PLATÓN
BANQUETE
INTRODUCCIÓN
1.
Naturaleza y originalidad del diálogo
El
Banquete [1] ha sidó calificado por la inmensa mayoría de
sus estudiosos como la obra maestra de Platón y la perfección suma de su arte.
Es posiblemente el diálogo platónico más ameno y el más identificado con el
espíritu de su tiempo. Es también la más poética de todas las realizaciones
platónicas, en la que difícilmente los aspectos literarios pueden separarse de
la argumentación filosófica, lo que hace que nos encontremos ante uno de los
escritos en prosa más completos de toda la Antigüedad y una de las más
importantes obras literarias de toda la literatura univesal. En este diálogo,
literatura y filosofía son justamente la misma cosa: una composición original
en la que la filosofía toma cuerpo en la realidad, mientras que la visión de
la realidad es enteramente transformada por la filosofía [2].
Combina la pintura de las situaciones rica en detalles y la expresión de los
problemas filosóficos más difíciles con el más alto refinamiento compositional.
Tal vez por ser el diálogo
de Platón más brillante es precisamente el que peor entendido ha sido de todos
sus escritos. Esta cadena de malos entendidos la inició ya Jenofonte, quien
veía en nuestro diálogo un tratado de la pasión amorosa, y de ahí que en su
obra homónima se proponga elogiar los placeres de la vida matrimonial [3].
El
Banquete pertenece
al período medio o de madurez de la producción platónica, junto con el Menón,
Fedón, Fedro y República, período que suele calificarse de «diálogos
ideológicos» [4], en los que
se supera la mera evocación de la filosofía socrática y se aborda la naturaleza
ontológica de las diversas Ideas (alma, belleza, amor, Estado, educación,
etc.). Son diálogos centrados en la búsqueda de definiciones, en los que la
influencia pitagórica es más acusada como consecuencia de los viajes de su
autor al sur de Italia y Sicilia. Particularmente importantes son sus conexiones
con el Fedón, en el que Sócrates se enfreta a la muerte, mientras que en
el Banquete se enfrenta a la vida. De aquí que se haya considerado al
uno como tragedia, y al otro como comedia, y ambos con el mismo tema central:
la personalidad de Sócrates [5].
Como al final de la obra el elogio del amor se torna en elogio de
Sócrates con el discurso de Alcibiades y, por tanto, en defensa de su persona,
la conexión con Apología, de la que en cierta medida viene a ser un
complemento, es, pues, evidente. Por otra parte, el Banquete puede
considerarse también como una continuación del Protágoras, pues todos los grandes
oradores del diálogo (a excepción de Aristófanes) están presentes como
personajes mudos en él. Son los discípulos de los grandes sofistas; Fedro de
Lisias, Pausanias de Pródico, Erixímaco de Hipias, Agatón de Gorgias. Es, por
tanto, la segunda generación de sofistas la que ahora toma la palabra en el Banquete,
el diálogo de los discípulos, como se le ha querido llamar [6].
Por último, el Banquete se ha puesto en relación, asimismo, con el
Gorgias: aquél como debate entre la filosofía y la poesía, éste como debate
entre la filosofía y la retórica. En este sentido es una respuesta a las
críticas de la mala retórica y una ilustración de lo que puede ser un trabajo
bien hecho, como lo prueba el discurso en boca de Diotima: la, retórica al
servicio de la belleza y la verdad [7].
Muchos
son los aspectos de este diálogo que podrían testimoniar su originalidad y
situación especial dentro del conjunto de la obra platónica. Aquí vamos a
fijarnos solamente en cuatro de ellos.
a) Aunque
desde tiempos inmemoriales la poesía y la producción literaria en general están
unidas entre los griegos a los momentos de la comida y la bebida, como puede
apreciarse ya en Homero y, más tarde, en los primeros líricos (Alceo,
Jenófanes, Anacreonte, Teognis, etc.), es lícito afirmar que con el Banquete
inaugura Platón un tipo de literatura simposíaca que tendría, luego, su
continuación en autores como Jenofonte, Plutarco, Ateneo,
Luciano, Metodio, Juliano, etc., género cuya historia y características ha trazado
magistralmente J. Martín [8].
Después de Platón, sabemos que discípulos como Aristóteles, Espeusipo y
Jenócrátes se ocuparon de cuestiones relacionadas con este tipo de literatura.
El propio Platón, en sus Leyes 637a, 639d, 641a y ss., habla del valor educativo
que se puede obtener de las reuniones de bebedores y defiende estas prácticas
frente a los ataques de que eran objeto.
b) La
originalidad del Banquete se pone de manifiesto también en que no se
trata de un diálogo en sentido usual, con el típico método socrático de
preguntas y respuestas (éste sólo tiene una fugaz aparición en la refutación de
Sócrates a Agatón), sino de un gran debate de discursos sobre un tema determinado:
el amor, por qué Eros es
un dios, el papel que juega en la vida humana, etc. Es, en consecuencia, un
duelo de discursos (un agōn lógōn), un certamen de palabras,
en el que los discursos y contradiscursos representan opiniones contrarias o
complementarias que van perfilando y matizando el tema en cuestión. De los
diversos tipos de agōnes literarios el Banquete sería un agôn
sobre el amor, un «Liebesagone», como lo ha caracterizado quien más
exhaustivamente ha estudiado esta cuestión [9].
Estos discursos sobre el amor o erōtikoi lógoi (la expresión
se encuentra en nuestro diálogo en 172b y en Fedro 227c) debieron de nacer en el s. v a.
C., como tantos otros géneros nuevos, aunque es en el s. lv a. C. cuando
están más en boga. Constituyen una clase especial de discursos que, o bien
dirigía un amante a su amado (como el discurso de Lisias que Fedro nos presenta
en el diálogo que lleva su nombre), o bien se centraban en la naturaleza del
amor (como los discursos de nuestro diálogo) [10].
De la época del Banquete tenemos noticias de discursos de este
tipo compuestos por Cebes o relacionados con Alcibiades, y la razón de que no
hayan llegado hasta nosotros en mayor número es la misma por la que no nos ha
llegado la gran parte de la literatura erótica griega antigua (Safo,
Anacreonte, Alceo, comedia nueva, etc.): la quema por parte del clero bizantino
[11].
c) En
tercer lugar, el Banquete es también un diálogo especial por su estilo.
Como es bien sabido, cinco son los tipos de exposición de los diálogos
platónicos: pregunta y respuesta (A), discusión-conversación (B), narración
(C), casi monólogo (D) y monólogo o exposición continua (E) [12].
El Banquete pertenece al grupo de los diálogos relatados, que se suele
situar en torno a la década del 380 a. C., en los que Platón se enfrenta a
problemas que le ocuparían en su edad madura. Pasa de un estilo AD a un estilo
E; en ningún otro diálogo este juego de estilos como principio estructural está
tan marcado como en el Banquete. Todo en este diálogo es contado. El
contenido narrativo de la obra se introduce por medio de un corto diálogo que
no sirve más que para entrar en materia y que no se vuelve a reanudar ni en el
transcurso de la narración ni al final de la misma. Es, pues, un prólogo
introductorio con dos interlocutores, como sucede también en el Fedón. En
nuestro diálogo, Apolodoro, un reciente y fiel admirador de Sócrates, se
tropieza con varios amigos anónimos, hombres ricos de negocios, que le piden
que les cuente lo ocurrido en la celebración de la victoria del poeta trágico
Agatón, acaecida hace ya muchos años. Especial interés tienen estos personajes
en saber los discursos sobre el amor que en ese festejo pronunciaron Sócrates,
Alcibiades y otros famosos comensales. Hace poco Apolodoro se había encontrado
con otro conocido suyo, un tal Glaucón, que le había pedido lo mismo y que se
había enterado del asunto por boca de otro que lo había oído de un tal Fénix
que, a su vez, se había informado de Aristodemo, un fiel discípulo de Sócrates
que estuvo presente en la célebre reunión.. De hecho, lo que cuenta Apolodoro,
que no pudo estar presente en el acontecimiento por ser aún muy niño, le procede
también de Aristodemo y de la confrontación con el propio Sócrates de algunos
puntos. A su vez, lo que Sócrates expone en este debate afirma que se lo oyó a
una tal Diotima, sacerdotisa de Mantinea. Dado que lo fundamental del diálogo
gira, precisamente, en torno a lo que esta mujer le cuenta a Sócrates, resulta
que sus palabras nos llegan a través de una larga y complicada tradición:
Diotima educa a Sócrates, éste al resto de los comensales, uno de ellos
(Aristodemo) a Apolodoro, éste a Glaucón y amigos, y Platón a los lectores
modernos. Cada uno de ellos es, en cierto modo, un daímōn, un.
intermediario, que actúa desde el dominio de las ideas al dominio de las personar
[13].
Por las razones que aduciremos más adelante, la comida en casa de Agatón suele
establecerse en el 416 a. C., la conversación de Apolodoro con sus amigos en el
400 a. C. y la composición real del diálogo por parte de Platón en el 384-379
a. C. Teniendo en cuenta estos tres estratos cronológicos, la complicada
tradición del contenido del Banquete podría representarse de la
siguiente manera:

Un estilo indirecto
de esta clase en segundo o tercer grado sólo lo vuelve a utilizar Platón en el Parménides,
en donde Céfalo cuenta una narración que ha oído de Antifonte, que, a su
vez, la había oído de Pitodoro, un discípulo de Zenón que había estado presente
en la conversación original. Parménides y Banquete son, pues, los
únicos diálogos contados en los que el narrador no está presente en el debate
original. Mucho se ha escrito sobre la finalidad de este distanciamiento
estético y consciente de los acontecimientos tal como se exponen en esta
primera escena de la obra. Para unos, el objetivo de esta tortuosa tradición es
hacernos ver que Platón mismo no estuvo presente en los hechos narrados y,
por lo tanto, no pretende garantizar la exactitud de lo contado [14].
Otros, en cambio, creen todo lo contrario: con esta escena, Platon quiere dar a entender que, en Atistodemo y
Apolodoro, tenemos unos testigos fidedignos que garantizan la verosimilitud dramática
de la historia narrada [15].
Hay quien piensa que todo el Banquete es, en el fondo, un mito y con
esta introducción se consigue la lejanía mítica de los hechos reales: éstos
circulaban de boca en boca y fueron contados repetidas veces después de
ocurridos [16]. Finalmente,
como quiera que lo propiamente platónico está en el discurso de Sócrates que
procede, a su vez, de la misteriosa Diotima, no parece desacertada la idea de
que en esta escena inicial se nos quiera hacer ver que alcanzar la verdad
(doctrina de Diotima) sólo es posible con grandes esfuerzos, a través de una
aproximación lenta y escalonada, paso a paso, como ocurre con la ascensión a
la idea de Belleza expuesta, en síntesis, por Diotima, en 211c-212a. En
cualquier caso, en el prólogo del diálogo tenemos ya el tema de la obra, se
despierta el interés del lector por el contenido de los discursos y se destaca
la figura de Sócrates [17].
d) Pero
el Banquete es un diálogo especial sobre todo por su temática. En
este sentido, el objetivo principal de Platón al escribirlo se le ha querido
buscar en hacer un elogio de Sócrates y ofrecer una imagen ideal de su persona,
como contrapartida y defensa de la acusación de corrupción de la juventud de
que fue objeto, o bien en ofrecer un modelo de método filosófico correcto o,
incluso, en trazar una especie de programa de la recién fundada Academia [18].
Pero, por encima de todo esto, el Banquete nos presenta el primer
tratamiento extenso de la doctrina de su autor en relación con el amor. Aparte
de cuestiones aisladas que se abordan en República, Leyes y Timeo, la concepción del amor en Platón se expone
fundamentalmente en Lisis, Banquete y Fedro [19].
En
el Lisis asistimos a la definición de philía «amistad» o el afecto
que podemos sentir por un padre, un hijo, un amigo, una esposa o un amante. El
diálogo combate concepciones filosóficas que pretenden establecer y determinar
la naturaleza de este sentimiento en la idea de lo semejante o en la teoría de
los contrarios. Hay en él, en estado embrionario, ideas que luego serán
desarrolladas más ampliamente en diálogos posteriores, como la de que la
amistad se da en un sujeto intermedio entre lo bueno y lo malo; que amamos con
vistas a un fin, que es la razón de nuestros amores; que el objeto del deseo
se identifica con lo bello y lo conveniente. Cuando se intenta precisar qué es
lo conveniente el diálogo finaliza inesperadamente de forma aporética.
Los
cinco primeros discursos del Banquete anteriores a la intervención de
Sócrates parecen contener referencias a diversas tesis sustentadas en el Lisis:
la idea de Pausanias de que el amor se da entre personas parecidas parece
refutar la tesis de la discusión del Lisis en 213c-215c, según la cual
el malo no puede ser amigo del malo ni el bueno del bueno; el discurso de
Erixímaco se basa esencialmente en la teoría de los opuestos, lo que es el tema
de la discusión del Lisis en 215c-216b; el fondo de la intervención de
Aristófanes es la idea del amor como deseo de lo que nos falta y de lo que es
conveniente a nuestra naturaleza, lo cual constituye la materia de la última
parte del Lisis (221c-222d); los discursos de Fedro y Agatón, que tienen
mucho en común, atienden, sobre todo, a la idea de la omnipotencia de Eros,
dios del amor, que inspira
la aversión al mal y estimula la persecución del bien, lo que en general
coincide con toda la doctrina del Lisis.
La
teoría del amor en el Banquete no se expone de forma sistemática, sino dialéctica, de
suerte que el diálogo Sócrates-Diotima representa la fase final de todas las
inter venciones precedentes que matiza y complementa la tesis de los oradores
anteriores [20]. Mientras
que éstos proceden un poco confusamente y parten de los caracteres particulares
de Eros, para pasar
luego a sus componentes esenciales, la conversación Sócrates-Diotima empieza
con la definición de Eros (199c-204a) y se dedica luego a estudiar sus efectos o manifestaciones
en la vida humana (204c-212a). Todo parece indicar que Sócrates-Diotima
contestan en orden inverso a los cinco primeros oradores: 199c y ss. a Agatón, 204d y ss. a Aristófanes, 205a
y ss. a Erixímaco, 206c
a Pausanias, 208c-d a
Fedro [21].
La definición de Eros de
labios de Diotima es la más cercana a los puntos de vista de Platón sobre la
naturaleza del amor, cuyas tres notas más características son que amor es todo
deseo de cosas buenas y de felicidad (205d), que amor es desear que lo bueno sea de uno
para siempre (206a) y
que amor es procreación en la belleza tanto corporal como espiritual (206b)
[22]. Lo propio de
nuestra naturaleza mortal es aspirar a ser inmortal en la medida en que
podamos por medio de la generación en la belleza. Este deseo de inmortalidad
del hombre, producto en el fondo de la naturaleza demónica o intermediaria de Eros
y de su genealogía,
necesita de un aprendizaje que se traduce en una serie de etapas sucesivas que
conducen a la contemplación de la Belleza en sí, realmente independiente de las
bellezas particulares [23].
Ahora
bien, la doctrina del amor presentada en el Banquete deja varias
preguntas sin contestar: por qué deseamos la inmortalidad, por qué este deseo
se satisface en la Belleza, por qué ésta es el fin de la iniciación amorosa,
etc. Estas preguntas son, precisamente, a las que responde el Fedro: el
deseo de inmortalidad se debe a la naturaleza de nuestra alma, y la belleza es
la que posee lo que es preciso para despertar ese deseo, Entre Banquete y Fedro hay diferencias
importantes, como la ignorancia, en el primero, de la doctrina de la andmnésis
y de la manía, dos de los temas más importantes en el segundo, o
como el silencio del Fedro sobre la idea del Banquete de que lo
mortal desea inmortalidad [24];
además de que, en éste, el amor no es un dios, sino un daímón, mientras
que, en aquél, es un dios o algo divino. Pero ambos tienen también mucho en
común: los dos son piezas maestras de Platón, que mezclan discursos formales
con la conversación; en uno y otro es el personaje Fedro el móvil de la discusión
que inicia el debate con un discurso y los demás parten de ahí [25].
En resumen, pues, el Banquete viene a ser una continuación de lo
expuesto en el Lisis, mientras que el Fedro representa una
profundización de lo que se dice en el Banquete.
Pero
la doctrina del amor descrita en el Banquete se refiere más al amor homosexual
que al amor heterosexual, lo que está en consonancia con la época y lugar en
que vive su autor. Los griegos consideraban las relaciones homosexuales
compatibles con las heterosexuales y concurrentes con el matrimonio. Ello se
debía, en gran parte, a la separación de los sexos, ya que, para un ateniense
del s. VI a. C. en adelante, mantener relaciones amorosas con una chica era muy
difcil y a veces peligroso [26].
Por otro lado, toda relación entre una persona adulta y un joven
adolescente tenía una dimensión educacional que no existía en la relación
hombre-mujer. El joven veía en el adulto un modelo.a imitar y este carácter
pedagógico es, precisamente, una de las notas más específicas de la pederastia
griega que no se encuentra en otras comunidades [27].
La respuesta homosexual de un hombre al estímulo visual de un joven bello le
pareció a Platón una excelente base sobre la que levantar una relación
maestro-discípulo y era, a la vez, la experiencia más conocida por la mayoría
de las personas para las que escribió la obra.
Se
ha preguntado alguna vez por qué Platón eligió a Eros en lugar de a Afrodita como
materia de sus discursos. Ambos son personificaciones de las fuerzas que provocan
el deseo en las personas y hacen que nos enamoremos. Existe la idea de que las
relaciones sexuales en su conjunto son dominio de Afrodita, pues palabras
relacionadas con su nombre como aphrodísia o aphrodisiázein aluden a la
copulación, mientras que Eros tiene como dominio propio el estado de enamoramiento, el deseo de otra
persona. Ahora bien, esta separación no se da en gran parte de la literatura
griega. La noción de que la deidad femenina inspira la relación heterosexual y
la masculina la homosexual es sólo de época helenística tardía. Así, en
Teognis, 1304 y 1319, la belleza del amado es un don de Afrodita, y entre los
epigramas helenísticos hay algunos en los que Afrodita es quien hace que un
hombre se enamore de un joven [28].
Posiblemente la poca atención que se había prestado hasta entonces a la
deidad masculina fuera uno de los móviles que decidiera a su autor a
convertirlo en objeto de sus discusiones. Por otra parte, tal vez la
concurrencia no hubiera mostrado tanto interés en el caso de Afrodita. Y es
que, además de unos discursos sobre la naturaleza de Eros y su función en la vida del
hombre, en el diálogo hay también unos hechos que son tan importantes como las
palabras. Hay relaciones de amor auténticas entre Erixímaco y Fedro, entre
Pausanias y Agatón, entre Sócrates y Alcibiades. Precisamente la gran paradoja
del diálogo está en que después de tanta teoría sobre la naturaleza de este
tipo de amor las relaciones humanas reales son un fracaso: Apolodoro y
Aristodemo no se benefician de su relación con Sócrates; Erixímaco es incapaz
de perfeccionar a Fedro; Pausanias fracasa en su intento de hacer virtuoso a
Agatón; Sócrates no consigue que Alcibiades se preocupe más de su propia
persona que de los asuntos públicos [29].
Todo ello no hace más que confirmar la idea de Sócrates, en 175d, de que la sabiduría no puede
traspasarse de un cuerpo a otro por simple contacto físico. Justamente la única
relación aprovechable es la que se da entre Diotima y Sócrates, entre una
sacerdotisa y un hombre que, por el discurso de Alcibiades, sabemos que no ha
llegado al contacto físico homosexual. Después del Banquete la pederastia
empieza a declinar rápidamente como ideal ético, lo que se ha puesto en
relación con el declive del poderío de Esparta, cuna del «amor dorio». A partir
de entonces no es más que una práctica viciosa. De ahí que tenga razón Jaeger
en afirmar que el Banquete platónico constituye «una especie de jalón
en la línea divisoria entre la sensibilidad de la Grecia antigua y la de la
Grecia posterior» [30].
2.
Personajes
y caracteres del diálogo
Además
de la serie de oradores que pronuncian un discurso en honor de Eros hay dos personajes que juegan un
cierto papel en la trama del diálogo: Apolodoro, narrador de los
acontecimientos, y Aristodemo, testigo presencial de los mismos y fuente
directa de aquél. Por el Fedón sabemos que Apolodoro es natural de
Atenas y que está junto a Sócrates en el día de su muerte, mostrándose más
afligido que los demás (cf. 59a-b). En Apología aparece como uno de los
que asisten al juicio del maestro, junto con su hermano Ayantodoro, y de los
que se ofrecen como fiadores para pagar las treinta minas (cf. 34a y 38b). En el Banquete lo encontramos
como un discípulo de Sócrates que le acompaña desde hace tres años a todas
partes (en Jenofonte, Mem. III 11, 17, el propio Sócrates confiesa
que no se aparta de su lado) y se propone cada día interesarse por lo que dice
y hace su maestro (cf. 172c). Era llamado irónicamente el «blando», pero en realidad era un duro
crítico con todo el mundo, excepto con Sócrates (cf. 173d). Ha extrañado que Platón
escogiera a este discípulo para contar el diálogo por tratarse de una persona
poco apta para hablar en términos filosóficos, con estrechez de miras y el
fanatismo de un sectario. Otros estudiosos, en cambio, combaten esta opinión y
ven en Apolodoro un verdadero filósofo socrático [31].
Aristodemo
se describe en este diálogo como un viejo discípulo de Sócrates, de pequeña
estatura, uno de los máximos admiradores de Sócrates de entonces, y con un fanatismo
natismo tal por el maestro, que para asemejarse más iba también descalzo (cf. 173b).
No se distingue Aristodemo
por una personalidad sobresaliente; más bien se trata de un hombre con poca
inventiva e incapaz de exactitud (cf. 178a, 223c-d). En Jenofonte, Mem. I 4, 2, lo
encontramos como un hombre irreligioso al que Sócrates convirtió [32].
Los
restantes personajes del diálogo tienen un papel mucho más destacado, ya que
son al mismo tiempo autores de los discursos. Fedro es especialmente conocido
por el diálogo platónico que lleva su nombre, en el que es el único
interlocutor de Sócrates y donde se muestra como un entusiasta admirador del
orador Lisias, uno de cuyos discursos sobre el amor se ha aprendido casi de
memoria. Es un joven ateniense, natural del demo de Mirrinunte (cf. 176d), apasionado por las novedades,
ávido de discursos y asiduo oyente de Sócrates. En el Protágoras lo encontramos sentado junto
al sofista Hipias. No parece que tuviera gran resistencia física, pues es uno
de los primeros en abandonar la reunión (cf. 223b). Se muestra muy proclive a cultivar la amistad
de los médicos y a seguir dócilmente sus consejos (cf. 176d y 223b). Es el responsable de la idea de
la serie de discursos en elogio de Eros (cf. 177a-d). Su erudición y formación
libresca es notable como lo demuestran las citas que hace de Homero, Hesíodo,
Acusilao y Parménides, así como su crítica a Esquilo (cf. 180a).
De
Pausanias sólo conocemos su intervención en este diálogo y lo que se nos cuenta
en el Banquete de Jenofonte y en el Protágoras. Era natural del demo
del Cerámico, y, en la
reunión en casa del rico Calias con ocasión de la llegada de Protágoras a la
ciudad, aparece echado junto a Agatón en la misma cama (cf. Prot. 315d-e).
En el Banquete de Jenofonte se le menciona expresamente como el amante
de Agatón y se muestra como un ardiente defensor de la pederastia (cf. 8, 32),
lo mismo que en nuestro diálogo, sólo que guardando los modales y con gran
habilidad en el manejo de lps términos, lo que le hace un buen discípulo de
Sócrates [33].
Erixímaco
es también, en cierta medida, un desconocido. Es médico, al igual que su padre
Acúmeno, de quien dice Alcibiades que es «el más prudente» (cf. 214b) y a quien Jenofonte presenta
como un experto en dieta (cf. Mem. III 12, 2); en el Fedro se nos muestra como muy amigo de
Sócrates (cf. 227a y
269a). A Erixímaco lo vemos en el Protágoras como uno de los oyentes de Hipias junto con
Fedro (cf. 315c). Su
prudencia se pone de manifiesto con su consejo a la concurrencia de beber
moderadamente (cf. 176b, 214b). Es el pedante del grupo que no pierde ocasión para manifestar sus
conocimientos médicos, especialmente en relación con la borrachera y con el
hipo (cf. 176d y
185d-e). De todas maneras, tiene un papel importante en el diálogo, ya que,
entre otras cosas, es el causante directo del debate sobre Eros y el moderador, en todo momento,
de la reunión [34].
Aristófanes,
el más importante poeta cómico que nos ha llegado de la Antigüedad, es lo
suficientemente conocido como para trazar aquí su semblanza. Es el único de
los cinco primeros oradores que no aparece en la reunión del Protágoras, ni
está en ninguna relación homosexual como la existente entre Erixímaco y Fedro
o entre Pausanias y Agatón. Mucho se ha escrito sobre su presencia en este
banquete teniendo en cuenta el cruel retrato que había hecho de Sócrates en Las
Nubes. Por esta razón se ha pensado que Platón lo presenta aquí para que
estuviera presente y oyera, en boca de Alcibiades precisamente, la verdadera
naturaleza de Sócrates tal como era en realidad [35].
Otros intérpretes creen que su presencia en este diálogo está motivada por ser
el representante de la comedia, al igual que Agatón lo es de la tragedia,
incapaces ambos de dar una definición completa del amor como la que da el
verdadero filósofo (Sócrates-Diotima). Sobre esta cuestión, véase nuestra n.
152 de la traducción.
Agatón,
el anfitrión de la fiesta, es el poeta trágico, nacido en el 488 a. C., que
tendría poco más de treinta años cuando obtuvo su primera victoria teatral en
las Leneas del 416 a. C. Perteneciente a una de las grandes familias
atenienses, es rico, de alta posición social y de gran popularidad. Era un
hombre de excepcional belleza (como lo manifiesta también Alcibiades en 212e
y 213c), que en sus años juveniles fue el
amado de Pausanias (cf. Prot. 315d-e), relación que continúa en nuestro
diálogo siendo ya adulto (cf. 193b). Aristófanes se burla de su aspecto afeminado
en la primera escena de Las Tesmoforiantes (cf. 191-2 y 200 ss.). Es un
hombre elegante (como dice expresamente Sócrates en 174a), de finos modales, que no desciende
a los detalles domésticos y que, en esta ocasión, deja actuar libremente a los
esclavos (cf. 175b-c). Junto con Aristófanes es el único que al término de la
velada sigue en pie bebiendo y charlando con Sócrates, mientras que los demás o
se habían marchado o estaban durmiendo (cf. 223c-d), lo que se ha considerado
como un detalle de atención a sus invitados [36].
De
Sócrates no necesitamos añadir aquí a lo ya conocido sobre su figura nada más
que recordar que el Banquete, junto con el Fedón y la Apología,
constituyen la evocación más precisa de su personalidad que se puede
encontrar en los diálogos platónicos. En cambio, la realidad histórica de
Diotima, la sabia sacerdotisa de Mantinea, ha sido muy cuestionada. En la Antigüedad
creyeron en su existencia, entre otros, Proclo, Luciano y Dión Crisóstomo. De
los estudiosos modernos, quien más ha abogado por su historicidad es W. Kranz [37]. Se ha llegado incluso a pensar
en la posibilidad de tener una representación suya en un relieve en bronce
procedente de una casa de Pompeya en el que aparece conversando con Sócrates
sobre el amor [38]. Los
autores que creen en su realidad se basan esencialmente en el hecho de que
Platón suele introducir en sus diálogos personajes históricos, por lo que la
práctica de usar personajes ficticios le es ajena. El nombre masculino Diotimo
era muy frecuente. Fuera de este diálogo no tenemos noticia de una mujer
llamada Diotima que fuera experta en asuntos religiosos. En todo caso, la
doctrina que se pone en sus labios es especificamente platónica. Puede que aquí
nos encontremos con algo parecido a lo que ocurre con Pericles en el Menéxeno,
donde se nos dice que el famoso político y gran orador ateniense había sido
discípulo de la hetera Aspasia: tanto el filósofo como el político más
importante deberían sus enseñanzas a una mujer [39].
Por
último, Alcibiades tendría unos 34 años cuando tiene lugar esta famosa reunión
y está en lo más alto de su popularidad. Al igual que Agatón, es un hombre
rico, orgulloso de su rango y de su belleza, amante de la popularidad. En el
diálogo lo encontramos con buen humor, lleno de franqueza en la relación de sus
defectos y como un gran entusiasta de Sócrates. La cuestión de su vida sexual
ha sido objeto de algún estudio [40]
y en lo que se refiere a sus relaciones con Sócrates es importante lo que se
menciona en Prot. 309a-b, Gorg. 481d, y Alcib.
I 103a y 131c-d, donde se pone el énfasis en el aspecto físico de esta
relación, frente al espiritual que observamos en nuestro diálogo.
3.
Estructura, contenido y composición del diálogo
Muchos
de los autores que han trabajado este diálogo lo suelen dividir en tres grandes
partes: los cinco primeros discursos, la intervención de Sócrates y el retrato
moral de éste en boca de Alcibiades. Pensamos, sin embargo, que una estructura
más detallada del diálogo podría ser la siguiente: [41]
I.
Escena introductoria (172a-174a).
II. Narracción de los acontecimientos según Aristodemo (174a-2230.
A)
Introducción (174a-178a):
1. Llegada de Sócrates a la casa de Agatón
(174a-175e).
2. Propuesta de Erixímaco (176a-178a).
B)
Los seis discursos sobre Eros (178a-212c):
1.
Discurso de Fedro (178a-180b).
2.
Discurso de Pausanias (180c-185c).
Primer interludio: el hipo de Aristófanes (185c-e).
3.
Discurso de Erixímaco (185e-188e).
Segundo interludio: Aristófanes se prepara para hablar
(199a-c)
4.
Discurso de Aristófanes (189c-193d).
Tercer interludio: recelos de Sócrates ante el discurso de
Agatón (193e-194e).
5.
Discurso de Agatón (194e-197e).
Cuarto interludio: siguen los recelos de Sócrates (198a-199c).
Refutación de Sócrates a Agatón (199c-201c).
6.
Intervención de Sócrates (201d-212b).
Quinto interludio: llegada de Alcibiades (212c-215a).
7.
Discurso de Alcibiades: elogio de
Sócrates (215a222b).
C)
Escena final (222c-223d).
El
contenido, pues, del diálogo se estructura en dos secciones:
una escena introductoria (I) y la información propiamente dicha de los
acontecimientos (II). A su vez, la segunda sección consta: de una introducción;
de seis discursos sobre la naturaleza de Eros, entre los que se intercala una serie de
interludios; del discurso de Alcibiades en forma de alabanza a la persona de
Sócrates, y de una escena final o epílogo. Veamos más detalladamente cada una
de estas partes.
La escena inicial es un diálogo entre Apolodoro y
sus amigos, cuya complejidad y función en la obra hemos comentado ya. La
narración de Apolodoro, según la versión de Aristodemo, empieza propiamente en
174a y se inicia con la
exposición de la llegada de Sócrates a la casa de Agatón. En su camino al
convite, Sócrates se tropieza con Aristodemo y le convence para que, aunque no
ha sido invitado, le acompañe bajo su responsabilidad. Aristodemo llega
primero y cree que Sócrates viene detrás, pero éste se había quedado absorto
pensando algo, según una de sus costumbres, de pie a la puerta del vecino.
Cuando Sócrates llega la comida está finalizando. Al término de la misma
empieza la bebida, el «simposio» propiamente dicho, y a petición del médico
Erixímaco se acuerda beber moderadamente, ya que la mayoría de los presentes
había bebido mucho el día anterior. Seguidamente, Erixímaco hace una segunda
propuesta recogiendo una idea de Fedro consistente en que cada uno diga un
discurso de alabanza en honor de Eros,
pues se trata de un dios que hasta entonces no había tenido la atención
de los poetas ni había sido objeto de un culto apropiado a su categoría. La
propuesta es apoyada por Sócrates y todos la aceptan.
El discurso de Fedro no es, desde luego, el más interesante;
es sólo el que abre la serie con el típico tratamiento del que inicia un
debate. En líneas generales su discurso reúne las condiciones fundamentales de
un himno a la divinidad: decir adecuadamente lo que es un dios y enumerar los
dones que otorga a los hombres. Más concretamente, su discurso atiende,
principalmente, a estos tres aspectos:
a) Eros
es el más antiguo de los dioses, según se desprende de Hesíodo y otros
autores cosmogónicos que ven en él el principio originario del universo.
b) Eros es el causante de los mayores bienes para los hombres,
tanto en la vida privada como en la comunidad estatal.
c) Eros
inspira valor y sacrificio personal, el único por el que están dispuestos
los amantes á morir, como lo demuestran los ejemplos míticos ae Alcestis, Orfeo y
Aquiles.
Fedro entiende por éros la pasión sexual, especialmente la que se da
entre dos personas del mismo sexo. Lo curioso de su exposición está en que,
mientras acepta como normal y correcto el amor entre dos hombres, elige a una mujer
(Alcestis) como ejemplo de su máxima devoción. Su énfasis en el adiestramiento
militar y su
despectiva referencia a lo musical, representado por Orfeo, hacen que parezca más un discurso en boca de
un espartano que propio de un ciudadano ateniense. Posiblemente su aportación
más original sea la de presentar a Eros como una fuerza impulsora de nobles acciones [42].
Pero
Fedro no entra a fondo en la esencia de Eros ni distingue sus diversas formas, dos
aspectos que Pausanias intenta completar en su intervención. Eros no es un dios unitario, y de la
misma manera que hay dos Afroditas, la celeste y la popular, hay también dos Eros,
pues Afrodita y Eros
son inseparables.
Cualquier acción humana no es en sí misma ni buena ni mala, sólo según como se
haga. El Eros popular
prefiere más el cuerpo, mientras que el celeste ama más el alma. Si la
intención es buena y tiene como fin el perfeccionamiento moral e intelectual de
los amantes cualquier acto homosexual está justificado. Pero la actitud de los
griegos frente a esta clase de ér6s difiere según las regiones: en Élide y Beocia es resueltamente aceptado, mientras
que en Jonia y Asia Menor es condenado; la postura de Atenas es complicada y
ambivalente, aceptando unas cosas y rechazando otras. Se ha querido ver en
Pausanias un sofista que hace un uso pervertido de la moralidad para conseguir
su meta real: la legitimidad de la pederastia. Otros, por el contrario, ven en
él un intento de purificación de su vicio al preferir las normas atenienses en
lugar de las costumbres licenciosas de la Élide o Beocia, mostrando con el desdén hacia éstas un fin más noble que la
mera gratificación física. El punto más destacado de su discurso es la visión
de Eros como
fenómeno sociológico y, en este sentido, es único al exponer la actitud de la
sociedad ateniense frente a la homosexualidad [43].
Le
toca el turno ahora a Aristófanes, pero, como le sobreviene un ataque de hipo,
cede su puesto a Erixímaco. Este incidente y la consiguiente alteración del orden de los
discursos ha sido interpretado de muy diversas maneras (cf. nuestra n. 57 de la
traducción). Erixímaco, cuya pedantería se pone de manifiesto ya en la triple
receta que le da a Aristófanes para curar su hipo, toma la palabra para aprobar
la doble naturaleza de Eros establecida por Pausanias y demostrar que esta realidad no se limita
a la reacción del alma humana ante la belleza, sino que es visible en toda la
naturaleza, animada e inanimada, y en las artes. Erixímaco se siente
capacitado por sus conocimientos de la medicina para ir más allá de lo que
Pausanias había dicho e insistir en la naturaleza cósmica de Eros como fuerza que actúa en el conjunto
de la naturaleza. Admite también un Eros bueno y otro malo, pues la distinción de lo
sano y de lo enfermo es visible en la vida misma. En la naturaleza del cuerpo,
en la música, en la gimnástica, en la agricultura, en la meteorología, en la astronomía,
en la religión y en la mántica encontramos pares de opuestos que cuando se
combinan y complementan pueden inducir, o bien a la prosperidad, estabilidad,
tranquilidad, etc., o bien a la enfermedad, desgracia, inestabilidad, etc. Su
discurso establece un contraste entre el buen Eros y las buenas consecuencias de la
reconciliación de los opuestos, por un lado, y el mal Eros y las malas consecuencias
derivadas del fracaso de tal reconciliación, por otro. No condena el Eros
popular o vulgar, como Pausanias,
sino que lo recomienda con cautela y sin exceso. Su concepto de Eros se basa en la armonía, en la
concordia armónica de los contrarios, y en este sentido se le ha puesto en
relación con la doctrina de los contrarios de Heráclito, con teorías médicas
pitagóricas, con el concepto de fisonomía de Alcmeón de Crotona, con el
tratadito Sobre la dieta del círculo hipocrático y, especialmente, con
la dualidad philía-neîkos «amor»-«discordia» de Empédocles como agentes
de unión y separación de los elementos del universo [44].
Con la intervención de Erixímaco se pasa del plano exclusivamente sexual al plano cósmico universal y en este aspecto puede considerarse como un
preludio del diálogo Sócrates-Diotima.
Aristófanes se ha recuperado de su hipo y entabla un
corto diálogo con Erixímaco en el que éste le advierte que debe hablar
seriamente. Para el lector medio de Platón, el discurso de Aristófanes es, tal
vez, la parte más conocida del Banquete y uno de los pasajes más famosos de todo Platón como
lo más fino que ha salido de su fantasía. La intervención de Aristófanes está
construida mucho más sistemáticamente que las demás. Se pueden distinguir en
ellas dos grandes secciones: el mito y consecuencias que se derivan del mismo.
El mito, a su vez, puede dividirse en dos partes: estado antiguo de la
naturaleza humana y avatares o afecciones por las que ha pasado. El estado
actual del hombre no fue el originario, sino que antiguamente los seres humanos
tenían dos cuerpos con cuatro brazos, cuatro piernas, dos cabezas, etc.; eran
circulares y poseían tres géneros: masculinomasculino, femenino-femenino y
masculino-femenino. Como eran arrogantes y peligrosos para los dioses, Zeus decidió dividirlos
en dos mitades y ordenó a Apolo que saneara y arreglara todo lo que implicaba
este corte. Pero estas mitades morían de nostalgia anhelando su otra mitad,
por lo que Zeus se
apiada y decide proporcionarles el sistema de procreación. Cada uno de nosotros
busca su otra mitad y esta búsqueda es érós. Cuando se encuentran dos mitades
que originariamente estaban unidas surge entonces la alegría del amor; de ahí
que cuando estamos enamorados queremos una unión más duradera y completa que
la que pueda dar la mera relación sexual. Si somos
piadosos y cuidadosos de nuestros deberes morales y religiosos, podemos ser
recompensados alcanzando de nuevo nuestra naturaleza original. Pero si somos
impíos, Zeus nos
puede cortar en dos una vez más y cada uno de nosotros sería como una loncha de
pescado o una figura en relieve. De entre las consecuencias que se derivan de
este mito podemos señalar la definición del amor como búsqueda de la otra mitad
(192e), una de
las definiciones más profundas de toda la teoría del amor; situación al mismo
nivel del amor homosexual masculino y femenino, lo que se debe a la primitiva
naturaleza humana (191d-e) y con lo que el problema del amor se enfoca en toda
su extensión y no sólo como amor entre dos seres de distinto sexo; los seres
humanos buscan juntos no sólo la satisfacción de su impulso, sino algo más que
no saben precisar (192c-d), una de las ideas más importantes de todo el diálogo
y, para algunos, lo más hondo que se ha dicho por un escritor antiguo sobre la
esencia del arnor. Los problemas del hombre en relación con el amor derivan de
su hýbris frente
a los dioses y de ahí que deban ser moderados con respecto a éstos para ser
felices (193c): la eusébeia, la piedad para con los dioses es la solución
al problema de Eros [45].
El discurso de Aristófanes es elogiado por
Erixímaco, quien ahora recuerda que quedan por hablar todavía Agatón y Sócrates.
Aristodemo, que, según se ve en 175a,
se había reclinado al lado de Erixímaco y que debía hablar, por lo tanto,
ahora, es ignorado [46]. Sócrates duda de su habilidad para ofrecer un
discurso satisfactorio después de que intervenga Agatón e intenta comprometer a
éste en una argumentación filosófica, pero es advertido por Fedro de no hacerlo.
Esta intervención de Fedro no puede ser más oportuna, ya que si Agaton responde
a la pregunta planteada por Sócrates en 194c, posiblemente no se hubiera vuelto a hablar más de Eros. Agatón acepta la
sugerencia de Fedro y comienza su discurso, en el que se propone completar aspectos
omitidos por los anteriores oradores. Por este motivo se centra
fundamentalmente en la naturaleza misma del dios Eros, para pasar luego a describir sus dones a los
hombres. Eros es el
más joven de los dioses, ya que no tiene nada que ver con la vejez; es también
el más bello, tierno y delicado. Las luchas entre los dioses que nos cuentan
los poetas acaecieron antes del reinado de este dios. Es máximo en justicia,
pues es incompatible con la violencia; en autocontrol, pues impera sobre todos
los placeres y deseos; en valor, porque ni Ares se le puede resistir; en
habilidad, porque el deseo de belleza inspira todas las artes y habilidades. Es
el causante de todo tipo de favores a los hombres enumerados en una especie de
himno en prosa, organizado a base de pensamientos antitéticos con gran
simetría, ritmo y asonancia, con el que termina su intervención. El discurso de
Agatón reúne las características propias del encomio: naturaleza del dios, su
aspecto externo y sus virtudes. En general, se le considera un discurso muy
pobre de contenido, una especie de pastiche de estilo gorgiano, aunque con
sumo cuidado en el uso de las palabras. Su máxima aportación es que Eros
está ocupado siempre con
la belleza [47].
Las
palabras de Agatón fueron acogidas con una estruendosa salva de aplausos,
posiblemente en señal de cortesía al anfitrión. Sócrates se dirige de nuevo al
médico Erixímaco y le manifiesta que no puede pronunciar un discurso sobre Eros
que no se atenga a la
verdad, aspecto que habían olvidado los anteriores comensales. Sócrates está
dispuesto a decir la verdad sobre el tema como él la ve y de la manera que se
le ocurra sobre la marcha. Pero antes interroga a Agatón para dejar en claro
una serie de cuestiones previas y volver a la realidad del asunto de la que se
habían alejado los discursos anteriores. En este interrogatorio, Sócrates, con
su técnica característica, hace reconocer a Agatón tres aspectos importantes: Eros
es deseo de algo
(199c-200a), Eros desea
algo que no tiene (200a-200e) y Eros no es ni bello ni bueno (201a-20ld).
El
elogio de Sócrates al dios del amor es producto de las enseñanzas que, sobre
esta materia, le dio en su día la sabia Diotima. La intervención de Sócrates
puede dividirse en dos grandes apartados: uno sobre la esencia y propiedades
de Eros (201e-204c),
y otro sobre los efectos de Eros en los hombres resultantes de esta esencia (204c-212a), para terminar
con un epílogo (212b-c) en el que Sócrates confiesa que cree en lo que Diotima
le dijo y, en consecuencia, honra a Eros. En concreto, los puntos más importantes de la
intervención de Sócrates son los siguientes:
a)
De acuerdo con las enseñanzas de Diotima, Eros no es ni bello ni feo, ni bueno ni malo, sino
algo intermedio (metaxý) entre todo
esto. De ahí que no sea tampoco un dios, sino un demon, que actúa de intermediario entre
lo mortal y lo inmortal poniendo en comunicación a los hombres con los dioses
(20ld-203a).
b) Esta
naturaleza intermediaria de Eros le viene de su origen, ya que es hijo de Penía (Pobreza) y de Poros
(Recurso), por lo que tiene las características de ambos: búsqueda infatigable
y adquisición, por un lado, y pérdida, muerte y resurrección, por otro. Eros
es, sobre todo, un
«filósofo», un amante de la sabiduría, en posición intermedia entre el sabio y
el ignorante (203a-204c).
c)
Quien desea lo que es bello y bueno desea que sea suyo para siempre. En
realidad, todo deseo es deseo de lo bueno, y en último extremo Eros es deseo de poseer siempre lo
bueno (204c-206a).
d)
Todos los seres humanos son fértiles y tienen deseos de reproducir, y es a
través de la reproducción como los seres mortales consiguen una especie de
inmortalidad. La belleza los estimula a hacerlo, mientras que la fealdad los
aparta de este estímulo. Por esta razón, Eros es un deseo de procreación en lo bello
(206b-207a).
e) La
prueba de que la naturaleza mortal persigue la inmortalidad se encuentra en el
impulso que observamos en todos los seres vivos a criar y proteger su prole
(207a-208b), en la búsqueda de la gente de la fama póstuma inmortal, pues de
otro modo no sacrificarían sus vidas por los demás (208c-e), y en la labor artística
y legislativa de quienes son fértiles en cuanto al alma (208e-209e).
f) La
manera correcta de acercarse a las cosas del amor es ascender hasta la
comprensión de la Belleza en sí (209e-212a), lo cual se lleva a cabo en tres
fases: ascensión a lo bello y sus diversos grados a través del cuerpo, alma y
conocimiento (210a-210e); la Belleza en sí y sus atributos (210e-211b), y creación,
por parte de ésta, de la verdadera virtud y, con ello, la inmortalidad (211b-212a)
[48].
Cuando
Sócrates termina su discurso y en el momento justo en que Aristófanes se
disponía a hacer alguna observación por una alusión de Sócrates a su discurso,
irrumpe en la casa Alcibiades, completamente borracho, acompañado de otros
compañeros de juerga, entre ellos una flautista, con una corona de hiedra y
cintas para coronar a Agatón por su victoria. Es invitado a quedarse y se erige
en simposiarca o director de la bebida. Al percatarse de la presencia de
Sócrates entabla con éste un corto diálogo y es invitado a pronunciar también
un discurso. Alcibiades declara que sólo hará un elogio de Sócrates; lo que
éste le permite siempre que se trate de la verdad. Empieza, entonces, su elogio
comparando a Sócrates con figuras de silenos que guardan en su interior
estatuillas de dioses, y pasa, luego, a exponer el extraordinario efecto que
ejercen sobre él las enseñanzas morales de Sócrates, similar al que produce la
música en sus oyentes: lo que un Marsias consigue con su música instrumental lo
consigue Sócrates con sus meras palabras (215a-216c). Narra a continuación la
historia de su intento de seducción de Sócrates cuando Alcibiades era un
adolescente, hecho en el que Sócrates se mostró como verdaderamente es:
aparentemente ama a los jóvenes bellos, pero, en realidad, lo que le interesa
de ellos es su valla interior (216c-219d). Esta entereza de Sócrates se puso
de manifiesto también en las campañas militares en las que participó, especialmente
en la campaña de Potidea, en la que salvó la vida del propio Alcibiades, y en
la retirada de Delión. En ambos sitios dio muestras Sócrates de su dominio de
sí mismo y de su firmeza ante las dificultades de todo tipo (219d-221c). Por lo
tanto, Sócrates es una persona como no hay otra, ni en el presente ni en el
pasado, y sus discursos, aunque por fuera parezcan ridículos y vulgares, por
dentro están llenos de profunda sabiduría (221c-222b). La finalidad principal
del discurso de Alcibiades es mostrarnos que Sócrates pone en práctica la moral
implícita en las palabras de Diotima. Con la visión de Eros como filósofo, Sócrates aparece
ahora como la personificación del verdadero éras. Todo el elogio de Alcibiades
a Sócrates pone en correspondencia punto por punto las virtudes socráticas con
la doctrina expuesta en el diálogo Sócrates-Diotima [49].
Al
terminar Alcibiades su discurso, Sócrates se dispone a iniciar un elogio de
Agatón, cuando, de nuevo, irrumpe en la sala otro tropel de parrandistas que
ocasionan un inmenso ruido. Se bebe entonces sin control, algunos comensales se
marchan, otros se duermen, entre ellos Aristodemo. Al abrir los ojos, observa
que únicamente están despiertos Sócrates y los dos poetas, Aristófanes y Agatón,
enfrascados en una conversación sobre la naturaleza de la comedia y de la
tragedia. Sócrates sostiene que es labor del buen poeta componer tanto una como
la otra, lo que sus interlocutores apenas siguen, pues se encuentran ya muy
cansados y se duermen. Sócrates se levanta y, en compañía de Aristodemo, marcha
al Liceo y pasa el día como de costumbre hasta que al atardecer se retira a
descansar a su casa.
Mucho
se ha escrito sobre la artística composición de este diálogo, y de entre
los muchos estudios [50]
que se han dedicado a esta cuestión vamos a reparar aquí en dos. Nos
parece acertada la idea de Hoerber [51]
de que, en esta obra, hay que distinguir tres niveles relacionados entre
sí, en los que se pueden diferenciar en cada uno siete grados. Estos niveles
serían los siguientes:
a)
La serie de narradores citados en la escena inicial.
b)
La serie de los oradores.
c)
Los pasos que hay que seguir hasta llegar a la comprenSión de la Belleza en
sí, tal como se exponen en la síntesis que hace Sócrates en 211c-212a.
Los
siete grados de cada uno de estos tres niveles podrían esquematizarse de la
siguiente manera:
|
a) Narradores |
b) Oradores |
c) Sumario de la doctrina del amor de Diotima (Platón) . |
|
7. Sócrates aprende de Diotima |
7. Alcibiades-Sócrates, ejemplo de virtud |
7.La verdadera virtud como fuente
de la Belleza en sí |
|
6. Aristodemo
y otros aprenden de Sócrates. |
6. Sócrates-Diotima: Eros conduce a la idea de Belleza. |
6. Idea de Belleza. |
|
a) Narradores |
b) Oradores |
c)
Sumario de la doctrina del amor de Diotima (Platón) |
|
5.
Apolod. aprende de Aristodemo. |
5.Agatón:
Eros inspira
sabiduría. |
5.
Belleza en las ciencias. |
|
4.
Fénix aprende de Aristodemo. |
4. A r i s t ó f a n e s: Eros en sociedad (deseo de integridad |
4.
Belleza en sociedad. |
|
3.
Glaucón aprende de Apolodoro y de otro que había aprendido de Fénix |
3.
Erixímaco: Eros en toda la naturaleza. |
3.
Belleza en todos los cuerpos. |
|
2.
De Apolodoro aprenden los amigos. |
2.
Pausanias: dos dioses Eros. |
2.
Belleza en dos cuerpos. |
|
1. De Platón aprenden los lectores. |
1. Fedro: un dios Eros. |