El concilio de Constanza
El camino hacia el abismo
Muchas generaciones de católicos se habían lamentado: «El papado está en su
punto más bajo». Dante lo había dicho de Bonifacio VIII. Petrarca se expresó
del mismo modo refiriéndose al «exilio babilónico» de la etapa aviñonesa. Los
dos eminentes poetas se equivocaban. Los días más oscuros estaban todavía por
llegar.
La corrupción reinaba en Avignon cuando Catalina de Siena llegó a la ciudad
para presionar al pontífice reinante, Gregorio IX, de que volviese a Roma.
Era el año 1377. Siete papas franceses, uno tras otro, habían provocado en su
rincón de Provenza el pasmo del mundo.
Las despechadas mujeres de la corte papal no tuvieron piedad de Catalina, esta
monja toscana de desapacible palidez que parecía hechizar a Su Santidad. Tal
vez le impresionase su extática actitud al recibir la comunión. Si llegaba a
tener demasiada influencia, quizá tendrían que cerrar sus salons donde acudían
jóvenes brillantes, hijos de duques y príncipes, a la búsqueda de promociones
eclesiásticas. En la capilla se turnaban para pinchar y pellizcar el insensible
cuerpo de Catalina y comprobar si sus trances eran o no genuinos. Una mujer
cruel le traspasó uno de los pies con un largo alfiler, de manera que durante
unos días, Catalina no pudo apoyarse en aquel pie para caminar.
Al final, se salió con la suya. Gregorio volvió a Roma, dejando aséis cardenales
que no pudieron separarse de sus queridas residencias, sus mujeres provenzales
y sus vinos de Borgoña. También pudo influir en esta decisión el ultimátum del
pueblo romano, que amenazaba con elegir un nuevo papa si no regresaba el pontífice
de Avignon.
De los doscientos setenta y ocho años, desde 1100, los papas sólo habían permanecido
en Roma durante ochenta y dos. Del total, los papas habían vivido ciento noventa
y seis años en otros sitios. Era un récord poco edificante; y este ejemplo no
había pasado inadvertido en la Iglesia.
La Ciudad Eterna acabó pronto con Gregorio. Fue entonces cuando se hizo patente
la tragedia real de Avignon.
Un papa,dos papas
Muerto Gregorio, el cónclave convocado para nombrar un sucesor se dividió en
dos facciones, la francesa y la italiana. Durante el exilio, los siete papas
aviñoneses habían creado ciento treinta y cuatro cardenales; todos, menos veintidós,
eran franceses. Evidentemente, los franceses estaban dispuestos a conservar
el solio pontificio para ellos. Dado que el palacio de Letrán había sido destruido
por un incendio, el cónclave se reunió en el Vaticano en el mes de abril.
En el exterior, una muchedumbre calculada en cerca de treinta mil personas rugía
para que se eligiese a un romano. «Romano lo volemo.» Si no era natural de Roma,
al menos, italiano. La selección era limitada.
Solamente había cuatro cardenales italianos y ninguno de ellos era papabile.
Para conseguir su objetivo, la muchedumbre se hacinó en una estancia encima
de la habitación donde tenía lugar el cónclave; los ocupantes llevaban consigo
leña para hacer fuego y, desde abajo, golpearon la tablazón con picos y alabardas
durante toda al noche. Por si ello no fuera suficiente, hicieron tañer la campana
del Capitolio a la que se unieron las campanas de San Pedro. A la mañana siguiente,
la multitud perdió la paciencia y echó abajo la puerta del cónclave.
De los dieciséis cardenales presentes, todos hambrientos y faltos de sueño,
trece votaron por un marginado, Bartolomeo Prignano, el bajito, grueso y de
rostro amarillento arzobispo de Bari. No era de Roma. Un napolitano era lo mejor
que pudieron suministrar. Desconfiando de lo acertado de la elección, vistieron
a un octogenario romano, el reacio cardenal Tebaldeschi, con los ropajes pontificios
y lo presentaron. Un correo se apresuró a ir a Pisa, donde la elección de Tebaldeschi
se celebró con fuegos de artificio. Mientras tanto, los cardenales franceses
pusieron pies en polvorosa.
Durante dos días, nadie se ocupó de Prignano o de rendirle el acostumbrado homenaje.
Cuando al final se efectuó la ceremonia, el nuevo papa escogió el nombre de
Urbano VI.
El arzobispo de Bari, de baja extracción social, había sido un oscuro y sumiso,
cuando no exigente, funcionario de la curia durante quince años. Los aristocráticos
cardenales franceses dieron por hecho que seguiría haciendo lo que se le ordenara
y trasladaría de nuevo la corte a la suntuosa vida de Avignon. Su interpretación
de la personalidad del nuevo papa fue un grave error.
Urbano VI resultó ser uno de los pontífices más rencorosos y de carácter más
agrio de toda la historia. Su médico de cabecera reveló que apenas probaba bocado,
pero no podía pasar sin alcohol. Según el cardenal de Bretaña, durante la comida
de su coronación bebió ocho veces más que cualquier otro miembro del colegio
cardenalicio, aunque algunos sostuviesen que no era humanamente posible. Bebida,
religión, desquite —todo en exceso—, pusieron en evidencia lo explosivo de esta
mezcla.
Nacido y criado en las malolientes callejuelas de Napóles,
no podía sufrir las estériles pretensiones de los cardenales franceses. Según
las crónicas, les sermoneó como un Jeremías acosado por el mal de estómago.
Los reformaría costara lo que costase. Con su estridente voz de eunuco, expresó
su franca opinión sobre el cardenal Orsini, llamándole sotus, alelado. En cierta
ocasión, enrojecido por la ira, estuvo a punto de abofetear al cardenal de Limoges,
pero la intervención del cardenal de Ginebra evitó que se consumara la agresión.
«Santo Padre, ¿qué hacéis?» Cuando estaba a punto de excomulgar a otro miembro
del colegio cardenalicio por simonía y dicho cardenal volvió a intervenir, ladró
como un perro: «Puedo hacer lo que se me antoje, absolutamente todo lo que me
plazca».
Un grupo de cardenales juzgó su violencia como un síntoma de demencia. Consultaron
a un prestigioso jurista: ¿no habría algún mecanismo que permitiese a los cardenales
asumir el poder en caso de incapacidad del papa? La maniobra llegó a oídos de
Urbano y demostró que tenía la cabeza sobre sus hombros.
En primer lugar, excomulgó a un antiguo adversario, el rey Carlos de Nápoles,
a quien acusó de estar detrás de esta «conspiración». La reacción del monarca
fue poner sitio a la fortaleza de Nocera, en las proximidades de Pompeya, donde
se encontraba el papa. Urbano subía cuatro veces al día a las almenas, con una
campana, un libro de oraciones y una vela y lanzaba la excomunión a todo el
ejército que se alineaba contra él. Parecía no preocuparse de los dardos que
caían a su alrededor.
Rescatado por los genoveses, puso a los cinco cardenales sediciosos a buen recaudo.
Seguidamente, se le vio en Génova, posiblemente en un arrebato alcohólico, yendo
de un lado para otro del jardín recitando su breviario a voz en grito. En una
estancia cercana, los rebeldes estaban siendo sometidos a tortura. Sus gritos
no perturbaban su paz con Dios.
Apuntalado sobre un armazón, el viejo cardenal de Venecia era elevado y después
se le dejaba caer mediante un juego de poleas. Con la cabeza presionando contra
el techo podía ver, a través de los barrotes de la ventana, al papa y en cada
ocasión con la ronquera de la agonía, decía: «Santo Padre, Cristo murió por
nuestros pecados». Entonces le bajaban al suelo. Nunca más se volvió a ver a
los cautivos.
De uno en uno, un grupo de cardenales franceses se escabulló en dirección a
Anagni; en esta localidad se congregaron y pergeñaron una Declarado contra Prignano.
No era papa. Sólo le habían elegido, afirmaban, porque sus vidas habían sido
amenazadas por el populacho. Eligieron a otro papa, Roberto de Ginebra, primo
del rey de Francia, que se autodenominó Clemente VII. Urbano contraatacó nombrando
veintiséis nuevos cardenales que se comprometieron a serle fieles.
No era la primera vez que coexistían dos papas; ya había ocurrido
en numerosas ocasiones, pero la crisis que se planteaba en aquel momento era
excepcional. Estos dos papas habían sido elegidos más o menos por el mismo grupo
de cardenales. De modo que, cuando alegaban que no habían elegido legítimamente
a Urbano, lo decían con autoridad, aunque mintieran.
En Inglaterra, Wyclifse salió con un sarcasmo que parecía acertado: «Siempre
supe que el papa tenía los pies hendidos. Ahora es la cabeza la que tiene hendida».
La cristiandad se vio en la tesitura de tomar partido. Si Urbano fue elegido
bajo coacción, la elección no era válida. Sin embargo, si tan asustados estaban,
¿por qué no se decantaron por un romano —el anciano Tebaldeschi, por ejemplo—
y se retiraron de inmediato a Anagni para mostrar su desacuerdo oficial? Seleccionar
a un saludable napolita- no y demorarse durante tres meses resultaba sospechoso.
Como sagazmente observaría Catalina de Siena, si entonces ya tenían un falso
papa como Tebaldeschi, ¿por qué necesitaban otro? Parecía evidente que los franceses
deseaban librarse de alguien que había demostrado que era imposible convivir
con él.
Sobrevino el caos. Un papa ausente ya era bastante triste; ahora el asiento
de la unidad se estaba convirtiendo en fuente de desunión. Con arreglo al decreto
de elección de 1059, un pontífice romano elegido no canónicamente era llamado
«el destructor de la cristiandad». Este parecía ser el caso. Si los cristianos
no podían identificar al verdadero papa, ¿de qué servía el papado? El rey de
Inglaterra abogó por Urbano, el rey de Francia respaldó a Clemente. No hubo
consenso en las universidades.
Como era de esperar, el bizco Clemente VII regresó a Avignon con sus seguidores
franceses; en la ciudad provenzal su comportamiento dejó tanto que desear que
no se diferenció en nada de un típico pontífice aviñonés. Ya había demostrado
su fuste papal cuando, en 1377, actuó como legado pontificio en Cesena, a orillas
del Adriático. Los habitantes se habían opuesto a sus mercenarios, que violaron
a sus mujeres y ejecutaron a algunos de los culpables. Después de parlamentar
con las autoridades locales, les convenció para que depusieran las armas. Luego,
envió un ejército mixto de ingleses y bretones que mataron a los ocho mil habitantes,
incluyendo a los niños.
Dos papas, tres papas
En octubre de 1389, Urbano, el papa que nadie deseaba, realizó el único acto
amistoso de su vida: falleció. Los catorce cardenales que no se movieron de
Roma eligieron a su sustituto, Bonifacio IX, un homicida y, probablemente, el
mayor simoniaco de la historia. Vendió todo lo imaginable al mejor postor; de
esta manera, Alemania y Francia fueron invadidas por una muchedumbre de clérigos
italianos con el agravante de que, tratándose a menudo de soldados licenciados,
eran incapaces de hablar en el idioma del país. Los hermanos, sobrinos y en
especial la madre de Bonifacio se beneficiaron de sus dádivas. Nadie, se dijo,
consiguió más dinero con las canonizaciones de los santos. Nunca puso su nombre
en documento alguno sin alargar de inmediato la mano y solicitar: «Un ducado».
Lo único que no cargó en cuenta fue la excomunión de Clemente de Avignon. Clemente
le devolvió el cumplido.
Y así continuó la historia. En cuanto moría un papa o un antipapa, en lugar
de detenerse, los cardenales de los grupos respectivos nombraban un sucesor.
¿Qué son los cardenales sin un papa de su clan?
Para entonces, la cristiandad ya estaba ahita. ¿Quién, pese a todo, deseaba
comprar un obispado o una abadía a un pontífice que resultaba ser un impostor?
¿Qué ocurre si una indulgencia de elevado coste, o la autentificación de reliquias
del Salvador como su prepucio o su ombligo, no valen ni el valor del pergamino
en las que están escritas? Incluso en el cielo había confusión. Batiendo todo
un récord, Brígida de Suecia tuvo que ser canonizada tres veces consecutivas,
para asegurarse por completo de su santidad.
Por otra parte, el cisma era un mal negocio. Banqueros sin entrañas oraban con
fervor para que concluyese. Toda la vida del imperio se había quebrantado. Llegado
el momento, ¿quién coronaría al próximo emperador?
Por fin, en las universidades se planteó la sugerencia de que, puesto que la
unidad eclesial era una prioridad de mayor rango que el papado y ya que Cristo
y no el romano pontífice era, en última instancia, la cabeza de la Iglesia,
lo mejor sería prescindir de ambos papas. Algunos historiadores indicaron al
emperador que depusiera a los dos pontífices basándose en el inequívoco argumento
de que muchos emperadores así lo habían hecho en el pasado; además, la intervención
imperial sería aceptada por todo el mundo. A pesar de esto, desde los tiempos
del niño-papa en el siglo XI, el pontificado había afianzado progresivamente
su poder hasta considerarse por encima de cualquier emperador. Y, en aquel momento,
a pesar de la confusión, uno de los papas era auténtico. Y ¿si el emperador
deponía al que no debiera? ¿No sería como si se echase la Biblia de la Iglesia
para sustituirla por el Corán? Cualquier concilio que se convocase se encontraría
ante un dilema parecido. Si se reunía un concilio para deponer ambos pretendientes,
una de las dos deposiciones no sería válida, pero ¿cuál de ellas? Otro problema
estribaba en que los juristas de aquel tiempo afirmaban que solamente el papa
—el auténtico— tenía autoridad para convocar un concilio.
La catastrófica situación de la Iglesia pedía a gritos una solución, la que
fuese, pese a la incertidumbre canónica.
En 1409 se convocó un concilio en la hermosa ciudad amurallada
de Pisa, cuya torre, al igual que la Iglesia, empezaba a ladearse.
En el Duomo, construido en mármol listado blanco y negro y ante la presencia
del majestuoso Cristo de Cimbaue, se reunieron los padres mitrados. Con toda
solemnidad decretaron que los papas contendientes, Gregorio XII de Roma y Benedicto
XIII de Avignon, eran heréticos y cismáticos. Fue una decisión inteligente;
los papas que incurrían en herejía en cierto sentido se deponían ellos mismos.
A mediados de junio eligieron como sustituto al cardenal Filargi, de Milán,
un franciscano septuagenario, devoto y desdentado, de incierta prosapia y que
había hecho voto de pobreza. Destacaba por tres defectos que no podían ocultarse:
aunque diminuto y enjuto, se pasaba la mitad del día ante la mesa de comer;
mantenía un palacio con una servidumbre de cuatrocientas personas, todas del
sexo femenino y con uniforme apropiado; distribuía salarios con tal liberalidad
que hasta los cardenales llegaron a asombrarse.
Filargi aceptó el nombre de Alejandro V. Al redoble de las campanas, recorrió
las calles de Pisa con su atuendo pontifical, desde las zapatillas rojas hasta
la tiara, montado sobre una muía blanca.
Los prelados le vitorearon, aliviados. Tras treinta años desconcertantes, el
Gran Cisma había concluido.
Pero Gregorio y Benedicto no estuvieron de acuerdo, por lo que el mundo se despertó
una mañana con una noticia: ayer sólo había dos papas; hoy, tenemos tres.
Un bromista sugirió que se dividiese la triple tiara desde el momento en que
había tres cabezas donde ponerla. Una nueva versión del Credo ganó popularidad:
«Creo en las tres santas Iglesias católicas». Durante generaciones, los creyentes
se habían acostumbrado al interregno pontificio, períodos de dos y hasta tres
años en que no había papas porque los cardenales no se habían puesto de acuerdo.
La situación presente era la peor de todas.
La única certeza que podía surgir de Pisa habría sido que la persona elegida
no era papa. Lo que siguió fue un espectáculo nunca visto antes: tres papas
infalibles, todos ellos reivindicando la suprema autoridad sobre la Iglesia,
cada uno excomulgando solemnemente a los otros dos, todos amenazando con convocar
un concilio favorable a sus intereses en lugares diferentes.
Las dramatis personae de este teatro del absurdo eran las siguientes:
1. Angelo Corrario, Gregorio XII, un veneciano cercano a los noventa años, con
muchos «sobrinos», en la línea directa del irascible Urbano VI. Fue elegido
por los cardenales de obediencia romana debido, como decía sin empacho el cardenal
de Florencia, «a que siendo de avanzada edad y demasiado caduco no podía ser
corrompido». Otro error fatal. La primera acción del anciano pontífice fue empeñar
la tiara por seis mil florines para pagar sus deudas de juego. Se fue a Rímini.
Desde allí, vendió en Roma todos los bienes muebles y otros que no lo eran,
como la misma ciudad, al rey de Napóles.
2. Pedro de Luna, un español histérico, representante de la renovada obediencia
aviñonesa. Es el que contaba menos. Abandonado por el rey de Francia y por todos
a excepción de tres cardenales, pronto regresaría a su España natal donde siguió
insistiendo hasta el final en que era el auténtico papa y prácticamente excomulgó
a toda la Iglesia.
3. Baldassare Cossa, Juan XXIII. Alejandro V había fallecido hacía apenas diez
meses y Cossa, pontífice suave, cautivador, pero despiadado, representaba ahora
la obediencia pisana. Se rumoreaba que nunca había confesado sus pecados o recibido
sacramento alguno. Tampoco creía en la inmortalidad del alma o en la resurrección
de los muertos. Algunos dudaban sobre si creía en Dios.
Era conocido por su pasado de antiguo pirata, envenenador de papas (desgraciado
Filargi), homicida múltiple, fornicador en serie particular, con predilección
por las monjas, en realidad, adúltero a una escala desconocida, simoníaco par
excellence, chantajista, proxeneta y maestro en maniobras sucias.
En el momento de ser elegido, en Bolonia, Cossa sólo era diácono. Ordenado sacerdote
en un día, fue coronado papa al día siguiente.
Este embaucador fue admitido por la mayoría de los católicos como el soberano
que defendería la unión de la Iglesia gracias a su férrea fe. Cuando el otro
papa Juan XXIII fue elegido en 1958, rápidamente varias catedrales hicieron
desaparecer de sus nóminas pontificias el Juan XXIII del siglo XV.
Un concilio embarazoso
La suerte de Cossa cambió cuando Segismundo, emperador electo, consiguió obligarle
a convocar un concilio para «reducir el número de papas de conformidad con el
Evangelio». Debía reunirse en la ciudad amurallada de Constanza, al sur de Alemania,
en la frontera con Suiza. En pocos meses, su población aumentaría de seis mil
a dieciséis mil habitantes y más tarde se duplicaría.
Cuando el clero se congregaba en gran número, la prudencia aconsejaba elegir
una localidad cercana al agua —lago o río— para deshacerse de los cadáveres.
El lago de Constanza acogió más de quinientos mientras duraron las sesiones
del concilio; también el Rin ocultó muchos secretos. Otro requisito era que
el lugar de reunión fuese suficientemente espacioso para dar acomodo al gran
número de prostitutas que, por experiencia, sabía que los requerimientos del
clero eran más urgentes que los de los militares y pagaba precios más interesantes.
En los momentos culminantes del concilio, se calcularon en doce mil las rameras
presentes en Constanza, que prestaban sus servicios a todas horas del día.
El día de Todos los Santos de 1414, Juan XXIII, pirata afectado de reumatismo,
de cuarenta y ocho años de edad, revestido de oro, ofició la misa y pronunció
el sermón de la inauguración oficial del concilio general. Fue una asamblea
muy concurrida, a la que acudieron trescientos obispos y trescientos teólogos
de primera línea, además de los cardenales de las tres obediencias.
Huss, rector de la Universidad de Praga, a quien Segismundo había concedido
un salvoconducto, fue arrestado inmediatamente por orden de Cossa y encarcelado.
Fue una advertencia para todos, en particular para el papa Benedicto (llamado
Benefictus, es decir, «Paparrucha») y el papa Gregorio (llamado Errorius, es
decir, «Errata»).
Juan XXIII se había arriesgado al cruzar los Alpes y entrar en territorio imperial,
pero contaba con los votos suficientes como para sentirse seguro. En aquel momento,
al igual que en otras ocasiones, había más obispos italianos que de todas las
otras nacionalidades juntas. Pero el fracaso de sus esperanzas se concretó cuando
el concilio decidió votar no individualmente sino por naciones. Su mayoría desapareció
al instante y descubrió que eran tres a uno en su contra. A primera hora de
la mañana de Navidad, llegó Segismundo y le ordenó que renunciara.
Cossa adivinó de inmediato el contenido de su auto de procesamiento, un extenso
catálogo de sus fechorías redactado con maligna precisión. Las «madames» que
regían todos los prostíbulos de la cristiandad deberían de haber testificado
en su contra. Cuando llegaron a sus oídos las exigencias, sobre todo de los
ingleses, que debía ser quemado y lo que debería hacerse con él, aceptó renunciar
con tal que los otros papas hiciesen lo mismo. Acto seguido, disfrazándose de
palafrenero, abandonó Constanza al anochecer. Sin papa no había concilio, debió
de pensar. En el grupo de cardenales que se unió a él en su escondite de Schaffhausen,
a cincuenta kilómetros de distancia, se encontraba Oddo Colonna. Un destacamento
de guardias imperiales le obligó a regresar para hacer frente a la situación.
Entretanto, el concilio había asumido toda la autoridad. En su cuarta y quinta
sesiones pergeñó una declaración unánime de fe que ha obsesionado a la Iglesia
católica desde entonces.
El santo Concilio de Constanza... declara, primero, que está legalmente
constituido bajo la advocación del Espíritu Santo, que está establecido como
concilio general representando a la Iglesia católica y, por lo tanto, recibe
la autoridad inmediata de Cristo; todos los creyentes de cualquier rango y condición,
incluyendo el papa, están obligados a obedecer al concilio en materia de fe,
dando por finalizado el cisma y comenzando la reforma de la Iglesia de Dios
en su cabeza y en sus miembros.
Eneas Sylvius, que un día sería el papa Pío II, escribió: «Apenas
nadie duda que el concilio está por encima del papa». ¿Por qué habría de dudarlo
alguien? La antigua doctrina de la Iglesia indica que el concilio general tiene
la supremacía en cuestiones de fe y disciplina. En base a esta doctrina, más
de un papa fue condenado por hereje en los concilios.
Las consecuencias de Constanza fueron importantes. Si el papa está obligado
a obedecer a la Iglesia en materia de fe, no puede consentir sin la Iglesia
en ser infalible. De hecho, cuando habla con independencia del concilio, el
papa puede errar en cuestiones de fe. Esta doctrina fue relegada por los papas
medievales como Gregorio VII e Inocencio III por motivos dudosos.
Una vez el concilio hubo afirmado su autoridad sobre el papa, procedió a ejercerla
para deponer en primer lugar a Benedicto, quien ya había huido a Peñíscola.
El siguiente era Juan XXIII. Estaba resuelto a no renunciar. Los padres del
concilio convinieron en que él era el papa legítimo, pero la Iglesia era más
importante que el papado. Los cargos que se habían presentado contra él fueron
reducidos de cincuenta y cuatro a cinco. Tal como observa Gibbon en The Decline
and Fall: «Los cargos más escandalosos se suprimieron; el vicario de Cristo
sólo fue acusado de piratería, homicidio, violación, sodomía e incesto». Era
un hecho bien conocido que, desde que se había convertido en vicario de Cristo,
el único ejercicio que había practicado había sido la cama. Es significativo
que Juan XXIII fuera absuelto del cargo de herejía, probablemente porque nunca
demostró suficiente interés por la religión como para ser señalado como heterodoxo.
Hasta ese momento, la única acusación considerada suficientemente grave para
deponer a un pontífice era la herejía. Cossa fue depuesto porque no se había
comportado como debía hacerlo un papa.
El 29 de mayo de 1415, los sellos pontificios de Juan XXIII fueron solemnemente
quebrados con martillo. Pero un ex papa, como un ex presidente, tiene derecho
a cierto trato respetuoso. A pesar de su heroica promiscuidad, sólo fue condenado
a tres años de encarcelamiento.
Huss, valeroso, casto, incorruptible, severo adversario de la simonía y del
concubinato clerical, tuvo un destino peor. Después de negarle toda defensa
legal, procesado por cargos irreales, interrogado por dominicos que no habían
leído sus libros ni siquiera en traducción, fue sentenciado a la última pena.
Tocado con un alto gorro en el que tres diablillos oscilaban al viento, escoltado
por los soldados del conde del Palatinado, fue sacado de la prisión una soleada
mañana estival de 1415. Prácticamente toda la ciudad siguió la procesión que
inició su andadura en el otro lado del cementrerio, donde se había hecho una
fogata con los libros de Huss, y siguió hasta una verde y risueña pradería.
Oró por sus perseguidores mientras se encendía la hoguera. Se le oyó decir tres
veces consecutivas: «Cristo, tú que eres hijo del Dios viviente, ten piedad
de mí», antes de que las llamas avivadas por el viento llegasen a su rostro.
Sus labios siguieron articulando algunas oraciones hasta que expiró sin un gemido.
Para evitar que fuese honrado como un mártir, sus cenizas fueron esparcidas
en el Rin. Obviamente, era más pecaminoso afirmar, como lo hicieran Huss y el
Nuevo Testamento, que, tras la consagración, a la Eucaristía debía seguir llamándosela
«pan», que ser un codicioso, homicida e incestuoso papa que engañó a la Iglesia
en casi todo.
Finalmente, Gregorio XII, ya nonagenario y hastiado, convocó al concilio que
había estado en sesión permanente desde hacía meses, y ofreció su renuncia.
Cumplimentadas estas formalidades, se prescindió de los tres papas. La cristiandad
podía volver a respirar.
Segismundo, aunque era igual de libertino, estaba empeñado en reformar la Iglesia
antes de que fuera elegido un nuevo pontífice, convencido de que nunca podría
confiarse en un papa para reformar la Iglesia. Durante siglos, arguyó, el papado
no ha estado a la altura de esta tarea. En aquel tiempo, los clérigos castos
eran tan escasos que los que no tenían una mujer eran acusados de practicar
vicios menos honrosos.
Por desventura, Segismundo no disfrutaba del apoyo del rey de Francia, como
tampoco del de Enrique V de Inglaterra, henchido de presunción por su reciente
victoria en Agincourt.
El cardenal Oddo Colonna, que ya había mostrado su fidelidad a Juan XXIII cuando
éste huyó a Schaffhausen, fue elegido sin demora y optó por el nombre de Martín
V. Con poco más de cincuenta años, Colonna era un eclesiástico de nacimiento
y educación, hijo de uno de los cardenales de Urbano VI, Agapito Colonna. La
Iglesia volvía a tener un único papa. No había muchas esperanzas de potenciar
la reforma, aunque se hubiese reflexionado mucho en la forma de reconducir al
clero.
Dos días después de su elección, el diácono Colonna fue ordenado sacerdote.
Era el 13 de noviembre de 1417. Al día siguiente fue consagrado obispo. Una
semana después, ya coronado pontífice, extendería sus pies bajo el altar para
que fueran besados antes de mostrarse en público montado a caballo. Segismundo
y Federico de Brandenburgo llevaron las bridas de su cabalgadura de un lado
para otro.
Como Juan XXIII, el único objetivo de Martín era escapar del fausto de Constanza.
No tenía ningún interés en reformar la curia o el papado. En efecto, cuando
Cossa fue liberado de su cómoda prisión de Heildelberg y se traladó a Florencia,
Martín rehabilitó a este confeso homicida y violador, confiándole el obispado
de Frascati y nombrándole cardenal deTusculum.
La ansiedad de Martín por encontrar una solución rápida era comprensible. El
mayor concilio que jamás se convocara en Occidente había decretado que los concilios
generales recibían su autoridad directamente de Cristo. Todos, incluido el papa,
estaban sometidos a ellos en cuestiones de fe, en la cicatrización del cisma
y en la reforma eclesial. Lo que hacía especialmente delicada su posición era
la aceptación unánime de estas cuestiones. Como cardenal, Colonna había votado
a favor. Pero la historia enseña que, de forma inexorable, el papado transforma
al hombre tan pronto como asciende al solio. Deseaba regresar a Roma donde afirmaría
su superioridad sobre el concilio. En otras palabras, quería refutar las mismas
bases de su elección. El problema se resumía en que si el papa ocupaba una posición
superior en la Iglesia, no era él sino Juan XXIII el sumo pontífice.
Esta tensión tardaría otros cuatrocientos cincuenta años en resolverse. Finalmente,
el Concilio Vaticano I declaró que era necesario para la salvación creer en
la supremacía e infalibilidad pontificia. El precio de la resolución fue muy
alto. El Vaticano I contradecía todo lo expuesto en los concilios previos de
la Iglesia y que se había concretado en Constanza. Por ejemplo, con arreglo
al Vaticano I, cuando un papa explica ex cathedra, sus definiciones «son irreformables
por ellas mismas y no por el consentimiento de la Iglesia». En Constanza se
dijo que el papa «está obligado a obedecerle [al concilio] en cuestiones de
fe». Por ello, Tomás More, el seglar mejor informado de su tiempo, escribió
en 1534 a Tomás Cromweil diciéndole que si bien creía que la primacía de Roma
estaba instituida por Dios, «sin embargo, nunca pensé que el papa estuviese
por encima del concilio».
¿Qué hubiese ocurrido si el dogma del absolutismo pontificio del Vaticano I
hubiera existido antes de Constanza? En este caso, Constanza no se hubiera considerado
competente para deponer un papa y la Iglesia podría haber perdurado sumergida
en un pontificado trinitario durante siglos. Solamente negando sin más lo que
se convertiría en dogma central del catolicismo pudo el concilio general de
Constanza salvar a la Iglesia.
Rumores de tormenta
En realidad, la Iglesia no se salvó en Constanza. El concilio se disolvió sin
aplicar una sola reforma importante. Pocas semanas después del retorno a Roma,
Martín V impartió sus bendiciones al sistema curial que había colocado la Iglesia
a sus pies en primer lugar.
Una sensación de desespero se abrió paso en la cristiandad. Durante el siglo
X, gracias a sus papas adolescentes, adúlteros y homicidas, el papado fue un
fenómeno local. La cabeza de una poderosa familia romana coloca en el trono
a su amado hijo adolescente; el muchacho se aprovecha de la ocasión durante
unos meses o años frenéticos y cae en la emboscada de los miembros de una familia
rival cuya hora había sonado.
Pero, desde el siglo XI, Gregorio VII había puesto su sello sobre el pontificado.
Creció en dimensiones y prestigios. Tuvo la posibilidad de fiscalizar a toda
la Iglesia, desde el más modesto cura de aldea hasta el más poderoso arzobispo.
Emergió la más sorprendente corrupción que la cristiandad jamás había visto
o pudo imaginar.
Comenzó por la cima. En el cónclave, el papado fue subastado
al mejor postor con independencia de la valía del candidato. Un historiador
del siglo XIX, T. A. Trollope, en su obra The Papal Conclaves (1876), opina:
«Pocas elecciones pontificias, si las hubo, no fueron manchadas por prácticas
simoníacas... En conjunto, la invención del colegio cardenalicio, tal vez, ha
sido la más fértil fuente de corrupción de la Iglesia». Muchos cardenales llegaron
a Roma para asistir al cónclave, acompañados de sus banqueros. Se llevaron con
ellos sus objetos de valor, especialmente su vajilla de plata; el papa electo
tenía que padecer, de forma invariable, el saqueo de su palacio por parte del
pueblo romano que incluso se llevaba puertas y ventanas.
Rara vez se elegía a un cardenal por sus servicios a la religión. Los cardenales
debían su posición a la deshonestidad y la intriga. En la época renacentista
casi todos tenían «compañeras femeninas». Una vez seleccionado entre tales hombres,
el nuevo papa, disponiendo de nuevos recursos, no perdía el tiempo en beneficiar
a sus familiares —hijos, sobrinos, sobrino-nietos— sin rubor, siguiendo el dicho
italiano: «Bisogna
far' per lafamiglia» («Hay que procurar para la familia»). El tiempo era esencial,
ya que el papado no era hereditario y quizá dispondrían de unos pocos meses
o años para dejar bien asentada toda una dinastía. De ahí que tantos pontífices,
tan pronto como recibían la tiara, miraban a su alrededor buscando el modo de
llenarse los bolsillos. Un buen ejemplo de ello fue el viudo papa Clemente IV,
en el siglo XIII. Enajenó millones de italianos meridionales a Carlos de Anjou
a cambio de un tributo anual de ochocientas onzas de oro. Según los términos
del contrato, si el duque se demoraba en el pago, sería objeto de excomunión.
Si reincidía en los atrasos, todos sus territorios caerían bajo un decreto de
interdicto. No se consideraba pecaminoso que un papa privase de la celebración
de la misa y la administración de los sacramentos a regiones enteras simplemente
porque los príncipes no le pagasen lo acordado.
Los cardenales tenían palacios inmensos e incontables servidores. Un edecán
de cardenal comentó que nunca había ido a ver a un cardenal que no estuviese
contando sus monedas de oro.
La curia estaba constituida por personas que habían comprado el cargo y andaban
desesperadas por recuperar el enorme desembolso que ello había supuesto. Todos
los cargos de cada departamento tenían su precio. A diario, estos cortesanos
mostraban su poder recurriendo a las amenazas de terribles sanciones. Podían
excomulgar a cualquiera. Obispos y arzobispos temblaban ante ellos.
Fue la curia la que fijó la tarifa de la simonía. Cada sede, abadía o parroquia,
cada indulgencia estaba tarifada. El palio, la faja de lana con cruces bordadas
en seda negra de cinco centímetros de anchura tenían un precio que todo obispo
había de pagar. Durante años, estos modestos accesorios de lana proporcionaron
millones de florines de oro a las arcas papales; por ello, en 1432, el Concilio
de Basilea lo llamaría «la es tratagema más usuraria que jamás ideara el papado».
En el curso del siglo XVI, en Alemania, diócesis enteras eran arrendadas a banqueros
como los Fugger y entraban a formar parte del patrimonio de compañías por acciones
que revendían al mejor postor los beneficios eclesiásticos.
Las dispensas eran otra fuente de ingresos papales. Se promulgaban severas leyes
de imposible cumplimiento para que la curia pudiera enriquecerse con la venta
de dispensas. Se exigía el pago de la dispensa del ayuno durante la Cuaresma.
También había que pagar por permitir que un monje anciano o enfermo permaneciese
en cama en lugar de levantarse por la noche para recitar los oficios. El matrimonio
era una próvida fuente de ingresos muy particular. Se alegaba la existencia
de consanguinidad entre cónyuges que nunca se imaginaron haber sido parientes.
La dispensa por consanguinidad para contraer matrimonio se cifraba en un millón
de florines de oro por año.
Durante el Renacimiento, se daba por hecho que las altas jerarquías eclesiásticas
disponían de las más hermosas mujeres y diócesis enteras vivían en régimen de
concubinato clerical. En opinión de la curia, el clero romano era el peor de
todos. Nada de ello producía sorpresa. Cargos y beneficios eran comprados y
vendidos como si se tratara de otra mercancía. El clero no estaba preparado
para la autodisciplina. Simplemente, quería una sinecura y una cómoda existencia.
Muchos sacerdotes no sabían leer ni escribir; ante el altar farfullaban de forma
ininteligible, puesto que no eran capaces de repetir como loros su latín. En
aquella época, el peor insulto que se podía dedicar a un seglar era llamarle
cura.
Tras el concilio de Constanza, surgieron protestas en todos lados. El mismo
Martín V reconocía que muchos cenobios eran antros de perdición. Obispos, universidades,
monasterios, protestaban reclamando un concilio para que reformase todos los
abusos. La curia, que quiso pasarse de lista en Constanza pero no obtuvo ningún
apoyo, convenció al papa de que un concilio no sería lo mejor para sus intereses.
Sin embargo, en Constanza se había tomado la solemne decisión de convocar un
concilio en un plazo de diez años; además, a partir de entonces se convocarían
nuevas sesiones conciliares a intervalos de tiempo regular. A pesar de los esfuerzos
de la curia para desvirtuarlo, en 1432 se convocó un concilio en Basilea. Los
obispos demostraron tomárselo con la mayor seriedad.
De ahora en adelante, todos los nombramientos eclesiásticos se harán de acuerdo
con los cánones de la Iglesia; cualquier forma de simonía será rechazada. De
ahora en adelante, todos los clérigos, tanto si son del más elevado rango como
del más bajo, deberán repudiar sus concubinas y cualquiera que, en el plazo
de dos meses de la promulgación de este decreto, hiciese caso omiso de lo que
ordena, será apartado de sus funciones, aunque fuera obispo de Roma. De ahora
en adelante, la administración eclesial de cada país cesará de depender del
arbitrio pontificio... Los abusos del interdicto y el anatema por parte de los
papas habrán de cesar... De ahora en adelante,» la curia romana, es decir, los
papas no exigirán ni recibirán emolumentos por sus funciones eclesiásticas.
De ahora en adelante, un papa no deberá pensar en sus tesoros mundanos, sino
sólo en los del otro mundo venidero.
Era demasiado crudo. El pontífice reinante, Eugenio IV, reunió su propio concilio
en Florencia. El papa calificó a Basilea como una tumultuosa reunión de pordioseros,
una vulgar asamblea de individuos procedentes de la más baja escoria del clero,
de apóstatas, de rebeldes blasfemos, de hombres reos de sacrilegio, de pajareros,
de hombres que, sin excepción, lo único que merecían era ser arrojados de nuevo
al infierno de donde habían salido.
El papado había desperdiciado su oportunidad. No habría ninguna más. El mismo
siglo que viera a Eugenio IV censurando los mejores esfuerzos de Basilea para
realizar la reforma, se cerraría con el papa que, más que nadie, procedía del
infierno: Alejandro Borgia.