interlocutores: EUTIDEMO,
SÓCRATES, DIONISODORO CTESIPO
III. EPÍLOGO (304c-307e)
Diálogo final entre CRITÓN
y SÓCRATES.
La secuencia de los relatos de los diálogos con los
sofistas no exhibe otro progreso que el del mayor número de falacias a las que
recurren los vanidosos sofistas en su afán de triunfar en las discusiones.
Bonitz y Gifford han enumerado veintiuna, de las cuales el tercer momento contiene
algo menos de la mitad. No se trata, en todos los casos, de meras argucias
verbales. Las hay que encierran importantes y difíciles problemas filosóficos:
la naturaleza del «es» predicativo (283d, 284c), la confusión
del significado relativo con el absoluto (293c,
295e), la que concluye en la imposibilidad de contradecir (285e), las que se relacionan con el principio
lógico de no contradicción (298c), etc.
Precisamente, la lucidez que muestra Platón en la exposición
de las falacias, y en la naturaleza de las cuestiones involucradas, ha llevado
a algunos autores -como Th. Gomperz en el siglo pasado e I. M. Crombie en el presente-
a sostener, por la vinculación que tienen con temas filosóficos más
extensamente desarrollados en Teeteto y Sofista, una datación posterior
de la fecha de composición del diálogo.
Por otro lado, la naturaleza y el número de las
falacias empleadas, han vinculado ya desde la antigüedad a este diálogo con las
Refutaciones sofísticas de Aristóteles, don de muchas de ellas aparecen
analizadas. En verdad, como dice G. Ryle, Platón trata dramáticamente en el Eutidemo
lo que, después, Aristóteles examina científicamente en sus Refutaciones.
Y es tan llamativa la relación entre ambas obras en este aspecto, que hasta
un autor del siglo pasado -Karl Lüddecke- llegó
a sostener-negando, como Von Ast, autenticidad al diálogo- que el Eutidemo no
era más que una compilación realizada por un aristotélico de los ejemplos que
aparecen en las Refutaciones sofísticas. Con lo cual quiso,
seguramente, tirar por tierra la apreciación famosa de V. Cousin: «l'ouvrage d'Aristote intitulé De la Réfutation des sophismes n'est pas autre chose que l'Euthydème réduit en formules générales».
La secuencia de los dos protrépticos socráticos ofrece,
en cambio, un sostenido progreso. En el primero, partiendo de la premisa de
que todos los hombres quieren ser dichosos o felices, se llega a admitir, de
común acuerdo, que el medio para ello son los bienes, y que no basta sólo con
poseerlos, sino que hace falta saber usarlos. En consecuencia, sólo la
posesión de un conocimiento permite su buen uso. En el segundo protréptico se
indaga entonces acerca de la naturaleza del conocimiento que es necesario
poseer para lograr ese buen uso, pero la dificultad del asunto no permite
establecerlo con alguna precisión.
El valor, sin embargo, de estos protrépticos
socráticos no escapó, naturalmente, a los ojos de los antiguos, y Jámblico
-fines del siglo III y comienzos del IV- los maneja y
transcribe resumidamente en su obra denominada precisamente Protréptico (v. n. 40 y, también, las
líneas 293a5-6, transcritas por
Jámblico en 27, 9-10).
2.
Acción dramática y ubicación del diálogo
Casi todos los autores coinciden en que la acción
transcurre entre el 415 y el 404 a. C. No están, sin embargo, de acuerdo
acerca de la ubicación relativa con respecto de los otros diálogos que Platón
escribió en el período que se suele denominar de transición (388-385); pero es
indudable, como también lo confirman los recientes estudios de Leonard Brandwood (The Dating of Plato's
Works by Stylistic Method, Londres, 1958), que se halla junto al Menon y al
Gorgias.
EUTIDEMO
CRITÓN, SÓCRATES
271a
CRITÓN. - ¿Quién era,
Sócrates, aquel con quien hablabas ayer en el Liceo 1 ? Os rodeaba
tanta gente, que si bien me acerqué yo para tratar de escuchar, no pude entender
claramente nada. Empinándome logré, sin embargo, ver algo y me pareció
extranjero tu interlocutor. ¿Quién era?
SÓCRATES. - ¿Por cuál
preguntas, Critón? ¡No había uno, sino que eran dos!
b
CRIT. - El que digo yo estaba sentado en el segundo lugar a tu derecha.
En medio se hallaba el joven hijo de Axíoco 2, a quien encontré, Sócrates, muy desarrollado
y tan crecido que se parece bastante a nuestro Critobulo 3;
pero él es demasiado espigado,
mientras que ése 4, en cambio, se mostraba bien proporcionado y su
aspecto era realmente bello y distinguido 5.
SÓC. - Tú te refieres a
Eutidemo 6, Critón. El otro,
que estaba sentado a mi izquierda, es Dionisodoro, su hermano 7. Y
él también interviene en las conversaciones.
1. El Liceo era uno de los tres más famosos
gimnasios de Atenas. Como la Academia y el Cinosarges -los otros dos-, estaba situado fuera de
los muros de la ciudad. Se hallaba hacia el Este, recostado sobre la falda sur
del monte Licabeto, no lejos de la margen derecha del Iliso, en los alrededores
de un lugar donde, presumiblemente, existió algún templo o altar de Apolo
Liceo. Sócrates lo frecuentaba habitualmente, tal como lo indican con claridad
los comienzos del Eutifrón (2a1), del Lisis (203a1) y el final del Banquete (233d8).
Los
gimnasios no constituían simplemente recintos para realizar ejercicios o tomar
baños, sino que eran lugares de distracción y descanso a los que concurrían los
varones atenienses durante la tarde. Era posible caminar en ellos a través de
los pórticos que habitualmente rodeaban algunas edificaciones (v., más adelante,
273a3 y, en 303b6, la referencia a las columnas), o bien sentarse en
las exedras que solían hallarse en los
extremos.
2. Se refiere a Clinias, cuya presentación más
pormenorizada hace después Sócrates en 275a10-b4. Por el empleo aquí del
término meirákion y de neaniskos (p. ej., en 275a5), la edad de
Clinias debe de oscilar, en ese momento, entre los quince y veinte años. Platón
se refiere también, más adelante, a los admiradores o enamorados que lo acompañan;
pero es JENOFONTE quien pone en boca de Critobulo, en Banquete (IV 12), el elogio más
significativo de la belleza de Clinias.
3. Uno de los cuatro hijos de Critón, y por cuya
educación está éste sumamente preocupado (v. 306d y ss.). Al igual que sus hermanos, fue «discípulo» de Sócrates, según
indica DIÓGENES LAERCIO (II 121). Platón, que suele mencionarlo en varias ocasiones
(p. ej., Apología 33d9, Fedón 59b7), lo
presenta siempre junto a Critón y sin aludir a los restantes hermanos.
4. El indicado en primer término es Critobulo, a
quien se menciona sólo incidentalmente; el otro, allí presente es, por
supuesto, Clinias.
5. Para la expresión griega v. nota 52 de Protágoras.
6. Platón menciona a diferentes Eutidemos en sus
diálogos. El personaje de esta obra sólo aparece nombrado, en cambio, en Crátilo
(386d3) y acerca de la tesis que allí sostiene, v., más adelante, n. 99. El
Eutidemo del comienzo de República (328b5), hijo del anciano y
acaudalado Céfalo, así como el del final de Banquete (222b2), hijo de Diocles,
nada tienen que ver con nuestro personaje. Tampoco debe confundírselo con el interlocutor
de Sócrates en los Recuerdos de JENOFONTE (IV 2, 1-40 y passim), un joven de aproximadamente
dieciocho años y singular ejemplo de «bibliófilo» de la época.
7.. Aparte de las simples menciones de
ATENEO (IX 506b) y SEXTO EMPÍRICO (VII 13 y 64), el único autor.que
alude a un Dionisodoro que parece ser este mismo hermano mayor (v., más
adelante, 283a5) de Eutidemo es
JENOFONTE (Recuerdos de Sócrates III 1, 1). Allí lo presenta
como un «maestro de estrategia» llegado a Atenas.
c
CRIT. - No conozco a ninguno
de los dos, Sócrates. Al parecer, se trata otra vez de algún nuevo tipo de
sofista. ¿De dónde provienen? ¿Cuál es su saber?
b 272a d
SÓC. - Entiendo que son
originarios de por aquí, de Quíos; se establecieron, después, como colonos en
Turios 8, y exiliados de ese lugar, hace ya muchos años que andan
rondando por estas tierras. En cuanto a lo que tú me preguntas acerca del saber
de ambos... ¡es algo asombroso, Critón! Ambos son literalmente omniscientes, y
al punto que hasta ese momento ignoraba yo lo que eran los pancraciastas 9.
Son capaces de luchar valiéndose de todo tipo de recursos, pero no a la manera
como lo hacían aquellos hermanos pancraciastas de Acarnania 10, que
únicamente empleaban el cuerpo; éstos, en cambio, no sólo son habilísimos en
vencer a todos 11 en la lucha corporal -y en particular, en la que
emplea armas tienen, por cierto, singular maestría y son capaces de
adiestrar bien a cualquiera que les pague-, sino que, también, son los más
atrevidos en afrontar las disputas jurídicas y en enseñar a los demás a exponer
y componer discursos adecuados para los tribunales. Antes eran, en efecto,
sólo expertos en esas cosas, pero en la actualidad han llevado a su perfección
el arte del pancracio. El único tipo de lucha que habían dejado sin ejercitar
lo han practicado ahora tan a fondo que nadie se atrevería a enfrentarse con
ellos: ¡tan diestros se han vuelto en luchar con palabras y en refutar
cualquier cosa que se diga, falsa o verdadera! Así, pues, Critón, tengo yo
toda la intención de encomendarme a estos dos hombres, ya que bien dicen ellos
que pueden en poco tiempo hacer diestro a cualquiera en semejantes lides.
8. Colonia ateniense, en cuanto a su
gobierno, y panhelénica, en cuanto a su composición, establecida a instancias
de Pericles en Magna Grecia, muy cerca de Sibaris, hacia 444/3. Hipódamo de
Mileto diseñó su planta y Protágoras se ocupó de sus leyes. Heródoto, primero,
y Lisias, después, participaron en la colonización. Fue centro importantísimo
de irradiación cultural, pero los obstáculos mayores a su definitiva grandeza
fueron la heterogeneidad de la población -que provocó diversas revueltas- y
sus luchas con las ciudades vecinas. Cf. V. EHRENBERG, «The Foundation of Thurii», American Journal of
Philology 69 (1948), 149-170 (= Polis und Imperium, Zurich, 19652,
págs. 298
y sigs.). Cf.,
también,
N. SANTOS YANGUAS-M. PICAZO, La colonización griega, Madrid, 1980, págs.
172-3 y 329, con las referencias bibliográficas allí indicadas.
9. El proceder de los extranjeros, cuyo saber
precisa más adelante denominándolo «erística», lo asimila Platón,
despectivamente, a un tipo brutal de combate gímnico, el pancracio, que era una
combinación de pugilato y lucha en el que toda clase de golpes estaban
permitidos, y donde lo único que se prohibía era hundir los dedos en la nariz o
en los ojos del adversario. R. ROBINSON señala que así como es en Platón «la
apropiada imagen para la dialéctica el camino o la búsqueda, lo es para la
erística la lucha» (Platos EarlierDialectic, 2.a ed., Oxford, 1962, pág. 85).
10. Región situada al noroeste de Grecia, frente a
la isla de Léucade. Nada se sabe acerca de estos hermanos que menciona
Sócrates.
11. Juego de palabras intraducible entre «vencer a
todos» (pánton kratéin) y pancracio
(pankrátion).
CRIT. - ¡Qué ocurrencia, Sócrates! ¿No temes ser a
tu edad ya bastante mayor?
d c
SÓC. - En lo más mínimo, Critón. Tengo, además, una prueba suficiente
y hasta un motivo de aliento como para no temer nada: esos mismos dos hombres
eran viejos -digámoslo así- cuando comenzaron a dedicarse a este saber que yo
quiero alcanzar: la erística. El año pasado, o el anterior, no eran todavía
expertos. Me inquieta, sin embargo, una cosa: no quisiera desacreditarlos
también a ellos como al citarista Cono 12, hijo de Metrobio, quien
me enseña, aún hoy, a tocar la cítara. Mis condiscípulos -que son jóvenes- se
burlan de mí cuando me ven y llaman a Cono «maestro de viejos». Por eso me
preocupa que aparezca alguien motejando de la misma manera a esos dos
extranjeros. Temerosos, tal vez, de que les pueda suceder eso, no estarían
quizás dispuestos a aceptarme. Pero yo, Critón, así como logré persuadir a
otras personas mayores para que asistan a las lecciones de cítara, como
condiscípulos míos, intentaré también persuadir a otras para que hagan lo mismo
aquí conmigo. Y tú también, a propósito... ¿por qué no vienes? Tus hijos nos
sevirían de cebo. Deseosos de tenerlos a ellos como discípulos, estoy seguro de
que también a nosotros nos han de dar lecciones.
12. Figura oscura, al
parecer ya ridiculizada en la comedia por Frínico y por Amipsias. A él alude
también Sócrates como maestro de música en Menéxeno 235e9. Más adelante lo vuelve a mencionar en este diálogo, en 295d3.
CRIT. - Si así te parece, Sócrates, no hay ningún
inconveniente. Pero explícame, primero, en qué consiste el saber de esos
hombres, para que sepa yo lo que hemos de aprender.
e
SÓC. - Lo oirás en seguida, porque mal podría decirte, en efecto, que
no les presté atención. Precisamente, no sólo estuve muy atento, sino que
recuerdo bien lo sucedido e intentaré relatarte todo desde el comienzo.
b 273a
Fue obra de algún dios que estuviese por casualidad sentado allí donde
me viste, en el vestuario del gimnasio, completamente solo y pensando ya en
irme. He aquí que cuando me disponía a hacerlo, apareció la consabida señal
demónica 13. Me volví entonces a sentar y poco después
entraron estos dos, Eutidemo y Dionisodoro, y otros más junto a ellos, sus discípulos,
que me parecieron por cierto numerosos. Una vez allí se pusieron a caminar a lo
largo de la pista. No habían aún dado dos o tres vueltas cuando llegó Clinias,
de quien acabas de decir, con razón, que está muy desarrollado: detrás de él
venían muchos de sus enamorados 14 y entre ellos Ctesipo 15,
un joven de Peania 16, de porte bastante bello y distinguido,
aunque petulante en razón de su juventud. Al ver Clinias desde la entrada que
estaba yo sentado solo, avanzó directamente hacia mí y se ubicó a mi derecha,
justamente como tú dices 17. Cuando Dionisodoro y Eutidemo vieron lo
que hacía Clinias, se detuvieron primero hablando entre sí, y nos miraron una y
otra vez -yo no dejaba de prestarles atención-; se acercaron, después, y uno de
ellos, Eutidemo, se sentó al lado del joven, mientras que el otro lo hacía
junto a mí, a la izquierda, y el resto, en fin, se acomodaba donde podía.
13. La
expresión «la consabida señal demónica», con la que se alude a lo que corrientemente
se ha denominado el «genio», «daimon» o «demonio» socrático, es coincidente
con la que aparece en Fedro (242b9) y en Téages (129b8).
De la comparación de los pasajes principales en los que Platón alude explícitamente
a la cuestión (Apología 31c7-d6 y 40a2-c3, Eutifrón 3b5-6, República 496c3-5, Teeteto 15la3-5,
Alcibíades 1034-6) puede desprenderse: 1) que Sócrates reconoce en sí
la presencia de algo que evita nombrar en forma sustantiva y prefiere, en
cambio, calificar como divino (theîon) o demónico (daimónion),, 2) que semejante «algo»
actúa como una señal que suele manifestarse a la manera de una voz, pero no
física, sino únicamente audible para el «oído del alma»; 3) que esa voz le es
familiar; 4) que aparece imprevisible y súbitamente; 5) que tiene carácter
imperativo; 6) que nunca es arbitraria (al obedecerla, Sócrates advierte lo
fundado y valioso de su aparición); 7) que se manifiesta en todo tipo de
circunstancias, importantes (su no ingerencia activa en política) como
triviales (este encuentro con los extranjeros); 8) que Sócrates le presta
tanto o mayor cuidado que a los sueños y a los oráculos. Lejos, pues, de ser la
voz de la conciencia moral, el testimonio de un dios particular, o una forma
interior y personal que podía revestir para él la Providencia, no es sino
la constatación humana de la presencia de un trasfondo suprahumano, tan divino
como insondable, y al cual todo verdadero filósofo, como Sócrates, debe ser
capaz de abrirse, cual si reconociera que su enseñanza « si parfaitement rationnel,
est suspendu à quelque
chose qui semble dépasser la pure raison» (H. BERGSON, Les deux sources de la morale el de la religion, 33.a
ed., París, 1941,
pág. 60). Por último, dentro del contexto de nuestro diálogo, conviene tener
presente lo que señala bien P. FRIEDLAENDER: «Lo demónico en Sócrates -dice-
determina primariamente su misión educativa. No se trata simplemente de una notable
peculiaridad propia de una determinada persona, sino de algo que es parte
integral de un gran maestro. En tanto que influencia extralógica, asegura que
la educación se desarrolle en el ámbito del lógos y no se convierta en
un ejercicio puramente racional, haciendo posible así una conexión con ese
elemento de misterio que está ausente de la enseñanza sofística. De manera que
Platón lo ha considerado como algo que forma parte de lo normal, no como algo
anormal.» (Platon, vol. 1, 2.a ed., Berlín, 1954,
pág. 38).
14. Véase n.1 de Protágoras
15. Es, posiblemente, algo mayor que Clinias y
también primo de Menéxeno. Aparece en Lisis (203a y 206d-e) y está presente en la muerte de Sócrates (Fedón
59b9).
16 Demo del Ática, ubicado al este de Atenas y al que
pertenecía también Demóstenes.
17 Cf. 271b1.
c
Saludé efusivamente a ambos, puesto que hacía tiempo que no los veía,
y dirigiéndome en seguida a Clinias, le dije:
d
-Estos dos hombres, Clinias, que están aquí -Eutidemo y Dionisodoro-,
son personas doctas que no se ocupan de insignificancias sino de asuntos
importantes: conocen todo aquello concerniente a la guerra y que debe saber
quien aspire a convertirse en estratego -es decir, la táctica, la conducción de
los ejércitos y el adiestramiento necesario para luchar con las armas-.
Además, son también capaces de lograr que uno sepa defenderse en los
tribunales, si llega eventualmente a ser víctima de alguna injusticia.
Mis palabras produjeron en ellos, sin embargo, una
suerte de despreciativa conmiseración; se pusieron ambos inmediatamente a
reír, mirándose entre sí, y Eutidemo dijo:
-No nos dedicamos ya, Sócrates, a esas cuestiones,
sino que las atendemos como pasatiempos.
Admirado, repuse:
-Algo notable habrá de ser vuestra ocupación, si sucede
que semejantes tareas no son ahora para vosotros más que un pasatiempo. En nombre
de los dioses, haced, pues, el favor de decirme cuál es esa maravilla.
-La virtud 18, Sócrates -contestó-;
nosotros nos consideramos capaces de enseñarla mejor y más rápidamente que
nadie.
18 Véase n. 25 de Protágoras
e
274a
-¡Oh Zeus -exclamé-, qué estáis diciendo!
¿Cómo habéis logrado ese prodigio? Yo os consideraba hasta este momento, como
acabo de decirlo, afamados expertos en la lucha armada, y así hablaba de
vosotros. Recuerdo que cuando nos visitasteis la vez anterior hacíais profesión
de ello. Mas si en realidad poseéis ahora este conocimiento, sedme entonces
propicios 19 -y advertid que me dirijo a vosotros exactamente
como si fueseis dioses, implorando perdón por mis expresiones anteriores-. Por
cierto, Eutidemo y Dionisodoro, aseguraos bien de que decís verdad. Es tal la
magnitud de vuestra empresa que en nada puede asombrar el hecho de que uno desconfíe.
-Ten por seguro, Sócrates -dijeron ambos-, que la
cosa es así.
-Pues entonces yo os felicito por esa adquisición mucho
más que al Gran Rey por su imperio 20. Pero contestadme tan sólo
esto: ¿tenéis pensado dar una demostración de semejante saber o qué habéis
decidido?
b
-Hemos venido precisamente para eso, Sócrates, con el ánimo de realizar
una demostración y enseñar, si alguien quiere aprender.
-Os garantizo que lo han de querer todos aquellos
que no lo poseen. En primer lugar, yo mismo; después, Clinias, que está aquí,
y, aparte de nosotros, este joven Ctesipo y también los demás -dije,
señalándole los enamorados de Clinias-.
d c
Éstos, justamente, formaban ya un círculo en torno a nosotros. Porque
había sucedido que Ctesipo advirtió de pronto que estaba sentado lejos de
Clinias, y como Eutidemo al hablar conmigo se inclinaba hacia adelante -y
Clinias se hallaba en el medio de nosotros 21-, me parece que ello
le impedía verlo, de modo que para contemplar a su amado y ansioso también por
escuchar, dio Ctesipo un brinco hacia adelante y fue el primero en colocarse
directamente frente a nosotros. Su actitud determinó que también los demás,
tanto los enamorados de Clinias como los seguidores de Eutidemo y Dionisodoro,
se nos ubicaran alrededor. Y éstos eran precisamente los que yo señalaba
cuando le decía a Eutidemo que estaban ellos dispuestos a aprender. Ctesipo
asintió muy entusiasmado y así también lo hicieron los demás, y todos, en fin,
al unísono, rogaron a ambos que dieran una demostración del valor de ese
saber.
19. Expresión
usada para rogar a los dioses perdón por alguna culpa (cf. Fedro 257a6-8). Son frecuentes las invocaciones a los extranjeros,
tratándolos irónicamente como dioses a lo largo del diálogo.
20. El énfasis que pone Sócrates en la virtud como
adquisición más valiosa que la de todo el imperio persa, trae a colación lo que
decía Demócrito: prefería «encontrar una sola explicación causal que llegar a
ser amo del reino de los persas» (fr. 118 DK = 951 B. C. G.).
21. Tal como aparece indicado en 273bl-8, la
disposición en que estaban sentados es la siguiente: Sócrates tenía a su
derecha a Clinias, y éste, también a su derecha, a Eutidemo. Dionisodoro estaba
a la izquierda de Sócrates. (Para una escena similar a ésta, v. Lisis 206e3-207b7.)
e
-Eutidemo y Dionisodoro -indiqué entonces-, tratad de no escatimar absolutamente
esfuerzo alguno para satisfacerlos, y haced una demostración, con lo que me
complaceréis también a mí. Evidentemente, una que sea lo más completa posible
no es tarea fácil; no obstante, respondedme: ¿sois capaces de convertir en
hombre de bien únicamente al que ya está convencido de que necesita aprender
con vosotros, o también os atrevéis con aquel que aún no lo está, ya porque no
crea que semejante cuestión -la virtud- sea en general susceptible de ser
aprendida, o bien porque piense que vosotros dos no sois precisamente maestros
de ella? Más aún: al que sostiene esto último, ¿persuadirle de que la virtud es
enseñable y que con vosotros podría aprenderla a la perfección, es asunto de
esta misma disciplina o bien de otra?
-Pues de esta misma, Sócrates -contestó Dionisodoro.
275a
-Por lo tanto, Dionisodoro -agregué-, ¿sois en la actualidad los más
capacitados para exhortar a los jóvenes a la filosofía 22 y a la
práctica de la virtud?
-Así lo creemos, efectivamente, Sócrates.
22. Tomada aquí en
su significado etimológico: amor al saber. De la misma manera aparece también
más adelante (282d y 288d). Cf. n. 61 de Protágoras.
b
-Dejad entonces para otra ocasión -dije- el exhibirnos todas vuestras
habilidades y dadnos ahora sólo una demostración: persuadid al joven que está
aquí de que es necesario filosofar y ocuparse de la virtud, con lo que me
complaceréis tanto a mí como a todos los presentes. En efecto, a propósito de
este joven, la cosa es así: tanto yo como todos deseamos que llegue en lo
posible a ser lo mejor. Es hijo de Axíoco -cuyo padre, a su vez, fue Alcibíades
el viejo y primo hermano de Alcibíades, el que ahora está vivo 23- Se llama
Clinias. Es joven y estamos preocupados por él, como naturalmente sucede con
quienes tienen su edad, temerosos de que alguien se nos adelante dirigiendo su
mente hacia otros menesteres y quede echado a perder. Así que habéis llegado ambos
muy oportunamente; y, si no tenéis inconveniente, poned a prueba al joven en
nuestra presencia y dialogad con él.
c
No bien dije casi exactamente esas palabras, Eutidemo contestó con
arrogancia y seguro de sí:
-No hay ningún inconveniente, Sócrates, con tal que
el joven quiera responder.
-¡Pues claro que sí!, dije. Está incluso
acostumbrado a ello. Frecuentemente los que están a su lado le hacen muchas
preguntas y discurren con él, de manera que ha de responder con bastante
seguridad.
23. El diagrama permitirá una ubicación más precisa
de los vínculos familiares
Alcibíades el viejo
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Clinias Axíoco
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Alcibíades Clinias Clinias Alcibíades
Todos son miembros de una poderosa y aristocrática
familia ateniense: la de los eupátridas. Alcibíades figura en varios diálogos
platónicos (Alcibíades primero, Banquete y Protágoras). Clinias y su padre Axíoco son los
interlocutores del diálogo pseudoplatónico titulado, precisamente, Axíoco. (Cf. n. 2.)
d
Lo que sucedió después, Critón, ¿cómo podré narrártelo adecuadamente?
No es fácil por cierto ser capaz de retomar la minuciosa exposición de un saber
tan vasto como engorroso. De modo que yo, a semejanza de los poetas,
necesito, al iniciar mi relato, invocar a las musas y a la Memoria.
Comenzó, pues, Eutidemo, por lo que recuerdo, más o
menos así:
-Dime, Clinias, ¿quiénes son las personas que aprenden:
las que saben o las que ignoran`?
El joven, frente a
semejante pregunta, enrojeció y comenzó a mirarme indeciso; yo, que me había
dado cuenta del desconcierto en que estaba, le dije:
e
-¡Animo,
Clinias!,
di con franqueza la respuesta que te parece. É1 puede estar haciéndote un gran
favor al preguntarte así 24.
En ese momento, Dionisodoro, inclinándose un poco
hacia mí y con amplia sonrisa en el rostro, me susurró al oído:
-Te advierto, Socrates,
que
tanto si contesta de una manera como de otra, el joven será refutado 25.
276a
Y mientras él decía eso, Clinias daba justamente su respuesta, de
modo que no pude advertirle de que se mantuviera alerta. Contestó que los que
saben son los que aprenden.
Dijo entonces Eutidemo:
-¿Hay personas a quienes das el nombre de maestros,
o no?
Admitió él que sí.
24. La pregunta tiene que ver, tanto con la
profesión que los sofistas indicaron antes, cuanto con su capacidad para
persuadir y enseñar la virtud.
25. Se trata -aquí y en lo sucesivo- de enunciados
contradictorios, por lo tanto recíprocamente excluyentes. Es un típico proceder
de los erísticos.
26. Ello sucede, naturalmente, en toda pregunta de
ese tipo que contenga por lo menos un término equívoco.
-Y los maestros, ¿no son acaso maestros de los que
aprenden, como el citarista y el gramatista 27 fueron maestros de ti y de estos jóvenes
cuando érais sus alumnos?
Estuvo de acuerdo.
-¿Y no es cierto que cuando aprendíais todavía no conocíais
lo que estabais aprendiendo?
b
Reconoció que no.
-¿Y erais personas que sabíais, al no conocer esas
casas?
Contestó que no.
-Si no erais personas que sabíais, ¿entonces erais
ignorantes?
Dijo que sí.
-De modo que aprendiendo lo que no conocíais, aprendíais
siendo ignorantes.
Asintió con la cabeza el joven.