LIBRO III
1. No sólo esto debe tomarse en cuenta, que día a día se
va gastando la vida y nos queda una parte menor de ella, sino que se debe reflexionar
también que, si una persona prolonga su existencia, no está claro
si su inteligencia será igualmente capaz en adelante para la comprensión
de las cosas y de la teoría que tiende al conocimiento de las cosas divinas
y humanas. Porque, en el caso de que dicha persona empiece a desvariar, la respiración,
la nutrición, la imaginación, los instintos y todas las demás
funciones semejantes no le faltarán; pero la facultad de disponer de
sí mismo, de calibrar con exactitud el número de los deberes,
de analizar las apariencias, de detenerse a reflexionar sobre si ya ha llegado
el momento de abandonar esta vida y cuantas necesidades de características
semejantes precisan un ejercicio exhaustivo de la razón, se extingue
antes. Conviene, pues, apresurarse no sólo porque a cada instante estamos
más cerca de la muerte, sino también porque cesa con anterioridad
la comprensión de las cosas y la capacidad de acomodarnos a ellas.
2. Conviene también estar a la expectativa de hechos como éstos,
que incluso las modificaciones accesorias de las cosas naturales tienen algún
encanto y atractivo. Así, por ejemplo, un trozo de pan al cocerse se
agrieta en ciertas partes; esas grietas que así se forman y que, en cierto
modo, son contrarias a la promesa del arte del panadero, son, en cierto modo,
adecuadas, y excitan singularmente el apetito. Asimismo, los higos, cuando están
muy maduros, se entreabren. Y en las aceitunas que quedan maduras en los árboles,
su misma proximidad a la podredumbre añade al fruto una belleza singular.
Igualmente las espigas que se inclinan hacia abajo, la melena del león
y la espuma que brota de la boca de los jabalíes y muchas otras cosas,
examinadas en particular, están lejos de ser bellas; y, sin embargo,
al ser consecuencia de ciertos procesos naturales, cobran un aspecto bello y
son atractivas. De manera que, si una persona tiene sensibilidad e inteligencia
suficientemente profunda para captar lo que sucede en el conjunto, casi nada
le parecerá, incluso entre las cosas que acontecen por efectos secundarios,
no comportar algún encanto singular. Y esa persona verá las fauces
reales de las fieras con no menor agrado que todas sus reproducciones realizadas
por pintores y escultores; incluso podrá ver con sus sagaces ojos cierta
plenitud y madurez en la anciana y el anciano y también, en los niños,
su amable encanto. Muchas cosas semejantes se encontrarán no al alcance
de cualquiera, sino, exclusivamente, para el que de verdad esté familiarizado
con la naturaleza y sus obras.
3. Hipócrates, después de haber curado muchas enfermedades, enfermó
él también y murió. Los caldeos predijeron la muerte de
muchos, y también a ellos les alcanzó el destino. Alejandro, Pompeyo
y Cayo César, después de haber arrasado hasta los cimientos tantas
veces ciudades enteras y destrozado en orden de combate numerosas miríadas
de jinetes e infantes, también ellos acabaron por perder la vida. Heráclito,
después de haber hecho tantas investigaciones sobre la conflagración
del mundo, aquejado de hidropesía y recubierto de estiércol, murió.
A Demócrito, los gusanos; gusanos también, pero distintos, acabaron
con Sócrates. ¿Qué significa esto? Te embarcaste, surcaste
mares, atracaste: ¡desembarca! Si es para entrar en otra vida, tampoco
allí está nada vacío de dioses; pero si es para encontrarte
en la insensibilidad, cesarás de soportar fatigas y placeres y de estar
al servicio de una envoltura tanto más ruin cuanto más superior
es la parte subordinada: ésta es inteligencia y divinidad; aquélla,
tierra y sangre mezclada con polvo.
4. No consumas la parte de la vida que te resta en hacer conjeturas sobre otras
personas, de no ser que tu objetivo apunte a un bien común; porque ciertamente
te privas de otra tarea; a saber, al imaginar qué hace fulano y por qué,
y qué piensa y qué trama y tantas cosas semejantes que provocan
tu aturdimiento, te apartas de la observación de tu guía interior.
Conviene, por consiguiente, que en el encadenamiento de tus ideas, evites admitir
lo que es fruto del azar y superfluo, pero mucho más lo inútil
y pernicioso. Debes también acostumbrarte a formarte únicamente
aquellas ideas acerca de las cuales, si se te preguntara de súbito: «¿En
qué piensas ahora?», con franqueza pudieras contestar al instante:
«En esto y en aquello», de manera que al instante se pusiera de
manifiesto que todo en ti es sencillo, benévolo y propio de un ser sociable
al que no importan placeres o, en una palabra, imágenes que procuran
goces; un ser exento de toda codicia, envidia, recelo o cualquier otra pasión,
de la que pudieras ruborizarte reconociendo que la posees en tu pensamiento.
Porque el hombre de estas características que ya no demora el situarse
como entre los mejores, se convierte en sacerdote y servidor de los dioses,
puesto al servicio también de la divinidad que se asienta en su interior,
todo lo cual le inmuniza contra los placeres, le hace invulnerable a todo dolor,
intocable respecto a todo exceso, insensible a toda maldad, atleta de la más
excelsa lucha, lucha que se entabla para no ser abatido por ninguna pasión,
impregnado a fondo de justicia, apegado, con toda su alma, a los acontecimientos
y a todo lo que se le ha asignado; y raramente, a no ser por una gran necesidad
y en vista al bien común, cavila lo que dice, hace o proyecta otra persona.
Pondrá únicamente en práctica aquellas cosas que le corresponden,
y piensa sin cesar en lo que le pertenece, que ha sido hilado del conjunto; y
mientras en lo uno cumple con su deber, en lo otro está convencido de
que es bueno. Porque el destino asignado a cada uno está involucrado
en el conjunto y al mismo tiempo lo involucra. Tiene también presente
que todos los seres racionales están emparentados y que preocuparse de
todos los hombres está de acuerdo con la naturaleza humana; pero no debe
tenerse en cuenta la opinión de todos, sino sólo la de aquellos
que viven conforme a la naturaleza. Y respecto a los que no viven así,
prosigue recordando hasta el fin cómo son en casa y fuera de ella, por
la noche y durante el día, y qué clase de gente frecuentan. En
consecuencia, no toma en consideración el elogio de tales hombres que
ni consigo mismo están satisfechos.
5. Ni actúes contra tu voluntad, ni de manera insociable, ni sin reflexión,
ni arrastrado en sentidos opuestos. Con la afectación del léxico
no trates de decorar tu pensamiento. Ni seas extremadamente locuaz, ni polifacético.
Más aún, sea el dios que en ti reside protector y guía
de un hombre venerable, ciudadano, romano y jefe que a sí mismo se ha
asignado su puesto, cual sería un hombre que aguarda la llamada para
dejar la vida, bien desprovisto de ataduras, sin tener necesidad de juramento
ni tampoco de persona alguna en calidad de testigo. Habite en ti la serenidad,
la ausencia de necesidad de ayuda externa y de la tranquilidad que procuran
otros. Conviene, por consiguiente, mantenerse recto, no enderezado.
6. Si en el transcurso de la vida humana encuentras un bien superior a la justicia,
a la verdad, a la moderación, a la valentía y, en suma, a tu inteligencia
que se basta a sí misma, en aquellas cosas en las que te facilita actuar
de acuerdo con la recta razón, y de acuerdo con el destino en las cosas
repartidas sin elección previa; si percibes, digo, un bien de más
valía que ese, vuélvete hacia él con toda el alma y disfruta
del bien supremo que descubras. Pero si nada mejor aparece que la propia divinidad
que en ti habita, que ha sometido a su dominio los instintos particulares, que
vigila las ideas y que, como decía Sócrates, se ha desprendido
de las pasiones sensuales, que se ha sometido a la autoridad de los dioses y
que preferentemente se preocupa de los hombres; si encuentras todo lo demás
más pequeño y vil, no cedas terreno a ninguna otra cosa, porque
una vez arrastrado e inclinado hacia ella, ya no serás capaz de estimar
preferentemente y de continuo aquel bien que te es propio y te pertenece. Porque
no es lícito oponer al bien de la razón y de la convivencia otro
bien de distinto género, como, por ejemplo, el elogio de la muchedumbre,
cargos públicos, riqueza o disfrute de placeres. Todas esas cosas, aunque
parezcan momentáneamente armonizar con nuestra naturaleza, de pronto
se imponen y nos desvían. Por tanto, reitero, elige sencilla y libremente
lo mejor y persevera en ello. «Pero lo mejor es lo conveniente.»
Si lo es para ti, en tanto que ser racional, obsérvalo. Pero si lo es
para la parte animal, manifiéstalo y conserva tu juicio sin orgullo.
Trata sólo de hacer tu examen de un modo seguro.
7. Nunca estimes como útil para ti lo que un día te forzará
a transgredir el pacto, a renunciar al pudor, a odiar a alguien, a mostrarte
receloso, a maldecir, a fingir, a desear algo que precisa paredes y cortinas.
Porque la persona que prefiere, ante todo, su propia razón, su divinidad
y los ritos del culto debido a la excelencia de ésta, no representa tragedias,
no gime, no precisará soledad ni tampoco aglomeraciones de gente. Lo
que es más importante: vivirá sin perseguir ni huir. Tanto si
es mayor el intervalo de tiempo que va a vivir el cuerpo con el alma unido,
como si es menor, no le importa en absoluto. Porque aun en el caso de precisar
desprenderse de él, se irá tan resueltamente como si fuera a emprender
cualquier otra de las tareas que pueden ejecutarse con discreción y decoro;
tratando de evitar, en el curso de la vida entera, sólo eso, que su pensamiento
se comporte de manera impropia de un ser dotado de inteligencia y sociable.
8. En el pensamiento del hombre que se ha disciplinado y purificado a fondo,
nada purulento ni manchado ni mal cicatrizado podrías encontrar. Y no
arrebata el destino su vida incompleta, como se podría afirmar del actor
que se retirara de escena antes de haber finalizado su papel y concluido la
obra. Es más, nada esclavo hay en él, ninguna afectación,
nada añadido, ni disociado, nada sometido a rendición de cuentas
ni necesitado de escondrijo.
9. Venera la facultad intelectiva. En ella radica todo, para que no se halle
jamás en tu guía interior una opinión inconsecuente con
la naturaleza y con la disposición del ser racional. Esta, en efecto,
garantiza la ausencia de precipitación, la familiaridad con los hombres
y la conformidad con los dioses.
10. Desecha, pues, todo lo demás y conserva sólo unos pocos preceptos.
Y además recuerda que cada uno vive exclusivamente el presente, el instante
fugaz. Lo restante, o se ha vivido o es incierto; insignificante es, por tanto,
la vida de cada uno, e insignificante también el rinconcillo de la tierra
donde vive. Pequeña es asimismo la fama póstuma, incluso la más
prolongada, y ésta se da a través de una sucesión de hombrecillos
que muy pronto morirán, que ni siquiera se conocen a sí mismos,
ni tampoco al que murió tiempo ha.
11. A los consejos mencionados añádase todavía uno: delimitar
o describir siempre la imagen que sobreviene, de manera que se la pueda ver
tal cual es en esencia, desnuda, totalmente entera a través de todos
sus aspectos, y pueda designarse con su nombre preciso y con los nombres de
aquellos elementos que la constituyeron y en los que se desintegrará.
Porque nada es tan capaz de engrandecer el ánimo, como la posibilidad
de comprobar con método y veracidad cada uno de los objetos que se presentan
en la vida, y verlos siempre de tal modo que pueda entonces comprenderse en
qué orden encaja, qué utilidad le proporciona este objeto, qué
valor tiene con respecto a su conjunto, y cuál en relación al
ciudadano de la ciudad más excelsa, de la que las demás ciudades
son como casas. Qué es, y de qué elementos está compuesto
y cuánto tiempo es natural que perdure este objeto que provoca ahora
en mí esta imagen, y qué virtud preciso respecto a él:
por ejemplo, mansedumbre, coraje, sinceridad, fidelidad, sencillez, autosuficiencia,
etc. Por esta razón debe decirse respecto a cada una: esto procede de
Dios; aquello se da según el encadenamiento de los hechos, según
la trama compacta, según el encuentro casual y por azar. Esto procede
de un ser de mi raza, de un pariente, de un colega que, no obstante, ignora
lo que es para él acorde con la naturaleza. Pero yo no lo ignoro; por
esta razón me relaciono con él, de acuerdo con la ley natural
propia de la comunidad, con benevolencia y justicia. Con todo, respecto a las
cosas indiferentes, me decido conjeturando su valor.
12. Si ejecutas la tarea presente siguiendo la recta razón, diligentemente,
con firmeza, con benevolencia y sin ninguna preocupación accesoria, antes
bien, velas por la pureza de tu dios, como si fuera ya preciso restituirlo,
si agregas esta condición de no esperar ni tampoco evitar nada, sino
que te conformas con la actividad presente conforme a la naturaleza y con la
verdad heroica en todo lo que digas y comentes, vivirás feliz. Y nadie
será capaz de impedírtelo.
13. Del mismo modo que los médicos siempre tienen a mano los instrumentos
de hierro para las curas de urgencia, así también, conserva tú
a punto los principios fundamentales para conocer las cosas divinas y las humanas,
y así llevarlo a cabo todo, incluso lo más insignificante, recordando
la trabazón íntima y mutua de unas cosas con otras. Pues no llevarás
a feliz término ninguna cosa humana sin relacionarla al mismo tiempo
con las divinas, ni tampoco al revés.
14. No vagabundees más. Porque ni vas a leer tus memorias, ni tampoco
las gestas de los romanos antiguos y griegos, ni las selecciones de escritos
que reservabas para tu vejez. Apresúrate, pues, al fin, y renuncia a
las vanas esperanzas y acude en tu propia ayuda, si es que algo de ti mismo
te importa, mientras te queda esa posibilidad.
15. Desconocen cuántas acepciones tienen los términos: robar,
sembrar, comprar, vivir en paz, ver lo que se debe hacer, cosa que no se consigue
con los ojos, sino con una visión distinta.
16. Cuerpo, alma, inteligencia; propias del cuerpo, las sensaciones; del alma,
los instintos; de la inteligencia, los principios. Recibir impresiones por medio
de la imagen es propio también de las bestias, ser movido como un títere
por los instintos corresponde también a las fieras, a los andróginos,
a Fálaris y a Nerón. Pero tener a la inteligencia como guía
hacia los deberes aparentes pertenece también a los que no creen en los
dioses, a los que abandonan su patria y a los que obran a su placer, una vez
han cerrado las puertas. Por tanto, si lo restante es común a los seres
mencionados, resta como peculiar del hombre excelente amar y abrazar lo que
le sobreviene y se entrelaza con él. Y el no confundir ni perturbar jamás
al Dios que tiene la morada dentro de su pecho con una multitud de imágenes,
antes bien, velar para conservarse propicio, sumiso, disciplinadamente al Dios,
sin mencionar una palabra contraria a la verdad, sin hacer nada contrario a
la justicia. Y si todos los hombres desconfían de él, de que vive
con sencillez, modestia y buen ánimo, no por ello se molesta con ninguno,
ni se desvía del camino trazado que le lleva al fin de su vida, objetivo
hacia el cual debe encaminarse, puro, tranquilo, liberado, sin violencias y
en armonía con su propio destino.