Michelle Angiolillo

Nació en Foggia en 1871. A su llegada a Barcelona en enero de 1896, tenía Angiolillo 25 años de edad. A sus espaldas varias condenas por la lucha desplegada en su pueblo natal en contra de la corrupción de los poderes públicos locales. Se expatrió voluntariamente para huir de la cárcel, refugiándose en Marsella y poco después se internaba en España, instalándose en la ciudad Condal. Su estancia en esta ciudad cambiaría radicalmente su vida, ya que hasta ese momento sus experiencias eran similares a las de tantos subversivos italianos perseguidos por las medidas represivas del gobierno Crispi.

Desde su llegada a Barcelona –había pasado la frontera con el nombre de Giuseppe Santo– se integra en los ambientes anarquistas y participa en muchas de sus acciones, viviendo intensamente el clima de tensión que se respiraba debido a las secuelas de los motines de Jerez de 1892, los atentados de Paulino Pallás y Santiago Salvador de 1893, con la consiguiente represión desencadenada por la policía. El punto álgido se alcanzó con el atentado a la procesión del Corpus en la calle Canvis Nous, hecho ocurrido el 6 de junio de 1896.

Durante su estancia, residió en casa de un obrero de la construcción, Joaquím Jordà y trabajó de tipógrafo en las oficinas de la revista anarquista Ciencia Social. Allí conoció personalmente a Tomás Ascheri y Cayetano Oller, este último encartado en el proceso de Montjuïc y finalmente desterrado a Inglaterra. Angiolillo participó del sentimiento de odio y venganza que se instaló en los círculos anarquistas, sobre todo hacia Cánovas del Castillo, considerado como el máximo responsable de la barbarie.

El anarquista italiano, temiendo ser encarcelado también por su estrecho contacto con algunos de los implicados –había ya tenido problemas con la policía por creérsele partícipe en diversos atentados– huyó a Francia, desde donde fue desterrado a Bélgica, y por último, se trasladó a Londres. Allí fue donde compró la pistola que más tarde emplearía contra el político español.

Se han barajado muchas hipótesis sobre las motivaciones que indujeron a Angiolillo a llevar a cabo su acción. Incluso se avanzó la hipótesis de un complot urdido con los independentistas cubanos, pero esto es poco probable. Lo más plausible es que sus motivaciones fueran semejantes a las que indujeron a su compatriota y correligionario Gaetano Bresci a llevar a acabo un acto parecido tres años más tarde, cuando desde Norteamérica regresó a Italia para ejecutar al rey Humberto I: el deseo de no dejar impunes las barbaridades del poder instituido sobre las personas de los más débiles.

Angiolillo se trasladó a Madrid, desde Inglaterra, pasando por Francia y allí se entrevistó con el director del periódico El Motín, el republicano José Nakens, a quien se presentó como Emilio Rinaldini, corresponsal del periódico milanés Il Popolo. Al despedirse, le confió su intención de llevar a cabo el atentado, pero Nakens no le dio importancia a su confesión.

Desde Madrid, Angiolillo se trasladó en 1897 al balneario de Santa Agueda, en las cercanías de Mondragón, donde llegó el 4 de agosto, registrándose como Rinaldini, corresponsal de Il Popolo. Se comportó discretamente, observando los movimientos del político español que se había instalado en el balneario algunos días antes. El 8 de agosto, domingo, a la doce y media, Cánovas se encontraba sentado en un banco de la galería leyendo el periódico conservador La Época. Angiolillo se acerco a él y sin mediar palabra le descerrajó cuatro tiros, algunos de ellos mortales de necesidad.

No ofreció ninguna resistencia a quienes se acercaron a prenderlo al oír el ruido de las detonaciones. A la mujer del político le dijo: “A usted la respeto porque es una señora honrada, pero he cumplido con mi deber y estoy tranquilo; he vengado a mis hermanos de Montjuïc”.

Su juicio fue rápido, siendo condenado a muerte. La sentencia –muerte por garrote vil– se ejecutó el 20 de agosto de 1897 en el patio de la cárcel de Bergara.

La sangre de Santa Águeda: Angiolillo, Betances y Cánovas1

El autor nos sitúa en la última década del siglo XIX, cuando tres biografías se cruzan en el destino: la de un anarquista italiano, la de un independentista portorriqueño y la de un conservador y presidente del gobierno español de la época. Son también tres intereses diferentes que a veces coinciden. El imperio español todavía conserva, con una política represiva, sus últimas colonias: Cuba, Puerto Rico y Filipinas (no son en realidad las últimas, España mantiene todavía algunas en África, que ha ido perdiendo a lo largo del siglo XX). La situación en el interior de la Península es de gran tensión. El movimiento obrero es perseguido y reprimido, especialmente el anarquista. El Castillo de Montjuich es el escenario donde cientos de hombres y mujeres son torturados, acusados de crímenes que nunca cometieron. Cánovas del Castillo gobierna con puño de hierro para tratar de dominar la situación.

Angiolillo, un anarquista de origen italiano exiliado a Francia y a Inglaterra, escucha de boca de los anarquistas españoles deportados las torturas y mutilaciones que sufrieron los compañeros en Montjuich por las autoridades españolas, y toma la decisión de dar respuesta a tamañas barbaridades. Después de estudiar la situación, decide ejecutar al máximo responsable, el por entonces presidente del gobierno Antonio Cánovas del Castillo. Aunque hay dudas y lagunas en la historia, parece que el independentista portorriqueño, el doctor Betances, que por entonces residía en su exilio francés, tuvo algunas entrevistas con Angiolillo. Con la muerte de Cánovas se daba respuesta a las atrocidades cometidas con los anarquistas, y los independentistas podían, con más posibilidades, conseguir emanciparse del dominio imperial.

Algunos españoles eran partidarios de la independencia de las colonias. El federalista Pi y Margall fue un destacado defensor de esta postura y los periódicos del entorno libertario de la época defendían la justa causa de los oprimidos. El gobierno, por el contrario, estaba dispuesto para la guerra y envió a la isla de Cuba un contingente de militares españoles hasta entonces desconocido. Los anarquistas que vivían en las colonias tenían sus dudas y diferencias con los independentistas porque veían en su intenso nacionalismo la posibilidad de que estos suplantaran la tiranía que gobernaba desde la Península; además de que en el mundo libertario, si bien se ha luchado siempre contra las injusticias, vengan de donde vengan, o sean del signo que sean, nunca se vieron bien las fronteras (mi patria, el mundo; mi familia, la humanidad). También eran conscientes, por otra parte, del interés de Estados Unidos por suplantar a España en sus funciones. Cuba y Puerto Rico, al fin y al cabo, están a pocas millas de sus costas. Frank Fernández también perfila las relaciones entre un imperio en decadencia (el español) con otro en expansión, el americano (Estados Unidos).

El día 8 de agosto de 1897, en el balneario de Santa Águeda (Guipúzcoa), durante su descanso veraniego, Cánovas del Castillo es abatido por tres tiros que le dispara Michele Angiolillo. Durante días, el anarquista italiano, que se hizo pasar por periodista para no levantar sospechas, se cruza con Cánovas, a quien saluda cortésmente en la dependencias del balneario. El día de los disparos, el político y gobernante español se encontraba solo. Su mujer, al oír las detonaciones, acudió en su socorro e increpó a Angiolillo, que le contestó: «A usted la respeto porque es una señora honrada; pero he cumplido con mi deber y estoy tranquilo. He vengado a mis hermanos de Montjuich.» Acto seguido, y con su pistola aún cargada, se entregó a las autoridades. Unos días después del magnicidio, el día 20 de agosto, tras un proceso militar sumarísimo, era ejecutado a garrote vil.

«Para acabar con la insurrección en Cuba sólo hacen falta tres balas, una para Martí, otra para Maceo y otra para Gómez», sentenciaba Cánovas. El destino hizo que esas tres balas las recibiera en sus propias carnes. Aunque no siempre quien a hierro mata a hierro termina, el político español murió de tres balazos directos, cercanos y certeros. Muchas fueron las víctimas de la política imperialista, sanguinaria y autoritaria de Cánovas del Castillo, pero esto no ha impedido (¿quizás sea la razón?) que muchas calles y una fundación lleven su nombre, que en las plazas se coloquen estatuas con sus efigies... Para hombres como Michele Angiolillo, pocas páginas de la Historia, pocos estudios biográficos que analicen las razones por las que un hombre se ofrece a entregar la vida al realizar un magnicidio...

Por el texto y las explicaciones que se van dando a lo largo del libro, se ve que Angiolillo es un hombre que actúa por una idea y sabe que su acción le va a costar la vida. ¿Qué actitud, salvo el fanatismo, que no sea por el ideal, podría conducir a un hombre a entregar su vida? Sin embargo, en la página 41 hay una errata que viene a decir lo contrario: «Debemos hacer constar que la retribución es su motivación básica y primaria», cuando en realidad debiera decir: «Debemos hacer constar que la retribución no es su motivación básica y primaria.» Las erratas son como los duendes, se cuelan donde menos te lo esperas. Hay otra en la página 158 que indica que la Segunda República española se proclama el 14 de abril de 1933. Se refiere a 1931.

En opinión de Fernández: «El acto de Angiolillo sólo es comparable con el atentado producido en Sarajevo contra el archiduque y heredero de la corona, Francisco Fernando, a manos de Gavrilo Princip, que provocó en 1914 la Primera Guerra Mundial.» ¿Puede un magnicidio cambiar el destino de la Historia? ¿Es ético? ¿Es eficaz para la libertad y la justicia de los pueblos ejecutar a los tiranos? El anarquismo se ha dividido en algunos momentos en torno al uso de la violencia, pese a su lema: «Paz a los hombres, guerra a las instituciones», las energías ácratas se destinan a la destrucción de las estructuras de Poder para emancipar al hombre, pero también ha habido atentados. La interpretación del compañero Frank Fernández, después de una exposición de los hechos, de un análisis de la realidad y de un estudio realizado a conciencia, concluye con que actos como el de Angiolillo cambiaron el destino de la Historia.

Bien estructurado, el libro nos da a conocer unos hechos históricos, analizando el uso de la violencia, el amor por la libertad y el deseo de justicia social de los pueblos oprimidos. Nuestro compañero alcanza su pretensión al convertir un tema tan árido como es el de la Historia, en algo ameno, sencillo, directo, lejos de lo que algunos, irónicamente, llaman ladrillos, obras monumentales accesibles tan solo para una elite que ya conoce los entresijo y que desea profundizar en ella. Este libro es un buen ejemplo para popularizar la Historia.

1 Fernández, Frank: La sangre de Santa Águeda: Angiolillo, Betances y Cánovas, Miami, Universal, 1994 (Cuba y sus Jueces), XXXII + 186 págs.
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