PLATÓN
CRÁTILO
INTRODUCCIÓN
El Crátilo
es, sin duda, entre los diálogos de Platón, uno de los que más bibliografía
específica ha suscitado en virtud de los múltiples problemas que plantea [1]. Dejando aparte multitud de pequeños detalles
que van surgiendo a lo largo de todo el diálogo, éstos son los puntos que más
discusión han producido: posición relativa del diálogo dentro de la obra
platónica, identificación de los personajes, relación de sus teorías con las
corrientes de pensamiento de su época y de épocas anteriores, valoración del
largo pasaje de las etimologías; en fin, el objetivo último que Platón se propuso
al escribirlo. No pretendo -ni es ése el lugar adecuado para ello- exponer con
detalle las diferentes opiniones sobre todos estos puntos, aunque sí presentar,
de una forma resumida, el estado actual de la cuestión. Sin embargo, por
razones obvias ofrezco previamente un resumen del contenido del diálogo.
El
Crátilo se
estructura, después de una breve introducción, sobre la base de dos conversaciones
sucesivas de Sócrates con Hermógenes y Crátilo, siendo la primera la más larga,
aproximadamente dos tercios de la obra.
I. Introducción. Hermógenes/Crátilo/Sócrates (383a-385a)
Se
inicia el diálogo con una invitación, por parte de Hermógenes, a que Sócrates
participe de la discusión que éste ha estado sosteniendo con Crátilo sobre la
exactitud de los nombres. Crátilo cede con desgana y Hermógeness plantea el
punto de partida; Crátilo sostiene que los nombres son exactos por
«naturaleza» (physei), por lo que algunos no corresponden a quienes los
llevan, por ejemplo: el mismo de Hermógénes. Éste, por el contrario, piensa que
la exactitud de éstos no es otra cosa que «pactó» y «consenso» (synthéke,
homología), «convención» y «hábito» (nómos, éthos).
La
base de partida de Hermógenes es, como se ve, muy estrecha: no se trata de la
exactitud del lenguaje en general, sino de los nombres y, dentro de éstos, de
los propios.
Sócrates
opina que es un asunto muy serio y que mejor sería ponerse en manos de los
sofistas (especialmente, Pródico) -actitud irónica que va a mantener buena parte
del diálogo y que pone de manifiesto la poca seriedad que el tema del lenguaje,
así planteado, tiene para Sócrates-. Pero accede a indagarlo por el método
dialéctico en compañía de Hermógenes.
II.
Sócrates/Hermógenes (385a-428b). Crítica de la teoría convencionalista del
lenguaje.
1. EN BUSCA DE UNA BASE SÓLIDA. - Sócrates
pretende destruir inmediatamente la teoría convencionalista, para adherirse,
en principio, a la idea naturalista de Crátilo. Y esto lo hace por los siguientes
medios:
a) llevando a Hermógenes, sin que éste lo
advierta, desde una vaga postura convencionalista a otra extrema,
individualista. Hermógenes había hablado de pacto, convención, hábito «de
quienes suelen poner nombres», pero Sócrates le hace admitir que es exacto el
nombre que «cada uno pone». Su intención es clara: relacionar esta postura
convencionalista con la epistemología de Protágoras, que Hermógenes rechaza en
principio;
b) sentado el principio, frente a Protágoras,
de que los seres «son en sí» -y, por tanto, las acciones, entre las cuales está
la de nombrar;
c) llevándolo a admitir que «se puede hablar
falsamente», con lo que se viene abajo definitivamente la teoría de que todos
los nombres son
exactos por convención.
A
través de un paralelismo muy estrecho -y muy del gusto de Sócrates- con la acción
de tejer (y otras actividades artesanales), el instrumento, el artesano que lo
emplea y el fabricante que lo construye, se llega a la conclusión de que la
acción de nombrar tiene un instrumento, que es el nombre, un artesano, que es
el dialéctico, y un fabricante, que es el legislador-nominador.
Al
final de esta parte del diálogo queda claro que «puede que... no sea banal la imposición
de nombres... con que Crátilo tiene razón... el artesano de los nombres no es
cualquiera, sino sólo aquel que se fija en el nombre que cada cosa tiene por
naturaleza y es capaz de aplicar su forma tanto a las letras como a las
sílabas» (390d). Es
decir, existe un nombre en sí (forma) que puede encarnarse en diferentes
sílabas y letras. Sócrates considera definitivamente liquidada la teoría
convencionalista por las consecuencias epistemológicas y -en definitiva- ontológicas
que implica. Frente a ella, opone su -todavía tentativa- teoría de las formas
que parece ajustarse mejor al naturalismo de Crátilo.
2. ANÁLISIS
ETIMOLÓGICO DE LOS NOMBRES (391 d-421
c). - Hermógenes acepta
todo ello, pero quiere saber más exactamente «qué clase de exactitud es ésta».
Sócrates alude irónicamente de nuevo a los sofistas: habría que ir a aprender
de ellos, pero son muy caros y Protágoras ya hemos visto que no sirve. ¿A quién acudir? Nada más barato que los poetas y, especialmente, Homero.
Es así como comienza el análisis etimológico de nombres
propios que aparecen en Homero. Tras una primera tentativa, que se abandona
pronto, de buscar la exactitud en los nombres que aplican los dioses (así,
Janto, Chalkís,
Batiéa) o los hombres, más prudentes, frente a las mujeres (así,
Astianacte), se inicia el estudio de:
a) nombres propios de héroes y dioses que revelan su naturaleza o función (Héctor,
Orestes, Agamenón, Atreo, Tántalo, Zeus, Urano), aunque también se alude de pasada a nombres
que significan «rey», «general», «médico»;
b) nombres comunes genéricos: dios, héroe, hombre (y de aquí
se pasa a alma y cuerpo). Aquí Sócrates
amplía por un momento la estrecha base del punto de partida, para volver de
nuevo a nombres propios de dioses;
c) nombres
propios de dioses: Hestia, Rea, Crono (con una primera alusión a la
filosofía de Heráclito), Poseidón, Hades, Plutón, Deméter, Hera, Perséfone,
Apolo, Musas, Leto, Ártemis, Dioniso, Afrodita, Palas
Atenea, Hefesto, Ares, Hermes, Pan. En este punto se abandona definitivamente
el análisis de los nombres propios y se pasa a nombres comunes de fenómenos
naturales;
d) nombres comunes de fenómenos
naturales: sol, luna, mes, astros, relámpago, fuego, y se pasa,
finalmente, a los nombres comunes de nociones intelectuales y morales;
e) nombres comunes de nociones
intelectuales y morales: la inteligencia,
el juicio, el pensamiento, la prudencia, ciencia, comprensión, sabiduría,
bien, justicia, valentía, lo masculino, la mujer, el arte, el artificio,
virtud y vicio, lo bello y lo feo, lo útil y provechoso; lo dañino y lo
ruinoso; el placer, el dolor, el apetito, el deseo, el amor, la opinión, la
creencia, la decisión, la necesidad, el nombre, la verdad y la falsedad, el
ser y la esencia.
Es importante hacer notar aquí que la base común a
todos estos nombres es la idea heraclitea de que el Universo está en continuo
movimiento [2]. Sócrates
relaciona así con Heráclito (como antes relacionó el convencionalismo con Protágoras)
la teoría naturalista que Crátilo y él, por el momento, sostienen.
3. EN
BUSCA E NOMBRES
PRIMARIOS Y
«STOICHEiA». LA TEORÍA DE LA M1
ESIS(421c-428b). - Hermógenes que, por lo general, se limita a asentir a lo que
va diciendo Sócrates, hace avanzar la indagación con una observación que no
hace más que llevar a sus últimas consecuencias la lógica del análisis
etimológico emprendido por Sócrates. Todos los nombres analizados hasta aquí
son secundarios, es
decir, se explican por locuciones en las que intervienen las palabras ión,
rheón, doûn, etc., pero ¿y éstos?,
¿cómo se explican? Sócrates abandona ya el juego: no se puede acudir al
truco, admitido antes, de decir que son extranjeros. Hay que ir a los
«elementos últimos» (stoicheia, lo que no se explica por otro), es decir, a los fonemas mismos. Pero
antes de analizar su relación con la realidad, sienta las siguientes bases:
a) La
exactitud es una y la misma en los nombres secundarios y en los primarios. No
es lícito quedarse en aquéllos, como hacen los sofistas.
b) La
exactitud consiste en revelar la esencia de los seres, es decir, el «cómo son».
Las que tienen valor «negativo (censurables), por el
contrario, significan «lo que se
opone o dificulta el movimiento.
c) Ésta la revelan mediante la imitación: «el
nombre es la imitación de la esencia mediante sílabas y letras». El lenguaje es
un arte imitativo más, con un objeto propio, la esencia de las cosas. Así como
el pintor realiza su imitación del color con los diferentes pigmentos, así «el
nominador» realiza su imitación de la esencia con sílabas y letras.
Sócrates
ha sentado una base racional para la teoría naturalista, pero sabe que con ella
ha sembrado la semilla de su destrucción, y, desde el principio, deja ver su
des confianza frente a ella: «parece ridículo que se hagan manifiestas las
cosas mediante la imitación por sílabas y letras... lo que yo tengo oído sobre
los nombres primarios me parece completamente insolente y ridículo».
Pero,
a continuación, expone su idea de la imitación que los elementos realizan, o
mejor dicho, algunos elementos (r, d, t, 1, g, n, q, e, o). Con ello parece
que el diálogo llega a su término; sin embargo, Sócrates, veladamente, y Hermógenes,
con toda claridad, instan a Crátilo a que exponga su opinión sobre los
resultados alcanzados hasta el momento. Éste se declara satisfecho sin haberse
percatado de que la teoría de la mímesis ha puesto de relieve las contradicciones
internas del naturalismo que él sostiene.
III. Sócrates/Crátilo. Crítica de la
teoría naturalista (428b-440e).
1.
REVISIÓN DE LOS POSTULADOS ANTERIORES (428b-435d). - A partir de aquí se
inicia un diálogo de sordos en el que Sócrates hace una crítica radical de la
teoría de Crátilo, basándose en el postulado, anteriormente sentado, de que la
nominación es un arte imitativo, mientras que Crátilo repite machaconamente
-ya sin argumentos- su teoría.
La
argumentación de Sócrates es, esquemáticamente, la que sigue:
a) Según ha quedado ya sentado, la exactitud
del nombre consiste en que éste revele la esencia de la cosa; es decir, el
lenguaje es un arte imitativo.
b) Si es arte, por un lado habrá artesanos
buenos y malos, luego el nombre revelará la esencia de las cosas mejor o peor
según la cantidad de rasgos que revele de dicha cosa.
Pero,
además, es un retrato, es decir, algo distinto de la cosa (no una adherencia
o un duplicado de ella, como sostiene el naturalismo de Crátilo), y lo mismo
que un retrato se puede aplicar a quien no le corresponde, así el nombre de puede
aplicarse al objeto que no le corresponde; es decir, se, puede hablar con
falsedad. Por segunda vez se ha probado como falso el célebre sofisma de que no
se puede hablar falsamente.
c) Ahora bien, el nombre no solamente puede
representar mal la cosa. De hecho, a veces representa lo contrario, como
sucede con la palabra sklérótēs, que significa para los atenienses
lo mismo que sklerotēr para los eretrios, siendo así que, en un
caso, termina en s y, en el otro, en r, elementos que significan, según
se explicaba arriba, nociones distintas (r, «movimiento» y s, «agitación»). Y,
además, significando «dureza», contiene 1 que denota lo liso, grasiento,
viscoso (i. e., lo blando).
d) Y, sin embargo, nos entendemos. Aquí
Crátilo admite precipitadamente: «sí, pero por ‘costumbre’ (éthos)». ¿Y
qué otra cosa es costumbre que «convención» (nómos)? Con esto, Sócrates
ha llevado a Crátilo a admitir que, en definitiva, la exactitud del nombre
consiste en la convención.
2.
ESBOZO DE UN NUEVO PUNTO DE PARTIDA (435d-440e). - Sin embargo, ésta ya ha
quedado rechazada, y lo que ahora pretende Sócrates es buscar una salida supe
radora de los planteamientos iniciales de una y otra teoría.
Para
ello pregunta de nuevo a su interlocutor por la función de los nombres: «la
enseñanza (o manifestación) de los seres», contesta Crátilo. A continuación,
Sócrates introduce una sutil identificación entre conocer y buscar o descubrir los seres, por medio de la
cual desvía la corriente de la refutación contra el nominador mismo, último
baluarte que le queda a Crátilo [3].
Sócrates postula que tiene que haber un medio, distinto del nombre, tanto
para conocer como para buscar los seres, porque éste nos lleva a engaño.
En
efecto, el nominador pudo engañarse en su juicio sobre la realidad. Crátilo
opone que ello no fue así, porque todos los nombres son coherentes con la idea
de flujo universal. A esto, Sócrates responde que pudo equivocarse en el punto
de partida y, luego, ir forzando a todos para que se ajustaran a esta idea.
Pero, además, inicia el reexamen de una serie de nombres -algunos ya tratados,
como epistēmē (ciencia), y otros no- a los que subyace la idea
opuesta de reposo; o bien de términos «negativos» que se ajustan a la idea
«positiva» de flujo (por ej., ignorancia, intemperancia).
Con
esto, se ha llegado a una aporía insoluble desde los planteamientos hasta aquí
examinados. Los nombres se encuentran enfrentados -en guerra civil-, lo que indica,
por otra parte, que el nominador no es un ser divino, como sugiere Crátilo en
un intento desesperado. Y, por tanto, no sirven para proporcionarnos certeza
sobre la realidad. El dilema implícito es: o se renuncia a conocer la realidad
(si se admite con Crátilo -y con Hermógenes- que el lenguaje es el único medio
de conocerla) o se acude a otro. Pero, ¿cuál es éste? Dirigirse a los seres
mismos para -si acaso- conocer, después, la exactitud de sus nombres, y no al
revés. Aquí Sócrates acude a un sueño que tiene a menudo (como, otras veces, a
un mito): ello es que los seres son en sí («el bien en sí, lo bello en sí y lo
demás»), porque en caso contrario no habría conocimiento al no existir sujeto
ni objeto estable del mismo.
De
esta forma, el diálogo se cierra con un rechazo de la filosofía de Heráclito y
una insinuación tentativa de la teoría platónica de las formas [4].
Los personajes se despiden con la recíproca promesa de seguir investigando el
tema, sin que Platón llegue a deducir las consecuencias implícitas en las
premisas establecidas en los últimos párrafos. Y el diálogo queda inconcluso,
como tantos otros. Pero la posición platónica es clara; el lenguaje es un camino
inseguro y engañoso para acceder al conocimiento de la realidad.
El
Crátilo no es el único diálogo platónico que trata el problema del
lenguaje, pero sí es el único que trata el lenguaje como problema. Ahora bien,
lo mismo que en los otros diálogos en que, de alguna forma, se plantea el tema
(especialmente, en Eutidemo, Teeteto y Sofista), el lenguaje como tal
no es el verdadero objeto del debate, sino una excusa de Platón para sentar su
propia epistemología y -en último término- su propia ontología.
El
Crátilo no es un estudio del lenguaje en su estructura y funcionamiento
[5].
Es un debate sobre la validez del mismo para llegar al conocimiento [6].
Tampoco hay a que buscar en él, por consiguiente, una indagación sobre el
origen, como se ha hecho a veces [7].
Desde el principio mismo del diálogo, queda suficientemente claro que el
verdadero tema es la orthótés («rectitud» o «exactitud») del nombre.
Y
aquí hay que hacer dos salvedades: en primer lugar, no se trata de la correcta
aplicación de los nombres. Éste es el sentido de la orthótēs de
Protágoras, Pródico o el mismo Demócrito [8].
Con este término se refiere aquí Platón a la adecuación del lenguaje con la
realidad, lo que pone de manifiesto, como señalaba antes, que el problema real
no es lingüístico, sino epistemológico.
En
segundo lugar, no se trata, en principio, de la exactitud del lenguaje en
general, sino de la «exactitud de los nombres» (orthótēs onomátōn)
y, más exactamente, de los propios, lo cual proporciona al diálogo un punto
de partida excesivamente estrecho. Bien es verdad que Sócrates va ampliando
el tema, progresivamente, a los nombres comunes, a los verbos y, en definitiva,
a los elementos últimos, pero siempre se queda en el umbral de la palabra
individual [9].
Pues
bien, el problema de la orthótēs, lo plantea Platón dentro del marco general de la típica
antinomia sofística physis/nómos [10].
No
lo hace, desde luego, en los términos de la oposición physis/thésis, que es posterior [11];
y es, al menos, cuestionable el que se hubiera planteado expresamente en los de
physis/nómos
antes de Platón
con la amplitud que éste le concede, aunque testimonios de Demócrito y
Antifonte parezcan dar pie para pensarlo [12].
Tanto
Crátilo como Hermógenes sostienen que los nombres son exactos. La diferencia
estriba en que para Hermógenes lo son todos katà nómon o éthos (por «convención»
o «costumbre») y para Crátilo, o lo son katà physin (ajustándose a la
realidad), o ni siquiera son nombres, sino meros ruidos. Tal es el
planteamiento radical que se ofrece al comienzo del diálogo por boca de Hermógenes;
doblemente radical, ya que se afirma que todos los nombres son exactos y
que, o lo son por convención, o lo son por naturaleza. Veamos por separado
ambas tesis y sus bases filosóficas, así como las implicaciones que tienen o
las que Platón les atribuye.
a) La teoría convencionalista. - Es la
sostenida desde el principio por Hermógenes. En realidad, no se trata de una
teoría muy elaborada, como demuestra el que Hermógenes emplee una terminología
vaga (emplea synthekē, homología, nómos y éthos, como si fueran
sinónimos), ni siquiera firmemente sustentada por este personaje, que se deja
llevar por Sócrates demasiado fácilmente hacia un tipo de convencionalismo que
él no había formulado. En efecto, Sócrates lo lleva a afirmar que son exactos
los nombres que cada uno ponga, posición que contradice la noción misma de «convención» por razones obvias
[13].
Lo que intenta Sócrates, arrastrándole hasta esa posición, es hacerle creer que
deriva directamente de la epistemología de Protágoras, que Hermógenes se
apresura a rechazar. En realidad,
esta visión tan estrecha del convencionalismo le sirve a Sócrates para refutar
la tesis de Protágoras y dejar sentado, desde el principio mismo del diálogo,
lo que van a ser sus dos conclusiones más importantes: que la realidad no
depende de nosotros (i. e., el ser
es en sí) y que existe la posibilidad de describirlo falsamente (i. e., de
hablar falsamente). Porque, en verdad, ni Protágoras parece haber mantenido
este tipo de convencionalismo ni, aunque lo hubiera hecho, su filosofía sería
la única base teórica para el mismo.
En efecto, éste aparece expuesto, con mayor o menor
claridad, en los múltiples relatos de la teoría humanista del progreso que era
un tópico en los círculos sofísticos [14].
Pero, incluso, puede que no sea un disparate el hecho de que Diógenes Laercio
(III 9) relacione a Hermógenes con el grupo eleático. En efecto, las premisas
epistemológicas de Parménides pueden llevar a un convencionalismo relativo. No
es que Parménides formulara nunca una teoría lingüística -y mucho menos convencionalista-,
pero de la fraseología de los frs. B8 y B19 [15] (ónoma katéthento, nenómistai, katéthento dúo
gnómas onomázein, etc.) se deduce claramente que los nombres que no
corresponden a la realidad son pura convención entre los humanos, sin por ello
negarles la categoría de nombres. Es el mismo tipo de convencionalismo relativo
que aparece, con fraseología similar, en filósofos como Demócrito, Anaxágoras
y Empédocles [16], y, en
definitiva, el que refleja Platón mismo en la Carta VII [17].
b) La teoría naturalista. - Crátilo
es, frente a Hermógenes, un hombre de escuela, probablemente un «tirón», un
novato, que mantiene contra viento y marea una teoría naturalista que tiene
bien aprendida, pero poco pensada: el nombre es un duplicado, una como
adherencia de la cosa. De aquí se deducen dos consecuencias epistemológicas de
suma gravedad a los ojos de Sócrates: la primera
es que no se puede hablar falsamente. Si el nombre es nombre, el emplear uno
inadecuado no es hablar falsamente, sino emitir sonidos sin sentido. En
segundo lugar, el nombre nos proporciona una información exacta sobre la realidad;
conocer el nombre es conocer la realidad. A ambas ideas se opondrá Sócrates
con todas sus fuerzas en la última parte del diálogo.
Ya en la etimología de Cronos y Rea y, sobre todo,
cuando expone la idea del nominador al imponer los nombres, Sócrates relaciona
sutilmente con Heráclito el naturalismo. De otro lado, Crátilo mismo mantiene
simultáneamente la filosofía de Heráclito y la teoría naturalista. Sin
embargo, es al menos cuestionable que de la filosofía de Heráclito se pueda
deducir tal teoría. Antes al contrario, parece que de una ontología en la que todo fluye sería más lógico
deducir una teoría convencionalista. del lenguaje. Esta contradicción, al menos
aparente [18], complicada
por las noticias que de Crátilo nos ofrece aristóteles (Metafísica 1010a7
ss.) constituye el llamado «problema de Crátilo». Brevemente, éstos son los
términos del problema: en el Crátilo este personaje aparece manteniendo
simultáneamente ambas teorías; sin embargo, Aristóteles (loc. cit.) lo presenta sólo como un heracliteo
radical que «creía que no se debía decir nada, limitándose a mover el dedo».
No se dice nada del naturalismo lingüístico y, más bien, parece deducirse lo
contrario. ¿Cómo conjugar ambas visiones? A menos que el Crátilo del diálogo
no responda al histórico[19]
o que, como mantiene Jackson [20], sea un heracliteo para quien
los nombres son el único medio de fijar el flujo de las cosas, habrá que admitir:
o bien que Crátilo no es realmente un heracliteo [21],
o que ha sido llevado a esta filosofía, precisamente aquí, por Sócrates [22]
Ahora
bien, cualquiera que sea la solución al «problema de Crátilo», es evidente que
la filosofía de Heráclito no es el único, aunque, quizá, sí el más importante,
blanco del ataque dialéctico de Sócrates. Y -sobre todo- no es la única base
sobre la que se sustenta el naturalismo. Hay otras que resultan obvias: de un
lado, la creencia irracional en la relación mágica del nombre con la cosa que
se da en todas las culturas primitivas [23].
De otro lado, lo que Diógenes Laercio (IX 53, 3.35) llama la «tesis de Antístenes»,
según la cual la contradicción es imposible, porque cada cosa tiene un lógos
oikeîos, lo que
viene a significar que es imposible hablar falsamente [24].
En
efecto, desde Schleiermacher se ha venido manteniendo que en
este diálogo, lo mismo que en el Eutidemo, Platón está atacando a Antístenes
sin nombrarlo [25].
Finalmente,
la misma filosofía de Parménides, de quien, en último término, deriva
Antístenes, puede estar en la base del naturalismo [26].
En el fr. B8 niega el filósofo de Elea la
posibilidad de un enunciado falso («no se puede expresar ni concebir
que no existe... no podrías conoces lo que no es -pues no es alcanzable- ni
tampoco podrías expresarlo») y es evidente que, tanto Antístenes como
quienes con él sostienen el principio de la imposibilidad de la predicación falsa,
no hacen más que llevar a sus últimas consecuencias lógicas las premisas de Parménides.
Éstas
son las dos teorías sobre la exactitud de los nombres tal como aparecen
formuladas en el Crátilo, así como las diferentes bases teóricas sobre
las que podrían sustentarse.
c) La posición de Sócrates. - El
pretender
deducir de qué lado está Sócrates en esta oposición convencionalismo/naturalismo,
como se ha hecho, es sencillamente desenfocar el problema [27].
Éste es uno de los diálogos de Platón más finos desde el punto de vista de la
dialéctica socrática, y si algo resulta evidente, es que Sócrates se opone,
primero, a una teoría y, luego, a la otra con el único fin de desvelar sus contradicciones
y peligros; para rechazar a las dos, en último término [28].
Una
vez que ha rechazado el convencionalismo de Hermógenes, por el peligro de sus
implicaciones epistemológicas y por ser contrario a la admisión, por parte de
Hermógenes, de que los seres son en sí y que se puede hablar falsamente,
Sócrates parece tomar partido por el naturalismo. Pero, en realidad, toda su
argumentación a favor de esta tesis se va a volver en contra al final del
diálogo.
Comienza
Sócrates analizando etimológicamente el significado de ciertos nombres propios
-y luego comunesen un clima general de iroonía [29].
Toda esta extensa sección etimológica, que ocupa más de la mitad del diálogo,
ha sido objeto de varias interpretaciones. Debido a su extensión, algunos
comentaristas han visto en ella el objetivo último del diálogo [30]
y elogian la genialidad de algunas ideas. En general, se basan en la
«modernidad» de algunas ideas lingüísticas que aparecen (evolución fonética,
préstamos lingüísticos, etc.). Sin embargo, la mayoría son hechos demasiado
obvios, y, sobre todo, Platón los ofrece como trucos para manipular
etimológicamente el material que Sócrates elige para su análisis. En realidad,
lingüísticamente hablando, esta sección no tiene valor alguno. La mayoría de
las etimologías son disparatadas, como Hermógenes y el mismo Sócrates se
encargan de decirnos más o menos claramente. Solamente un puñado son correctas
y, aun éstas, son simples aproximaciones de unas palabras con otras de su misma
raíz.
Debido
al clima de ironía que envuelve toda esta sección, es probable que Sócrates
esté ridiculizando los procedimientos etimológicos de los sofistas en general,
aunque él alude más concretamente a Pródico y Protágoras [31].
Sin embargo, esta ironía no se agota en sí misma ni la finalidad del Crátilo
es divertirnos [32]:
el método etimológico, llevado a sus últimas consecuencias lógicas, desemboca,
en definitiva, en una teoría mimética del lenguaje y ésta, aunque al final se
revele insuficiente, es una original aportación socrático-platónica a la teoría
lingüística. En efecto, según ésta, el lenguaje tiene la misma función -y
funcionamiento- que las demás artes imitativas, aunque su objeto último sea mucho
más serio: la esencia de las cosas. Ahora bien, si la teoría naturalista nos ha
llevado a la mímesis, ahora ésta se vuelve contra aquélla -lo que pone
de manifiesto, en grado sumo, el alcance de la ironía socrática.
Crátilo,
que ha aceptado el análisis etimológico y la teoría de la mímesis, basada
en la filosofía de Heráclito, se verá forzado a admitir que todo ello es
contradictorio con su propia teoría del lenguaje. En este momento, Sócrates parece,
de nuevo, tomar partido por el convencionalismo. Sin embargo, el diálogo no es
una bagatela dialéctica, ni hay que buscar -repito- de qué lado se queda
Sócrates, sopesando cuidadosamente todas las afirmaciones que hace a lo largo
del mismo. Al final, lo que queda bien claro es la intención de Sócrates de
descalificar al lenguaje como medio para acceder a la realidad, mediante el
rechazo de dos teorías que pretendían, cada una, constituir a éste en el único
y más idóneo método para ello.
Finalmente,
unas palabras sobre la posición relativa del Crátilo dentro de los diálogos
de Platón. Es uno de los pocos diálogos sobre los que el acuerdo no es unánime,
ni siquiera en lo que se refiere a su asignación a uno de, los tres grupos cronológicos
establecidos por el método estilométrico. El Crátilo no tiene alusiones
directas ni indirectas a hechos históricos que pudieran fijar su terminus
post quem, y ha sido situado por diferentes
filólogos -en cada uno de los tres mencionados grupos. Sin embargo, pese a los
intentos de M. Warburg, G. S. Kirk y D. J. Allan [33]
de relegarlo, por
diferentes razones, a una fecha tardía -o de la actitud menos comprometida de
J. Derbolav y L. E. Rose [34] que lo sitúan en el período intermedio-,
sigue teniendo mayor aceptación la opinión de C. Ritter que ya lo clasificó dentro del primer grupo, entre Eutidemo y
Fedón. Posteriormente, H. von
Arnim,
siguiendo la misma línea estadística, aunque apoyándose más prudentemente
en el uso de fórmulas de réplica afirmativa (naí, pány gé, pány mén oûn), lo
clasifica también, junto con Menón, Gorgias y Eutidemo, en el primer
grupo. Esta misma opinión mantienen D. Ross y, más recientemente, J. V. Luce, y, aunque
sacar conclusiones del contenido de los diálogos se ha revelado peligroso desde
Schieiermacher, la inmadurez de la teoría de las formas, tal como aquí se
expone, o de la concepcion general del lenguaje con respecto al Teeteto y
Sofista, parecen apoyar esta atribución del Crátilo al primer grupo.
CRÁTILO
HERMÓGENES,
CRÁTILO, SÓCRATES
383a
HERMóGENES
1. - ¿Quieres,
entonces, que hagamos partícipe también a Sócrates de nuestra conversacion?
CRÁTILO 2. - Si te parece bien...
384a b
HERM. - Sócrates, aquí Crátilo afirma que cada uno de los seres tiene el
nombre exacto por naturaleza. No que sea éste el nombre que imponen algunos
llegando a un acuerdo para nombrar y asignándole una fracción de su propia lengua,
sino que todos los hombres, tanto griegos como bárbaros, tienen la misma
exactitud en sus nombres. Así que le pregunto si su nombre, Crátilo, responde a
la realidad, y contesta que sí. «¿Y cuál es el de Sócrates?», pregunté,
«Sócrates», me contestó. «¿Entonces todos los otros hombres tienen también el
nombre que damos a cada uno?» Y él dijo: «No, no. Tu nombre, al menos, no es
Hermógenes ni aunque te llame así todo el mundo» 3. Y cuando yo le pregunto
ardiendo en deseos de saber qué quiere decir, no me aclara nada y se muestra
irónico conmigo. Simula que él lo tiene bien claro en su mente, como quien
conoce el asunto, y que si quisiera hablar claro haría que incluso yo lo
admitiera y dijera lo mismo que él dice. Conque si fueras capaz de interpretar
de algún modo el oráculo de Crátilo, con gusto te escucharía. O aún mejor: me
resultaría aún más agradable saber qué opinas tú mismo sobre la exactitud de
los nombres -siempre que lo desees.
b
SÓCRATES - Hermógenes, hijo de Hipónico, dice un antiguo
proverbio que es difícil saber cómo es lo bello. Y, desde luego, el
conocimiento de los nombres no resulta insignificante. Claro, que si hubiera
escuchado ya de labios de Pródico 4
el curso de cincuenta dracmas que, según éste, es la base para la formación
del oyente sobre el tema, no habría nada que impidiera que tú conocieras en
este instante la verdad sobre la exactitud de los nombres. Pero, hoy por hoy,
no he escuchado más que el de una dracma 5.
Por consiguiente ignoro cómo será la verdad sobre tan serio asunto. Con todo,
estoy dispuesto a investigarlo en común contigo y con Crátilo. En cuanto a su
afirmación de que Hermógenes no es tu verdadero nombre, sospecho -es un decir-
que está chanceándose, pues tal vez piense que fracasas una y otra vez en tu
deseo de poseer riquezas. Es difícil, como decía hace un instante, llegar al conocimiento
de tales temas, pero no queda más remedio que ponerlos en el centro e indagar
si es como tú dices o como dice Crátilo.
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HERM. - Pues bien, Sócrates, yo, pese a haber dialogado a menudo con éste y
con muchos otros, no soy capaz de creerme que la exactitud de un nombre sea
otra cosa que pacto y consenso 6. Creo
yo, en efecto, que cualquiera que sea el nombre que se le pone a alguien, éste
es el nombre exacto. Y que si, de nuevo, se le cambia por otro y ya no se llama
aquél -como solemos cambiárselo a los esclavos-, no es menos exacto éste que le
sustituye que el primero7. Y es
que no tiene cada uno su nombre por naturaleza alguna, sino por convención y
hábito de quienes suelen poner nombres. Ahora que si es de cualquier otra
forma,.estoy dispuesto a enterarme y escucharlo no sólo de labios de Crátilo,
sino de cualquier otro.
SÓC.
- Hermógenes, puede que, desde luego, digass algo importante. Conque
considerémoslo: ¿aquello que se llama a cada cosa es, según tú, el nombre de
cada cosa?
HERM. - Pienso que sí.
SÓC.
- ¿Tanto si se lo llama un particular 8
como una ciudad?
HERM. - Sí.
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SÓC. -
¿Cómo, pues? Si yo nombro a cualquier ser..., por ejemplo, si a lo que
actualmente llamamos «hombre» lo denomino «caballo» y a lo que ahora llamamos
«caballo» lo denomino «hombre», ¿su nombre será hombre en general y caballo en
particular, e inversamente, hombre en particular y caballo en general? ¿Es esto
lo que quieres decir?
HERM. - Pienso que sí.
SÓC.
- Prosigamos, pues. Dime ahora esto: ¿hay aalgo a lo que llamas «hablar con
verdad» y «hablar con falsedad» 9?
HERM. - Desde luego que sí.
SÓC.
- ¿Luego habría un discurso verdadero y otrro falso?
HERM. - Desde luego.
SÓC.
- ¿Acaso, pues, será verdadero el que desiggna a los seres como son, y falso el
que los designa como no son?
HERM. - Sí.
SÓC.
- ¿Entonces es posible designar mediante ell discurso a lo que es y a lo que no
es?
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HERM. - Desde luego.
SÓC.
- ¿Y el discurso verdadero es acaso verdadeero en su totalidad y, en cambio, sus
partes no son verdaderas?
HERM. - No, también lo son sus partes.
SÓC.
- ¿Acaso sus partes grandes son verdaderas y las pequeñas no? ¿O lo son todas?
HERM. - Todas, creo yo.
SÓC.
- ¿Existe, pues, alguna parte del discurso á la que puedas llamar más pequeña
que el nombre?
HERM. - No. Ésta es la más pequeña.
SÓC.
- Bien. ¿Acaso el nombre del discurso verdaadero recibe una calificación?
HERM. - Sí.
SÓC.
-Verdadero, sin duda, como tú afirmas.
HERM. - Sí.
SÓC.
-¿Y la parte del falso es una falsedad?
HERM. - Así lo afirmo.
SÓC. -¿Es posible, entonces, calificar al nombree de falso y verdadero, si .también lo hacemos con el discurso? 10.
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HERM. - ¿Cómo no?
SÓC.
-¿Acaso el nombre que cada uno atribuye a uun objeto es el nombre de cada
objeto?
HERM.
- Sí.
SÓC.
- ¿Entonces también cuantos se atribuyan a cada objeto, todos ellos serán sus
nombres y en el momento en que se les atribuye?
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HERM. -
Yo desde luego, Sócrates, no conozco para el nombre otra exactitud que ésta: el
que yo pueda dar a cada cosa un nombre, el que yo haya dispuesto, y que tú puedas
darle otro, el que, a tu vez, dispongas. De esta forma veo que también en cada
una de las ciudades hay nombres distintos para los mismos objetos: tanto para
unos griegos a diferencia de otros, como para los griegos a diferencia de los
bárbaros.
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SÓC. -
¡Vaya! Veamos entonces, Hermógenes, si también te parece que sucede así con
los seres: que su esencia es distinta para cada individuo como mantenía Protágoras
11 al decir que «el hombre es la medida
de todas las cosas» (en el sentido, sin duda, de que tal como me parecen a mí
las cosas, así son para mí, y tal como te parecen a ti, así son para ti), o si
crees que los seres tienen una cierta consistencia en su propia esencia.
HERM.
- Ya en otra ocasión, Sócrates, me dejé arrrastrar por la incertidumbre a lo
que afirma Protágoras. Pero no me parece que sea así del todo.
b
SÓC. - ¿Y
qué? ¿También te has dejado arrastrar a la creencia de que no existe en
absoluto ningún hombre vil?
HERM.
- ¡No, no, por Zeus! Más
bien lo he experimentado muchas veces, hasta el punto de creer que hay algunos
hombres completamente viles y en número elevado.
SÓC.
- ¿Y qué? ¿Nunca te ha parecido que hay hommbres completamente buenos?
HERM.
- Sí, muy pocos.
SÓC.
-¿Luego te ha parecido que los hay?
HERM.
- Sí, sí.
c
SÓC.
-¿Cómo, entonces; formulas esto? ¿Acaso quee los completamente buenos son
completamente sensatos y los completamente viles completamente insensatos?
HERM.
- Tal me parece.
SÓC.
-¿Entonces es posible que unos seamos sensaatos y otros insensatos, si Protágoras
dijo la verdad y la verdad es que, tal como a cada uno le parecen las cosas,
así son?
HERM.
- De ninguna manera.
d
SÓC. -
Ésta es, al menos, tu firme creencia: que si existen la sensatez y la insensatez,
no es en absoluto posible que Protágoras dijera la verdad. Pues, en realidad,
uno no sería más sensato que otro si lo que a cada uno le parece es la verdad
para cada uno.
HERM.
- Eso es.
SÓC.
-Pero tampoco, creo yo, piensas con Eutideemo 12
que todo es igual para todos al mismo tiempo y en todo momento. Pues en este
caso tampoco serían unos buenos y otros viles, si la virtud y el vicio fueran
iguales para todos y en todo momento.
HERM.
- Es verdad lo que dices.
e
SÓC. -
Por consiguiente, si ni todo es para todos igual al mismo tiempo y en todo
momento, ni tampoco cada uno de los seres es distinto para cada individuo, es
evidente que las cosas poseen un ser propio consistente. No tienen relación ni
dependencia con nosotros ni se dejan arrastrar arriba y abajo por obra de
nuestra imaginación, sino que son en sí y con relación a su propio ser conforme
a su naturaleza 13.
HERM.
- Me parece, Sócrates, que es así.
SÓC.
- ¿Acaso, entonces, los seres son así por nnaturaleza y las acciones, en
cambio, no son de la misma forma? ¿O es que las acciones, también ellas, no
constituyen una cierta especie dentro de los seres?
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HERM. -
¡Claro que sí, también ellas!
SÓC.
- Luego las acciones se realizan conforme aa su propia naturaleza y no conforme
a nuestra opinión. Por ejemplo: si intentamos cortar uno de los seres, ¿acaso
habremos de cortar cada cosa tal como queramos y con el instrumento que queramos?
¿O si deseamos cortar cada cosa conforme a la naturaleza del cortar y ser
cortado y con el instrumento que le es natural, cortaremos con éxito y lo
haremos rectamente, y, por el contrario, si lo hacemos contra la naturaleza,
fracasaremos y no conseguiremos nada?
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HERM.
- Creo que de esta forma.
SÓC.
- ¿Por ende, si también intentamos quemar aalgo, habrá que quemarlo no conforme
a cualquier opinión, sino conforme a la correcta? ¿Y ésta es como cada cosa
tiene que ser quemada y quemar y con el instrumento apropiado por naturaleza?
HERM.
- Eso es.
SÓC.
- ¿Y no será lo demás de esta forma?
HERM.
- Desde luego.
SÓC.
- Pues bien, ¿acaso el hablar no es tambiénn una entre las acciones?
HERM.
- Sí.
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SÓC. -
Entonces, ¿acaso si uno habla como le parece que hay que hablar lo hará
correctamente hablando así, o lo hará con más éxito si habla como es natural
que las cosas hablen y sean habladas y con su instrumento natural, y, en caso
contrario, fracasará y no conseguirá nada?
HERM.
- Me parece tal como dices.
SÓC.
- ¿Y el nombrar no es una parte del hablar?? Pues sin duda la gente habla
nombrando.